Veinte películas para la década de los diez (I)

I            II

Jose Coronado en No habra paz para los malvado

Acabo de seleccionar veinte títulos para la votación que sobre las mejores películas de la década de los diez efectúa el muy original y espléndido blog Diccineario, cuyo autor es un gran cinéfilo, Antonio Martín. (Cierto, la década finaliza realmente este 2020, del mismo modo que el siglo XXI comenzó el año 2001 y no el anterior, pero la magia de los cambios «redondos» es muy poderosa en términos de calendario, y de todos modos tan arbitraria, en términos artísticos, es una acotación u otra.) Más de una vez he participado, en la Red o entre amigos, en este tipo de eventos, por los que siento debilidad, y que, en mi caso y sé que en el del mismo Martín, tiene como propósito no pontificar una lista canónica sino señalar una serie de títulos significativos y, sobre todo, permitir a los cinéfilos que lo seguimos compartir gustos y debilidades. A la vista de las obras elegidas, creo que la lista recoge bien la que creo mi principal inquietud frente a la ficción: me encanta la diversidad de ópticas, de géneros, de formas de concebir el cine (o la literatura, o el tebeo, o el arte en general). Hay en ella obras de animación y de acción «real» (también esas otras que combinan ambas al estar realizadas en buena medida mediante efectos digitales); hay cine de autor y cine comercial (incluso cine que, claro, combina de modo estupendo ambas características); hay cine estadounidense (el más numeroso: 12 contra 8 títulos) y cine europeo, incluso asiático; hay obras sobre las ha habido consenso crítico y otras que no lo han tenido, ni mucho menos. En cualquier caso, espero que precisamente esta heterogeneidad haga interesante el pequeño comentario que, a modo tanto de justificación como de invitación a su visionado (es, siempre, el principal objetivo de este blog), acompaña a cada título.

Seguir leyendo

Publicado en Varios | Etiquetado , , , , , , , , , , | 2 comentarios

En Cherburgo o en Rochefort: je chante

Cartel español de Los paraguas de CherburgoÉrase una vez un musical que tenía muy mala fama y respondía al nombre de Los paraguas de Cherburgo. Para este joven cinéfilo que amaba el género tal y como lo planteaba Hollywood, había motivo para desconfiar de un film que, para empezar, no era estadounidense sino francés, donde hasta la frase más trivial se cantaba, sin la menor pausa, y donde no se bailaba, toda una herejía para quienes crecimos con Gene Kelly, Cyd Charisse y Fred Astaire. Encima, las informaciones señalaban que lo que se contaba cantando y cantando sin parar era una vulgar historieta de amor entre dos jovencitos que se amaban y se separaban, sin mayor alternativa argumental. Y para colmo, las valoraciones críticas que podían encontrarse no se cansaban de insistir en un mismo calificativo: cursilería, al que hacían preceder del demoledor adjetivo desarmante. Pues bien, la mejor forma de comprobar la calidad de cualquier obra de arte siempre será asomarse a ella. Y Los paraguas de Cherburgo (1964), asumiendo con naturalidad esa evidente tentación por la cursilería que planea siempre sobre ella, supone una operación de verdadera radicalidad en torno al concepto clásico de musical, tanto por su completo contenido cantado como por plantearlo a partir de una atmósfera de sencilla melancolía que, increíblemente,  justifica por completo la estructura. La sorpresa se saldó con un éxito monumental, por lo que tres años después el mismo equipo ejecutó un segundo musical, Las señoritas de Rochefort (1967), esta vez en términos más ortodoxos pero con resultados igualmente encantadores. Dos películas que, además, pueden esgrimir el singular valor de constituir los únicos musicales no estadounidenses que han podido competir con sus grandes títulos.

El tiempo no tardaría en eclipsar ambas películas. Molestaba su naturaleza, en apariencia tan divergente entre el fulgor del cine culto de aquel momento, el de la famosísima nouvelle vague (para propuestas de género, no menos cinéfilas, ya estaba el polar o cine policiaco). Y sin embargo, su director y guionista, Jacques Demy, había sido inicialmente reconocido como uno de los representantes de esa nueva ola, tanto por edad (tenía 31 años cuando debutó con su primer largometraje) como por inclinaciones y concepto cinematográfico.

Lola, opera prima de Jacques DemyDe hecho, esa ópera prima, Lola (1961), no puede ser más nouvelle vague, con su fotografía en blanco y negro, su modestia de medios, su rodaje en exteriores y, sobre todo, el evidente placer por el mero hecho de narrar que transmiten sus imágenes, que se traduce en la falta de preocupación por un guion en el sentido clásico. Pues bien, quien descubra este título, como yo, después de conocer el díptico musical, encontrará ante todo que en él ya está el esbozo de sus dos trabajos más conocidoas, por no hablar de que los tres están filmados en tres ciudades de la costa atlántica francesa muy cercanas unas de las otras (Demy era de Nantes, lugar donde transcurre Lola). Lo que heredará Cherburgo de esta película es su atmósfera de melancolía (sentimental y urbana) e incluso un personaje, Roland Cassard, aquí protagonista y en el film posterior personaje secundario (es más, la canción que lo acompaña era ya el tema musical que se asocia a él en Lola, añadiéndole la letra); Rochefort, el entramado narrativo a base de encuentros y desencuentros de un conjunto de personajes a la busca del amor.

No en vano, el proyecto inicial que Demy presentó a los productores que se interesaron por él era el de un musical en rutilante color; un film que, pretendía, hiciera salir a los espectadores del cine con ganas de cantar y bailar. Por supuesto, nadie se avino a entregar a un debutante el altísimo presupuesto que necesitaba, pero al menos Lola sirvió a Demy para encontrar al cómplice que necesitaba, el compositor Michel Legrand (un año menor que él). Cuatro años después, ambos hombres ya estaban preparados para hacer esa obra. El único punto de desencuentro fue que Legrand proponía hacer algo parecido a un film operístico, y Demy quería un musical en el sentido clásico. La transacción fue que Los paraguas de Cherburgo respondería al concepto de Demy, pero que, como en las óperas, todos los diálogos serían cantados.

Los títulos de crédito de Los paraguas de Cherburgo —sin exagerar, a la altura de los mejores de todos los tiempos— ya contienen la carta de naturaleza de la misma. Una vista del puerto de Cherburgo, una panorámica suave que acaba en un encuadre cenital sobre un embaldosado que parece componer un cuadro de Klee, la lluvia cayendo monótona sobre las baldosas. Suena ya la magnífica música de Legrand y los transeúntes van cruzando bajo la cámara y la lluvia, llevando casi todos ellos un paraguas de color intenso, moviéndose de modo en principio casual pero en realidad componiendo ya un ballet de armónicos movimientos, siendo mi momento favorito aquel en que una hilera de paraguas oscuros se detiene, formando una línea horizontal, para que pase un cochecito de bebé, y entonces se sobreimpresiona el título de la película. Las gotas de agua, el encuadre que nos hurta el rostro de los transeúntes, la música envolvente pero nada grandilocuente impregnan las imágenes de un irresistible aroma de serena melancolía. ¿Cómo no desear que el resto de la película esté a la altura de tan maravilloso arranque?

Los maravillosos creditos de Los paraguas de Cherburgo

Los paraguas de Cherburgo narra el romance juvenil de una humilde pareja, destinada por las circunstancias de la vida cotidiana, y no por ningún lance trágico del destino, a la separación. Con audacia (puesto que podría pensarse que la decisión de que la película sea cantada en su integridad debería elegir una historia que haga honor a ese supuesto énfasis formal: una historia pródiga en sublimidad romántica), Demy se cuidó especialmente que los dos jovencitos fueran corrientes y nada singulares, y que su historia se correspondiera con su falta de singularidad. Sus nombres, Geneviève y Guy. Ella tiene 17 años en el momento en que arranca la historia y su madre tiene una tienda, no muy boyante (pero, eso sí, muy chic) que es la que da el nombre a la película. Él trabaja como mecánico en un garaje local. Podría decirse que se hizo, al menos, una concesión: que los actores elegidos fueran agraciados, y por ende, más atractivos para el público, pero el dúo escogido —la francesa, y entonces desconocida, Catherine Deneuve, y el italiano, más experimentado pero enseguida eclipsado, Nino Castelnuovo—, si por algo se caracteriza, es por su falta de carisma: son tan solo guapos y agradables, sin poder evitar ser vulgares, como sus personajes. (No me importa, a este respecto, que ella se convirtiera enseguida en una de las actrices más populares de su país, incluso en una especie de símbolo de la feminidad francesa, por cuanto creo que siempre ha sido una intérprete bastante insulsa.)

Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo, los desdichados amantes de Los paraguas de CherburgoLa historia se divide en tres partes cuyos títulos (Partida, Ausencia, Regreso) expresan bien su desarrollo. La primera muestra la relación que tiene la pareja, ni más ni menos apasionada que cualquier otra, y la única pequeña sombra es que la madre no ve con buenos ojos ese noviazgo. Ahora bien, madame Emery (magnífica Anne Vernon) no es ningún ogro, sino una madre que, como tantas de la época, y más teniendo en cuenta las estrecheces que pasa el negocio, aspira a una boda de postín para su hija, aspiración en la que también tiene mucho que contar el que ella misma haya sido madre soltera y haya tenido que criar sola a Geneviève.

De hecho, como llovido del cielo, madre e hija acaban de conocer al ya mencionado Roland Cassard, un marchante de diamantes, todavía joven pero de aspecto serio, incluso triste (interpretado por el mismo actor, Marc Michel), que se enamora de inmediato de Geneviève y la pide en matrimonio. Por cierto, que es una virtud del film que este tercer vértice del triángulo, al contrario de lo usual por ejemplo en tantas películas míticas de Hollywood, de Historias de Filadelfia a Luna nueva, carezca de cualquier dibujo negativo: Cassard es un hombre sin duda gris, que presagia una vida matrimonial tranquila y, claro, acomodada, sin ningún otro aliciente, pero no un tipo obtuso ni estúpido como los rivales de Cary Grant en aquellas películas.

El problema surge cuando Guy es reclutado para el ejército (en concreto, para marchar a la emblemática guerra de Argelia), lo que impulsa a la pareja, justo antes de la separación, a consumar su relación (tal vez el único acto «sublime» que se permiten), de tal modo que, como tanto había temido madame Emery, la muchacha queda embarazada. Pues bien, si efectivamente Geneviève acaba casándose con Cassard no es por imposición de la madre ni por prevención ante el previsible juicio social sino porque, sencillamente, se cansa de esperar: por miedo a que en realidad Guy no vuelva de la guerra, por inseguridad propia, porque la pasión se va diluyendo como siempre hace la lluvia suave y monótona que cae sobre Cherburgo y sobre sus vidas.

El notable «encanto agridulce» (en palabras de Carlos Aguilar) que desprende este film, triste pero no trágico, melancólico pero no elegíaco, nace de la forma en que Demy (y Legrand) eligen ejecutar una historia tan sencilla. En primer lugar, el mismo contexto que rodea a la pareja parece convocar, en todo momento, la idea de la soledad: ni las dos Emery ni el joven parecen tener algún amigo en el mundo; en el caso de él, además, la pariente con la que vive es una tía enferma que, claro, exuda un inevitable hálito mortuorio. En segundo lugar, por supuesto, la ambientación perennemente otoñal (en el epílogo, inteligentemente invernal, con esos suelos invadidos por la nieve que presiden el efímero reencuentro de la pareja) y el uso connotativo de la lluvia.

El muy particular color de DemyPor otro lado, el film destaca por un tratamiento cro-mático de conside-rable colorismo, que lo podía haber conducido a ese terreno de la cursilería de cuya acusación, desde luego, no se libraría. Ahora bien, si no es así es porque Demy lo utiliza mediante la aplicación de unos principios («geométricos» es casi el adjetivo que parece obligado, por tópico que sea) que funden personaje y marco (simbolizando la unión entre fondo y forma que el director tanto cuida), de tal modo que los vestidos se corresponden al color del papel pintado, en los interiores, o de las paredes, en los exteriores. El objeto es provocar un contraste entre la sencillez de la historia y la sofisticación de la propuesta formal y sonora, cuyo propósito me parece que es subrayar la eterna tensión que sufre el ser humano entre la realidad de la vida, por lo común vulgar y descarnada, y su necesidad de convertirla en fábula, aun cuando sea para sobrevivir mejor. Por otro lado, una película enteramente cantada ya es de por sí fabulesca, de tal modo que no hubiera tenido sentido remarcar un realismo que no fuera el que emana de los personajes y sus vulgares vivencias.

Cómo no encomiar la memorable banda sonora compuesta por Michel Legrand. Su principal canción, el famoso Je t’attendrai, cantado en diversas ocasiones a lo largo del desarrollo, se convertiría en un hit de la época, con versiones en todos los idiomas. Es el leit-motiv indiscutible de la película, sustentando en buena medida ese aire tristón que la envuelve. Es más, al contrario de lo que nos tenían acostumbrados los musicales de Hollywood, el resto de piezas se caracteriza por la falta de discordancia con respecto a este tema, hasta el punto casi de parecer variantes del mismo. Me parece una inteligente decisión de Legrand, que optó por no componer una summa de tonadas distintas y por tanto muy reconocibles (como sucede en los musicales estadounidenses), precisamente porque la falta de las «pausas» que, en el musical estándar, son las escenas de diálogos, aconsejaba mantener una unidad tonal. De hecho, en Las señoritas de Rochefort, donde sí hay alternancia entre canciones y diálogos, aun cuando aquellas ya poseen una diversidad mayor que en Los paraguas, tampoco habrá ninguna radical diferencia entre ellas, pues Legrand mantiene, en lo que cabe, el mismo principio musical que en la película seminal.

Catherine Deneuve, estrella gracias a DemyDecía que a Jacques Demy parece difícil asociarlo con la nouvelle vague. Y sin embargo, cuando menos compartió con sus principales miembros (con Godard y Truffaut, seguro) la misma cinefilia que se proyecta en pantalla. Así, no puedo evitar creer que Demy quiso que su película entroncara con esos maravillosos clásicos del final del cine mudo que son Amanecer (1927, F. W. Murnau), Y el mundo marcha (1928, King Vidor) o Soledad (1928, Paul Fejos), entre otros, títulos todos que también plantean la crónica de la historia de amor entre dos seres humildes y sencillos, que únicamente le piden a la vida justo eso, alguien con quien compartir su dureza cotidiana, y que se resuelven mediante unas tramas parcas en peripecias, centradas en unos espacios cotidianos en todo caso transmutados en algo efímeramente sublime al ser vividos en compañía de un ser amado.

Por último, también evoca con naturalidad otra película, esta mucho más reciente, la obra maestra de Elia Kazan, Esplendor en la hierba (1961), con la que comparte la misma cadencia triste en su crónica del fracaso de la relación sentimental entre dos jóvenes que parecían no concebir el mundo con otra persona. Es más, ese epílogo que supone su reencuentro tras largos años sin saber el uno del otro (en la estación de gasolina de él, los dos casados y con hijos), bañado de tristísima contención, bien simbolizada por la gelidez de ese entorno invernal en que se enmarca, supone una magnífica metáfora de cómo las ilusiones de la juventud quedan convertidas en efímeros espejismos que quizá ni conviene agitar en el recuerdo.

Cartel en ingles de Las senoritas de RochefortTres años después del gran éxito obtenido, Demy decidió realizar un segundo musical, para lo cual, y del modo más encomiable, se propuso no efectuar un mero recalentamiento del film anterior. Las señoritas de Rochefort (1967) es ahora un musical ortodoxo en el sentido de que retorna a la estructura habitual que alterna diálogos y canciones, además de incluir numerosas secuencias de baile. Y es que su propósito, ahora sí, es rendir homenaje al género en su concepción estadounidense, un homenaje apasionado e inteligente, que se vertebra en dos componentes. Por un lado, la referencia al clasicismo de la edad del oro del género en Hollywood (tampoco tan lejana, por otra parte), esto es, la desarrollada en el seno de la Metro Goldwyn Mayer y que tuvo al gran Gene Kelly como portavoz principal, de ahí que Demy no dude en reclutarlo (y el bailarín que cantó bajo la lluvia aceptó con entusiasmo, en lo que acabaría suponiendo su último gran papel en el musical). Por otro, la propia renovación que había surgido en la Meca del Cine, y que simbolizaba, sobremanera, West Side Story (1961), de ahí la contratación de uno de sus intérpretes principales, George Chakiris, para otro de los papeles relevantes.

Resumiendo mucho, Demy concibió la parte danzada en sintonía con las geniales coreografías diseñadas para el segundo de los títulos citados por Jerome Robbins (si bien la presencia del mítico «americano en París» obligaba a dedicarle un número ajustado a sus características). Y por encima de todo, del modelo Kelly (del modelo Metro-Goldwyn-Maer) recoge esa concepción del género como un canto a la famosa alegría de vivir, a la joie de vivre, por citarlo con palabras francesas, con su contagiosa explosión de vitalidad y su arriesgado sentido del optimismo. Y es que, nueva decisión admirable del director, para su nueva película descarta el conseguido tono melancólico de su previo trabajo, huyendo así de todo riesgo de parecer formulario. En todo caso, de Los paraguas de Cherburgo se mantiene el tono cromático —solo que ahora ya al servicio de una atmósfera directamente delirante— y el protagonismo de Catherine Deneuve, si bien dentro de una estructura coral de personajes.

Gene Kelly y las hermanas Denueve-DorleacLa trama se desarrolla en la ciudad bretona del título a lo largo de cuatro escasos días (de un viernes a un lunes por la mañana) y, con la excusa de la llegada de un grupo de feriantes, une, reúne, separa y vuelve a unir a un conjunto de personajes a la búsqueda del amor (para unos, del ideal amoroso; para otros, del amor perdido; y para unos cuantos más, del amor en el sentido que sea), que es tanto como de la realización personal. Así, el principal rasgo personalizador de este segundo musical es el virtuosismo de un guion que rinde abierto tributo al azar y a la importancia del mismo en las relaciones sentimentales, desarrollando un juego de encuentros y desencuentros dentro del cual es fundamental la complicidad del espectador, el único que es consciente en todo momento de los lazos que unen a todos los personajes y del entrelazado que debe madejarse o desmadejarse para que todo salga bien.

El espíritu lúdico del guion principia por la decisión de que los dos personajes titulares sean un par de hermanas gemelas, Delphine y Solange, a las que encarnan dos hermanas en la vida real, si bien no gemelas, es decir, Catherine Deneuve y Françoise Dorleac (ambas, por cierto, dobladas en las canciones: la primera también lo estuvo en su previo trabajo), una dando vida a una profesora de danza y la otra a una profesora de música, ambas soñando con su inminente marcha en París. Añadamos una tercera mujer de la misma familia, su madre (también madre soltera, como madame Emery), a quien interpreta nada menos que Danielle Darrieux, toda una gloria del cine nacional, inauditamente joven y en buena forma física, de ahí que no extrañe que todas la tomen, inicialmente, como la tercera hermana de la familia.

Jacques Perrin y Gene Kelly, en Las senoritas de RochefortLas tres no saben, al principiar ese fin de semana, que el amor (de la diversa manera, en cada caso, que señalaba líneas arriba) se presentará en sus vidas. Es más, como parte del juego, la llegada de dos feriantes jóvenes y agradables (uno de ellos, el encarnado por Chakiris) hace creer al espectador que, miel sobre hojuelas, serán ellos quienes rindan a las señoritas de Rochefort. Sin embargo, en realidad quienes a ellas están destinadas son otros hombres: un joven pintor (Jacques Perrin) que cumple el servicio militar en la ciudad y que, sin conocerla, ha dado rostro a su ideal femenino bajo los rasgos de Delphine; un compositor consagrado (Gene Kelly: divertido que haga de músico y no de bailarín); y el tristón dueño de una tienda de música de la localidad (Michel Piccoli, cuyo personaje parece una variante del Cassard de Cherburgo).

Es conveniente señalar, ante la inevitable comparación, que Los paraguas de Cherburgo posee un equilibrio y una cohesión interior que no siempre están presentes en Las señoritas de Rochefort, sin duda porque aquí estamos en el clásico caso del director sorprendido en un trabajo de «confirmación» justo después de un éxito rotundo, que por tanto se deja sugestionar demasiado por su propósito de brillantez extrema. Aun así, el film constituye una delicia irresistiblemente irreal, muy divertida en su uso de los referentes cinéfilos (no tiene precio ver a Kelly tropezarse una y otra vez con marineritos, aunque estén justificados por la existencia de la base militar local), que triunfa en su propósito de hacer que el espectador se deje arrastrar sin apenas pensar por la vertiginosa corriente de ideas y episodios que proponen las imágenes.

Una vez más, brillan el colorismo arrebatador, el vestuario imposible y la magnífica banda sonora de Michel Legrand, si bien en este caso la división en números cerrados hace que algunos destaquen sobre otros: en particular, Nous Voyageons de ville en ville, mediante el cual el simpático dúo de forasteros se presenta ante la madre de las gemelas en el bar que regenta en la plaza del pueblo, o el extraordinario De Hambourg a Rochefort, que da pie a una genial escena, situada justo en el ecuador de la película, durante la cual la canción va pasando de personaje en personaje hasta trabar a todos los principales en una cadena de enorme significación dramática.

Y, si Cherburgo comenzaba de modo genial, no menos puede decirse de la conclusión de Rochefort, de una gentileza elíptica sin igual: resueltas abiertamente dos de las tres historias de amor (las de Dorleac-Kelly y Darrieux-Piccoli), cuando la última, por ser la más abstracta y etérea (la que une a Deneuve-Perrin, cada uno ignorante de ser el ideal del otro), parecía destinada a quedar en el aire, un último toque juguetón del azar pone a funcionar el mecanismo para corregirlo.

De Cherburgo a Rochefort (sin olvidar la historia sucedida antes en Nantes: el juego de palabras procede del segundo film), Jacques Demy y Michel Legrand consiguieron seducir al mundo con dos musicales. Y aunque siempre los nombres que se nos vendrán a la cabeza a los cinéfilos cuando pensemos en el género serán los de Gene Kelly, Fred Astaire, Vincente Minnelli o Stanley Donen, no está de menos recordar que en France un director también puso a unos personajes a cantar bajo la lluvia… la lluvia de Cherburgo.

Un plano bien expresivo de Las senoritas de Rochefort

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Los paraguas de Cherburgo / Les parapluies de Cherbourg. Año: 1964

Dirección y guion: Jacques Demy. Fotografía: Jean Rabier. Música: Michel Legrad. Reparto: Catherine Deneuve (Geneviève Emery), Nino Castelnuovo (Guy Foucher), Anne Vernon (Madame Emery), Marc Michel (Roland Cassard). Dur.: 91 min.

Título: Las señoritas de Rochefort / Les demoiselles de Rochefort. Año: 1967

Dirección y guion: Jacques Demy. Fotografía: Ghislain Cloquet. Música: Michel Legrad. Reparto: Catherine Deneuve (Delphine Garnier), Françoise Dorleac (Solange Garnier), Danielle Darrieux (Yvonne Garnier), George Chakiris (Etienne), Jacques Perrin (Maxence), Michel Piccoli (Monsieur Dame), Gene Kelly (Andy Miller). Dur.: 120 min.

Publicado en Cine musical | Etiquetado , , , , | 4 comentarios

En Recuerda que has leído: Mujercitas

MujercitasAcabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído un breve artículo sobre Mujercitas, ese clásico de la literatura «para niñas» que últimamente se reivindica bastante, sobre todo desde un punto de vista feminista. En él, intento señalar tanto sus indiscutibles méritos como sus evidentes lastres, en realidad tan interprenetrados unos de otros que esto constituye uno de sus principales atributos. El artículo supone, por otro lado, una reelaboración de uno anterior publicado en este mismo blog, en el que hacía pareja con otro ejemplar de la novelística juvenil leído durante décadas, el Ben-Hur de Lewis Wallace, solo que el libro de Louisa May Alcott vive un esplendor editorial y el otro no consiguió revitalizarlo ni su reciente (y ya del todo olvidado) remake. Como complemento al artículo, quiero hacer una pequeña reseña, precisamente, sobre la nueva adaptación cinematográfica del libro de Alcott que acaba de estrenarse, si bien, por una vez, diríase que es el revival literario el que ha justificado la existencia del film y no al revés, como tantas veces ha sucedido. Conviene recordar que, en el caso de Mujercitas, los magnates del cine siempre se han empeñado en ofrecer a cada generación una nueva versión, como han hecho con otros libros de fervor popular. Descartando dos ignotas adaptaciones realizadas durante el cine mudo, en concreto llevamos cuatro. De la primera, Las cuatro hermanitas (1934), dirigida por George Cukor, poco puedo decir pues guardo un recuerdo lejanísimo de ella, salvo para señalar que el hoy absurdo título parece deberse a que así fue traducida en alguna de las primeras versiones españolas del libro. La segunda, ya titulada Mujercitas (1949), es la más popular y todavía suele visitar los hogares navideños a través de la televisión. La tercera, de 1994, me aburrió muchísimo en su día: es la clásica película que no se esfuerza en absoluto en aportar algo que induzca a pensar que su existencia tenga valor por sí misma y no por vampirizar un libro que podía haberse ahorrado semejante ilustración. La coetánea, en cambio, me ha parecido una película de lo más estimable, incluso con momentos excelentes, sobre todo porque, por una vez, es una adaptación que sí se esfuerza en ofrecer algo distinto, aun siendo muy fiel al original. Es cuestión de enfoque, de tono: de creatividad.

Seguir leyendo

Publicado en Del libro a la pantalla, Recuerda que has leído | Etiquetado , , | 7 comentarios

Star Wars: El ascenso de Skywalker o la importancia de un nombre

Episodio VII                  Episodio VIII

Poster original de Star Wars El ascenso de SkywalkerEl cierre de la coetánea saga Star Wars (al menos hasta que la voraz Disney decida que es hora de recargar la hucha) confirma definitivamente lo que ya habíamos constatado en los dos episodios anteriores: que esta tercera trilogía no es sino una reformulación de la primera, la que lo inició todo, la estrenada entre los años 1977 y 1983, de tal modo que cada nuevo título recoge los elementos de la película correspondiente, combinando, eso sí, a los personajes clásicos (lógicamente envejecidos, lo cual permite incluir un matiz crepuscular) con los nuevos (con los héroes igualmente agrupados en un triángulo formado por dos hombres y una mujer, y un tenebroso antagonista de enormes poderes). Así pues, Star Wars: El ascenso de Skywalker se remite a El retorno del Jedi (1983) del mismo modo que el capítulo anterior, Star Wars: Los últimos jedi (2017) lo había hecho con respecto a El Imperio contraataca (1980), esto es, con los rebeldes (ahora llamados la Resistencia) al borde casi de la aniquilación después del terrible cerco a que los ha sometido el nuevo imperio totalitario, conocido ahora como la Primera Orden. Pues bien, El ascenso de Skywalker calca casi literalmente las líneas maestras de El retorno del Jedi, de tal modo que brinda el triunfo de la Luz contra la Oscuridad en una sola batalla, en cuyo decurso perece el líder supremo de los villanos. Con una diferencia: el film de 1983 plasmaba esta idea sin credibilidad y mediante un conjunto de soluciones argumentales que conducían a la saga al terreno de su propia parodia, mientras que los responsables del presente título (liderados por J. J. Abrams en su regreso a la trilogía, después del «descanso» del film anterior, el peor del conjunto) consiguen llevar a buen puerto el mismo planteamiento, con una coherencia dramática, una fluidez narrativa y un conocimiento de los personajes que ya nos hubiera gustado a quienes, en su día, no soportamos El retorno del Jedi.

Seguir leyendo

Publicado en Star Wars | Etiquetado , , , , | 6 comentarios

Controvertido Elia Kazan (II): años de esplendor

I              II

Viva Zapata, excelente trabajo de KazanPocas películas construidas a partir de un personaje real (por mucho que su trayectoria esté adaptada y reformulada al servicio de un mensaje) consiguen presentarlo con la fuerza dramática que posee el arranque de ¡Viva Zapata! (1952). Se trata de la embajada que unos humildes campesinos del estado de Morelos realizan ante el ya muy veterano dictador Porfirio Díaz para pedirle justicia en el caso de las tierras que la oligarquía local les ha arrebatado, mas el presidente, exhibiendo un paternalismo condescendiente, los despacha con palabras vagas, pidiéndoles paciencia. El plano general muestra al grupo comenzando a marchar, desconcertados, hacia la salida, revelándose así que uno de ellos, hasta entonces tapado por el conjunto, se queda inmóvil en el mismo sitio y entonces exclama: «Hacemos el pan con trigo, no con paciencia». Elia Kazan se implicó a fondo, con la ayuda del escritor y aquí guionista John Steinbeck, en el dibujo de ese hombre que no tardaría en convertirse en uno de los líderes más respetados de la Revolución mexicana, Emiliano Zapata, construyendo una muy ambiciosa reflexión sobre el fenómeno revolucionario que pretende recoger todas sus múltiples y contradictorias facetas. Así, y a partir del dibujo del personaje central (por supuesto, esquemático para quien lo confronte con el original), la película tiene tiempo de mostrar el doppo della revoluzione, y con ello la inevitable degradación de los ideales y, en especial, de esos hombres que hicieron posible el triunfo pero que, terminada la lucha, no saben cómo reemprender la vida «civil» pues tantos años con las armas en la mano no los han preparado para la paz.

Seguir leyendo

Publicado en Autores | Etiquetado , , , , , , , , , | 4 comentarios

Controvertido Elia Kazan (I): años iniciales

I                 II

Controvertido Elia KazanSin duda, la controversia ha acompañado (casi) siempre a la figura de Elia Kazan. Inicialmente, su trayectoria pareció la misma encarnación del sueño americano: emigrante a su más tierna edad desde su Estambul natal, su talento lo impulsó a la primera línea del mundo de la cultura y del espectáculo de su país de adopción, del que se convirtió en un cronista crítico, que enseguida recibió aclamación y galardones, tanto por su trayectoria teatral en Broadway como cinematográfica en Hollywood. Sin embargo, ese sueño pudo quedar truncado al merecer la atención de los implacables inquisidores que llevaron a cabo la tristemente célebre «caza de brujas», y el episodio se saldó con su famosa denuncia de antiguos compañeros en el Partido Comunista. Tildado como traidor, esta sombra ética planearía desde entonces sobre su carrera, acompañándolo hasta la vejez (como se pudo comprobar con la muy dispar acogida que, dentro del propio Hollywood, supuso la concesión de un Oscar honorífico a su trayectoria en 1999). Del mismo modo, su valoración como cineasta también habría de sufrir grandes oscilaciones, desde el aplauso a la crítica, por su tendencia a dejarse llevar por el enfatismo a la hora de tratar esos «grandes temas» por lo que siempre tuvo debilidad. Yo mismo, hasta hace poco tiempo, lo tenía por un cineasta sobrevalorado y olvidable. Ahora bien, una reciente y exhaustiva revisión de su filmografía ha acabado por revelarme a un director que, con sus limitaciones e irregularidades, reviste un notable interés y cuenta con muchas películas excelentes, las suficientes como para reivindicar su figura.

Seguir leyendo

Publicado en Autores | Etiquetado , , , , , , , | 2 comentarios

Tres clásicos de Sáenz de Heredia

Colorista poster de El destino se disculpa

Era el primo de Primo, o sea, el primo hermano de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Encima, la sombra de Francisco Franco siembre se cernió alargadamente sobre él, puesto que rodó los dos vehículos más serviles a su gloria, Raza (1941), ese ridículo folletón pergeñado sobre ideas de un tal Jaime de Andrade, que no era sino un seudónimo del Caudillo, y Franco, ese hombre (1964), el documental tipo No-Do con el que se pretendió conmemorar los «25 años de paz» que dio a los españoles. Es por ello que el nombre de José Luis Sáenz de Heredia siempre ha parecido arrastrar consigo un aroma a naftalina, a antigualla reaccionaria, etiqueta que, por desgracia, muchos asocian al cine rodado durante el franquismo cuando, todo lo contrario, es en sus años más «profundos» (de los años 40 hasta principios de los 60) donde se encuentran sus mejores títulos, en consonancia, no por nada, con lo que sucede por doquier en casi todas las cinematografías mundiales. Pues bien, Sáenz de Heredia rodó algunos de los títulos más relevantes de esos tiempos, como demuestran las tres muy diferentes películas que bien pueden considerarse las mejores de su filmografía. Se trata de El destino se disculpa (1945), una muy bonita fantasía sobrenatural, Los ojos dejan huellas (1952), un thriller de aliento existencial, del todo inesperado en el contexto en que se rodó, por su desembozado pesimismo, e Historias de la radio (1955), uno de los títulos más amados, y con toda la razón del mundo, de la época gloriosa de la comedia española. Sobre ellos quiero detenerme en el presente artículo. Seguir leyendo

Publicado en Clásicos del cine español | Etiquetado , , , | 2 comentarios

El Chancellor: la balsa de la Medusa de Julio Verne

La balsa de la medusa, de Gericault

Si existe una novela sorprendente en la carrera de Julio Verne, escrita en la mejor etapa de los Viajes Extraordinarios, y que puede dar la medida de lo que podía haber sido su obra de no verse perpetuamente limitada por las directrices que su editor Hetzel le impuso como educador de la juventud, esta es El Chancellor. Escrita en 1870, una carta enviada por Verne a Hetzel en febrero de 1871 ya supone una buena indicación de la novedad que suponía: «Le llevaré un volumen de un realismo espantoso […] Creo que la balsa de la Medusa no ha producido nada tan terrible…». Las breves líneas antedichas ya indican cuál era su trama: la crónica de un naufragio que conduce a sus supervivientes a una balsa donde vivirán días de inexpresable agonía cuya final parece encaminarlos de modo inexorable hacia la muerte, una muerte terrible, que además los espera después de verlos caer al estadio más indigno del hombre como mero ser impelido a la supervivencia. Hetzel dudó considerablemente a la hora de publicarla y lo hizo finalmente, pero con retraso: primero por entregas en Le Temps a lo largo de 1874 y finalmente como libro en 1875. El resultado, sin la menor exageración, es una de las cumbres de su autor, una novela injustamente desconocida seguramente por su condición de anomalía entre las obras maestras más notorias de Verne, ya que, por su formato breve y su aliento trágico, parece tener poco que ver con esas epopeyas de la geografía que asociamos a él. Triste destino el de una creación literaria que deja bien sentado que Verne fue un escritor mucho más versátil de lo que se cree.

Seguir leyendo

Publicado en Julio Verne | Etiquetado , , , | 2 comentarios

Reivindicación de Jerry Lewis

jerry-lewis

Ningún cómico me ha hecho reír más en mi niñez que Jerry Lewis. Era verle hacer una sola de sus famosas muecas, o escuchar un tono de su característica voz nasal (la del genial Miguel Ángel Valdivieso, claro, pues entonces la únicas películas que podíamos ver eran en su versión doblada) y comenzar a soltar la carcajada, sin poder parar. Sin embargo, si Lewis hubiera sido tan solo un cómico divertido, es posible que su cine hubiera acabado sido una antigualla más o menos nostálgica (algo parecido amenaza al cine de los hermanos Marx, cuyo humor es tan disolvente como el del primero pero cuyas películas, por desgracia, adolecen en su mayoría de monotonía cinematográfica). Y es que si un cómico se limita a hacer reír y no da el siguiente paso que se ha de exigir al verdadero creador (expresar su concepto del mundo a través de los recursos propios del medio), su eficacia acabará limitada por el tiempo en que se agota la gracia que nos hace todo chiste, por ácido que sea. No es el caso del autor de El profesor chiflado, cuyas mejores películas revelan, en cada revisión, una complejidad dramática y una entidad artística que aseguran su perduración. Y ello por una razón fundamental: porque contó con dos magníficos directores a la altura de su talento. Uno de ellos fue Frank Tashlin, el hombre que extrajo su cine de la mera fórmula para potenciar mediante una espléndida imaginería visual toda la corrosividad moral y social de sus posibilidades cómicas; el otro, tal vez aun mejor, fue… él mismo, Jerry Lewis, cuando acabó asumiendo el completo control de un mundo cuya pertinencia sigue completamente vigente.

Seguir leyendo

Publicado en Autores | Etiquetado , , , , , | 9 comentarios

Vila-Matas o la literatura como enfermedad

El novelista catalan Enrique Vila-MatasComo buena parte de los lectores que hoy lo tienen como un escritor de culto (aunque, por fortuna, ha sabido dar el salto editorial a un primer plano, si no de ventas en el sentido de un Pérez-Reverte, sí de relevancia profesional y cultural), descubrí al catalán Enrique Vila-Matas por una novela corta en extensión pero densa, incluso vasta, en resonancias, que publicó en 1985: Historia abreviada de la literatura portátil. Después, sin embargo, no volví a leerlo hasta muchos años después, para rendirme ya por completo: cayeron consecutivamente unos cuantos más de sus libros, lo cual, teniendo en cuenta al autor, me dejó exhausto, y la cuestión es que si no he avanzado más en mi conocimiento del mismo es porque esas novelas me han atrapado de tal modo que, de cuando en cuando, vuelvo a ellas sin decidirme a probar otras. Se trata, ante todo, de la trilogía que, definitivamente, impuso su nombre en la primera línea de la literatura española y que su entonces editor, Gonzalo Herralde, denominó, no sin cierta pomposidad, como La Catedral Metaliteraria. Se trata de Bartleby y compañía (2000), El mal de Montano (2002) y su excepcional culminación, Doctor Pasavento (2005). Su lectura parece conducirnos al interior de un bucle, a una cinta de Moebius que nos atrapa en un laberinto sin aparente salida que gira en torno a la indisoluble interfaz que para él hay entre vida y literatura, entre realidad y ficción. Tres libros en los cuales se traza una compleja red entre el autor, el lector y un buen número de escritores (de mundos literarios) que acaba conformando un universo realmente peligroso, porque posee tantas puertas y tantas habitaciones que se corre el riesgo de querer permanecer para siempre en cualquiera de ellas.

Seguir leyendo

Publicado en Literatura española | Etiquetado , , , , | 3 comentarios

Tennessee Williams en el cine (II)

I                II

Cartel original de De repente, el ultimo verano

Si hay una obra de Tennessee Williams que está completamente invadida por lo biográfico hasta límites estremecedores es De repente, el último verano, pieza en un acto estrenada en el llamado Off-Broadway en enero de 1958. Si alguna vez el autor proyectó su sombra en su propia ficción del modo más malsano y a la vez catártico, como un modo de conjurar sus demonios interiores o desatarlos para siempre, fue en esta ocasión. En ella, Violet Venable, una acaudalada dama de Nueva Orleáns, convoca a la mansión donde se ha aislado tras la reciente muerte de su idolatrado hijo Sebastian, a un joven médico que está ganando una gran notoriedad con una nueva técnica quirúrgica de lobotomía. Su intención es que someta a su propia sobrina Cathy a dicha operación: el doctor debe decidir si la muchacha está verdaderamente perturbada o si el objeto de su tía no es sino silenciarla para siempre, pues ella es la única testigo de la muerte de Sebastian (a quien acompañó en su viaje estival a Europa, sustituyéndola a ella, compañera durante tantos años), y de ese episodio cuenta un relato espeluznante. El mismo dramaturgo había vivido en sus carnes un episodio similar: en 1943, su madre autorizó que se le practicara una lobotomía a su única y adorada hermana Rose, que padecía esquizofrenia desde tiempo atrás, y que quedó reducida para siempre a un estado infantil. Un año después fue llevada al cine con resultados tan memorables que la película bien puede ser considerada como la obra maestra del cine de Tennessee Williams.

Seguir leyendo

Publicado en Del libro a la pantalla | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

En Homonosapiens: Los superhéroes, la mitología del siglo XX

John Byrne, uno de los grandes creadores del tebeo de superheroes

En el campo del tebeo de superhéroes (casi iba a decir del tebeo en general) tengo comprobado, desde hace mucho tiempo, lo difícil que es convencer de sus posibilidades artísticas e intelectuales a aquellos que nunca han entrado en él. Entiendo que, de entrada, los elementos narrativos que constituyen sus características básicas —héroes enfundados en uniformes coloristas y distinguidos con apodos muchas veces pueriles dotados de superpoderes que han de exhibirse en algún tipo de combate como centro dramático de cada episodio— pueden resultar difícilmente digeribles a quienes no los han «asimilado», cuando menos, en su niñez, que es esa época en que no nos planteamos qué es eso de «asimilar» sino que, sencillamente, decidimos si algo es bueno o malo porque nos entretiene o no. Sin embargo, el escéptico debería preguntarse si no resultan no menos absurdos los tópicos que adornan otros géneros que acaso él sí ha aceptado desde mucho tiempo atrás (pienso en el western, por citar uno con puntos en común, comenzando por el uso imprescindible de la violencia y la distinción, a simple vista maniquea, entre héroes y villanos) y que ya no cuestiona. He dedicado mucho espacio en este blog a ello, y ahora me complace participar con un artículo sobre el tema en el dossier El poder del mito mediante el cual la revista digital Homonosapiens colabora con la VII Olimpiada de Filosofía, organizada por la AAFi (Asociación Andaluza de Filosofía). Se titula Los superhéroes, la mitología del siglo XX y en él planteo la relación entre el género y esa superestructura, a la vez simbólica y narrativa, cosmogónica y, por qué no, filosófica, que es la mitología, o lo que es lo mismo, sobre la necesidad del hombre de dotarse de unas categorías que expliquen los interrogantes que lo rodean, ya sean sobre el mundo, la trascendencia (o la ausencia de trascendencia) o el propio concepto de humanidad. No está pensado únicamente para el experto —aunque espero que este también pueda disfrutarlo— sino para un público general que no tiene por qué haber leído los comics superheroicos pero que, desde luego, conoce a sus personajes más relevantes porque es imposible no hacerlo en un mundo en que tan de moda están por su estruendoso triunfo en cine. Y espero que su lectura justifique su inclusión en un dossier que va a desgranar toda una serie de excelentes artículos sobre el Mito desde ópticas de todo tipo, entre las que espero no desentone la mía.

En Homonosapiens: Los superhéroes, la mitología del siglo XX

Publicado en Homonosapiens, Superhéroes Marvel | Etiquetado , , | Deja un comentario

Tennessee Williams en el cine (I)

Paul Newman y Elizabeth Taylor, inolvidables en La gata sobre el tejado de zincTengo a dos dramaturgos por dos de los más excelsos «guionistas» de la historia del cine. Con esto quiero señalar, obviamente, que sus obras —muchas y muy diferentes, pues ambos fueron considerablemente prolíficos— han dado pie a múltiples películas, cada una de las cuales, con independencia de sus resultados finales, al menos de entrada proponen una puerta de entrada a dos universos considerablemente atractivos. Uno de ellos, eviden-temente, es William Shakespeare; el segundo, salvando las distancias con el anterior, es Tennessee Williams. El mero nombre de este autor basta para evocarnos a unos personajes excesivos o al borde del exceso (patriarcas que hacen del Poder la razón de su vida y cuya víctima en primer término es su propia familia; seres ensimismados que intentan permanecer, inútilmente, al margen de la corriente de la vida; individuos degradados en los que todavía brilla una chispa del resplandor original que tuvieron; patéticas criaturas que todavía creen posible el amor, la redención o, sencillamente, la huida de la vulgaridad), por lo común vinculados de una manera u otra al Profundo Sur, encarados unos a otros por enfrentamientos de raíz moral que se expresan en términos sexuales (o al revés) y sin eludir la importancia de la condición social en su conflicto. El cine entendió bien la originalidad de su obra (aunque fuera porque el morbo de la misma atrajo al público a las salas durante cerca de quince años, entre 1951 y 1964), y si bien «su» cine es para muchos sinónimo de histeria e histrionismo sin medida, un examen atento de sus películas revela que, en general, fue un dramaturgo con muchas suerte en sus adaptaciones.

Seguir leyendo

Publicado en Del libro a la pantalla | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

(El presente artículo, convenientemente editado y ampliado, es una versión del publicado previamente en la revista digital Homonosapiens.)

Poster de El nadador, de Frank PerryEn las poco más de veinte páginas de su relato El nadador, el escritor estadounidense John Cheever creó la más imborrable alegoría del fracaso que he leído nunca. Y lo hace por medio de un argumento en principio insólito. Una mañana de verano, Neddy Merrill, un hombre maduro pero todavía en buena forma, decide atravesar, marchando de piscina en piscina, los trece kilómetros que van desde la casa de unos amigos en la que se halla reponiéndose, junto a su esposa, del alcohol de la noche anterior, hasta la suya propia, donde probablemente sus cuatro hijas estén jugando en ese momento al tenis. Cheever articula su historia jugando con una resbaladiza y finalmente deletérea ambigüedad en torno a ese hombre que emprende lo que al principio parece una odisea juguetona, incluso fabulesca, destinada a servirle de himno a su propio esplendor. Sin embargo, de párrafo en párrafo, casi de renglón en renglón, diversos elementos van añadiendo sus dosis de inquietud a la aparente diafanidad de la historia, primero revelando lo que de absurdo hay en esa «hazaña», y luego, poco a poco, la verdad: ni es verano, ni ese hombre se halla en su plenitud, ni hay familia, ni una casa propia, al final del camino, a la que regresar. Es un modelo de relato engañosamente sencillo, cuya densidad es una cuestión de estilo, de saber medir la frase, de elegir unas palabras; un relato que plantea una intriga (¿qué sucede de verdad con ese hombre?), pero en el que no importa tanto la mera resolución del misterio como el análisis crítico de una realidad a partir de unas circunstancias progresivamente inquietantes.

Seguir leyendo

Publicado en Del libro a la pantalla | Etiquetado , , , | Deja un comentario

El Cuarto Mundo, de Jack Kirby

Orion en la portada del numero 1 de The New GodsUn buen día de principios de los años 70, el Rey, o sea, Jack Kirby, abandonó Marvel, la editorial a la que había brindado sus mejores creaciones, del Capitán América a Thor, de La Patrulla-X a Los Vengadores. Llevaba tiempo sintiéndose postergado, tanto en reconocimiento artístico (en beneficio de Stan Lee, con quien pusiera los cimientos del Universo Marvel, pero que era mucho mejor publicista de sí mismo) como en compensación económica y libertad creativa. Casi podía pensar que su mayor ganancia había sido ese apodo de Rey que el siempre burbujeante Lee le había puesto años atrás (en inglés, debido a la aliteración tan del gusto de su inventor, tiene cierto aroma superheroico: King Kirby al modo de Peter Parker o Matt Murdock). La falta de motivación había provocado cierto estancamiento en su arte, pero la creatividad seguía bullendo incontenible en su interior, como ese volcán dormido que algún día debe despertar. Y así, en 1970, el mundo editorial de los superhéroes se agitó con la brusca noticia de que había sucedido lo impensable: Kirby abandonaba Marvel y se marchaba a la Distinguida Competencia, esto es, a DC, con un contrato ventajoso que le otorgaba la libertad que pedía para hacerse con la completa responsabilidad de sus propias obras (edición, guion y dibujo). El resultado fue a la vez frustrante y fabuloso. Frustrante, porque las expectativas con que comenzó esta etapa acabaron diluyéndose de modo desconcertante y por diversas razones. Fabuloso, porque el ímpetu que el Rey reservaba en su interior creó un increíble conjunto de personajes, escenarios y argumentos que dejó inicialmente sin aliento y que hoy posee un aliento mítico incuestionable. Se trata, por supuesto, de El Cuarto Mundo.

Seguir leyendo

Publicado en Miscelánea de cómic | Etiquetado , , , , , | 4 comentarios