En Homonosapiens: Los dos suicidios de Drieu la Rochelle

El fuego fatuo, de Drieu la RochelleDespués del buen sabor de boca que nos dejó, en primavera, el dossier que realizamos para celebrar el segundo centenario de la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, la revista digital Homonosapiens se lanza a un nuevo reto. En este caso, el tema elegido se titula Eutanasia y suicidio, que aborda desde la pluralidad de enfoques habitual en nuestra revista: moral, político, legal, cultural… Mi aportación al dossier, para variar, se acerca a alguna de las muchas miradas que el cine o la literatura han ofrecido sobre el tema. En concreto, escribo acerca de un escritor, el controvertido Pierre Drieu la Rochelle y la que pasa por ser la más perdurable de sus novelas, El fuego fatuo. Drieu fue uno de tantos intelectuales que fueron atrapados por el vértigo de los fascismos en el periodo de entreguerras, implicándose a fondo en la colaboración con los alemanes cuando estos ocuparon Francia. Tras la huida de los germanos, Drieu vagó por el París recién liberado, emprendiendo una huida hacia delante que concluyó con su suicidio. Lo singular es que quince años atrás había publicado, con gran repercusión, ese libro que cuenta, precisamente, los últimos días de un joven que ha decidido quitarse la vida. ¿La vida imitando al arte? Tal vez este tópico se haya hecho realidad unas pocas veces, y esta es una de ellas. En cualquier caso, recomiendo vivamente su lectura —hay también una película que la adapta, de 1963, a cargo de Louis Malle—, y luego bucear un poco en ese asfixiante pozo político, moral y cultural en el que se desarrolló su existencia, y la de otros que no pudieron o no supieron escapar de ese remolino que atrapó a tantos hombres de talento, curiosamente a uno y otro lado de los Pirineos.

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Basil Dearden, el director que sí estuvo allí

Fotografia de Basil DeardenFrançois Truffaut fue el portavoz más conspicuo de una idea común que primero difundió la crítica cahierista, la creadora de la llamada «política de autores», y que durante décadas se propagó entre los especialistas sin rubor alguno: el cine inglés era aburrido, el cine inglés era académico, el cine inglés no tenía importancia. Existió, sí, pero nunca estuvo allí, es decir, en el olimpo de la creación. En España, muchos cinéfilos aceptamos esta idea, sencillamente porque las películas inglesas que podíamos conocer se cernían a las que se emitían por televisión, que se concentraban en ámbitos muy limitados: las comedias de la Ealing, las películas de terror de la Hammer, el llamado Free Cinema… Pues bien, como tantas otras veces, nuestros padres mintieron. El acceso actual a casi cualquier film oculto (en esto, la globalización ha ayudado bastante) nos permite descubrir que el cine británico en absoluto es inferior a otros más alabados (pienso en Francia o Italia). Mi entrada de hoy en el blog pretende efectuar una reivindicación sobre el mismo a través de un cineasta que me parece un ejemplo emblemático. Se trata de Basil Dearden, un director olvidado (o desconocido) durante mucho tiempo, y que hoy comienza a ser objeto de una justa revalorización, cuya filmografía, extendida a lo largo de las tres décadas fundamentales del cine de su país (y del mundial), de los años 40 a finales de los 60, ofrece un elevado número de magníficas películas, en géneros bien distintos, no por poco conocidas menos notables, y en determinados casos incluso muy valientes. Dearden, prototípico director que durante un tiempo pareció que nunca estuvo allí, dejó el mejor legado posible para acreditar que sí existió: su carrera.

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En Recuerda que has leído: Fortunata y Jacinta

Ana Belen y Maribel Martin, Fortunata y Jacinta en tve

Acabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído una pequeña reseña sobre Fortunata y Jacinta (1887), la novela de Benito Pérez Galdós que suele ser considerada como una de las cumbres de la literatura española, en especial del siglo XIX. La había leído mucho tiempo atrás, en los años del bachillerato, sin que entonces me gustara mucho, tal vez porque me empeñé en hacer algo que ahora aborrezco: leerla comparándola todo el tiempo con su gran «rival» por el trono literario de la época, la también extraordinaria La Regenta, de Clarín. Libres ya mis ojos de legañas, cierta intuición me ha llevado a recuperar los dos tomos de la edición Cátedra que envejecía en mis estanterías… y durante un par de semanas me he visto atrapado por una de estas obras que, con toda la razón, se definen como novelas-mundo. Como todas las obras maestras, Fortunata y Jacinta seduce por toda una pluralidad de virtudes: la riqueza de matices, la profundidad psicológica de sus personajes, el virtuosismo narrativo, la densidad del dibujo social e histórico o ese sabor particular de la literatura que solo se puede paladear cuando uno lee a un escritor en su lengua original (con mención especial para la caracterización de diálogos: se nota que Galdós fue un escritor «de calle»). Pero sobre todo, porque es de estos títulos que ayudan a completar nuestro conocimiento del ser humano (aunque nunca llegaremos a conocerlo del todo, porque si no, ya no nos harían falta la literatura o el cine). En concreto, la novela de Galdós es una estremecedora reflexión sobre la desdicha: la de las dos mujeres protagonistas, claro (cada una por una razón diferente, aunque ambas confluyen en el mismo y mediocre individuo al que ambas aman), la de ese personaje absolutamente maravilloso que es el marido de Fortunata, Maximiliano Rubín (mi favorito del libro y ahora mismo casi de toda la historia de la literatura española), y la de la práctica totalidad de los seres que pueblan el libro, buenos y malos, altos y bajos, principales o episódicos. Recomiendo vivamente la (re)lectura de este libro, que luego puede ser completada con otras del autor (ahora mismo estoy deslumbrado con Miau) o del mismo contexto de publicación: tal vez sea hora ya de recuperar igualmente esa otra maravilla que, lo he dicho ya, es La Regenta.

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Niebla en el pasado: la felicidad era ser Smithy

Niebla en el pasado, joya del cine clasico

Charles Rainier, el «príncipe de la industria inglesa», el político que parece a un paso de entrar en el gobierno, diríase un triunfador en cuanto se ha propuesto en la vida. Sin embargo, en realidad se siente marcado por un hueco que posee su existencia: tres años desvanecidos de su memoria, los que median entre su desaparición en un embudo de granadas en Arrás, durante la I Guerra Mundial, y su reingreso entre los vivos tres años después, en las calles de Liverpool, tras sufrir un golpe que le devolvió el conocimiento de su identidad. De aquellos tres años Charles posee tan sólo un débil indicio, una llave que abre no sabe qué puerta y que lleva consigo, como un amuleto sombrío, a todas partes, girándola de modo mecánico entre sus dedos sin darse cuenta de ello las más de las veces. Charles no recuerda nada, pero siente, intuye, sabe, que la clave de su felicidad, de su armonía personal, tiene que estar enterrada allí: pues, en el fondo, su frenética consagración a los negocios (él, cuyas ambiciones de juventud fueron intelectuales: ser escritor) se debe a la necesidad de ocupar todas las horas del día, casi sin tener tiempo para pensar en nada. Ese vacío le impide darse a cualquier mujer, ni siquiera a la muchacha, Kitty, que intenta llevarle el soplo de la juventud. No es eso lo que Charles necesita. Lo que necesita sólo lo conoce una persona en el mundo, Margaret Hanson, su eficiente secretaria, una mujer también marcada por una pérdida, la de su esposo y su hijo de muy corta edad, tiempo atrás. Porque ese esposo perdido, al que ella conoció bajo el nombre de Smithy y con el que fue feliz en una pequeña casita con vallas de madera, es el hombre para el que ahora trabaja, después de haberlo buscado desesperadamente por medio país. Y no puede decirle quién es porque sabe que solo si Charles Rainier recuerda por sí mismo que una vez fue Smithy recobrará el amor auténtico que este sintió por ella, cuando se llamaba Paula, y no por mera obligación dictada por la integridad personal…

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El western de Alan Le May (II): Centauros del desierto

Centauros del desierto (Ford)                 Los que no perdonan (Le May-Huston)

Bonita portada de Centauros del desierto, en Valdemar, obra de Robert E. McGinnis, que representa a John WayneNo sé si Centauros del desierto (1956), de John Ford, es el mejor western de la historia del cine, como se ha proclamado en más de una ocasión, pero cuando menos no conozco ninguno mejor que él: a la misma altura, por supuesto que sí, pero ninguno por encima. Me resulta difícil concretar por qué, puesto que la clave de su imborrable atractivo reside en la increíble cantidad de elementos distintos que confluyen en su trazado (aquellos a los que no termina de convencer señalan que el mayor defecto del film es la falta de equilibrio con que se suman aquellos). Así, podemos destacar el sentido de la tragedia que albergan sus imágenes, y a la vez la facilidad con que de pronto se introduce la distensión en escena; la profunda belleza, visual y dramática que poseen los espacios naturales por donde transitan los héroes; la fuerza de su reflexión sobre la complejidad del ser humano, capaz de lo más grande y lo más terrible, como bien simboliza su protagonista, Ethan Edwards; la mirada que efectúa sobre la irracionalidad del racismo (y sobre lo inquietantemente fácil que resulta odiar al otro); el retrato que efectúa sobre una Frontera que aquí carece del menor sentido mítico. En fin, si hay una película que justifique que a Ford se le haya llamado el Shakespeare del cine, es esta. Pues bien, esta obra genial no nace en el vacío, sino que procede de una fuente no menos maravillosa: la novela de Alan Le May que siempre ha sido la gran desconocida de esta historia. Si el aficionado al género supera su desconfianza a que otra versión de su película favorita pueda revelarle algo nuevo sobre ella, descubrirá una novela extraordinaria, que complementa con fidelidad argumental a la película (realmente, debería decirse al revés, pero supongo que nadie descubrirá antes el libro que el film), pero que al mismo tiempo posee su propia personalidad. Una personalidad agreste, furiosa, de áspero realismo, que asombra por su completa renuncia a la grandiosidad: quienes protagonizan la historia son seres dolorosamente sencillos, que pueden parecernos épicos pero que no lo son. Una obra maestra, en suma, del western y de la literatura sin etiquetas.

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El western de Alan Le May (I): Los que no perdonan

Centauros del desierto

Los que no perdonan, de Alan Le May, en la Coleccion Frontera de ValdemarConfieso haberme contado, hasta no hace mucho, entre quienes consideraban el western como un género esencialmente cinematográfico. Es evidente que la potencia visual que desprenden sus elementos compositivos hace que el espacio «natural» del Oeste parezca el cine, pero su acta de nacimiento se produce antes en la literatura. Es más, los años dorados en que Hollywood asombra con un rosario continuo de clásicos del género coinciden con los mismos en que un conjunto de escritores, por desgracia poco o nada conocidos, al menos fuera de su país, se encarga asimismo de componer obras admirables, que fueron rápidamente devoradas por la Meca del Cine. Mi descubrimiento (gracias a la estupenda Colección Frontera, dirigida y prologada por Alfredo Lara para Valdemar) de Dorothy M. Johnson, Elmore Leonard o James Warner Bellah —de quienes nacen varios de los clásicos imperecederos del género— me obliga a reevaluar el western. No desde luego para poner a un dios en el lugar de otro, sino para reafirmarme en que el cine es una obra colectiva que depende del talento de muchos artistas. Voy a dedicar dos artículos a dos novelas (vinculándolas, claro, con las películas que han eclipsado su mera existencia) de un escritor injustamente desconocido. Su nombre es Alan Le May, y las novelas son Centauros del desierto (1954) y Los que no perdonan (1957), ambas espléndidas, porque en las dos se encuentran ya los argumentos, los personajes, la densidad dramática y el poderoso sentido del realismo (en el caso de los libros no dudo en afirmar que este último es mucho mayor) que brillan en su versión al cine. Como siempre, mi intención fundamental es tratar de contagiar el deseo de leerlas… y luego volver a disfrutar de los excelentes films que las retomaron.

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En Irreverentes: Conan el bárbaro, la película

Conan y su espada

En Irreverentes: Conan el bárbaro, de John Milius

El periódico digital Irreverentes acaba de publicar en su edición semanal (renovada cada lunes) un artículo mío titulado Conan el bárbaro, de John Milius. Se trata de una reelaboración exhaustiva de uno de mis más antiguos artículos, el primero que dediqué a este inmortal personaje de Robert E. Howard al que en los últimos meses he vuelto de modo casi compulsivo, en literatura y también en el tebeo (y no aseguro que no vaya a seguir haciéndolo). La película, de 1982, consiguió un notable éxito comercial y terminó por popularizar al personaje fuera del ámbito, por fuerza más reducido, de los dos primeros medios. Dirigida por un cineasta hoy olvidado pero entonces en alza, John Milius, y protagonizada por un hombre que inició así su camino al estrellato, el culturista Arnold Schwarzenegger (lo siento, pero incluso en la época en que se puso de moda considerar que había mejorado mucho como actor, no conseguí creerme nunca que era poco más que un forzudo con pretensiones), sin duda se trata de una visión muy particular del personaje de Howard. En primer lugar, porque altera sus orígenes y, por ende, su esencia, para dar cabida a una historia de venganza más bien vulgar. En segundo, porque la controvertida personalidad de Milius, al que entonces gustaba difundir su fascinación por la violencia y el militarismo, que muchos tradujeron como inclinación hacia el esteticismo fascista, condiciona toda la narración. Ahora bien, aun dentro de sus irregularidades (y pese a Arnold, cuya interpretación es pésima), Conan el bárbaro es una película considerablemente sugestiva, cuya atmósfera de decadencia es muy interesante, y que ofrece varios momentos formidables. Creo que ha ganado mucho con el tiempo, incluso.

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Sherlock, año IV: el círculo se cierra

Sherlock I          II          III

Sherlock, temporada IVTres años, es decir, uno más de lo habitual, es el tiempo transcurrido entre la tercera temporada de Sherlock y la última (estrenada, eso sí, en las primeras semanas del año 2017 y ahora descubierta por mí en formato blu-ray), con el pequeño consuelo de un capítulo «especial» emitido en enero de 2016. Es probable que el motivo se deba a la apretadísima agenda de su protagonista, Benedict Cumberbatch, definitivamente convertido en intérprete cotizado gracias a su implicación en toda clase de proyectos de alto nivel, tanto en cine como en televisión. Entre ellos, el papel que le ha valido una primera nominación al Oscar —la excelente película The Imitation Game (Descubriendo Enigma), en la que su personaje de Alan Turing vendría a ser una variante de Holmes— y su inclusión en el Universo Cinemático Marvel, con el papel del Doctor Extraño, que no por nada enseguida se ha convertido en uno de sus superhéroes más carismáticos. Del mismo modo, la categoría profesional de su compañero, Martin Freeman, también se ha incrementado, al convertirse en ese mismo tiempo en el protagonista de la trilogía El Hobbit (2012-2014), de Peter Jackson. De hecho, también él ha sido absorbido por Marvel, si bien en un rol secundario, el del agente Everett K. Ross, que ha aparecido por el momento en dos producciones, Capitán América: Civil War y Black Panther. Todo indica que será difícil reunir a corto o medio plazo a sus estrellas, pero lo más relevante, visto ya este año IV, es la sensación de clausura que posee la temporada. Es más, si se cerrara aquí la trayectoria de este Sherlock Holmes contemporáneo, la formidable coherencia dramática de esta conclusión otorgaría a la serie una sensación de totalidad, de historia concebida en cuatro actos (con sus correspondientes capítulos) pero con una clara estructura de principio, nudo y desenlace, en que cada elemento argumental diríase concebido, desde el primer momento, para cerrar el planteamiento que se abrió en aquel lejano y memorable episodio inicial, esto es, el proceso de progresiva humanización de ese ser en principio inhumano que es Sherlock Holmes.

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Conan el bárbaro, de Roy Thomas y Barry Windsor-Smith

El personaje                Los relatos                  La película

Portada del primer numero de Conan the Barbarian, por Barry SmithCuando pensamos en Conan el cimerio es inevitable pensar en un hombre corpulento, de anchas espaldas y musculatura hipertrofiada. Es la imagen que le ha dado el cine, la del culturista Arnold Schwarzenegger, que lo popularizó, pero no anda tampoco muy lejos de la descrita por Robert E. Howard en sus cuentos, a su vez difundida por grandes ilustradores del cimerio como Frank Frazetta o Boris Vallejo: un hombre de constitución robusta, cuello de toro y piernas bien asentadas sobre el suelo. Sin embargo, el Conan favorito de muchos es un joven espigado y ágil, de facciones finas compensadas con gruesas cejas, de largos cabellos dibujados casi hebra por hebra y de expresión a la vez sombría e inteligente. Es el Conan que inmortalizó un genio del dibujo llamado Barry Windsor-Smith (aunque entonces solo firmaba Barry Smith, el término intermedio se lo añadió años después, quizá como reafirmación orgullosa del genio que ya se reconocía a sí mismo) en los primeros números del tebeo que tanto ayudó a popularizar al personaje, comenzando por su apodo más conocido, Conan el bárbaro. Si los relatos de Howard transpiran una fulgurante fuerza primitiva, Smith convirtió sus aventuras en un ensueño arrebatador, transmutando el continente hiborio en una sucesión de ciudades de paredes enjoyadas y rejerías finamente trenzadas, de bosquecillos de cuento de hadas y de monstruos que en teoría son espantosos pero que desprenden una fascinante belleza. Su etapa con el personaje fue apenas un suspiro en la longeva saga literaria, tebeística y cinematográfica en que aquel se ha desenvuelto, pero ¡qué irrepetible suspiro!

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Scaramouche o el supremo don de la risa

Cartel de Scaramouche, pelicula de la Metro Goldwyn MayerNació con el supremo don de la risa y con la sensación de que el mundo está loco, dice la frase inicial de la novela Scaramouche, de Rafael Sabatini. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los mejores arranques literarios que conozco, mas sin embargo tan encantadora definición, antes que con el personaje que vive en las páginas de ese libro al que da nombre, encaja mucho mejor con el protagonista de la adaptación cinema-tográfica de 1952 que le ha valido la inmortalidad. Interpretado por el inglés Stewart Granger, actor que encarnaba como pocos esa bravuconería necesaria en todo héroe temerario al tiempo que sabía darle el necesario aroma romántico sin el cual este prototipo resultaría cargante, Scaramouche, el alias de Andrés Louis Moreau (¿o es al revés?), sabe bien que no hay otra forma de afrontar el mundo que reírse de su solemnidad existencial y aprovechar del modo más lúdico posible (lo cual quiere decir gozar de las mujeres y las aventuras) los contados días de vigor que poseen sus habitantes. Sin embargo, cuando el asesinato «legal» de su hermano del alma, al que asiste con impotencia, destruye esa fácil protección que había interpuesto frente al mundo y lo obliga a implicarse, cuando menos para buscar venganza ante la ausencia de justicia, no podrá evitar asumir otra máscara, esta vez literal, la del personaje cómico que le dará nombre. Actor de día y espadachín de noche, en los agitados días de la Revolución Francesa, Scaramouche es posiblemente el héroe de vocación menos heroica de la historia del género, y ese es uno de sus más irresistibles atractivos.

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En Homonosapiens: Recuerda, un ensueño del inconsciente

Los decorados de Salvador Dalí para Recuerda

En Homonosapiens: Recuerda, un ensueño del inconsciente

Hace ya muchos años (debía de tener yo nueve o diez), subí una tarde a mi casa después de haber estado jugando en la calle. Puse la tele y descubrí que estaban emitiendo una película en blanco y negro (entonces este detalle era algo «normal» y no impulsaba al niño a cambiar el canal con repugnancia) que debía haber empezado un rato atrás. En la escena que sorprendí, dos personajes se estaban dando un beso apasionado, que de pronto se interrumpía cuando la mirada de él resbalaba hacia la bata que vestía ella y, de inmediato, su rostro se llenaba de angustia (la música se encargaba de subrayarlo). El motivo de esa súbita ansiedad había sido algo en principio tan banal como descubrir el dibujo que formaba esa bata: unas líneas negras sobre el fondo blanco, que para él poseían un significado oculto que era incapaz de recordar pero que lo atormentaba de modo terrible. Atraído instantáneamente por esta escena, ya no me retiré hasta el final de la pantalla: el hombre, enseguida, se descubría como un individuo que había estado asumiendo una falsa identidad (la del director de un sanatorio mental) pero que, una vez desmoronado, no recordaba nada de su verdadero pasado, ni siquiera el nombre, dejando además con la duda de si había cometido un crimen para sustituir al médico al que suplantaba. Fue la primera vez que me encontré con uno de los temas que, desde entonces, más me ha fascinado en mi largo recorrido por las ficciones —curiosamente, nunca he tenido el menor interés por leer algún libro clínico sobre este mal—, es decir, la amnesia. La película era, por supuesto, Recuerda (1945), uno de los títulos más populares pero a la vez más menospreciados de Alfred Hitchcock. A lo largo de mi vida la habré visto, sin exagerar, cerca de una decena de veces, siempre con absorbente fascinación. En la revista Homonosapiens acabo de publicar un artículo en el que intento expresar el porqué de semejante sugestión.

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Tomates verdes fritos en el café de Idgie y Ruth

Cartel español de Tomates verdes fritosTomates verdes fritos en el café de Whistle Stop es una novela publicada en 1987, con gran éxito, por la escritora Fannie Flagg —su nombre real es Patricia Neal, como la inolvidable protagonista de El manantial, siendo realmente curioso que los inicios profesionales de la novelista fueran asimismo como actriz—, quien solo contaba antes con otro libro, Daisy Fay y el hombre milagro (1983). La trama que propone la escritora se desarrolla en dos planos temporales. El primero, que se desarrolla en el presente, tiene como protagonista a Evelyn Couch, una mujer que acaba de cumplir los 48 años de edad, acomplejada por su físico orondo y dominada por una sensación de infelicidad a la que en principio no sabe dar nombre (hasta que va abriendo los ojos sobre sus circunstancias personales, vitales y matrimoniales que carecen del menor aliciente). En la residencia donde visitaba a su suegra, Evelyn conoce a la anciana Ninny Threadgoode, la cual, desde el primer momento comienza a inundarla con los recuerdos de su vida en Whistle Stop, un pueblecito muy próximo a Birmingham, la capital de Alabama (estado natal de la propia Flagg). Precisamente, ese segundo plano está ocupado por tales historias, que registran un periodo de tiempo desde los años 20 hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero que se concentra, especialmente, en el duro periodo de la Gran Depresión y que tiene su centro en la relación entre dos mujeres, Idgie y Ruth, propietarias del único café de la localidad, que asimismo era su verdadero corazón. Las historias que Ninny narra a Evelyn no tardan en absorber a esta, hasta el punto de convertir el día de visita a la residencia en el principal aliciente de su vida, sintiéndose fuertemente implicada en las existencias de aquellos humildes residentes de Whistle Stop, y en especial en la relación de esas dos mujeres de extraordinaria personalidad.

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En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (II)

El viaje de Chihiro

En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (II)

El periódico digital Irreverentes publica esta semana la segunda entrega de mi recorrido por la carrera de Hayao Miyazaki. Llegamos al momento en que el director adquiere, por fin, el reconocimiento internacional que merecía, como bien indica el hecho de que, a partir de La princesa Mononoke (1997), sus películas se estrenan en España con normalidad. Ahora bien, sería su siguiente realización, El viaje de Chihiro (2001), la que consagraría definitivamente al autor en todo el mundo, gracias no solo a su estupenda acogida comercial sino a los premios y reconocimientos, del Oso de Oro en el festival de cine de Berlín al preciado Oscar a la mejor película de animación. Desde Mononoke hasta la actualidad, han sido cinco películas, todas ellas magníficas, las que Miyazaki ha ido entregando, más o menos con cuatro o cinco años de distancia entre todas ellas, asombrando tanto por la diversidad temática como por el sentido del riesgo de sus últimas realizaciones. Curiosamente, puede decirse que Chihiro (que bien podríamos considerar su obra maestra) es el film más «cómodo» de su carrera, al constituir una especie de recopilación de sus temas, diseños y debilidades personales. Sin embargo, Ponyo en el acantilado (2008) y, sobre todo, El viento se levanta (2013), constituyen películas enormemente arriesgadas, que desconcertaron a más de uno, sobre todo la última, tanto por ser la obra más «realista» de su filmografía como por tratarse de la biografía del ingeniero creador del famoso avión Zero, lo cual parece desmentir la fama del director como tenaz antimilitarista. Esta bella película fue anunciada como la despedida del cine de Miyazaki, y hasta ahora no ha vuelto a estrenar ninguna otra, aunque los rumores sobre proyectos siguen recorriendo la Red. ¿Quién no soñaría con otra maravilla miyazakiana?

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En Café Montaigne: Dos desayunos con Holly Golightly

BREAKFAST AT TIFFANY'S, Audrey Hepburn, 1961 1960s movies 1961 movies Black dress Films by Blake Edwards Hepburn,audrey Movies OSRS Story-black dress Sunglasses Tiffany's Window Acabo de publicar en la revista digital Café Montaigne un artículo inspirado por mi viaje de este verano a Nueva York. Como suele sucederme, los paseos por un nuevo lugar y la enorme sugestión que me ha despertado Manhattan, me han «obligado» a prorrogar el recorrido, ya en Málaga, a través de los senderos de la literatura y el cine. Ha sido, por tanto, la ocasión de volver a una de esos personajes que me ha acompañado toda la vida, desde la primera vez que vi la película clásica en que lo conocí: Holly Golightly, esa inmortal creación de Audrey Hepburn para Desayuno con diamantes (1961), a quien siempre asociamos con Manhattan desde esa inolvidable escena de apertura en que hace honor, más o menos, al título del film. Años después leí el relato donde, en realidad, había cobrado vida, obra de Truman Capote, que suele ser editado con su título original (y de la película, claro): Desayuno en Tiffany’s. Como suele suceder, incluso en los casos de adaptaciones fieles, aun manteniendo en buena medida la caracterización de personajes y las incidencias del libro, hay considerables variaciones entre uno y otra, que desarrollo en el artículo. Señalo de antemano que me encantan tanto el original como la adaptación, sobre todo porque cada uno posee una atmósfera particular e impide hablar de mera copia en el caso de la película. Lo he repetido muchas veces: trasladar al cine de modo literal una obra literaria es un mero ejemplo de vampirismo empobrecedor, amén de suponer un caso de ventajismo por parte de los responsables del film, pues lo normal es que sean muchos más los espectadores que los lectores. Por encima de todo, lo más valioso de este doble «desayuno» es que, a partir de un mismo molde, propone dos Hollys diferentes, como no podía ser menos teniendo en cuenta la fuerte personalidad tanto del escritor como de la actriz que lo encarna en el cine. Si alguien se anima a comprobarlo por su cuenta, este blog habrá cumplido con uno de los propósitos para los que lo creé.

En Café Montaigne: Dos desayunos con Holly Golightly

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En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (I)

Porco Rosso siempre sera mi pelicula favorita de Miyazaki

En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (I)

Acabo de empezar a colaborar en el periódico digital Irreverentes, estupenda aventura capitaneada por Estefanía Farias cuya oferta cultural es verdaderamente impresionante, ya que abarca todos los terrenos, de la ficción a la no ficción, desde la publicación literaria a la reseña y el análisis sobre cine, teatro, novela, pintura, poesía, incluso tebeo (¡bajo el entrañable nombre de «historieta»!). Mi aportación, en principio, va a versar sobre el cine, y mi primera colaboración me hace especial ilusión. Y es que he revisado de arriba abajo el primer artículo que publiqué en mi propio blog, hace ya más de seis años, bajo el título de Hayao Miyazaki, el último humanista. Se trataba de un pequeño recorrido por su carrera y su filmografía, que finalizaba en el que entonces era su último trabajo estrenado, la película Ponyo en el acantilado. Desde entonces, ha añadido una obra más, El viento se levanta, con la cual además anunció su retirada de la animación cinematográfica, si bien siempre hay noticias acerca de su regreso. He corregido los distintos errores que contenía, fruto de la relativamente escasa información de la que entonces disponía —en seis años, la bibliografía sobre Miyazaki y el anime ha crecido de una forma que entonces parecía impensable—, he reescrito alguna que otra redacción apresurada cuyo juicio no quedaba del todo claro, he suprimido reiteraciones (espero no haber añadido otras más, claro) e incluso matizado alguna apreciación, pues en estos seis años no he dejado de volver a ver más de una película. El artículo se publicará en dos entregas: en este primera alcanza hasta la que para mí, pase el tiempo que pase, sigue siendo mi película favorita, además de la primera que pude ver de él: la inolvidable Porco Rosso.

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