I II III
El enorme éxito de las aventuras del Capitán Britania acabó llevando a Alan Davis (como antes a Alan Moore) a cruzar el charco —simbólicamente: él siguió viviendo en el Reino Unido— para trabajar en la misma DC a principios de 1985. Lo hizo para encargarse de nada menos que del dibujo de uno de los grandes iconos de la casa, Batman, si bien por medio de una serie subsidiaria, Batman and the Outsiders, que de su mano y de la del guionista Mike W. Barr, con quien formó un magnífico tándem, consiguió llamar la atención de modo singular. Es por eso que la pareja fue ascendida a Detective Comics, la colección oficial del Hombre Murciélago. Sin embargo, Davis solo llegaría a completar media docena de números, pues se marcharía por graves desacuerdos con sus editores. Cuánto agradezco yo a quién fuera no haber congeniado con el artista, pues así es como este regresaría a los personajes de Marvel. En ese tiempo, Chris Claremont (que había sido diez años atrás el creador del Capitán Britania, por mucho que su deficiente trabajo ya estuviera del todo olvidado) había descubierto la magnificencia artística de Davis y le había tendido frecuentes lazos para que se convirtiera en dibujante regular de su emblemática serie La Patrulla-X. El artista siempre ha declarado que se negó una y otra vez porque sentía complejo ante la enorme calidad de quienes se habían ido pasando sus lápices y temía no estar a la altura (para que digan que todos los genios son inmodestos…). Aun así, colaboraría de modo puntual con Claremont y sus colecciones de mutantes en varios especiales y en números sueltos de la serie central, y esa confianza lo llevaría a aceptar, por fin, hacerse cargo del dibujo de una serie regular que iba a estrenar, a bombo y platillo, la Casa de las Ideas. Que esa colección transcurriera en la misma Gran Bretaña y que, en buena medida, fuera a aprovechar personajes e ideas creados por él debió de ser también un acicate. El resultado sería la obra por la que hoy sigue siendo más conocido, Excalibur.