Pantera Negra, rey de Wakanda

Pantera Negra, por McGregor y Kirby

El reciente tomo de Panini que publica la etapa en solitario de Pantera Negra de los años 70Dentro del Universo Marvel, a Pantera Negra le cupo el honor de ser el primer superhéroe negro de la casa (y del mainstream en general), honor que hoy puede parecer ingenuo pero que en su momento sí resultaba relevante. Se trató además de un personaje cuya principal cualidad, desde el primer momento, era la dignidad. Una dignidad, por otra parte, literal, ya que se trataba del rey de un pequeño e imaginario país llamado Wakanda, situado en algún lugar inconcreto del África ecuatorial. Haciendo honor al nombre, Jack Kirby diseñó un traje tan sencillo como sugestivo: un uniforme completamente negro (por desgracia, después los coloristas recibieron la instrucción de colorearlo de azul oscuro, quizá para darle una mayor, e innecesaria, definición), con una máscara sin rasgos distinguibles rematada por dos orejas puntiagudas, felinas. (En su primera aventura, Kirby lo adornó con una media capa, más bien ridícula, que enseguida desechó.) Pantera Negra no necesitó ser revestido de espectaculares poderes para resultar un personaje sugestivo: se trataba, sin más, de un héroe de habilidades puramente gimnásticas (similares a las de otro héroe marvelita, el Capitán América, si bien sin el apoyo de ningún aditamento, como el escudo de este), conseguidas gracias a un intenso entrenamiento y al ascetismo de una educación física y mental propia de quien, desde pequeño, se sabe destinado a ser el monarca protector de su reino. Su trayectoria a lo largo de la Casa de las Ideas —como siempre, hablo de aquella que conozco bien: sus cuatro primeras décadas, de los 60 a los 90, después de las cuales abandoné el seguimiento regular de los tebeos de Marvel, cansado de su pérdida de creatividad—, sin embargo, rara vez supo aprovechar las posibilidades de un personaje de trazas al tiempo sencillas pero de enorme potencial. Esta trayectoria es la que me dispongo a abordar, brevemente, a lo largo de este artículo.

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El cine uruguayo existe: Whisky y Mal día para pescar

Cartel de WhiskyPuede que fuera a causa del notable éxito comercial obtenido por El hijo de la novia en 2001, preparado previamente por el buen sabor de boca dejado por alguna película de Adolfo Aristarain, como Un lugar en el mundo (1992), pero lo cierto es que el cine argentino vivió un auténtico boom en nuestro país durante la primera década del presente siglo, cuyo rostro más popular, precisamente, ha sido y es el del protagonista de aquel título, Ricardo Darín. El cine español se incorporó a ese auge participando, en régimen de coproducción (y muchas veces, aportando actores propios), en muchas de sus más conocidas películas. Ahora bien, Argentina no es el único país hispanoamericano del que nos ha llegado cine, ni el único con el que se han trabado lazos económicos. En esta entrada quiero centrarme en dos películas procedentes del pequeño país vecino de los argentinos, Uruguay (al que está ligado por numerosos vínculos). Y es que se trata de dos magníficos títulos, en los cuales también participó España (en la segunda, la implicación es superior), que por desgracia recibieron muy poco eco en su estreno (al menos sí en el terreno crítico, sobre todo el primero) y que desprenden una densidad muy particular, una ternura muy especial, dentro de unos registros de admirable modestia industrial: Whisky y Mal día para pescar.

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En Recuerda que has leído: Rebelión en la granja vs. 1984

Portada de la edición de Rebelion en la granja, en DeBols!llo

He publicado en el blog Recuerda que has leído una reseña que titulo: Rebelión en la granja vs. 1984. En ella, de extensión breve por las características internas del propio blog, me detengo ante todo en la primera de esas obras, mientras que en una futura entrega en La mano del extranjero haré lo propio con la segunda. Esta última sigue pareciéndome una obra admirable e irresistible, por muchas veces que la haya leído. Apasionante escritor Orwell, sin la menor duda, y no solo por estas dos famosas novelas, sino por sus excelentes ensayos, que recomiendo vivamente, en el mismo sello editorial donde están publicadas aquellas, DeBolsillo.

En Recuerda que has leído: Rebelión en la granja vs. 1984

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55 días en Pekín: el soldado, el embajador y la aventurera

Poster de 55 dias en PekinDurante años, tuve la sospecha de que el episodio histórico que narra 55 días en Pekín fue una invención de los guionistas de esta película. O dicho de otro modo, si para mí existe (y soy profesor de historia en un instituto de secundaria), es porque, cuando era pequeño y en Televisión Española se pasaban estas películas «antiguas» como si fueran un acontecimiento, me sentí fascinado por su sensacional argumento: las embajadas de los países occidentales en la capital de China se ven asediadas durante el tiempo estipulado en el título por parte de un grupo de fanáticos asesinos, los bóxers, que con el nada solapado apoyo de su emperatriz están dispuestos a borrar de su país toda traza de presencia europea. Cuando era un niño, como es natural, nada me preocupaba la justicia o injusticia de esa presencia, ni las razones de los rebeldes orientales: el film lo protagonizaban dos de mis actores favoritos, Charlton Heston y David Niven, abundaba en espectaculares escenas de combate y contenía varios momentos de gran emoción. Revisiones posteriores, como es natural, me han ido revelando la franca irregularidad de la película (¿cómo evitarlo, con los problemas, imposiciones y visiones contrapuestas que afectaron su rodaje?). Sin embargo, nunca he dejado de sentir un enorme cariño por esta película, sobre todo porque, por encima de su contenido épico, posee una sensibilidad especial, no en vano su director fue Nicholas Ray, para dotar de contenido a gestos y palabras, para expresar ese reverso íntimo que existe incluso en las gestas más épicas. Y es por esto que 55 días en Pekín sigue siendo un film perdurable y no el mamotreto en que pudo degenerar.

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Apunte X. Los archivos del Pentágono: Tom Hanks no es Lou Grant

Otros Spielberg-Hanks:    Salvar al soldado Ryan                          El puente de los espías

Los-archivos-del-PentagonoSteven Spielberg no lo ha ocultado: su nueva película nace con un claro propósito de tesis, la denuncia del nuevo riesgo que para la libertad de expresión en los Estados Unidos supone el advenimiento de la era Trump. Para ello, Los archivos del Pentágono recoge el episodio que creó la jurisprudencia necesaria para impedir al poder ejecutivo la censura de prensa bajo la excusa de la «defensa nacional»: la publicación de un voluminoso informe encargado en 1967 por McNamara, el secretario de defensa de Lyndon B. Johnson, que dejaba bien claro las manipulaciones y mentiras ocultadas por los diferentes gobiernos al pueblo estadounidense sobre el conflicto de Vietnam. El escándalo inicialmente lo desveló el New York Times, pero la prohibición de publicación que el presidente Nixon consiguió arrancar de un tribunal hizo que la pelota pasara al tejado del Washington Post, que aun sabiendo que incurriría en las mismas iras y podía hacer frente al mismo proceso que su competidor, no dudó en publicar los informes. El modo en que el film aborda el tema es mediante la contraposición entre los dos diferentes, pero complementarios, conflictos que viven, cada uno en la parcela que le compete, el director del periódico, Ben Bradlee, y la dueña del mismo, Kay Graham. Para el primero, supone tanto la ocasión que el diario estaba esperando (convertirse en un puento de referencia nacional) como la obligación de dejar bien claro que la defensa de la libertad de prensa es el pilar esencial de la democracia. Ahora bien, el episodio sorprende a Kay Graham en el peor momento: el Post, debido a dificultades de liquidez está a punto de salir a bolsa y por ello no resulta conveniente molestar a los poderes políticos y económicos.

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Fábulas sobre la ausencia: El coronel Chabert, Wakefield y La mujer de Martin Guerre

Berta Isla                               Sommersby

El coronel Chabert en la edicion de ValdemarUn tema recurrente en la historia de la ficción es el que tiene como centro dramático la súbita desaparición de un ser querido, una cuestión que además convoca una inmediata empatía: es fácil imaginar lo terrible que sería que le sucediera a uno mismo. Ese argumento se presta a múltiples tratamientos, comenzando, claro, por el propio de un thriller policiaco, al estilo de algunos films hitchcockianos como Alarma en el expreso o El hombre que sabía demasiado. Sin embargo, a mí en particular el planteamiento que más me interesa de todos los posibles es aquel que se centra en la ausencia como principio de reformulación de la realidad. Y es que la ausencia altera la vida: en primer lugar, la del ser que queda atrás, en el escenario cotidiano antes poblado por la presencia del desaparecido y que ahora, siendo el mismo, sin embargo sufre una avasalladora transformación; en segundo, la del ser que se va, que cambia de entorno, de vida (esto siempre me recuerda un breve relato-adagio de James Joyce, que siempre suelo citar a propósito de esto: figura en su celebérrimo Ulises y formula una definición del fantasma como «un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres»). Otra posibilidad que ofrece el planteamiento es la del regreso, pero no como sencillo restablecimiento del orden sino como nuevo elemento de perturbación. Tres magníficos ejemplos de la literatura cubren las distintas perspectivas de esta trama, complementándose de modo inquietante como si obedecieran a un plan preestablecido: El coronel Chabert, de Honoré de Balzac, Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, y La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis.

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En Recuerda que has leído: Berta Isla, de Javier Marías

Portada de la edición de Berta Isla en Alfaguara

He publicado en el blog Recuerda que has leído una reseña sobre Berta Isla, la última novela de Javier Marías. Se trata de una historia muy propia del escritor, especialmente conectada con sus últimos empeños literarios, sobre todo con el Ciclo de Oxford (que recientemente comenté en La mano del extranjero), pero que también supone una reelaboración de un tipo de argumento muy querido por el madrileño, el cambio de «realidad cotidiana» que supone la súbita desaparición o reaparición del cónyuge que se desvaneció muchos años atrás, y que ha dado origen a relatos tan admirables como El coronel Chabert, Wakefield o La mujer de Martin Guerre. Precisamente, una de las novelas anteriores de Marías, Los enamoramientos, está a partir de la primera de esas historias, la de Balzac, y ahora es la última la que planea sobre la novela. Ambas, no por casualidad, han sido publicadas por el autor en su editorial Reino de Redonda.

En Recuerda que has leído: Berta Isla

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Quo Vadis?: modélicos cristianos, fascinantes paganos

Portada de Quo Vadis en la edicion ValdemarDice Fernando Savater (no recuerdo la cita exacta ni la procedencia concreta, pero desde luego en alguno de los admirables artículos que ha dedicado a la narración pura) algo así como que, ante determinadas creaciones literarias extraídas de las vastas páginas de la Historia, poco importa el parecido exacto con la realidad: que, en suma, para él, gentes como el cardenal Richelieu o el emperador Nerón serán siempre los imaginados por Alejandro Dumas y Henryk Sienkiewicz (luego, claro, popularizados, incluso vampirizados, por el cine en distintas versiones). Como profesor de Historia que intenta transmitir a sus alumnos que esta disciplina tan mayúscula se vive mejor si la contamos como una sucesión de historias con minúscula, no puedo estar más de acuerdo. Esos personajes históricos de ficción poseen una vida que hace palidecer ante ellos a esos otros que, por carecer de una adecuada puesta en escena literaria, diríase que nunca existieron más que en la mente de los especialistas. (Inciso: el boom actual del género histórico, por desgracia, está reduciendo al absurdo este concepto, al hacer que prácticamente ya no quede ningún rey o sujeto medianamente revelante sin su propia novela.) Quizá el mejor ejemplo que se me ocurre es el de los emperadores romanos. A lo largo de los más de doce siglos de historia de existencia de Roma, diríase que solo fueron relevantes los miembros de la famosa dinastía Julio-Claudia, es decir, la fundadora del Imperio: Julio César (cuya estampa tantos han contribuido a hacernos familiar, de Shakespeare a Hollywood, pasando por Astérix), los césares comprendidos entre Augusto y Claudio (inmortalizados para mi generación por la serie Yo, Claudio, de tal modo que John Hurt será siempre antes Calígula que el viajero del espacio al que el alien destrozaba el pecho) y, por supuesto, Nerón, el modelo de gobernante totalitario que convierte el poder político en un juego de vanidad personal.

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Star Wars: Los últimos jedi o La Primera Orden contraataca

Star Wars: El despertar de la Fuerza                                    El Imperio contraataca

Poster de Star Wars. Los ultimos jediEs una lástima: al júbilo que había despertado la reanudación del ciclo galáctico con Star Wars: El despertar de la Fuerza le sucede una brusca decepción con la llegada del nuevo capítulo (del Episodio VIII, si seguimos el orden canónico). Y eso que procura situarse en la estela del anterior, intentando repetir el mismo diálogo con la mítica primera trilogía. Recuérdese que, en el momento de su estreno, fueron muchos los que señalaron que el film de Abrams no era sino una copia (en mi opinión, una reformulación) de La guerra de las galaxias, de donde tomaba numerosos elementos (una heroína huérfana que vive sin horizontes en un planeta desértico, un robot fugitivo que conecta con ella, dos aventureros masculinos de muy dispar condición que parecen prometer un futuro triángulo sentimental, una Estrella de la Muerte que destruir). Pues bien, el nuevo título decide reformular (aunque ahora soy yo quien dice: copiar) El Imperio contraataca, que en su día asombrara por la excelente manera en que supo prolongar el primer capítulo. Ahora bien, el problema es que Star Wars: Los últimos jedi, obsesionada con este ejercicio de mimetismo, se ve incapaz de dotar de progresión (con una salvedad, esta sí excelente, la relativa al villano) a la historia y a los personajes, confundiendo espectacularidad con mero gigantismo visual, estirando agónicamente un metraje al que, como poco, le sobra un tercio. El resultado es un film que se sigue por pura inercia, que es cierto que nunca desciende a lo desastroso pero que, de tanto esperar a que mejore, concluye dejándonos una profunda insatisfacción.

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Merlín el encantador o el niño que no sabía que sería el rey Arturo

Génesis del mito artúrico                                          Excalibur, de John Boorman

Poster frances de Merlin el encantadorSoy un entusiasta de los mitos artúricos: de su génesis a lo largo de los siglos medievales y sus obras literarias más señeras (La historia de los reyes de Britania, de Geoffrey de Monmouth, el ciclo del Grial de Chretien de Troyes o La muerte de Arturo, de Thomas Malory) a sus revisitaciones futuras en la literatura y el tebeo (de Mark Twain al Príncipe Valiente) y el cine (con la maravillosa Excalibur, de John Boorman, como mejor película que ha contado la leyenda). De todas las versiones para la gran pantalla, sin embargo, a la que más cariño le tengo es a una que en rigor solo toca el mito de modo tangencial, pues cuenta el encuentro en la infancia entre un niño que ignora que está destinado a ser el gran rey Arturo y el excéntrico mago cuyas dotes adivinatorias presagian un extraordinario futuro para el muchacho, aunque todavía no pueda predecir en qué consistirá. Se trata de Merlín el encantador (1963), un título que no figura entre los Disney más conocidos pero que hace honor al nombre con que fuera rebautizado en España: es una película encantadora, por muchas razones, entre las cuales no me parece la menor el hecho de que está impregnada de una modestia arrebatadora, desde el momento en que prescinde de cualquier tipo de arrebato místico (tan propio de la leyenda que aborda) para situarse en la cómoda trastienda del mito, sin reírse nunca él, pero admitiendo la posibilidad de contemplarlo desde su faceta más inocente: la de la narración pura y sin coartadas.

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En Delirio, un artículo sobre Jean Ray y Malpertuis

Portada del número 20 de la revista Delirio, con ilustración de Ivan BilibinLa casualidad ha querido que en las últimas semanas haya coincidido en el tiempo la publicación de varios trabajos, algunos de los cuales estaban entregados muchos meses atrás, en varias revistas digitales con las que me honro en colaborar: Homonosapiens y Café Montaigne, más algunos que he realizado para la puesta en marcha de un nuevo e ilusionante proyecto de blog literario en común con mi amigo Benito Arias, Recuerda que has leído. Como de todos ellos me gusta dar parte en este blog personal, pero de modo paulatino, para no «atropellar» con un exceso de novedades a aquellos que puedan estar atentos a las mismas, he ido retrasando varias semanas la información sobre otra colaboración que he realizado, en este caso en un medio en «papel». Se trata de la estupenda revista Delirio, el muy querido proyecto de Paco Arellano, el encomiable editor, traductor y factótum de la editorial madrileña La Biblioteca del Laberinto, especializada en literatura de género, en especial del pulp estadounidense del siglo XX. En su último número, el 20, con fecha de portada de septiembre de 2017 (pero que a mi ciudad, Málaga, ha llegado hace apenas una semana, y que yo encontré en librerías madrileñas a principios de este mes de diciembre), publico un artículo titulado Malpertuis o la prisión de los dioses, dedicado al análisis de un libro de culto de la literatura fantástica del siglo XX, por desgracia menos conocido de lo que debiera (si bien reverenciado por quienes han tenido la fortuna de leerlo: y no es fácil encontrarlo en nuestro país), obra de uno de esos autores europeos que fueron un equivalente perfecto de los autores pulp del otro lado del charco, el belga Jean Ray. La siguiente entrada de presentación, puntualizo, está compuesta a base de una selección de fragmentos ordenados y editados que he extraído del artículo publicado en Delirio. Por ello, y aun cuando reconozco que la distribución de esta revista (y del resto de productor de la editorial) es bastante irregular fuera de las grandes capitales, animo a buscarla y comprarla.

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Los relatos de la Trilogía de la Caballería

La Trilogía de la Caballería                                                                      Centauros del desierto

Portada de Un tronar de tambores, edición de ValdemarComo enamorado de las relaciones entre cine y literatura (lo que siempre intento reflejar en mi blog), deploro uno de los lugares comunes de la crítica, la cinefilia y la mitomanía en general: la atribución de todos los méritos relacionados con la historia de una película al que es considerado su «único» creador, el director. En todo caso, y para mayor humillación del posible autor de un escrito que es la fuente del guion, se suele decir que el director ha sabido llevar ese material «a su propio terreno» —tópico nauseabundo que suele delatar, sin más, la mera ignorancia: quien escribe esto no se ha tomado la menor molestia en cotejar el original—, y lo peor de todo es que el cineasta obsequiado con semejante elogio ni lo necesita ni, seguramente, lo comparte. Pongo un ejemplo, sobre el que me llamó la atención un crítico tan poco amigo de etiquetas como Carlos Aguilar: la obra maestra de Alfred Hitchcock Vértigo, parte de una novela olvidada (De entre los muertos, del tándem de escritores franceses Boileau-Narcejac) en la que ya se encuentra la torturada sensibilidad que exhibe la película, siendo en todo caso de admirar cómo el director inglés encontró en ella un material que conectaba íntimamente con sus propias obsesiones y, con el adecuado punto de reelaboración sin el cual toda adaptación literaria es mero vampirismo, la convirtió en un bello poema visual (ver mi antiguo articulo). En las líneas siguientes voy a tratar la relación entre otro cineasta genial, el gran John Ford, y un conjunto de excelentes relatos que dieron origen a su famosa Trilogía de la Caballería, como enseguida se reconoce al leerlos. En justicia, añado antes que nada, la lectura que Ford hace de esos cuentos (al menos en dos de los tres films) consigue un resultado superior al material de partida, pero la misma justicia exige señalar las grandes virtudes que contienen aquellos, y por tanto reivindicar al hombre que los escribió, James Warner Bellah.

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En Recuerda que has leído: Nada del otro mundo, de Antonio Muñoz Molina

Nada del otro mundo

He publicado en el blog Recuerda que has leído una pequeña reseña del cuento que da título a este ya antiguo libro de Antonio Muñoz Molina, creo que poco o nada conocido: Nada del otro mundo. Al contrario de lo que indica su título, es excelente, una mezcla de costumbrismo cómico sobre el mundo estudiantil de los años 80… y de terror atmosférico, algo insólito en su autor.

En Recuerda que has leído: Nada del otro mundo, de Antonio Muñoz Molina

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En Homonosapiens: La Revolución Rusa vista por Hollywood

La Revolución y Eisenstein              Doctor Zhivago                  Nicolás y Alejandra

 Los Romanov, a punto de ser ejecutados, en Nicolás y Alejandra

En Homonosapiens: La Revolución Rusa vista por Hollywood

Ahora que se acaba de celebrar el centenario de uno de los acontecimientos políticos fundamentales de la historia contemporánea, la Revolución Rusa, la revista digital Homonosapiens comienza la publicación de un monográfico con el título de Revolución y Utopía: ¿Un mundo mejor es posible? Dentro del interés que me merece este asunto, como profesor de historia en la enseñanza secundaria y como apasionado por la cultura rusa (dentro de la cual el hecho revolucionario, desde mediados del siglo XIX, ha sido tan fundamental, y que con la aparición de la Unión Soviética se vio tan mediatizada por los rectores políticos), me llama especialmente la atención la visión que el cine ha dado de este acontecimiento. El año pasado ya publiqué un artículo en este blog sobre las fundamentales películas que, desde el lado soviético, celebraron su triunfo (y de paso, lo reformularon para consumo del público nacional y occidental): Eisenstein, el genio que nos (re)hizo la Revolución. Lo complemento ahora con un recorrido sobre diversas películas realizadas en Hollywood —por esa «fábrica de sueños capitalista» que, en tantas ocasiones, se encargó de difundir, a su modo, el horror por comunismo— sobre la temática revolucionaria. Es un recorrido muy breve: lo considero, ante todo, una introducción que se contenta con recordar películas poco conocidas o directamente olvidadas. Su exposición del hecho revolucionario, lógicamente, no es imparcial (como tampoco lo son las soviéticas, claro), pero más de una esconde una sorpresa en su comprensión o simpatía por ese episodio.

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En Café Montaigne, Stefan Zweig y Mendel el de los libros

mendel-el-de-los-librosDebido a la generosidad de mi compañero y amigo Rafael Guardiola, acabo de publicar un artículo en Café Montaigne, Revista Cultural de Arte y Pensamiento que ha iniciado su andadura en la red hace pocas semanas, con notable vigor, una muy atractiva presentación (que incluye envolturas musicales)  y una impresionante relación de colaboradores, entre los cuales destacan importantes nombres del ámbito de la filosofía, como por ejemplo Javier Sádaba y algunos compañeros de esa otra aventura que es la revista digital Homonosapiens, a la cabeza de ellos el mismo Guardiola. Haciendo honor al título de la página, se me pidió que realizara alguna aportación «cafetera» y no dudé en elegir como escenario uno de los más notorios de esa cultura, hoy desaparecida, que tuvo en el café un punto eminente de encuentro, relación y, por supuesto, trabajo entre artistas e intelectuales durante al menos un siglo, desde mediados del XIX a los años centrales del XX. Me refiero al mundo centroeuropeo, a esa Mitteleuropa cuya desaparición cantaron con nostalgia nombres tan valiosos como el del escritor al que abordo en mi artículo. Se trata del vienés Stefan Zweig, un autor por el que siempre he sentido una gran devoción, desde que descubrí que era el autor del relato original en que se inspiraba una de las películas de mi vida, Carta de una desconocida y, sobre todo, desde que leí sus maravillosas memorias, El mundo de ayer. Nunca he dejado de sentir un especial dolor por el triste destino de este novelista, descabalgado de ese «mundo de la seguridad» en que vivieron los judíos vieneses hasta la Gran Guerra y el ascenso de los fascismos, que justo cuando era uno de los autores más vendidos del mundo, se vio convertido en un apátrida por los nazis, y que arrasado por la depresión, acabó suicidándose, en compañía de su joven esposa, en un lugar que él mismo habría considerado impensable como escenario final tan solo una década atrás, la ciudad brasileña de Petrópolis.

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