Makoto Shinkai: el anime de la pérdida

Your Name, el gran exito de Makoto Shinkai

En 2016, una película conocida fuera de Japón por el nombre en inglés de su distribución internacional, Your Name, consiguió la proeza de descabalgar, después de quince años, al título que ostentaba la condición de film más taquillero en la historia del cine patrio, nada menos que el maravilloso El viaje de Chihiro (2001). Más asombroso todavía, el nuevo líder del box office nacional era otro film de animación, remarcando la importancia del anime en el seno de la cinematografía nipona: es más, dentro del boom actual de este género, considero (y no soy el único, claro) que el país donde se hacen sus mejores películas es en Japón, tanto más meritorio teniendo en cuenta que mantiene con valentía una apuesta por el dibujo «clásico», frente a la tridimensionalidad digital que encabeza Pixar. El director de Your Name se llama Makoto Shinkai. Inevitablemente, ha sido comparado en alguna ocasión con el venerable Hayao Miyazaki. Es cierto que Shinkai se sitúa a la estela del maestro en sus características visuales básicas (la predilección por el dibujo nítido, el colorismo bello y suave), que él personaliza mediante un hincapié incluso obsesivo en el hiperrealismo de los escenarios, las texturas y los objetos, sobre todo los tecnológicos. Ahora bien, su campo temático no es la aventura iniciática sino las historias de aliento romántico, unas veces con cobertura fantástica y otras realista, por lo común protagonizadas por adolescentes, sintetizando de modo muy atractivo esos dos géneros que los japoneses llaman shojo (en teoría orientados hacia las chicas por su contenido sentimental, cuyo escenario principal suele ser el instituto) y shonen (más activo, puesto que se dirige, una vez más de modo teórico, a los muchachos, admitiendo todo tipo de tramas).

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Díptico de la América rural (II): El camino/La ruta del tabaco

Las uvas de la ira

El camino del tabaco, edicion en NavonaEn la historia del cine encuentro pocos casos de correspondencia más conflictiva entre cine y literatura que el que plantea la adaptación que la 20th Century-Fox emprendió de la novela de Erskine Caldwell Tobacco Road y que entregó al director John Ford. Esta película, penúltima que dirigió este antes de partir a la segunda guerra mundial, siempre ha ocupado un estatus secundario en la valoración de su filmografía —no obtuvo especial repercusión en su día ni posee el atractivo estelar de alguno de los grandes actores a él asociados—, aunque creo que, al menos en nuestro país, es más conocida que la novela original, no en vano ninguna de las reseñas que he podido leer (escritas por críticos españoles) hace la menor alusión, incluso más bien hablan de «respeto», a las profundas divergencias que hay entre ambas. Y es que descubrir el libro cuando, como ha sido mi caso, se ha visto la película (incluso más de una vez) proporciona una completa sorpresa, puesto que, aun respetando los perfiles básicos de los personajes y el curso de sus peripecias, la diferencia es tan radical que incluso puede hablarse perfectamente de traición. La historia aborda las vidas de una familia de granjeros de Georgia, caracterizada por la miseria y la molicie. Ahora bien, si la película los aborda desde un punto de vista entrañable, amparándolos bajo la clásica atmósfera de distendida nostalgia de Ford, con margen sobrado para la esperanza, la novela reproduce a los mismos personajes bajo una mirada misérrima en todos los sentidos, del material al moral, sin posibilidad de redención alguna. Libro y película, por tanto, y pese a los indiscutibles vínculos que comparten, giran hacia direcciones opuestas… y sin embargo, cada una hace honor de modo tan excelente a su propia propuesta que surgen dos obras igualmente válidas. Queda, pues, a juicio de cada lector-espectador su valoración, artística y ética, de la particular alteración del original.

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Díptico de la América rural (I): Las uvas de la ira

La ruta del tabaco

Cartel original de Las uvas de la ira, de John FordComo he contado alguna vez, cuando a Orson Welles le preguntaron por sus tres directores de cine favoritos señaló: «John Ford, John Ford y John Ford». En mi memoria sentimental (esa ante la cual las razones lógicas de nada valen), John Ford también ocupa un puesto especial. Hay directores y cines y estilos que vienen y van y absorben toda mi atención durante un tiempo y después pasan… y vuelvo a Ford. Cada vez que sucede, encuentro una razón distinta: la limpieza psicológica con que describe a las gentes sencillas, pero también la inesperada turbiedad que, de improviso, manifiesta un personaje; la capacidad para unir la tensión con la distensión; la mágica unión de los valores éticos y los estéticos; la importancia que sabía que encerraban las miradas… Ford ha sido, incluso, mi puerta de entrada a la historia estadounidense contemporánea. En concreto, y es de lo que quiero hablar en esta entrada, me asomé por primera vez a los problemas de la gente humilde del campo durante los años más duros de la economía del siglo XX a través de su estupendo díptico formado por Las uvas de la ira (1940) y La ruta del tabaco (1941). Ahora bien, ambas películas parten de dos novelas de por sí excelentes (en nuestros días, la segunda está bastante olvidada, eso sí) cuya lectura resulta estremecedora por cuanto sus autores conocieron de primera mano el problema de que hablaban, sin el edulcoramiento inevitable en las producciones de las majors de Hollywood. Los dos artículos que siguen van a intentar establecer las correspondencias entre cada original literario y su adaptación cinematográfica, que encierran más de una sorpresa, sobre todo en el segundo caso.

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El río: la vida fluye… nos guste o no

Bonita portada de El rio, de Rumer Godden, en AcantiladoNo es la primera vez que una magnífica historia se conoce por una película cuyo renombre mítico, y el de su director, oculta el punto de partida literario, y no por culpa del realizador, que se encarga sobradamente de alabar su calidad a quienes quieren escucharlos: otra cosa es que estos no se preocupen en averiguar si al menos una parte de la extraordinaria calidad de la historia que tanto estiman se debe a la persona que la creó en primer lugar. Un caso emblemático es el de El cuarto mandamiento (1942), de Orson Welles, película que muchos incluso consideran la mejor de su director, y que adapta una olvidada y excelente novela de Booth Tarkington, The Magnificent Ambersons (1918), que el director de Ciudadano Kane nunca se cansó de elogiar. Hay otros casos del mismo tenor, pero pocos me parecen tan significativos como el de El río (1951), película que muchos consideran una de las cimas del cine, con respecto a la novelita que adapta, publicada en 1946 por la escritora inglesa Rumer Godden, que enseguida fascinó a un director, el francés Jean Renoir, que por entonces vivía los últimos coletazos de un exilio en Hollywood cuyo resultado artístico no le estaba dejando satisfecho. En la novela de Godden encontró una obra fascinante, a la que dedicó una minuciosa preparación (entre su anterior película, última en Hollywood, Una mujer en la playa, y El río pasan cuatro años), incluyendo una larga estancia en la India para impregnarse de su aroma, que sería fundamental en el resultado final de la adaptación. Pues bien, al contrario de lo que sucede en la relación Welles-Tarkington, El río traduce de modo insatisfactorio la memorable combinación de mágica densidad y extraña ligereza que impregna la novela, por mucho que su traducción visual (sin lugar a dudas, hablamos de una película repleta de bellas imágenes) parezca la adecuada.

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Conan el bárbaro: los relatos (III)

Los relatos I     II                                           El personaje literario

La hora del dragón [The Hour of the Dragon, WT, en.-abr. 1936]

Portada de Weird Tales con La hora del dragon, y un Conan de M. Brundage que poco se parece a ConanSe trata de la única novela que REH dedicó a su personaje (en el futuro, los continuadores de la saga dedicarían más de una al cimerio) y su origen es curioso, teniendo en cuenta que el escritor texano solo practicó el formato en dos ocasiones, la que nos ocupa y uno de sus primeros textos, de corte biográfico y sin nada que ver con la fantasía, Post Oaks and Sand Roughs. En un primer momento, Howard había recibido una oferta editorial desde Gran Bretaña para la publicación de una antología de relatos suyos que seleccionó y envió al otro lado del charco. Sin embargo, poco después el editor, argumentando la poca salida en el mercado británico para las colecciones de cuentos, le ofrecía publicar a cambio una novela. Howard se puso manos a la obra y, teniendo en cuenta que a esas alturas (primavera de 1934) ya parecía que Conan era su personaje de mejor acogida popular, decidió concederle el protagonismo. Sin embargo, la novela no iba a ver la luz en su marco previsto porque la editorial quebró mientras tanto, de tal modo que acabaría siendo publicada un par de años después y por entregas (cuatro, debido a su longitud) en Weird Tales, siendo la penúltima historia del cimerio en ser publicada en esta revista, pese a haber sido concebida mucho antes.

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En Café Montaigne: La mirada crítica

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Hace justo dos semanas (el 20 de junio de 2018, para quien lo lea en el futuro) tuve el placer de intervenir en un acto celebrado en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés, en Málaga, que combinaba dos fines: la presentación en la ciudad de nuestra revista Café Montaigne y un homenaje a Lorca, aprovechando el que se le había realizado en las “páginas” de aquella. Presentó el catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la universidad de Málaga, Enrique Baena Peña, e intervinimos tres integrantes del Café: Rafael Guardiola, Sebastián Gámez Millán y yo mismo, José Miguel García de Fórmica-Corsi (en la fotografía, por el mismo orden en que nos he ido citando). Mi intervención, titulada La mirada crítica, intentó transmitir el espíritu que anima a los miembros de la revista en una faceta concreta, que es el comentario o análisis (crítica, si nos ponemos trascendentes) de la realidad cultural, en sus múltiples dimensiones. El texto que escribí me sirvió para poner orden en las ideas que animan no solo mis publicaciones en Café Montaigne sino en todos los escritos que he ido publicando en mi propio blog, de tal modo que lo publico aquí de modo íntegro. Seguir leyendo

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Días americanos de Jean Renoir

Jean Renoir dirige a Dana Andrews y Anne Baxter en su debut en HollywoodNunca he compartido el entusiasmo generalizado de que ha gozado el francés Jean Renoir entre crítica y cinéfilos —no sé si tendrá que ver pero, siendo un entusiasta del impresionismo, me pasa igual con el célebre padre del cineasta, el pintor Auguste Renoir. Es posible que esa apreciación sea injusta puesto que reconozco tener grandes lagunas en mi conocimiento del realizador: pero si este hombre no ha provocado en mí esa fiebre propia de la cinefilia que es la necesidad del «completismo» es porque las que pasan por ser sus obras fundamentales no han despertado mi estímulo. Me refiero a las tres películas que siguen siendo las más prestigiosas de su carrera —La gran ilusión (1937), La regla del juego (1939) y El río (1951)—, las cuales, por distintas razones y en diferente grados, no me convencen. Pues bien, como tantos cineastas europeos que tuvieron que huir del nazismo, Renoir también vivió su etapa en Hollywood, que se saldó con cinco películas que al mismo director le resultaron profundamente insatisfactorias, en unos casos por toparse con la falta de libertad propia de la llamada Meca del Cine y en casi todos por la mala acogida que, en general, tuvieron. Y es verdad que son obras muy irregulares, arrítmicas, capaces de unir sin solución de continuidad lo sublime con lo mediocre. Sin embargo, me parecen más atractivas que las obras europeas que conozco de él, puesto que me despiertan sensaciones que no encuentro en estas: emoción, sugestión y una profunda valoración dramática de su elaboración visual. Por el momento, los días americanos de Renoir me parecen más interesantes que sus años europeos.

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Conan el bárbaro: los relatos (II)

Los relatos I     III                                           El personaje literario

El coloso negro / Natohk el velado [Black Colossus, WT, jun. 1933]

Margaret Brundage ilustra El coloso negroEste cuento gozó del privilegio de recibir la primera de las varias portadas que Weird Tales dedicó al personaje (si en la entrada anterior ya figura alguna, es por tratarse de un relato, La reina de la costa negra, escrito antes pero publicado después). Como esta, todas fueron realizadas por Margaret Brundage, ilustradora especializada (irónicamente) en dibujos que explotaban descaradamente la sexualidad femenina para atraer a compradores masculinos. El uso del pastel otorgaba a sus dibujos una particular textura irreal, almibarando el delicado trazo de los cuerpos y envolviéndolos en un onirismo arrebatador. Por cierto, y como puede comprobarse en esta portada, la artista concentraba sus esfuerzos, con independencia del protagonismo masculino o del tema del relato, en el dibujo de una o varias bellezas semidesnudas (o totalmente desprovistas de ropa), seguramente tras comprobar que en ellos basaba su éxito y, por tanto, los encargos. Así, algunos artistas de la casa acabaron incluyendo en sus cuentos algún episodio que justificase la exhibición de carne femenina. Tal vez el mismo Howard se sintiera inclinado a hacerlo, porque a partir de El coloso negro encadenará un conjunto de historias en los que el cimerio debe proteger a alguna beldad en peligro, que si inicialmente siente rechazo hacia ese gigante cubierto de cicatrices, terminará por caer rendida en sus brazos.

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En Recuerda que has leído: El retrato de una dama

 

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Acabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído una reseña de El retrato de una dama (1881), una de las novelas más conocidas del gran Henry James, que en su momento constituyera uno de los mayores éxitos del autor y encarrilara su carrera literaria. Su tema —los críticos lo llaman el «tema internacional»— lo abordó muchas veces: el choque de costumbres y mentalidades con la vieja Europa por parte de un visitante estadounidense, el segundo símbolo de la inocencia, la primera de la corrupción moral. En este caso, una joven, Isabel Archer, llevada a Europa por una adusta tía cuya residencia está en Italia, se convierte en beneficiaria de una considerable herencia que la convierte en objeto de las atenciones de un sofisticado cazador de dotes. La trama, sin embargo, como sucede habitualmente con James, es lo de menos en beneficio del estupendo retrato de personajes y ambientes, y sobre todo de esa atmósfera de misteriosa ambigüedad en todos los órdenes (moral, sensual, psicológico) en la que uno se acaba literalmente perdiendo. Fue uno de los primeros títulos del autor que me leí, hace más de veinte años, y desde luego su primera novela larga, y me ha entusiasmado lo mismo, o más, que entonces, cuando asistía deslumbrado al descubrimiento de un escritor de insospechadamente infinitas maravillas. Además, está ahora de actualidad por la publicación, por parte del prestigioso escritor irlandés John Banville, de una continuación, La señora Osmond. En el mismo blog, y a cargo de otro de sus colaboradores, pronto aparecerá también una reseña de este título que complementará la que yo publico.

En Recuerda que has leído: El retrato de una dama

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Conan el bárbaro: los relatos (I)

Los relatos II     III                   El personaje literario

Bonita imagen de Conan por Barry Windsor SmithLa carrera profesional de Robert E. Howard (1906-1936) se inició en 1924, con tan solo 18 años, cuando la más conocida de las revistas pulp de la época, Weird Tales, le compró su primer relato, Spear and Fang, aunque no se publicaría hasta agosto de 1925. Dentro de este tipo de medios, dedicados a la narrativa popular, Howard conseguiría hacerse con un puesto relevante: en sus escasos diez años de dedicación literaria escribiría cerca de 200 relatos, de los cuales vería publicados en vida unos dos tercios. Aun cuando su nombre se relaciona, ante todo, con el de Conan el bárbaro y, por lo tanto, con el género de la fantasía heroica o espada y brujería (como ya señalé en el artículo anterior, hay defensores de uno y de otro, que ciertamente no son incompatibles), su producción abarcó todas las esferas de la narración de género. Practicó el terror, la ciencia-ficción, el thriller sobrenatural, el relato histórico, la aventura, el cuento de boxeo, y en sus últimos tiempos manifestó una especial predilección por la ambientación en el propio escenario donde vivía, esa Texas que todavía recordaba a los westerns: cuando murió, sus intereses estaban girando en torno a esta esfera.

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En Café Montaigne: La última partida de ajedrez de Stefan Zweig

El mundo de ayer                   Stefan Zweig: Adiós a Europa             Mendel el de los libros 

Edición de Novela de ajedrez, en AcantiladoAcabo de publicar en la revista digital Café Montaigne una reseña que completa otras que he escrito acerca del escritor austriaco Stefan Zweig y su triste destino: el ascenso del nazismo primero le privó del enorme mercado alemán y después lo arrojó lejos de su hogar y de su país, convirtiéndolo no ya en un exiliado sino en un apátrida, obligado a depender de la generosidad de unos países, los llamados democráticos, cuya hospitalidad se vio constreñida por la desconfianza de esos tiempos que anunciaban guerra. Después de vagar de un lugar a otro, de Europa a Estados Unidos y finalmente del norte al sur del continente americano, se instaló en un país en principio tan lejano de su centro cultural y emocional como Brasil. Aunque fue acogido de modo extraordinario, la depresión que le abatía, con toda la razón, desde que empezó su periplo acabó por conducirlo a la decisión de suicidarse, en compañía de su segunda y muy joven esposa, Lotte. Fue en una localidad brasileña llamado Petrópolis, nombre que nunca ha dejado de parecerme irreal —de pequeño tuve un juego de mesa, similar al Monopoly, con dicho nombre— como final de un periplo tan interesante. Su obra, sin embargo, no quedó cerrada con esa muerte porque dejó dos últimos libros. Y vaya libros. El primero, sus inmortales memorias, El mundo de ayer. El segundo, objeto del artículo al que enlazo, una última novela titulada Novela de ajedrez. Una nouvelle más bien, ese formato de no muy larga extensión en que se movió siempre como pez en el agua para trazar esos cuentos melancólicos en los que se encuentra, creo, lo mejor de su literatura.

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Conan el bárbaro o la ética de la verdadera civilización

Los relatos                                    Las películas

Conan, ilustración de Boris VallejoTodo comenzó con un personaje llamado Kull, soberano del reino «precataclísmico» de Valusia, al que Robert E. Howard había dedicado varios relatos publicados en la mítica revista Weird Tales (subtitulada con razón «la revista única») entre 1929 y 1930. El escritor guardaba otro relato, titulado ¡Con esta hacha gobierno!, que el editor de la misma, Farnsworth Wright, había rechazado en su momento, tal vez por parecerle demasiado farragoso. Sin embargo, un par de años después, Howard lo reescribió cambiando el escenario de la acción y varios rasgos circunstanciales, amén del nombre del protagonista. Ahora pasaba a llamarse Conan, rey de Aquilonia, y el cuento, rebautizado como El fénix en la espada, fue publicado en WT en diciembre de 1932. Sería el origen de uno de los grandes mitos de la narrativa popular: la saga del personaje conocido hoy sobre todo como Conan el bárbaro. Sin lugar a dudas, supuso el mayor éxito de su autor, en su momento uno de los grandes puntales de la época dorada del pulp, quien en el reducido espacio de poco más de cuatro años publicaría hasta 17 historias, de variada extensión, sobre el personaje (amén de otras cuatro rechazadas en su momento). Eclipsado con la decadencia del soporte editorial que le había dado cobijo, Conan resucitó sin embargo muy pronto, de la mano de diversas ediciones en libro desde los años 50 de cuya popularidad da fe su pase al mundo del tebeo, en las publicaciones de Marvel Comics, y más tarde al cine, encarnado por Arnold Schwarzenegger. Irónicamente, esos dos medios multiplicarían su repercusión, pero se convertirían en el principal acceso al personaje por encima del literario (que, lógicamente, alteraron). El descubrimiento de la fuente original garantizo que es una fuente de placer y además descubre una de las obras culminantes de la literatura de género del siglo XX, pese a la mala fama que para muchos supone su origen en esas publicaciones baratas de evasión que fueron los pulps.

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Thanos de Titán (II): la Saga del Infinito

Thanos I       II

Thanos y su guantelete en Vengadores Infinity Wars

Cansado de las continuas intromisiones editoriales, Jim Starlin abandonó durante una década el Universo Marvel después de los dos anuales con que cerró la saga de Thanos, con la excepción de ese retorno puntual para La muerte del Capitán Marvel. Sin embargo, no dejó de colaborar con la editorial, pues durante los años 80 trabajó en una serie titulada Dreadstar (por supuesto, de aventuras cósmicas, que además supone una abierta variación de sus episodios sobre Adam Warlock) que fue publicada dentro de Epic, un sello independiente dentro de la Casa, que permitía a los autores mantener todos los derechos sobre sus creaciones. Entretanto, Thanos siguió oficialmente muerto… mientras otros ilustres fallecidos de Marvel regresaban al mundo de los vivos, ante todo por razones económicas, trivializando así la grandeza de sus épicos finales: el caso emblemático fue el personaje de Jean Grey, alias Fénix. Tarde o temprano tenía que llegarle el turno al Titán Loco. Eso sí, al menos, Marvel tuvo el buen tino de encomendarle su regreso a su mismo creador. Eran los tiempos en que la editorial había descubierto la rentabilidad de las grandes sagas que, concentradas en un grupo de colecciones interrelacionadas (la pauta la marcaban las series protagonizadas por los mutantes de La Patrulla-X), permitían un aluvión de cross-overs (cruces con otras series) para incrementar la rentabilidad del negocio, sin importar lo accesorio de esas participaciones ni las consecuencias artísticas (la interferencia en los planes de los creadores encargados de esas otras cabeceras). En el caso que nos ocupa, Marvel planteó una aventura cuyo éxito económico haría que se prorrogara con secuelas varias y cuyo eco acaba de encontrar una última caja de resonancia en el éxito de Vengadores: Infinity Wars (2018). En los tebeos, un conjunto formado por diversas miniseries que puede llamarse la Saga del Infinito.

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El crepúsculo de Gary Cooper

Gary Cooper en sus años finalesDe entre las grandes estrellas de Hollywood (no puedo evitarlo: crecí con ellas y, por tanto, para mí constituyen el modelo interpretativo por el que medir todas las épocas), Gary Cooper siempre será ese actor que ha sabido conmoverme en todas las edades de mi vida y de mi formación como espectador. De entre sus compañeros, a algunos a los que adoré sin reservas el tiempo ha ido agrietando esa valoración incondicional que de ellos tuve (Bette Davis, Kirk Douglas, incluso Spencer Tracy), y a otros los he ido revalorizando con el tiempo (Tyrone Power, Dana Andrews), pero he sido fiel a Coop desde que tengo memoria. Sin duda, en buena parte se debe a que el rol emblemático que encarnó como nadie en el cine (la nobleza en estado puro) se venera con facilidad en la infancia. Es el prototipo, por ejemplo, que encarnó en grandes clásicos como Beau Geste (1939), donde obraba el milagro de hacer que el profundo idealismo de su personaje, rayano en la insensatez, consiguiera vibrar sin incurrir en el ridículo incluso cuando descubre que el modelo de escenario caballeresco que para él encarnaba de modo emblemático la Legión Extranjera, en la cual se alista, es el escondrijo de los mayores canallas del mundo, o de Solo ante el peligro (1952), donde firmó el tal vez más conocido personaje de su carrera, ese sheriff llamado Will Kane, dispuesto a cumplir su deber pese a que a nadie le interesa que lo haga y sea abandonado a su suerte por aquellos que más tienen que perder. Murió relativamente temprano (en 1961, con 60 años) y por eso puede decirse que tuvo la suerte de hacerlo con las «botas puestas», es decir, desempeñando todavía roles estelares antes de que desapareciera definitivamente el Hollywood donde reinó: para bien o para mal, ya es imposible imaginarlo en decadencia profesional o en un tipo de películas con las que él poco hubiera tenido que ver.

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Thanos de Titán (I): el adorador de la Muerte

Thanos I     II                                                                                                         Capitán Marvel

Portada del tomo de Panini dedicado a la saga clásica de ThanosUn axioma básico de la ficción aventurera (trátese de espadachines, cow-boys o caballeros jedi) es que la categoría de un héroe se mide por la de sus enemigos. Los tebeos de superhéroes lo aprendieron enseguida, de ahí que los nombres de sus principales personajes vayan asociados enseguida a un megavillano: Superman a Lex Luthor, Batman al Joker, Spiderman al Duende Verde o Los 4 Fantásticos al Doctor Muerte. Thanos, apodado el Titán Loco, fue creado asimismo para cumplir idéntica función: era el villano cósmico por excelencia y su creador, Jim Starlin, lo ideó primero como némesis del héroe que portaba el nombre de la Casa de las Ideas, el Capitán Marvel, y después, cuando cambió de colección, de un fascinante personaje llamado Adam Warlock, que debiera estar de actualidad porque, en las aventuras marvelitas de papel, fue el primero que portó una de las Gemas del Infinito que ahora han sido tan fundamentales en el último éxito de Marvel Studios: Los Vengadores: Infinity War. Pues bien, la importancia de Thanos radica en que, al contrario que los otros grandes villanos de la Casa, no necesitó estar asociado, de modo perenne, a las aventuras de sus grandes antagonistas, sino que pronto alzó el vuelo, hasta el punto de convertirse en el centro de grandes sagas de la editorial (por ejemplo, la que ha inspirado la mencionada película), protagonizar colecciones y modular una fascinante trayectoria a lo largo de sus casi cincuenta años de existencia, erigiéndose en uno de los seres más inclasificables de la historia de Marvel.

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