Conan el bárbaro: los relatos (II)

Los relatos I     III                                           El personaje literario

El coloso negro / Natohk el velado [Black Colossus, WT, jun. 1933]

Margaret Brundage ilustra El coloso negroEste cuento gozó del privilegio de recibir la primera de las varias portadas que Weird Tales dedicó al personaje (si en la entrada anterior ya figura alguna, es por tratarse de un relato, La reina de la costa negra, escrito antes pero publicado después). Como esta, todas fueron realizadas por Margaret Brundage, ilustradora especializada (irónicamente) en dibujos que explotaban descaradamente la sexualidad femenina para atraer a compradores masculinos. El uso del pastel otorgaba a sus dibujos una particular textura irreal, almibarando el delicado trazo de los cuerpos y envolviéndolos en un onirismo arrebatador. Por cierto, y como puede comprobarse en esta portada, la artista concentraba sus esfuerzos, con independencia del protagonismo masculino o del tema del relato, en el dibujo de una o varias bellezas semidesnudas (o totalmente desprovistas de ropa), seguramente tras comprobar que en ellos basaba su éxito y, por tanto, los encargos. Así, algunos artistas de la casa acabaron incluyendo en sus cuentos algún episodio que justificase la exhibición de carne femenina. Tal vez el mismo Howard se sintiera inclinado a hacerlo, porque a partir de El coloso negro encadenará un conjunto de historias en los que el cimerio debe proteger a alguna beldad en peligro, que si inicialmente siente rechazo hacia ese gigante cubierto de cicatrices, terminará por caer rendida en sus brazos.

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En Recuerda que has leído: El retrato de una dama

 

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Acabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído una reseña de El retrato de una dama (1881), una de las novelas más conocidas del gran Henry James, que en su momento constituyera uno de los mayores éxitos del autor y encarrilara su carrera literaria. Su tema —los críticos lo llaman el «tema internacional»— lo abordó muchas veces: el choque de costumbres y mentalidades con la vieja Europa por parte de un visitante estadounidense, el segundo símbolo de la inocencia, la primera de la corrupción moral. En este caso, una joven, Isabel Archer, llevada a Europa por una adusta tía cuya residencia está en Italia, se convierte en beneficiaria de una considerable herencia que la convierte en objeto de las atenciones de un sofisticado cazador de dotes. La trama, sin embargo, como sucede habitualmente con James, es lo de menos en beneficio del estupendo retrato de personajes y ambientes, y sobre todo de esa atmósfera de misteriosa ambigüedad en todos los órdenes (moral, sensual, psicológico) en la que uno se acaba literalmente perdiendo. Fue uno de los primeros títulos del autor que me leí, hace más de veinte años, y desde luego su primera novela larga, y me ha entusiasmado lo mismo, o más, que entonces, cuando asistía deslumbrado al descubrimiento de un escritor de insospechadamente infinitas maravillas. Además, está ahora de actualidad por la publicación, por parte del prestigioso escritor irlandés John Banville, de una continuación, La señora Osmond. En el mismo blog, y a cargo de otro de sus colaboradores, pronto aparecerá también una reseña de este título que complementará la que yo publico.

En Recuerda que has leído: El retrato de una dama

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Conan el bárbaro: los relatos (I)

Los relatos II     III                   El personaje literario

Bonita imagen de Conan por Barry Windsor SmithLa carrera profesional de Robert E. Howard (1906-1936) se inició en 1924, con tan solo 18 años, cuando la más conocida de las revistas pulp de la época, Weird Tales, le compró su primer relato, Spear and Fang, aunque no se publicaría hasta agosto de 1925. Dentro de este tipo de medios, dedicados a la narrativa popular, Howard conseguiría hacerse con un puesto relevante: en sus escasos diez años de dedicación literaria escribiría cerca de 200 relatos, de los cuales vería publicados en vida unos dos tercios. Aun cuando su nombre se relaciona, ante todo, con el de Conan el bárbaro y, por lo tanto, con el género de la fantasía heroica o espada y brujería (como ya señalé en el artículo anterior, hay defensores de uno y de otro, que ciertamente no son incompatibles), su producción abarcó todas las esferas de la narración de género. Practicó el terror, la ciencia-ficción, el thriller sobrenatural, el relato histórico, la aventura, el cuento de boxeo, y en sus últimos tiempos manifestó una especial predilección por la ambientación en el propio escenario donde vivía, esa Texas que todavía recordaba a los westerns: cuando murió, sus intereses estaban girando en torno a esta esfera.

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En Café Montaigne: La última partida de ajedrez de Stefan Zweig

El mundo de ayer                   Stefan Zweig: Adiós a Europa             Mendel el de los libros 

Edición de Novela de ajedrez, en AcantiladoAcabo de publicar en la revista digital Café Montaigne una reseña que completa otras que he escrito acerca del escritor austriaco Stefan Zweig y su triste destino: el ascenso del nazismo primero le privó del enorme mercado alemán y después lo arrojó lejos de su hogar y de su país, convirtiéndolo no ya en un exiliado sino en un apátrida, obligado a depender de la generosidad de unos países, los llamados democráticos, cuya hospitalidad se vio constreñida por la desconfianza de esos tiempos que anunciaban guerra. Después de vagar de un lugar a otro, de Europa a Estados Unidos y finalmente del norte al sur del continente americano, se instaló en un país en principio tan lejano de su centro cultural y emocional como Brasil. Aunque fue acogido de modo extraordinario, la depresión que le abatía, con toda la razón, desde que empezó su periplo acabó por conducirlo a la decisión de suicidarse, en compañía de su segunda y muy joven esposa, Lotte. Fue en una localidad brasileña llamado Petrópolis, nombre que nunca ha dejado de parecerme irreal —de pequeño tuve un juego de mesa, similar al Monopoly, con dicho nombre— como final de un periplo tan interesante. Su obra, sin embargo, no quedó cerrada con esa muerte porque dejó dos últimos libros. Y vaya libros. El primero, sus inmortales memorias, El mundo de ayer. El segundo, objeto del artículo al que enlazo, una última novela titulada Novela de ajedrez. Una nouvelle más bien, ese formato de no muy larga extensión en que se movió siempre como pez en el agua para trazar esos cuentos melancólicos en los que se encuentra, creo, lo mejor de su literatura.

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Conan el bárbaro o la ética de la verdadera civilización

Los relatos                                    Las películas

Conan, ilustración de Boris VallejoTodo comenzó con un personaje llamado Kull, soberano del reino «precataclísmico» de Valusia, al que Robert E. Howard había dedicado varios relatos publicados en la mítica revista Weird Tales (subtitulada con razón «la revista única») entre 1929 y 1930. El escritor guardaba otro relato, titulado ¡Con esta hacha gobierno!, que el editor de la misma, Farnsworth Wright, había rechazado en su momento, tal vez por parecerle demasiado farragoso. Sin embargo, un par de años después, Howard lo reescribió cambiando el escenario de la acción y varios rasgos circunstanciales, amén del nombre del protagonista. Ahora pasaba a llamarse Conan, rey de Aquilonia, y el cuento, rebautizado como El fénix en la espada, fue publicado en WT en diciembre de 1932. Sería el origen de uno de los grandes mitos de la narrativa popular: la saga del personaje conocido hoy sobre todo como Conan el bárbaro. Sin lugar a dudas, supuso el mayor éxito de su autor, en su momento uno de los grandes puntales de la época dorada del pulp, quien en el reducido espacio de poco más de cuatro años publicaría hasta 17 historias, de variada extensión, sobre el personaje (amén de otras cuatro rechazadas en su momento). Eclipsado con la decadencia del soporte editorial que le había dado cobijo, Conan resucitó sin embargo muy pronto, de la mano de diversas ediciones en libro desde los años 50 de cuya popularidad da fe su pase al mundo del tebeo, en las publicaciones de Marvel Comics, y más tarde al cine, encarnado por Arnold Schwarzenegger. Irónicamente, esos dos medios multiplicarían su repercusión, pero se convertirían en el principal acceso al personaje por encima del literario (que, lógicamente, alteraron). El descubrimiento de la fuente original garantizo que es una fuente de placer y además descubre una de las obras culminantes de la literatura de género del siglo XX, pese a la mala fama que para muchos supone su origen en esas publicaciones baratas de evasión que fueron los pulps.

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Thanos de Titán (II): la Saga del Infinito

Thanos I       II

Thanos y su guantelete en Vengadores Infinity Wars

Cansado de las continuas intromisiones editoriales, Jim Starlin abandonó durante una década el Universo Marvel después de los dos anuales con que cerró la saga de Thanos, con la excepción de ese retorno puntual para La muerte del Capitán Marvel. Sin embargo, no dejó de colaborar con la editorial, pues durante los años 80 trabajó en una serie titulada Dreadstar (por supuesto, de aventuras cósmicas, que además supone una abierta variación de sus episodios sobre Adam Warlock) que fue publicada dentro de Epic, un sello independiente dentro de la Casa, que permitía a los autores mantener todos los derechos sobre sus creaciones. Entretanto, Thanos siguió oficialmente muerto… mientras otros ilustres fallecidos de Marvel regresaban al mundo de los vivos, ante todo por razones económicas, trivializando así la grandeza de sus épicos finales: el caso emblemático fue el personaje de Jean Grey, alias Fénix. Tarde o temprano tenía que llegarle el turno al Titán Loco. Eso sí, al menos, Marvel tuvo el buen tino de encomendarle su regreso a su mismo creador. Eran los tiempos en que la editorial había descubierto la rentabilidad de las grandes sagas que, concentradas en un grupo de colecciones interrelacionadas (la pauta la marcaban las series protagonizadas por los mutantes de La Patrulla-X), permitían un aluvión de cross-overs (cruces con otras series) para incrementar la rentabilidad del negocio, sin importar lo accesorio de esas participaciones ni las consecuencias artísticas (la interferencia en los planes de los creadores encargados de esas otras cabeceras). En el caso que nos ocupa, Marvel planteó una aventura cuyo éxito económico haría que se prorrogara con secuelas varias y cuyo eco acaba de encontrar una última caja de resonancia en el éxito de Vengadores: Infinity Wars (2018). En los tebeos, un conjunto formado por diversas miniseries que puede llamarse la Saga del Infinito.

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El crepúsculo de Gary Cooper

Gary Cooper en sus años finalesDe entre las grandes estrellas de Hollywood (no puedo evitarlo: crecí con ellas y, por tanto, para mí constituyen el modelo interpretativo por el que medir todas las épocas), Gary Cooper siempre será ese actor que ha sabido conmoverme en todas las edades de mi vida y de mi formación como espectador. De entre sus compañeros, a algunos a los que adoré sin reservas el tiempo ha ido agrietando esa valoración incondicional que de ellos tuve (Bette Davis, Kirk Douglas, incluso Spencer Tracy), y a otros los he ido revalorizando con el tiempo (Tyrone Power, Dana Andrews), pero he sido fiel a Coop desde que tengo memoria. Sin duda, en buena parte se debe a que el rol emblemático que encarnó como nadie en el cine (la nobleza en estado puro) se venera con facilidad en la infancia. Es el prototipo, por ejemplo, que encarnó en grandes clásicos como Beau Geste (1939), donde obraba el milagro de hacer que el profundo idealismo de su personaje, rayano en la insensatez, consiguiera vibrar sin incurrir en el ridículo incluso cuando descubre que el modelo de escenario caballeresco que para él encarnaba de modo emblemático la Legión Extranjera, en la cual se alista, es el escondrijo de los mayores canallas del mundo, o de Solo ante el peligro (1952), donde firmó el tal vez más conocido personaje de su carrera, ese sheriff llamado Will Kane, dispuesto a cumplir su deber pese a que a nadie le interesa que lo haga y sea abandonado a su suerte por aquellos que más tienen que perder. Murió relativamente temprano (en 1961, con 60 años) y por eso puede decirse que tuvo la suerte de hacerlo con las «botas puestas», es decir, desempeñando todavía roles estelares antes de que desapareciera definitivamente el Hollywood donde reinó: para bien o para mal, ya es imposible imaginarlo en decadencia profesional o en un tipo de películas con las que él poco hubiera tenido que ver.

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Thanos de Titán (I): el adorador de la Muerte

Thanos I     II                                                                                                         Capitán Marvel

Portada del tomo de Panini dedicado a la saga clásica de ThanosUn axioma básico de la ficción aventurera (trátese de espadachines, cow-boys o caballeros jedi) es que la categoría de un héroe se mide por la de sus enemigos. Los tebeos de superhéroes lo aprendieron enseguida, de ahí que los nombres de sus principales personajes vayan asociados enseguida a un megavillano: Superman a Lex Luthor, Batman al Joker, Spiderman al Duende Verde o Los 4 Fantásticos al Doctor Muerte. Thanos, apodado el Titán Loco, fue creado asimismo para cumplir idéntica función: era el villano cósmico por excelencia y su creador, Jim Starlin, lo ideó primero como némesis del héroe que portaba el nombre de la Casa de las Ideas, el Capitán Marvel, y después, cuando cambió de colección, de un fascinante personaje llamado Adam Warlock, que debiera estar de actualidad porque, en las aventuras marvelitas de papel, fue el primero que portó una de las Gemas del Infinito que ahora han sido tan fundamentales en el último éxito de Marvel Studios: Los Vengadores: Infinity War. Pues bien, la importancia de Thanos radica en que, al contrario que los otros grandes villanos de la Casa, no necesitó estar asociado, de modo perenne, a las aventuras de sus grandes antagonistas, sino que pronto alzó el vuelo, hasta el punto de convertirse en el centro de grandes sagas de la editorial (por ejemplo, la que ha inspirado la mencionada película), protagonizar colecciones y modular una fascinante trayectoria a lo largo de sus casi cincuenta años de existencia, erigiéndose en uno de los seres más inclasificables de la historia de Marvel.

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En Homonosapiens: Frankenstein según Kenneth Branagh

La novela de Mary Shelley                                                                 El ciclo Karloff-Universal

Kenneth Branagh como el barón Victor Frankenstein

En Homonosapiens: Frankenstein según Kenneth Branagh

Coincidiendo con el bicentenario de la publicación de la primera edición de Frankenstein o el moderno Prometeo, la revista digital Homonosapiens ha realizado un dossier que gira en torno a esta inmortal creación de la novelista Mary Wollstonecraft Shelley, abordándola desde diversos puntos de vista, del literario al cinematográfico, del ético al filosófico, que comenzó el pasado lunes día 23 y que se va a extender todavía durante un par de semanas. Mi intervención en el mismo, como suele suceder, aborda una de sus adaptaciones al cine, en concreto la que realizó el cineasta inglés Kenneth Branagh en el año 1993 bajo el ampuloso título de Frankenstein de Mary Shelley (que era un reflejo del previo Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola, que en este caso se encargó de la producción). Como es sabido, el traslado de la novela a otros medios fue casi inmediato a su publicación: primero al teatro, claro, y después al cine (pero asumiendo buena parte de las convenciones y elementos adoptados sobre las tablas, comenzando por el hecho de la popular confusión entre Frankenstein y su monstruo, como si el primero fuera el nombre del segundo).

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En Recuerda que has leído: La flecha negra

La flecha negra

Publico en el blog literario Recuerda que has leído una breve reseña sobre una novela de uno de los autores fundamentales, sino el que más, de mi vida como lector: Robert Louis Stevenson. Se trata ya de un viejo conocido de este blog —hace un par de veranos quedé atrapado durante largas semanas por la magia de su obra—, y aunque parezca mentira, me resulta difícil volver sobre él, porque Stevenson es uno de estos autores sobre los que no se piensa: se los lee. Creo que habrá pocos creadores de vocaciones lectoras más poderosos que él, y parte de su magia estriba en que aun cuando, como todos, su nombre se asocia antes que nada a obras concretas (La isla del tesoro, El doctor Jekyll y Mr. Hyde), cualquier otro ejemplo de su prolífica carrera resulta igualmente deslumbrante: Stevenson no tiene eso que, con condescendencia, se llama «obra menor»; todo en él es grande. Precisamente mi artículo aborda una de sus novelas menos conocidas, La flecha negra. Publicada poco después de La isla del tesoro (con la que comparte el protagonismo de un intrépido muchacho embarcado en una aventura irresistible), se sitúa en el escenario de la Guerra de las Dos Rosas, y une los elementos típicos del autor (el encanto de los personajes, la fluidez narrativa, la inventiva argumental, el romanticismo y la feliz distensión sin olvidar, nunca, el lado sombrío de toda peripecia aventurera) con la gracia de la reconstrucción medieval, que incluye desde apariciones especiales del famoso Ricardo III (aunque no grita «¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!») a un trasunto del mítico Robin Hood. Una delicia absoluta.

En Recuerda que has leído: La flecha negra

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En Café Montaigne, dos muestras de “cine de cruzada”

cartel_del_film_razaHace pocos días he publicado en la revista digital Café Montaigne un artículo que, bajo el título de Propaganda en la alta y en la baja manera, aborda dos películas claves de ese conocido «cine de cruzada» que registró la inmediata posguerra civil española y que, por lo general, suele concitar más interés en su faceta histórica que en la puramente cinematográfica. Desde luego, no es para menos, si tenemos en cuenta que la más conocida de todas ellas (y primera sobre la que hablo) es la celebérrima Raza (1941, José Luis Sáenz de Heredia), film cuya base literaria se debe nada menos que al mismísimo Caudillo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade (el director Sáenz de Heredia, por otra parte, era el primo de Primo: o sea, primo hermano de José Antonio Primo de Rivera). La otra película, en cambio, mucho menos conocida, por no decir que más bien ignota fuera de un reducido círculo de especialistas y cinéfilos curiosos, es Rojo y negro (1942, Carlos Arévalo), que ofrece una mirada de la guerra civil desde una perspectiva ortodoxamente falangista… lo cual de poco le valió pues a los pocos días del estreno fue retirada de cartel por razones sobre todavía se discute y dada por perdida durante 40 años. Recuperada a finales del siglo pasado, su exhumación fue recibida con gran sorpresa, y no es para menos, por cuanto el film delata unas inquietudes estéticas y narrativas que nada tienen que ver con la estulticia cinematográfica de Raza (film que, por generoso que uno tenga el día, no se puede salvar por parte alguna). Desde luego, en el aspecto argumental, Rojo y negro es una fabulilla bastante simple destinada a justificar (es más, a santificar) el «noble» Alzamiento con uso y abuso de toda la retórica falangista, pero sus imágenes, en más de un momento, poseen una fuerza y una sugestión que ya la hubiera querido para su propio panfleto el «escritor» Andrade. No quiero decir que nuestro Arévalo sea un equivalente de la alemana Leni Riefenstahl, pero sí que su película encierra más de una sorpresa.

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Vértigo en París, durante la II Guerra Mundial

Reedito un artículo al que le tengo mucho cariño, por constituir una de mis primeras entradas en el blog (la cuarta, en concreto, de 3 de septiembre de 2012) y porque versa sobre un tema que suele eludirse en las críticas de la magnífica película que lo centra, la mítica “Vértigo”, de Alfred Hitchcock: la sugestiva novela de partida. Me anima a recuperarlo, claro, el que ahora, más de cuatrocientas cincuenta y pico entradas después, pueda encontrar más lectores que los mínimos que tuvo en los albores de este blog. Para la ocasión, lo he corregido mínimamente, pues por lo demás figura prácticamente tal cual lo escribí.

El genial poster de Vertigo, por Saul BassLa gran olvidada de la película Vértigo es, precisamente, la novela en que se basa. Normalmente, cuando un gran autor adapta un libro, suele afirmarse con fervor (y sin que sea «obligatorio» haberlo leído) que el susodicho ha llevado la obra a su propio terreno, y así se ha escrito sobre multitud de obras y novelistas. Sin embargo, a la novela De entre los muertos ni siquiera le ha cabido semejante «honor»: lo normal ha sido hacer caso omiso de ella. La dignísima excepción proviene del excelente crítico e historiador Carlos Aguilar, que le dedicó un artículo a la novela en la revista Nickelodeon, nº 8, dedicada a la película de Hitchcock y a La palabra/Ordet, del danés Dreyer.) Es posible que esto se deba a la dificultad en poder confrontar la la película con el original. Me refiero en la actualidad, pues sus autores, los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac, formaron una pareja especializada en relatos policiacos muy popular en su época, como prueba el elevado número de adaptaciones al cine de sus libros. En España, la última edición (que tampoco gozó de excesiva repercusión) fue publicada bajo el título del film, Vértigo, por la editorial Nebular en el año 2002 (traducción de Jandro Murillo), con un magnífico apéndice a cargo de Roberto Cueto.

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Bienvenidos a la Dimensión Desconocida

Excelente libro colectivo sobre The Twilight Zone«Hay una quinta dimensión más allá de las que conocemos. Es una dimensión tan vasta como el espacio e intemporal como el infinito. Es una zona intermedia entre la luz y la sombra, entre la ciencia y la superstición, que yace entre el abismo de nuestros miedos y la cúspide de nuestro conocimiento. Es la dimensión de la imaginación y se encuentra en un lugar que conocemos como la Dimensión Desconocida.» El 2 de octubre de 1959, estas palabras resonaron por primera vez en todos los hogares americanos donde el televisor ya era el rey de la casa, acompañadas de una sugerente cobertura sonora del gran Bernard Herrmann sobre un fondo de imágenes nebulosas que dibujaban un paisaje surreal y misterioso. El episodio que introducía, titulado ¿Dónde están todos?, mostraba a un joven surgido en medio de la nada, que entraba primero en una cafetería situada junto a una solitaria carretera y luego en una clásica middle town sin encontrar a un solo ser humano… pero con inquietantes rastros de que hasta un momento antes debían haber estado ahí (un cigarrillo humeante, un grifo abierto, un cine en el que comienza la proyección de una película). Como bien había indicado esa voz narradora, la del creador de la serie, el gran Rod Serling, el muchacho había hecho una incursión en los límites de un espacio sugerentemente llamado en el original The Twilight Zone (La Zona Crepuscular) y en los países hispanos La Dimensión Desconocida. Ese capítulo iba a ser el arranque de la más conocida e influyente serie de ciencia-ficción de la historia de la televisión.

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Hormigas que crecen, hombres que menguan, cuerpos que se duplican

Ultimátum a la Tierra                  El enigma… de otro mundo                    Planeta prohibido

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No cabe duda de que los años 50 constituyeron toda una edad de oro para la ciencia-ficción, en literatura y en cine. En el primero de estos campos, el género comenzó a emerger del encasillamiento dentro de la literatura pulp (estadio del género no solo valioso en sí mismo sino imprescindible por cuanto la mayor parte de los escritores hoy considerados clásicos comenzaron su trayectoria ese tipo de publicaciones) y a ir ganando un respeto y un conocimiento que desbordaba ese margen demasiado especializado. A los 50 asociamos nombres como los de Isaac Asimov, Ray Bradbury, Richard Matheson, Fritz Leiber, Robert A. Heinlein, Fredric Brown o el primer Philip K. Dick, y como símbolo de esa consciente madurez bien podrían valer esos emblemáticos Premios Hugo, que se entregaron por vez primera en 1953. El cine, que siempre ha encontrado en la literatura una obvia fuente de inspiración, fue reflejo fiel de esa eclosión. Aun todavía encerrado en los márgenes de la serie B, el género conoció un momento de esplendor industrial, asociado en la memoria de los cinéfilos a unos productos caracterizados antes por su inventiva que por sus medios, por lo común desbordantes de ingenuidad pero en los mejores casos dueños de una imperecedera densidad dramática. A lo largo de este artículo, voy a hacer un pequeño recorrido por los títulos más representativos de esa década, citando apenas aquellos a los que ya he dedicado alguna entrada en este mismo blog (sobre estas líneas facilito a los interesados los oportunos enlaces), y dedicando mayor extensión a films en la memoria de todos: de La humanidad en peligro a El increíble hombre menguante, de La mujer y el monstruo a La invasión de los ladrones de cuerpos.

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1984 o el manual del perfecto totalitarismo

Rebelión en la granja

La ultima edición española de 1984, con traduccion de Miguel TempranoEra 1948. La Segunda Guerra Mundial acababa de finalizar solo tres años antes: los fascismos habían sido vencidos y sus líderes estaban muertos. Pero el totalitarismo no había sido suprimido: bien al contrario, uno de ellos, el representado por la Unión Soviética había emergido victorioso del conflicto y con un prestigio renovado, sobre todo entre los intelectuales del mundo occidental (esto es, del democrático). Un escritor inglés llamado George Orwell, cuyo compromiso antifascista era incuestionable (había luchado en España contra Franco, pero allí ya se había tropezado con las arbitrariedades del bando comunista), dio a la imprenta una novela cuyo título 1984 no era sino el de la misma fecha de su redacción, 1948, solo que cambiando el orden de las dos últimas cifras. Orwell había obtenido gran repercusión con su previa obra de ficción, Animal Farm —conocida en España como Rebelión en la granja—, una sátira del totalitarismo soviético, que ya puso en su contra a una parte de esa intelectualidad del mundo democrático que tanto bebía los vientos por el modelo comunista. Sin embargo, en 1984, Orwell fue incluso más lejos: ni antes ni después se habrá conseguido ofrecer, como aquí, la más negra y desesperada distopía posible, el dibujo de un mundo que es el sueño dorado (y atroz) de todo totalitarismo, por cuanto el control de la población es absoluto. Y lo hizo a partir de una sencilla pero estremecedora idea: hacer que en cada habitación de cada casa del país donde transcurren los hechos haya una telepantalla perpetuamente encendida que no solo ofrezca una programación que no se puede ignorar, sino que permite espiar a quien está frente a ella, sin que pueda haber modo de saber si en ese preciso momento lo están haciendo.

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