Infeliz, atribulado, genial Fernando Fernán Gómez (II)

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Inolvidable Fernando Fernan GomezLa situación de Fernando Fernán Gómez al principiar la década de los 50 era inmejorable. Diversos éxitos, ya reseñados en el artículo anterior, lo situaban en puesto alto dentro del por otra parte modesto star-system nacional. A la vez, las películas que filma en estos momentos (ya he hablado de una de ellas, El último caballo, de Edgar Neville), terminan de indicarle cuál es el camino que quiere transitar. En este sentido, sus inquietudes artísticas no tardarán en conducirlo a la dirección. Como actor, Fernán Gómez va a dibujar al español medio propio de esa sociedad truncada del franquismo, obligadamente conformista pues en ella apenas había espacio para la supervivencia (o para el medro, mas esto solo al alcance de quien sabía sumarse al carro de los triunfadores, y él siempre estará entre los perdedores). Como director, de entre todas las influencias posibles, escoge el modelo de ese humor del absurdo que, en teatro, tuvo como grandes figuras a Mihura y a Jardiel Poncela, con su gusto por los diálogos delirantes y, en especial este último, por las continuas variaciones cómicas de la narración (incluida la interacción de personaje y espectador/lector). Así, el todavía joven cineasta, con esas referencias, toma como portavoz a ese tipo oprimido por todo y por todos (incluido por sí mismo), a través de una memorable galería de películas, como actor y como actor-director, para contar la eterna lucha del hombre contra el entorno hostil, más hostil si cabe en el caso español por razones evidentes. Es más, los problemas que tantas de sus películas tendrán con la censura o con los distribuidores, simbolizan de modo significativo (y triste para él, por lo que supondrá de freno a su creatividad) esta condición. Y pese a todo contratiempo, su figura resplandece con luz propia en esta época que, pese a la falta de libertades, constituye la más brillante de toda la historia del cine español.

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Infeliz, atribulado, genial Fernando Fernán Gómez (I)

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Un joven y lechuguino Fernando Fernan GomezEra alto, era flaco, era desgarbado. Tenía la voz profunda, incluso engolada. Por si fuera poco, era pelirrojo. Parecía destinado a llamar la atención, y es fama que el consagrado autor Enrique Jardiel Poncela, atraído por sus dotes y su configuración física, cambió el nombre del personaje que le estaba asignado en la obra que iban a estrenar, la famosa Los ladrones somos gente honrada, llamándolo el Pelirrojo, y así ha quedado (tiene gracia que en la versión cinematográfica más conocida, la de 1956, con José Luis Ozores y José Isbert, el personaje siguiera llamándose así… pese a que aquí lo encarnara Antonio Garisa, que ni era pelirrojo ni, ya puestos, tenía apenas pelo). El nombre de Fernando Fernán Gómez se sigue pronunciando con el respeto que merece una de las figuras más importantes que haya dado el siglo XX español. Junto a unos pocos más (el señalado Isbert, Francisco Rabal o Fernando Rey), se encuentra en el grupo de nombres más conocidos a nivel popular que jamás haya dado nuestro cine. A diferencia de ellos, sin embargo, su figura posee un escalón de proyección mayor, puesto que su inquietud artística (a partir de una completa formación de autodidacta) lo llevó a convertirse también en director de cine, por no hablar de sus diferentes incursiones en la literatura. Lo particular de su caso es que, en los años más fértiles de su carrera, fue componiendo un tipo de personaje que se fue enriqueciendo a través de su colaboración con varios de los más emblemáticos directores del cine español (Edgar Neville, Luis G. Berlanga, Juan Antonio Bardem o José Antonio Nieves Conde) y que, después, él mismo desarrolló en sus primeras y mejores realizaciones: el español medio de ese largo y gris intermedio de nuestro siglo XX que significó el franquismo, siempre atribulado, casi siempre infeliz, solo ocasionalmente contento de no estar pasándolo del todo mal, aunque seguramente fuera un efímero espejismo.

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Borges, creador de Hawthorne

Wakefield y otras fábulas sobre la ausencia          

Wakefield y otros hombres que se perdieron

Nathaniel HawthorneNo comprendo cómo nadie se ha dado cuenta antes: Nathaniel Hawthorne, el escritor supuestamente nacido en Salem (Nueva Inglaterra) en 1804 y muerto en otra ciudad cuyo nombre también tiene aroma de puritanismo, Plymouth, en 1864, es una creación del argentino Jorge Luis Borges. La invención parte del (supuesto) ensayo del mismo nombre, Nathaniel Hawthorne, incluido en el libro Otras inquisiciones, publicado en 1952, si bien una nota a pie de página indica que es de 1949 y que fue presentado como una «conferencia» sobre literatura norteamericana. Se me dirá que es imposible que un escritor cuya obra es prolífica y sobre quienes tantos contemporáneos han escrito (Pre-Textos acaba de publicar el bonito texto biográfico que le dedicó Henry James) sea una invención de un autor posterior en un siglo. Pero ¿acaso no hablamos de alguien que fue capaz de fundir inextricablemente el ensayo con la ficción y que en más de una ocasión ha provocado confusiones de este tipo en sus lectores, que han solicitado a su librero habitual obras que solo existieron en la imaginación de aquel, tan real parecía su urdimbre? En ese ensayo, Borges ofrece numerosos datos sobre la vida y la obra del apócrifo escritor estadounidense e incluso crea un cuento entero, inserto en el texto, titulado Wakefield, y que yo bien estoy por asegurar que sea la obra maestra del argentino, superior a obras maestras del calibre de El Aleph o Pierre Menard, autor del Quijote. Precisamente, este cuento, compuesto en 1939, ya expresa el plan seguido después por Borges, al tratarde un supuesto autor de un Quijote que no es copia del cervantino sino creación original, pese a coincidir punto por punto con el hipotéticamente anterior. Es más, en el mismo ensayo también deja escapar una pista, al decir que «un gran escritor crea a sus precursores». Aunque él arguye que se refiere a Kafka, cuya existencia significa una relectura de Hawthorne, que presagia el mundo de culpas indescifrables de aquel, yo afirmo que es un dato mediante el cual el argentino habla a nuestra inteligencia.

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Un clásico llamado Peter Weir (III): las últimas películas

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Cartel original de Fearless o Sin miedo a la vidaLa revisión exhaustiva de la filmografía de Peter Weir me ratifica en la impresión que ya tenía: la mejor película de su etapa norteamericana, a la altura además de sus magníficos trabajos australianos, es una de las que peor acogida comercial tuvo y menor renombre actual posee. Se trata de Sin miedo a la vida (1993) —el título original, más sencillo, más ascético, Fearless, fue estúpidamente concretado por los distribuidores españoles, realmente nefastos en las últimas décadas—, una obra que, además, es la que mejor conecta con aquellas sugestivas fábulas. Como el abogado de La última ola, el protagonista de la película, llamado Max Klein, es un hombre que, de pronto, se siente poseído por una nueva percepción de la realidad. En su caso, sin embargo, todo parte de un hecho radical: su supervivencia en un accidente de avión que costó la vida a la mayor parte del pasaje. Esta circunstancia convierte a Max en un iluminado, lo cual lo emparenta con otro notable personaje de la filmografía de Weir, el Allie Fox de La costa de los mosquitos, si bien con una diferencia: aun cuando el nuevo estado de Max desmorona su armonía familiar (como también pasaba con la de David: la «normalidad», en los momentos de cambio, es lo primero que siempre salta por la ventana), no pone en peligro la vida de sus seres queridos sino, en todo caso, la suya. Por cierto que, si Weir ha demostrado sobradamente su capacidad para conseguir magníficas actuaciones de actores por lo común discretos (Richard Chamberlain, Harrison Ford, Robin Williams), en este caso, con un buen actor en tan delicado papel, obtiene la que probablemente sea la mejor interpretación que puede encontrarse en su cine, la del protagonista Jeff Bridges.

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En Semana Santa toca una de romanos

Sin procesiones ni maratonianas jornadas en busca de tronos (o juergas), ¿no es entrañable que todavía nos quede una tradición de Semana Santa a la que la pandemia no puede afectar? En efecto, asistir en televisión al carrusel de cine de “romanos” que antes era obligado/obligatorio. Rescato por ello una entrada de hace varios años que contiene una antología de lo más conocido del género.

Estupendo plano de Ben-Hur

A principios de los años 50, Hollywood trataba de plantear una batalla desesperada contra el descenso de los espectadores. La causa principal, señalaban los ejecutivos, era la aparición de un pequeño y molesto aparato doméstico que llevaba el entretenimiento a cada hogar sin necesidad de desplazamiento alguno. Puesto que las ficciones que proponía la televisión eran modestas por pura razón de tamaño (en todo: en presupuesto, en dimensiones visuales, en actores y realizadores, en historias), los mismos ejecutivos decidieron proponer películas que destacaran por el gigantismo en todos esos conceptos: las más grandes estrellas de Hollywood, los decorados y el vestuario más lujosos, los escenarios naturales más impresionantes, incluso el formato de pantalla más ancho posible (el género siempre estará asociado a la difusión del CinemaScope). Lógicamente, se buscó el tipo de historia que permitiera lucir semejante hipertrofia cinematográfica: la historia más grande más jamás contada, por jugar con el nombre de uno de sus ejemplares, y se encontró en la Antigüedad, en esas civilizaciones que ya asombraban de por sí con sus vestigios del pasado, en especial Roma y Egipto. El género ha recibido toda clase de nombres, pero el de kolossal me parece el que mejor lo define. En Europa se lo conoce por otras denominaciones, siendo las más notorias las de peplum y películas de espadas y sandalias. En nuestro país, sin embargo, el término más entrañable es el de películas «de romanos». Es más, en los años de la dictadura franquista nacional-católica, la filiación bíblica de buena parte de ellas convirtió en toda una tradición que durante la Semana Santa, en cines, se reestrenaran y, en televisión, se emitieran, costumbre que perviviría hasta mucho tiempo después y que hoy, de vez en cuando, se recupera. ¿Cuántos espectadores no asociamos, de modo natural, estas fechas con ver «una de romanos»? Seguir leyendo

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En Recuerda que has leído: El inocente

El inocente, de Mario LacruzPublico en el blog literario Recuerda que has leído un artículo sobre un libro que he descubierto recientemente, y que vuelve a subrayar mi desconfianza hacia la historia «oficial» de las letras españolas: ¿cuántas joyas y autores no se encuentran bajo sus alfombras solo por hallarse en terrenos todavía no ubicados en la literatura de prestigio, o por desentonar sus autores de la corrección ideológica, o sencillamente por ser difíciles de etiquetar para unos teóricos  especialistas que, sin etiquetas, no sabrían qué hacer? Se trata de El inocente, una formidable novela escrita por un hombre, Mario Lacruz (1929-2000), que dirá poco a la mayoría de lectores pero que, en el ámbito profesional, fue muy conocido por haber sido uno de los mejores editores del siglo XX, desde sellos como Plaza y Janés, Argos Vergara o Seix Barral. La absorbente dedicación a este empeño lo alejó de la creación personal, hasta el punto de que, en vida, solo publicó tres libros y algunos relatos. El primero de ellos fue El inocente, una novela que los expertos en la literatura policiaca de este país consideran que inaugura el género en España. Por supuesto, tampoco es verdad, pero para ello habría que dar el rango de «literatura» a la narrativa popular que tanto se leyó en nuestro país en aquellos tiempos en que, sin el entretenimiento de la televisión, leía cualquiera que supiera leer. En cualquier caso, El inocente escapa de los márgenes ortodoxos del género (por supuesto, no por renegar de él) para erigirse en una espléndida narración existencial en torno a un hombre que, contradiciendo el título que en teoría lo define, se siente embargado por una culpa metafísica que lo impulsa a huir hacia ninguna parte. Es un policiaco tan poco al uso que incluso fue publicado en la maravillosa colección «Tus Libros» de Anaya, en teoría concebida para eso que llaman (otra etiqueta) jóvenes lectores, colección de la que me temo que sería uno de sus títulos menos vendidos. Por cierto que hay adaptación cinematográfica, y de lo más estimable: le cambió el título por el de Muerte al amanecer (1959), y unas cuantas cosas más, puesto que la Censura vigilaba más el cine que la literatura, supongo que ya se contaría con que en España, ayer y hoy, siempre habrá más espectadores que lectores, pero aun así es admirable. En un próximo artículo, dedicado a las muchas joyas que atesora el cine policiaco español (¡del franquismo!) hablaré de ella, pero ya advierto que ni de lejos se acerca a la memorable entidad del libro.

En Recuerda que has leído: El inocente

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Un clásico llamado Peter Weir (II): triunfo en Hollywood

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Robin Williams en El club de los poetas muertosEra lógico que Peter Weir acabara siendo reclamado por la llamada Meca del Cine, el lugar donde (casi) todos los artistas ambiciosos sueñan con ir, con más motivo si son anglosajones. El resto de su carrera la desarrollaría en los Estados Unidos, y allí conseguiría grandes éxitos comerciales y críticos, amén de algún que otro batacazo de taquilla que, sin embargo, no comprometió su carrera (hasta su película final). Como es natural, la libertad de que había disfrutado en suelo australiano aquí tuvo que ceder al implacable engranaje industrial en que aceptaba sumirse. Ahora bien, precisamente, por sus cualidades narrativas y por su falta de énfasis autoral, Weir reunía las cualidades adecuadas para salir con bien de la empresa sin perder personalidad, sin tener que conceder más de lo lógico. Ciertamente, el nivel de calidad de sus películas americanas va a ser irregular (creo que nunca volvió a alcanzar los resultados de su obra australiana, salvo en una ocasión, la espléndida, y significativamente incomprendida Sin miedo a la vida), entre otras razones porque dependerá, en gran medida, de la consistencia del planteamiento puesto en sus manos. Aun así, insisto, incluso cuando trabajó con guiones ya cerrados al llegar a sus manos, su personalidad encuentra forma adecuada de expresión. Es el caso, por ejemplo, de la antedicha película, mejor que otras en cuya escritura sí participó Weir.

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El versátil talento de Fritz Leiber

Primero de los dos tomos de la saga de Lankhmar, en GigameshEl nombre de Fritz Leiber (1910-1992) es sobradamente respetado entre los aficionados a la literatura de fantasía del siglo XX, como da fe la longevidad de una prolífica carrera que comenzó en los años 30 y mantuvo un altísimo nivel durante más de cuatro décadas, hasta prácticamente el final de su vida, ratificado por la concesión, y en varias ocasiones, de los premios más importantes de la modalidad (por ejemplo, el Hugo, en hasta seis ocasiones). Leiber resume en su trayectoria el tránsito desde la literatura pulp, cuando buena parte de la ficción de fantasía estaba recluida en el ghetto de las revistas populares, al acceso al mainstream en formato libro (gracias sobre todo a la invención del formato de bolsillo) a partir de los años 50. Ahora bien, es verdad que su prestigio no ha llegado a trascender más allá de ese círculo de adeptos a la literatura de género, como sí lo han hecho los Lovecraft, Robert E. Howard y otros: tal vez le ha faltado la popularización general que dan las adaptaciones al cine o a otros medios, como le ha pasado a otros, siendo el caso más reciente el de George R. R. Martin con su Juego de tronos. Es posible, también, que dentro de un mundillo en el que sus incondicionales gustan (gustamos) de las etiquetas que definen con rapidez una obra o un autor, a Leiber lo haya perjudicado su versatilidad. Y es que se trata de un escritor que ha demostrado su maestría en tres campos diferentes de la fantasía: el terror, la ciencia-ficción y esa variante de la aventura que es conocida como Espada y Brujería, término que, para más inri, parece ser que fue inventado por él mismo. El presente artículo intenta ser una exposición de los méritos sobrados que el escritor tiene para merecer la atención.

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Un clásico llamado Peter Weir (I): los años australianos

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El policia y la amish, dos mundos opuestos tipicos de Peter WeirHace ya más de una década que el australiano Peter Weir desapareció de las pantallas del cine, aunque más bien puede decirse que son dos, puesto que la última película que de él se recuerda, Master and Commander, se estrenó en 2003. (Pocos fueron a ver la última, Camino a la libertad, cuyo enorme fracaso precipitó el final de su carrera.). Sin embargo, su trayectoria abarca cuatro décadas y trece películas (mas algunos trabajos para televisión y varios cortos en sus años iniciales), cuyo repaso revela que este director es el firmante de varios títulos de enorme repercusión en su día (Único testigo, El club de los poetas muertos, El show de Truman) y de otros cuantos que ostentan una merecida aureola de culto, sobre todo los que lo revelaron allí al otro lado del mundo (por cierto, el subtítulo de la mencionada Master and Commander). Es posible que nunca levantara grandes entusiasmos ni que haya ostentado la relevancia crítica o comercial de compañeros de generación en el mainstream mundial como Martin Scorsese, Ridley Scott o Steven Spielberg. Sin embargo, repasando sus películas se llega a la rápida conclusión de que estas, aun las peores, dejan un recuerdo mucho mejor del que teníamos, y que revelan el trabajo de un director en el antiguo significado del término: un narrador visual y no un orquestador de imágenes, como sucede hoy. Me resisto a aplicar a Peter Weir ese sobado término de «último clásico», sobre todo porque nadie llega a ser último de verdad, pero lo cierto es que él mismo acabó reivindicando más de una vez el oficio necesario bajo tantas capas de pompa autoral como se concede a cualquier figura que cae en gracia a la crítica o a los cinéfilos. Y lo dice alguien que, tan pronto uno lee libros o trabajos, tiene el mismo derecho, o más, a ser tratado de autor, puesto que su cine, incluso en los casos en que aceptó proyectos ya completamente organizados, posee unas determinadas recurrencias argumentales, estilísticas y dramáticas que así invitan a hacerlo.

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Pasión de Borges en tres cuentos

Borges, el dios ciego de la literaturaSeñala Fernando Savater en esa obra de referencia que para mí siempre ha sido La infancia recuperada que lo fundamental de Borges —sí, en este libro conviven sin problema Tolkien y Stevenson, Agatha Christie y Guillermo Brown, la novela del Far West y el genial escritor argentino— es «el carácter primordialmente literario de todos sus secretos», el hecho de ser un escritor «realmente poseído por la literatura, que obtiene de ella todos sus puntos de referencia y le debe todos sus contenidos», no en vano él llegó a hablar del curso de una vida consagrada más a leer que a escribir. De hecho, este escritor tan fascinado por las repeticiones se literaturizó a sí mismo, proyectándose como narrador en primera persona de varios de sus cuentos, y en alguno de ellos hasta se duplicó, al encontrarse con su yo del pasado o del futuro. Jorge Luis Borges, que según las enciclopedias nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986, cuya imagen más reconocible es la del escritor ciego que, además, fue director de la Biblioteca Nacional de su ciudad, es por tanto el mejor símbolo de la literatura como principio y como fin. Ahora bien, no por ello debe reducírselo bajo la etiqueta de «escritor intelectual» (aunque sea apropiada, claro), puesto que su concepto del hecho literario fue tan abierto y generoso como era de esperar en un ser tan absolutamente fascinado por la multiplicidad del mundo: el real y el de las ideas, el de la literatura y el de la vida cotidiana… aunque todos se mezclaran indisolublemente bajo su mirada.

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600 artículos y ocho escritores de cabecera

Transito en espiral, de Remedios Varo, la imagen de mi blog

El archivo del blog me ha dado una sorpresa: la presente entrada es la número 600 desde que comencé su publicación un lejano 12 de julio de 2012. El número parece desorbitado, pero en los primeros tiempos, con mucho material previo, la publicación fue abundante. Hace ya tiempo en que mi propósito es subir un artículo a la semana, salvo cuando coincide con periodos de intensidad laboral o viajes. En cualquier caso, La mano del extranjero me ha permitido tanto cumplir mi viejo sueño de ver mis escritos en letra «impresa» (aunque fuera digital) como suponer una puerta de entrada a colaboraciones en ámbitos de gran prestigio en la red (Café Montaigne u Homonosapiens), amén de que, sin él, no existiría el libro que recientemente publiqué en la editorial Algorfa, Edad Media soñada. El blog ha sido para mí, ante todo, una crónica de mis lecturas y visionados en el campo de la ficción (aunque me he permitido alguna escapada al arte e incluso la filosofía, ya que la audacia no conoce límites). El objetivo siempre ha sido doble. Por un lado, poder recordar después las impresiones que me han deparado, ya que la memoria acaba siendo más porosa de lo que nos gustaría y yo creo que hace tiempo que superé mi capacidad (Sherlock Holmes, como se sabe, descartaba introducir en la suya datos menos importantes que pudieran desalojar los para él más valiosos: entre los primeros, por ejemplo, el sistema heliocéntrico, que a un detective poco debe importarle). Por otro, estimular al conocimiento de esas obras que a mí me han entusiasmado, o compartir ideas en el caso de tenerlas ya en común con los lectores que se han ido asomando a este blog a lo largo de estos años. Creedme que, sin el estímulo de saber que existís (gracias, sobre todo, a vuestros comentarios), seguramente habría desistido del blog. A todos cuantos os asomáis a él, ya sea con frecuencia, con alguna regularidad o aun esporádicamente, muchas gracias.

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Un corazón en invierno o el hombre que no quería amar

Cartel espanol de Un corazon en inviernoHay veces que el descubrimiento de una obra, en determinada época de nuestra vida, puede agitarnos el alma. Precisamente por mi profundo amor hacia las ficciones, siempre he sabido guardar una completa distancia entre estas y la realidad. Sin embargo, no siempre puede evitarse que una película encuentre una grieta por donde colarse más allá de lo debido, sobre todo si no lo esperamos. A mí me sucedió hace ya muchos años, en eso que F. Scott Fitzgerald llamaba «en mi más tierna y vulnerable edad», cuando fui a ver una película de cuyos principales artífices no tenía la menor referencia, Un corazón en invierno (1993). Sobre el papel, se trataba de un ejemplar más de ese tipo de cine francés del que cada temporada tenemos unas cuantas películas, cuyos personajes centrales pertenecen a la clase media más o menos acomodada, de profesión liberal, adornados de profundas inquietudes culturales que exhiben en cada conversación (no suele faltar la reunión de amigos en torno a una mesa muy bien surtida en la casa de campo de rigor) y cuya trama gira en torno a sus vicisitudes sentimentales, siempre muy agitadas en un francés, o al menos eso nos ha enseñado el cine. En esta película, sin embargo, el título ya alertaba de una diferencia: la de ese protagonista cuyo corazón vive en un perpetuo invierno puesto que parece impermeable al amor, pese a que se le brinda una muchacha bellísima y de fuerte personalidad (reconozco haber caído enamorado, en el acto, de Emmanuelle Béart). La identificación no estribaba en esa teórica incapacidad para amar (eso bien lo sabía yo) sino en la sensación que el personaje expresa en determinado momento: la de haberse quedado, casi sin darse cuenta, al margen, estancado, sin capacidad para avanzar o retroceder, para mejorar o empeorar: para unirse a la corriente de la vida. Es una sensación muy propia de la juventud, claro, pero ¿qué escalofrío no me recorrió el cuerpo al descubrir que se puede permanecer en ella hasta la madurez? Seguir leyendo

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Todos éramos de la Patrulla-X

La saga de Fénix Oscura                       Los X-Men en el cine

La Patrulla-X, en su edicion espanola de ForumEn el año 1997 dejé de comprar, y por tanto, de seguir las novedades del Universo Marvel. Decía adiós así a casi dos décadas en que, con un pequeño y lógico parón al final de la adolescencia, había comprado con regularidad sus principales colecciones. A esas alturas, en realidad, mis compras se ceñían a las series relacionadas con el llamado entorno mutante, cuyo centro era el grupo conocido como La Patrulla-X, y que era el mayor éxito de ventas de la editorial, hasta el punto de que, a esas alturas, se ramificaba en al menos una decena de colecciones, por lo común unidas cada año en alguna multisaga cuya comprensión global, supuestamente, exigía leerlas (comprarlas) todas. Si abandoné esas series —cuidado, no el tebeo de superhéroes en general: lo que hice fue centrarme en momentos concretos y, claro, en las etapas clásicas— fue por desaliento, porque las riendas de las colecciones ya no las tenían los artistas sino los directivos, y a estos los guiaban las leyes del marketing. Fue una pérdida dolorosa, porque el entorno de los Hombres-X había sido cotidiano para mí durante mucho tiempo. ¿Extraña que tanta gente, en Estados Unidos y fuera de ellos, acudiera cada mes tras mes al kiosco para renovar la cita? El entorno mutante ofreció un punto de encuentro a lectores del más variado bagaje y de las más dispares edades (porque los había recién llegados y los había fieles desde la primera publicación de Marvel en España), cuya clave estaba en la extraordinaria capacidad que poseía para convertir a cada lector en un miembro más del grupo: en parte de una familia de héroes con la vitola de proscritos, cuyas relaciones rezumaban un convincente realismo. Cualquiera de nosotros deseaba ser un Hombre-X: tomarse una cerveza con Lobezno, reír con Rondador Nocturno, escuchar fascinado al profesor Charles Xavier, dejarse guiar en el combate por la sabia estrategia de Cíclope. Si existieran los superhéroes, serían así, pensábamos todos, y nos hubiera gustado ser uno de ellos. Al menos, así fue durante más de quince años, el tiempo que estuvo al frente de sus historias (con la colaboración de un puñado de magníficos dibujantes) un solo hombre, el guionista británico Chris Claremont.

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Tempestad sobre Washington: ¿la verdad y nada más que la verdad?

advise_consent-650088901-largeNo somos pocos los cinéfilos que, en este caldeado ambiente del relevo presidencial en los Estados Unidos, hemos sentido la necesidad de repasar la película que contiene la mejor enseñanza práctica sobre la clase política de ese país, la excepcional Tempestad sobre Washington. Mi amigo Juan Carlos Vizcaíno, por ejemplo, ha publicado no hace mucho, en su fenomenal blog Cinema de perra gorda, toda una declaración de amor por ella, que aconsejo leer con rapidez (enlace). Teniendo en cuenta que el mandato de Trump (y su lamentable final) se ha sostenido sobre una red de mentiras que ha sometido a constante tensión el concepto de Verdad, admira que Tempestad sobre Washington ya gire sobre el relativismo de este concepto en el medio político. Y si hablamos de cine y política, pocas películas traducen como esta esa sensación tan americana de que cuanto sucede allí, para sus habitantes, sucede en el centro del mundo. El sentido del poder, o de la americanidad, impregna todas sus imágenes, y casi puede decirse que la capital, y en concreto su famoso distrito central, se convierte en otro personaje: hasta cuando las escenas se sitúan en un interior, no falta alguna ventana desde la que se vislumbre un monumento emblemático, como el obelisco de Washington. El hombre que orquestó la película, Otto Preminger, fue uno de los mejores exponentes de esa capacidad que tuvo el mejor Hollywood de unir el espectáculo (entendido este no como show visual sino como una apuesta por un sentido narrativo que implica siempre progresión, ritmo y fluidez) y la trascendencia (o sea, la ambición por plantear una densa reflexión dramática). A ello hay que sumar uno de los más nutridos y extraordinarios repartos que el cine recuerda, tan bien elegido para sus respectivos papeles y tan conjuntado en el registro interpretativo, que bien puede decirse que los actores no actúan: que son.

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En Café Montaigne: La isla del tesoro

En Café Montaigne: La isla del tesoro

El mapa de la isla del tesoro, por StevensonEn tiempos inciertos, el mejor refugio siempre se encuentra en los viejos amigos. En mi caso, Robert Louis Stevenson me lleva acompañando toda la vida. Hay escritores cuya obra nos fascina y, sin embargo, sus personas nos producen prevención: uno llega a pensar que mejor conocerlos solo a distancia. Me pasa con autores tan imprescindibles como Dostoyevski, Elias Canetti o Schopenhauer. A otros los veo tan impenetrables que me cuesta trabajo imaginarme encontrando un tema de conversación: es el caso de Henry James. De unos cuantos más imagino que su contacto personal me divertiría tanto como me irritaría, y aquí pienso en un Dickens o un Andersen. Y luego están aquellos con los que uno tiene la práctica seguridad de encontrar en ellos una simpatía instintiva, un espíritu común, una amistad apacible. Por supuesto, es vanidad pensar en que ellos encontrarían algo de interés en nosotros, pero esa es su magia: imaginarlos, en su sencilla calidez, capaces de acogernos bajo su ala sin pensar siquiera que están haciendo una buena obra: sencillamente, es lo natural en ellos. Esa es mi relación con Stevenson, el escritor al que más admiro, tanto por su obra literaria como por cuanto he leído sobre su vida, sus intereses, su comportamiento. Alguien que, sabiéndose irremediablemente enfermo, cruza a duras penas medio mundo en busca de la mujer que ama, sin poder asegurar siquiera de cómo será recibido (estaba casada), ya merece, como mínimo, nuestra adhesión. Vuelvo una y otra vez a su novela más conocida, La isla del tesoro, con la que prácticamente inició su carrera y que nació (en su caso no podía ser de otro modo) del generoso propósito de entretener a un niño. La habré leído no sé cuántas veces ya y el mejor elogio que creo que se le puede hacer es que, sabiéndomela de memoria, sé que cada vez que vuelvo a abrir sus páginas, voy a reparar en algo nuevo, aun cuando sea el ademán de un pirata antes de morir o el efecto de la espuma del mar al cubrir el precario bote en que Jim intenta alcanzar la Hispaniola. Y es que, usando una frase tópica, no tengo la menor duda en que Stevenson, al crear a este inmortal personaje para conducir su relato, supo bien que lo identificaríamos a la perfección: que todos, de un modo u otro, somos Jim Hawkins.

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