La Saga de la Bomba Loca (o El retorno del Rey)

Jack Kirby, creador de universos        Kirby: Los Eternos      Pantera Negra    Thor

Portada de la excelente edición de la Saga de la Bomba Loca, por PaniniY entonces, el Rey regresó a casa. Como buen hijo pródigo, importó poco que se hubiera marchado de malas maneras, dando un portazo, casi sin avisar. Jack Kirby, el hombre que creó casi por sí solo el rostro gráfico del Universo Marvel, había dejado la Casa de las Ideas en el verano de 1970, convencido de que sus ambiciones de independencia artística no tenían ningún futuro en ella. La editorial rival, DC, le abrió encantada sus puertas y le dio esa libertad ansiada. Haciendo honor a su apodo, «King» Kirby, y como había sucedido una década atrás, el ahora artista completo (editor, escritor y dibujante) abrió las esclusas de su incontenible creatividad, dando pie a un fértil conjunto de ideas, personajes y colecciones que se harían famosas bajo el título de El Cuarto Mundo. Por desgracia, los resultados comerciales no estuvieron a la altura de las expectativas iniciales: las nuevas series prometieron mucho pero acabaron desinflándose, entre otras razones porque él mismo, deslumbrado por su nueva libertad, no supo canalizar adecuadamente su impulso creador, de tal modo que los espectaculares argumentos, interesantísimos en su esbozo, no supieron hacia dónde tirar. Cuando el desaliento volvía a invadirlo (series cerradas, imposiciones editoriales), Kirby recibió de pronto la nueva llamada de Marvel, ahora bajo nuevos rectores —el hombre más odiado, Stan Lee, con quien creara el tebeo moderno de superhéroes, ya no era quien tomaba las decisiones—, para regresar al hogar de donde nunca debió irse. Con una libertad inédita, la misma que le dieron inicialmente en DC. Le dijeron que eligiese una colección con la cual arrancar, como artista completo. Miró y decidió volver a los orígenes, a ese personaje que él mismo había creado mucho antes de que Marvel existiera, a principios de los 40. El superhéroe que no tenía superpoderes, el llamado Centinela de la Libertad: el Capitán América

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Debilidades personales (III). Anastasia y Sommersby: ¿quién soy yo?

Cartel original de Anastasia

Los seres humanos nos distinguimos por una serie de características que son únicas en cada uno de nosotros: unos rasgos faciales, un timbre de voz, unas huellas digitales, una forma de escribir. Otro elemento que nos personaliza es el nombre, ese término que, sin duda de modo simple, nos engloba. ¿Radica en todos ellos nuestra identidad? Podríamos afirmar que esos rasgos, incluso el nombre, son arbitrarios: nos pertenecen, cierto; nos constituyen, pero podrían haber sido de otro modo y seguiríamos siendo nosotros. La cuestión, claro, es: ¿a qué nos referimos cuando queremos decir nosotros? ¿Dónde descansa nuestra identidad? No pretendo (no sabría cómo hacerlo) retomar la larga discusión filosófica sobre el ser y la esencia, o sobre las sustancias y los nombres. Lo que quiero es señalar cómo la historia de las ficciones ha abordado ese complejo tema que es el problema de la identidad. Ellas, más que la realidad, me han enseñado que la clave está en dos elementos, el pasado y la personalidad, los rasgos verdaderamente necesarios que nos hacen únicos e irrepetibles. A su lado, hasta el nombre vendría a ser una circunstancia menor, menos definible. ¿O no…? ¿Acaso, en nuestra obsesión por lo trivial, no acabamos tomando la parte por el todo —el nombre por lo que realmente implica el nombre—, y hacemos descansar en él la base de nuestra identidad? Haciendo honor al espíritu de esta sección que llamo «Debilidades personales», hoy quiero hablar sobre dos películas, en absoluto prestigiosas, una de ellas incluso reconozco que discreta, pero que siempre han tenido la virtud de llegarme muy hondo en su pequeña, y modesta, aportación a este problema universal.

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Cthulhu muerto aguarda soñando… (III): despedida y cierre

Contexto general               Vida y obra de HPL            Los relatos I    II

la-narrativa-completa-de-lovecraft-en-valdemarLos sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House, escrito en febrero de 1932 y publicado en julio de 1933 en Weird Tales) es un cuento que mantiene la buena forma de los dos anteriores (con los que concluía la anterior entrega del artículo), y sin embargo, es de los menos conocidos de los Mitos. El protagonista es Walter Gilman, estudiante de matemáticas en la Universidad Miskatonic, cuyo ansioso propósito por desvelar la realidad que se oculta tras la sustancia aparentemente racional del mundo lo llevan a alojarse en el mismo lugar donde viviera, más de un siglo atrás, una vieja acusada de brujería en los procesos de Salem, que inexplicablemente consiguió escapar de la celda donde esperaba la ejecución de su sentencia de muerte, sin que nadie volviera a encontrarla jamás. El alojamiento es un cuartucho con buhardilla en un sucio edificio situado en el degradado corazón de la antigua Arkham, cuyos habitantes son emigrantes europeos (polacos, portugueses), que le sirven a Lovecraft para remarcar la sordidez física del ambiente en el que decide recluirse ese estudiante que acabará siendo víctima de su propia sensibilidad. Como puede deducirse, estamos ante uno de los relatos en que la visión puramente racista del melting pot de la sociedad estadounidense conforma el tejido sustancial del horror propuesto. Y al igual que sucede en otros cuentos, debe reconocerse que este racismo ayuda a construir la malsana atmósfera de puro nihilismo, el callejón sin salida que solo lleva a la destrucción, que constituye el gran atractivo del cuento.

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¿Existen los “testamentos” cinematográficos?

Existen los testamentos cinematográficos

Los tópicos críticos y cinéfilos son infinidad, lo cual no es bueno ni malo, pues nos dotan a todos de una serie de referencias comunes a partir de las cuales podemos proceder a la reflexión personal: por citar algunos, el del director que observa la realidad con espíritu de «entomólogo» o el que señala que el verdadero creador se pasa haciendo toda la vida haciendo la «misma» película. Uno de los más extendidos e inexactos, sin embargo, es aquel que considera que la última película de un director reputado como autor (es decir, no como un mero artesano, en cuyo caso no debe prestársele atención) es su testamento cinematográfico, es decir, su despedida consciente del cine y por ello el definitivo acto de reafirmación de ese conjunto de elementos que han constituido su llamado mundo propio. Si creo que es un tópico inexacto es por la sencilla razón de que, por lo corriente, la última película de un creador cinematográfico lo es a despecho del mismo y de modo involuntario. Última porque a continuación le sobrevino una muerte inesperada, o porque la edad acabó empujándolo al retiro, lo quisiera o no: a partir de los años 70 son múltiples los casos de grandes directores que vieron cómo se frustraban sus deseos de seguir en activo porque las compañías aseguradoras se negaban a cubrir a los estudios por los riesgos de contratar a un realizador «en avanzada edad». Seguir leyendo

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Cthulhu muerto aguarda soñando… (II): los grandes relatos

Contexto general               Vida y obra de HPL            Los relatos I    III

Ilustración de Dean Kuhta sobre H. P. LovecraftLa redacción de La llamada de Cthulhu (por fortuna, publicado con no excesivo retraso, como sí pasa con otros cuentos eminentes del autor) terminó por delimitar el concepto de terror que Lovecraft denominó ficción sobrenatural. El autor volvería una y otra vez al argumento planteado en este cuento, abriendo un fértil terreno que, como ya he señalado en otro artículo, sería hollado de modo entusiasta por el animoso conjunto de amigos y corresponsales que compartían las mismas inquietudes literarias. Los cinco años que se suceden (es decir, el tiempo comprendido entre 1927 y 1932) componen el periodo de esplendor creativo del Solitario de Providence, en los cuales escribió la práctica totalidad de los relatos que hoy le garantizan la inmortalidad. Los escribió a rachas, por la irregularidad tanto de su publicación (algunos, tristemente, vieron la luz tardía e incluso póstumamente) como por los propios condicionantes de su vida. Recuérdese que no tuvo ningún trabajo profesional «fijo», y que sus ingresos los obtuvo, sobre todo, de la revisión de textos ajenos… muchos de los cuales reelaboró de tal modo que su personalidad y su mundo propio prevalecen por encima del autor inicial del escrito, de tal modo que deben ser tenidos muy en cuenta a la hora de estudiar el universo lovecraftiano (Valdemar cuenta con un espléndido volumen que contiene buena parte de esas colaboraciones: Más allá de los eones). Seguir leyendo

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Blade Runner 2049 o la balada del replicante triste

La novela                   Blade Runner 2019  I      II

Sugestivo cartel anunciador de Blade Runner 2049Es posible que, en estos 35 años que han pasado desde que se estrenó ese film que se recibió con hostilidad y que hoy seguramente sea (con permiso del 2001 de Kubrick) el más influyente de la historia de la ciencia-ficción, nadie hubiera pedido ni esperado una continuación, una secuela, y menos aún la posibilidad, debido al éxito que está teniendo su estreno, de originar una franquicia. Sin embargo, ya no tiene remedio: Blade Runner 2049 existe, y es ocioso lamentarlo. Quienes reverenciamos el original, es evidente, no podíamos ignorar esta continuación, pero tampoco fingir que cualquier resultado nos valía. De entrada, eso sí, a la hora de enfrentarme a ella, intenté persuadirme de que era necesario evitar incurrir en una de estas dos estériles actitudes: la del policía cinéfilo («a ver qué se han atrevido a hacer con mi película favorita…») o la del ingenuo que espera asistir a la misma experiencia extática de 1982, cuando aquel contexto ya es irrepetible. Pues bien, hacía tiempo que no me encontraba con una secuela tan inteligente y tan sugestiva como este film ahora encomendado no a Ridley Scott (por fortuna…) sino al canadiense Denis Villeneuve. Blade Runner 2049 carece del sello hipnótico del anterior, arrastra más de un defecto y de una incoherencia, y desde luego dilata demasiado su metraje, pero demuestra un notable respeto por el espectador que ama la historia, un profundo conocimiento del ambiente de ficción en que se sitúa y un admirable propósito de hacerlos evolucionar y no ofrecer un previsible ejercicio de mimetismo, todo ello sin abandonar las coordenadas donde ya funcionaba Blade Runner 1982: esto es, la misma y bella cualidad de thriller de ciencia-ficción existencial.

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Cthulhu muerto aguarda soñando… (I): el inicio del ciclo

Contexto general                   Vida y obra de HPL               Los relatos II    III

El primer libro de Arkham House, The Outsider and Others. Portada de Virgil FinlaySabido es que la obra de Howard Phillips Lovecraft pasó por diversas etapas, como suele suceder con todos los grandes creadores. Fue además un autor que no dudó en adoptar las formas narrativas de los autores por los que sintió devoción y eso permite diferenciar varias etapas en su producción artística. La primera influencia que marcó su obra fue la de Edgar Allan Poe, el hombre del que nace casi todo el terror no ya de la escuela estadounidense sino de buena parte de la europea. Lovecraft sintió devoción por él toda su vida, y no dudó en utilizar hasta el final muchos de sus más conocidos recursos narrativos: el relato en primera persona, el especial hincapié en iniciar la historia con una primera frase cuya fuerza impactante marca su desarrollo, el refuerzo realista mediante libros inventados, la gradación del horror hasta un final que busca provocar un shock en el lector, incluso detalles gramaticales como el uso de frases en cursiva para remarcar el efecto que se quiere proponer… Su amor hacia Poe culmina en un relato magistral, El extraño (The Outsider, 1921) que, como él mismo fue el primero en reconocer, puede considerarse la más perfecta remedación de su estilo. Ahora bien, esto no quiere decir que el cuento no posea su propia personalidad: interpretado como una autobiografía en clave, Lovecraft utiliza ese ejercicio estilístico para realizar una estremecedora y autocrítica reflexión personal sobre el ensimismado solipsismo en que se dejó encerrar durante la primera parte de su juventud. Después de sacar fuera de sí esta confesión, el autor estaba preparado para otros embates.

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Lovecraft y los Mitos de Cthulhu: lugares, libros, engendros

Los relatos de Cthulhu                               Vida y biografía

H. P. Lovecraft vestido de caballero dieciochesco, por Virgil Finlay

Howard Phillips Lovecraft murió en la madrugada del 15 de marzo de 1937, con tan solo cuarenta y siete años (había nacido en 1890, en la misma ciudad donde falleció: su amada Providence, Rhode Island). Su muerte provocó un intenso dolor en un nutrido círculo de amigos y admiradores, en su mayor parte escritores como él. Escritores de la más modesta naturaleza que había entonces en los Estados Unidos: autores de literatura fantástica que publicaban en las revistas pulp del estilo de la más famosa de todas ellas, Weird Tales. Literatura popular, como asumían ellos; literatura de baja estofa, como consideraban en la época (¿y ahora?) cualquier escritor «culto» y la inmensa mayoría de los lectores. Como Jesucristo, al morir dejaba tan solo un reducido grupo de discípulos y seguidores, que se empeñaron en difundir una obra que, en vida, fue publicada de modo azaroso (lo que contrajo su productividad), y de la que nadie se enteró fuera del círculo de lectores de los pulps. Hoy día, y no se crea que pretendo realizar comparación alguna, el nombre de Lovecraft es más conocido y leído que el de muchos coetáneos suyos distinguidos por la aureola del prestigio y los más importantes galardones literarios, de Dreiser a Faulkner, pasando por Fitzgerald. Se ha convertido en un icono de la literatura de terror, lo cual, como pasa con todos los iconos, también amenaza con sustituir al escritor real que sigue existiendo por debajo de la imagen que mitómanos e inconscientes en general quieren darnos ahora de él. Para mí, Lovecraft es una lectura fundamental de mi vida: un escritor sin duda con reconocibles tics que entiendo que pueden resultar molestos pero que encierra páginas de una fuerza sugestiva sin igual. Una fuerza literaria que, en su caso, y aquí doy la razón a los mitómanos, se beneficia de la formidable cohesión que envuelve el conjunto de relatos y alguna novela corta que componen su obra, cuyo núcleo central, al que voy a dedicar las siguientes líneas, se conoce como Mitos de Cthulhu.

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Audrey Hepburn se va a Francia: Charada y Dos en la carretera

La inmortal Holly Golightly de Desayuno con diamantesAl polémico Jean-Luc Godard se le debe una afortunada reflexión: señalar que toda película es, en el fondo, un documental sobre sus actores. Más allá de la mitomanía, que es una enfermedad cinéfila que se cura con el tiempo, no deja de ser una de las verdades más obvias sobre las que se organiza el cine: en la construcción de un personaje opera, tanto o más que lo que de él nos cuenta una historia, el poso interior que cada espectador posee sobre el actor que lo interpreta, no pudiendo disociar al uno del otro. Dicho así, es evidente que la afirmación de Godard se puede extender a la carrera entera de un intérprete: toda ella es una expresión documental de su vida, a disposición del apasionado por el cine. Hay carreras, además, que por su «concentración» (es decir, que no son excesivamente dilatadas en número de películas y que revelan una notable coherencia en la elección de los personajes por parte de sus protagonistas) se prestan especialmente a este seguimiento documental. Para mí, un caso emblemático y especialmente querido es el de Audrey Hepburn, maravillosa actriz cuya filmografía puede reducirse a 16 películas y una más a modo de epílogo: las comprendidas entre Vacaciones en Roma (1953) y Sola en la oscuridad (1967), más el añadido del film que rodó después de nueve años de ausencia de las pantallas, Robin y Marian (1976). Es decir, descuento las pocas películas que hizo antes de convertirse en una estrella y las dos o tres que rodó ya fuera de época y más bien a modo de colaboración. En esas 17 películas, Hepburn moduló un tipo de personaje caracterizado por una tierna combinación de dulce fragilidad e indómito carácter, al par que adornado por un desarmante contraste entre sofisticación y sencillez, a lo largo de una memorable galería que supo trascender el tópico «romántico» con el que pareció que iba a encasillarse en sus inicios (su talento, de todos modos, convirtió el tópico en arquetipo, algo que he defendido muchas veces que no es lo mismo) para abrirse a un complejo abanico de roles entre los que es difícil elegir un papel emblemático, aunque tiene varios: de la inolvidable Holly Golightly de Desayuno con diamantes a la jovencita madurada por el conflicto que la engulle de Guerra y paz, pasando por su vulnerable y a la vez firme ciega de Sola en la oscuridad o su melancólica pero todavía aguerrida lady Marian de la película de Richard Lester.

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Apunte VIII. ¿Quién ha visto el Pinocho de Benigni?

La vida es bella                              Pinocho: de Collodi a Disney

Cartel francés del Pinocho de BenigniPersonalmente, no he conocido eclipse más rápido y brutal que el de Roberto Benigni. La vida es bella (1997) alcanzó un éxito de crítica y público increíbles (y de paso tres Oscars, uno para él mismo como actor principal) que situó su nombre como un astro de enorme refulgencia… que resultó ser una estrella fugaz. No tardaron en llegar noticias de que emprendía un nuevo y seductor proyecto, nada menos que una adaptación del clásico nacional Pinocho, de Carlo Collodi. Pero el tiempo empezó a pasar y, en una era en que todavía Internet no era una herramienta tan natural como ahora, ni las revistas de cine ni los periódicos daban señal alguna de su inminente estreno, con el consiguiente desconcierto, hasta que llegó la noticia de que el film sí se había hecho, y estrenado mucho tiempo atrás, constituyendo un enorme fracaso, en todos los órdenes, tan grande que ni siquiera mereció el estreno en nuestro país: es más, a día de hoy, y salvo error por mi parte, todavía no conoce edición doméstica. Y todo ello pese a que, en su momento fue la producción de más alto presupuesto en su país, debido a la apuesta económica que hizo en ella la estadounidense Miramax, invirtiendo incluso en un doblaje (algo inhabitual en los Estados Unidos) para su estreno en tierras norteamericanas, con nombres ilustres como Glenn Close o John Cleese.

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En Viena, hacia 1900: Carta de una desconocida

Rescato una entrada muy antigua de mi blog (la décima en concreto, del 26 de septiembre de 2012) dedicada a la que considero una de las más grandes películas de todos los tiempos, y que acabo de volver a ver en un magnífico ciclo de cine clásico en Málaga. La he revisado a fondo, además de renovar su apartado gráfico, pero mantengo buena parte de lo que escribí en su momento.

Cartel original de Carta de una desconocida

Hacia el final de Carta de una desconocida, el músico Stefan Brand, arrasado por el pesar, pregunta a su fiel criado John, que lleva toda la vida a su servicio, si recuerda a esa mujer cuya misiva lo ha conmovido tanto, y éste, que es mudo, asiente y escribe en un papel: «Lisa Berndle». En mi memoria personal, supone el momento más emotivo de todo el cine que he visto en mi vida: el sobrio asentimiento de John, testigo en silencio de la vida de su amo, y por tanto de sus efímeros triunfos y de sus dolorosos fracasos, encierra la clave dramática de la historia. Ese silencio, esa imposibilidad para expresar en voz alta pensamientos, esa humildad natural del personaje, bañada en una conmovedora dignidad (basta este papel para otorgarle la inmortalidad al no menos humilde secundario Art Smith, víctima desconocida del maccarthysmo), es también la traducción del paso de Lisa Berndle por la vida de Stefan Brand: alguien en quien apenas se repara, un ser hecho de silencio y sombra, y a la sombra de Brand, pero para quien éste —que, en su condición de astro refulgente, la ignoró salvo una noche sublime que, sin embargo, también olvidó— fue el centro de su existencia. Es así que la tímida Lisa Berndle y el mudo John acaban siendo, en el curso de la historia, dos almas gemelas, los astros silenciosos que no se apartan nunca de la órbita de Brand, de ese un músico que desperdició, por hedonismo, su talento, de ese seductor de mujeres, de alguien que, en suma, no lo merece. ¿O sí…? Uno de los hallazgos estremecedores que proporciona la revisión de Carta de una desconocida, como suele suceder con todas las obras irrepetibles, es que obliga a revalorizar al personaje teóricamente mediocre, teóricamente incapaz de apreciar el amor o la lealtad que se le ofrecen porque sí, sin que él tenga que haber hecho el menor esfuerzo para conseguirlos. Seguir leyendo

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En Homonosapiens. Bartleby, el escribiente: “preferiría no hacerlo”

Working Title/Artist: Edward Hopper: Office in a Small City Department: Modern Art Culture/Period/Location: HB/TOA Date Code: Working Date: photography by mma 1979/89, transparency #11ad scanned and retouched by film and media (jn) 5_16_07

En Homonosapiens: Bartleby, el escribiente: «preferiría no hacerlo»

Cada vez que escucho la frase «Preferiría no hacerlo», no puedo evitar que una expresión de perplejo júbilo asome a mi rostro y, acto seguido, me lanzo a escrutar con atención a la persona que acaba de pronunciarla. Ha podido ser en el curso de alguna aburrida reunión de profesores o la respuesta de un alumno a alguna orden o petición que le acaba de hacer el maestro (no me ha pasado nunca a mí, lástima) o una conversación sorprendida al azar en el autobús. Siempre me pregunto: ¿ha sido a propósito? Es decir, si la persona que la ha proferido es bien consciente de la genealogía de la frase y la ha pronunciado a modo de ironía tal vez dirigida solo a sí mismo o como reclamo intelectual destinado a encontrar algún alma que lo comprenda (sí, en este caso no puede excluirse el ánimo pedante: pero bienvenida alguna pedantería de vez en cuando). Por lo común, resultó ser mera casualidad (tampoco han sido tantas veces), salvo en alguna ocasión memorable. Y es que la frase, en principio, no parece encerrar más propósito que intentar eludir algún encargo no deseado sin que parezca una insolencia hacia la persona que se lo ha encomendado, y también sin mucha esperanza de conseguirlo. Pero hubo sobre la tierra (o sea, en las páginas de una ficción, con el tiempo siempre más reales que cualquier incidente «real» que haya sucedido nunca) un ser que esgrimió esa respuesta como verdadero ariete frente al mundo, aun bajo su apariencia atenuada, para negarse a aceptar las imposiciones con que aquel intentaba ordenar su conducta. Seguir leyendo

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Había una vez dos Pinochos

El Pinocho de Benigni

Edición del Pinocho de Carlo Collodi, con estupenda ilustración de Attilio MussinoComo sucede con tantos personajes del acervo literario clasificado «para niños», existen dos Pinochos. Uno es el imaginado por su creador, el italiano Carlo Collodi, publicado inicialmente por entregas en una revista infantil entre 1881 y 1883; el otro, el difundido por ese medio vampírico que es el cine, ante todo por Walt Disney, en una versión tan popular que sospecho que para muchos es la única conocida y, por lo tanto, real. Por supuesto, quienes admiran el libro original suelen odiar la adaptación de Disney, acusándola de traicionar el espíritu de su autor, de infantilizarlo hasta un grado intolerable y de convertirlo en un insufrible instrumento del puritanismo moral. Por mi parte, y puesto que no me cuento entre quienes exigen que las adaptaciones de un buen libro al cine sean absolutamente fieles al original (¿para qué la mera reproducción?, me he preguntado siempre), me encuentro ante dos magníficas variantes de una misma y atractiva historia. Es cierto que el libro (al que, como casi todos, accedí mucho después que a la película) ofrece la sorpresa de presentarnos —al menos hasta que el éxito y las imposiciones de una obra en entregas fue obligando a Collodi a moralizar a su criatura—, a un personaje de lo menos recomendable que pueda concebir la por lo común bienintencionada literatura para la infancia. Pero también lo es que la película, aun suavizando todas las aristas del libro, es un prodigio de inventiva y narración, de asombrosa exhibición de las posibilidades de ese objeto mágico llamado cine de animación que Walt Disney estaba construyendo, amén de exhibir un retrato del mal que da lugar a momentos tan puramente terroríficos que, para tanto padre pacato de todas las épocas, no encaja con el tierno público al que se supone que va dirigido. Ahí está el vínculo entre las dos obras: en su inesperada transgresión de lo convencional.

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Viaje dantesco del infierno a la gloria

Fragmento del cuadro de Domenico di Michelozzo La Divina Comedia ilumina Florencia, en el Duomo

La Divina Comedia —al igual que Los Cuentos de Canterbury de Chaucer, Gargantúa y Pantagruel de Rabelais o El Quijote de Cervantes— es una de estas obras que simbolizan el triunfo de la literatura moderna en lengua vernácula de sus respectivos países. Una de esas obras que para la mayor parte de los lectores parecen existir solo en los libros de texto y cuyo mero nombre impresiona tanto (o mejor dicho, se relaciona tanto con un tipo de literatura anclada en el tiempo y, por tanto, ilegible hoy día) que, salvo que el escolar de cada país correspondiente haya sido obligado a hacerlo en el colegio, no son leídas nunca. No soy distinto a los demás: también a mí me ha pasado. Sin embargo, siempre he tenido la sensación de que cerrarme a la obra de Dante Alighieri era cerrarme a mí mismo la puerta de una cueva del tesoro. Todas las glosas que he leído de la Comedia me señalaban que, de no hallarme ante un clásico remoto e intocable, no habría tenido nunca la menor duda en leerla, no en vano su trama la he frecuentado en multitud de películas, libros y tebeos: un viaje al Otro Mundo. En particular, he devorado con sugestión los muchos artículos que el escritor Jorge Luis Borges (el autor que me ha abierto más caminos literarios en mi vida) ha dedicado a la que considera la más alta obra literaria de todos los tiempos —en especial, sus Nueve ensayos dantescos—, de tal modo que antes de leerla ya me consideraba un iniciado en su magia. Este verano, y bajo el influjo inevitable de un viaje a Italia (y a la amada Florencia de Dante), por fin, tras varios intentos previos, he completado la lectura íntegra de la obra. Mi intención al escribir este artículo, por supuesto, no es la de analizar la misma (para lo que no estoy preparado), sino referir a quienes tomen en sus manos, dubitativos, libro tan reverente por qué leerlo es mucho más que un mero ejercicio de arqueología literaria. Tratar de contagiar, en fin, mi propio entusiasmo.

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A vueltas con La vida es bella

Poster español de La vida es bellaNo hay como revisar películas que, en el momento de su estreno, se ven acompañadas de un ruido tan excesivo que resulta muy difícil abstraerse de él. Sin lugar a dudas, La vida es bella constituye un ejemplo emblemático. El film constituyó un enorme éxito comercial tanto en su Italia natal como en el resto del mundo, gracias al respaldo de la poderosa distribuidora estadounidense Miramax, cuyo cénit estuvo marcado por la obtención de tres Oscars de Hollywood, un logro inédito hasta entonces para un film no hablado en inglés por cuanto no solo consiguió el de mejor película extranjera sino también el de mejor actor protagonista (para Roberto Benigni, alma máter del proyecto) y banda sonora (Nicola Piovani). Ahora bien, la polémica bañó su estreno por doquier, al considerarse que se atrevía a tratar bajo una óptica de humor un tema tan serio como el Holocausto: hete aquí una de las primeras ocasiones en que el imperio, hoy por desgracia omnímodo, de la corrección ideológica dirigió sus garras hacia una obra artística (y gracias a Dios que no existía Twitter…). En cualquier caso, es evidente que, entonces y ahora, La vida es bella es una película que apuesta por no dejar indiferente. Y no por el «atrevimiento» en abordar tema tan delicado desde una óptica que a los más delicados (valga aposta la redundancia) pudiera ofender, sino porque su entramado dramático tensa hasta el límite de lo admisible la famosa suspensión de la credulidad. La vida es bella pretende emocionar a toda costa, y este propósito, ya se sabe, puede resultar admirablemente digno o bochornosamente enojoso. Yo mismo, cuando la vi en cines en aquel lejano enero de 1999 en que se estrenó en España, caí rendido por completo, y sin embargo a lo largo de las casi dos décadas que he tardado en volver a verla (y precisamente por ello) he ido sospechando que no me despertaría el mismo sentimiento. La revisión ha confirmado mis sospechas, aun cuando todavía guarde la gratitud que entonces me despertó el cineasta y reconozca no solo que posee momentos magníficos sino que encierra un admirable hálito de nobleza.

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