Panegírico tardío de la tardía Isak Dinesen

La baronesa Karen Blixen en AfricaComo se sabe, la baronesa Karen Blixen tenía una granja en África. Los amantes de la literatura, seguramente, pocas veces hemos sentido menos el fracaso de un empeño personal, por mucho dolor que sabemos que provocara a quien lo padeció en sus carnes, como el de ese establecimiento que la indómita danesa fundó en territorio de la actual Kenia. En primer lugar, porque los sinsabores diarios estimularon a la joven emprendedora a intentar compensarlo refugiándose en un mundo de historias que gustaba contarse a sí misma, de día mientras la lluvia tropical arreciaba sobre la plantación, o a los demás, por las noches, cuando los amigos venían a visitarla o los indígenas que componían su círculo cotidiano se arracimaban en torno a ella para oírla contar un cuento. En segundo lugar, porque el obligado regreso a la civilización y a la búsqueda de una nueva manera de ganarse la vida la decidió a revisar esas historias y a enviarlas a alguna editorial que las publicarse. Aunque al principio recibió muchas negativas, finalmente encontró su lugar bajo el sol, con otro nombre, el de Isak Dinesen, el seudónimo que escogió para su alter ego literario. Fue una escritora tardía, desde luego, pues estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta cuando por fin inició su carrera profesional, una carrera formada por no demasiadas obras y centrada especialmente en el formato del relato, unas veces más extenso y otras más breve, siempre con el número de páginas adecuado para leerlos de un tirón, que es lo que debe hacerse con los cuentos. Mi descubrimiento ha sido igualmente tardío pero tal vez por ello el deslumbramiento ha sido mucho mayor. Y aunque ahora me pregunto por qué he tardado tanto en decidirme a leerla con profundidad, cuando las pequeñas catas previas de su obra ya me habían seducido considerablemente, tengo que creer que he llegado hasta la baronesa Blixen en el momento oportuno: en el curso de un verano muy diferente a los que estaba habituado, su lectura ha sido un bálsamo, un rincón fascinante en el que refugiarme de los inconvenientes del día a día (no se vaya a pensar que sublimemente dolorosos: los contratiempos de una obra en casa que me ha mantenido alejado de mi biblioteca). En fin, sea como sea, bienvenido me doy al mundo de Isak Dinesen.

Karen Christentze Dinesen había nacido en 1885 en la población de Rungstedlund (Dinamarca). A lo largo de su vida sería conocida por muchos nombres, en el siglo y en la literatura. En cuanto a esto último, aparte del de Isak Dinesen (como sucede con otras escritoras, el seudónimo busca la protección del nombre masculino), utilizó unas cuantos más: Osceola para su primer tanteo literario, en 1907; Pierre Andrézel para publicar el libro Vengadoras angélicas, reflexión sobre el mal que vio la luz durante la ocupación de su país por los alemanes; Tania Blixen precisamente para sus obras publicadas en tierra germana…

Memorias de ÁfricaEsta abundante onomástica es buen símbolo de la condición polimórfica de su vida y su obra. El apellido Blixen lo adoptó al casarse con el barón Bror von Blixen-Finecke, que era su primo segundo (en realidad ella se había enamorado del hermano de este, pero no fue correspondida). Con él marchó a África, en 1913, para fundar una plantación de café. Esta historia la recogería luego en su encantador libro Memorias de África, aunque debo advertir que quien crea que lo conoce gracias a la película debe ir rápidamente a la fuente literaria: aunque el film no engaña a nadie (los créditos indican que se basa tanto en el libro de Dinesen como en varias obras biográficas sobre esta), invierte el sentido del original, al convertir la bella y divertida crónica de su vida africana en una pretendida apoteosis del romanticismo cinematográfico, dentro de la cual es difícil reconocer a la Blixen real. A todo esto, la relación con el marido finalizó seis años después de su llegada al continente negro, mas ella continuó al frente de su plantación hasta que en 1931 se vio obligada a venderla. Volvió a Dinamarca y allí vivió el resto de su vida. Murió en 1962.

Tenía cuarenta y seis años cuando retornó a Europa, una edad a la que normalmente la carrera de un escritor lleva mucho tiempo consolidada o se ha convertido en una ilusión rota. Su libro Siete cuentos góticos la convirtió en 1934 en la nueva sensación literaria. Los escribió y publicó en inglés por puras razones prácticas: en su Dinamarca natal esto no se tomó muy bien, lo que hizo que desde entonces ella cuidara tanto la edición, digamos, internacional, y la nacional, un poco como nuestro Álvaro Cunqueiro, otro notable fabulador, por cierto.

Rungstedlund, el hogar danes de Karen Blixen

Tres años después apareció su evocación africana, que alcanzó aún mayor repercusión. Sus otras recopilaciones de cuentos, tan admirables como la primera, fueron Cuentos de invierno (1942) y Anécdotas del destino (1958). Póstumamente vieron la luz otros relatos inéditos que al parecer Dinesen no consideró a la altura de los anteriores, si bien entre ellos se encuentra una de sus obras hoy más reconocidas, Ehrengard (1963), una desarmante combinación de los motivos de un cuento ruritano (al estilo de El prisionero de Zenda, para aclararnos) con la elegante malicia de la literatura libertina del siglo XVIII.

La lectura de los cuentos góticos —una obra absolutamente irrepetible: los siete cuentos son o bien extraordinariamente memorables o bien memorablemente extraordinarios—, desde luego, no revela ninguna bisoñez en la escritora: parecen propios de alguien con mucha experiencia literaria. Se ha escrito que los redactó a lo largo de dos años en la propiedad familiar donde vivía desde su retorno a Europa. Es fácil pensar que el espíritu de alguno de ellos se le apareciera entre las sombras de la noche africana, esa noche que cuentan quienes han escrito sobre ella que en las latitudes tropicales llega súbitamente, sin esa lenta aclimatación que es el crepúsculo de los países templados. Lo digo porque denotan una mano maestra que diríase que hace muchos años que empezó su decurso en la profesión: una seguridad en el trazado de personajes y situaciones, en la disposición de ambientes y en la sugestión narrativa que son propios de una maestra. ¿No dijo Oscar Wilde que el verdadero genio inicia su carrera con una muestra deslumbrante de su talento y el resto es una sucesión de obras tan magistrales como la primera?

Una edicion antigua espanola de los Siete Cuentos GoticosAntes de nada debe aclararse: el adjetivo «gótico» no debe hacernos creer que estemos ante una practicante del género del terror. (El nombre de Dinesen no figura nunca al lado de Mary Shelley o H. P. Lovecraft, pero lo señalo rápidamente para los despistados). Cabría de calificarlos más de fábulas que de cuentos góticos, si las etiquetas pudieran describirnos de algún modo el mundo de esta autora cuya increíble libertad argumental, cuya absoluta heterodoxia en el desarrollo de unas historias que, eso sí, no escapan de las formas de la ficción ortodoxa, la hacen absolutamente inclasificable. Es cierto que en esos relatos hay ambientes y situaciones que en otros cuentos servirían para ser publicadas en cualquier colección del género: hay abadías y castillos, hay aparentes maldiciones familiares, hay una ambigua correspondencia entre un ser humano y un avatar animal, hay asesinatos en principio inexplicables, incluso hay un fantasma que es personaje fundamental de uno de los cuentos. Pero el lector admite estos elementos no como la concesión de la autora a determinadas convenciones para volver más acogedora o accesible su ficción sino como un componente necesario, inevitable, como un escenario o un elemento narrativo que tal vez podrían haber sido concebidos de otra manera pero que resultan perfectamente naturales. En realidad, la referencia principal de Dinesen, coincido con todos sus admiradores y estudiosos, fue siempre Las mil y una noches, cuyo tono y estilo se infiltra en más de un relato.

La ambientación de estos cuentos y de todos los posteriores se sitúa en un siglo diecinueve que todos reconocemos de múltiples lecturas, seguramente las mismas de la escritora. Del mismo modo, el escenario puede situarse en cualquier rincón: en los países nórdicos, sobre todo su Dinamarca natal, por supuesto (es el caso, sobre todo, del segundo libro), pero también en el lejano Oriente, en Italia, en Alemania o en la misma África. Por diferenciar los tres libros, el gozo cosmopolita del primero cede un tanto el paso en el segundo a un aire de fábula moral cuyo sentido, eso sí, debe discernir el lector pues la Dinesen rehúye el aleccionamiento moralista como si fuera la peste. Finalmente, en Anécdotas del destino, la escritora, ya en la ancianidad, abandona incluso en mayor grado que en sus anteriores obras todo propósito de ortodoxia: en él se encuentran dos de sus cuentos más conocidos, El festín de Babette y La historia inmortal.

Cuentos de invierno, de Isak DinesenSean los primeros o los últimos cuentos, todos ellos están recorridos por el mismo espíritu, por la misma cadencia, por el mismo propósito. Antes que otra cosa, Isak Dinesen fue una escritora convencida de que el objetivo fundamental de toda historia es impedir que el lector pase la página con resignación. Por el contrario, cada una de ellas supone una aventura cuyo primer ingrediente es la absoluta imprevisibilidad que poseen sus argumentos. Por lo común, las primeras páginas de cualquier cuento dictan el tono y nos introducen en una historia que luego ha de ser desarrollada en función de los patrones señalados en su inicio. Pero eso no sucede con Dinesen. La influencia de los años africanos fue fundamental para establecer este signo. En Memorias de África, la baronesa Blixen recuerda con devoción lo agradecidos que son los oyentes indígenas para un buen narrador, pues admiten cualquier afirmación (por ejemplo, que exista un elefante con dos cabezas) e incluso quieren saber cualquier detalle que complete su cabal conocimiento de lo contado (por ejemplo, la curiosidad de saber cómo alimenta su dueño a semejante prodigio). Es por ello que en sus relatos abundan los cambios de rumbo. Planteada una situación, de pronto su autora se decide a contarnos la historia o el contexto de uno de los personajes, o bien alguno de ellos cuenta a su vez un relato que piensa que viene al caso, etcétera. Un cuento de Dinesen puede ser como una de esas cajas rusas que contienen una nueva dentro de la anterior. Cuidado, nunca son digresiones: son cambios de eje necesarios.

Uno de los relatos de su último libro, Tempestades, es un ejemplo inmejorable. Inicialmente parece proponer una mirada sobre los cómicos ambulantes (los «cómicos de la legua», en la entrañable expresión hispánica) a partir de una compañía que vaga por los pueblos de Noruega y que está preparando una representación de La tempestad de Shakespeare. Enseguida pasa a referir las circunstancias de la vida de Malli, la joven que va a encarnar el papel de Ariel y que acaba de unirse a la compañía, circunstancias sobradamente novelescas puesto que su padre fue un marino escocés que tan súbitamente como apareció en la vida de su madre desapareció, antes de que ella naciera, con su barco. Sin tiempo para llegar a esa representación sobre cuya preparación —desde el punto de vista del maduro director de la compañía del talento natural de esa chica desconcertante— tanto se nos ha contado, una tempestad está a punto de hundir el barco en que viajan, y si se salva es por el abnegado comportamiento de Malli durante las peores horas del oleaje. Recibida como una heroína por los habitantes del puerto de donde son tanto los dueños como los marineros del barco, ahora el relato parece olvidar el argumento teatral para ofrecer una crónica de costumbres y contar la historia de amor entre Malli y el hijo del armador, el cual se pensaba maldecido por un episodio del pasado que le había hecho creer que nunca podría aspirar a ninguna otra mujer. En la parte final hay una nueva torsión cuando es Malli quien siente que ella misma, como hija de ese escocés que iluminó tan brevemente la vida de su madre, es quien no puede sino traer la desolación y la muerte, giro que Dinesen impregna de una mirada sobre el fatalismo (y sobre el fanatismo) digna de un cuento puritano de Nathaniel Hawthorne. Lo mágico es que no existe el menor desequilibrio en ningún momento del relato: cada parte, cada personaje, cada historia dentro de la historia, complementa el conjunto y se convierte en un sillar imprescindible para el sostén de toda la estructura, y solo entonces es cuando el lector advierte que la segunda parte del relato no había olvidado la obra shakesperiana, sino que esta se encontraba siempre al fondo, unas veces a modo de juego de espejos, otras de triste contraste (el enamorado, por ejemplo, se llama Ferdinand, justo como el príncipe que en Shakespeare naufraga en la isla donde transcurre la obra). Sea como sea, el lector devora el cuento con una fascinación que siente misteriosa, sagrada, como si se estuviera haciéndosenos partícipes de un rito extraño que luego nosotros tuviéramos que transmitir a otros.

Miranda, la protagonista de La Tempestad, cuadro de John William Waterhouse

Esa capacidad para ir de un lado a otro sin perder nunca la dirección a la que se quiere llegar procede, sin duda, de esa pasión por la oralidad que la escritora sintió siempre. Ya lo he dicho: en su obra los personajes parecen infectados por el síndrome de Sherezade. Y no traigo a colación el nombre de la famosa protagonista del centón árabe por casualidad: es la principal referencia que asocian a Isak Dinesen tanto los críticos como sus admiradores.

Como es natural en alguien acostumbrado a contar cuentos, el estilo de la autora descansa sobre una fluidez admirable, sobre su capacidad para encadenar las frases y las situaciones con una ligereza extraordinaria pero que al mismo tiempo rezuma una granítica perfección. Una perfección que no se nota: en la que se repara cuando uno se detiene. Dinesen la comparte con aquellos escritores en quienes se nota el mismo gusto, de los que también sabemos que fueron primero narradores en voz alta y que afrontaban el acto de escribir con la gozosa jovialidad de un niño. El parangón más cercano, por supuesto, es su compatriota Hans Christian Andersen. En principio muchos dirán que, por vida e inquietudes, no puede encontrarse a nadie más diferente, pero les unen el mismo desparpajo, la misma capacidad para volver imborrable una situación, un personaje o un sencillo diálogo. Pero en Andersen, incluso cuando es malicioso, resplandece una pristina ingenuidad y la baronesa Blixen nada tuvo nunca de ingenua.

Miniatura persa con Sherezade y el sultan

Vuelvo a Sherezade. Los personajes de Isak Dinesen están atrapados por la fiebre del relato: están todo el tiempo contándose anécdotas, parábolas, remembranzas: cuentos. En uno de los siete cuentos góticos, el maravilloso (bueno, ya he dicho que todos son maravillosos) La inundación de Norderney, por ejemplo, el dispar grupo de individuos aislado en una granja rodeada de agua por el incidente señalado por el título, se cuentan unos a otros historias de su propia vida que a su vez se ramifican en nuevos relatos tan pronto, dentro de las primeras, surge algún otro tipo contagiado por la misma enfermedad. Por supuesto, estos relatos no implican en todo momento que lo que cuentan sea la verdad: de hecho, uno de aquellos ha asumido una falsa identidad a la que, sin embargo, y como buen relator, se ajusta de modo tan exacto que se siente absolutamente imbuido por el espíritu del sujeto al que suplanta.

El fingimiento y la suplantación forman el sustrato de varios cuentos. Sin embargo, este fingimiento, una vez más, no es una mera forma de medro o de supervivencia en la sociedad, sino una visión del mundo, una opción de vida. Esta inclinación por presentarse bajo un disfraz que podríamos llamar (no estoy seguro de que el término no exista ya) síndrome de Ulises acaba insuflando del tal modo el espíritu del suplantador que su primera identidad acaba difuminándose por debajo de la segunda. Es el caso de la cantante de ópera de otro cuento gótico, Los soñadores, la cual, perdida la voz y conducida a tal estado de sufrimiento que incluso intenta suicidarse, decide no volver a concentrar todo su aliento vital, todas sus expectativas, bajo una sola identidad y se convierte en muchas, cada una de ellas vinculada por el mismo ser pero al mismo tiempo perfectamente diferenciadas de modo particular.

Dinesen, de la estirpe de StevensonDentro de esa ausencia absoluta de previsibilidad, hay una regla que suele cumplirse con descorazonadora regularidad: la conclusión nunca será el previsible happy end que, soy sincero, en más de una ocasión desea el lector debido a la simpatía que ha acabado sintiendo por los personajes. Los cuentos suelen dejarnos una impresión de profunda melancolía, o de evidente desconcierto, mas nunca buscan la sorpresa fácil ni el mero prestigio del final triste. Nunca me había encontrado con una escritora ante la que lo mejor es dejarse llevar por el flujo del relato y no esperar nada porque el desarrollo no convoca esperanzas sino indeterminaciones. La fluida ambigüedad de sus narraciones, que admiten muchas caras, solo las había encontrado antes, en semejante plenitud, en quien para mí es el mejor narrador de todos los tiempos, el genial Robert Louis Stevenson. «No es malo que de una historia comprenda uno solamente la mitad», dice el narrador de Los soñadores. Es una afirmación con la que, a medida que acumulo más años como lector, cada vez me siento más identificado.

Como Stevenson, la narrativa de Dinesen no excluye una misteriosa capacidad de comprensión del alma humana. El joven marinero que mata a un hombre solo porque, en su borrachera, lo está retrasando para llegar a tiempo a la primera cita de amor de su vida o la campesina que empeña su vida para arar en un solo día el acre de tierra que su señor ha puesto como precio para retirar la acusación de incendiario contra su hijo son muestras de esa capacidad de la autora para ponernos en contacto con psicologías en principio muy alejadas de la nuestra y que sin embargo nos importan como si fuéramos nosotros. En este sentido, el relato que tiene como centro argumental la anécdota anterior, El acre del dolor —y que estoy seguro que se tuvo muy en cuenta para un momento similar (también conseguido, mas muy lejos de la profundidad moral que consigue la autora danesa) en el excelente film de Spielberg Caballo de batalla (2012)— contiene el que para mí es uno de los momentos más emotivos que he leído nunca: cuando el joven sobrino de ese señor, horrorizado a medida que avanza por el día por lo que considera un acto intolerable de inflexibilidad en su tío al negarse a detener tal acción, cambia de opinión al verse iluminado por una luz que torna comprensible y humana la actitud de aquel. En su sublime sobriedad, en su inigualable complejidad moral y metafísica, me parece un instante a la altura de un John Ford, el autor que más me ha emocionado en la vida por su íntima capacidad para explicar la complejidad de los seres sencillos.

Meryl Streep, una adecuada Karen Blixen en AfricaEn otro cuento inolvidable, Peter y Rosa (incluido en su segunda remesa), Dinesen demuestra una comprensión primordial hacia el concepto esencial de la vida que posee un adolescente, esa extraña criatura que apenas recorre un breve e incierto paso desde la frustración a la plenitud. Es la historia de dos seres —la radiante hija de un párroco rural y el muchacho que fue adoptado años atrás por aquel— que se asoman al momento en que dejan atrás la niñez, a los sueños que van a condicionar sus vidas y, de paso, al reconocimiento de la atracción mutua. Unidos fraternalmente en sus años infantiles, convertidos en extraños al crecer, la decisión de él de escapar de la casa y hacerse a la mar (contraviniendo los deseos de su padre adoptivo, que quiere que adopte su mismo destino) encuentra la complicidad necesaria de ella y vuelve a unirlos como ya no esperaban, pues los sueños de Peter se reflejan en los anhelos de Rosa. Dinesen acierta al traducir la idea fundamental que se apodera de todo adolescente: el descubrimiento de la propia inmortalidad, el poder de saberse joven y por ello todopoderoso aun cuando sea de modo efímero e ilusorio (pero esto solo lo saben los adultos: los adultos que nunca han perdido su alma de niño, como Karen Blixen).

No me resisto a acabar sin dedicar un espacio mayor al primer cuento que me leí de ella, dejándome ya una huella imborrable porque es una de sus más grandes narraciones (aunque luego, por circunstancias, he tardado varios años en retomar el propósito de lectura que entonces me planteé). Se trata de La historia inmortal, al que llegué después de ver la magnífica adaptación que de él hizo Orson Welles en el año 1968, en la que asumía el papel del anciano comerciante protagonista (aunque en realidad solo tenía cincuenta y tres años), un Welles que por cierto hizo que el Cantón donde transcurre el original fuese recreado en tres distintos pueblos castellanos, Brihuega, Chinchón y Pedraza. El cuento posee un matiz de fábula abstracta que se concentra sin embargo en una trama muy concreta: una trama que amenaza con incurrir en lo grotesco, pues el ensimismamiento de ese anciano, Mr. Clay, es tan radical y absolutista que amenaza con contagiar de inverosimilitud al relato… y sin embargo sucede al revés, ya que da pie a un ejercicio de atmósfera tan magistral que derrumba cualquier reticencia del lector.

Afiche de Una historia inmortal, de Orson Welles

Dinesen reformula con gran originalidad ese complejo de Sherezade que tanto atenaza a sus personajes. Solitario y enfermo, insomne en las noches de ese borroso Cantón, Mr. Clay hace que uno de sus empleados, tan solitario y ensimismado como él, Ellis Lewis o Elishama Levinsky (la condición de judío nómada de este último es otro elemento imprescindible del relato), le lea en esas horas los libros de contabilidad. Cuando se acaban, exige otro tipo de lectura, que el desconcertado Elishama no parece conocer (de modo memorable, Dinesen cuenta que ni ha leído otra clase de libros en su vida ni sabe que existan). Entonces recuerda que, colgado en un saco al cuello que le pusieron sus mayores cuando tuvo que huir de los pogromos polacos de 1848, lleva un breve fragmento del profeta Isaías, que lee a su jefe. Mr. Clay se siente incómodo: para un hombre tan aferrado a la realidad, que alguien, por remoto que sea, haya proferido presagios que es imposible saber si se cumplirán, es una burla a las leyes que gobiernan el mundo.

Entonces, Mr. Clay decide ponerle a Elishama un ejemplo de historia, diferente de las contables pero también real porque a él mismo se la contaron cuando hizo el viaje desde Europa al extremo oriente: la historia de un apuesto marinero al que, en un puerto, un anciano potentado ofreció cinco guineas para que fuera a su casa, compartiera con él una opípara cena y luego se acostara con su joven esposa, que en sus tres años de matrimonio no le había dado el heredero que precisaba. En mitad del relato, Elishama le interrumpe y prosigue el relato tal como Mr. Clay lo escuchó en su día. Atónito primero, irritado después, Mr. Clay recibe la declaración de su empleado de que esa historia es una de las muchas que cuentan los marineros de todo el mundo a los que se inician por primera vez en el mar. «¿Por qué iban a contarla, si no es cierta?», ruge el primero. La razón, explica Elishama, es justo esa: si se creyera que una cosa así puede suceder, no se contaría (es una justificación magnífica de la necesidad humana de las ficciones). La furia de Mr. Clay ahora es total y es cuando se le ocurre su proyecto: encarga a Elishama que busque a una mujer que haga el papel de la esposa y él mismo, en la noche establecida, irá a la zona del puerto en busca de un marinero que posea esa apostura del protagonista del cuento para hacerle vivir la misma experiencia que a él le contaron. Es decir, él hará que esa historia exista y, por tanto, de este modo se convertirá en inmortal.

El argumento, ya lo he dicho, es extravagante y tiene matices grotescos, pero la sempiterna capacidad de la autora para saltar del punto de vista de un personaje a otro (Mr. Clay y Elishama, pero también la mujer —que resultará ser la hija del socio al que el anciano arruinó muchos años y que precisamente era el dueño de esa gran casa, donde creció, lo que añade nuevos matices al relato— y el marinero escogidos para «inmortalizar» la historia) le otorga una condición mistérica que, una vez más, parece situarnos a las puertas de un secreto extraordinario que, al mismo tiempo, nos deja con la duda acerca de si esos personajes son fabulosos o simplemente triviales. Las dimensiones que compagina el relato son muy diversas. Por supuesto, hay una reflexión sobre los límites y las vinculaciones entre lo real y lo ficticio, y también una mirada sobre el complejo de Dios que sienten determinados seres (sin duda esto es lo que más interesó a Welles, porque entroncaba con muchos personajes de su propia filmografía). Pero también se aprecia, en el coherente encadenamiento con que Dinesen traba a personajes tan disímiles, algo de fábula milyunochesca e, inesperadamente, cierto aroma existencial. ¿Acaso la escritora está elaborando un cuento «intelectual»? Forma parte de su genuina sugestión que no consigamos estar seguro de nada: sencillamente, hay que seguir leyéndolo hasta el final.

Orson Welles como Mr. Clay en Una historia inmortal

No creo que exista un perfil de escritor superior a otros. Los hay que destacan por la fuerza totalizadora que emana de su obra (Shakespeare), por la inexpresable densidad que destilan situaciones y personajes en principio convencionales (Jane Austen, Henry James), por la irrenunciable necesidad de sofisticación e ingenio que impregna cualquier escrito suyo (Chesterton), por el modo en que obligan al lector a porfiar con un texto que parece abstruso y sin embargo no podemos dejar de leer (Juan Benet) o por el fascinante barroquismo de su estilo y de su contenido (Borges).

Ahora bien, si la teoría platónica de los arquetipos fuera real y cada manifestación artística (como cada manifestación de lo real) se correspondiera con un modelo ideal en ese mundo superior, solo las obras de tres escritores se corresponderían del modo más puro y armónico con la perfección narrativa (tan perfecta que precisamente por ello no despierta jamás ese fastidiosa sensación de prisión intelectual que tantas veces nos sugiere lo perfecto sino, por el contrario, una maravillosa sensación de libertad), aquellos serían tres y solo tres. Ya los he citado. Dos hombres, Stevenson y Andersen, y una mujer, esta escritora tardía a la que yo he descubierto tan tardíamente, sabiendo que en realidad nunca se descubre a un gran artista tarde sino a tiempo: en el tiempo en que más nos es necesario. La baronesa Karen Blixen, conocida en las letras como Isak Dinesen, que una vez tuvo una granja en África y la perdió para que todos pudiéramos leer su maravillosa obra.

Isak Dinesen en su ancianidad

Publicado en Autores | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

El eterno viaje a casa de Odiseo

Poster de La Odisea, que muestra a los lestrigonesEntre las historias a las que parece imposible que el hombre renuncie alguna vez a seguir contando, con las variaciones que sea, siempre estará La Odisea. Los anónimos aedos que fueron imaginándola durante incontables noches ante un público que los escucharía arrobado alrededor del fuego, a pocos pasos de una oscuridad cuyo terror era conjurado por el relato de tales hazañas, acabarían siendo concretados en un nombre, el de Homero, cuando esas narraciones orales se pusieron por escrito y se ganaron así la perduración eterna. Primero fue la crónica de la guerra de Troya, La Ilíada, y después el regreso a casa de uno de los combatientes de la primera. De las dos, no sé si la segunda responde a un concepto dramático más moderno, como señalan los expertos, pero de su importancia da fe, en primer lugar, la conversión del nombre de la obra (que se refiere a su protagonista, Odiseo en griego, Ulises en latín) en un concepto que escapó de sus límites iniciales. La Odisea no es solo una historia sino una historia de historias, que aborda no solo las desventuradas aventuras de su protagonista sino también el efecto que produce su ausencia en quienes quedaron atrás. De ella surgen los viajes de Simbad en Las Mil y Una Noches y el ciclo artúrico, pero también las novelas de la edad de oro de la aventura (Verne, Salgari, Rider Haggard…) y en concreto la que, según Fernando Savater, es la aventura suprema, es decir, la aventura en el mar. Forma parte de su encanto la potencia que tiene para ser contada y recontada de múltiples maneras. El estreno de la última versión, a manos de Christopher Nolan, no solo es buena ocasión para comentar las relaciones entre el original y la adaptación sino para plantearse el mismo concepto de reelaboración. Igual que un mito, pongamos los mismos de los griegos, tiene varias versiones, también deberíamos admitir que una historia considerada canónica pueda ser reelaborada sin juzgar a la fuerza que es una traición. Después de todo, no solo cada época cambia nuestra mirada sobre cualquier manifestación del ser humano sino que repetir sin más lo que ya antes se ha contado, es una forma muy pobre de asimilar cualquier hecho cultural. Seguir leyendo

Publicado en Aventura, Del libro a la pantalla | Etiquetado , , , , , , , | 6 comentarios

La realidad manipulada en Philip K. Dick

Este artículo, muy modificado y ahora considerablemente ampliado , vio un primer esbozo en la revista digital Homonosapiens.

Philip K. Dick en su madurez

Una noche del año 1958, el todavía muy joven escritor Philip K. Dick entró a oscuras en su cuarto de baño y, a tientas, buscó el familiar cordón para encender la luz, que sabía que colgaba a la izquierda de la puerta. Con sorpresa al principio, con pánico después, no lo encontró. Y no lo encontró porque no estaba allí; porque, le aseguró su sorprendida esposa, nunca había estado. Es más: el cuarto de baño no tenía cordón para la luz, sino interruptor, como toda casa moderna. ¿Por qué entonces, sin pensar, dejándose llevar por ese hábito instintivo que crea la familiaridad mecánica de un gesto, había tanteado en busca de ese cordón? Dick escribía cuentos y novelas de ciencia ficción cuyos argumentos giraban en torno a personajes que acaban descubriendo que la realidad que los rodea es solo una apariencia: al final, siempre hay algo que falla, y ese algo delata la impostura. Sin embargo, esa noche de finales de los años cincuenta, el escritor vivió en sus propias carnes un episodio que hasta entonces parecía propio de su universo artístico. ¿La realidad imitando al arte? ¿O tal vez su vocación no era tan casual como podía parecer: que sin él haberlo sospechado hasta ese momento, sus ficciones eran el modo en que su yo interior trataba de alertar desesperadamente a su conciencia exterior del error de percepción en que él, en que todos los seres humanos, viven? Seguir leyendo

Publicado en Ciencia-ficción | Etiquetado , , , , , | 6 comentarios

Tom Holland, su amigo y vecino Spider-Man

Spider-Man en los cómics              El ciclo The Amazing Spider-Man

Tom Holland, Spider-ManComo he comentado unas cuantas veces en este blog, Spider-Man (más bien «Spiderman», escrito sin guion y pronunciado a la española, esto es, espíderman) es el personaje de cómic de mi vida. Me conozco al dedillo sus cuatro primeras décadas de vida en papel, hasta que las entonces muchas series a él dedicadas perdieron toda creatividad y coherencia al perder los artistas su autonomía bajo el control de los especialistas en marketing. De pequeño estuve entre quienes fueron a ver su primer «largometraje» para cine, bautizado como El Hombre Araña (1977), que en realidad era el episodio piloto de la serie de acción «real» (más bien irreal, pues la carencia de medios impedía cualquier especial efecto mínimamente creíble), y ya crecidito estuve también entre quienes nos asombramos, en el año 2001, al descubrir que, como había sucedido en la competencia con Superman y Batman, los héroes marvelitas también podían ser creíbles en la gran pantalla. Marvel Studios todavía no existía. En tiempos de ingenuidad y de vacas flacas, la Casa de las Ideas había vendido los derechos para el cine a distintas compañías, pensando que lo suyo era el papel (y el merchandising, claro) y no el séptimo arte. Es por ello que los primeros héroes Marvel de la pantalla (Spidey más los X-Men —La Patrulla-X en los tebeos españoles— y Los 4 Fantásticos) no compartían universo como los actuales: si era Warner la encargada de los segundos, Sony es quien controlaba al primero a través de su filial Columbia. Sabido es que primero dio lugar a un conjunto de tres películas (2002, 2004 y 2007), dirigidas todas por Sam Raimi, con Tobey Maguire en el papel de Peter Parker, y después a una reformulación que añadió, como en los tebeos, el adjetivo amazing al nombre del héroe, ahora bajo los rasgos de Andrew Garfield, filmando el director Marc Webb las dos entregas estrenadas en 2012 y 2014. Finalmente, en 2016 se produjo por fin el acuerdo entre Marvel Studios y Sony por el que esta última permitía la integración del arácnido en el triunfal Universo Cinematográfico Marvel. El nuevo Spidey, ahora bajo los rasgos de Tom Holland, lleva tres películas bajo su propio nombre y varias intervenciones más en otros títulos de la casa. En pocas fechas se estrena un cuarto trabajo, por lo que me parece conveniente repasar las características básicas del personaje en el UCM.

Seguir leyendo

Publicado en Spiderman | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Breve recorrido por Ingmar Bergman

El septimo sello

Un caballero medieval de cabellos rubísimos y facciones pétreas y la Muerte embozada de negro juegan al ajedrez en una playa áspera y pedregosa. Dos mujeres de cabellos rubios miran a la cámara desde un primer plano turbador mientras se acarician. En el interior de un carruaje un elegante individuo todo de negro (traje, sombrero de copa y barba recortada) fuma abstraído al lado de un joven de cabellos cortos en quien, si prestamos atención, intuimos a una mujer disfrazada de hombre. Estas imágenes inolvidables —pertenecientes a esas películas impresionantes que son El séptimo sello, Persona y El rostro— nos conducen enseguida al cine de Ingmar Bergman, uno de esos nombres inspiran todavía en el cinéfilo un sumo respeto, incluso sin conocerlo o conociendo solo una parte reducida de su obra. Desde su revelación internacional a mediados de los años cincuenta hasta bien entrados los años setenta fueron muy pocos los que pudieron disputarle la posición cimera dentro del cine de autor. En ese intervalo hubo quienes fueron encumbrados tanto como él y después despojados de tan alta consideración, mientras que Bergman, en todo caso, fue poco a poco desplazándose (por voluntad propia, al abandonar el cine para la gran pantalla en 1980) hacia una posición secundaria, concentrándose en trabajos para televisión, por entonces condenados a tener menos repercusión. Nunca perdió el respeto mayoritario ni el interés por su obra de los cinéfilos. Es imposible, porque pocos autores, al menos en Europa, poseen una carrera tan vasta y de tan enorme calidad. Seguir leyendo

Publicado en Ingmar Bergman | Etiquetado , , , , , | 6 comentarios

Yo soy la revolucion: ¡no compres pan, compra dinamita!

Cartel de Yo soy la revolucionSe critica de modo recurrente en nuestro país la politización del cine, pero no ha habido cine más politizado que el italiano de los años sesenta, y no me refiero solo al así llamado cine de autor, sino a toda la industria y por ende al cine teóricamente concebido tan solo para «entretener», al cine de género. En esta década de esplendor de este último fue el más cultivado (por ser el de mayor éxito) el que registró el mayor compromiso político. Me refiero al western mediterráneo, denigrado por la crítica «seria» bajo ese remoquete de spaghetti-western que luego se ha intentado dignificar denominándolo eurowestern: yo prefiero con mucho el primer nombre, pues con él crecí y me resulta mucho más entrañable. De entre los múltiples escenarios argumentales que lo recorrieron —se calcula que en su década de esplendor se filmaron más de quinientas producciones entre España e Italia, con frecuencia en régimen de coproducción— el que más se prestó a esa filiación fue el ambientado en la mítica Revolución mexicana. No fueron los italianos, por supuesto, quienes primero se fijaron en ese espacio geográfico y político: la genial película Veracruz (1954) no sería la pionera pero sí la que inspiró buena parte de su rumbo gracias a la ocurrencia de situar a americanos del más diverso pelaje en semejante encrucijada. Llamado en Europa de distintas maneras («Zapata westerns» o «tortilla westerns», este último nombre referido no a la nuestra de patatas sino a las de maíz mexicanas), este subgénero gozó de notable repercusión y dio origen a varios de los mejores títulos del Far West mediterráneo (en una de mis anteriores entradas hablé de uno de ellos, El halcón y la presa). Sin embargo, la obra maestra del mismo así como uno de los hitos sin discusión del spaghetti en general y por ende de todo el western es un film que me fascina desde que lo viera por primera vez (incompleta) en una emisión en el canal autonómico andaluz. Se trata de Yo soy la revolución (1967), dirigido por Damiano Damiani.

Seguir leyendo

Publicado en Territorio western | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Calle Mayor: ¿me quedaré soltera?

Cartel de Calle MayorEs posible que haya películas dentro del cine español clásico que posean la misma calidad que Calle Mayor, pero cuando uno acaba de terminar de verla parece difícil que exista alguna mejor: ese, creo, es el mejor elogio que le puedo dedicar. El año anterior, ese director convencido del papel del cine como educador de la sociedad que fue Juan Antonio Bardem había realizado ya un trabajo notable, Muerte de un ciclista (1955), rebosante de rabia política y tensión moral. Sin embargo, no había conseguido escapar del tono didáctico que siempre rebajará en mucho cualquier obra artística que, sin el talento ni la medida necesarios, pretenda erigirse en faro de las conciencias. Calle Mayor podía haber incurrido en los mismos errores, y sin embargo los evita mágicamente, porque incluso los personajes puestos en el guion por Bardem para ejecutar ese papel (el intelectual maduro resignado a las mezquindades provincianas y el joven intelectual de ciudad que todavía cree en la Verdad con mayúsculas) están dotados del necesario toque para eludir tan molesto propósito. El director encontró el material que necesitaba en una magnífica obra teatral, La señorita de Trevélez, estrenada por el alicantino Carlos Arniches en 1914, que sometió a un tratamiento del que eliminó el componente cómico y satírico, depurando la anécdota y convirtiéndola así en la base de un cuento triste con moraleja (pero sin moralina). La base argumental siguió siendo la misma: unos señoritos de casino, que se aburren y no le encuentran otro aliciente a la vida que reírse de los demás, urden una broma monumental, cual es fingir que uno de ellos se ha enamorado de una solterona y le propone relaciones con propósito matrimonial. Bardem redujo la edad del personaje titular de Arniches pero aun así los treinta y cinco años que tantas veces citan los diálogos, en ese momento y en ese mundo, siguen siendo una losa sobre una mujer que dice que lo que más lamenta del tiempo que (cree con ingenuidad) ha tardado en encontrar marido es que será una madre mayor. Seguir leyendo

Publicado en Clásicos del cine español | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

El infierno del odio: no mires hacia arriba

Portada de la edicion en blu-ray de El infierno del odio, de KurosawaEl nombre de Akira Kurosawa es conocido, sobre todo fuera de su país, por sus películas de época, los famosos jidai geki de los cuales Rashomon (1950) o Los siete samuráis (1954) siempre serán los más conocidos. Menos apreciada, sin embargo, es su aportación al campo del thriller. Rodó cuatro títulos, que pueden dividirse prácticamente en dos ciclos, y las películas que a ellos pertenecen se bastan para acreditar a su autor como uno de los grandes nombres del género. Las dos primeras son las que impusieron su nombre, profesionalmente, en todo lo alto del escalafón profesional de su país y prepararon el camino a su proyección internacional. Se trata de El ángel ebrio (1948) y El perro rabioso (1949), y ambas aparecen hermanadas por el desolador panorama que ofrecen del destruido Japón de posguerra. Las otras don son Los canallas duermen en paz (1960) y El infierno del odio (1963), y en este caso el escenario que reflejan ya es muy distinto: es el Japón del milagro económico, y en sus tramas tiene especial importancia la posición social y profesional de sus protagonistas, dos altos ejecutivos de importantes empresas a través de los cuales se filtra una crítica mirada sobre ese capitalismo completamente deshumanizado con el que el país se estaba convirtiendo en la tercera potencia mundial. Toshiro Mifune protagoniza las cuatro películas, y su particular evolución física e interpretativa, tanto como el diferente carácter de sus personajes, ofrecen un sabroso elemento de reflexión. En las dos primeras, con el físico delgado, incluso filoso, encarna a dos hombres de baja extracción (si bien antitéticos, un gangster y un policía) que simbolizan ese descarnado Japón de la Ocupación. En las dos segundas su figura ya es corpulenta, su rostro se ha llenado más, y del mismo modo su estilo interpretativo ha perdido la indudable frescura inicial en beneficio del completo dominio de la expresión que necesita su personaje en cada momento. En cualquier caso, Mifune borda los cuatro papeles de las cuatro magníficas películas.

Seguir leyendo

Publicado en Akira Kurosawa | Etiquetado , , , , | 2 comentarios

Sergio Sollima: acción y reflexión en el cine de género

Lee Van Cleef, en El halcon y la presaPosiblemente, ningún cine europeo como el italiano ha sabido combinar de forma tan magnífica esas dos vertientes del séptimo arte, tan falsamente confrontadas por los cinéfilos más perezosos (en uno y otro sentido, se entiende), que son la popular y la culta, la acción y la reflexión. La industria que vio nacer a Fellini también es la de Sergio Leone. En su momento, La dolce vita (1960) se convirtió en la película nacional más taquillera de todos los tiempos; cinco años después fue desbancada por La muerte tenía un precio (1965). Fellini versus Leone, el neorrealismo o el nuevo cine italiano encarnado por Pasolini y Bertolucci versus el esplendor del cine de género (el peplum, el western, el terror, el giallo…) que se desarrolla entre finales de los cincuenta y mediados de los setenta. ¿Pero por qué querer abrir solo una puerta cuando se puede disfrutar lo mismo de la trilogía de la incomunicación de Antonioni que de las películas de terror gótico de Mario Bava? Por otra parte, muchos de los cineastas encasillados en el llamado cine popular fueron hombres de gran cultura que sabían perfectamente lo que hacían: que conocían los límites del cine de género (el primero, que los productores querían ante todo que se fabricaran entretenimientos sin mayor sofisticación) y que sin embargo supieron cómo crear arte a partir del barro. Mario Soldati, por ejemplo, fue un escritor muy prestigioso aparte de un eminente practicante del cine de aventuras y del thriller (La mano del extranjero, de 1954, la película de la que tomo el nombre de mi blog, es un maravilloso ejemplo). Es el caso también de Sergio Sollima, primero crítico de cine y hombre de teatro, convertido en realizador en los años sesenta, a quien se debe un magnífico conjunto de películas de género —sobre todo en el western y el thriller, que serán el objeto de este comentario— en el que demostró un pleno dominio de las herramientas del mejor narrador cinematográfico sin renunciar al propósito de densidad moral que convierte el entretenimiento en arte.

Seguir leyendo

Publicado en Policiaco, Territorio western | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Impresiones (7). Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué, de Francisco Umbral

7 Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué«Yo vengo aquí a hablar de mi libro». Seguramente pocas palabras han enterrado más a un escritor, han ayudado más a convertirlo definitivamente en un personaje del que importa poco lo que escribió en beneficio de lo que fue y dijo en sus manifestaciones públicas, de la imagen altanera y enfurruñada que, eso sí, él difundió toda su vida, sabiendo que corría así el peligro de devorarse a sí mismo, que es lo que sucedió. Si empiezo así esta pequeña reseña es porque yo mismo he sido víctima de esa máscara que se fabricó el propio Francisco Umbral (espero, por tanto, que cuando hayamos muerto todos aquellos que vimos personalmente aquel desdichado momento de la entrevista con Mercedes Milá, lo que quede por fin será solo su literatura). Es decir, impulsado por la pura antipatía, pensé que ese sujeto no tenía nada interesante que decirme a través de los libros. Tengo un gran retraso, por tanto, en el conocimiento de su obra, pero cada vez que leo algo de él me encuentro con un escritor excelente. Fascinado como estoy por mi redescubrimiento de Ramón María del Valle-Inclán en estos últimos tiempos, acabo de leer su ensayo Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué, publicado originalmente en 1998, y mi deslumbramiento ha sido completo.

Seguir leyendo

Publicado en Impresiones | Etiquetado , , , | Deja un comentario

En Café Montaigne: El fantasma y la señora Muir

El fantasma y la senora MuirEl tiempo ha acabado por convertir El fantasma y la señora Muir (1947) en uno de los clásicos más amados del cine de la emoción, escenario del cine que atraviesa distintos géneros y países y en donde, a medida que pasan los años, uno acaba descubriendo que es donde se encuentran muchas de las películas que más ama: ¡Qué verde era mi valle!, Carta de una desconocida, El intendente Sansho o ¡Qué bello es vivir! son buena prueba. Sin embargo, en nuestro país no se estrenó en su momento. Se vio por primera vez en televisión a mediados de los setenta, en una versión que mutilaba gravemente la excepcional banda sonora de Bernard Herrmann. Durante mucho tiempo, incluso, pareció que se le dedicaba poco espacio por tratarse de una de las primeras películas de uno de los directores-autores de Hollywood, Joseph L. Mankiewicz, cuando todavía no se hacía responsable de sus propios guiones. Cuando era tan solo un artesano, en suma. Ahora bien, siempre he sostenido que precisamente es en películas como esta en las que Mankiewicz pudo demostrar mejor que en otras su categoría como narrador en imágenes: cuando tenía que pensar cómo plasmar las ideas de otro, sin verse condicionado por el deslumbramiento ante la propia brillantez de su libreto. He visto muchas veces esta película y también he escrito varias veces sobre ella. Primero cuando solo conocía el film y después cuando tuve ocasión de leer la buena novela en que se basa, escrita por R. A. Dick, seudónimo de la escritora irlandesa Josephine Leslie, que hace poco tiempo publicó Impedimenta en nuestro país. El presente artículo, que publica Café Montaigne, es mi escrito definitivo (bueno, eso creo) sobre esta historia, en la que vinculo el trabajo cinematográfico con el literario. Ya digo que si el segundo es bueno (el encanto de la película se encuentra presente en él), el primero es mejor, incluso genial. Las inolvidables interpretaciones de Gene Tierney y Rex Harrison, el excelente guion de Philip Dunne (capaz incluso de mejorar elementos que ya están presentes en el libro), el soberbio trabajo con la luz de Charles Lang y el mencionado trabajo de Mankiewicz y Herrmann deparan una irresistible fantasía romántica, literalmente fantástica como indica el título pero a la vez dotada de un encantador sentido de lo cotidiano, que sabe reflexionar tanto sobre el amor como sobre la amistad, sobre la irresistible vitalidad de un presente armónico que nos parece eterno mientras dura y sobre el triste paso del tiempo. Por encima de todo, este film contiene el que tal vez sea mi parlamento favorito de despedida de un personaje en la historia del cine, que con razón se ha señalado que inspiró el de Rutger Hauer en Blade Runner, sin superarlo en absoluto. Como siempre, espero que mi artículo sirva ante todo para descubrir o volver a ver esta maravilla del cine, y de paso animar a leer el entrañable libro en que se basa.

El fantasma y la señora Muir o la soledad de unas alfombras limpias

Publicado en Café Montaigne | Etiquetado , , , , | 7 comentarios

Impresiones (6). La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza

6 La verdad sobre el caso SavoltaDespués de dos lecturas, separadas entre sí por siete años, en las que no he conseguido encontrar esas virtudes que han situado La verdad sobre el caso Savolta, desde el momento en que se publicó en la primavera de 1975, como un referente indiscutible de la nueva narrativa española del último tercio de siglo (como su precursora, de hecho, como el Juan Bautista que anuncia la llegada de los Marías, Vila-Matas, Muñoz Molina, Pombo y demás, aunque alguno ya había publicado previamente), creo haber dado con las claves desde la que puedo argumentar acerca de su sobrevaloración. El libro de Eduardo Mendoza surgía en un momento en que la novela española (la considerada «novela culta» con ese elitismo intelectual tan propio de nuestras letras, pero esta es otra cuestión) se había encerrado voluntariamente entre dos paredes que amenazaban con aplastarla. Por un lado, el ya tambaleante realismo de los cincuenta (y de toda la vida, aderezado en el final del franquismo con el inevitable compromiso ideológico); por otro, el reto de hacer frente al complejo de inferioridad que había provocado el boom latinoamericano y demostrar que también «nosotros» éramos capaces de ser modernos (aun cuando en la mayor parte de los casos significara tan solo ser abstruso). Pues bien, la novela de Mendoza fue saludada como un regreso de la narración, del argumento y de los personajes bien construidos, que al mismo tiempo no renunciaba a la complejidad estructural ni a la calidad estilística. Ahora bien, para mí en esta doble ambición estriba la clave de su fracaso.

Seguir leyendo

Publicado en Impresiones, Literatura española | Etiquetado , , | 2 comentarios

Ensoñaciones británicas de Alan Davis (II): Chris Claremont y Excalibur

I     II       III

Excalibur 1, el inicioEl enorme éxito de las aventuras del Capitán Britania acabó llevando a Alan Davis (como antes a Alan Moore) a cruzar el charco —simbólicamente: él siguió viviendo en el Reino Unido— para trabajar en la misma DC a principios de 1985. Lo hizo para encargarse de nada menos que del dibujo de uno de los grandes iconos de la casa, Batman, si bien por medio de una serie subsidiaria, Batman and the Outsiders, que de su mano y de la del guionista Mike W. Barr, con quien formó un magnífico tándem, consiguió llamar la atención de modo singular. Es por eso que la pareja fue ascendida a Detective Comics, la colección oficial del Hombre Murciélago. Sin embargo, Davis solo llegaría a completar media docena de números, pues se marcharía por graves desacuerdos con sus editores. Cuánto agradezco yo a quién fuera no haber congeniado con el artista, pues así es como este regresaría a los personajes de Marvel. En ese tiempo, Chris Claremont (que había sido diez años atrás el creador del Capitán Britania, por mucho que su deficiente trabajo ya estuviera del todo olvidado) había descubierto la magnificencia artística de Davis y le había tendido frecuentes lazos para que se convirtiera en dibujante regular de su emblemática serie La Patrulla-X. El artista siempre ha declarado que se negó una y otra vez porque sentía complejo ante la enorme calidad de quienes se habían ido pasando sus lápices y temía no estar a la altura (para que digan que todos los genios son inmodestos…). Aun así, colaboraría de modo puntual con Claremont y sus colecciones de mutantes en varios especiales y en números sueltos de la serie central, y esa confianza lo llevaría a aceptar, por fin, hacerse cargo del dibujo de una serie regular que iba a estrenar, a bombo y platillo, la Casa de las Ideas. Que esa colección transcurriera en la misma Gran Bretaña y que, en buena medida, fuera a aprovechar personajes e ideas creados por él debió de ser también un acicate. El resultado sería la obra por la que hoy sigue siendo más conocido, Excalibur.

Seguir leyendo

Publicado en Superhéroes Marvel | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Dos veces Al final de la escapada

Cartel frances de Al final de la escapadaMi educación cinéfila se construyó viendo cine en televisión, cuando apenas había dos canales, las películas fundamentalmente se emitían en fin de semana y se componían en un setenta y cinco por ciento por cine de Hollywood. El cine en que forjé mi pasión tuvo un sello narrativo muy concreto, por tanto. Sin embargo, desde muy pronto tuve muy claro que un cinéfilo es alguien cuya inquietud por el objeto de su amor le obliga a conocerlo todo, a no cerrarse ninguna puerta. Es por ello que tan pronto tuve ocasión me lancé a la caza y captura de todo autor medianamente relevante de cuya existencia tuviera conocimiento, con independencia de que, en muchos casos, el choque inicial fuera brutal: me pasó, supongo que a muchos en mi mismo caso también, con Fellini, Bergman, Antonioni, Ozu o Bresson, responsables de unas películas que poco tenían que ver (aunque en el fondo sí tenían que ver, y mucho, pero esto lo advertí después) con los Hitchcock, Ford, Capra o Hawks que fueron mis primeras devociones. Ah, pero entonces apareció Jean-Luc Godard. El heterodoxo, el transgresor, el verso suelto por excelencia de la historia del cine. Godard me exigió doble esfuerzo, es cierto. De hecho, teniendo en cuenta la vastedad de su filmografía (entre largos, cortos, videos y trabajos televisivos, IMDb acredita ciento treinta y ocho trabajos), todavía me he asomado apenas a ella, puesto que conozco menos de una decena de películas, todas ellas anteriores a ese punto de inflexión que para él fue el año 1968. No suficiente, por supuesto, para pontificar sobre él pero sí para disfrutar de películas como Banda aparte (1964) —esta es mi favorita del director—, Lemmy contra Alphaville y Pierrot el loco (ambas de 1965) o Week-end (1967). Pues bien, el reciente estreno de una película tan deliciosa, y tan formativa, como Nouvelle Vague, de Richard Linklater, me ha hecho regresar a la obra que lo comenzó todo, Al final de la escapada (1960). Ver (en sala oscura, claro) el primer título, que reconstruye las circunstancias de la opera prima en el largo de Godard, y luego revisar el original (esta vez en mi televisor: pero de pantalla ancha, algo con lo que en mi adolescencia no podía soñar), es una de las experiencias más gratificantes que he tenido en cine a lo largo de los últimos tiempos.

Seguir leyendo

Publicado en Miscelánea de cine | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Impresiones (5). Guillermo el suertudo, de Richmal Crompton

5 Guillermo el suertudoLa saga de Guillermo Brown se desarrolló en treinta y ocho libros publicados entre 1922, fecha del primero, Just William (Travesuras de Guillermo, en España), y 1970, fecha del último, William the Lawless (Guillermo y los bandidos, ídem). Los incondicionales de este niño de eternos once años —que somos muchos pues en ningún país gozó de mayor éxito, fuera del Reino Unido, que en el nuestro— sabemos que todos los libros consistían en una serie de relatos independientes a través de los cuales se fue desarrollando el ciclo. ¿Todos? En realidad, no. Cuando por fin pudimos conocer a través de Internet los pormenores de la saga y de su escritora, la impar Richmal Crompton, descubrimos que un único libro, el número veintiséis del total, fue en realidad una novela que estaba inédita en España (en general, el ciclo había sido publicado en su totalidad, con la excepción de diversos cuentos que permanecieron inéditos sin duda por desidia editorial: por no alargar más de lo conveniente los volúmenes). Esta novela se titulaba Just William’s Luck y por fin, en el año 2022, la editorial sevillana Renacimiento, dentro de su sello Espuela de Plata, la publicó con el título de Guillermo el suertudo, respetando la cubierta original y las ilustraciones originales, todas ellas del gran Thomas Henry. Para mayor encomio, la traducción intenta reproducir el aroma añejo (para lo bueno y para lo malo) del primer traductor, Guillermo López Hipkiss —que también fue un escritor importante en el esplendor de la novela popular española de los cuarenta—, comenzando por la castellanización de todos los nombres propios. A mí, que me horroriza esta práctica de la traducción hispana, hoy superada, en este caso me resulta de lo más natural: somos criaturas de hábitos.

Seguir leyendo

Publicado en Para "niños" | Etiquetado , , | Deja un comentario