El camino, entre ¡Qué verde era mi valle! y Guillermo Brown

Portada de El camino, en destinolibroPor mucho que yo sea un apasionado de la relectura, nunca creí que volviera a sacar El camino del fondo del estante en que lo dejé después de los lejanos días del bachillerato; es más, ni siquiera había leído ningún otro libro de Miguel Delibes. El recuerdo que guardaba  era grato pero superficial, como propio de la historia que se deja leer en su momento pero sin especial estímulo. En principio, tan polvoriento rescate no se debía más que al escrúpulo que tengo por conocer, en lo posible, o recordar, en este caso, los libros cuyas adaptaciones al cine veo, con objeto de situar bien los méritos artísticos (no soporto las críticas que se los adjudican invariablemente al adaptador —por supuesto si lo consideran un «autor» excelso—, como por ejemplo, sucedió en su día con muchos comentarios acerca de la sobrevalorada versión que Martin Scorsese hizo de la excelente novela de Edith Wharton La edad de la inocencia, de tal modo que parecía que el cineasta también había escrito también el libro), y hace poco he repasado la bonita película que sobre el libro de Delibes hizo Ana Mariscal en 1963. Contaba con hacer una lectura más bien ligera, casi un picoteo, y sin embargo me he sorprendido deteniéndome cada vez más placer en los diversos episodios que lo componen, hasta el punto de ir sintiendo una progresiva admiración, sobre todo en su excelente segunda mitad. No en vano, en sus mejores momentos (sobre todo, en su excelente segunda mitad), he encontrado en ella una inesperada, y entrañable, evocación de dos obras por las que siento particular devoción: una película amada hasta la pasión, ¡Qué verde era mi valle! (1941), del genial John Ford, y un universo literario que, desde la infancia, me ha acompañado toda la vida, el del niño inglés Guillermo Brown, creación de la maravillosa Richmal Crompton.

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En Café Montaigne: El nombre de la rosa

En Café Montaigne: El nombre de la rosa o el otoño de la Edad Media

Portada de la primera edicion en Lumen de El nombre de la rosaAcabo de publicar en la revista digital Café Montaigne una reseña sobre la novela El nombre de la rosa, que en el ya lejano 1980 supuso uno de los mayores éxitos de ventas de la literatura mundial. Su autor, Umberto Eco, era un ensayista sobradamente conocido, e influyente, pero este libro supuso su primera tentativa en el campo de la ficción, que luego seguiría frecuentando con otros títulos por lo común bien acogidos, pero ya sin superar nunca su opera prima. Ahora que tan de moda está la novela histórica, hasta el punto de que los autores nacionales ya deben estar teniendo problemas para encontrar algún reinado, episodio o contexto sobre el que nadie haya arrojado todavía su mirada, conviene recordar que Eco no se limitó a situar una historia en tiempos pretéritos con personajes hablando y comportándose como si hubieran nacido anteayer, sino que efectuó un notable ejercicio de reconstrucción moral y filosófica, cuya gran virtud es saber dar vida al pasado pero sin olvidar que lo que hace perdurable cualquier obra (esté ambientada en la época, género o cultura que sea) es su capacidad para resultar universal. Eco creó además un personaje inolvidable, ese monje investigador que es mucho más que un homenaje a Sherlock Holmes, pues su intensa humanidad lo distingue del mero ejercicio bibliófilo. El artículo que publico en Café Montaigne está extraído de la entrada propia que ya publiqué en este mismo blog, solo que concentrado exclusivamente en el libro. Para quien sienta interés, además, por leer un comentario sobre la excelente versión cinematográfica en la que Sean Connery encarnó a Guillermo de Baskerville, incluyo ese enlace:

El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

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Veinte películas para la década de los diez (II)

I         II

Lucy, de Luc BessonLucy (2014, Luc Besson). Quién iba a decirme que me rendiría sin paliativos ante una película de Luc Besson, ese cineasta francés empeñado en clonar del modo más adocenado los éxitos del mainstream de Hollywood. Esa admirable sorpresa se llama Lucy, una película que, a priori, no parecía otra cosa que un híbrido de action movie y ciencia-ficción con ecos del cine de superhéroes (esto último lo subraya la presencia de Scarlett Johansson en el papel titular). Y desde luego, en principio no es sino eso, si bien contado con una fluidez avasalladora y, afortunadamente, sintética (su escueto metraje está tan bien ajustado que alargar más la historia la hubiera estropeado). El motor argumental es de estos que tanto gusta al mainstream, precisamente, pues se basa en una idea fácil de asimilar y más o menos contundente: una chica corriente comienza a sufrir una increíble mutación en su cuerpo bajo el efecto de una droga experimental que tiene la capacidad de estimular el completo aprovechamiento de la capacidad cerebral (cuando, nos explican, el ser humano habitualmente utiliza solamente el 10% de la misma). Esa mutación amenaza o bien destruirla o bien convertirla en alguien que, al final, no será ella misma, por lo que emprende una carrera contra el reloj de 24 horas para encontrar una cura antes de la completa absorción de la droga, mientras la mafia taiwanesa que creo esta a su vez la persigue sin descanso. Pues bien, bajo esta premisa, tan válida o tan inverosímil como cualquier otra, Lucy propone uno de los ejercicios narrativos más absolutos que ha visto el cine mundial en los últimos tiempos, tanto que diríase que esa droga es capaz de estimular al espectador tanto o más que a la protagonista, puesto que llega un momento en que lo que se cuenta deja de importar para absorbernos por completo el increíble aluvión de imágenes sugestivas. Además, la trepidante película de acción va evolucionando poco a poco hasta la ciencia-ficción más adulta, para acabar en los terrenos de la pura abstracción, a medida que la protagonista deja de ser Lucy y se convierte en la encarnación de la idea de humanidad, con ese inolvidable recorrido final, sin moverse de la silla donde está sentada, por todas las etapas de la evolución hasta el reencuentro con el primer homínido conocido, precisamente su homónimo, con una fortuna que, mido bien mis palabras, el mismo Kubrick de 2001, una odisea del espacio creo que habría envidiado. Seguir leyendo

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Veinte películas para la década de los diez (I)

I            II

Jose Coronado en No habra paz para los malvado

Acabo de seleccionar veinte títulos para la votación que sobre las mejores películas de la década de los diez efectúa el muy original y espléndido blog Diccineario, cuyo autor es un gran cinéfilo, Antonio Martín. (Cierto, la década finaliza realmente este 2020, del mismo modo que el siglo XXI comenzó el año 2001 y no el anterior, pero la magia de los cambios «redondos» es muy poderosa en términos de calendario, y de todos modos tan arbitraria, en términos artísticos, es una acotación u otra.) Más de una vez he participado, en la Red o entre amigos, en este tipo de eventos, por los que siento debilidad, y que, en mi caso y sé que en el del mismo Martín, tiene como propósito no pontificar una lista canónica sino señalar una serie de títulos significativos y, sobre todo, permitir a los cinéfilos que lo seguimos compartir gustos y debilidades. A la vista de las obras elegidas, creo que la lista recoge bien la que creo mi principal inquietud frente a la ficción: me encanta la diversidad de ópticas, de géneros, de formas de concebir el cine (o la literatura, o el tebeo, o el arte en general). Hay en ella obras de animación y de acción «real» (también esas otras que combinan ambas al estar realizadas en buena medida mediante efectos digitales); hay cine de autor y cine comercial (incluso cine que, claro, combina de modo estupendo ambas características); hay cine estadounidense (el más numeroso: 12 contra 8 títulos) y cine europeo, incluso asiático; hay obras sobre las ha habido consenso crítico y otras que no lo han tenido, ni mucho menos. En cualquier caso, espero que precisamente esta heterogeneidad haga interesante el pequeño comentario que, a modo tanto de justificación como de invitación a su visionado (es, siempre, el principal objetivo de este blog), acompaña a cada título.

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En Cherburgo o en Rochefort: je chante

Cartel español de Los paraguas de CherburgoÉrase una vez un musical que tenía muy mala fama y respondía al nombre de Los paraguas de Cherburgo. Para este joven cinéfilo que amaba el género tal y como lo planteaba Hollywood, había motivo para desconfiar de un film que, para empezar, no era estadounidense sino francés, donde hasta la frase más trivial se cantaba, sin la menor pausa, y donde no se bailaba, toda una herejía para quienes crecimos con Gene Kelly, Cyd Charisse y Fred Astaire. Encima, las informaciones señalaban que lo que se contaba cantando y cantando sin parar era una vulgar historieta de amor entre dos jovencitos que se amaban y se separaban, sin mayor alternativa argumental. Y para colmo, las valoraciones críticas que podían encontrarse no se cansaban de insistir en un mismo calificativo: cursilería, al que hacían preceder del demoledor adjetivo desarmante. Pues bien, la mejor forma de comprobar la calidad de cualquier obra de arte siempre será asomarse a ella. Y Los paraguas de Cherburgo (1964), asumiendo con naturalidad esa evidente tentación por la cursilería que planea siempre sobre ella, supone una operación de verdadera radicalidad en torno al concepto clásico de musical, tanto por su completo contenido cantado como por plantearlo a partir de una atmósfera de sencilla melancolía que, increíblemente,  justifica por completo la estructura. La sorpresa se saldó con un éxito monumental, por lo que tres años después el mismo equipo ejecutó un segundo musical, Las señoritas de Rochefort (1967), esta vez en términos más ortodoxos pero con resultados igualmente encantadores. Dos películas que, además, pueden esgrimir el singular valor de constituir los únicos musicales no estadounidenses que han podido competir con sus grandes títulos.

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En Recuerda que has leído: Mujercitas

MujercitasAcabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído un breve artículo sobre Mujercitas, ese clásico de la literatura «para niñas» que últimamente se reivindica bastante, sobre todo desde un punto de vista feminista. En él, intento señalar tanto sus indiscutibles méritos como sus evidentes lastres, en realidad tan interprenetrados unos de otros que esto constituye uno de sus principales atributos. El artículo supone, por otro lado, una reelaboración de uno anterior publicado en este mismo blog, en el que hacía pareja con otro ejemplar de la novelística juvenil leído durante décadas, el Ben-Hur de Lewis Wallace, solo que el libro de Louisa May Alcott vive un esplendor editorial y el otro no consiguió revitalizarlo ni su reciente (y ya del todo olvidado) remake. Como complemento al artículo, quiero hacer una pequeña reseña, precisamente, sobre la nueva adaptación cinematográfica del libro de Alcott que acaba de estrenarse, si bien, por una vez, diríase que es el revival literario el que ha justificado la existencia del film y no al revés, como tantas veces ha sucedido. Conviene recordar que, en el caso de Mujercitas, los magnates del cine siempre se han empeñado en ofrecer a cada generación una nueva versión, como han hecho con otros libros de fervor popular. Descartando dos ignotas adaptaciones realizadas durante el cine mudo, en concreto llevamos cuatro. De la primera, Las cuatro hermanitas (1934), dirigida por George Cukor, poco puedo decir pues guardo un recuerdo lejanísimo de ella, salvo para señalar que el hoy absurdo título parece deberse a que así fue traducida en alguna de las primeras versiones españolas del libro. La segunda, ya titulada Mujercitas (1949), es la más popular y todavía suele visitar los hogares navideños a través de la televisión. La tercera, de 1994, me aburrió muchísimo en su día: es la clásica película que no se esfuerza en absoluto en aportar algo que induzca a pensar que su existencia tenga valor por sí misma y no por vampirizar un libro que podía haberse ahorrado semejante ilustración. La coetánea, en cambio, me ha parecido una película de lo más estimable, incluso con momentos excelentes, sobre todo porque, por una vez, es una adaptación que sí se esfuerza en ofrecer algo distinto, aun siendo muy fiel al original. Es cuestión de enfoque, de tono: de creatividad.

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Star Wars: El ascenso de Skywalker o la importancia de un nombre

Episodio VII                  Episodio VIII

Poster original de Star Wars El ascenso de SkywalkerEl cierre de la coetánea saga Star Wars (al menos hasta que la voraz Disney decida que es hora de recargar la hucha) confirma definitivamente lo que ya habíamos constatado en los dos episodios anteriores: que esta tercera trilogía no es sino una reformulación de la primera, la que lo inició todo, la estrenada entre los años 1977 y 1983, de tal modo que cada nuevo título recoge los elementos de la película correspondiente, combinando, eso sí, a los personajes clásicos (lógicamente envejecidos, lo cual permite incluir un matiz crepuscular) con los nuevos (con los héroes igualmente agrupados en un triángulo formado por dos hombres y una mujer, y un tenebroso antagonista de enormes poderes). Así pues, Star Wars: El ascenso de Skywalker se remite a El retorno del Jedi (1983) del mismo modo que el capítulo anterior, Star Wars: Los últimos jedi (2017) lo había hecho con respecto a El Imperio contraataca (1980), esto es, con los rebeldes (ahora llamados la Resistencia) al borde casi de la aniquilación después del terrible cerco a que los ha sometido el nuevo imperio totalitario, conocido ahora como la Primera Orden. Pues bien, El ascenso de Skywalker calca casi literalmente las líneas maestras de El retorno del Jedi, de tal modo que brinda el triunfo de la Luz contra la Oscuridad en una sola batalla, en cuyo decurso perece el líder supremo de los villanos. Con una diferencia: el film de 1983 plasmaba esta idea sin credibilidad y mediante un conjunto de soluciones argumentales que conducían a la saga al terreno de su propia parodia, mientras que los responsables del presente título (liderados por J. J. Abrams en su regreso a la trilogía, después del «descanso» del film anterior, el peor del conjunto) consiguen llevar a buen puerto el mismo planteamiento, con una coherencia dramática, una fluidez narrativa y un conocimiento de los personajes que ya nos hubiera gustado a quienes, en su día, no soportamos El retorno del Jedi.

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Controvertido Elia Kazan (II): años de esplendor

I              II

Viva Zapata, excelente trabajo de KazanPocas películas construidas a partir de un personaje real (por mucho que su trayectoria esté adaptada y reformulada al servicio de un mensaje) consiguen presentarlo con la fuerza dramática que posee el arranque de ¡Viva Zapata! (1952). Se trata de la embajada que unos humildes campesinos del estado de Morelos realizan ante el ya muy veterano dictador Porfirio Díaz para pedirle justicia en el caso de las tierras que la oligarquía local les ha arrebatado, mas el presidente, exhibiendo un paternalismo condescendiente, los despacha con palabras vagas, pidiéndoles paciencia. El plano general muestra al grupo comenzando a marchar, desconcertados, hacia la salida, revelándose así que uno de ellos, hasta entonces tapado por el conjunto, se queda inmóvil en el mismo sitio y entonces exclama: «Hacemos el pan con trigo, no con paciencia». Elia Kazan se implicó a fondo, con la ayuda del escritor y aquí guionista John Steinbeck, en el dibujo de ese hombre que no tardaría en convertirse en uno de los líderes más respetados de la Revolución mexicana, Emiliano Zapata, construyendo una muy ambiciosa reflexión sobre el fenómeno revolucionario que pretende recoger todas sus múltiples y contradictorias facetas. Así, y a partir del dibujo del personaje central (por supuesto, esquemático para quien lo confronte con el original), la película tiene tiempo de mostrar el doppo della revoluzione, y con ello la inevitable degradación de los ideales y, en especial, de esos hombres que hicieron posible el triunfo pero que, terminada la lucha, no saben cómo reemprender la vida «civil» pues tantos años con las armas en la mano no los han preparado para la paz.

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Controvertido Elia Kazan (I): años iniciales

I                 II

Controvertido Elia KazanSin duda, la controversia ha acompañado (casi) siempre a la figura de Elia Kazan. Inicialmente, su trayectoria pareció la misma encarnación del sueño americano: emigrante a su más tierna edad desde su Estambul natal, su talento lo impulsó a la primera línea del mundo de la cultura y del espectáculo de su país de adopción, del que se convirtió en un cronista crítico, que enseguida recibió aclamación y galardones, tanto por su trayectoria teatral en Broadway como cinematográfica en Hollywood. Sin embargo, ese sueño pudo quedar truncado al merecer la atención de los implacables inquisidores que llevaron a cabo la tristemente célebre «caza de brujas», y el episodio se saldó con su famosa denuncia de antiguos compañeros en el Partido Comunista. Tildado como traidor, esta sombra ética planearía desde entonces sobre su carrera, acompañándolo hasta la vejez (como se pudo comprobar con la muy dispar acogida que, dentro del propio Hollywood, supuso la concesión de un Oscar honorífico a su trayectoria en 1999). Del mismo modo, su valoración como cineasta también habría de sufrir grandes oscilaciones, desde el aplauso a la crítica, por su tendencia a dejarse llevar por el enfatismo a la hora de tratar esos «grandes temas» por lo que siempre tuvo debilidad. Yo mismo, hasta hace poco tiempo, lo tenía por un cineasta sobrevalorado y olvidable. Ahora bien, una reciente y exhaustiva revisión de su filmografía ha acabado por revelarme a un director que, con sus limitaciones e irregularidades, reviste un notable interés y cuenta con muchas películas excelentes, las suficientes como para reivindicar su figura.

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Tres clásicos de Sáenz de Heredia

Colorista poster de El destino se disculpa

Era el primo de Primo, o sea, el primo hermano de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Encima, la sombra de Francisco Franco siembre se cernió alargadamente sobre él, puesto que rodó los dos vehículos más serviles a su gloria, Raza (1941), ese ridículo folletón pergeñado sobre ideas de un tal Jaime de Andrade, que no era sino un seudónimo del Caudillo, y Franco, ese hombre (1964), el documental tipo No-Do con el que se pretendió conmemorar los «25 años de paz» que dio a los españoles. Es por ello que el nombre de José Luis Sáenz de Heredia siempre ha parecido arrastrar consigo un aroma a naftalina, a antigualla reaccionaria, etiqueta que, por desgracia, muchos asocian al cine rodado durante el franquismo cuando, todo lo contrario, es en sus años más «profundos» (de los años 40 hasta principios de los 60) donde se encuentran sus mejores títulos, en consonancia, no por nada, con lo que sucede por doquier en casi todas las cinematografías mundiales. Pues bien, Sáenz de Heredia rodó algunos de los títulos más relevantes de esos tiempos, como demuestran las tres muy diferentes películas que bien pueden considerarse las mejores de su filmografía. Se trata de El destino se disculpa (1945), una muy bonita fantasía sobrenatural, Los ojos dejan huellas (1952), un thriller de aliento existencial, del todo inesperado en el contexto en que se rodó, por su desembozado pesimismo, e Historias de la radio (1955), uno de los títulos más amados, y con toda la razón del mundo, de la época gloriosa de la comedia española. Sobre ellos quiero detenerme en el presente artículo. Seguir leyendo

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El Chancellor: la balsa de la Medusa de Julio Verne

La balsa de la medusa, de Gericault

Si existe una novela sorprendente en la carrera de Julio Verne, escrita en la mejor etapa de los Viajes Extraordinarios, y que puede dar la medida de lo que podía haber sido su obra de no verse perpetuamente limitada por las directrices que su editor Hetzel le impuso como educador de la juventud, esta es El Chancellor. Escrita en 1870, una carta enviada por Verne a Hetzel en febrero de 1871 ya supone una buena indicación de la novedad que suponía: «Le llevaré un volumen de un realismo espantoso […] Creo que la balsa de la Medusa no ha producido nada tan terrible…». Las breves líneas antedichas ya indican cuál era su trama: la crónica de un naufragio que conduce a sus supervivientes a una balsa donde vivirán días de inexpresable agonía cuya final parece encaminarlos de modo inexorable hacia la muerte, una muerte terrible, que además los espera después de verlos caer al estadio más indigno del hombre como mero ser impelido a la supervivencia. Hetzel dudó considerablemente a la hora de publicarla y lo hizo finalmente, pero con retraso: primero por entregas en Le Temps a lo largo de 1874 y finalmente como libro en 1875. El resultado, sin la menor exageración, es una de las cumbres de su autor, una novela injustamente desconocida seguramente por su condición de anomalía entre las obras maestras más notorias de Verne, ya que, por su formato breve y su aliento trágico, parece tener poco que ver con esas epopeyas de la geografía que asociamos a él. Triste destino el de una creación literaria que deja bien sentado que Verne fue un escritor mucho más versátil de lo que se cree.

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Reivindicación de Jerry Lewis

jerry-lewis

Ningún cómico me ha hecho reír más en mi niñez que Jerry Lewis. Era verle hacer una sola de sus famosas muecas, o escuchar un tono de su característica voz nasal (la del genial Miguel Ángel Valdivieso, claro, pues entonces la únicas películas que podíamos ver eran en su versión doblada) y comenzar a soltar la carcajada, sin poder parar. Sin embargo, si Lewis hubiera sido tan solo un cómico divertido, es posible que su cine hubiera acabado sido una antigualla más o menos nostálgica (algo parecido amenaza al cine de los hermanos Marx, cuyo humor es tan disolvente como el del primero pero cuyas películas, por desgracia, adolecen en su mayoría de monotonía cinematográfica). Y es que si un cómico se limita a hacer reír y no da el siguiente paso que se ha de exigir al verdadero creador (expresar su concepto del mundo a través de los recursos propios del medio), su eficacia acabará limitada por el tiempo en que se agota la gracia que nos hace todo chiste, por ácido que sea. No es el caso del autor de El profesor chiflado, cuyas mejores películas revelan, en cada revisión, una complejidad dramática y una entidad artística que aseguran su perduración. Y ello por una razón fundamental: porque contó con dos magníficos directores a la altura de su talento. Uno de ellos fue Frank Tashlin, el hombre que extrajo su cine de la mera fórmula para potenciar mediante una espléndida imaginería visual toda la corrosividad moral y social de sus posibilidades cómicas; el otro, tal vez aun mejor, fue… él mismo, Jerry Lewis, cuando acabó asumiendo el completo control de un mundo cuya pertinencia sigue completamente vigente.

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Vila-Matas o la literatura como enfermedad

El novelista catalan Enrique Vila-MatasComo buena parte de los lectores que hoy lo tienen como un escritor de culto (aunque, por fortuna, ha sabido dar el salto editorial a un primer plano, si no de ventas en el sentido de un Pérez-Reverte, sí de relevancia profesional y cultural), descubrí al catalán Enrique Vila-Matas por una novela corta en extensión pero densa, incluso vasta, en resonancias, que publicó en 1985: Historia abreviada de la literatura portátil. Después, sin embargo, no volví a leerlo hasta muchos años después, para rendirme ya por completo: cayeron consecutivamente unos cuantos más de sus libros, lo cual, teniendo en cuenta al autor, me dejó exhausto, y la cuestión es que si no he avanzado más en mi conocimiento del mismo es porque esas novelas me han atrapado de tal modo que, de cuando en cuando, vuelvo a ellas sin decidirme a probar otras. Se trata, ante todo, de la trilogía que, definitivamente, impuso su nombre en la primera línea de la literatura española y que su entonces editor, Gonzalo Herralde, denominó, no sin cierta pomposidad, como La Catedral Metaliteraria. Se trata de Bartleby y compañía (2000), El mal de Montano (2002) y su excepcional culminación, Doctor Pasavento (2005). Su lectura parece conducirnos al interior de un bucle, a una cinta de Moebius que nos atrapa en un laberinto sin aparente salida que gira en torno a la indisoluble interfaz que para él hay entre vida y literatura, entre realidad y ficción. Tres libros en los cuales se traza una compleja red entre el autor, el lector y un buen número de escritores (de mundos literarios) que acaba conformando un universo realmente peligroso, porque posee tantas puertas y tantas habitaciones que se corre el riesgo de querer permanecer para siempre en cualquiera de ellas.

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Tennessee Williams en el cine (II)

I                II

Cartel original de De repente, el ultimo verano

Si hay una obra de Tennessee Williams que está completamente invadida por lo biográfico hasta límites estremecedores es De repente, el último verano, pieza en un acto estrenada en el llamado Off-Broadway en enero de 1958. Si alguna vez el autor proyectó su sombra en su propia ficción del modo más malsano y a la vez catártico, como un modo de conjurar sus demonios interiores o desatarlos para siempre, fue en esta ocasión. En ella, Violet Venable, una acaudalada dama de Nueva Orleáns, convoca a la mansión donde se ha aislado tras la reciente muerte de su idolatrado hijo Sebastian, a un joven médico que está ganando una gran notoriedad con una nueva técnica quirúrgica de lobotomía. Su intención es que someta a su propia sobrina Cathy a dicha operación: el doctor debe decidir si la muchacha está verdaderamente perturbada o si el objeto de su tía no es sino silenciarla para siempre, pues ella es la única testigo de la muerte de Sebastian (a quien acompañó en su viaje estival a Europa, sustituyéndola a ella, compañera durante tantos años), y de ese episodio cuenta un relato espeluznante. El mismo dramaturgo había vivido en sus carnes un episodio similar: en 1943, su madre autorizó que se le practicara una lobotomía a su única y adorada hermana Rose, que padecía esquizofrenia desde tiempo atrás, y que quedó reducida para siempre a un estado infantil. Un año después fue llevada al cine con resultados tan memorables que la película bien puede ser considerada como la obra maestra del cine de Tennessee Williams.

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En Homonosapiens: Los superhéroes, la mitología del siglo XX

John Byrne, uno de los grandes creadores del tebeo de superheroes

En el campo del tebeo de superhéroes (casi iba a decir del tebeo en general) tengo comprobado, desde hace mucho tiempo, lo difícil que es convencer de sus posibilidades artísticas e intelectuales a aquellos que nunca han entrado en él. Entiendo que, de entrada, los elementos narrativos que constituyen sus características básicas —héroes enfundados en uniformes coloristas y distinguidos con apodos muchas veces pueriles dotados de superpoderes que han de exhibirse en algún tipo de combate como centro dramático de cada episodio— pueden resultar difícilmente digeribles a quienes no los han «asimilado», cuando menos, en su niñez, que es esa época en que no nos planteamos qué es eso de «asimilar» sino que, sencillamente, decidimos si algo es bueno o malo porque nos entretiene o no. Sin embargo, el escéptico debería preguntarse si no resultan no menos absurdos los tópicos que adornan otros géneros que acaso él sí ha aceptado desde mucho tiempo atrás (pienso en el western, por citar uno con puntos en común, comenzando por el uso imprescindible de la violencia y la distinción, a simple vista maniquea, entre héroes y villanos) y que ya no cuestiona. He dedicado mucho espacio en este blog a ello, y ahora me complace participar con un artículo sobre el tema en el dossier El poder del mito mediante el cual la revista digital Homonosapiens colabora con la VII Olimpiada de Filosofía, organizada por la AAFi (Asociación Andaluza de Filosofía). Se titula Los superhéroes, la mitología del siglo XX y en él planteo la relación entre el género y esa superestructura, a la vez simbólica y narrativa, cosmogónica y, por qué no, filosófica, que es la mitología, o lo que es lo mismo, sobre la necesidad del hombre de dotarse de unas categorías que expliquen los interrogantes que lo rodean, ya sean sobre el mundo, la trascendencia (o la ausencia de trascendencia) o el propio concepto de humanidad. No está pensado únicamente para el experto —aunque espero que este también pueda disfrutarlo— sino para un público general que no tiene por qué haber leído los comics superheroicos pero que, desde luego, conoce a sus personajes más relevantes porque es imposible no hacerlo en un mundo en que tan de moda están por su estruendoso triunfo en cine. Y espero que su lectura justifique su inclusión en un dossier que va a desgranar toda una serie de excelentes artículos sobre el Mito desde ópticas de todo tipo, entre las que espero no desentone la mía.

En Homonosapiens: Los superhéroes, la mitología del siglo XX

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