Los prodigiosos cuentos de Chesterton

Un anciano G. K. ChestertonEl formato que mejor se adaptó, dentro de la ficción, al talento literario de Gilbert Keith Chesterton fue el cuento. Creo le faltaban (o le aburrían) las dos condiciones eminentes que ha de reunir toda novela (en su sentido clásico, por supuesto): un concepto global del conjunto y no una mera suma de partes; y una galería de personajes bien diferenciados y con la necesaria densidad psicológica. (Es posible que su excepción a la regla, y aun así habría que discutirlo, es su genial El hombre que fue Jueves.) Leyendo a fondo al autor, y en nuestro país, ahora mismo, podemos encontrar casi cualquier cosa que escribió, gracias a la labor de editoriales como Valdemar, Acantilado o Renacimiento, es fácil imaginar que, como a todas las personalidades exuberantes (y la exuberancia en Chesterton era incontenible, en todos los sentidos), su creatividad funcionaba mejor en cortas explosiones que en largos alientos: uno no se lo imagina concentrado durante un buen puñado de horas en una misma tarea, sino buscando, como fuere, alguna distracción que lo aliviara de la pesadez de tal empeño. No se imagina uno al extrovertido Chesterton empeñado en la misma firme rutina que el ensimismado Henry James, por más que ambos compartieron dos características: la extrema sociabilidad (cada uno a su manera, claro) y el hecho de que buena parte de su obra se la dictaron a una fiel secretaria (el segundo, por problemas físicos; el primero, seguramente porque era la manera más rápida de evacuar su incontenible creatividad).

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Sobre sentimientos en la gran ciudad: Todos rieronElígeme

Cartel de Todos rieron, con su homenaje a su reparto coralEl cine siempre es imprevisible, por fortuna. Lo es el arte, en general, pero con más motivo el cine, por su condición de creación colectiva. Es decir, de nada valen las etiquetas o las valoraciones generales que se poseen sobre determinado autor, ya sea para apreciarlo o para rechazarlo, cuando de pronto nos encontramos ante una película que, para bien o para mal, nos desarma. Huelga decir que prefiero lo primero: que un director que no me gusta, de pronto me ofrezca una película que me encante. En estos últimos días, haciéndome un pequeño ciclo urbanita de los años ochenta, me ha sucedido con dos películas que había visto mucho tiempo atrás y que en su día me gustaron, pero que me había resistido a revisar teniendo en cuenta que casi todo lo que había visto después de sus dos respectivos directores me había disgustado bastante. Los dos realizadores están hoy poco valorados, pese a que cada uno, en décadas diferentes, gozó de algún prestigio crítico: Peter Bogdanovich, en los 70, y Alan Rudolph, en los años 80. Su caída fue tan rápida como su ascenso, si bien ambos, justo es puntualizarlo, han tenido ocasión de realizar carreras largas y más o menos estables. De las dos películas, una pasó desapercibida y la otra fue la que reveló a su autor. Ambas son crónicas urbanas protagonizadas por diversos personajes a la búsqueda casi desesperada del amor, y en las dos es fundamental, para la elaboración de la atmósfera, el trabajo con las canciones. No están plenamente logradas y no me extraña que, quien vea que se les dedica un artículo, enarque las cejas abiertamente, por cuanto, las dos, bordean peligrosamente el capricho o la tontería. Pero no puedo evitarlo: en la revisión, me han complacido bastante. Hablo de Todos rieron (1981), de Bogdanovich, y de Elígeme (1984), de Rudolph.

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Spielberg y el cine sobre la opresión de los negros

Cartel espanol de El color purpuraCon todos los reparos que puedan hacerse sobre su obra, es evidente que, sin Steven Spielberg, el cine comercial del Hollywood moderno, lo que ahora llamamos mainstream, no habría sido el mismo. Desde su espectacular revelación comercial con Tiburón, en 1975, y por muchas décadas, su nombre siempre fue un reclamo para la taquilla, no en vano muy pronto se ganó el apelativo de «Rey Midas». El encasillamiento inicial del cineasta en el cine de género supuestamente más evasivo (aventura y ciencia-ficción sobre todo), y la dedicación con que, desde su faceta de productor, consolidó un modelo del cine de entretenimiento con tendencia a la trivialización humorística y a la blandura emocional hizo que su figura fuera notablemente menospreciada por la Crítica. Ahora bien, inevitablemente Spielberg acabó siendo tentado por otro tipo de cine, más serio y trascendente si seguimos hablando en términos convencionales, con el que obtendría el mismo éxito de taquilla pero que, además, le otorgó una «respetabilidad» que sus Indiana Jones no podrían haber conseguido jamás. Yo creo que los méritos y los deméritos de su cine se reparten, a partes iguales, entre sus películas serias y sus películas ligeras, pero unas y otras revelan al mismo director pues poseen el mismo estilo narrativo y conceptual, el mismo uso dramático de determinados recursos. El tiempo ha equilibrado el número de películas que pueden incluirse en uno u otro registro, pero dentro de los temas «importantes» a los que el cineasta ha dirigido su atención, me parece que destacan sus historias sobre el triste devenir de la población negra de su país, significativamente repartidas en épocas muy diferentes. Se trata de El color púrpura (1985) y Amistad (1997), con el epílogo que supone Lincoln (2012), películas irregulares pero también dotadas de un notable interés, ideales para estudiar a su responsable.

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El hombre que fue Jueves, una pesadilla metafísica

El hombre que era Jueves, en AlianzaEn 1908 ingresó en el mundo una de las ficciones que no han dejado de fascinar a la humanidad desde el mismo momento en que alguien posó su mirada sobre ella. El autor era un hombre de 34 años que ya gozaba de una notable fama como periodista y que llamaba la atención con su mera presencia: alto, corpulento, desaliñado, dotado de una incontenible facundia y de una alegría mirífica. El escritor era Gilbert Keith Chesterton; la novela, El hombre que fue Jueves, magnífico título que (doy buena fe) tiene ya la virtud de atraer por su originalidad y misterio. Cómo un hombre puede ser Jueves es el primero de los múltiples interrogantes que seducen de esta novela, la más jubilosa pesadilla que jamás se ha escrito. Este segundo término lo aplicó el propio autor a su ficción, al subtitularla justo así: «Pesadilla». La asociación entre las dos palabras, ciertamente, es paradójica, pero Chesterton es el reconocido maestro universal de la paradoja, el hombre que entendió la sugestiva extrañeza que supone la asociación de dos ideas opuestas, por lo común para defender una contra la otra, en realidad para dejar en el permanente aire cuál de los dos atrae más al autor (y al lector). El hombre que fue Jueves es una angustiosa aventura que se sigue entre continuas carcajadas, cuya trama gira en torno al enfrentamiento entre un conjunto de temerarios agentes de la policía y un grupo de anarquistas que no pretende acabar con las instituciones de la sociedad sino con el universo mismo, puesto que está liderado por el más peligroso tipo de criminal que puede existir, el «filósofo moderno que ha roto con todas las leyes», humanas y divinas.

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Dostoyevski en el corazón de las tinieblas: Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov

El famoso retrato de Dostoyevski, por Vasili PerovDel mismo modo que son muchos quienes dicen que la historia de la filosofía se resume en Platón y Aristóteles, la literatura rusa (que tantos nombres de gloria dio tanto en el siglo XIX como en el XX, bajo dos autocracias implacables, la zarista y la aún peor soviética) parece concentrarse en las gigantescas figuras de León Tolstói (me resulta difícil escribir Lev) y Fiódor Dostoyevski. Si hay que tomar partido, que es una de las cosas más tontas que puede hacer un devoto de la literatura pero en lo que gustamos de incurrir todos, yo lo hago por el segundo de ellos, a quien durante una época leí como creo que solo se puede leer a Dostoyevski: en estado febril, sin pausa, devorando cada una de sus páginas, creyendo (mientras estamos sumergidos en ellas) que el universo está poblado, ante todo, por seres torturados y violentos, también puros e inocentes, con frecuencia ambas cosas a la vez, impelidos a acciones terribles que los apartan del resto de la humanidad pero que, a la vez, los unen indisolublemente a ellas, pues el gran principio moral del escritor fue que lo que hermana a los hombres, ante todo, es la compasión por el sufrimiento. En su prolífica carrera, no solo en obras sino en extensión (¿por qué los rusos se han empeñado en hacer las novelas más largas de la historia?), es posible que los dos títulos más famosos de la misma sean la mejor plasmación de este principio. Se trata de la primera gran novela que escribió, Crimen y castigo (1866), y de la última que publicó en vida, Los hermanos Karamázov (1880). Nunca había leído la primera, mi gran cuenta pendiente con el escritor, que acabo de saldar, y que me ha conducido, de modo inevitable, a la relectura de la segunda novela, que fue el primer libro de Dostoyevski que abrí en mi vida de lector. A ellas voy a dedicar un artículo en este verano ruso que estoy viviendo… a miles de kilómetros de la madre Rusia.

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Cuando Marvel era Vértice (II)

I              II

Primer numero del vol. 2 de Capitan America, portada de Lopez EspiEn el año 1974, Vértice abandonó el formato de tomos y adoptó el de cuaderno, lo que permitió, por fin, respetar el diseño de página original. Curiosamente, las dimensiones elegidas (20’5 x 18 cm) eran ahora mayores que las de los comic books originales, tradición que heredaría Planeta cuando, en los años 80, tomó el relevo. El símbolo del cambio fue la denominación de «volumen 2» para la reanudación de las series en el nuevo formato, reiniciando la numeración desde 1. Ahora bien, una parte de las series (Spiderman, La Masa, Capitán América o La Patrulla-X) no alcanzaría el año en el nuevo volumen. La razón estuvo en que, con ese sistema de dos o más números americanos por tebeo, llegó un momento en que casi todas las series originales fueron siendo alcanzadas. La decisión que tomó la editorial fue paralizar la aparición de episodios nuevos (inviable salvo que se publicaran de uno en uno, como en origen) y reeditar los números del volumen 1, contando con que esta decisión sería atractiva para los antiguos lectores, que así podrían acceder al formato original, y que asimismo engancharía a muchos nuevos. Para subrayar el cambio, Vértice etiquetó estas colecciones como «volumen 3». Puesto que yo no llegué a conocer en kioscos el volumen 1, tardé años en entender el porqué de esta curiosa denominación. El salto del tomo al cuaderno marcó el apogeo de Vértice, que multiplicó sus colecciones, siempre bajo la sana intención de ofrecer todo el material de superhéroes Marvel (y el de otros géneros de la casa, como el western, el terror o la fantasía heroica: Conan el bárbaro fue uno de los personajes más populares de la editorial). Parecía que las cosas iban viento en popa, y sin embargo, en pocos años, Vértice entraría en crisis y se iría precipitando hacia su caótico y triste final.

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Cuando Marvel era Vértice (I)

I             II 

Dedicado, con cariño, a Juan Carlos De la Hoz.

Portada de El Hombre de Hierro, por Lopez EspiMido bien mis palabras cuando afirmo que a Franco se debe el auge de Marvel en España. Vale, de acuerdo, es una boutade, entre otras cosas porque no me imagino al Caudillo hojeando siquiera un tebeo poblado de tipos en pijama dándose mamporros. Pero sin la pacata ideología franquista, la Iglesia no habría tenido tanto poder dentro de la Censura —olvidemos febriles sueños libertarios: esta habría existido incluso en un régimen democrático, porque así sucedió en todos los países de la democrática Europa occidental— y sus representantes no habrían contemplado con tanta desconfianza las primeras ediciones de superhéroes en nuestro país, pues se olían algún tipo de sacrilegio: esos individuos tenían poderes solo propios de una divinidad. Esos tebeos no eran de Marvel sino de DC (como es lógico, tanto por antigüedad como por el auge dentro de la cultura popular de Supermán o de Batman) y procedían de México, de una editorial llamada Novaro, que vio cómo el Ministerio de Información (irónica denominación…) prohibía, en 1964, la circulación de sus colecciones. Ahora bien, en 1969, otros héroes con pijama, desconocidos salvo para muy avezados, llegaban a los quioscos españoles, y lo hacían no ya para quedarse, sino para iniciar un reinado en el campo que no ha dejado de crecer y que ahora, con el boom del Universo Cinemático Marvel, parece imparable. Era una modesta editorial barcelonesa llamada Vértice, con la que los más veteranos lectores marvelitas aprendimos a amar a los superhéroes. Un libro de divertidísimo título, Cuando Daredevil se llamaba Dan Defensor (subtitulado Historia de Ediciones Vértice), escrito por el especialista Alfons Moliné, de reciente publicación, no solo me ha proporcionado valiosos datos sobre esa editorial, sino que ha tenido la virtud de remover ese poso de ternura, incomprensible para quienes no crecieron con sus tebeos (y es que sus ediciones fueron mediocres cuando no espantosas). Sin Vértice, y ahora ya no es boutade, mi formación cultural no habría sido la misma.

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Ilf y Petrov, la risa en la Rusia de los sóviets

Las doce sillas, de Ilf y PetrovLa historia de la literatura nos enseña repetidas veces que, en el corazón de las tinieblas, también brilla la luz. En los tiempos más oscuros para la libertad creativa, en el seno de las dictaduras más tenebrosas (en España lo sabemos bien), siempre surgen voces que, aunque tengan que nadar entre dos aguas para mantenerse a flote, que es la primera obligación de todo nadador, consiguen bañarnos con la oleada de su creatividad. Como bien se sabe, la Unión Soviética, en especial en el curso de la etapa estalinista, cercenó el arte libre, intentando que todos sus creadores se pusieran al servicio de la construcción del estado socialista, o censurando y persiguiendo directamente a aquellos que se negaron a contemporizar. (En este blog ya he analizado esa genial novela que se basta, ella sola, para demostrar que la tiranía nunca podrá quebrar al hombre genuinamente libre, El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov.) Otros creadores, sin embargo, supieron corroer desde dentro los muros de esa prisión, mediante obras de enorme éxito que las autoridades dejaron pasar hasta que reaccionaron demasiado tarde y ya no pudieron borrar esa subversión que contenían. Es el caso de dos escritores que firmaron sus obras en comandita, Ilf y Petrov, autores de un par de novelas de enorme éxito, Las doce sillas (especialmente) y su secuela, El becerro de oro (ambas accesibles hoy en extraordinaria edición de Acantilado, con traducción de Helena-Diana Moradell). ¿Cómo lo consiguieron? La clave, seguramente, estuvo en su encasillamiento como humoristas, esa condición supuestamente «menor» de la literatura (las autoridades soviéticas también dejaron «colarse» a otros dos genios de la subversión que escribieron en tándem, los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, porque escribían esa cosa inocua que es la ciencia-ficción). ¿Humor? Cierto, se trata de dos novelas que producen un continuo gozo, que cuando no despiertan una sonrisa es porque provocan una carcajada. Ahora bien, como indica Eloy Tizón1, Ilf y Petrov no fueron meros practicantes de la literatura escapista sino «dos arrojados periodistas de Odesa que se atrevieron a contar un chiste en un velatorio».

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En Recuerda que has leído: El jugador

El jugador, en AlianzaPublico en el blog literario Recuerda que has leído un artículo sobre uno de mis libros favoritos de Fedor Dostoyevski. Se trata de El jugador, una obra escrita en 1866, breve en comparación con los novelones que han otorgado la inmortalidad a su autor (Crimen y castigo, El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov), cuya lectura, en mi caso, desencadenó en su día una verdadera adicción por este escritor, lanzándome a devorar, enseguida, la mayor parte de su producción. Es indudable que la pasión incontenible que refulge en las páginas de Dostoyevski, el malsano atractivo que provocan sus personajes y situaciones desaforadas y el intenso idealismo que desprenden sus obras, se hacen especialmente atractivos si se leen en tiempos de juventud, como me pasó a mí. Ahora bien, por lo mismo, y después de haber estado muchos, muchísimos años sin abrir uno solo de sus libros, sentía cierto temor a no digerir ahora ese exceso, desde mi supuesta «madurez» como lector, en que uno cree ya no ser tan impresionable como antes. Cierto es que ahora veo lo que antes seguramente no aprecié: el cargante misticismo nacionalista que impregna muchas de sus novelas (presente ayer y hoy en todos aquellos quienes se empeñan en distinguir a los colectivos con dones que solo pueden ser particulares: la mezquindad, como la grandeza, no pueden ser universales), que encuentra campo abonado en una novela situada en una ciudad que él convierte en ejemplo de la decadencia moral de Europa. Pero siguen refulgiendo todas sus cualidades como autor, la primera de las cuales es la completa convicción con que nos hace creíbles las torturadas psicologías de sus personajes. Doy fe de ello porque, acto seguido, he comenzado a leer Crimen y castigo (la única «cuenta pendiente» que dejé de mi etapa dostoyevskiana, por increíble que parezca: entonces creí que era difícil que me sorprendiera, con tantas referencias como poseía de ella), y la fascinación está siendo completa. Para quien todavía no haya «entrado» en el mundo del autor, o haya hecho tan solo pequeñas prospecciones en él, recomiendo la lectura de esta pesadilla, plena de sadomasoquismo emocional, que es El jugador, como inmejorable puerta de acceso a Dostoyevski.

En Recuerda que has leído: El jugador

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Debilidades personales (IV): La luz del fin del mundo

la-luz-del-fin-del-mundo-de-kevin-billingtonDesde que la vi de niño, a principios de los 80, en una de esas entrañables sesiones matinales que murieron con el final de los cines de barrio, siempre he sentido una especial debilidad por una película que carece de la menor aureola cinéfila y de la que resulta difícil encontrar alguna referencia. Se trata de La luz del fin del mundo (1971), uno de esos films de género de ambigua «identidad» puesto que pertenecen al sugestivo reino de la coproducción (la financiación es anglosajona, el idioma de rodaje y las principales estrellas, también, pero los escenarios son españoles, como la mayoría de los técnicos y los actores secundarios, con refuerzos de intérpretes italianos y franceses), ese mundo en el que cualquier cosa era posible. Además, en teoría adapta una novela (poco conocida, eso sí) del escritor que presidió mi infancia, Julio Verne (y al que, de adulto, he mantenido la misma lealtad, aclaro), solo que, como era de esperar, de una manera muy particular, de tal modo que quien lea la novela difícilmente encontrará el tono febril y apasionado de las imágenes. El particular atractivo que, desde esa vieja sesión matinal, siempre he encontrado en este film, nace, ante todo, de tres elementos: el paraje costero, majestuosamente abrupto, donde transcurre la acción; la magia fetichista que desprende el pintoresco conjunto de piratas al que se enfrenta el protagonista; y un aroma de romanticismo nihilista que encuentra su más sugestivo foco en algo que uno nunca hubiera esperado encontrar en una adaptación verniana, el memorable personaje femenino que, como es lógico, no existe en el original.

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El cuento más bello del mundo

Este artículo apareció previamente en la revista digital Homonosapiens

Bonita ilustración sobre La sirena en la niebla, de BradburySucedió en los años 90. El estreno de (la muy decepcionante) Parque Jurásico, de Steven Spielberg, primera película en demostrar que los efectos digitales eran capaces de hacer real cualquier cosa, puso de moda a los entrañables dinosaurios. Por supuesto, no era la primera vez que aparecían por el cine, de tal modo que el fenómeno dio pie a publicar toda una serie de libros y artículos que recordaban la vasta progenie de las criaturas de Crichton y Spielberg. Los eruditos hablaron de El mundo perdido, de Conan Doyle, o de King Kong. Pero también de un modesto y olvidado film de 1953 titulado El monstruo de tiempos remotos, que versaba acerca de las andanzas de un dinosaurio que emergía de las aguas y se plantaba en la mismísima Manhattan. La recuperación de esta película reveló que era un film antes simpático que conseguido, cuyos mayores valores se hallaban en el hecho de haber sido el primer largometraje en que el gran Ray Harryhausen, el mago del stop motion —esa entrañable técnica de animación consistente en filmar fotograma a fotograma los movimientos de unas figuritas de pequeño tamaño—, lució sus increíbles habilidades. También se habló de su valor arqueológico: es indudable que este título inspiró la creación del famoso dinosaurio radiactivo Godzilla, con el cual los japoneses animarían a la chiquillería de los cines de barrio durante varias décadas. Pocos recordaron, eso sí, que el origen de la película de Harryhausen se encontraba en un brevísimo cuento de uno de los clásicos reconocidos de la ciencia-ficción literaria, Ray Bradbury. De ese relato quisiera hablar brevemente en las siguientes líneas, porque, cada vez que vuelvo a leerlo, pienso lo que digo en el título de este artículo: que es el cuento más bello del mundo.

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Romeo y Julieta y Shakespeare se enamoran

Romeo y Julieta, por Frank Dicksee, pintura de 1884El destino de Romeo y Julieta ha sido bastante curioso. Se trata, sin la menor duda, de una de las obras más populares de William Shakespeare, pero no porque se conozca al dedillo su desarrollo sino porque su renombre ha pasado al dominio público como emblema de un tipo de amor romántico (hoy día inevitablemente trasnochado), cuyo trágico final, incluso, suele ser motivo de parodia. Yo mismo, confeso idólatra shakesperiano, nunca me había asomado ni a sus páginas ni había contemplado versión alguna en cine o teatro. Basta, como tantas veces, con abrir la puerta: Romeo y Julieta no solo no es esa antigualla ridícula que uno podía temerse sino que admira por la riqueza de matices que templan esta historia de la que uno creía saberlo todo. Mi entrada en ella, como en tantas ocasiones, ha sido a través de una película: la espléndida versión que dirigió un hombre hoy despreciado, el italiano, Franco Zeffirelli, en 1968. El complemento ideal de esta adaptación y del propio original literario ha sido la exhumación de una película que, hace veinte años, gozó de gran éxito, Oscars incluidos, mas no de aplauso crítico, y a la que, sin embargo, la revisión le sienta bien. Se trata de Shakespeare enamorado (1998), protagonizada por el mismo escritor de Stratford, que propone un juego entre realidad y ficción seguramente nada original, incluso teñido de un toque sentimental demasiado rosáceo, pero que, primero, tiene la virtud de efectuar una mirada contagiosamente cariñosa sobre el medio teatral (que, para mí, siempre ha sido un escenario especialmente sugestivo para poner en pie una historia) y, segundo, de urdir muy bien su entramado argumental a partir de un juego de espejos en torno a la historia de los dos amantes de Verona.

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La lista de Schindler: había una vez un hombre bueno

poster de La lista de SchindlerDel mismo modo que se dice que el sueño de todo cómico es demostrar que también posee un lado trágico, Steven Spielberg, bautizado en ese tiempo como el Rey Midas de Hollywood gracias a las fenomenales taquillas de sus «entretenimientos», también se empeñó en dejar claro que podía hacer cine «serio». Su bautizo, en este terreno, fue El color púrpura (1985). Ocho años después, añadió una dimensión más a su currículo, la de cineasta comprometido. El trabajo con que lo hizo fue La lista de Schindler, ese film en el que el cineasta reivindicó de modo bien patente su condición de judío y se dispuso a levantar el documento definitivo sobre el Holocausto. Lo hizo en un año en que la jugada artística y comercial fue colosal: Parque Jurásico (1993), estrenada unos meses atrás, se convirtió en la película más taquillera hasta ese momento, amén de elevar el listón del realismo en los efectos especiales (ya digitales) como nunca se había visto. Pero su película «importante» no fue la de los dinosaurios —es más, llegó a declarar que la había realizado casi como un encargo, algo ciertamente insólito si consideramos la millonada invertida— sino la crónica de un caso real, el de un industrial alemán, Oskar Schindler, miembro del partido nazi y bien situado ante las altas instancias del poder, que salvó la vida a más de un millar de judíos al incluirlos en una lista de trabajadores supuestamente especializados para su fábrica de Moravia. Una historia concebida para instruir y emocionar.

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Antes de amanecer, atardecer, anochecer

Los tres carteles originales de la trilogía Antes de

En junio de 1995, en una época en que iba mucho al cine, sin discriminar demasiado, acudí al estreno de una modesta peliculilla, Antes de amanecer, que giraba en torno al encuentro entre dos jovenzuelos (yo entonces tenía más o menos la misma edad) que se pasaban la noche recorriendo Viena y hablando y hablando y hablando hasta separarse, tal como indicaba el título, al amanecer. No me dejó la menor huella, de modo que prácticamente no atendí a la aparición de dos sucesivas secuelas (con el mismo director y la misma pareja de actores) que fueron estrenándose con lapsos bien simétricos de nueve años, Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Imagínese mi sorpresa al ir descubriendo que sobre esa trilogía, poco a poco, se iba posando una notable devoción cinéfila, compartida incluso por críticos a los que no tengo por seguidores de las modas del día. He tardado mucho tiempo en comprobarlo por mí mismo, y tal vez por ello mi asombro y mi placer han sido mayores. La trilogía Antes de… ofrece una mirada sobre la relación de pareja que posee a la vez, y valga la paradoja, un denso encanto y una encantadora densidad, sobre todo en sus dos capítulos finales, verdaderamente antológicos. Y su poderoso influjo tiene mucho que ver con el mantenimiento del mismo juego narrativo de un film a otro: las conversaciones que mantiene la pareja durante unas horas, con nueve años de distancia entre cada una de ellas, con el límite temporal establecido por cada título.

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En Café Montaigne: La conspiración contra la especie humana

En Café Montaigne: La conspiración contra la especie humana

Edición de Valdemar de La conspiración contra la especie humanaHe publicado esta semana en la revista digital Café Montaigne un artículo sobre el ensayo La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti. El nombre del autor (nacido en Detroit, en 1953) respetado por los amantes del terror como uno de los más relevantes escritores coetáneos del género. Su obra se caracteriza por la prevalencia de la atmósfera como elemento sustentador del horror, lejos de esa predilección por los detalles visuales de los autores más conocidos (es decir, y como señala Leandro Pinto en este interesante artículo de su blog El Disparaletras, sus horrores son, ante todo, literarios, y no parece cine escrito como los practicados por otros compañeros de generación, más conocidos, eso sí). Anunciado siempre en las solapas de sus libros —Valdemar está efectuando un encomiable rescate de su obra, con la publicación, hasta ahora de cuatro volúmenes de sus relatos— como un heredero directo de H. P. Lovecraft (y de Edgar Allan Poe), su ficción está impregnada de un terrible pesimismo, que convierte al hombre en la víctima de una existencia que no ha pedido y que se empeña en zarandearlo de modo horrible, mediante ominosas (y muchas veces inconcretas) amenazas, sueños malsanos o transformaciones espantosas. La conspiración contra la especie humana no es un libro de ficción, aunque a ratos lo parezca, sino un ensayo sobre el nihilismo, a lo largo del cual este depresivo crónico (es otro dato que nunca falta en las exiguas informaciones sobre Ligotti) da rienda suelta a todo un catálogo de razones para el pesimismo que pretende ser una monumental refutación de la consoladora idea de que «estar vivo está bien». A la vez, es una reflexión sobre el horror sobrenatural, que sirve también como libro de instrucciones de su propia obra, y que realiza magníficos análisis de obras de Ann Radcliffe (Los misterios de Udolfo), Roland Topor (El quimérico inquilino) o los mismos Poe y Lovecraft, y en concreto de dos relatos tan emblemáticos como La caída de la casa Usher y La llamada de Cthulhu.

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