En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (I)

Porco Rosso siempre sera mi pelicula favorita de Miyazaki

En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (I)

Acabo de empezar a colaborar en el periódico digital Irreverentes, estupenda aventura capitaneada por Estefanía Farias cuya oferta cultural es verdaderamente impresionante, ya que abarca todos los terrenos, de la ficción a la no ficción, desde la publicación literaria a la reseña y el análisis sobre cine, teatro, novela, pintura, poesía, incluso tebeo (¡bajo el entrañable nombre de «historieta»!). Mi aportación, en principio, va a versar sobre el cine, y mi primera colaboración me hace especial ilusión. Y es que he revisado de arriba abajo el primer artículo que publiqué en mi propio blog, hace ya más de seis años, bajo el título de Hayao Miyazaki, el último humanista. Se trataba de un pequeño recorrido por su carrera y su filmografía, que finalizaba en el que entonces era su último trabajo estrenado, la película Ponyo en el acantilado. Desde entonces, ha añadido una obra más, El viento se levanta, con la cual además anunció su retirada de la animación cinematográfica, si bien siempre hay noticias acerca de su regreso. He corregido los distintos errores que contenía, fruto de la relativamente escasa información de la que entonces disponía —en seis años, la bibliografía sobre Miyazaki y el anime ha crecido de una forma que entonces parecía impensable—, he reescrito alguna que otra redacción apresurada cuyo juicio no quedaba del todo claro, he suprimido reiteraciones (espero no haber añadido otras más, claro) e incluso matizado alguna apreciación, pues en estos seis años no he dejado de volver a ver más de una película. El artículo se publicará en dos entregas: en este primera alcanza hasta la que para mí, pase el tiempo que pase, sigue siendo mi película favorita, además de la primera que pude ver de él: la inolvidable Porco Rosso.

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En Recuerda que has leído: El hombre que cayó en la Tierra

El hombre que cayó en la Tierra

Acabo de publicar en Recuerda que has leído una reseña sobre una de las novelas que más me ha sorprendido de los últimos tiempos, en buena medida porque no me esperaba su gran calidad. Se trata de El hombre que cayó en la Tierra, una historia que yo conocía de una película de los años 70, con David Bowie como protagonista, que recordaba como una obra muy curiosa, la historia de un extraterrestre que llega a nuestro mundo desde su propio y moribundo planeta, con el objeto de convertirse en cabeza de puente para la futura venida de su ya muy diezmado pueblo. Ahora bien, la primera sorpresa que recibe el lector es que ni va a encontrarse ante la crónica de ortodoxa invasión de la Tierra al estilo de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, ni tampoco frente a una especulación sobre el futuro de la humanidad al recibir la visita de una civilización muy superior, como El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke. Bien al contrario, estamos ante una novela «intimista», que se inscribe en esa noble tradición de la mejor ciencia-ficción que habla del ser humano coetáneo bajo el formato de una fantasía futurista. Por cierto, que el autor del libro, Walter Tevis, tiene otra novela conocida (aunque, una vez más, antes por el cine que por la literatura), y es nada menos que El buscavidas (1958). Por sus tramas, diríase que nada tienen que ver, pero ambos libros comparten esa misma mirada desencantada sobre los Estados Unidos del momento, versan sobre individuos que no terminan de encontrar su lugar en el universo (en el caso de la segunda novela, de modo litaral) y basan parte de su atmósfera en el profundo desencanto existencial que envuelve a sus protagonistas

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El mito del Fantasma de la Ópera (II)

I           II

Cartel estadounidense de El fantasma de la Opera, version de 1943Resulta de lo más curioso que la Universal, durante su dominio del cine de terror gótico durante los años 30, no se decidiera a realizar un remake de su gran éxito de 1925, y cuando por fin lo hiciera, en 1943, pareciera empeñada en borrar cualquier parecido con ese precedente. De hecho, la película supone un incómodo híbrido entre los inevitables componentes siniestros que derivan de la trama original y el propósito de dar pie a una especie de comedia musical (solo que en vez de canciones ligeras, como hubiera hecho la Metro, son piezas operísticas) con juguetones toques de comedia romántica. El resultado es el punto más bajo en la filmografía del fantasma de la ópera, pero con todo es importante porque el guion —no he encontrado ninguna información que indique que sea una ocurrencia previa, por ejemplo de alguna versión teatral— cambia de modo fundamental el origen del personaje, otorgándole uno nuevo que acabaría suplantando al original en el imaginario del género, siendo utilizado por buena parte de las versiones rodadas desde entonces, desde luego las más populares. Es decir, el enigmático habitante de la oscuridad ideado por Leroux, automarginado de la humanidad por la horripilante fealdad con la que nació, pasa a ser un genial compositor a quien roban su música y al que, cuando intenta recuperar sus partituras robadas, arrojan ácido a la cara. El fantasma de la Ópera se convierte así en un vengador cuyo odio y obsesiones tienen unos motivos muy concretos.

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El mito del Fantasma de la Ópera (I)

I                 II

El escalofriante maquillaje de Lon Chaney para El fantasma de la operaUn rumor inunda los pasillos de la Ópera de París; los tramoyistas lo difunden, las bailarinas se estremecen, los nuevos directores no dan crédito a lo que confirman sus predecesores. Hay una presencia incógnita y siniestra entre bambalinas, un espectro amenazador que vive en las sombras y cuyo rostro, según los pocos que lo han entrevisto, apenas tiene carne sobre los huesos, como una calavera andante. Un fantasma. Un monstruo. Un amante de la música que pone sus ojos en una joven del coro, Christine Daaé, en cuya voz prodigiosa cree antes que nadie, y de la que se enamora del modo absoluto como solo puede hacerlo alguien que vive al margen de todos sus semejantes. Y ese amor, trágico y obsesivo, que funde a la vez el odio a la humanidad y el anhelo íntimo de ser tan humano como todos, es el elemento central de uno de los mitos más conocidos del género de terror, el del Fantasma de la Ópera. Difundido por el cine, su origen se encuentra sin embargo en una excelente novela de un autor cuyo nombre, como en tantas ocasiones similares, ha sido eclipsado en beneficio de su creación, el francés Gaston Leroux. Y es que las imágenes visuales que convoca ese personaje son demasiado deslumbrantes: un enorme candelabro que se precipita sobre el público y los actores, un hombre que toca el órgano de espaldas a un lago subterráneo, una voz que retumba entre las paredes, una máscara que descubre bruscamente un rostro horripilante… Si la literatura fue su primer alojamiento, el cine, como he dicho, ha sido la casa que más veces ha frecuentado, alterando y reformulando la historia original en muy distintas direcciones, hasta convertirlo —también ha pasado con Frankenstein o con Drácula— en un mito proteico y poliforme. En el siguiente artículo voy a tratar de desbrozar la relación del original con sus principales versiones.

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El milagro de Ana Sullivan: la llave del mundo está en las palabras

Helen Keller representing State of Alabama by Edward Hlavka 2009 in the US Capitol Vistor CenterHe suspendido durante varias semanas la publicación de artículos debido al largamente esperado viaje que he hecho a Estados Unidos, donde estaba seguro de encontrarme con múltiples referencias visuales, culturales e históricas que conocía de libros y películas. Una de las más emotivas la he hallado en el imponente Capitolio de Washington. En su vasto interior se acumulan las estatuas: cada estado tiene derecho a dos esculturas que representen a personalidades nacidas en él. Pues bien, en el gran vestíbulo central, junto a la escalera de entrada, llama la atención la estatua en bronce (enviada por el estado de Alabama) de una niña que parece refrescarse la mano con el agua de una fuente. Sin embargo, su mera contemplación me produjo un chispazo de emoción: pues se trata de la representación de Helen Keller, la joven ciega, sorda y muda que gracias a los abnegados esfuerzos de su maestra, Anne Sullivan, consiguió abrirse a la comunicación (y por tanto al mundo que le vedaba su carencia de sentidos «normales») al descubrirle esta la relación entre las palabras y las cosas, entre el significante y el significado. Es una historia sobradamente conocida gracias a la película El milagro de Ana Sullivan, y la escultura muestra el momento culminante de la historia en que la niña descubre su primera palabra. Desde que asistí a él por primera vez —y no a través de la película, sino de un irrepetible Estudio 1 de TVE, con Tina Sáinz encarnando a la maestra—, no ha dejado de emocionarme, y a ratos quiero creer (tal vez sí sea un mitómano, después de todo) que en buena medida me inspiró mi propio camino como enseñante.

Mientras cojo aliento para reanudar la confección de nuevos artículos, rescato el que, en los primeros tiempos del blog, dediqué a la inolvidable película de Arthur Penn, del que, fuera de alguna necesaria corrección, no he cambiado un solo concepto. Seguir leyendo

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Makoto Shinkai: el anime de la pérdida

Your Name, el gran exito de Makoto Shinkai

En 2016, una película conocida fuera de Japón por el nombre en inglés de su distribución internacional, Your Name, consiguió la proeza de descabalgar, después de quince años, al título que ostentaba la condición de film más taquillero en la historia del cine patrio, nada menos que el maravilloso El viaje de Chihiro (2001). Más asombroso todavía, el nuevo líder del box office nacional era otro film de animación, remarcando la importancia del anime en el seno de la cinematografía nipona: es más, dentro del boom actual de este género, considero (y no soy el único, claro) que el país donde se hacen sus mejores películas es en Japón, tanto más meritorio teniendo en cuenta que mantiene con valentía una apuesta por el dibujo «clásico», frente a la tridimensionalidad digital que encabeza Pixar. El director de Your Name se llama Makoto Shinkai. Inevitablemente, ha sido comparado en alguna ocasión con el venerable Hayao Miyazaki. Es cierto que Shinkai se sitúa a la estela del maestro en sus características visuales básicas (la predilección por el dibujo nítido, el colorismo bello y suave), que él personaliza mediante un hincapié incluso obsesivo en el hiperrealismo de los escenarios, las texturas y los objetos, sobre todo los tecnológicos. Ahora bien, su campo temático no es la aventura iniciática sino las historias de aliento romántico, unas veces con cobertura fantástica y otras realista, por lo común protagonizadas por adolescentes, sintetizando de modo muy atractivo esos dos géneros que los japoneses llaman shojo (en teoría orientados hacia las chicas por su contenido sentimental, cuyo escenario principal suele ser el instituto) y shonen (más activo, puesto que se dirige, una vez más de modo teórico, a los muchachos, admitiendo todo tipo de tramas).

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Díptico de la América rural (II): El camino/La ruta del tabaco

Las uvas de la ira

El camino del tabaco, edicion en NavonaEn la historia del cine encuentro pocos casos de correspondencia más conflictiva entre cine y literatura que el que plantea la adaptación que la 20th Century-Fox emprendió de la novela de Erskine Caldwell Tobacco Road y que entregó al director John Ford. Esta película, penúltima que dirigió este antes de partir a la segunda guerra mundial, siempre ha ocupado un estatus secundario en la valoración de su filmografía —no obtuvo especial repercusión en su día ni posee el atractivo estelar de alguno de los grandes actores a él asociados—, aunque creo que, al menos en nuestro país, es más conocida que la novela original, no en vano ninguna de las reseñas que he podido leer (escritas por críticos españoles) hace la menor alusión, incluso más bien hablan de «respeto», a las profundas divergencias que hay entre ambas. Y es que descubrir el libro cuando, como ha sido mi caso, se ha visto la película (incluso más de una vez) proporciona una completa sorpresa, puesto que, aun respetando los perfiles básicos de los personajes y el curso de sus peripecias, la diferencia es tan radical que incluso puede hablarse perfectamente de traición. La historia aborda las vidas de una familia de granjeros de Georgia, caracterizada por la miseria y la molicie. Ahora bien, si la película los aborda desde un punto de vista entrañable, amparándolos bajo la clásica atmósfera de distendida nostalgia de Ford, con margen sobrado para la esperanza, la novela reproduce a los mismos personajes bajo una mirada misérrima en todos los sentidos, del material al moral, sin posibilidad de redención alguna. Libro y película, por tanto, y pese a los indiscutibles vínculos que comparten, giran hacia direcciones opuestas… y sin embargo, cada una hace honor de modo tan excelente a su propia propuesta que surgen dos obras igualmente válidas. Queda, pues, a juicio de cada lector-espectador su valoración, artística y ética, de la particular alteración del original.

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Díptico de la América rural (I): Las uvas de la ira

La ruta del tabaco

Cartel original de Las uvas de la ira, de John FordComo he contado alguna vez, cuando a Orson Welles le preguntaron por sus tres directores de cine favoritos señaló: «John Ford, John Ford y John Ford». En mi memoria sentimental (esa ante la cual las razones lógicas de nada valen), John Ford también ocupa un puesto especial. Hay directores y cines y estilos que vienen y van y absorben toda mi atención durante un tiempo y después pasan… y vuelvo a Ford. Cada vez que sucede, encuentro una razón distinta: la limpieza psicológica con que describe a las gentes sencillas, pero también la inesperada turbiedad que, de improviso, manifiesta un personaje; la capacidad para unir la tensión con la distensión; la mágica unión de los valores éticos y los estéticos; la importancia que sabía que encerraban las miradas… Ford ha sido, incluso, mi puerta de entrada a la historia estadounidense contemporánea. En concreto, y es de lo que quiero hablar en esta entrada, me asomé por primera vez a los problemas de la gente humilde del campo durante los años más duros de la economía del siglo XX a través de su estupendo díptico formado por Las uvas de la ira (1940) y La ruta del tabaco (1941). Ahora bien, ambas películas parten de dos novelas de por sí excelentes (en nuestros días, la segunda está bastante olvidada, eso sí) cuya lectura resulta estremecedora por cuanto sus autores conocieron de primera mano el problema de que hablaban, sin el edulcoramiento inevitable en las producciones de las majors de Hollywood. Los dos artículos que siguen van a intentar establecer las correspondencias entre cada original literario y su adaptación cinematográfica, que encierran más de una sorpresa, sobre todo en el segundo caso.

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El río: la vida fluye… nos guste o no

Bonita portada de El rio, de Rumer Godden, en AcantiladoNo es la primera vez que una magnífica historia se conoce por una película cuyo renombre mítico, y el de su director, oculta el punto de partida literario, y no por culpa del realizador, que se encarga sobradamente de alabar su calidad a quienes quieren escucharlos: otra cosa es que estos no se preocupen en averiguar si al menos una parte de la extraordinaria calidad de la historia que tanto estiman se debe a la persona que la creó en primer lugar. Un caso emblemático es el de El cuarto mandamiento (1942), de Orson Welles, película que muchos incluso consideran la mejor de su director, y que adapta una olvidada y excelente novela de Booth Tarkington, The Magnificent Ambersons (1918), que el director de Ciudadano Kane nunca se cansó de elogiar. Hay otros casos del mismo tenor, pero pocos me parecen tan significativos como el de El río (1951), película que muchos consideran una de las cimas del cine, con respecto a la novelita que adapta, publicada en 1946 por la escritora inglesa Rumer Godden, que enseguida fascinó a un director, el francés Jean Renoir, que por entonces vivía los últimos coletazos de un exilio en Hollywood cuyo resultado artístico no le estaba dejando satisfecho. En la novela de Godden encontró una obra fascinante, a la que dedicó una minuciosa preparación (entre su anterior película, última en Hollywood, Una mujer en la playa, y El río pasan cuatro años), incluyendo una larga estancia en la India para impregnarse de su aroma, que sería fundamental en el resultado final de la adaptación. Pues bien, al contrario de lo que sucede en la relación Welles-Tarkington, El río traduce de modo insatisfactorio la memorable combinación de mágica densidad y extraña ligereza que impregna la novela, por mucho que su traducción visual (sin lugar a dudas, hablamos de una película repleta de bellas imágenes) parezca la adecuada.

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Conan el bárbaro: los relatos (III)

Los relatos I     II                                           El personaje literario

La hora del dragón [The Hour of the Dragon, WT, en.-abr. 1936]

Portada de Weird Tales con La hora del dragon, y un Conan de M. Brundage que poco se parece a ConanSe trata de la única novela que REH dedicó a su personaje (en el futuro, los continuadores de la saga dedicarían más de una al cimerio) y su origen es curioso, teniendo en cuenta que el escritor texano solo practicó el formato en dos ocasiones, la que nos ocupa y uno de sus primeros textos, de corte biográfico y sin nada que ver con la fantasía, Post Oaks and Sand Roughs. En un primer momento, Howard había recibido una oferta editorial desde Gran Bretaña para la publicación de una antología de relatos suyos que seleccionó y envió al otro lado del charco. Sin embargo, poco después el editor, argumentando la poca salida en el mercado británico para las colecciones de cuentos, le ofrecía publicar a cambio una novela. Howard se puso manos a la obra y, teniendo en cuenta que a esas alturas (primavera de 1934) ya parecía que Conan era su personaje de mejor acogida popular, decidió concederle el protagonismo. Sin embargo, la novela no iba a ver la luz en su marco previsto porque la editorial quebró mientras tanto, de tal modo que acabaría siendo publicada un par de años después y por entregas (cuatro, debido a su longitud) en Weird Tales, siendo la penúltima historia del cimerio en ser publicada en esta revista, pese a haber sido concebida mucho antes.

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En Café Montaigne: La mirada crítica

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Hace justo dos semanas (el 20 de junio de 2018, para quien lo lea en el futuro) tuve el placer de intervenir en un acto celebrado en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés, en Málaga, que combinaba dos fines: la presentación en la ciudad de nuestra revista Café Montaigne y un homenaje a Lorca, aprovechando el que se le había realizado en las “páginas” de aquella. Presentó el catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la universidad de Málaga, Enrique Baena Peña, e intervinimos tres integrantes del Café: Rafael Guardiola, Sebastián Gámez Millán y yo mismo, José Miguel García de Fórmica-Corsi (en la fotografía, por el mismo orden en que nos he ido citando). Mi intervención, titulada La mirada crítica, intentó transmitir el espíritu que anima a los miembros de la revista en una faceta concreta, que es el comentario o análisis (crítica, si nos ponemos trascendentes) de la realidad cultural, en sus múltiples dimensiones. El texto que escribí me sirvió para poner orden en las ideas que animan no solo mis publicaciones en Café Montaigne sino en todos los escritos que he ido publicando en mi propio blog, de tal modo que lo publico aquí de modo íntegro. Seguir leyendo

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Días americanos de Jean Renoir

Jean Renoir dirige a Dana Andrews y Anne Baxter en su debut en HollywoodNunca he compartido el entusiasmo generalizado de que ha gozado el francés Jean Renoir entre crítica y cinéfilos —no sé si tendrá que ver pero, siendo un entusiasta del impresionismo, me pasa igual con el célebre padre del cineasta, el pintor Auguste Renoir. Es posible que esa apreciación sea injusta puesto que reconozco tener grandes lagunas en mi conocimiento del realizador: pero si este hombre no ha provocado en mí esa fiebre propia de la cinefilia que es la necesidad del «completismo» es porque las que pasan por ser sus obras fundamentales no han despertado mi estímulo. Me refiero a las tres películas que siguen siendo las más prestigiosas de su carrera —La gran ilusión (1937), La regla del juego (1939) y El río (1951)—, las cuales, por distintas razones y en diferente grados, no me convencen. Pues bien, como tantos cineastas europeos que tuvieron que huir del nazismo, Renoir también vivió su etapa en Hollywood, que se saldó con cinco películas que al mismo director le resultaron profundamente insatisfactorias, en unos casos por toparse con la falta de libertad propia de la llamada Meca del Cine y en casi todos por la mala acogida que, en general, tuvieron. Y es verdad que son obras muy irregulares, arrítmicas, capaces de unir sin solución de continuidad lo sublime con lo mediocre. Sin embargo, me parecen más atractivas que las obras europeas que conozco de él, puesto que me despiertan sensaciones que no encuentro en estas: emoción, sugestión y una profunda valoración dramática de su elaboración visual. Por el momento, los días americanos de Renoir me parecen más interesantes que sus años europeos.

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Conan el bárbaro: los relatos (II)

Los relatos I     III                                           El personaje literario

El coloso negro / Natohk el velado [Black Colossus, WT, jun. 1933]

Margaret Brundage ilustra El coloso negroEste cuento gozó del privilegio de recibir la primera de las varias portadas que Weird Tales dedicó al personaje (si en la entrada anterior ya figura alguna, es por tratarse de un relato, La reina de la costa negra, escrito antes pero publicado después). Como esta, todas fueron realizadas por Margaret Brundage, ilustradora especializada (irónicamente) en dibujos que explotaban descaradamente la sexualidad femenina para atraer a compradores masculinos. El uso del pastel otorgaba a sus dibujos una particular textura irreal, almibarando el delicado trazo de los cuerpos y envolviéndolos en un onirismo arrebatador. Por cierto, y como puede comprobarse en esta portada, la artista concentraba sus esfuerzos, con independencia del protagonismo masculino o del tema del relato, en el dibujo de una o varias bellezas semidesnudas (o totalmente desprovistas de ropa), seguramente tras comprobar que en ellos basaba su éxito y, por tanto, los encargos. Así, algunos artistas de la casa acabaron incluyendo en sus cuentos algún episodio que justificase la exhibición de carne femenina. Tal vez el mismo Howard se sintiera inclinado a hacerlo, porque a partir de El coloso negro encadenará un conjunto de historias en los que el cimerio debe proteger a alguna beldad en peligro, que si inicialmente siente rechazo hacia ese gigante cubierto de cicatrices, terminará por caer rendida en sus brazos.

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En Recuerda que has leído: El retrato de una dama

 

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Acabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído una reseña de El retrato de una dama (1881), una de las novelas más conocidas del gran Henry James, que en su momento constituyera uno de los mayores éxitos del autor y encarrilara su carrera literaria. Su tema —los críticos lo llaman el «tema internacional»— lo abordó muchas veces: el choque de costumbres y mentalidades con la vieja Europa por parte de un visitante estadounidense, el segundo símbolo de la inocencia, la primera de la corrupción moral. En este caso, una joven, Isabel Archer, llevada a Europa por una adusta tía cuya residencia está en Italia, se convierte en beneficiaria de una considerable herencia que la convierte en objeto de las atenciones de un sofisticado cazador de dotes. La trama, sin embargo, como sucede habitualmente con James, es lo de menos en beneficio del estupendo retrato de personajes y ambientes, y sobre todo de esa atmósfera de misteriosa ambigüedad en todos los órdenes (moral, sensual, psicológico) en la que uno se acaba literalmente perdiendo. Fue uno de los primeros títulos del autor que me leí, hace más de veinte años, y desde luego su primera novela larga, y me ha entusiasmado lo mismo, o más, que entonces, cuando asistía deslumbrado al descubrimiento de un escritor de insospechadamente infinitas maravillas. Además, está ahora de actualidad por la publicación, por parte del prestigioso escritor irlandés John Banville, de una continuación, La señora Osmond. En el mismo blog, y a cargo de otro de sus colaboradores, pronto aparecerá también una reseña de este título que complementará la que yo publico.

En Recuerda que has leído: El retrato de una dama

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Conan el bárbaro: los relatos (I)

Los relatos II     III                   El personaje literario

Bonita imagen de Conan por Barry Windsor SmithLa carrera profesional de Robert E. Howard (1906-1936) se inició en 1924, con tan solo 18 años, cuando la más conocida de las revistas pulp de la época, Weird Tales, le compró su primer relato, Spear and Fang, aunque no se publicaría hasta agosto de 1925. Dentro de este tipo de medios, dedicados a la narrativa popular, Howard conseguiría hacerse con un puesto relevante: en sus escasos diez años de dedicación literaria escribiría cerca de 200 relatos, de los cuales vería publicados en vida unos dos tercios. Aun cuando su nombre se relaciona, ante todo, con el de Conan el bárbaro y, por lo tanto, con el género de la fantasía heroica o espada y brujería (como ya señalé en el artículo anterior, hay defensores de uno y de otro, que ciertamente no son incompatibles), su producción abarcó todas las esferas de la narración de género. Practicó el terror, la ciencia-ficción, el thriller sobrenatural, el relato histórico, la aventura, el cuento de boxeo, y en sus últimos tiempos manifestó una especial predilección por la ambientación en el propio escenario donde vivía, esa Texas que todavía recordaba a los westerns: cuando murió, sus intereses estaban girando en torno a esta esfera.

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