Este artículo, muy modificado y ahora considerablemente ampliado , vio un primer esbozo en la revista digital Homonosapiens.
Una noche del año 1958, el todavía muy joven escritor Philip K. Dick entró a oscuras en su cuarto de baño y, a tientas, buscó el familiar cordón para encender la luz, que sabía que colgaba a la izquierda de la puerta. Con sorpresa al principio, con pánico después, no lo encontró. Y no lo encontró porque no estaba allí; porque, le aseguró su sorprendida esposa, nunca había estado. Es más: el cuarto de baño no tenía cordón para la luz, sino interruptor, como toda casa moderna. ¿Por qué entonces, sin pensar, dejándose llevar por ese hábito instintivo que crea la familiaridad mecánica de un gesto, había tanteado en busca de ese cordón? Dick escribía cuentos y novelas de ciencia ficción cuyos argumentos giraban en torno a personajes que acaban descubriendo que la realidad que los rodea es solo una apariencia: al final, siempre hay algo que falla, y ese algo delata la impostura. Sin embargo, esa noche de finales de los años cincuenta, el escritor vivió en sus propias carnes un episodio que hasta entonces parecía propio de su universo artístico. ¿La realidad imitando al arte? ¿O tal vez su vocación no era tan casual como podía parecer: que sin él haberlo sospechado hasta ese momento, sus ficciones eran el modo en que su yo interior trataba de alertar desesperadamente a su conciencia exterior del error de percepción en que él, en que todos los seres humanos, viven? Seguir leyendo