Un clásico llamado Peter Weir (I): los años australianos

I             II          III

El policia y la amish, dos mundos opuestos tipicos de Peter WeirHace ya más de una década que el australiano Peter Weir desapareció de las pantallas del cine, aunque más bien puede decirse que son dos, puesto que la última película que de él se recuerda, Master and Commander, se estrenó en 2003. (Pocos fueron a ver la última, Camino a la libertad, cuyo enorme fracaso precipitó el final de su carrera.). Sin embargo, su trayectoria abarca cuatro décadas y trece películas (mas algunos trabajos para televisión y varios cortos en sus años iniciales), cuyo repaso revela que este director es el firmante de varios títulos de enorme repercusión en su día (Único testigo, El club de los poetas muertos, El show de Truman) y de otros cuantos que ostentan una merecida aureola de culto, sobre todo los que lo revelaron allí al otro lado del mundo (por cierto, el subtítulo de la mencionada Master and Commander). Es posible que nunca levantara grandes entusiasmos ni que haya ostentado la relevancia crítica o comercial de compañeros de generación en el mainstream mundial como Martin Scorsese, Ridley Scott o Steven Spielberg. Sin embargo, repasando sus películas se llega a la rápida conclusión de que estas, aun las peores, dejan un recuerdo mucho mejor del que teníamos, y que revelan el trabajo de un director en el antiguo significado del término: un narrador visual y no un orquestador de imágenes, como sucede hoy. Me resisto a aplicar a Peter Weir ese sobado término de «último clásico», sobre todo porque nadie llega a ser último de verdad, pero lo cierto es que él mismo acabó reivindicando más de una vez el oficio necesario bajo tantas capas de pompa autoral como se concede a cualquier figura que cae en gracia a la crítica o a los cinéfilos. Y lo dice alguien que, tan pronto uno lee libros o trabajos, tiene el mismo derecho, o más, a ser tratado de autor, puesto que su cine, incluso en los casos en que aceptó proyectos ya completamente organizados, posee unas determinadas recurrencias argumentales, estilísticas y dramáticas que así invitan a hacerlo.

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Pasión de Borges en tres cuentos

Borges, el dios ciego de la literaturaSeñala Fernando Savater en esa obra de referencia que para mí siempre ha sido La infancia recuperada que lo fundamental de Borges —sí, en este libro conviven sin problema Tolkien y Stevenson, Agatha Christie y Guillermo Brown, la novela del Far West y el genial escritor argentino— es «el carácter primordialmente literario de todos sus secretos», el hecho de ser un escritor «realmente poseído por la literatura, que obtiene de ella todos sus puntos de referencia y le debe todos sus contenidos», no en vano él llegó a hablar del curso de una vida consagrada más a leer que a escribir. De hecho, este escritor tan fascinado por las repeticiones se literaturizó a sí mismo, proyectándose como narrador en primera persona de varios de sus cuentos, y en alguno de ellos hasta se duplicó, al encontrarse con su yo del pasado o del futuro. Jorge Luis Borges, que según las enciclopedias nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986, cuya imagen más reconocible es la del escritor ciego que, además, fue director de la Biblioteca Nacional de su ciudad, es por tanto el mejor símbolo de la literatura como principio y como fin. Ahora bien, no por ello debe reducírselo bajo la etiqueta de «escritor intelectual» (aunque sea apropiada, claro), puesto que su concepto del hecho literario fue tan abierto y generoso como era de esperar en un ser tan absolutamente fascinado por la multiplicidad del mundo: el real y el de las ideas, el de la literatura y el de la vida cotidiana… aunque todos se mezclaran indisolublemente bajo su mirada.

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600 artículos y ocho escritores de cabecera

Transito en espiral, de Remedios Varo, la imagen de mi blog

El archivo del blog me ha dado una sorpresa: la presente entrada es la número 600 desde que comencé su publicación un lejano 12 de julio de 2012. El número parece desorbitado, pero en los primeros tiempos, con mucho material previo, la publicación fue abundante. Hace ya tiempo en que mi propósito es subir un artículo a la semana, salvo cuando coincide con periodos de intensidad laboral o viajes. En cualquier caso, La mano del extranjero me ha permitido tanto cumplir mi viejo sueño de ver mis escritos en letra «impresa» (aunque fuera digital) como suponer una puerta de entrada a colaboraciones en ámbitos de gran prestigio en la red (Café Montaigne u Homonosapiens), amén de que, sin él, no existiría el libro que recientemente publiqué en la editorial Algorfa, Edad Media soñada. El blog ha sido para mí, ante todo, una crónica de mis lecturas y visionados en el campo de la ficción (aunque me he permitido alguna escapada al arte e incluso la filosofía, ya que la audacia no conoce límites). El objetivo siempre ha sido doble. Por un lado, poder recordar después las impresiones que me han deparado, ya que la memoria acaba siendo más porosa de lo que nos gustaría y yo creo que hace tiempo que superé mi capacidad (Sherlock Holmes, como se sabe, descartaba introducir en la suya datos menos importantes que pudieran desalojar los para él más valiosos: entre los primeros, por ejemplo, el sistema heliocéntrico, que a un detective poco debe importarle). Por otro, estimular al conocimiento de esas obras que a mí me han entusiasmado, o compartir ideas en el caso de tenerlas ya en común con los lectores que se han ido asomando a este blog a lo largo de estos años. Creedme que, sin el estímulo de saber que existís (gracias, sobre todo, a vuestros comentarios), seguramente habría desistido del blog. A todos cuantos os asomáis a él, ya sea con frecuencia, con alguna regularidad o aun esporádicamente, muchas gracias.

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Un corazón en invierno o el hombre que no quería amar

Cartel espanol de Un corazon en inviernoHay veces que el descubrimiento de una obra, en determinada época de nuestra vida, puede agitarnos el alma. Precisamente por mi profundo amor hacia las ficciones, siempre he sabido guardar una completa distancia entre estas y la realidad. Sin embargo, no siempre puede evitarse que una película encuentre una grieta por donde colarse más allá de lo debido, sobre todo si no lo esperamos. A mí me sucedió hace ya muchos años, en eso que F. Scott Fitzgerald llamaba «en mi más tierna y vulnerable edad», cuando fui a ver una película de cuyos principales artífices no tenía la menor referencia, Un corazón en invierno (1993). Sobre el papel, se trataba de un ejemplar más de ese tipo de cine francés del que cada temporada tenemos unas cuantas películas, cuyos personajes centrales pertenecen a la clase media más o menos acomodada, de profesión liberal, adornados de profundas inquietudes culturales que exhiben en cada conversación (no suele faltar la reunión de amigos en torno a una mesa muy bien surtida en la casa de campo de rigor) y cuya trama gira en torno a sus vicisitudes sentimentales, siempre muy agitadas en un francés, o al menos eso nos ha enseñado el cine. En esta película, sin embargo, el título ya alertaba de una diferencia: la de ese protagonista cuyo corazón vive en un perpetuo invierno puesto que parece impermeable al amor, pese a que se le brinda una muchacha bellísima y de fuerte personalidad (reconozco haber caído enamorado, en el acto, de Emmanuelle Béart). La identificación no estribaba en esa teórica incapacidad para amar (eso bien lo sabía yo) sino en la sensación que el personaje expresa en determinado momento: la de haberse quedado, casi sin darse cuenta, al margen, estancado, sin capacidad para avanzar o retroceder, para mejorar o empeorar: para unirse a la corriente de la vida. Es una sensación muy propia de la juventud, claro, pero ¿qué escalofrío no me recorrió el cuerpo al descubrir que se puede permanecer en ella hasta la madurez? Seguir leyendo

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Todos éramos de la Patrulla-X

La saga de Fénix Oscura                       Los X-Men en el cine

La Patrulla-X, en su edicion espanola de ForumEn el año 1997 dejé de comprar, y por tanto, de seguir las novedades del Universo Marvel. Decía adiós así a casi dos décadas en que, con un pequeño y lógico parón al final de la adolescencia, había comprado con regularidad sus principales colecciones. A esas alturas, en realidad, mis compras se ceñían a las series relacionadas con el llamado entorno mutante, cuyo centro era el grupo conocido como La Patrulla-X, y que era el mayor éxito de ventas de la editorial, hasta el punto de que, a esas alturas, se ramificaba en al menos una decena de colecciones, por lo común unidas cada año en alguna multisaga cuya comprensión global, supuestamente, exigía leerlas (comprarlas) todas. Si abandoné esas series —cuidado, no el tebeo de superhéroes en general: lo que hice fue centrarme en momentos concretos y, claro, en las etapas clásicas— fue por desaliento, porque las riendas de las colecciones ya no las tenían los artistas sino los directivos, y a estos los guiaban las leyes del marketing. Fue una pérdida dolorosa, porque el entorno de los Hombres-X había sido cotidiano para mí durante mucho tiempo. ¿Extraña que tanta gente, en Estados Unidos y fuera de ellos, acudiera cada mes tras mes al kiosco para renovar la cita? El entorno mutante ofreció un punto de encuentro a lectores del más variado bagaje y de las más dispares edades (porque los había recién llegados y los había fieles desde la primera publicación de Marvel en España), cuya clave estaba en la extraordinaria capacidad que poseía para convertir a cada lector en un miembro más del grupo: en parte de una familia de héroes con la vitola de proscritos, cuyas relaciones rezumaban un convincente realismo. Cualquiera de nosotros deseaba ser un Hombre-X: tomarse una cerveza con Lobezno, reír con Rondador Nocturno, escuchar fascinado al profesor Charles Xavier, dejarse guiar en el combate por la sabia estrategia de Cíclope. Si existieran los superhéroes, serían así, pensábamos todos, y nos hubiera gustado ser uno de ellos. Al menos, así fue durante más de quince años, el tiempo que estuvo al frente de sus historias (con la colaboración de un puñado de magníficos dibujantes) un solo hombre, el guionista británico Chris Claremont.

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Tempestad sobre Washington: ¿la verdad y nada más que la verdad?

advise_consent-650088901-largeNo somos pocos los cinéfilos que, en este caldeado ambiente del relevo presidencial en los Estados Unidos, hemos sentido la necesidad de repasar la película que contiene la mejor enseñanza práctica sobre la clase política de ese país, la excepcional Tempestad sobre Washington. Mi amigo Juan Carlos Vizcaíno, por ejemplo, ha publicado no hace mucho, en su fenomenal blog Cinema de perra gorda, toda una declaración de amor por ella, que aconsejo leer con rapidez (enlace). Teniendo en cuenta que el mandato de Trump (y su lamentable final) se ha sostenido sobre una red de mentiras que ha sometido a constante tensión el concepto de Verdad, admira que Tempestad sobre Washington ya gire sobre el relativismo de este concepto en el medio político. Y si hablamos de cine y política, pocas películas traducen como esta esa sensación tan americana de que cuanto sucede allí, para sus habitantes, sucede en el centro del mundo. El sentido del poder, o de la americanidad, impregna todas sus imágenes, y casi puede decirse que la capital, y en concreto su famoso distrito central, se convierte en otro personaje: hasta cuando las escenas se sitúan en un interior, no falta alguna ventana desde la que se vislumbre un monumento emblemático, como el obelisco de Washington. El hombre que orquestó la película, Otto Preminger, fue uno de los mejores exponentes de esa capacidad que tuvo el mejor Hollywood de unir el espectáculo (entendido este no como show visual sino como una apuesta por un sentido narrativo que implica siempre progresión, ritmo y fluidez) y la trascendencia (o sea, la ambición por plantear una densa reflexión dramática). A ello hay que sumar uno de los más nutridos y extraordinarios repartos que el cine recuerda, tan bien elegido para sus respectivos papeles y tan conjuntado en el registro interpretativo, que bien puede decirse que los actores no actúan: que son.

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En Café Montaigne: La isla del tesoro

En Café Montaigne: La isla del tesoro

El mapa de la isla del tesoro, por StevensonEn tiempos inciertos, el mejor refugio siempre se encuentra en los viejos amigos. En mi caso, Robert Louis Stevenson me lleva acompañando toda la vida. Hay escritores cuya obra nos fascina y, sin embargo, sus personas nos producen prevención: uno llega a pensar que mejor conocerlos solo a distancia. Me pasa con autores tan imprescindibles como Dostoyevski, Elias Canetti o Schopenhauer. A otros los veo tan impenetrables que me cuesta trabajo imaginarme encontrando un tema de conversación: es el caso de Henry James. De unos cuantos más imagino que su contacto personal me divertiría tanto como me irritaría, y aquí pienso en un Dickens o un Andersen. Y luego están aquellos con los que uno tiene la práctica seguridad de encontrar en ellos una simpatía instintiva, un espíritu común, una amistad apacible. Por supuesto, es vanidad pensar en que ellos encontrarían algo de interés en nosotros, pero esa es su magia: imaginarlos, en su sencilla calidez, capaces de acogernos bajo su ala sin pensar siquiera que están haciendo una buena obra: sencillamente, es lo natural en ellos. Esa es mi relación con Stevenson, el escritor al que más admiro, tanto por su obra literaria como por cuanto he leído sobre su vida, sus intereses, su comportamiento. Alguien que, sabiéndose irremediablemente enfermo, cruza a duras penas medio mundo en busca de la mujer que ama, sin poder asegurar siquiera de cómo será recibido (estaba casada), ya merece, como mínimo, nuestra adhesión. Vuelvo una y otra vez a su novela más conocida, La isla del tesoro, con la que prácticamente inició su carrera y que nació (en su caso no podía ser de otro modo) del generoso propósito de entretener a un niño. La habré leído no sé cuántas veces ya y el mejor elogio que creo que se le puede hacer es que, sabiéndomela de memoria, sé que cada vez que vuelvo a abrir sus páginas, voy a reparar en algo nuevo, aun cuando sea el ademán de un pirata antes de morir o el efecto de la espuma del mar al cubrir el precario bote en que Jim intenta alcanzar la Hispaniola. Y es que, usando una frase tópica, no tengo la menor duda en que Stevenson, al crear a este inmortal personaje para conducir su relato, supo bien que lo identificaríamos a la perfección: que todos, de un modo u otro, somos Jim Hawkins.

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Nostalgia de Forum: la colección Extra Superhéroes

La bella y la bestia, Extra SuperheroesHace pocas semanas se ha constituido un grupo en Facebook que reúne a quienes nos reconocemos como la Generación Forum, es decir, el conjunto de lectores que, en los años 80 y 90 sobre todo, seguimos con fervor las publicaciones de los superhéroes Marvel a cargo de esta sección editorial del Grupo Planeta. El enorme éxito de la iniciativa, a la que se han apuntado, en tan escaso tiempo ¡casi 2000 miembros!, desvela la enorme nostalgia que despierta el mero nombre comercial de Ediciones Forum, los primeros en publicar con dignidad los tebeos de Marvel, después de las etapas de Vértice (entrañable pero más bien chapucera) y de Bruguera (marcada por una desidia increíble en la que en su momento era la principal editora de tebeos de España). Yo me inicié en el Universo Marvel en las postrimerías de Vértice, pero en rigor fueron los años de Forum los que terminaron de convertirme en un adicto para toda la vida, y mi agradecimiento, por ello, es total. Sus ediciones, como es natural, no estuvieron exentas de defectos y limitaciones, pero se caracterizó por un contagioso cariño hacia el género y un encomiable ánimo de comunicación con los lectores. De entre todas sus iniciativas, hoy quiero hablar de una que nos marcó especialmente, porque suponía, por formato y contenido, una completa novedad: la colección Extra Superhéroes, cuya encuadernación en tomos con portada de cartón le otorgaba cierto aire libresco que a los adolescentes de la época nos pareció el colmo de la sofisticación.

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Regreso al futuro o el DeLorean que viajaba en el tiempo

Cartel espanol de Regreso al futuroAunque, por edad, debiera contarme entre los que mitifican el cine de entretenimiento del Hollywood de los años 80, más bien considero que constituye una de las más mediocres etapas de su trayectoria, puesto que, de la mano de un equivocado concepto del juego que debe haber entre tensión y distensión, lo que hizo fue trivializar el concepto de emoción. Aunque no fue el único responsable (ahí está para demostrarlo La princesa prometida, film cuyo culto no comprendo), suele echársele la culpa de esto a Steven Spielberg, tanto por sus propias películas (con ese anti-héroe que es Indiana Jones, y utilizo el concepto en su sentido literal: lo contrario a un héroe) como por las que produjo, sobre todo con el sello Amblin, de Los Goonies a Gremlins. Ahora bien, toda sentencia tiene sus atenuantes y en mi caso es Regreso al futuro (1985), una película que, por mucho que participe de buena parte de los defectos de sus compañeras de generación, tiene la virtud de proponer un cuento fantástico de extraordinario ingenio, a partir además de uno de los elementos para mí más sugestivos del acervo de la ciencia-ficción: la máquina del tiempo. Cierto, el film que Spielberg produjo y dirigió Robert Zemeckis no intenta esconder en ningún momento su subordinación a ese público adolescente o juvenil (o eterno adolescente) que se suponía que entonces era el gran impulsor del mainstream. Pero lo hace con un virtuosismo y una convicción que permite superar sus defectos: revisión tres revisión, sigue provocándome la mayor de las diversiones.

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La reina de las nieves o el cristal que helaba el alma

El hombre que tantos cuentos sabe

La reina de las nieves, edicion de AlianzaLos escritores que se saben complejos son sin duda un regalo puesto que, en arte, la ambición, aun cuando en muchas ocasiones pueda conducir a la pretenciosidad, es el mecanismo interior que impulsa al artista a extraer con fervor ese magma interior que, en caso de no poder hacerlo, los ahogaría. Es el caso de los Bulgákov, Henry James, Dostoyevski o Canetti. Pero luego están esos otros que son complejos sin saber que lo son, cuyo mayor anhelo es que, al llegar al final de la página, no deseemos otra cosa que pasarla y saber qué sucede a continuación; ahora bien, por debajo del mero placer de narrar, sus obras dejan en la conciencia un poso misterioso que se empeña en hostigarnos y descubrirnos unas zonas oscuras que la primera vez no advertimos. Hablo ahora de los Stevenson, Dickens, Kipling o Lovecraft. Hans Christian Andersen perteneció a esta segunda estirpe. Escribió lo aparentemente más modesto y caduco que puede haber en literatura, pero al mismo tiempo lo que produce una felicidad más inmediata, por el agradecimiento rápido y desinteresado que despiertan en el público al que parece que van dirigidos: cuentos para niños. Andersen nos habló del abeto que sueña con ser, tan solo, un árbol de navidad; del humilde soldadito de plomo que compensa su reducción a una única pierna con el valor y la abnegación sin límites; del niño que es el único que advierte que el emperador que exhibe tan vanidosamente su nuevo traje, en realidad va desnudo; del soberano que demasiado tarde se da cuenta de que el ruiseñor era más auténtico que el autómata con que lo reemplazó. Si el adulto que gozó con ellos de niño se atreve a recuperarlos más allá de la edad de la inocencia, tal vez se sorprenda descubriendo que esos cuentos inofensivos contienen más sombras de las que recordaba, que están poblados por poderosas imágenes sobre la fugacidad del tiempo, la precariedad de la fortuna, el tormento de la soledad o la sensación de no haber conseguido pertenecer a nada ni a nadie en el mundo. El cuento del que hoy quiero hablar es, sin duda, una de sus grandes obras maestras.

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Edad Media soñada: una presentación

El sueño de Arturo en Avalon (fragmento), de Edward Burne-Jones

Con enorme alegría, comunico que mi libro Edad Media soñada ya se encuentra disponible en librerías o en la página web de la editorial Algorfa. Agradezco el cariño con que han acogido la noticia amigos, compañeros, antiguos alumnos y conocidos en general (muchos de ellos, gracias a los lazos que ha creado este blog a lo largo de los años). A modo de presentación algo más pormenorizada, he compuesto esta entrada con el texto que sirve de presentación o introducción al libro, puesto que en él se expone adecuadamente tanto su espíritu como el contenido que se puede encontrar en él.

En algún lugar he leído que la Edad Media no existió. En concreto, que la Alta Edad Media es un fraude, un engaño orquestado entre un emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Otón III, y un papa, Silvestre II, que había sido tutor del anterior cuando era un monje de enorme reputación intelectual, todavía llamado Gerberto de Aurillac. El propósito de ambos era adelantar el calendario unos 300 años para que sus respectivos reinados coincidieran con el año 1000, por esotéricas razones acerca de la mística de las cifras emblemáticas, y de paso poder inventar una Historia previa según sus intereses: por ejemplo, la existencia de un fabuloso creador del imperio germánico, primer unificador cristiano de Europa tras la caída de Roma, y padre de las actuales Alemania y Francia, esto es, Carlomagno. Esta tesis tiene hasta un nombre, que no está nada mal, la Teoría del Tiempo Fantasma, y la sustentan los supuestos eruditos de rigor, que cuentan con un no desdeñable número de seguidores, del mismo modo que los tienen los defensores de la teoría de la Tierra plana o de la Tierra hueca.

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Publico Edad Media soñada

Edad Media soñada (portada)

Si todo no ha sido un sueño (contemporáneo), en pocos días saldrá a la venta el primer libro que publico. Lo he llamado Edad Media soñada, y el subtítulo intenta explicar su contenido con un solo concepto, que es para lo que existen los subtítulos: La imagen del medievo en la ficción. Por lo tanto, en él hago un recorrido por las historias del cine, la literatura y el tebeo que toman esta época como escenario. La portada, preciosa, es un fragmento del cuadro (de tamaño descomunal) del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, titulado El sueño de Arturo en Avalon, que expresa de modo inmejorable el espíritu de la obra. La editorial que me da la oportunidad es la malagueña Algorfa, cuyos responsables, Andrés García Serrano y Andrés García Baena, me han hecho sentir su entusiasmo y su cariño desde el primer momento, cuando aceptaron el proyecto sin vacilar. Antes de nada, debo indicar que este libro no existiría sin el presente blog, La mano del extranjero, que llevo escribiendo desde hace ya unos cuantos años, pues no solo ha sido mi carta de presentación ante los editores sino que he partido de una de sus secciones, del mismo nombre, para desarrollar el tema del libro, revisando exhaustivamente el material y ampliando considerablemente mi mirada sobre la época, lo que me ha permitido descubrir tanto como repasar las obras más conocidas de la temática y un buen número de ficciones de menor renombre pero considerable calidad.

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El fantasma y la señora Muir: un libro encantador, una película inolvidable

La película

El fantasma y la señora Muir, libro de R. A. Dick, en ImpedimentaDentro del vasto conjunto de adaptaciones cinematográficas, existe un número no desdeñable de películas que parten de historias que no han parecido preocupar a nadie: que nunca se mencionan cuando se habla de aquellas. Se trata de films tan extraordinarios que, al no proceder de grandes clásicos de la literatura, diríanse que nacieron por entero de la imaginación de sus creadores cinematográficos (director o guionista). Y sin embargo, antes de convertirse en imágenes (inolvidables) fueron palabras, y no palabras cualesquiera, mera excusa para que los grandes creadores las utilizaran y las llevaran «a su propio terreno» viejo tópico de los críticos perezosos, y de cuantos espectadores atribuyen al film todos los méritos, sin haberse preocupado nunca por saber si esa obrita mencionada en los créditos como punto de partida del guion a lo mejor anticipa el atractivo de la película. En este blog he mencionado algunos casos: por ejemplo, los de Vértigo o Centauros del desierto, obras maestras cuyo valor no mengua un solo ápice por señalar que son adaptaciones, incluso fieles, de novelas no por desconocidas menos estupendas. (Debo señalar, en justicia, que en muchos de estos casos el desconocimiento se debe a la imposibilidad de acceder al original.) La elegante editorial Impedimenta acaba de corregir una de esas lagunas, al publicar en nuestro país El fantasma y la señora Muir, punto de partida de un inolvidable clásico del melodrama romántico, dirigido por Joseph L. Mankiewicz en 1947 (la traducción es de Alicia Fryeiro). La lectura del libro revela, una vez más, que la película no parte del vacío: que su irresistible encanto ya se encuentra en sus páginas, por cuanto, además, supone una adaptación razonablemente fiel. No exactamente fiel (concepto que detesto al hablar de trasvase de la literatura al cine), pero sí muy cercana tanto en la letra como en el espíritu. Y si bien, lo digo ya, el libro no alcanza la sublime altura de la película, desborda sobradamente del bello sentido de la delicadeza que, para mí, constituye la principal virtud que le otorga a la historia su inmortalidad.

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Dos colinas, dos guerras… y el horror

Cartel español de Men in ArmsEl cine bélico, por lo general, ha practicado dos tipos de planteamiento bien diferentes. Por un lado, para dar cobertura a lo que, en realidad, no es sino una peripecia aventurera, solo que abordando la aventura suprema: la de la supervivencia. Es el caso, por ejemplo, de Doce del patíbulo o Los cañones de Navarone. Por otro, para denunciar precisamente el acontecimiento que ilustran: el horror bélico. No hace falta ser un pacifista nato para encontrar poca satisfacción en el primer modelo, porque pocos títulos de interés ha ofrecido. En el segundo, sin embargo, se encuentran títulos tan espléndidos como Sin novedad en el frente, La gran guerra, La infancia de Iván o El arpa birmana, por ofrecer películas sobradamente conocidas de muy distintas cinematografías. En este artículo quiero difundir dos de los mejores títulos del cine antibélico de todos los tiempos que, por desgracia, apenas son conocidos, aunque quienes han tenido ocasión de verlos sí que los reverencian. El primero es Men in War (1957), magnífico film del gran Anthony Mann que en nuestro país recibió el absurdo (e indignante, porque parece anunciar, precisamente, una hazaña épica) rebautizo de La colina de los diablos de acero. El segundo ni siquiera llegó a ser estrenado en España: se llama The Hill y en sus pases por tv y ediciones domésticas ha sido llamado de diversas maneras, pero una de ellas es la que corresponde, y por esa lo voy a llamar yo, La colina (1965), film en este caso ignoto primero porque fuera un notable fracaso comercial y, después, por venir firmado por un director en general menospreciado pese a su enorme valía, que solo en los últimos tiempos comienza a serle reconocida, Sidney Lumet. Dos colinas, pues, para dos guerras diferentes (la de Corea en el film de Mann, la Segunda Guerra Mundial en el de Lumet), pero el mismo horror, que pocas veces ha sido denunciado mejor que en estos dos trabajos.

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Breve esbozo de la literatura pulp (II): el esplendor

I                   II

Una princesa de Marte, portada de Frank SchoonoverSeñalaba en mi artículo anterior que el pulp nace con la primera publicación en el formato editorial cuyo papel ínfimo le otorga dicha denominación, y esto sucede a finales todavía del siglo XIX. Sin embargo, es evidente que las características centrales del género irían surgiendo progresivamente, al principio de modo tímido, y después ya incontenible, no en vano su edad de oro debe situarse entre la segunda y la cuarta década del siglo XX. Es posible que el primer autor pulp, por la considerable influencia que tuvo en muchos de los demás fuera Edgar Rice Burroughs (1875-1950). Después de haber pasado por muchos empleos, incluida una estancia en el ejército, en 1912, el ya no tan joven Burroughs se animó a probar la literatura (con la mirada puesta, precisamente, en esos magazines de pulpa barata) y consiguió que se publicara, en entregas serializadas en la revista All-Story, una novela que había titulado Bajo las lunas de Marte, que ni siquiera firmó con su nombre, sino con el seudónimo de Norman Bean. El éxito obtenido lo llevó a rescatar el suyo propio (es más, al publicarse su serial en formato libro lo rebautizó como Una princesa de Marte, por el que hoy se lo conoce) y a lanzarse con entusiasmo a la redacción de nuevas aventuras en las que el desarrolló el mismo modelo de personaje creado para aquella mas en diferentes, incluso muy variados ámbitos, para no agotarlo. Uno de ellos sería el famosísimo Tarzán, nacido en el mismo año y en la misma publicación. Hasta su muerte, Burroughs se convertiría en uno de los más prolíficos escritores de literatura de género, y su influjo, como ya he señalado, crearía escuela entre toda una generación de autores que intentaron seguir sus pasos.

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