Un clásico llamado Peter Weir (III): las últimas películas

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Cartel original de Fearless o Sin miedo a la vidaLa revisión exhaustiva de la filmografía de Peter Weir me ratifica en la impresión que ya tenía: la mejor película de su etapa norteamericana, a la altura además de sus magníficos trabajos australianos, es una de las que peor acogida comercial tuvo y menor renombre actual posee. Se trata de Sin miedo a la vida (1993) —el título original, más sencillo, más ascético, Fearless, fue estúpidamente concretado por los distribuidores españoles, realmente nefastos en las últimas décadas—, una obra que, además, es la que mejor conecta con aquellas sugestivas fábulas. Como el abogado de La última ola, el protagonista de la película, llamado Max Klein, es un hombre que, de pronto, se siente poseído por una nueva percepción de la realidad. En su caso, sin embargo, todo parte de un hecho radical: su supervivencia en un accidente de avión que costó la vida a la mayor parte del pasaje. Esta circunstancia convierte a Max en un iluminado, lo cual lo emparenta con otro notable personaje de la filmografía de Weir, el Allie Fox de La costa de los mosquitos, si bien con una diferencia: aun cuando el nuevo estado de Max desmorona su armonía familiar (como también pasaba con la de David: la «normalidad», en los momentos de cambio, es lo primero que siempre salta por la ventana), no pone en peligro la vida de sus seres queridos sino, en todo caso, la suya. Por cierto que, si Weir ha demostrado sobradamente su capacidad para conseguir magníficas actuaciones de actores por lo común discretos (Richard Chamberlain, Harrison Ford, Robin Williams), en este caso, con un buen actor en tan delicado papel, obtiene la que probablemente sea la mejor interpretación que puede encontrarse en su cine, la del protagonista Jeff Bridges.

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En Semana Santa toca una de romanos

Sin procesiones ni maratonianas jornadas en busca de tronos (o juergas), ¿no es entrañable que todavía nos quede una tradición de Semana Santa a la que la pandemia no puede afectar? En efecto, asistir en televisión al carrusel de cine de “romanos” que antes era obligado/obligatorio. Rescato por ello una entrada de hace varios años que contiene una antología de lo más conocido del género.

Estupendo plano de Ben-Hur

A principios de los años 50, Hollywood trataba de plantear una batalla desesperada contra el descenso de los espectadores. La causa principal, señalaban los ejecutivos, era la aparición de un pequeño y molesto aparato doméstico que llevaba el entretenimiento a cada hogar sin necesidad de desplazamiento alguno. Puesto que las ficciones que proponía la televisión eran modestas por pura razón de tamaño (en todo: en presupuesto, en dimensiones visuales, en actores y realizadores, en historias), los mismos ejecutivos decidieron proponer películas que destacaran por el gigantismo en todos esos conceptos: las más grandes estrellas de Hollywood, los decorados y el vestuario más lujosos, los escenarios naturales más impresionantes, incluso el formato de pantalla más ancho posible (el género siempre estará asociado a la difusión del CinemaScope). Lógicamente, se buscó el tipo de historia que permitiera lucir semejante hipertrofia cinematográfica: la historia más grande más jamás contada, por jugar con el nombre de uno de sus ejemplares, y se encontró en la Antigüedad, en esas civilizaciones que ya asombraban de por sí con sus vestigios del pasado, en especial Roma y Egipto. El género ha recibido toda clase de nombres, pero el de kolossal me parece el que mejor lo define. En Europa se lo conoce por otras denominaciones, siendo las más notorias las de peplum y películas de espadas y sandalias. En nuestro país, sin embargo, el término más entrañable es el de películas «de romanos». Es más, en los años de la dictadura franquista nacional-católica, la filiación bíblica de buena parte de ellas convirtió en toda una tradición que durante la Semana Santa, en cines, se reestrenaran y, en televisión, se emitieran, costumbre que perviviría hasta mucho tiempo después y que hoy, de vez en cuando, se recupera. ¿Cuántos espectadores no asociamos, de modo natural, estas fechas con ver «una de romanos»? Seguir leyendo

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En Recuerda que has leído: El inocente

El inocente, de Mario LacruzPublico en el blog literario Recuerda que has leído un artículo sobre un libro que he descubierto recientemente, y que vuelve a subrayar mi desconfianza hacia la historia «oficial» de las letras españolas: ¿cuántas joyas y autores no se encuentran bajo sus alfombras solo por hallarse en terrenos todavía no ubicados en la literatura de prestigio, o por desentonar sus autores de la corrección ideológica, o sencillamente por ser difíciles de etiquetar para unos teóricos  especialistas que, sin etiquetas, no sabrían qué hacer? Se trata de El inocente, una formidable novela escrita por un hombre, Mario Lacruz (1929-2000), que dirá poco a la mayoría de lectores pero que, en el ámbito profesional, fue muy conocido por haber sido uno de los mejores editores del siglo XX, desde sellos como Plaza y Janés, Argos Vergara o Seix Barral. La absorbente dedicación a este empeño lo alejó de la creación personal, hasta el punto de que, en vida, solo publicó tres libros y algunos relatos. El primero de ellos fue El inocente, una novela que los expertos en la literatura policiaca de este país consideran que inaugura el género en España. Por supuesto, tampoco es verdad, pero para ello habría que dar el rango de «literatura» a la narrativa popular que tanto se leyó en nuestro país en aquellos tiempos en que, sin el entretenimiento de la televisión, leía cualquiera que supiera leer. En cualquier caso, El inocente escapa de los márgenes ortodoxos del género (por supuesto, no por renegar de él) para erigirse en una espléndida narración existencial en torno a un hombre que, contradiciendo el título que en teoría lo define, se siente embargado por una culpa metafísica que lo impulsa a huir hacia ninguna parte. Es un policiaco tan poco al uso que incluso fue publicado en la maravillosa colección «Tus Libros» de Anaya, en teoría concebida para eso que llaman (otra etiqueta) jóvenes lectores, colección de la que me temo que sería uno de sus títulos menos vendidos. Por cierto que hay adaptación cinematográfica, y de lo más estimable: le cambió el título por el de Muerte al amanecer (1959), y unas cuantas cosas más, puesto que la Censura vigilaba más el cine que la literatura, supongo que ya se contaría con que en España, ayer y hoy, siempre habrá más espectadores que lectores, pero aun así es admirable. En un próximo artículo, dedicado a las muchas joyas que atesora el cine policiaco español (¡del franquismo!) hablaré de ella, pero ya advierto que ni de lejos se acerca a la memorable entidad del libro.

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Un clásico llamado Peter Weir (II): triunfo en Hollywood

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Robin Williams en El club de los poetas muertosEra lógico que Peter Weir acabara siendo reclamado por la llamada Meca del Cine, el lugar donde (casi) todos los artistas ambiciosos sueñan con ir, con más motivo si son anglosajones. El resto de su carrera la desarrollaría en los Estados Unidos, y allí conseguiría grandes éxitos comerciales y críticos, amén de algún que otro batacazo de taquilla que, sin embargo, no comprometió su carrera (hasta su película final). Como es natural, la libertad de que había disfrutado en suelo australiano aquí tuvo que ceder al implacable engranaje industrial en que aceptaba sumirse. Ahora bien, precisamente, por sus cualidades narrativas y por su falta de énfasis autoral, Weir reunía las cualidades adecuadas para salir con bien de la empresa sin perder personalidad, sin tener que conceder más de lo lógico. Ciertamente, el nivel de calidad de sus películas americanas va a ser irregular (creo que nunca volvió a alcanzar los resultados de su obra australiana, salvo en una ocasión, la espléndida, y significativamente incomprendida Sin miedo a la vida), entre otras razones porque dependerá, en gran medida, de la consistencia del planteamiento puesto en sus manos. Aun así, insisto, incluso cuando trabajó con guiones ya cerrados al llegar a sus manos, su personalidad encuentra forma adecuada de expresión. Es el caso, por ejemplo, de la antedicha película, mejor que otras en cuya escritura sí participó Weir.

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El versátil talento de Fritz Leiber

Primero de los dos tomos de la saga de Lankhmar, en GigameshEl nombre de Fritz Leiber (1910-1992) es sobradamente respetado entre los aficionados a la literatura de fantasía del siglo XX, como da fe la longevidad de una prolífica carrera que comenzó en los años 30 y mantuvo un altísimo nivel durante más de cuatro décadas, hasta prácticamente el final de su vida, ratificado por la concesión, y en varias ocasiones, de los premios más importantes de la modalidad (por ejemplo, el Hugo, en hasta seis ocasiones). Leiber resume en su trayectoria el tránsito desde la literatura pulp, cuando buena parte de la ficción de fantasía estaba recluida en el ghetto de las revistas populares, al acceso al mainstream en formato libro (gracias sobre todo a la invención del formato de bolsillo) a partir de los años 50. Ahora bien, es verdad que su prestigio no ha llegado a trascender más allá de ese círculo de adeptos a la literatura de género, como sí lo han hecho los Lovecraft, Robert E. Howard y otros: tal vez le ha faltado la popularización general que dan las adaptaciones al cine o a otros medios, como le ha pasado a otros, siendo el caso más reciente el de George R. R. Martin con su Juego de tronos. Es posible, también, que dentro de un mundillo en el que sus incondicionales gustan (gustamos) de las etiquetas que definen con rapidez una obra o un autor, a Leiber lo haya perjudicado su versatilidad. Y es que se trata de un escritor que ha demostrado su maestría en tres campos diferentes de la fantasía: el terror, la ciencia-ficción y esa variante de la aventura que es conocida como Espada y Brujería, término que, para más inri, parece ser que fue inventado por él mismo. El presente artículo intenta ser una exposición de los méritos sobrados que el escritor tiene para merecer la atención.

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Un clásico llamado Peter Weir (I): los años australianos

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El policia y la amish, dos mundos opuestos tipicos de Peter WeirHace ya más de una década que el australiano Peter Weir desapareció de las pantallas del cine, aunque más bien puede decirse que son dos, puesto que la última película que de él se recuerda, Master and Commander, se estrenó en 2003. (Pocos fueron a ver la última, Camino a la libertad, cuyo enorme fracaso precipitó el final de su carrera.). Sin embargo, su trayectoria abarca cuatro décadas y trece películas (mas algunos trabajos para televisión y varios cortos en sus años iniciales), cuyo repaso revela que este director es el firmante de varios títulos de enorme repercusión en su día (Único testigo, El club de los poetas muertos, El show de Truman) y de otros cuantos que ostentan una merecida aureola de culto, sobre todo los que lo revelaron allí al otro lado del mundo (por cierto, el subtítulo de la mencionada Master and Commander). Es posible que nunca levantara grandes entusiasmos ni que haya ostentado la relevancia crítica o comercial de compañeros de generación en el mainstream mundial como Martin Scorsese, Ridley Scott o Steven Spielberg. Sin embargo, repasando sus películas se llega a la rápida conclusión de que estas, aun las peores, dejan un recuerdo mucho mejor del que teníamos, y que revelan el trabajo de un director en el antiguo significado del término: un narrador visual y no un orquestador de imágenes, como sucede hoy. Me resisto a aplicar a Peter Weir ese sobado término de «último clásico», sobre todo porque nadie llega a ser último de verdad, pero lo cierto es que él mismo acabó reivindicando más de una vez el oficio necesario bajo tantas capas de pompa autoral como se concede a cualquier figura que cae en gracia a la crítica o a los cinéfilos. Y lo dice alguien que, tan pronto uno lee libros o trabajos, tiene el mismo derecho, o más, a ser tratado de autor, puesto que su cine, incluso en los casos en que aceptó proyectos ya completamente organizados, posee unas determinadas recurrencias argumentales, estilísticas y dramáticas que así invitan a hacerlo.

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Pasión de Borges en tres cuentos

Borges, el dios ciego de la literaturaSeñala Fernando Savater en esa obra de referencia que para mí siempre ha sido La infancia recuperada que lo fundamental de Borges —sí, en este libro conviven sin problema Tolkien y Stevenson, Agatha Christie y Guillermo Brown, la novela del Far West y el genial escritor argentino— es «el carácter primordialmente literario de todos sus secretos», el hecho de ser un escritor «realmente poseído por la literatura, que obtiene de ella todos sus puntos de referencia y le debe todos sus contenidos», no en vano él llegó a hablar del curso de una vida consagrada más a leer que a escribir. De hecho, este escritor tan fascinado por las repeticiones se literaturizó a sí mismo, proyectándose como narrador en primera persona de varios de sus cuentos, y en alguno de ellos hasta se duplicó, al encontrarse con su yo del pasado o del futuro. Jorge Luis Borges, que según las enciclopedias nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986, cuya imagen más reconocible es la del escritor ciego que, además, fue director de la Biblioteca Nacional de su ciudad, es por tanto el mejor símbolo de la literatura como principio y como fin. Ahora bien, no por ello debe reducírselo bajo la etiqueta de «escritor intelectual» (aunque sea apropiada, claro), puesto que su concepto del hecho literario fue tan abierto y generoso como era de esperar en un ser tan absolutamente fascinado por la multiplicidad del mundo: el real y el de las ideas, el de la literatura y el de la vida cotidiana… aunque todos se mezclaran indisolublemente bajo su mirada.

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600 artículos y ocho escritores de cabecera

Transito en espiral, de Remedios Varo, la imagen de mi blog

El archivo del blog me ha dado una sorpresa: la presente entrada es la número 600 desde que comencé su publicación un lejano 12 de julio de 2012. El número parece desorbitado, pero en los primeros tiempos, con mucho material previo, la publicación fue abundante. Hace ya tiempo en que mi propósito es subir un artículo a la semana, salvo cuando coincide con periodos de intensidad laboral o viajes. En cualquier caso, La mano del extranjero me ha permitido tanto cumplir mi viejo sueño de ver mis escritos en letra «impresa» (aunque fuera digital) como suponer una puerta de entrada a colaboraciones en ámbitos de gran prestigio en la red (Café Montaigne u Homonosapiens), amén de que, sin él, no existiría el libro que recientemente publiqué en la editorial Algorfa, Edad Media soñada. El blog ha sido para mí, ante todo, una crónica de mis lecturas y visionados en el campo de la ficción (aunque me he permitido alguna escapada al arte e incluso la filosofía, ya que la audacia no conoce límites). El objetivo siempre ha sido doble. Por un lado, poder recordar después las impresiones que me han deparado, ya que la memoria acaba siendo más porosa de lo que nos gustaría y yo creo que hace tiempo que superé mi capacidad (Sherlock Holmes, como se sabe, descartaba introducir en la suya datos menos importantes que pudieran desalojar los para él más valiosos: entre los primeros, por ejemplo, el sistema heliocéntrico, que a un detective poco debe importarle). Por otro, estimular al conocimiento de esas obras que a mí me han entusiasmado, o compartir ideas en el caso de tenerlas ya en común con los lectores que se han ido asomando a este blog a lo largo de estos años. Creedme que, sin el estímulo de saber que existís (gracias, sobre todo, a vuestros comentarios), seguramente habría desistido del blog. A todos cuantos os asomáis a él, ya sea con frecuencia, con alguna regularidad o aun esporádicamente, muchas gracias.

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Un corazón en invierno o el hombre que no quería amar

Cartel espanol de Un corazon en inviernoHay veces que el descubrimiento de una obra, en determinada época de nuestra vida, puede agitarnos el alma. Precisamente por mi profundo amor hacia las ficciones, siempre he sabido guardar una completa distancia entre estas y la realidad. Sin embargo, no siempre puede evitarse que una película encuentre una grieta por donde colarse más allá de lo debido, sobre todo si no lo esperamos. A mí me sucedió hace ya muchos años, en eso que F. Scott Fitzgerald llamaba «en mi más tierna y vulnerable edad», cuando fui a ver una película de cuyos principales artífices no tenía la menor referencia, Un corazón en invierno (1993). Sobre el papel, se trataba de un ejemplar más de ese tipo de cine francés del que cada temporada tenemos unas cuantas películas, cuyos personajes centrales pertenecen a la clase media más o menos acomodada, de profesión liberal, adornados de profundas inquietudes culturales que exhiben en cada conversación (no suele faltar la reunión de amigos en torno a una mesa muy bien surtida en la casa de campo de rigor) y cuya trama gira en torno a sus vicisitudes sentimentales, siempre muy agitadas en un francés, o al menos eso nos ha enseñado el cine. En esta película, sin embargo, el título ya alertaba de una diferencia: la de ese protagonista cuyo corazón vive en un perpetuo invierno puesto que parece impermeable al amor, pese a que se le brinda una muchacha bellísima y de fuerte personalidad (reconozco haber caído enamorado, en el acto, de Emmanuelle Béart). La identificación no estribaba en esa teórica incapacidad para amar (eso bien lo sabía yo) sino en la sensación que el personaje expresa en determinado momento: la de haberse quedado, casi sin darse cuenta, al margen, estancado, sin capacidad para avanzar o retroceder, para mejorar o empeorar: para unirse a la corriente de la vida. Es una sensación muy propia de la juventud, claro, pero ¿qué escalofrío no me recorrió el cuerpo al descubrir que se puede permanecer en ella hasta la madurez? Seguir leyendo

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Todos éramos de la Patrulla-X

La saga de Fénix Oscura                       Los X-Men en el cine

La Patrulla-X, en su edicion espanola de ForumEn el año 1997 dejé de comprar, y por tanto, de seguir las novedades del Universo Marvel. Decía adiós así a casi dos décadas en que, con un pequeño y lógico parón al final de la adolescencia, había comprado con regularidad sus principales colecciones. A esas alturas, en realidad, mis compras se ceñían a las series relacionadas con el llamado entorno mutante, cuyo centro era el grupo conocido como La Patrulla-X, y que era el mayor éxito de ventas de la editorial, hasta el punto de que, a esas alturas, se ramificaba en al menos una decena de colecciones, por lo común unidas cada año en alguna multisaga cuya comprensión global, supuestamente, exigía leerlas (comprarlas) todas. Si abandoné esas series —cuidado, no el tebeo de superhéroes en general: lo que hice fue centrarme en momentos concretos y, claro, en las etapas clásicas— fue por desaliento, porque las riendas de las colecciones ya no las tenían los artistas sino los directivos, y a estos los guiaban las leyes del marketing. Fue una pérdida dolorosa, porque el entorno de los Hombres-X había sido cotidiano para mí durante mucho tiempo. ¿Extraña que tanta gente, en Estados Unidos y fuera de ellos, acudiera cada mes tras mes al kiosco para renovar la cita? El entorno mutante ofreció un punto de encuentro a lectores del más variado bagaje y de las más dispares edades (porque los había recién llegados y los había fieles desde la primera publicación de Marvel en España), cuya clave estaba en la extraordinaria capacidad que poseía para convertir a cada lector en un miembro más del grupo: en parte de una familia de héroes con la vitola de proscritos, cuyas relaciones rezumaban un convincente realismo. Cualquiera de nosotros deseaba ser un Hombre-X: tomarse una cerveza con Lobezno, reír con Rondador Nocturno, escuchar fascinado al profesor Charles Xavier, dejarse guiar en el combate por la sabia estrategia de Cíclope. Si existieran los superhéroes, serían así, pensábamos todos, y nos hubiera gustado ser uno de ellos. Al menos, así fue durante más de quince años, el tiempo que estuvo al frente de sus historias (con la colaboración de un puñado de magníficos dibujantes) un solo hombre, el guionista británico Chris Claremont.

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Tempestad sobre Washington: ¿la verdad y nada más que la verdad?

advise_consent-650088901-largeNo somos pocos los cinéfilos que, en este caldeado ambiente del relevo presidencial en los Estados Unidos, hemos sentido la necesidad de repasar la película que contiene la mejor enseñanza práctica sobre la clase política de ese país, la excepcional Tempestad sobre Washington. Mi amigo Juan Carlos Vizcaíno, por ejemplo, ha publicado no hace mucho, en su fenomenal blog Cinema de perra gorda, toda una declaración de amor por ella, que aconsejo leer con rapidez (enlace). Teniendo en cuenta que el mandato de Trump (y su lamentable final) se ha sostenido sobre una red de mentiras que ha sometido a constante tensión el concepto de Verdad, admira que Tempestad sobre Washington ya gire sobre el relativismo de este concepto en el medio político. Y si hablamos de cine y política, pocas películas traducen como esta esa sensación tan americana de que cuanto sucede allí, para sus habitantes, sucede en el centro del mundo. El sentido del poder, o de la americanidad, impregna todas sus imágenes, y casi puede decirse que la capital, y en concreto su famoso distrito central, se convierte en otro personaje: hasta cuando las escenas se sitúan en un interior, no falta alguna ventana desde la que se vislumbre un monumento emblemático, como el obelisco de Washington. El hombre que orquestó la película, Otto Preminger, fue uno de los mejores exponentes de esa capacidad que tuvo el mejor Hollywood de unir el espectáculo (entendido este no como show visual sino como una apuesta por un sentido narrativo que implica siempre progresión, ritmo y fluidez) y la trascendencia (o sea, la ambición por plantear una densa reflexión dramática). A ello hay que sumar uno de los más nutridos y extraordinarios repartos que el cine recuerda, tan bien elegido para sus respectivos papeles y tan conjuntado en el registro interpretativo, que bien puede decirse que los actores no actúan: que son.

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En Café Montaigne: La isla del tesoro

En Café Montaigne: La isla del tesoro

El mapa de la isla del tesoro, por StevensonEn tiempos inciertos, el mejor refugio siempre se encuentra en los viejos amigos. En mi caso, Robert Louis Stevenson me lleva acompañando toda la vida. Hay escritores cuya obra nos fascina y, sin embargo, sus personas nos producen prevención: uno llega a pensar que mejor conocerlos solo a distancia. Me pasa con autores tan imprescindibles como Dostoyevski, Elias Canetti o Schopenhauer. A otros los veo tan impenetrables que me cuesta trabajo imaginarme encontrando un tema de conversación: es el caso de Henry James. De unos cuantos más imagino que su contacto personal me divertiría tanto como me irritaría, y aquí pienso en un Dickens o un Andersen. Y luego están aquellos con los que uno tiene la práctica seguridad de encontrar en ellos una simpatía instintiva, un espíritu común, una amistad apacible. Por supuesto, es vanidad pensar en que ellos encontrarían algo de interés en nosotros, pero esa es su magia: imaginarlos, en su sencilla calidez, capaces de acogernos bajo su ala sin pensar siquiera que están haciendo una buena obra: sencillamente, es lo natural en ellos. Esa es mi relación con Stevenson, el escritor al que más admiro, tanto por su obra literaria como por cuanto he leído sobre su vida, sus intereses, su comportamiento. Alguien que, sabiéndose irremediablemente enfermo, cruza a duras penas medio mundo en busca de la mujer que ama, sin poder asegurar siquiera de cómo será recibido (estaba casada), ya merece, como mínimo, nuestra adhesión. Vuelvo una y otra vez a su novela más conocida, La isla del tesoro, con la que prácticamente inició su carrera y que nació (en su caso no podía ser de otro modo) del generoso propósito de entretener a un niño. La habré leído no sé cuántas veces ya y el mejor elogio que creo que se le puede hacer es que, sabiéndomela de memoria, sé que cada vez que vuelvo a abrir sus páginas, voy a reparar en algo nuevo, aun cuando sea el ademán de un pirata antes de morir o el efecto de la espuma del mar al cubrir el precario bote en que Jim intenta alcanzar la Hispaniola. Y es que, usando una frase tópica, no tengo la menor duda en que Stevenson, al crear a este inmortal personaje para conducir su relato, supo bien que lo identificaríamos a la perfección: que todos, de un modo u otro, somos Jim Hawkins.

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Nostalgia de Forum: la colección Extra Superhéroes

La bella y la bestia, Extra SuperheroesHace pocas semanas se ha constituido un grupo en Facebook que reúne a quienes nos reconocemos como la Generación Forum, es decir, el conjunto de lectores que, en los años 80 y 90 sobre todo, seguimos con fervor las publicaciones de los superhéroes Marvel a cargo de esta sección editorial del Grupo Planeta. El enorme éxito de la iniciativa, a la que se han apuntado, en tan escaso tiempo ¡casi 2000 miembros!, desvela la enorme nostalgia que despierta el mero nombre comercial de Ediciones Forum, los primeros en publicar con dignidad los tebeos de Marvel, después de las etapas de Vértice (entrañable pero más bien chapucera) y de Bruguera (marcada por una desidia increíble en la que en su momento era la principal editora de tebeos de España). Yo me inicié en el Universo Marvel en las postrimerías de Vértice, pero en rigor fueron los años de Forum los que terminaron de convertirme en un adicto para toda la vida, y mi agradecimiento, por ello, es total. Sus ediciones, como es natural, no estuvieron exentas de defectos y limitaciones, pero se caracterizó por un contagioso cariño hacia el género y un encomiable ánimo de comunicación con los lectores. De entre todas sus iniciativas, hoy quiero hablar de una que nos marcó especialmente, porque suponía, por formato y contenido, una completa novedad: la colección Extra Superhéroes, cuya encuadernación en tomos con portada de cartón le otorgaba cierto aire libresco que a los adolescentes de la época nos pareció el colmo de la sofisticación.

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Regreso al futuro o el DeLorean que viajaba en el tiempo

Cartel espanol de Regreso al futuroAunque, por edad, debiera contarme entre los que mitifican el cine de entretenimiento del Hollywood de los años 80, más bien considero que constituye una de las más mediocres etapas de su trayectoria, puesto que, de la mano de un equivocado concepto del juego que debe haber entre tensión y distensión, lo que hizo fue trivializar el concepto de emoción. Aunque no fue el único responsable (ahí está para demostrarlo La princesa prometida, film cuyo culto no comprendo), suele echársele la culpa de esto a Steven Spielberg, tanto por sus propias películas (con ese anti-héroe que es Indiana Jones, y utilizo el concepto en su sentido literal: lo contrario a un héroe) como por las que produjo, sobre todo con el sello Amblin, de Los Goonies a Gremlins. Ahora bien, toda sentencia tiene sus atenuantes y en mi caso es Regreso al futuro (1985), una película que, por mucho que participe de buena parte de los defectos de sus compañeras de generación, tiene la virtud de proponer un cuento fantástico de extraordinario ingenio, a partir además de uno de los elementos para mí más sugestivos del acervo de la ciencia-ficción: la máquina del tiempo. Cierto, el film que Spielberg produjo y dirigió Robert Zemeckis no intenta esconder en ningún momento su subordinación a ese público adolescente o juvenil (o eterno adolescente) que se suponía que entonces era el gran impulsor del mainstream. Pero lo hace con un virtuosismo y una convicción que permite superar sus defectos: revisión tres revisión, sigue provocándome la mayor de las diversiones.

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La reina de las nieves o el cristal que helaba el alma

El hombre que tantos cuentos sabe

La reina de las nieves, edicion de AlianzaLos escritores que se saben complejos son sin duda un regalo puesto que, en arte, la ambición, aun cuando en muchas ocasiones pueda conducir a la pretenciosidad, es el mecanismo interior que impulsa al artista a extraer con fervor ese magma interior que, en caso de no poder hacerlo, los ahogaría. Es el caso de los Bulgákov, Henry James, Dostoyevski o Canetti. Pero luego están esos otros que son complejos sin saber que lo son, cuyo mayor anhelo es que, al llegar al final de la página, no deseemos otra cosa que pasarla y saber qué sucede a continuación; ahora bien, por debajo del mero placer de narrar, sus obras dejan en la conciencia un poso misterioso que se empeña en hostigarnos y descubrirnos unas zonas oscuras que la primera vez no advertimos. Hablo ahora de los Stevenson, Dickens, Kipling o Lovecraft. Hans Christian Andersen perteneció a esta segunda estirpe. Escribió lo aparentemente más modesto y caduco que puede haber en literatura, pero al mismo tiempo lo que produce una felicidad más inmediata, por el agradecimiento rápido y desinteresado que despiertan en el público al que parece que van dirigidos: cuentos para niños. Andersen nos habló del abeto que sueña con ser, tan solo, un árbol de navidad; del humilde soldadito de plomo que compensa su reducción a una única pierna con el valor y la abnegación sin límites; del niño que es el único que advierte que el emperador que exhibe tan vanidosamente su nuevo traje, en realidad va desnudo; del soberano que demasiado tarde se da cuenta de que el ruiseñor era más auténtico que el autómata con que lo reemplazó. Si el adulto que gozó con ellos de niño se atreve a recuperarlos más allá de la edad de la inocencia, tal vez se sorprenda descubriendo que esos cuentos inofensivos contienen más sombras de las que recordaba, que están poblados por poderosas imágenes sobre la fugacidad del tiempo, la precariedad de la fortuna, el tormento de la soledad o la sensación de no haber conseguido pertenecer a nada ni a nadie en el mundo. El cuento del que hoy quiero hablar es, sin duda, una de sus grandes obras maestras.

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