Terence Fisher, 1958: el mejor Drácula

Poster del Drácula de la HammerEn 1955, una modesta productora inglesa (que cumplía los veinte años de trayectoria) encontró de pronto el camino hacia el éxito con una película de ciencia-ficción que, curiosamente, adaptaba un serial de la televisión: El experimento del doctor Quatermass (1955). Sería, sin embargo, en otra rama del cine fantástico en la que el estudio se haría un nombre, el terror gótico. Alguien intuyó que se podía aprovechar la repercusión que estaba obteniendo la emisión de los viejos clásicos de la Universal en la tele. La maldición de Frankenstein (1957) fue el resultado y el verdadero inicio del esplendor de la Casa del Martillo. Drácula (1958), lógica segunda entrega del ciclo, alcanzó aún mayor popularidad, y consagró para siempre a su pareja de actores protagonistas, Peter Cushing y Christopher Lee, como dos de los nombres imprescindibles del género, al mismo tiempo que demostraba que ningún otro director como Terence Fisher entendía que el terror no depende de unos argumentos que incluyan monstruos o elementos malignos, sino de una forma de organizar el espacio y de mover a sus criaturas fantásticas por él: de crear un lenguaje fantástico. En eso, Drácula es insuperable. Para mí, sigue siendo la mejor película de vampiros de todos los tiempos —solo pongo en el mismo plano Nosferatu, el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y Vampiros (1998), de John Carpenter—, entre otras razones porque pocas como ella han sabido entender lo que es el mito del no muerto: una mirada sobre la tragedia que supone la destrucción de la normalidad. En el fondo, el tema fundamental de toda película de terror. Y de la vida del hombre…

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Han raptado a Bunny Lake, pero… ¿existe Bunny?

Al cartel que figura junto a estas líneas debo mi descubrimiento de la memorable película que es El rapto de Bunny Lake (1965), realización de la que, a pesar de venir firmada por el gran Otto Preminger, nada conocía. Un cartel lleno de elementos inquietantes —la imagen de la pareja compuesta por una joven que parece cantar una nana al muchacho que acuna sobre su regazo, la mirada cuestionadora del hombre maduro que los observa, la silueta recortada del muñeco infantil— que transmite un indefinible sentimiento de zozobra que termina de completar el memorable lema: Bunny ha desaparecido, pero… ¿existe Bunny? Como ya nos advierte éste, la película parte de un sugerente argumento —la investigación de la desaparición de una niña se convierte de pronto en la investigación sobre si esa niña existe de verdad—, que bajo el formato del suspense nos conduce a un tipo de cine por el que siento especial predilección. Esto es, la obra que cuestiona, sin necesidad de argumentos fantásticos, la supuesta consistencia de eso que llamamos «realidad»; la obra que defiende que esta sólida capa que nos proporciona la base firme para enfrentarnos al mundo, en el fondo es de lo más quebradiza, puesto que depende del punto de vista o de la convicción con que los demás (no basta con uno mismo) la admitan. Y cuando esa capa se rompe es para dejarnos al borde de un abismo que, contra lo que dijo Nietzsche, ni nos mira, ni mucho menos le importa la rapidez con que podemos caer por él y ser olvidados como si nunca hubiéramos concernido a nadie. El miedo a no ser, el miedo a dejar de ser: de ellos se alimentan las peores pesadillas. Y El rapto de Bunny Lake es justo eso: una pesadilla que no se limita a sucederle a unos personajes, sino que se empeña en perturbarnos a nosotros mismos, los espectadores que creíamos estar asistiendo a una mera intriga policiaca.

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Stalker, de los hermanos Strugatski a Andrei Tarkovski

Estupendo poster francés de StalkerEs sintomático que, en casi todos los países sometidos durante el siglo XX al totalitarismo comunista floreciera el cultivo de la fantasía, en la literatura y en el cine. Es lógico: la intelligentsia crítica (y en este caso, además, política) de todo tiempo y lugar ha considerado al género fantástico el hermano pobre de la cultura. ¿Cómo van a ser «serias» historias que versan sobre vampiros, fantasmas, lugares encantados, viajes en el tiempo o en el espacio, etc…? Vamos, sobre cosas que no existen, cuando la realidad es tan confortable. Esta actitud, por supuesto, solo delata pereza intelectual (o algo más grave, claro), y es bien significativo que las autoridades comunistas, tan preocupadas por cercenar toda libertad de expresión, permitieran el florecimiento de la fantasía en su territorio. Zotes como suelen ser casi todos los censores (en España tenemos un buen muestrario), no parecieron advertir que el género, y en concreto, su variante conocida como ciencia-ficción era algo más que pistolitas de rayos láser, naves surcando el cosmos e invasores extraterrestres: que servía de modo inmejorable para la crítica de la realidad. Pues los buenos ejemplares de esta corriente utilizan la incursión en sociedades del presunto futuro para mejor criticar el presente (quizá tengo que rectificar: los censores a veces sí advierten la peligrosidad del género, como demuestra la prohibición en fecha tan temprana como los años 20 de Nosotros, de Yevgeni Zamyatin, hoy día considerado uno de sus títulos más importantes). El presente artículo va a girar sobre una muestra eminente de ciencia-ficción soviética, primero en la literatura y luego en el cine. Se trata de la historia conocida como Stalker, una magnífica novela de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski difundida en Occidente gracias a la maravillosa versión que de ella hizo (con la complicidad de los propios autores, co-firmantes del guión) el gran cineasta ruso Andrei Tarkovski.

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Corredor sin retorno: a quien los dioses quieren destruir…

il_570xN.417035576_o99yCorredor sin retorno (1963) comienza con una frase que dice: A quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco, que se atribuye a Eurípides e incluso está fechada (425 a. C.), pero que parece que es apócrifa de este dramaturgo griego. En cualquier caso, de Eurípides o no, con autoridad clásica o sin ella, es una buena forma de comenzar una película que a continuación sigue con una reflexión en voice over de su protagonista, que con tono sombrío señala: «Esta es mi historia, hasta donde puedo contar». Lo cierto es que Corredor sin retorno, con mejor o peor resultado, es una de estas películas que obliga a verlas tan pronto uno conoce su historia: para investigar desde dentro un crimen nunca resuelto que se cometió en un sanatorio mental y cuyos testigos fueron tres de sus pacientes, un ambicioso periodista se hace pasar por loco, pero a medida que va profundizando en su indagación, su contacto con la realidad comienza a deslizarse por la pendiente… Hoy día pocos argumentos tienen capacidad para sorprendernos, y seguro que el de esta película dirigida y escrita por Samuel Fuller se ha contado otras veces y en distintos ámbitos (¡hasta en España, con Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena!). Ahora bien, quien haya visto esta historia a edad temprana —y aunque la revisión no sea lo que mejor le sienta— desde luego ya nunca podrá prescindir de ella: el recuerdo de la tremenda fascinación que nos provocó es uno de esos tesoros de la memoria que demuestran lo quebradiza que es la objetividad. Ay, quién sabe si esos dioses destructivos también se han fijado en nosotros para qué retorcidos fines…

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Thomas Ligotti o la pesadilla de existir

Edición de Valdemar de La conspiración contra la especie humanaEn los últimos tiempos, la editorial Valdemar está consolidando en España la introducción de un escritor hasta hace poco apenas contemplado por nuestra edición pero de verdadero culto (y por una vez, no prefabricado ni basado en huecos deseos de mitomanía) fuera de nuestras fronteras. Se trata de Thomas Ligotti, nacido en Detroit en 1953, dueño de una obra no muy prolífica pero de una densidad extrema: de hecho, la brevedad es el signo distintivo de su autor, puesto que es el cuento el campo en el que se circunscribe la mayor parte de su obra. La información proporcionada en las solapas o en el prólogo con que el especialista Jesús Palacios presenta la primera publicación de Ligotti en la editorial lo entroniza como un descendiente de la estirpe de Poe y Lovecraft, a los que, desde luego, complementa o corrige (según el ánimo del lector), y con los que comparte el sentido obsesivo de la prosa, la capacidad para hacer que la atmósfera sea la gran protagonista de sus historias, el fetichismo de determinados objetos, en su caso las marionetas, el aroma de la decadencia y lo marchito o el relieve que se otorga a extraños cultos, a libros malditos, a seres de monstruosa divinidad que aguardan volver a filtrarse en nuestra realidad (o proclamar, definitivamente, que la Irrealidad es la verdadera dimensión real…). Como todos los autores que tienen de verdad cosas que decir, no es de lectura fácil —doy fe personal, porque en mi primer intento tuve que aparcarlo durante unos meses— y el poso que deja no se remansa tranquilo en nuestra memoria. Pero la insistencia termina por fructificar y revela a uno de los pocos autores contemporáneos de literatura fantástica que deja verdadera huella.

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El hundimiento de la Casa Usher en el cine de vanguardia

Cartel de La chute de la maison UsherEl relato que evoca por excelencia el nombre de Edgar Allan Poe es —con permiso de Los crímenes de la rue Morgue— El hundimiento de la Casa Usher (traducción que prefiero a la quizá más extendida de La caída…). Julio Cortázar lo definió como la «Gioconda de Poe» y su escueta extensión (21 páginas en la edición de Alianza, precisamente en la magnífica traducción del autor de Rayuela) ha permitido infinidad de análisis, de escrutinios, de interpretaciones, por lo común en clave autobiográfica. Indudablemente, es un catálogo de las grandes obsesiones de Poe: la sensibilidad extrema de sus personajes, el entierro prematuro, el horror mórbido, la creación de una atmósfera exterior a partir de un estado de ánimo interior, la increíble importancia que revisten los sonidos en el arte silencioso por excelencia… Es un cuento casi abstracto, puesto que en rigor poco narra, y quizá por ello, de todos los cuentos de Poe, es uno de los que mejor ha aprovechado el arte más abstracto después de la música, esto es, el cine (e ironías de las vida, dos de sus mejores adaptaciones, de las que ahora hablaré, fueron realizadas en el cine mudo: ironía, pues repito que Usher es un cuento «sonoro»). Al hilo de las siempre fascinantes relaciones entre la literatura y las (buenas) adaptaciones al cine, voy a destacar tres versiones, encuadradas no en el cine de terror convencional —en el que hay, desde luego, una buena ilustración, la dirigida por Roger Corman en 1960 con Vincent Price, y que dio origen al famoso ciclo Corman-Price-Poe—, sino en el cine de vanguardia.

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Un hombre, una mujer, una guerra: de La Reina de África a Sólo Dios lo sabe

Inolvidables Charlie y Rosie, Bogart y HepburnLa guerra mundial, en un exótico rincón tropical muy alejado de Europa. Un hombre, más bien cínico y materialista, y una mujer de profundas convicciones religiosas, se ven obligados a convivir mientras hacen frente al enemigo, convivencia de la que, para sorpresa de ambos, que no pueden ser más diferentes, acaba emergiendo un vínculo sentimental. El mero enunciado de este argumento conduce a cualquier cinéfilo al recuerdo de una película por la que se tiene una inmensa simpatía, La Reina de África (1951), todavía hoy uno de los títulos más populares de John Huston. Curiosamente, seis años después, el director retomó el mismo planteamiento, solo que trasladándolo a medio mundo de distancia, a un pequeño atolón del Pacífico, y haciendo aún mayor la brecha inicial entre la pareja: si en el film anterior, la mujer era la hermana de un misionero, ahora es nada menos que una monja. Se trata de Sólo Dios lo sabe (1957), en mi opinión una película mejor. Ahora bien, tanto una como otra en general despiertan en mí más cariño que admiración: son películas que se siguen con complicidad y que están estupendamente interpretadas por cuatro intérpretes generosos y en estado de gracia. Sin embargo, no es suficiente porque me parece que falta lo esencial en un planteamiento de esta naturaleza (esto es, el inicio de dos historias de amor muy particulares, en medio del contexto más adverso): el romanticismo. Por desgracia, y pese a su aureola de cineasta aventurero, John Huston no fue, de ningún modo, un cineasta romántico. Y la aventura sin el romanticismo, por lo común, no pasa de ser una peripecia intrascendente. Que se lo digan a Indiana Jones…

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Algunas estancias en el castillo de Drácula

El castillo de Drácula, por Kabuto

No conozco sitio más terrible que el castillo de Drácula. Ni más fascinante. Desde que pisé por primera vez sus salones —fue con menos de diez años, en la versión Hammer con Christopher Lee—, no he podido resistir la tentación de volver una y otra vez a ellos. Los he conocido con muy diferentes aspectos: lujosos y opulentos, o reducidos a pura ruina; poblados por sombras o refulgentes de color; habitados por un solo y casi existencial vampiro o por una compañía de sugerentes mujeres, tan no muertas como su amo y señor; en imagen y en papel… El castillo de Drácula es el Lugar Prohibido del terror por excelencia. Quien entra en él es un incauto que ignora las ya de por sí alarmantes señales que se le han ido apareciendo por el camino… o un heroico perseguidor del mal que sabe bien lo que está haciendo, y que aunque comprende que las posibilidades de éxito son mínimas aun así penetra con valor en el lugar más pavoroso del mundo. Porque eso es lo que despierta el castillo: pavor. El pavor no es el miedo absoluto. Es la consciencia de que no puede existir un lugar poblado de maldad en mayor medida que éste; de saber que no hay una sola de sus piedras (por remedar a Chesterton) que no sea malvada. Aun así, y como todo Lugar Prohibido, cuando uno se halla ante su umbral, solo queda una opción: entrar en él, como el insecto no puede evitar ser atraído por el cálido y meloso interior de la planta carnívora. Lo que espera dentro, lo sabemos, es el vampiro, es el ser para el que el futuro no existe (y por tanto, para la ausencia de esperanza), es la promesa de la no vida (otros dirán que de la no muerte). Pero también la fascinación de lo desconocido, la febril expectativa de unos horrores que exigen ser paladeados. ¿Cómo resistirse a entrar en él?

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Publico en Delirio nº 15 un artículo sobre Metrópolis

Portada de Delirio 15En el número 15 de la estupenda revista Delirio acaba de ver la luz un artículo mío que lleva por título Metrópolis frente a Metrópolis: de Fritz Lang a Thea von Harbou. Como ya informaba hace casi justo un año a propósito de otra colaboración que acababa de salir en el entonces nº 13 de Delirio —en torno a la novela de John Wyndham Los cucos de Midwich y sus adaptaciones al cine bajo el título de El pueblo de los malditos—, la revista es un ambicioso proyecto de encuentro de la ciencia-ficción y la fantasía, bajo cualquier tipo de formato (breve, eso sí), del cuento al esbozo, del poema al ensayo, de la ilustración al tebeo. Su alma máter lo es, a su vez, de la estupenda editorial La Biblioteca del Laberinto, modesta empresa madrileña que lleva ya unos cuantos años (por desgracia, todavía no recompensados con la repercusión merecida, por lo menos en cuanto a su llegada a las librerías, y mi Málaga es triste ejemplo de ello) intentando cubrir un hueco en esos géneros: la fantasía que todavía escapa del reconocimiento más o menos culto que sí han conseguido sus autores y obras más emblemáticos. Su oferta, eso sí, no se detiene en un solo registro. Aunque el pulp norteamericano de la primera mitad del siglo (Burroughs, Howard, Kuttner, Hamilton…) es su gran protagonista, por sus siempre coloristas ediciones han pasado desde autores más consagrados con sus páginas menos conocidas (Lovecraft) a escritores españoles actuales (Antonio Arrarás) y del pasado, cuya entrada en este catálogo sorprenderá a quienes los conozcan de otras referencias (Agustín de Foxá, Luis Araquistáin), pasando por nombres procedentes de ámbitos literarios poco visitados en español (el rumano Gheorghe Sasarman, autor del excelente libro-catálogo de ciudades imaginarias La cuadratura del círculo).

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La curiosa historia del Drácula de Bela Lugosi y su contrapartida hispana

Cartel del Drácula de Tod BrowningDrácula tiene casi la misma edad que el cine. Es decir, la inmortal novela de Bram Stoker, cuyo protagonista es uno de los personajes de ficción (¿es de ficción, no?) más paseados por la gran pantalla, se publicó en 1897, dos años después de la primera proyección de los hermanos Lumière. Dejando aparte una película húngara de 1921, perdida, que parece que apenas coge de ella el nombre de la criatura, la primera vez que fue llevada al cine fue en la excepcional película Nosferatu, el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y ello, como se sabe, sin solicitar los derechos a la persona que por entonces los poseía, Florence Stoker, viuda del escritor, lo cual llevó a cambiar los nombres y poco más. Es por ello que la primera adaptación «oficial» del libro es la película homónima Drácula (1931), producida por el mítico estudio Universal que, gracias a su éxito y el de la inmediata El doctor Frankenstein, estrenada unos meses después, desencadenó la primera edad de oro del cine gótico asociada a los más famosos monstruos del género: los antedichos más la momia, el hombre lobo, el fantasma de la ópera, etcétera. Eran los primeros tiempos del cine sonoro, y la industria todavía experimentaba los profundos cambios traídos por el sonido. Uno de ellos, efímero, fue la fabricación de versiones en otros idiomas de las películas más destacadas de cada estudio, rodadas en los mismos decorados y con idéntico guión. Pues bien, casi el único caso en que disponemos de esa versión especular para poder comparar los resultados es, precisamente, la versión hispana de Drácula, usualmente comercializada en dvd y blu-ray con la inglesa y por ello fácilmente accesible. La confrontación entre ambas, curiosamente, y para escándalo de los puristas de «lo único» revela un título que, en determinados aspectos, es mucho mejor en español que en inglés, como intentaré señalar en las líneas siguientes.

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El bueno, el feo y el malo: por un puñado de oro

Los rostros de Eastwood, Van Cleef y Wallach

Desde que de pequeño vi en la tele Hasta que llegó su hora (1968) —con el formato en Scope recortado al tamaño 4:3, como era usual en aquellas emisiones catódicas—, he sentido siempre una fascinación muy especial por el director italiano Sergio Leone, el hombre que no creó pero sí revolucionó el western mediterráneo, esa variante «degradada» del norteamericano que hasta tiempos muy recientes fue universalmente despreciada por los críticos y cinéfilos serios, como bien indica el desvalorizador pero hoy entrañable remoquete que le dieron: spaghetti western. Aun con esos encuadres amputados, la fuerza indescriptible de sus imágenes (aun niño, pude advertir lo distinta que era de una peli del Oeste «normal», por mucho que apareciera Henry Fonda, o con más motivo: el noble Fonda hacía de canalla vil como pocos) me pareció de otro mundo: esos irresistibles primeros planos (de cualquiera, no solo de las estrellas, con tal de tener un rostro singular), ese uso de la música (y esa música, dominada por la belleza indescriptible de la voz femenina que cantaba el tema principal), esos elementos que parecían copiados de cualquiera de nuestros juegos infantiles de pistoleros (la puntería infalible o la chulería manifiesta de sus personajes), esa increíble parsimonia con que se contaba todo (la espera inicial de los pistoleros en la estación de tren)… Pero Hasta que llegó su hora es ya una obra casi de retirada y reflexión del western: pues fueron los tres que rodó con Clint Eastwood aquellos en los que fue conformando su mirada sobre el género. Se trata de Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), cada uno mejor que el anterior, y el último en concreto, al que voy a dedicar el siguiente comentario, ya un film excepcional, casi en condiciones de competir con el protagonizado por Henry Fonda y Charles Bronson.

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Cuando Verne ríe: Una fantasía del doctor Ox

El más extravagante relato de Verne, El doctor OxEn la distancia, puede cometerse el error de recordar a Verne como un autor severo. Sin embargo, el humor es un componente básico de sus Viajes extraordinarios. Como el gran narrador que era, sabía de la riqueza que depara el contraste entre tonos: la intensidad de la aventura requiere muchas veces del contraste con la distensión para mejor preparar al lector. Personajes como el Paganel de Los hijos del capitán Grant, el Passepartout de La vuelta al mundo en 80 días o la pareja de periodistas de Miguel Strogoff dan buena fe de ello. Decir humor no quiere decir bufonadas: ninguno de esos personajes es precisamente un bufón, aunque sí resulten pintorescos, pero el sentido del humor los enriquece y enriquece la peripecia en la cual participan. No hay que olvidar que las primeras armas de Verne fueron en el teatro, en esas piezas de bulevar con que quiso iniciar su carrera literaria y que, por lo que sabemos, tienen más de bufo que de serio. Ese llamado esprit d’boulevardier impregna más de una novela del autor, empezando por la emblemática De la Tierra a la Luna, que contiene quizá las páginas más divertidas de Verne, pero nunca domina por completo el tono de una historia. Nunca… salvo en Una fantasía del doctor Ox, nouvelle o relato largo más que novela propiamente dicha que se encuentra entre las narraciones más insólitas surgidas de su pluma.

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Recordando a Elliott Gould: La máscara de acero y Testigo silencioso

Elliott Gould, estrella del Hollywood de los 70Debo al gran Carlos Aguilar y su Guía del Cine el haberme puesto sobre la pista de un par de películas tan poco conocidas como atractivas, La máscara de acero (1973) y Testigo silencioso (1978), las cuales me revelaron a un magnífico actor, muy típico de la fascinante y atípica década de los 70 y sobre el que ha caído cierto e injusto olvido: Elliott Gould. Con su característica cabellera rizada y su mirada entre escéptica y socarrona, Gould fue un intérprete muy propio de esa época en que el concepto de galán clásico de Hollywood pasó a mejor vida. Gozó de bastante popularidad en esos años, que aprovechó para hacer todo tipo de papeles (¡incluso al lado de los Teleñecos!), pero de todos ellos mis favoritos son los de esas dos películas citadas. Son dos modestos films de género que, como los buenos films de género, se las arreglan inmejorablemente para exponer sugerentes miradas sobre el ser humano. La máscara de acero cruza los géneros de espionaje y ciencia-ficción para exponer una triste reflexión sobre el concepto de identidad, a partir de la historia de un científico a quien los rusos, tras salvar su vida después de un accidente, lo devuelven al mundo libre embutido en un cuerpo de acero que impide saber si es quien dice ser. Testigo silencioso, no solo mejor que el anterior sino incluso un film espléndido, al tiempo que ofrece un argumento magnífico —el juego al gato y al ratón (de inesperado resultado) entre un sádico asesino y el en principio insignificante cajero de banco que le birla en sus narices el producto de un atraco— elabora un muy malsano juego de espejos entre dos personajes en principio antagónicos pero que quizá no lo sean tanto. Por cierto, que en mi memoria sentimental, ambas ligan a Gould con el excepcional actor de doblaje que le dio su voz (vibrante, enérgica, maravillosa), Rogelio Hernández, que también diera vida en español a actores como Paul Newman, Marlon Brando o Michael Caine.

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Horror cósmico en la Antártida: de ¿Quién hay ahí? a La cosa

Estupendo cartel americano de La cosa, de John CarpenterPor horror cósmico muchos aficionados entienden una narración cuyos protagonistas se ven hostigados por terribles peligros a los que es difícil dar nombre o encontrar una explicación racional y tranquilizadora, que o bien provienen del insondable espacio exterior o bien se trata de amenazas que laten en nuestro planeta desde el mismo umbral de los tiempos. La acción se sitúa, por lo común, en parajes desolados, en geografías hostiles o en rincones solitarios, por lo común aislados del calor y protección de otros semejantes. Es un tipo de terror que enseguida asociamos con H. P. Lovecraft y su círculo, con Arthur Machen y Algernon Blackwood, o con alguna de las más lóbregas ficciones de William Hope Hodgson, como su inolvidable La casa en el confín de la Tierra. En este artículo voy a tratar de uno de los horrores más conocidos por el cine, si bien su origen, mucho menos conocido, es literario. En una base aislada en mitad de la Antártida, un puñado de científicos ha de hacer frente a la amenaza de una «cosa» procedente del espacio, que tiene la inquietante y casi omnipotente capacidad de duplicar a cualquier criatura viva, lo cual le permite camuflarse, como cucos, en el mismo corazón de esos grupos humanos cuyo dominio sobre la Tierra pretende suplantar. La historia nos lleva enseguida a un gran clásico del cine fantástico moderno: La cosa (1982), de John Carpenter. Pero también al film del que éste supone un remake, y por el que muchos cinéfilos sienten bastante cariño, El enigma… de otro mundo (1951). Claro que, retrocediendo más aún, llegamos al origen de ambos films, que no es sino un modesto pero muy sugerente relato pulp que porta el magnífico título de ¿Quién hay ahí?

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El silencio del mar o la dignidad de un enemigo

El silencio del mar, en edición de CátedraEn febrero de 1942, en plena Francia ocupada por los alemanes, aparecía un volumen de apenas cien páginas titulado El silencio del mar, firmado por un desconocido autor llamado Vercors. Era una publicación clandestina, como lo era la editorial que había sido creada para la ocasión bajo el sugestivo nombre de Editions de Minuit, Ediciones de Medianoche. Lo que cuenta esa historia es la relación que se entabla entre un oficial alemán, francófilo y bienintencionado, con los dueños de la casa (en un pueblecito de la campiña gala), un anciano y su sobrina, a quienes comunica su ferviente anhelo de un enriquecimiento mutuo de sus culturas una vez que pasen esos tiempos de guerra. El libro tuvo una enorme repercusión, entre otras razones porque el mismo general De Gaulle, desde su refugio en Inglaterra, lo saludó con alborozo y procuró su edición más allá de las fronteras de Francia. Y eso que ese planteamiento del misterioso Vercors, lógicamente, fue recibido con polémica, en cuanto que ofrecía el dibujo de un ocupante alemán bajo una luz positiva. El silencio del mar, por tanto, tuvo la audaz pretensión de señalar que el enemigo al que debemos odiar puede ser un hombre digno, pero también de plantear un interesante elemento de reflexión: ¿tiene cabida la dignidad cuando ésta forma parte de una cohorte indigna? A este pequeño relato, que acaba de ser magníficamente editado en nuestro país por Cátedra (en compañía de otros cuentos del autor), y a la película de Jean-Pierre Melville que lo adaptó en 1949 (y que fue el vehículo a partir del cual yo accedí en primer lugar a la historia), voy a dedicar las siguientes líneas.

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