El western de Alan Le May (I): Los que no perdonan

Centauros del desierto

Los que no perdonan, de Alan Le May, en la Coleccion Frontera de ValdemarConfieso haberme contado, hasta no hace mucho, entre quienes consideraban el western como un género esencialmente cinematográfico. Es evidente que la potencia visual que desprenden sus elementos compositivos hace que el espacio «natural» del Oeste parezca el cine, pero su acta de nacimiento se produce antes en la literatura. Es más, los años dorados en que Hollywood asombra con un rosario continuo de clásicos del género coinciden con los mismos en que un conjunto de escritores, por desgracia poco o nada conocidos, al menos fuera de su país, se encarga asimismo de componer obras admirables, que fueron rápidamente devoradas por la Meca del Cine. Mi descubrimiento (gracias a la estupenda Colección Frontera, dirigida y prologada por Alfredo Lara para Valdemar) de Dorothy M. Johnson, Elmore Leonard o James Warner Bellah —de quienes nacen varios de los clásicos imperecederos del género— me obliga a reevaluar el western. No desde luego para poner a un dios en el lugar de otro, sino para reafirmarme en que el cine es una obra colectiva que depende del talento de muchos artistas. Voy a dedicar dos artículos a dos novelas (vinculándolas, claro, con las películas que han eclipsado su mera existencia) de un escritor injustamente desconocido. Su nombre es Alan Le May, y las novelas son Centauros del desierto (1954) y Los que no perdonan (1957), ambas espléndidas, porque en las dos se encuentran ya los argumentos, los personajes, la densidad dramática y el poderoso sentido del realismo (en el caso de los libros no dudo en afirmar que este último es mucho mayor) que brillan en su versión al cine. Como siempre, mi intención fundamental es tratar de contagiar el deseo de leerlas… y luego volver a disfrutar de los excelentes films que las retomaron.

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En Irreverentes: Conan el bárbaro, la película

Conan y su espada

En Irreverentes: Conan el bárbaro, de John Milius

El periódico digital Irreverentes acaba de publicar en su edición semanal (renovada cada lunes) un artículo mío titulado Conan el bárbaro, de John Milius. Se trata de una reelaboración exhaustiva de uno de mis más antiguos artículos, el primero que dediqué a este inmortal personaje de Robert E. Howard al que en los últimos meses he vuelto de modo casi compulsivo, en literatura y también en el tebeo (y no aseguro que no vaya a seguir haciéndolo). La película, de 1982, consiguió un notable éxito comercial y terminó por popularizar al personaje fuera del ámbito, por fuerza más reducido, de los dos primeros medios. Dirigida por un cineasta hoy olvidado pero entonces en alza, John Milius, y protagonizada por un hombre que inició así su camino al estrellato, el culturista Arnold Schwarzenegger (lo siento, pero incluso en la época en que se puso de moda considerar que había mejorado mucho como actor, no conseguí creerme nunca que era poco más que un forzudo con pretensiones), sin duda se trata de una visión muy particular del personaje de Howard. En primer lugar, porque altera sus orígenes y, por ende, su esencia, para dar cabida a una historia de venganza más bien vulgar. En segundo, porque la controvertida personalidad de Milius, al que entonces gustaba difundir su fascinación por la violencia y el militarismo, que muchos tradujeron como inclinación hacia el esteticismo fascista, condiciona toda la narración. Ahora bien, aun dentro de sus irregularidades (y pese a Arnold, cuya interpretación es pésima), Conan el bárbaro es una película considerablemente sugestiva, cuya atmósfera de decadencia es muy interesante, y que ofrece varios momentos formidables. Creo que ha ganado mucho con el tiempo, incluso.

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Sherlock, año IV: el círculo se cierra

Sherlock I          II          III

Sherlock, temporada IVTres años, es decir, uno más de lo habitual, es el tiempo transcurrido entre la tercera temporada de Sherlock y la última (estrenada, eso sí, en las primeras semanas del año 2017 y ahora descubierta por mí en formato blu-ray), con el pequeño consuelo de un capítulo «especial» emitido en enero de 2016. Es probable que el motivo se deba a la apretadísima agenda de su protagonista, Benedict Cumberbatch, definitivamente convertido en intérprete cotizado gracias a su implicación en toda clase de proyectos de alto nivel, tanto en cine como en televisión. Entre ellos, el papel que le ha valido una primera nominación al Oscar —la excelente película The Imitation Game (Descubriendo Enigma), en la que su personaje de Alan Turing vendría a ser una variante de Holmes— y su inclusión en el Universo Cinemático Marvel, con el papel del Doctor Extraño, que no por nada enseguida se ha convertido en uno de sus superhéroes más carismáticos. Del mismo modo, la categoría profesional de su compañero, Martin Freeman, también se ha incrementado, al convertirse en ese mismo tiempo en el protagonista de la trilogía El Hobbit (2012-2014), de Peter Jackson. De hecho, también él ha sido absorbido por Marvel, si bien en un rol secundario, el del agente Everett K. Ross, que ha aparecido por el momento en dos producciones, Capitán América: Civil War y Black Panther. Todo indica que será difícil reunir a corto o medio plazo a sus estrellas, pero lo más relevante, visto ya este año IV, es la sensación de clausura que posee la temporada. Es más, si se cerrara aquí la trayectoria de este Sherlock Holmes contemporáneo, la formidable coherencia dramática de esta conclusión otorgaría a la serie una sensación de totalidad, de historia concebida en cuatro actos (con sus correspondientes capítulos) pero con una clara estructura de principio, nudo y desenlace, en que cada elemento argumental diríase concebido, desde el primer momento, para cerrar el planteamiento que se abrió en aquel lejano y memorable episodio inicial, esto es, el proceso de progresiva humanización de ese ser en principio inhumano que es Sherlock Holmes.

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Conan el bárbaro, de Roy Thomas y Barry Windsor-Smith

El personaje                Los relatos                  La película

Portada del primer numero de Conan the Barbarian, por Barry SmithCuando pensamos en Conan el cimerio es inevitable pensar en un hombre corpulento, de anchas espaldas y musculatura hipertrofiada. Es la imagen que le ha dado el cine, la del culturista Arnold Schwarzenegger, que lo popularizó, pero no anda tampoco muy lejos de la descrita por Robert E. Howard en sus cuentos, a su vez difundida por grandes ilustradores del cimerio como Frank Frazetta o Boris Vallejo: un hombre de constitución robusta, cuello de toro y piernas bien asentadas sobre el suelo. Sin embargo, el Conan favorito de muchos es un joven espigado y ágil, de facciones finas compensadas con gruesas cejas, de largos cabellos dibujados casi hebra por hebra y de expresión a la vez sombría e inteligente. Es el Conan que inmortalizó un genio del dibujo llamado Barry Windsor-Smith (aunque entonces solo firmaba Barry Smith, el término intermedio se lo añadió años después, quizá como reafirmación orgullosa del genio que ya se reconocía a sí mismo) en los primeros números del tebeo que tanto ayudó a popularizar al personaje, comenzando por su apodo más conocido, Conan el bárbaro. Si los relatos de Howard transpiran una fulgurante fuerza primitiva, Smith convirtió sus aventuras en un ensueño arrebatador, transmutando el continente hiborio en una sucesión de ciudades de paredes enjoyadas y rejerías finamente trenzadas, de bosquecillos de cuento de hadas y de monstruos que en teoría son espantosos pero que desprenden una fascinante belleza. Su etapa con el personaje fue apenas un suspiro en la longeva saga literaria, tebeística y cinematográfica en que aquel se ha desenvuelto, pero ¡qué irrepetible suspiro!

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Scaramouche o el supremo don de la risa

Cartel de Scaramouche, pelicula de la Metro Goldwyn MayerNació con el supremo don de la risa y con la sensación de que el mundo está loco, dice la frase inicial de la novela Scaramouche, de Rafael Sabatini. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los mejores arranques literarios que conozco, mas sin embargo tan encantadora definición, antes que con el personaje que vive en las páginas de ese libro al que da nombre, encaja mucho mejor con el protagonista de la adaptación cinema-tográfica de 1952 que le ha valido la inmortalidad. Interpretado por el inglés Stewart Granger, actor que encarnaba como pocos esa bravuconería necesaria en todo héroe temerario al tiempo que sabía darle el necesario aroma romántico sin el cual este prototipo resultaría cargante, Scaramouche, el alias de Andrés Louis Moreau (¿o es al revés?), sabe bien que no hay otra forma de afrontar el mundo que reírse de su solemnidad existencial y aprovechar del modo más lúdico posible (lo cual quiere decir gozar de las mujeres y las aventuras) los contados días de vigor que poseen sus habitantes. Sin embargo, cuando el asesinato «legal» de su hermano del alma, al que asiste con impotencia, destruye esa fácil protección que había interpuesto frente al mundo y lo obliga a implicarse, cuando menos para buscar venganza ante la ausencia de justicia, no podrá evitar asumir otra máscara, esta vez literal, la del personaje cómico que le dará nombre. Actor de día y espadachín de noche, en los agitados días de la Revolución Francesa, Scaramouche es posiblemente el héroe de vocación menos heroica de la historia del género, y ese es uno de sus más irresistibles atractivos.

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En Homonosapiens: Recuerda, un ensueño del inconsciente

Los decorados de Salvador Dalí para Recuerda

En Homonosapiens: Recuerda, un ensueño del inconsciente

Hace ya muchos años (debía de tener yo nueve o diez), subí una tarde a mi casa después de haber estado jugando en la calle. Puse la tele y descubrí que estaban emitiendo una película en blanco y negro (entonces este detalle era algo «normal» y no impulsaba al niño a cambiar el canal con repugnancia) que debía haber empezado un rato atrás. En la escena que sorprendí, dos personajes se estaban dando un beso apasionado, que de pronto se interrumpía cuando la mirada de él resbalaba hacia la bata que vestía ella y, de inmediato, su rostro se llenaba de angustia (la música se encargaba de subrayarlo). El motivo de esa súbita ansiedad había sido algo en principio tan banal como descubrir el dibujo que formaba esa bata: unas líneas negras sobre el fondo blanco, que para él poseían un significado oculto que era incapaz de recordar pero que lo atormentaba de modo terrible. Atraído instantáneamente por esta escena, ya no me retiré hasta el final de la pantalla: el hombre, enseguida, se descubría como un individuo que había estado asumiendo una falsa identidad (la del director de un sanatorio mental) pero que, una vez desmoronado, no recordaba nada de su verdadero pasado, ni siquiera el nombre, dejando además con la duda de si había cometido un crimen para sustituir al médico al que suplantaba. Fue la primera vez que me encontré con uno de los temas que, desde entonces, más me ha fascinado en mi largo recorrido por las ficciones —curiosamente, nunca he tenido el menor interés por leer algún libro clínico sobre este mal—, es decir, la amnesia. La película era, por supuesto, Recuerda (1945), uno de los títulos más populares pero a la vez más menospreciados de Alfred Hitchcock. A lo largo de mi vida la habré visto, sin exagerar, cerca de una decena de veces, siempre con absorbente fascinación. En la revista Homonosapiens acabo de publicar un artículo en el que intento expresar el porqué de semejante sugestión.

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Tomates verdes fritos en el café de Idgie y Ruth

Cartel español de Tomates verdes fritosTomates verdes fritos en el café de Whistle Stop es una novela publicada en 1987, con gran éxito, por la escritora Fannie Flagg —su nombre real es Patricia Neal, como la inolvidable protagonista de El manantial, siendo realmente curioso que los inicios profesionales de la novelista fueran asimismo como actriz—, quien solo contaba antes con otro libro, Daisy Fay y el hombre milagro (1983). La trama que propone la escritora se desarrolla en dos planos temporales. El primero, que se desarrolla en el presente, tiene como protagonista a Evelyn Couch, una mujer que acaba de cumplir los 48 años de edad, acomplejada por su físico orondo y dominada por una sensación de infelicidad a la que en principio no sabe dar nombre (hasta que va abriendo los ojos sobre sus circunstancias personales, vitales y matrimoniales que carecen del menor aliciente). En la residencia donde visitaba a su suegra, Evelyn conoce a la anciana Ninny Threadgoode, la cual, desde el primer momento comienza a inundarla con los recuerdos de su vida en Whistle Stop, un pueblecito muy próximo a Birmingham, la capital de Alabama (estado natal de la propia Flagg). Precisamente, ese segundo plano está ocupado por tales historias, que registran un periodo de tiempo desde los años 20 hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero que se concentra, especialmente, en el duro periodo de la Gran Depresión y que tiene su centro en la relación entre dos mujeres, Idgie y Ruth, propietarias del único café de la localidad, que asimismo era su verdadero corazón. Las historias que Ninny narra a Evelyn no tardan en absorber a esta, hasta el punto de convertir el día de visita a la residencia en el principal aliciente de su vida, sintiéndose fuertemente implicada en las existencias de aquellos humildes residentes de Whistle Stop, y en especial en la relación de esas dos mujeres de extraordinaria personalidad.

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En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (II)

El viaje de Chihiro

En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (II)

El periódico digital Irreverentes publica esta semana la segunda entrega de mi recorrido por la carrera de Hayao Miyazaki. Llegamos al momento en que el director adquiere, por fin, el reconocimiento internacional que merecía, como bien indica el hecho de que, a partir de La princesa Mononoke (1997), sus películas se estrenan en España con normalidad. Ahora bien, sería su siguiente realización, El viaje de Chihiro (2001), la que consagraría definitivamente al autor en todo el mundo, gracias no solo a su estupenda acogida comercial sino a los premios y reconocimientos, del Oso de Oro en el festival de cine de Berlín al preciado Oscar a la mejor película de animación. Desde Mononoke hasta la actualidad, han sido cinco películas, todas ellas magníficas, las que Miyazaki ha ido entregando, más o menos con cuatro o cinco años de distancia entre todas ellas, asombrando tanto por la diversidad temática como por el sentido del riesgo de sus últimas realizaciones. Curiosamente, puede decirse que Chihiro (que bien podríamos considerar su obra maestra) es el film más «cómodo» de su carrera, al constituir una especie de recopilación de sus temas, diseños y debilidades personales. Sin embargo, Ponyo en el acantilado (2008) y, sobre todo, El viento se levanta (2013), constituyen películas enormemente arriesgadas, que desconcertaron a más de uno, sobre todo la última, tanto por ser la obra más «realista» de su filmografía como por tratarse de la biografía del ingeniero creador del famoso avión Zero, lo cual parece desmentir la fama del director como tenaz antimilitarista. Esta bella película fue anunciada como la despedida del cine de Miyazaki, y hasta ahora no ha vuelto a estrenar ninguna otra, aunque los rumores sobre proyectos siguen recorriendo la Red. ¿Quién no soñaría con otra maravilla miyazakiana?

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En Café Montaigne: Dos desayunos con Holly Golightly

BREAKFAST AT TIFFANY'S, Audrey Hepburn, 1961 1960s movies 1961 movies Black dress Films by Blake Edwards Hepburn,audrey Movies OSRS Story-black dress Sunglasses Tiffany's Window Acabo de publicar en la revista digital Café Montaigne un artículo inspirado por mi viaje de este verano a Nueva York. Como suele sucederme, los paseos por un nuevo lugar y la enorme sugestión que me ha despertado Manhattan, me han «obligado» a prorrogar el recorrido, ya en Málaga, a través de los senderos de la literatura y el cine. Ha sido, por tanto, la ocasión de volver a una de esos personajes que me ha acompañado toda la vida, desde la primera vez que vi la película clásica en que lo conocí: Holly Golightly, esa inmortal creación de Audrey Hepburn para Desayuno con diamantes (1961), a quien siempre asociamos con Manhattan desde esa inolvidable escena de apertura en que hace honor, más o menos, al título del film. Años después leí el relato donde, en realidad, había cobrado vida, obra de Truman Capote, que suele ser editado con su título original (y de la película, claro): Desayuno en Tiffany’s. Como suele suceder, incluso en los casos de adaptaciones fieles, aun manteniendo en buena medida la caracterización de personajes y las incidencias del libro, hay considerables variaciones entre uno y otra, que desarrollo en el artículo. Señalo de antemano que me encantan tanto el original como la adaptación, sobre todo porque cada uno posee una atmósfera particular e impide hablar de mera copia en el caso de la película. Lo he repetido muchas veces: trasladar al cine de modo literal una obra literaria es un mero ejemplo de vampirismo empobrecedor, amén de suponer un caso de ventajismo por parte de los responsables del film, pues lo normal es que sean muchos más los espectadores que los lectores. Por encima de todo, lo más valioso de este doble «desayuno» es que, a partir de un mismo molde, propone dos Hollys diferentes, como no podía ser menos teniendo en cuenta la fuerte personalidad tanto del escritor como de la actriz que lo encarna en el cine. Si alguien se anima a comprobarlo por su cuenta, este blog habrá cumplido con uno de los propósitos para los que lo creé.

En Café Montaigne: Dos desayunos con Holly Golightly

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En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (I)

Porco Rosso siempre sera mi pelicula favorita de Miyazaki

En Irreverentes: Hayao Miyazaki, el último humanista (I)

Acabo de empezar a colaborar en el periódico digital Irreverentes, estupenda aventura capitaneada por Estefanía Farias cuya oferta cultural es verdaderamente impresionante, ya que abarca todos los terrenos, de la ficción a la no ficción, desde la publicación literaria a la reseña y el análisis sobre cine, teatro, novela, pintura, poesía, incluso tebeo (¡bajo el entrañable nombre de «historieta»!). Mi aportación, en principio, va a versar sobre el cine, y mi primera colaboración me hace especial ilusión. Y es que he revisado de arriba abajo el primer artículo que publiqué en mi propio blog, hace ya más de seis años, bajo el título de Hayao Miyazaki, el último humanista. Se trataba de un pequeño recorrido por su carrera y su filmografía, que finalizaba en el que entonces era su último trabajo estrenado, la película Ponyo en el acantilado. Desde entonces, ha añadido una obra más, El viento se levanta, con la cual además anunció su retirada de la animación cinematográfica, si bien siempre hay noticias acerca de su regreso. He corregido los distintos errores que contenía, fruto de la relativamente escasa información de la que entonces disponía —en seis años, la bibliografía sobre Miyazaki y el anime ha crecido de una forma que entonces parecía impensable—, he reescrito alguna que otra redacción apresurada cuyo juicio no quedaba del todo claro, he suprimido reiteraciones (espero no haber añadido otras más, claro) e incluso matizado alguna apreciación, pues en estos seis años no he dejado de volver a ver más de una película. El artículo se publicará en dos entregas: en este primera alcanza hasta la que para mí, pase el tiempo que pase, sigue siendo mi película favorita, además de la primera que pude ver de él: la inolvidable Porco Rosso.

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En Recuerda que has leído: El hombre que cayó en la Tierra

El hombre que cayó en la Tierra

Acabo de publicar en Recuerda que has leído una reseña sobre una de las novelas que más me ha sorprendido de los últimos tiempos, en buena medida porque no me esperaba su gran calidad. Se trata de El hombre que cayó en la Tierra, una historia que yo conocía de una película de los años 70, con David Bowie como protagonista, que recordaba como una obra muy curiosa, la historia de un extraterrestre que llega a nuestro mundo desde su propio y moribundo planeta, con el objeto de convertirse en cabeza de puente para la futura venida de su ya muy diezmado pueblo. Ahora bien, la primera sorpresa que recibe el lector es que ni va a encontrarse ante la crónica de ortodoxa invasión de la Tierra al estilo de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, ni tampoco frente a una especulación sobre el futuro de la humanidad al recibir la visita de una civilización muy superior, como El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke. Bien al contrario, estamos ante una novela «intimista», que se inscribe en esa noble tradición de la mejor ciencia-ficción que habla del ser humano coetáneo bajo el formato de una fantasía futurista. Por cierto, que el autor del libro, Walter Tevis, tiene otra novela conocida (aunque, una vez más, antes por el cine que por la literatura), y es nada menos que El buscavidas (1958). Por sus tramas, diríase que nada tienen que ver, pero ambos libros comparten esa misma mirada desencantada sobre los Estados Unidos del momento, versan sobre individuos que no terminan de encontrar su lugar en el universo (en el caso de la segunda novela, de modo litaral) y basan parte de su atmósfera en el profundo desencanto existencial que envuelve a sus protagonistas

En Recuerda que has leído: El hombre que cayó en la Tierra

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El mito del Fantasma de la Ópera (II)

I           II

Cartel estadounidense de El fantasma de la Opera, version de 1943Resulta de lo más curioso que la Universal, durante su dominio del cine de terror gótico durante los años 30, no se decidiera a realizar un remake de su gran éxito de 1925, y cuando por fin lo hiciera, en 1943, pareciera empeñada en borrar cualquier parecido con ese precedente. De hecho, la película supone un incómodo híbrido entre los inevitables componentes siniestros que derivan de la trama original y el propósito de dar pie a una especie de comedia musical (solo que en vez de canciones ligeras, como hubiera hecho la Metro, son piezas operísticas) con juguetones toques de comedia romántica. El resultado es el punto más bajo en la filmografía del fantasma de la ópera, pero con todo es importante porque el guion —no he encontrado ninguna información que indique que sea una ocurrencia previa, por ejemplo de alguna versión teatral— cambia de modo fundamental el origen del personaje, otorgándole uno nuevo que acabaría suplantando al original en el imaginario del género, siendo utilizado por buena parte de las versiones rodadas desde entonces, desde luego las más populares. Es decir, el enigmático habitante de la oscuridad ideado por Leroux, automarginado de la humanidad por la horripilante fealdad con la que nació, pasa a ser un genial compositor a quien roban su música y al que, cuando intenta recuperar sus partituras robadas, arrojan ácido a la cara. El fantasma de la Ópera se convierte así en un vengador cuyo odio y obsesiones tienen unos motivos muy concretos.

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El mito del Fantasma de la Ópera (I)

I                 II

El escalofriante maquillaje de Lon Chaney para El fantasma de la operaUn rumor inunda los pasillos de la Ópera de París; los tramoyistas lo difunden, las bailarinas se estremecen, los nuevos directores no dan crédito a lo que confirman sus predecesores. Hay una presencia incógnita y siniestra entre bambalinas, un espectro amenazador que vive en las sombras y cuyo rostro, según los pocos que lo han entrevisto, apenas tiene carne sobre los huesos, como una calavera andante. Un fantasma. Un monstruo. Un amante de la música que pone sus ojos en una joven del coro, Christine Daaé, en cuya voz prodigiosa cree antes que nadie, y de la que se enamora del modo absoluto como solo puede hacerlo alguien que vive al margen de todos sus semejantes. Y ese amor, trágico y obsesivo, que funde a la vez el odio a la humanidad y el anhelo íntimo de ser tan humano como todos, es el elemento central de uno de los mitos más conocidos del género de terror, el del Fantasma de la Ópera. Difundido por el cine, su origen se encuentra sin embargo en una excelente novela de un autor cuyo nombre, como en tantas ocasiones similares, ha sido eclipsado en beneficio de su creación, el francés Gaston Leroux. Y es que las imágenes visuales que convoca ese personaje son demasiado deslumbrantes: un enorme candelabro que se precipita sobre el público y los actores, un hombre que toca el órgano de espaldas a un lago subterráneo, una voz que retumba entre las paredes, una máscara que descubre bruscamente un rostro horripilante… Si la literatura fue su primer alojamiento, el cine, como he dicho, ha sido la casa que más veces ha frecuentado, alterando y reformulando la historia original en muy distintas direcciones, hasta convertirlo —también ha pasado con Frankenstein o con Drácula— en un mito proteico y poliforme. En el siguiente artículo voy a tratar de desbrozar la relación del original con sus principales versiones.

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El milagro de Ana Sullivan: la llave del mundo está en las palabras

Helen Keller representing State of Alabama by Edward Hlavka 2009 in the US Capitol Vistor CenterHe suspendido durante varias semanas la publicación de artículos debido al largamente esperado viaje que he hecho a Estados Unidos, donde estaba seguro de encontrarme con múltiples referencias visuales, culturales e históricas que conocía de libros y películas. Una de las más emotivas la he hallado en el imponente Capitolio de Washington. En su vasto interior se acumulan las estatuas: cada estado tiene derecho a dos esculturas que representen a personalidades nacidas en él. Pues bien, en el gran vestíbulo central, junto a la escalera de entrada, llama la atención la estatua en bronce (enviada por el estado de Alabama) de una niña que parece refrescarse la mano con el agua de una fuente. Sin embargo, su mera contemplación me produjo un chispazo de emoción: pues se trata de la representación de Helen Keller, la joven ciega, sorda y muda que gracias a los abnegados esfuerzos de su maestra, Anne Sullivan, consiguió abrirse a la comunicación (y por tanto al mundo que le vedaba su carencia de sentidos «normales») al descubrirle esta la relación entre las palabras y las cosas, entre el significante y el significado. Es una historia sobradamente conocida gracias a la película El milagro de Ana Sullivan, y la escultura muestra el momento culminante de la historia en que la niña descubre su primera palabra. Desde que asistí a él por primera vez —y no a través de la película, sino de un irrepetible Estudio 1 de TVE, con Tina Sáinz encarnando a la maestra—, no ha dejado de emocionarme, y a ratos quiero creer (tal vez sí sea un mitómano, después de todo) que en buena medida me inspiró mi propio camino como enseñante.

Mientras cojo aliento para reanudar la confección de nuevos artículos, rescato el que, en los primeros tiempos del blog, dediqué a la inolvidable película de Arthur Penn, del que, fuera de alguna necesaria corrección, no he cambiado un solo concepto. Seguir leyendo

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Makoto Shinkai: el anime de la pérdida

Your Name, el gran exito de Makoto Shinkai

En 2016, una película conocida fuera de Japón por el nombre en inglés de su distribución internacional, Your Name, consiguió la proeza de descabalgar, después de quince años, al título que ostentaba la condición de film más taquillero en la historia del cine patrio, nada menos que el maravilloso El viaje de Chihiro (2001). Más asombroso todavía, el nuevo líder del box office nacional era otro film de animación, remarcando la importancia del anime en el seno de la cinematografía nipona: es más, dentro del boom actual de este género, considero (y no soy el único, claro) que el país donde se hacen sus mejores películas es en Japón, tanto más meritorio teniendo en cuenta que mantiene con valentía una apuesta por el dibujo «clásico», frente a la tridimensionalidad digital que encabeza Pixar. El director de Your Name se llama Makoto Shinkai. Inevitablemente, ha sido comparado en alguna ocasión con el venerable Hayao Miyazaki. Es cierto que Shinkai se sitúa a la estela del maestro en sus características visuales básicas (la predilección por el dibujo nítido, el colorismo bello y suave), que él personaliza mediante un hincapié incluso obsesivo en el hiperrealismo de los escenarios, las texturas y los objetos, sobre todo los tecnológicos. Ahora bien, su campo temático no es la aventura iniciática sino las historias de aliento romántico, unas veces con cobertura fantástica y otras realista, por lo común protagonizadas por adolescentes, sintetizando de modo muy atractivo esos dos géneros que los japoneses llaman shojo (en teoría orientados hacia las chicas por su contenido sentimental, cuyo escenario principal suele ser el instituto) y shonen (más activo, puesto que se dirige, una vez más de modo teórico, a los muchachos, admitiendo todo tipo de tramas).

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