Spider-Man en los cómics El ciclo The Amazing Spider-Man
Como he comentado unas cuantas veces en este blog, Spider-Man (más bien «Spiderman», escrito sin guion y pronunciado a la española, esto es, espíderman) es el personaje de cómic de mi vida. Me conozco al dedillo sus cuatro primeras décadas de vida en papel, hasta que las entonces muchas series a él dedicadas perdieron toda creatividad y coherencia al perder los artistas su autonomía bajo el control de los especialistas en marketing. De pequeño estuve entre quienes fueron a ver su primer «largometraje» para cine, bautizado como El Hombre Araña (1977), que en realidad era el episodio piloto de la serie de acción «real» (más bien irreal, pues la carencia de medios impedía cualquier especial efecto mínimamente creíble), y ya crecidito estuve también entre quienes nos asombramos, en el año 2001, al descubrir que, como había sucedido en la competencia con Superman y Batman, los héroes marvelitas también podían ser creíbles en la gran pantalla. Marvel Studios todavía no existía. En tiempos de ingenuidad y de vacas flacas, la Casa de las Ideas había vendido los derechos para el cine a distintas compañías, pensando que lo suyo era el papel (y el merchandising, claro) y no el séptimo arte. Es por ello que los primeros héroes Marvel de la pantalla (Spidey más los X-Men —La Patrulla-X en los tebeos españoles— y Los 4 Fantásticos) no compartían universo como los actuales: si era Warner la encargada de los segundos, Sony es quien controlaba al primero a través de su filial Columbia. Sabido es que primero dio lugar a un conjunto de tres películas (2002, 2004 y 2007), dirigidas todas por Sam Raimi, con Tobey Maguire en el papel de Peter Parker, y después a una reformulación que añadió, como en los tebeos, el adjetivo amazing al nombre del héroe, ahora bajo los rasgos de Andrew Garfield, filmando el director Marc Webb las dos entregas estrenadas en 2012 y 2014. Finalmente, en 2016 se produjo por fin el acuerdo entre Marvel Studios y Sony por el que esta última permitía la integración del arácnido en el triunfal Universo Cinematográfico Marvel. El nuevo Spidey, ahora bajo los rasgos de Tom Holland, lleva tres películas bajo su propio nombre y varias intervenciones más en otros títulos de la casa. En pocas fechas se estrena un cuarto trabajo, por lo que me parece conveniente repasar las características básicas del personaje en el UCM.
Voy a recordar muy brevemente los dos primeros ciclos, pues parte de la gracia de lo que llamamos reboot es apreciar las variantes entre unas versiones y otras. Pese a su fama de director con un creativo sentido del delirio, la trilogía de Sam Raimi es monótona y convencional: carece del menor sentido de la sorpresa y nada aporta al personaje fuera de la superficial ilustración de personajes, enemigos y constantes. El aire de ingenuidad de Tobey Maguire hace que exagere el tono pánfilo de Peter (imitando al Christopher Reeve de la saga de Superman), lo que resulta muy molesto. Peor aún es que una serie cuyo gran atractivo es la memorable galería de secundarios y villanos desperdicie semejante legado: entre los primeros, destaca la atonía de Mary Jane Watson (una Kirsten Dunst teñida de pelirroja cuando su rubio natural se avenía muy bien al otro amor de Peter, Gwen Stacy, siendo en realidad, tal como aparecen en el guion, personajes perfectamente intercambiables); los segundos, pese al carisma de varios de los actores, pasan por pantalla dejando la cansina sensación de haber dado en apariencia mucha guerra para nada: por orden de película son el Duende Verde, el Doctor Octopus y, en el tercer capítulo (desesperados sus responsables por llamar la atención ante un vehículo tan poco elaborado) se acumulan el Hombre de Arena, Veneno y de nuevo el Duende Verde, ahora bajo los rasgos del hijo del anterior.
No era difícil que el segundo ciclo superara al segundo, si bien es una lástima que el buen sabor de boca que deja The Amazing Spider-Man se venga abajo con su continuación. Los responsables de Sony entendieron bien que había que modificar las características centrales de Peter Parker y lo convirtieron en un adolescente sin amigos, torturado e introvertido, y que cultiva una indudable imagen de malditismo. El actor Andrew Garfield no está a la altura del reto, porque exagera el registro que se le demanda: resulta demasiado «maldito». Con evidente inspiración en el film de la competencia que había revolucionado la imagen de los superhéroes solitarios, El caballero oscuro (2008), el nuevo ciclo hace un ensayo de atmósfera siniestra que por lo general funciona, y acierta al dotar de nuevo de interés la interacción entre las vidas privada y pública del trepamuros, elemento imprescindible de su saga, proponiendo a una adorable Gwen Stacy en manos de una excelente Emma Stone. Los villanos, en cambio, funcionan mucho peor: un olvidable Lagarto en el primer film y en el segundo un lamentable Electro y una desaprovechada nueva versión del imprescindible Duende Verde.
No me cabe la menor duda de que el muy superior diseño del Peter Parker de Marvel Studios se debe en gran parte a la mano de Kevin Feige, el alma mater del estudio, el hombre que desde el control de todas las producciones de la casa tiene en su cabeza las líneas fundamentales del UCM. Gracias a su insistencia, en el acuerdo con Sony de 2015 se excluyó cualquier posibilidad de continuidad con el díptico de Amazing para empezar desde cero. La menor taquilla del segundo de sus dos títulos ayudó a convencer a quienes manejan el dinero.
La integración de Spidey en el seno materno había de ser particular. En vez de protagonizar un vehículo propio, Feige decidió hacerlo debutar como estrella invitada en Capitán América: Civil War (2016), tercer título del ciclo del abanderado aunque en realidad pareciera otro más de Los Vengadores. El motor argumental de esta película es la firma de los llamados Acuerdos de Sokovia, cuyo objeto es que el poder civil imponga un control sobre los superseres (los buenos, se entiende), ante lo cual los Vengadores se dividen entre quienes, liderados por Iron Man, lo ven como algo necesario y los que, encabezados por el Capitán América, lo consideran una intolerable injerencia en su libertad. A la vista del inevitable enfrentamiento, cada bando «recluta» para su causa a nuevos héroes. Tony Stark lo hará con Spidey.
La excusa para introducir al Hombre Araña en el UCM es muy débil e incoherente: no se entiende que un líder como Stark, que en este capítulo presume especialmente de sentido de la responsabilidad, reclute a un chaval de catorce años que solo hace seis meses que tiene sus poderes para enfrentarse a pesos pesados como el Capi, la Bruja Escarlata o el Halcón. Ahora bien, presenta un acierto indiscutible: no tener que volver a contar la pesadísima historia de los orígenes de esos poderes y el inefable trauma fundacional de la muerte del tío Ben a manos del landronzuelo al que el envanecido Peter (en el episodio inaugural de los cómics) pudo detener y no lo hizo. La llegada de Spidey es un prodigio de síntesis: Stark se presenta directamente en su casa, habla con la tía May con la excusa de que Peter ha ganado una beca especial de sus empresas y después con el muchacho, que confiesa rápidamente que es ese nuevo héroe de rimbombante uniforme rojo y azul que se ha hecho popular al difundirse grabaciones suyas en YouTube. Stark facilita un nuevo traje al chico, realizado con su tecnología (ahora bien, se mantiene un elemento tan fundamental del mito como que las telarañas sean una invención del propio Peter), y se lo lleva a Alemania para la escena supuestamente culminante de la película: el duelo entre los diez superhéroes en pleno aeropuerto de Berlín. En la batalla, en la que Spider-Man revela ya la famosa verborrea que lo distingue en los tebeos, Stark advierte que son demasiados riesgos para un muchacho y pese a su buena actuación (se envanecerá después de haberle arrebatado su escudo al Capitán América), lo aparta del conflicto y lo devuelve a casa.
Tan solo un año después llegaba a las pantallas Spider-Man: Homecoming (2017), cuya dirección se encomendó a Jon Watts, un hombre que hasta la fecha acreditaba la realización de numerosos videoclips y cortos más un par de largometrajes carentes de cualquier relevancia. Watts participaría también en el guion de esta película y dirigiría las dos siguientes, de tal modo que, como en los otros dos ciclos de Sony, puede señalarse que el personaje siempre ha estado en manos cada vez de un único realizador. Ahora bien, olvidémonos de cualquier pretensión de autoría: los films de Marvel son, más que nunca en el cine contemporáneo, un trabajo de equipo y la realización, no digamos ya en estos tiempos de efectos digitales, carece de cualquier personalidad (si los Hermanos Russo, responsables del megataquillero díptico de Los Vengadores contra Thanos, se hubieran hecho cargo del arácnido, dudo que el resultado visual hubiera sido muy diferentes… y al revés). Por otra parte, Watts ya no está al frente del ciclo: el siguiente título del mismo, todavía no estrenado en el momento en que escribo este artículo, lo firmará otro director hasta ahora desconocido, Destin Daniel Cretton, que hace pocos años realizó la insustancial Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos (2022).
No argumento nada nuevo si señalo que este Peter Parker diríase surgido del cine teen de los años ochenta: encuentro en él un aire al Patrick Dempsey de la muy estimable No puedes comprar mi amor (1987). A esta convincente representación del adolescente de instituto contribuye el hecho de que, en esta ocasión, la correspondencia de edades entre personaje y actor está más cercana. Si Maguire tenía veintiséis años cuando debutó en la serie y Garfield veintinueve, Tom Holland tenía veinte cuando le llegó el momento, amén de aparentar algunos menos. No sé si Holland es un buen actor (a fecha de este artículo, no he visto ninguna otra interpretación del actor que no sea la de este personaje), pero desde luego es un buen Spider-Man, pues expresa muy bien esa doble dimensión que lo caracteriza: su perpetua inseguridad, especialmente en relación con las personas a las que quiere, y a la vez su tenacidad para hacer frente a cualquier contratiempo.
En relación a los cómics Marvel, y me refiero a la etapa más clásica de su serie, aquella que se corresponde con sus años de estudiante, primero en el instituto y después en la universidad, el ciclo introduce una importante novedad: si el Peter de papel había de hacer frente a ese tremendo cambio en su vida en completa soledad (durante muchos años, Spider-Man fue el gran personaje individualista de la casa, con quien solo podía compararse Daredevil, que en cierta medida era una variación del primero), en cambio este se encuentra arropado desde el primer momento por Tony Stark, que le proporciona incluso un traje dotado de toda clase de maravillas tecnológicas.
El planteamiento central de Homecoming gira, con inteligencia, en torno a esa contradicción: el héroe más cotidiano de Marvel, que en la época clásica nunca militó en ningún supergrupo, ha comenzado por lo más alto, compartiendo gestas con los Vengadores, y por ello el entorno de su instituto se le queda pequeño. A lo largo de una trama muy bien estructurada, Peter aprenderá precisamente que el héroe se construye desde abajo, sobre todo teniendo en cuenta que él ha recibido sus poderes siendo casi un niño y que por lo tanto de su crecimiento personal dependerá su crecimiento como superhéroe. Que, para la sociedad, antes que Spider-Man, miembro de los Vengadores, debe aprender a ser «su amigo y vecino Spider-Man». Esta es la enseñanza que le quiere transmitir Stark, el cual, por debajo de su aparente despego cínico, quiere ahorrarle al chaval sus propios errores personales.
En la caracterización del entorno cotidiano de Peter, el estudio jugó de modo muy sabroso con la reformulación de los personajes clásicos, modificándolos considerablemente pero dejando en todo momento la sensación de que esta variación tiene muy en cuenta el gen fundamental de cada uno de ellos. El acierto más memorable es el rejuvenecimiento de la tía May, personaje al que en los cómics le correspondía el rol fundamental de ser el ancla de Peter Parker con respecto a sus responsabilidades. Steve Ditko, su creador gráfico, la dibujó como una anciana de rasgos casi centenarios, que más parecía la abuela (o la bisabuela) del muchacho que la esposa del hermano de su padre, el famoso tío Ben. La actriz de Raimi mantenía esa apariencia (Rosemary Murphy tenía 76 años al asumirlo) y la segunda, Sally Field, aun algo más joven al contar con 66, mantenía el desnivel de edad. Marisa Tomei contaba con 53 en la filmación de Civil War pero, como siempre, aparentaba diez menos, gracias tanto a una magnífica forma física —con toda la razón, en Homecoming alguien dice que Peter tiene una tía italiana que está buenísima— como a una deliciosa jovialidad que, sin restarle madurez, sí la aleja de cualquier gravedad (y además es una actriz excelente). No extraña que Peter olvide el tratamiento y la llame sencillamente May…
Si el Peter de instituto de los tebeos carecía de amigos, este tiene uno íntimo, un chaval llamado Ned, otro cerebrito como él que además descubre su identidad secreta a la primera, lo cual refuerza ese lazo al convertirse en lo que él llama el «chico de la silla», el colaborador imprescindible. En los siguientes films, Ned recibirá el apellido Leeds: en los tebeos, hay un Ned Leeds, sí, pero no compañero de instituto sino de trabajo en el Daily Bugle, el periódico donde Peter colabora como fotógrafo (dimensión por completo ausente en este nuevo ciclo), y con el tiempo, en uno de estos giros tan propios de la serie, se convert´´ia en uno de los enemigos de Spider-Man, el Duende (a secas).
Los dos pertenecen al equipo de debate del instituto, cuya presidenta, Liz, es la chica de la que Peter se ha prendado. En la primera etapa del tebeo aparece una Liz Allen, belleza oficial del instituto, por quien Peter solo siente una atracción fugaz, que con el tiempo resultará ser hija de uno de los enemigos de Spidey, el Hombre Ígneo, y que se casará con su amigo Harry Osborn, el cual, en sus momentos psicóticos, hereda de su padre el rol de Duende Verde. Pues bien, en el inesperado giro final de la película, Liz resultará asimismo ser la hija del villano al que Peter lleva buscando toda la película, solo que en este caso es el Buitre. Añadamos a Flash Thompson, en los tebeos el hater oficial de Peter, musculado y rubísimo as del deporte. En Homecoming, Flash pasa a ser un niño rico y cruel, pero no rubio ni deportista, pues es hora de señalar que otro de los rasgos de la reformulación es el cambio étnico de casi todos los personajes salvo el protagonista: si Liz, Ned y Flash, eran wasps en el tebeo, ahora, en coherencia con la multirracialidad de cualquier instituto urbano de la actualidad, son encarnados por actores de origen, respectivamente, afroamericano, hawaiano-filipino y guatemalteco.
Queda por hablar de una cuarta estudiante, que en el primer film tiene un papel más secundario (aunque en cada intervención se advierte el interés en que resulte recordable), Michelle, otra inteligentísima nerd del insti pero de temperamento muy cortante. En el final de la película sorprende a sus compañeros (pero sobre todo al espectador) diciéndoles que prefiere que la llamen MJ. Estas iniciales, claro, se corresponden con la conocida Mary Jane Watson, el segundo gran amor de Spidey y la chica con la que acabó casándose. Son dos personajes distintos, por supuesto, pero el guiño de los guionistas es muy evidente: queda claro que todo se ha preparado para emparejar a los dos muchachos en los siguientes títulos. Y si en los cómics destacaba por su frondosa melena pelirroja —las mayores bellezas marvelitas de papel han solido han tenido este color de pelo: Jean Grey, por ejemplo—, aquí de nuevo la atribución étnica cambia por completo, no en vano quien le da vida es una Zendaya que iniciaría aquí su ascenso al estrellato, ratificado por su participación en otra saga tan notable como la de Dune.
El film mantiene una de las grandes características de la serie original: pese a los esfuerzos de Peter por mantener su identidad secreta al margen de su carrera pública, la interferencia entre ambas es continua, comenzando por el famoso hecho de que los villanos sean gente que él ya conoce en su vida privada o que acaben interfiriendo con esta (el colmo, en los cómics, es cuando el Doctor Octopus está a punto de casarse con tía May). En este caso, ya lo he dicho, el padre de Liz es el Buitre. Por supuesto, un Buitre diferente al que idearon Stan Lee y Steve Ditko, cuya gracia estribaba en su condición de anciano: era una especie de tía May en rol de villano. El nuevo Buitre (que ni siquiera se da ese nombre: es el apodo que le da Spidey) en este caso es un enemigo de lo más comprensible: un hombre de origen proletario, dueño de una pequeña empresa de recogida de escombros, que rapiña esos desechos tecnológicos que dejan las múltiples batallas entre tipos megapoderosos para vendérselos a delincuentes comunes. No es un malvado total, por tanto, ni tampoco un Robin Hood anticapitalista impulsado por el propósito de redistribuir la tecnología, sino un hombre de familia que, en ese mundo en el que el concepto de humanidad «normal» está sufriendo una drástica reevaluación no encuentra motivo para tener escrúpulos acerca del uso del material que vende cuando la gente corriente ha dejado de contar al lado de tanto poder inconcebible. Estamos ante la ocasión en que la Marvel del cine ha estado más cerca de introducir el necesario elemento de reflexión acerca del imposible realismo de un mundo que, resultando tan verista en su plasmación visual, en el fondo es inverosímil: la sociedad y las leyes, tal como las conocemos, no podrían permanecer iguales en un mundo con superhéroes. Por supuesto, no se llega a tanto pero al menos el Buitre resulta uno de los personajes más creíbles del UCM, interpretado por un Michael Keaton afortunadamente más medido de lo usual y que en último término resulta simpático por el modo en que, aun habiendo descubierto la identidad del chico que sale con su hija, una vez derrotado se niega a aprovecharse de ese conocimiento.
Spider-Man: Homecoming es, en mi opinión, y hasta la fecha, la mejor película que ha dado el cine sobre el Hombre Araña por el buen dibujo de personajes, el ritmo sin altibajos y el notable equilibrio, obligado en cualquier historia de este personaje, entre las escenas de acción espectacular (destaca sobre todo la que tiene como escenario las alturas del obelisco dedicado a Washington en la capital estadounidense) y las escenas entre personajes. En último extremo incluso, otra virtud es que la modestia que impregna a Spidey se transmite en buena medida a las imágenes, distinguiéndolo así entre las mega-producciones del estudio.
Entre el primer y el segundo capítulo del personaje, se encuentra el famoso duelo de los héroes de la Tierra, liderados por los Vengadores, contra Thanos. Spidey tiene una notable aparición en el primer capítulo, Vengadores: Infinity Wars (2018), pues forma parte del arco argumental en mi opinión más afortunado del díptico que ha sido, en interés dramático y en éxito comercial, la culminación del UCM. En concreto, lucha junto a Iron Man, cómo no, y el Doctor Strange contra dos poderosos enviados de Thanos que asolan Nueva York para arrebatar al hechicero la Gema del Tiempo que este porta en el pecho, combate que se traslada al mismo Titán, la luna de Saturno que es el hogar natal del villano. La película juega muy bien con el contraste entre la crepuscular atmósfera de tragedia y desesperación que impregna tan desigual enfrentamiento y la frescura inocente de un Spidey que todavía considera que forma parte de un gran juego. Su intrepidez inicial y su profunda tristeza posterior encuentran especial eco en el espectador: primero porque él estará entre esa media población del universo que Thanos elimina al controlar las seis Gemas del Infinito y después porque el coste del triunfo final es la muerte de su protector, del hombre al que él más admira en el mundo, Tony Stark. En concreto, la fuerza elegíaca del plano que registra su muerte en Titán es inolvidable: tanto Robert Downey Jr expresando su dolorida impotencia como Holland descubriendo perplejo cuáles son las consecuencias del heroísmo demuestran que el cine de superhéroes es un género tan legítimo como cualquier otro para expresar las emociones y las inquietudes del ser humano.
El final de Vengadores: Endgame [spoiler brutal para quien no haya visto estas pelis…] suponía el retorno a la vida de quienes fueron eliminados por el Titán Loco, mas no la mera vuelta atrás en el tiempo. Han pasado cinco años entre la muerte y la resurrección, tiempo que ha sido bautizado como el Lapso. Peter y todas las personas de su entorno compartieron destino en ese intervalo, por lo que retoman sus vidas donde las dejaron. Con una diferencia: el dolor del protagonista por la desaparición de su mentor. Aun así, el fiel amigo de Tony Stark, su hombre de confianza, Happy Hogan, mantiene la tutela sobre Peter. Es más, en una divertida ocurrencia de los personajes, está iniciando una relación con la tía May que ambos intentan mantener a espaldas del muchacho.
El argumento de Spider-Man: Lejos de casa (2019) justifica su título: Peter y su grupo emprenden un viaje de estudios por Europa (con paradas en Venecia, Praga y Londres) en el curso del cual, como es natural, la identidad secreta del protagonista le traerá considerables problemas. Al revés de lo que sucedía en Homecoming, ahora es Peter quien desea dejar al margen de su vida al trepamuros: él lo único que quiere es tener ocasión de declararle su amor a MJ durante el viaje. Por cierto que su amigo Ned también vive un romance, en este caso con otra compañera, Betty Brant. La gracia, para los lectores clásicos, es que en los tebeos estos dos personajes, que nunca fueron compañeros de instituto, acabaron casándose. Lo que impide al protagonista concentrarse únicamente en su amor es la interferencia de Nick Furia (siempre Samuel L. Jackson). Impresionado porque Stark, demostrando la confianza que sentía por el muchacho le ha dejado el control de una poderosa inteligencia artificial llamada EDITH, Furia se empeña en darle la misión que antes tanto ansió: cuatro poderosos elementales, procedentes del Multiverso —el concepto en torno al cual los mentores de Marvel Studios pretendían hacer girar los argumentos posteriores a Thanos, lo que se ha ido difuminando poco a poco—, van a atacar la Tierra y solo disponen de dos campeones, Spidey y un héroe interdimensional, Quentin Beck, ataviado con una armadura que recuerda a la de Iron Man. Casualmente, los elementales parecen seguir la misma ruta del viaje y serán los amigos de Peter quienes den a Beck el apodo de Mysterio (es una idea inteligente que los apodos, en el UCM, no sean asumidos por los propios usuarios sino que surjan por circunstancias ajenas).
Coronado por su característica esfera nebular, Mysterio es otro viejo enemigo de los tebeos, mas en este caso sigue teniendo el mismo poder: ninguno real, pues lo que hace es provocar ilusiones que alteran la percepción de la realidad de su antagonista. En este caso, Beck es un antiguo empleado de Stark, especialista en generar imágenes por IA, que fue despedido por su jefe al encontrar este demasiado turbias sus intenciones y que ha engañado a Furia para estar cerca de Peter y, aprovechando la invulnerabilidad del muchacho tras el Lapso, conseguir que le ceda el control de EDITH. La trama de acción en este caso está cogida por los pelos —¿cómo conoce Beck la identidad de Spider-Man?, ¿en serio es tan fácil engañar a Furia?— y el mismo personaje de Mysterio carece de especial misterio (incluso el actor Jake Gyllenhaal diríase más bien ausente, como si en el fondo considerase un descenso de categoría el participar en una película de superhéroes), amén de que los enfrentamientos con los elementales cansan pronto. En realidad, si Lejos de casa se sostiene es cada vez que la acción retorna a Peter y a sus amigos, en especial MJ: la química entre Holland y Zendaya presagia el inminente traslado a la vida real del romance vivido en la pantalla. Por todo ello, el segundo film de Spider-Man sigue siendo cuando menos estimable y entretenido.
Es más delicado decidir los aciertos y los fracasos del tercero, Spider-Man: No Way Home (2023), que contiene un planteamiento muy atractivo pero que desarrolla de modo muy irregular. Su inicio conecta con el final del anterior capítulo. En la última escena de este, Peter y MJ, de regreso a Nueva York, se encontraban con un desastre inesperado: antes de morir, Beck (a quien todos, engañados por sus ilusiones, han creído un héroe noble) dejó una grabación en la que revelaba la identidad secreta de Spider-Man y le acusaba de asesinarlo para quedarse con su tecnología. El video ha ido a parar a un canal televisivo de información, el Daily Bugle, y su director, J. Jonah Jameson, lo difunde a los cuatro vientos, destrozando así la privacidad tanto del héroe como de sus amigos. Vuelvo a cruzar cine y tebeos. Jameson, dueño del periódico (de papel, por tanto) Daily Bugle, es el personaje secundario más carismático de la serie clásica, el hombre que más odia a Spiderman al considerarlo un falso héroe y que, paradójicamente, emplea a Peter Parker como fotógrafo y principal suministrador de fotos del trepamuros. Al faltar en este ciclo esa dimensión profesional de Peter, tampoco habían aparecido ni el Bugle ni su dueño. La primera sorpresa es que el actor que aparece en esa escena final encarnando a Jameson es el gran J. K. Simmons, que hacía el mismo papel en el tríptico de Tobey Maguire. ¿Está elegido por esa razón o los responsables de la idea pretenden anticipar de este modo —alguien procedente de otro ciclo comparece inesperadamente en el presente— el rasgo que singulariza No Way Home y que es la referencia a las películas anteriores del personaje, convertidas ahora en dimensiones alternativas del Multiverso?
La revelación divide al mundo entre quienes siguen apoyando a Spidey (pocos) y quienes lo consideran un asesino (la mayoría), y ese rechazo afecta no solo a Peter sino también a MJ y a Ned: acabado el instituto, las universidades de prestigio que se los hubieran rifado por sus notas ahora los rechazan en cadena, condenándolos a un futuro académico incierto. El gran problema de este planteamiento es que si en los tebeos sí es absolutamente creíble que Spider-Man acabe siendo considerado por muchos un criminal por culpa de las continuas campañas de difamación de Jameson, en el film no sucede lo mismo: en primer lugar porque la influencia de J. J. J. en la opinión pública resulta demasiado súbita y en segundo porque no parece que un personaje tan fugaz como Mysterio resulte tan importante para todo el mundo. Este lastre de partida resta credibilidad dramática a la situación.
Deprimido por el sufrimiento de sus seres queridos, a Peter se le ocurre que la única solución es que su secreto sea borrado de la memoria de la humanidad. Y él conoce al hombre adecuado: el Doctor Strange, con quien luchó hombro con hombro en la guerra contra Thanos. Strange conoce el hechizo adecuado pero, cuando ya lo está conjurando, Peter lo interrumpe fatalmente al advertir en el último instante que sus seres queridos (sus amigos y su tía, más Happy Hogan) deben seguir conociendo el secreto. (Nuevo reparo: esta escena tan importante se reviste de un humorismo inoportuno).
El resultado rompe el tejido del Multiverso. En las siguientes horas un puñado de supervillanos ataca sin cuartel a Spidey, alegando una vieja enemistad que él no recuerda en absoluto. Son el Doctor Octopus, el Lagarto, el Hombre de Arena, Electro y el Duende Verde, interpretados respectivamente por Alfred Molina, Rhys Ifans, Thomas Haden Church, Jamie Foxx y Willem Dafoe, los actores que los encarnaban en las películas de los otros dos ciclos donde aparecían. Spidey y Strange los reducen, y el segundo tiene a mano el hechizo que los devuelva al lugar donde pertenecen pero Peter, con el firme apoyo de Ned, MJ y la tía May, considera que esto no debe suceder sin más: que deben regresar a sus mundos libres de esa «infección moral» que los empujaba al mal y puedan así escapar de esa muerte que aguarda a la mayoría de ellos, a modo de segunda oportunidad.
Spider-Man: No Way Home funciona por tanto en dos niveles que se complementan muy bien. El primero es el diálogo con los dos ciclos anteriores, pero no por la aparición de los villanos (la multi-confrontación acaba resultando demasiado acumulativa) sino por la inesperada aparición, para ayudar a Peter, de sus dos avatares correspondientes, los dos Spider-Man de Sony, encarnados por supuesto por Tobey Maguire y Andrew Garfield. El triple encuentro provoca sensaciones muy extrañas. La primera, la más normal, la que procede del inevitable paso del tiempo: Maguire tiene ya 46 años y Garfield, 38. La segunda resulta más inesperada: es curioso que esta vez el aire perpetuamente ingenuo del primero consigue despertar cierta ternura y en cambio el segundo resulta más bien blando (dicho de otro modo: Maguire hace su mejor interpretación de Spidey). En cualquier caso, la relación entre los tres avatares arácnidos depara muchos de los mejores momentos, aun cuando solo sea por el contenido emocional, destacando el momento, también a modo de segunda oportunidad, en que Spider-Garfield salva la vida a MJ en una situación muy parecida a aquella en la que no consiguió hacer lo mismo con su amada Gwen Stacy.
El otro elemento con el que juega la historia es el de la definitiva maduración personal del joven Parker. Si en los anteriores títulos la dicotomía era el imposible equilibrio entre la vida privada y la pública, ahora es cuando Peter aprende que sus decisiones deben guiarse siempre por la responsabilidad que le dan sus poderes. Es el momento adecuado. Peter ya no es un adolescente sino un hombre que conoce demasiado bien la tragedia. En este sentido, los guionistas aciertan al hacer que sea tía May la que, con su muerte a manos del Duende Verde, provoque esa definitiva catarsis: puede decirse que a ella le corresponde, con su final violento, hacer el papel del tío Ben en la configuración del personaje. Es buena idea, además, que en el momento de morir sea May quien pronuncie la famosa frase, tan ligada a Spider-Man, de que un gran poder conlleva una gran personalidad. Y aunque sea una pena que la maravillosa Marisa Tomei abandone la saga, qué mejor final para su paso por la misma.
Pero todavía queda una renuncia superior. Peter acaba aceptando lo que Strange sabe muy bien: que la única manera de que todo salga bien y los distintos intrusos dimensionales regresen a casa, transformados por la experiencia, es que el mago repita el hechizo original tal como debía haberse ejecutado inicialmente. Esto significa que todos olvidarán quién fue Peter Parker. Esto significa que Ned y Happy Hogan le olvidarán. Esto significa que la mujer a la que ama, MJ, no sabrá nunca cuánto significaron el uno para el otro. Con este tristísimo final queda en suspenso la saga del Hombre Araña. El reto de Spider-Man: Brand New Day será saber estar a la altura del formidable punto de partida con el que arranca.