Aniquilación: ¿qué es el Área X?

Poster de Aniquilacion, pelicula de Alex GarlandAniquilación es el nombre de una novela del escritor estadounidense Jeff VanderMeer que inaugura una trilogía bautizada como Southern Reach —el nombre de la agencia gubernamental secreta que se encarga de enviar las expediciones científico-militares a la misteriosa Área X cuya exploración constituye el meollo de la saga—, prolongada con Autoridad y concluida con Aceptación. La fecha de publicación de las tres es 2014, lo cual permite pensar que se trata de un proyecto concebido de un tirón y, sin embargo, dividido por entregas, no sé si por decisión del autor o a instancias de la editorial. En cualquier caso, la primera de estas novelas fue recibida con gran repercusión, recibiendo diversos premios de importancia dentro del género al que pertenece, la ciencia-ficción, y concitando la atención de críticos y aficionados (no siempre para bien: el especialista J. T. Joshi se despacha a gusto contra ella en un artículo publicado en España por la revista Ulthar, en su número especial de abril de 2018). Mi descubrimiento de esta historia, curiosamente, se debe a otro artículo, pero esta vez sobre la película que la adapta y que se estrenó no en cines sino en el canal televisivo Netflix en marzo de ese mismo año. El artículo, publicado en el nº 487 (IV/2018) de la revista Dirigido por…, se debe a Tomás Fernández Valentí, uno de los mejores críticos de este país, a quien a lo largo de mi vida debo incontables descubrimientos de buenas películas. La adaptación del libro en absoluto se subordina a este sino que, a partir del mismo punto de partida, explora otras direcciones y ostenta una personalidad propia. Es un buen ejemplo, por tanto, del tipo de relación entre cine y literatura que a mí me interesa. En las líneas que siguen, por tanto, hablaré del juego de espejos entre ambas «aniquilaciones».

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Río Rojo, manantial del western

Red River

Hay títulos cuyo mero enunciado ya es una promesa de intensidad. La fuerte sonoridad, tanto en el inglés original, Red River, como en su traducción española, Río Rojo, de este film lo convierte en un ejemplo emblemático. Esas rugientes erres se bastan para evocar en la memoria una pradera cubierta de cuernos bajo una luz lunar que a duras penas atraviesa un espeso techo de nubes; una mano bruscamente erizada de astillas cuyo dueño se ve así impedido de usar su implacable revólver; una flecha hundida en el hombro de una bella mujer que no profiere un grito de dolor… Es posible que Río Rojo no se encuentre entre los mejores títulos del western, ni siquiera entre los mejores de su director (Río Bravo o El Dorado, en mi opinión, lo superan), pero qué más da ante una obra que contiene tanto que admirar. Y es que hablamos de uno de los westerns fundamentales del género, por muchas razones: por suponer el primer ejemplar del mismo firmado por Howard Hawks, uno de los dos o tres nombres que siempre será el primer en venírsenos a la cabeza cuando hablamos del cine del Oeste; por suponer la mejor expresión de una de sus tramas canónicas (el traslado de ganado a lo largo de un territorio pródigo en peligros); por contener el primer rol complejo de su protagonista, el inolvidable John Wayne, preludio de muchos otros a cargo tanto de Hawks como del gran compañero de generación que se sitúa a su lado, John Ford; por suponer el debut de un actor tan imborrable como Montgomery Clift; por haber ayudado a poblar tantos sueños de nuestra infancia… Pero sobre todo, porque este film nos lleva a muchos otros: porque este río es un verdadero manantial del western. Seguir leyendo

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Redescubrimiento de Benito Pérez Galdós

Fortunata y Jacinta

Retrato de Benito Perez Galdos, por SorollaHubo un tiempo en que tuve a Benito Pérez Galdós por un autor pesado y aburrido, preocupado ante todo por ese muy español propósito de ilustrarnos moralmente a sus lectores y cuyas historias carecían de la menor chispa. Debo reconocer que en parte se debió al momento inadecuado en que leí sus primeras novelas y al desdén con que, en aquellos años finales del bachillerato en que descubríamos la literatura «seria», me merecía la etiqueta Realismo bajo la cual se encuadraban sus obras (y al resentimiento por que los manuales escolares ignoraran olímpicamente a mis escritores predilectos, Verne y Stevenson). Por otra parte, me parecía absurdo que bajo ese mismo membrete se encuadrara a escritores tan dispares (y para mí nada aburridos; por tanto, poco «realistas») como el inglés Dickens o el ruso Dostoyevski. Lo mejor para curarse de un encuentro literario poco afortunado (o para reafirmarse para siempre en la consideración inicial) es volver a leer al autor que nos aburrió. Y mi redescubrimiento tardío de Galdós ha sido deslumbrante: tanto, que no he podido evitar tratar de recuperar a toda velocidad el tiempo perdido, dándome un buen atracón de sus obras. El resultado: valorar a un autor de maravilloso genio narrativo, dúctil en el manejo de voces, divertido, dueño asimismo de una amarga lucidez de lo más compartible, capaz de crear la más variopinta (y sabrosa) galería de personajes, y de hacer que, a través de sus andanzas, cobre nueva vida una época, la del Madrid de la segunda mitad del XIX, que a mí ya de por sí me interesa como admirador profundo de nuestra capital y de su historia. En las líneas que siguen voy a razonar las claves de este deslumbramiento tardío.

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El mejor regalo de Navidad nos lo hizo Dickens

Cancion de Navidad en Tus Libros de AnayaTodos saben que Charles Dickens inventó la Navidad. Es más, inventó el lugar común de que la Navidad es una época en la que deben reinar los buenos sentimientos. Lo hizo por medio del éxito arrollador, en su época y en todas las épocas, del relato que tituló A Christmas Carol, y que aquí en España se ha traducido indistintamente como como el Cuento de Navidad o la Canción de Navidad, aunque yo me permito preferir el segundo. Por supuesto, ambas nociones son falsas. En cuanto a la primera, Dickens sin duda retrató los hábitos y las formas de celebración que existían en su época, y al hacerlo, eso sí, transmitió una poderosa imagen para la posteridad. Si en el futuro habrían de celebrarse las Navidades como lo hacen los personajes del autor es por la fama imperecedera que ha obtenido la Canción: si quienes celebramos (por convicción o por tradición) estas fechas lo hacemos de determinada manera, sin duda hay mucho de emulación de unos ritos heredados de nuestros mayores, y pocas fuentes de inspiración hay más poderosas que la literatura (o su gran difusor, el cine). En cuanto a la segunda noción, es igualmente falaz, puesto que el cristianismo se ha bastado para difundir la idea de que la celebración del nacimiento de su fundador debe inspirar paz y amor entre los hombres de buena voluntad. Ahora bien, sin la inmortal historia de redención de Ebenezer Scrooge, sin los tres espíritus de las navidades pasadas, presentes y futuras, sin el niño Tiny Tim y su muleta, sin el humilde escribiente Bob Cratchit, sin el rechinar de cadenas fantasmales o el rostro de Marley apareciéndose bajo la forma de una aldaba; sin todos estos elementos, digo, es evidente que el mundo, y no solo la forma de concebir la Navidad, sería mucho más pobre, hasta tal punto nos influye, nos enriquece, nos mejora. Es posible que Dickens tenga obras mucho mejores que la Canción, y es posible que la progenie que nace de Scrooge y compañía pueda ser de lo más fastidiosa, pero qué diablos: ¿a quién no le apetece, alguna Navidad que otra, a modo de preámbulo, de inspiración o de anticipada complacencia, abrir sus páginas y sumergirse en el placer culpable de sentirse mejor?

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West Side Story: ¿musical revolucionario o banal?

El mitico poster de West Side StoryLos cinéfilos tendemos a convertir en teoría general lo que suele ser impresión particular, pero no creo andar muy errado si señalo que la primera vez que alguien ve West Side Story, en especial si lo hace a edad temprana y es amante del musical, cree hallarse ante una película revolucionaria, con el conjunto de coreografías y canciones más genial de la historia. Televisión Española la emitió por primera vez el día 17 de abril de 1987, y yo fui uno de los espectadores que la devoró con fascinación. Como siempre, el paso del tiempo constituye la prueba suprema para toda obra de arte, y la segunda vez que la contemplé, al menos quince años después, supuso una mayúscula decepción para mí. Sin la agradable sorpresa de unas canciones con las que estaba familiarizado tras haber escuchado decenas de veces su banda sonora, me encontré con una historieta sentimental sin el menor interés y con un trasfondo social irrisoriamente envejecido. Otros tantos años después he vuelto a rescatarla, ahora con el aliciente de haber podido asistir, en una visita a Madrid, a la representación de la obra escénica. La conclusión, como suele ocurrir, en estos casos, es que la película (y el musical original) no son ni la genialidad revolucionaria que creímos antaño ni el espectáculo caduco de después.  O es ambas cosas a la vez: un contenido emocional de novela rosa y unas pretensiones de denuncia social insustanciales, pero una lección de cómo construir una formidable dramaturgia por medio de los números musicales, lo cual, es indudable, sigue convirtiendo esta película en un ejemplar perdurable del género, capaz de hacer olvidar todos sus otros defectos.

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En Homonosapiens: Los dos suicidios de Drieu la Rochelle

El fuego fatuo, de Drieu la RochelleDespués del buen sabor de boca que nos dejó, en primavera, el dossier que realizamos para celebrar el segundo centenario de la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, la revista digital Homonosapiens se lanza a un nuevo reto. En este caso, el tema elegido se titula Eutanasia y suicidio, que aborda desde la pluralidad de enfoques habitual en nuestra revista: moral, político, legal, cultural… Mi aportación al dossier, para variar, se acerca a alguna de las muchas miradas que el cine o la literatura han ofrecido sobre el tema. En concreto, escribo acerca de un escritor, el controvertido Pierre Drieu la Rochelle y la que pasa por ser la más perdurable de sus novelas, El fuego fatuo. Drieu fue uno de tantos intelectuales que fueron atrapados por el vértigo de los fascismos en el periodo de entreguerras, implicándose a fondo en la colaboración con los alemanes cuando estos ocuparon Francia. Tras la huida de los germanos, Drieu vagó por el París recién liberado, emprendiendo una huida hacia delante que concluyó con su suicidio. Lo singular es que quince años atrás había publicado, con gran repercusión, ese libro que cuenta, precisamente, los últimos días de un joven que ha decidido quitarse la vida. ¿La vida imitando al arte? Tal vez este tópico se haya hecho realidad unas pocas veces, y esta es una de ellas. En cualquier caso, recomiendo vivamente su lectura —hay también una película que la adapta, de 1963, a cargo de Louis Malle—, y luego bucear un poco en ese asfixiante pozo político, moral y cultural en el que se desarrolló su existencia, y la de otros que no pudieron o no supieron escapar de ese remolino que atrapó a tantos hombres de talento, curiosamente a uno y otro lado de los Pirineos.

En Homonosapiens: Los dos suicidios de Drieu la Rochelle

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Basil Dearden, el director que sí estuvo allí

Fotografia de Basil DeardenFrançois Truffaut fue el portavoz más conspicuo de una idea común que primero difundió la crítica cahierista, la creadora de la llamada «política de autores», y que durante décadas se propagó entre los especialistas sin rubor alguno: el cine inglés era aburrido, el cine inglés era académico, el cine inglés no tenía importancia. Existió, sí, pero nunca estuvo allí, es decir, en el olimpo de la creación. En España, muchos cinéfilos aceptamos esta idea, sencillamente porque las películas inglesas que podíamos conocer se cernían a las que se emitían por televisión, que se concentraban en ámbitos muy limitados: las comedias de la Ealing, las películas de terror de la Hammer, el llamado Free Cinema… Pues bien, como tantas otras veces, nuestros padres mintieron. El acceso actual a casi cualquier film oculto (en esto, la globalización ha ayudado bastante) nos permite descubrir que el cine británico en absoluto es inferior a otros más alabados (pienso en Francia o Italia). Mi entrada de hoy en el blog pretende efectuar una reivindicación sobre el mismo a través de un cineasta que me parece un ejemplo emblemático. Se trata de Basil Dearden, un director olvidado (o desconocido) durante mucho tiempo, y que hoy comienza a ser objeto de una justa revalorización, cuya filmografía, extendida a lo largo de las tres décadas fundamentales del cine de su país (y del mundial), de los años 40 a finales de los 60, ofrece un elevado número de magníficas películas, en géneros bien distintos, no por poco conocidas menos notables, y en determinados casos incluso muy valientes. Dearden, prototípico director que durante un tiempo pareció que nunca estuvo allí, dejó el mejor legado posible para acreditar que sí existió: su carrera.

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En Recuerda que has leído: Fortunata y Jacinta

Ana Belen y Maribel Martin, Fortunata y Jacinta en tve

Acabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído una pequeña reseña sobre Fortunata y Jacinta (1887), la novela de Benito Pérez Galdós que suele ser considerada como una de las cumbres de la literatura española, en especial del siglo XIX. La había leído mucho tiempo atrás, en los años del bachillerato, sin que entonces me gustara mucho, tal vez porque me empeñé en hacer algo que ahora aborrezco: leerla comparándola todo el tiempo con su gran «rival» por el trono literario de la época, la también extraordinaria La Regenta, de Clarín. Libres ya mis ojos de legañas, cierta intuición me ha llevado a recuperar los dos tomos de la edición Cátedra que envejecía en mis estanterías… y durante un par de semanas me he visto atrapado por una de estas obras que, con toda la razón, se definen como novelas-mundo. Como todas las obras maestras, Fortunata y Jacinta seduce por toda una pluralidad de virtudes: la riqueza de matices, la profundidad psicológica de sus personajes, el virtuosismo narrativo, la densidad del dibujo social e histórico o ese sabor particular de la literatura que solo se puede paladear cuando uno lee a un escritor en su lengua original (con mención especial para la caracterización de diálogos: se nota que Galdós fue un escritor «de calle»). Pero sobre todo, porque es de estos títulos que ayudan a completar nuestro conocimiento del ser humano (aunque nunca llegaremos a conocerlo del todo, porque si no, ya no nos harían falta la literatura o el cine). En concreto, la novela de Galdós es una estremecedora reflexión sobre la desdicha: la de las dos mujeres protagonistas, claro (cada una por una razón diferente, aunque ambas confluyen en el mismo y mediocre individuo al que ambas aman), la de ese personaje absolutamente maravilloso que es el marido de Fortunata, Maximiliano Rubín (mi favorito del libro y ahora mismo casi de toda la historia de la literatura española), y la de la práctica totalidad de los seres que pueblan el libro, buenos y malos, altos y bajos, principales o episódicos. Recomiendo vivamente la (re)lectura de este libro, que luego puede ser completada con otras del autor (ahora mismo estoy deslumbrado con Miau) o del mismo contexto de publicación: tal vez sea hora ya de recuperar igualmente esa otra maravilla que, lo he dicho ya, es La Regenta.

En Recuerda que has leído: Fortunata y Jacinta

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Niebla en el pasado: la felicidad era ser Smithy

Niebla en el pasado, joya del cine clasico

Charles Rainier, el «príncipe de la industria inglesa», el político que parece a un paso de entrar en el gobierno, diríase un triunfador en cuanto se ha propuesto en la vida. Sin embargo, en realidad se siente marcado por un hueco que posee su existencia: tres años desvanecidos de su memoria, los que median entre su desaparición en un embudo de granadas en Arrás, durante la I Guerra Mundial, y su reingreso entre los vivos tres años después, en las calles de Liverpool, tras sufrir un golpe que le devolvió el conocimiento de su identidad. De aquellos tres años Charles posee tan sólo un débil indicio, una llave que abre no sabe qué puerta y que lleva consigo, como un amuleto sombrío, a todas partes, girándola de modo mecánico entre sus dedos sin darse cuenta de ello las más de las veces. Charles no recuerda nada, pero siente, intuye, sabe, que la clave de su felicidad, de su armonía personal, tiene que estar enterrada allí: pues, en el fondo, su frenética consagración a los negocios (él, cuyas ambiciones de juventud fueron intelectuales: ser escritor) se debe a la necesidad de ocupar todas las horas del día, casi sin tener tiempo para pensar en nada. Ese vacío le impide darse a cualquier mujer, ni siquiera a la muchacha, Kitty, que intenta llevarle el soplo de la juventud. No es eso lo que Charles necesita. Lo que necesita sólo lo conoce una persona en el mundo, Margaret Hanson, su eficiente secretaria, una mujer también marcada por una pérdida, la de su esposo y su hijo de muy corta edad, tiempo atrás. Porque ese esposo perdido, al que ella conoció bajo el nombre de Smithy y con el que fue feliz en una pequeña casita con vallas de madera, es el hombre para el que ahora trabaja, después de haberlo buscado desesperadamente por medio país. Y no puede decirle quién es porque sabe que solo si Charles Rainier recuerda por sí mismo que una vez fue Smithy recobrará el amor auténtico que este sintió por ella, cuando se llamaba Paula, y no por mera obligación dictada por la integridad personal…

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El western de Alan Le May (II): Centauros del desierto

Centauros del desierto (Ford)                 Los que no perdonan (Le May-Huston)

Bonita portada de Centauros del desierto, en Valdemar, obra de Robert E. McGinnis, que representa a John WayneNo sé si Centauros del desierto (1956), de John Ford, es el mejor western de la historia del cine, como se ha proclamado en más de una ocasión, pero cuando menos no conozco ninguno mejor que él: a la misma altura, por supuesto que sí, pero ninguno por encima. Me resulta difícil concretar por qué, puesto que la clave de su imborrable atractivo reside en la increíble cantidad de elementos distintos que confluyen en su trazado (aquellos a los que no termina de convencer señalan que el mayor defecto del film es la falta de equilibrio con que se suman aquellos). Así, podemos destacar el sentido de la tragedia que albergan sus imágenes, y a la vez la facilidad con que de pronto se introduce la distensión en escena; la profunda belleza, visual y dramática que poseen los espacios naturales por donde transitan los héroes; la fuerza de su reflexión sobre la complejidad del ser humano, capaz de lo más grande y lo más terrible, como bien simboliza su protagonista, Ethan Edwards; la mirada que efectúa sobre la irracionalidad del racismo (y sobre lo inquietantemente fácil que resulta odiar al otro); el retrato que efectúa sobre una Frontera que aquí carece del menor sentido mítico. En fin, si hay una película que justifique que a Ford se le haya llamado el Shakespeare del cine, es esta. Pues bien, esta obra genial no nace en el vacío, sino que procede de una fuente no menos maravillosa: la novela de Alan Le May que siempre ha sido la gran desconocida de esta historia. Si el aficionado al género supera su desconfianza a que otra versión de su película favorita pueda revelarle algo nuevo sobre ella, descubrirá una novela extraordinaria, que complementa con fidelidad argumental a la película (realmente, debería decirse al revés, pero supongo que nadie descubrirá antes el libro que el film), pero que al mismo tiempo posee su propia personalidad. Una personalidad agreste, furiosa, de áspero realismo, que asombra por su completa renuncia a la grandiosidad: quienes protagonizan la historia son seres dolorosamente sencillos, que pueden parecernos épicos pero que no lo son. Una obra maestra, en suma, del western y de la literatura sin etiquetas.

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El western de Alan Le May (I): Los que no perdonan

Centauros del desierto

Los que no perdonan, de Alan Le May, en la Coleccion Frontera de ValdemarConfieso haberme contado, hasta no hace mucho, entre quienes consideraban el western como un género esencialmente cinematográfico. Es evidente que la potencia visual que desprenden sus elementos compositivos hace que el espacio «natural» del Oeste parezca el cine, pero su acta de nacimiento se produce antes en la literatura. Es más, los años dorados en que Hollywood asombra con un rosario continuo de clásicos del género coinciden con los mismos en que un conjunto de escritores, por desgracia poco o nada conocidos, al menos fuera de su país, se encarga asimismo de componer obras admirables, que fueron rápidamente devoradas por la Meca del Cine. Mi descubrimiento (gracias a la estupenda Colección Frontera, dirigida y prologada por Alfredo Lara para Valdemar) de Dorothy M. Johnson, Elmore Leonard o James Warner Bellah —de quienes nacen varios de los clásicos imperecederos del género— me obliga a reevaluar el western. No desde luego para poner a un dios en el lugar de otro, sino para reafirmarme en que el cine es una obra colectiva que depende del talento de muchos artistas. Voy a dedicar dos artículos a dos novelas (vinculándolas, claro, con las películas que han eclipsado su mera existencia) de un escritor injustamente desconocido. Su nombre es Alan Le May, y las novelas son Centauros del desierto (1954) y Los que no perdonan (1957), ambas espléndidas, porque en las dos se encuentran ya los argumentos, los personajes, la densidad dramática y el poderoso sentido del realismo (en el caso de los libros no dudo en afirmar que este último es mucho mayor) que brillan en su versión al cine. Como siempre, mi intención fundamental es tratar de contagiar el deseo de leerlas… y luego volver a disfrutar de los excelentes films que las retomaron.

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En Irreverentes: Conan el bárbaro, la película

Conan y su espada

En Irreverentes: Conan el bárbaro, de John Milius

El periódico digital Irreverentes acaba de publicar en su edición semanal (renovada cada lunes) un artículo mío titulado Conan el bárbaro, de John Milius. Se trata de una reelaboración exhaustiva de uno de mis más antiguos artículos, el primero que dediqué a este inmortal personaje de Robert E. Howard al que en los últimos meses he vuelto de modo casi compulsivo, en literatura y también en el tebeo (y no aseguro que no vaya a seguir haciéndolo). La película, de 1982, consiguió un notable éxito comercial y terminó por popularizar al personaje fuera del ámbito, por fuerza más reducido, de los dos primeros medios. Dirigida por un cineasta hoy olvidado pero entonces en alza, John Milius, y protagonizada por un hombre que inició así su camino al estrellato, el culturista Arnold Schwarzenegger (lo siento, pero incluso en la época en que se puso de moda considerar que había mejorado mucho como actor, no conseguí creerme nunca que era poco más que un forzudo con pretensiones), sin duda se trata de una visión muy particular del personaje de Howard. En primer lugar, porque altera sus orígenes y, por ende, su esencia, para dar cabida a una historia de venganza más bien vulgar. En segundo, porque la controvertida personalidad de Milius, al que entonces gustaba difundir su fascinación por la violencia y el militarismo, que muchos tradujeron como inclinación hacia el esteticismo fascista, condiciona toda la narración. Ahora bien, aun dentro de sus irregularidades (y pese a Arnold, cuya interpretación es pésima), Conan el bárbaro es una película considerablemente sugestiva, cuya atmósfera de decadencia es muy interesante, y que ofrece varios momentos formidables. Creo que ha ganado mucho con el tiempo, incluso.

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Sherlock, año IV: el círculo se cierra

Sherlock I          II          III

Sherlock, temporada IVTres años, es decir, uno más de lo habitual, es el tiempo transcurrido entre la tercera temporada de Sherlock y la última (estrenada, eso sí, en las primeras semanas del año 2017 y ahora descubierta por mí en formato blu-ray), con el pequeño consuelo de un capítulo «especial» emitido en enero de 2016. Es probable que el motivo se deba a la apretadísima agenda de su protagonista, Benedict Cumberbatch, definitivamente convertido en intérprete cotizado gracias a su implicación en toda clase de proyectos de alto nivel, tanto en cine como en televisión. Entre ellos, el papel que le ha valido una primera nominación al Oscar —la excelente película The Imitation Game (Descubriendo Enigma), en la que su personaje de Alan Turing vendría a ser una variante de Holmes— y su inclusión en el Universo Cinemático Marvel, con el papel del Doctor Extraño, que no por nada enseguida se ha convertido en uno de sus superhéroes más carismáticos. Del mismo modo, la categoría profesional de su compañero, Martin Freeman, también se ha incrementado, al convertirse en ese mismo tiempo en el protagonista de la trilogía El Hobbit (2012-2014), de Peter Jackson. De hecho, también él ha sido absorbido por Marvel, si bien en un rol secundario, el del agente Everett K. Ross, que ha aparecido por el momento en dos producciones, Capitán América: Civil War y Black Panther. Todo indica que será difícil reunir a corto o medio plazo a sus estrellas, pero lo más relevante, visto ya este año IV, es la sensación de clausura que posee la temporada. Es más, si se cerrara aquí la trayectoria de este Sherlock Holmes contemporáneo, la formidable coherencia dramática de esta conclusión otorgaría a la serie una sensación de totalidad, de historia concebida en cuatro actos (con sus correspondientes capítulos) pero con una clara estructura de principio, nudo y desenlace, en que cada elemento argumental diríase concebido, desde el primer momento, para cerrar el planteamiento que se abrió en aquel lejano y memorable episodio inicial, esto es, el proceso de progresiva humanización de ese ser en principio inhumano que es Sherlock Holmes.

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Conan el bárbaro, de Roy Thomas y Barry Windsor-Smith

El personaje                Los relatos                  La película

Portada del primer numero de Conan the Barbarian, por Barry SmithCuando pensamos en Conan el cimerio es inevitable pensar en un hombre corpulento, de anchas espaldas y musculatura hipertrofiada. Es la imagen que le ha dado el cine, la del culturista Arnold Schwarzenegger, que lo popularizó, pero no anda tampoco muy lejos de la descrita por Robert E. Howard en sus cuentos, a su vez difundida por grandes ilustradores del cimerio como Frank Frazetta o Boris Vallejo: un hombre de constitución robusta, cuello de toro y piernas bien asentadas sobre el suelo. Sin embargo, el Conan favorito de muchos es un joven espigado y ágil, de facciones finas compensadas con gruesas cejas, de largos cabellos dibujados casi hebra por hebra y de expresión a la vez sombría e inteligente. Es el Conan que inmortalizó un genio del dibujo llamado Barry Windsor-Smith (aunque entonces solo firmaba Barry Smith, el término intermedio se lo añadió años después, quizá como reafirmación orgullosa del genio que ya se reconocía a sí mismo) en los primeros números del tebeo que tanto ayudó a popularizar al personaje, comenzando por su apodo más conocido, Conan el bárbaro. Si los relatos de Howard transpiran una fulgurante fuerza primitiva, Smith convirtió sus aventuras en un ensueño arrebatador, transmutando el continente hiborio en una sucesión de ciudades de paredes enjoyadas y rejerías finamente trenzadas, de bosquecillos de cuento de hadas y de monstruos que en teoría son espantosos pero que desprenden una fascinante belleza. Su etapa con el personaje fue apenas un suspiro en la longeva saga literaria, tebeística y cinematográfica en que aquel se ha desenvuelto, pero ¡qué irrepetible suspiro!

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Scaramouche o el supremo don de la risa

Cartel de Scaramouche, pelicula de la Metro Goldwyn MayerNació con el supremo don de la risa y con la sensación de que el mundo está loco, dice la frase inicial de la novela Scaramouche, de Rafael Sabatini. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los mejores arranques literarios que conozco, mas sin embargo tan encantadora definición, antes que con el personaje que vive en las páginas de ese libro al que da nombre, encaja mucho mejor con el protagonista de la adaptación cinema-tográfica de 1952 que le ha valido la inmortalidad. Interpretado por el inglés Stewart Granger, actor que encarnaba como pocos esa bravuconería necesaria en todo héroe temerario al tiempo que sabía darle el necesario aroma romántico sin el cual este prototipo resultaría cargante, Scaramouche, el alias de Andrés Louis Moreau (¿o es al revés?), sabe bien que no hay otra forma de afrontar el mundo que reírse de su solemnidad existencial y aprovechar del modo más lúdico posible (lo cual quiere decir gozar de las mujeres y las aventuras) los contados días de vigor que poseen sus habitantes. Sin embargo, cuando el asesinato «legal» de su hermano del alma, al que asiste con impotencia, destruye esa fácil protección que había interpuesto frente al mundo y lo obliga a implicarse, cuando menos para buscar venganza ante la ausencia de justicia, no podrá evitar asumir otra máscara, esta vez literal, la del personaje cómico que le dará nombre. Actor de día y espadachín de noche, en los agitados días de la Revolución Francesa, Scaramouche es posiblemente el héroe de vocación menos heroica de la historia del género, y ese es uno de sus más irresistibles atractivos.

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