Tres versiones de Macbeth: Welles, Kurosawa, Polanski (II)

Trono de sangre (1957, Akira Kurosawa)

Estupenda portada de la reciente edición en dvd de Trono de sangreTrono de sangre es el nombre con que se conoce la versión que en 1957 el gran director japonés Akira Kurosawa realizó de Macbeth. Aunque no era la primera vez que el cine japonés adaptaba a un autor occidental —el mismo cineasta ya lo había hecho con Dostoyevski y su novela El idiota en 1951—, en su momento fue considerada una notable audacia su traslado al mundo de los samuráis. La empresa, sin embargo, no era tan descabellada, pues el medievo luciferino que Shakespeare refleja en sus tragedias podía encajar, con unas cuantas salvedades, en el turbio Japón anterior a la pacificación del país por el shogunato Tokugawa realizada a principios del siglo XVI. La arbitrariedad del poder y la ética guerrera del samurái admiten perfectamente a los personajes shakesperianos: es más, las ásperas tierras niponas parecen otro avatar del duro y desagradecido páramo escocés que registra las maldades de Macbeth y su esposa. Pues el gran acierto del planteamiento de Kurosawa es hacer que el cúmulo de sangre derramada por su Macbeth, aquí llamado Washizu, parezca inevitable consecuencia de esa tierra ingrata y de esos tiempos violentos en los que es mejor dar el primer golpe que esperar a recibirlo. No en vano, entre las modificaciones que el cineasta realiza sobre el original está el hecho de que el daimio (señor feudal) Tsuzuki —el equivalente al rey Duncan del original— no sea en absoluto la encarnación de nobleza que es aquél sino que se insista en que obtuvo su posición del mismo modo que Asaji, la lady Macbeth del relato, anima a Washizu a que alcance la suya. Treinta años después, en Ran, el director volvería a matizar el relato shakesperiano mediante la misma exacerbación del ambiente de sangrienta lucha por el poder del Japón medieval con respecto a la Inglaterra de partida.

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Tres versiones de Macbeth: Welles, Kurosawa, Polanski (I)

8be318a6e48d58c199a12896726c10a8Como en muchos de sus dramas históricos y varias de sus tragedias (de Ricardo III a El rey Lear), William Shakespeare encontró en la Crónica de Inglaterra, Escocia e Irlanda, de Holinshed, publicada en 1577, la historia de Macbeth, asesino del rey escocés Duncan y cuyo desordenado reino (entre 1040 y 1057) tuvo su punto final con su propia muerte violenta a manos de Malcolm, hijo de su antecesor. Escrita hacia 1606, Macbeth es una de las grandes tragedias de su autor y una de las obras más fascinantes que haya dado nunca la literatura universal: lo es por su fuerza alucinada, por la grandeza terrible de sus personajes, por el elevado número de frases y parlamentos inolvidables (de ninguna obra como de ésta se han extraído tantas citas célebres) y, en especial, por la atmósfera luciferina, extremadamente visual, que hace que el espectador no solo escuche a los personajes sino que sea capaz de ver el entorno que los rodea. Aunque puede que en parte se deba a mi escaso background teatral, conforme leo más a este genial autor —incluso cuando lo veo representado sobre las tablas— soy más rotundo en mi apreciación de que si Shakespeare fue dramaturgo es porque en su época no existía el cine: que fue completado de modo irrebatible cuando nacieron las imágenes en movimiento y se pudo dar la adecuada cobertura visual a sus palabras. Y qué mejor ejemplo precisamente que Macbeth, tal vez la obra de las suyas que mejor suerte ha tenido en su traslación al cine: nada menos que tres cineastas de la relevancia de Orson Welles, Akira Kurosawa y Roman Polanski posaron sus ojos en ella para recrearla con resultados memorables, aunque ninguna de las tres adaptaciones consiga extraer todo lo que hay en ella. Y es que, no nos engañemos, la mejor versión de Macbeth… es la de Shakespeare.

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Retrato del genio vulnerable: de Una mente maravillosa a Descifrando Enigma

Un genio matemático en espera de biografía

Intento justificar mi eterna negligencia hacia cuanto tiene que ver con los números con la consideración de que las matemáticas son cosa de genios… y de genios raros. Por supuesto, es una de las múltiples enseñanzas que he recibido a través de la ficción —y a estas alturas, la verdad, me parece tarde ponerme a comprobar si la realidad supera a la ficción, como dice el molestísimo adagio, o no tienen nada que ver—, y en especial por medio del cine. Recordemos, por ejemplo, Rain Man, con aquel autista que resultaba ser un genio de los números, o Pi. Fe en el caos, en la que el alucinado matemático protagonista buscaba la clave del universo en forma de teorema numérico. Las matemáticas y las personalidades peculiares siempre han estado bien ligadas en el cine (de hecho, el cine no se ha preocupado por las matemáticas salvo como forma de expresar la genialidad de seres peculiares). En el fondo es una forma más o menos tipificada, más o menos topificada, de abordar un minigénero que podríamos llamar de «genios vulnerables», y que se centra en individuos de gran inteligencia pero con graves trabas para llevar a cabo eso que se llama una vida social normal (junto al gremio de los matemáticos, el otro que suele ser pasto de estos films es el de los pintores: no hay sino que pensar, por ejemplo, en El loco del pelo rojo con respecto a Van Gogh). Hay dos películas emblemáticas del primer caso que son las que voy a comparar a lo largo de este comentario: Una mente maravillosa y The Imitation Game (Descifrando Enigma). Dos películas con muchos puntos en común y que por ello sirven a la perfección para distinguir la obra tópica y conciliadora de la que realmente intenta explorar el lado menos agradable del ser humano (incluso del ser humano «genial»). Seguir leyendo

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Samuráis y pistoleros, giri y amistad, Oriente y Occidente: Yakuza

Estupendo poster americano de YakuzaHoy está al alcance de cualquier cinéfilo con curiosidad (o de quien sienta interés general por Japón) todo tipo de información sobre esas castas particulares que caracterizan la historia del llamado país del sol naciente, en especial los famosos samuráis y los también célebres yakuzas. Los primeros fueron popularizados por las películas de Akira Kurosawa (Los siete samuráis, Trono de sangre, Ran…); los segundos, mucho antes de que se oyera hablar de Takeshi Kitano, encontraron en la magnífica película Yakuza (1975, Sydney Pollack) su mejor carta de difusión en Occidente. Sus responsables (fundamentalmente los hermanos Leonard y Paul Schrader —este último guionista de varios de los primeros y más conocidos films de Scorsese y a su vez muy personal director), desde luego, está claro que se tomaron el proyecto como una especie de manual básico sobre los elementos de esos dos géneros tan fascinantes, fundiéndolos con el thriller (el cine de género) occidental a partir de un contraste entre mundos que a ratos puede parecer muy evidente pero que no deja de resultar inolvidable. Pues Yakuza es una exquisita combinación de modos, de mundos, de géneros, de actores de dos espacios muy diferentes pero, a la vista está, complementarios, que empieza como el clásico film norteamericano sobre el individuo solitario capaz de meterse en el mayor lío por amistad y concluye como una película de samuráis (o un western con katanas) que acaba asumiendo y valorando una ética de la lealtad muy distinta a la occidental, con imborrable sentido de la melancolía.

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El Corsario de Hierro: «¡por todos los Mac Meck!»

La primera aventura del Corsario de HierroUn joven alto y espigado, que viste siempre camisola blanca, chaleco rojo y botas de mosquetero. Un gigantón fornido (no le digas «gordo», si no quieres irritarlo), de amplias patillas pelirrojas y al que su kilt (no lo llames «faldita», si no quieres que se convierta ya en una fiera corrupia) lo delata como escocés. Y un tipo inverosímilmente escuálido, imposiblemente vertical (sus cabellos y su perilla remarcan la fuga de líneas), cuyo acento lo delata como italiano. Solo esta descripción basta para que un numeroso grupo de aficionados al tebeo cuya niñez se sitúa en la década de los 70 identifiquen enseguida a este trío de entrañables personajes: El Corsario de Hierro, Mac Meck y Merlini. Y esos nombres evocan toda una catarata de inmortales aventuras, momentos para el regocijo, y maravillosos personajes secundarios: un malvado lord inglés con la nariz llena de verrugas y una pata gotosa; un supuesto mago que intenta una y otra vez el mismo truco, esto es, destrozar a martillazos un reloj escondido bajo un pañuelo y luego rescatarlo intacto (truco que, pese a la pertinacia del mago, jamás salió bien); una especie de brujo de nariz ganchuda capaz de convocar las más alucinantes visiones; una esbelta espadachina veneciana; una infinitud de villanos jactanciosos y cobardes, capaces de concebir las más malvadas (y descacharrantes) torturas; un secreto edén escondido del mundo por impenetrables acantilados; combatientes luchando sobre tableros de púas; y un recorrido por todo el globo de la mano de la más dinámica aventura que se pueda concebir. Todo eso, y muchísimo más, es El Corsario de Hierro, uno de mis tebeos favoritos de todos los tiempos.

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El sentido de lo fantástico en Henry James

Portada de una edición inglesa de Otra vuelta de tuercaPese a que parece difícil encontrar, a través de su proyección pública —un hombre que siempre pareció serio y que se paseó por la vida sin querer dar nunca la nota—, un novelista más apegado al concepto de realidad, bien sabemos que en realidad fue todo lo contrario: Henry James fue uno de los mayores conculcadores del concepto de lo real que conoce la literatura. Y lo hizo de modo implacablemente lógico con lo que entendió por esencia de la narración: la ausencia de una certidumbre completa acerca de lo que se está narrando porque depende de la limitada percepción o información del personaje cuyo punto de vista ha adoptado el escritor. De este modo, la realidad queda limitada por una subjetividad de la que no se puede escapar: la realidad supone una interpretación por parte del protagonista. El autor aplicó este principio a su observación de ese mundo de la buena sociedad por el que se movió —con sus reuniones en el campo, sus viajes por la vieja Europa o sus romances por conveniencia— y en donde creó ese universo tan inconfundible que hoy su mero nombre tan bien sabe evocar. Pero con el tiempo acabó no solo cuestionando las certezas de sus personajes sino ingresando directamente en un espacio que el buen conocedor, aun con dificultades, identifica como genuinamente fantástico. Sí, Henry James también fue uno de los mejores cultivadores de lo fantástico. Pero lo hizo a su modo: suave, elusivo, casi inapreciable…

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John Ford y la Trilogía de la Caballería

Estupendo cartel promocional de Fort Apache

El concepto de «trilogía» parece tener un misterioso prestigio entre cinéfilos y críticos, incluso espectadores en general. Dejando al lado el posible atractivo simbólico que para algunos tiene el número tres, una trilogía parece prometer una unidad temática o compositiva entre determinadas obras de un cineasta considerado «autor»: así, tendríamos la trilogía de la incomunicación de Antonioni, la trilogía del silencio de Ingmar Bergman o la trilogía de los colores de Kieslowski. O bien, la prolongación en el tiempo de una trama que, por la extensión, promete ampliar el goce obtenido con una sola entrega: tendríamos, así, la trilogía de Star Wars (en realidad, dos trilogías), la de El Señor de los Anillos o la de Matrix. Sin embargo, para un conjunto nada desdeñable de cinéfilos cuya pasión por el cine de género fue alimentada por la llamada «primera sesión» de los sábados en la TVE de nuestra infancia, la trilogía por excelencia siempre será la Trilogía de la Caballería del gran John Ford. Todavía hoy, la mera mención de los títulos Fort Apache (1948), La legión invencible (1949) y Río Grande (1950) desencadena en mí la evocación de toda una serie de imágenes a cuál más entrañable: John Wayne guiando al Séptimo de Caballería contra los indios, los bailes del fuerte (con su imprescindible y bien cargado ponche), las esposas de los soldados despidiendo a sus maridos, silenciosas, sin saber si regresarán de la batalla, los jefes indios contemplando imperturbables la aparición de la caballería, la tropa entonando una canción popular para darse ánimos, el galanteo de los jóvenes oficiales con la hija del comandante… En esos momentos, ¿quién no desearía tener otra vez a mano, recién estrenado una mañana de Reyes, su amado Winchester y lanzarse a la calle en busca de apaches y comanches, que los muy desagradecidos han vuelto a escaparse de la reserva?

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El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

Portada de la primera edición en Lumen de El nombre de la rosaUn sagacísimo monje franciscano investiga una serie de espantosas muertes que están teniendo lugar en una abadía del norte de Italia donde se encuentra la biblioteca más extensa (e impenetrable) de la Cristiandad. En 1980, Umberto Eco, conocido semiólogo, crítico literario y erudito de temas muy diversos, nos contó esta prometedora historia bajo el bello y sugestivo título de El nombre de la rosa, y nos dio el que tal vez sea el último ejemplar de best-seller genuinamente «culto» dentro de una especialidad, la novela histórica, hoy tan de moda. Lo consiguió encontrando el punto justo de equilibrio entre el denso ejercicio de reflexión histórica (que engloba, por el contexto elegido, también la religiosa y la filosófica) con la entrega desinhibida al puro placer de la narración. No sé si soy todavía más subjetivo de lo usual al hablar de esta obra —yo mismo soy licenciado en historia medieval—, pero la revisión de esta novela (y sin pretender en ningún momento que sea una obra maestra: no quiero tampoco pecar por exceso) me ha deparado uno de los placeres del verano. Un placer que, no es raro en mí, entrevera lo literario con lo cinematográfico: me ha resultado imposible no mezclar, mientras leía, el maravilloso personaje protagonista de fray Guillermo de Baskerville con el rostro y el elegante ademán irónico del hombre que lo encarnó en la gran pantalla, Sean Connery, ni pasear por el interior de sus muros sin tener bien presente la mole prismática donde transcurre la película.

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Sherlock Holmes, de Miyazaki: «jajejijoju!»

Los principales personajes de la serieSi una noche, atravesando una calleja solitaria o el jardín mal iluminado de una añeja mansión, escuchamos cómo rasga el silencio una insólita carcajada que dice «¡jajejijoju!», ¡cuidado!, es posible que estemos a punto de caer en una trampa del malvado profesor Moriarty y sus atontolinados sicarios Todd y Smiley, pero también que el más dinámico de los Sherlock Holmes que han poblado el mundo esté ya corriendo, y nunca mejor dicho, en nuestra ayuda. Ay, que sea así, porque si no es Holmes puede que sean el gruñón del inspector Lestrade capitaneando la hueste de agentes de policías de Scotland Yard más numerosa e incompetente que uno sea capaz de imaginar. Puede que Sherlock Holmes no fuera nunca una serie de gran popularidad, que a los niños de la generación de Marco y Heidi les pillara ya en la adolescencia y, por tanto, en el momento en que ya se tiene que mirar por encima del hombro cualquier dibujo animado. Yo mismo no hice acuse de recibo de su existencia, pero años después, en una reposición escondida en la programación estival, al resbalar mi mirada por sus personajes, por sus fondos, en suma, por su atmósfera, no pude evitar un respingo, al apreciar el muy reconocible aroma de un director japonés, Hayao Miyazaki, del que ya había descubierto una obra maestra, Porco Rosso, y del que en ese momento no poseía la menor información. No puede ser casualidad que mi director favorito del cine moderno también se sintiera interesado por uno de los dos o tres personajes literarios imprescindibles que me han acompañado toda la vida.

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Henry James, el «historiador de la conciencia refinada»

Retrato de Henry James, por John Singer SargentLa reflexión crítica que más ha influido en mi concepción del arte de la ficción se la debo al crítico cinematográfico (y escritor con devoción por lo fantástico), José María Latorre, tristemente desaparecido el año pasado. Refiriéndose a un gran director inglés que renovó el cine de terror (y que, por especializarse en dicho género, sufría entonces un notable menosprecio), escribió: «Como todos los hombres que hablan en voz baja, Terence Fisher tardó en ser escuchado». La sugerencia antes que el subrayado, la alusión antes que el énfasis, la elipsis antes que la exhaustividad: del mismo modo que no se tiene razón por proclamarlo más alto que nadie, el arte no se expresa mejor por querer expresar más. Como lector/espectador, detesto que me lo den todo hecho, que me lleven de la mano: prefiero buscar yo mismo el camino, aunque a veces no encuentre la dirección correcta. No hay reglas fijas, por supuesto, y así tengo entre mis autores predilectos a algunos, como Dickens o Dostoyevski, que jamás se caracterizaron por la discreción expresiva. Pero no puedo evitar sentir simpatía por esos autores que escogen la senda de la narración en voz baja, por mantener las palabras de Latorre. Y en literatura, no se me ocurre otro ejemplo mejor que el de un escritor norteamericano que quiso sentirse inglés (y acabó nacionalizándose británico un par de años antes de morir) y que se caracteriza por una obra en la que nada se da por sentado, en la que los acontecimientos parecen fluir sin que el espectador nunca esté seguro de hacia qué dirección se dirigen y que siempre deja con la sensación de que, en alguna parte de la historia, ha debido haber algún elemento que se nos ha escapado. Joseph Conrad, con admirable agudeza, lo llamó el «historiador de la conciencia refinada». Su nombre, Henry James.

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Del revés y otras películas de Pixar

Los pequeños personajes de Del revés. Inside Out

En el año 1995, una película de animación provocó un impacto sin precedentes entre los incondicionales de esta forma de hacer cine (no es un género, pues como es lógico todos los géneros admiten la expresión animada). Se trataba de Toy Story, el primer film creado enteramente mediante animación digital de la historia. Los espectadores que asistieron a su estreno enseguida supieron que se hallaban ante una película cuyos dibujos tenían una textura completamente diferente a la habitual: eran dibujos con una profundidad más propia de las películas «reales». El film llevaba el sello de un estudio, Pixar (cuya cortinilla de introducción viene marcada por un flexo que aparece en pantalla saltando sobre las letras de su nombre para aplastar a la i y girar su bombilla encendida al espectador) que ha acabado siendo, con razón o sin ella, el sinónimo de la mejor animación que ahora puede hacerse. El éxito del film fue estruendoso y aunque inicialmente siguió conviviendo con el dibujo tradicional, hoy parece haber ganado la batalla —salvo en Japón, cuyo anime es allí indestructible— y cualquier producción, incluso modesta, exhibe este formato. En las dos décadas de existencia de este sello, Pixar ha conseguido que el estreno de casi todos sus títulos sea considerado el gran acontecimiento del mundo de la animación, suplantando en esto a la Disney (hasta que ésta ha hecho lo lógico: comprar Pixar). El reciente estreno de Del revés (Inside Out) es una buena muestra, y a propósito de ella voy a recordar algunos de los films más relevantes del estudio.

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¿Quién necesita a Mary Poppins… teniendo a La bruja novata?

Cartel anunciador de La bruja novataEs muy evidente que la Disney pretendió con La bruja novata (1971) repetir el éxito arrollador de Mary Poppins (1964), cosa que estuvo muy lejos de obtener, cuando menos en repercusión comercial y mitómana. Y es que ambos comparten el mismo planteamiento: el encuentro entre unos niños que sienten la ausencia de los padres (en este caso, porque ya son huérfanos) y una mujer, soltera y con poderes mágicos, que viene a cubrir el hueco de aquéllos, conduciéndolos a una serie de aventuras maravillosas. Como Mary Poppins, la nueva trama (trasladada a la pantalla por la misma pareja de guionistas) viene punteada por numerosas canciones de los hermanos Sherman —ninguna de las cuales, sin embargo, ha quedado en la memoria, aunque en general son de lo más graciosas—, cuenta como plato central con una secuencia de dibujos animados en la que se insertan los actores reales e, incluso, el actor protagonista es el hombre que hizo del señor Banks, David Tomlinson, intérprete de quien nadie recuerda papel alguno fuera de estos dos que hizo para la Disney. Menos relevante es otro factor común, la dirección a cargo de Robert Stevenson, puesto que este realizador se hizo cargo de la práctica totalidad de las producciones de imagen real del estudio en esos años, y de hecho entre uno y otro film había firmado otros cinco, alguno tan popular (al menos en su momento) como Ahí va ese bólido (1968), que abrió la serie del inefable «escarabajo» Herbie. En fin, tanta comparación debe concluir señalando que, pese a su muy inferior renombre, La bruja novata me parece una película bastante superior a su referente, y al menos en mi memoria despierta incluso el recuerdo entrañable que nunca consiguió conmover la historia de esa envarada niñera con paraguas volador.

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El capitán Kronos, espadachín y cazador de vampiros

Poster de Capitán Kronos, cazador de vampirosA principios de los 70, la productora británica Hammer Films, que había reinado en el género del terror gótico desde la segunda mitad de los años 50, daba ya síntomas de un alarmante decaimiento. En el campo del cine de vampiros, que había revolucionado en 1958 con el Drácula de Terence Fisher, acababa de conocer un intento de renovación con la llamada Trilogía Karnstein —inspirada inicialmente por el precioso relato Carmilla, del irlandés Joseph Sheridan LeFanu— que, en el fondo, solo buscó la explotación de la lujuria fácil (por entonces) del público natural del género, el masculino, ofreciendo abundante despliegue de desnudos femeninos para contar lo mismo de siempre. ¿Era total el agotamiento? Es triste, pero la productora tuvo entre manos la película que podía haber encabezado la necesaria renovación que precisaba, y que dejó escapar dándole un tratamiento calamitoso. Se trata de uno de los títulos menos conocidos del estudio, Capitán Kronos, cazador de vampiros (1972), una película que, situada en los mismos ambientes rurales y vagamente centroeuropeos de tantos títulos suyos, se permite cambiar las características y las reglas del juego tanto de las criaturas vampíricas como de los implacables cazadores que buscan su erradicación. La propuesta: un caza-vampiros que lucha no con una cruz sino con una espada y unos monstruos que no matan al modo tradicional, chupando sangre, sino esencias vitales.

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Una cuestión de matices: de Washington Square a La heredera

Poster español de La herederaMe apasionan las relaciones entre literatura y cine. Una de las facetas más atractivas que posee el mundo de la narración (visual y escrita) es el descubrimiento de las claves que condicionan cada uno de esos medios a través de la comparación entre un original concebido para ser leído en negro sobre blanco y su traslado a imágenes. No solo es apasionante; es también esclarecedor, a la hora de repartir con justicia los méritos de una obra (¡cuántas veces se los han llevados las películas, por puro desconocimiento del libro en que se basaban!). Por supuesto, cuando una de las dos fuentes, la original  o la adaptación, es inmensamente superior a la otra, la comparación carece de valor. Pero cuando ambas son notables —y eso quiere decir que la película no debe contentarse con verter, tal cual, el argumento novelesco a la pantalla—, es una actividad muy enriquecedora. Pues bien, tal vez la primera vez que tuve ocasión de descubrir estas relaciones fue cuando leí la novela de Henry James Washington Square, cuya memorable historia ya había tenido ocasión de conocer a través de una excelente película, La heredera (1949), dirigida por un hombre de gran prestigio en su momento, William Wyler. Siendo bastante similares en la estructura argumental (o sea, siendo fiel la película al libro), ambas presentan las suficientes divergencias —en la forma de narrar los mismos hechos y definir a los mismos personajes, sobre todo, pero también en la atmósfera y en el uso de la tensión dramática— como para que la comparación resulte de lo más estimulante.

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Curiosas variantes de Sherlock Holmes en los años 80

Cartel original de El secreto de la pirámideSabido es que no ha habido vida más longeva que la de Sherlock Holmes: ningún otro personaje de ficción ha sido objeto de tantas historias añadidas, o sea, apócrifas, al canon oficial de sus andanzas, lo que los incondicionales del personaje llaman con entrañable guasa el Canon de Conan. Lo fue ya en vida de su creador, el escocés Arthur Conan Doyle, y tras su muerte se multiplicaron en progresión geométrica. La literatura primero y luego, lógicamente, el cine reprodujeron las mismas coordenadas trazadas por el autor y jugaron con ellas, por ejemplo, haciéndolo entrar en relación con otras figuras de la ficción más o menos coetáneas (Fu Manchú, Drácula y otros genios del mal) o de la misma realidad victoriana, ya fueran notorios criminales como el emblemático Jack el Destripador o figuras de la cultura como Oscar Wilde o Sigmund Freud. Se ha creado así una especie de cinta de Moebius en la cual girarán seguramente hasta el final de los tiempos el gabán, la lupa y la gorra de cazador sin las que ya no concebimos a su dueño, las habitaciones de Baker Street en las que Holmes cataloga la antigüedad de sus papeles por el espesor de la capa de polvo depositada sobre ellos, la fiel señora Hudson, el obtuso inspector Lestrade, las frases como «El juego vuelve a comenzar» o «Elemental, mi querido Watson», etcétera. Pues bien, voy a detenerme hoy en tres películas filmadas todas ellas en los años 80 donde dichos elementos fueron sometidos a unas muy curiosas variaciones (cambiándolos para no cambiar nada, en realidad), de tal modo que, en pocos años, asistimos a un Sherlock adolescente en El secreto de la pirámide, a un Sherlock ratonil en Basil, el ratón superdetective y a un Sherlock que no es Sherlock pues es una mera tapadera del verdadero genio del tándem, el doctor Watson, en Sin pistas. Ninguna de ellas está plenamente lograda, pero qué diablos: si los pastiches existen desde la vida misma de Conan Doyle es porque los holmesiómanos no podemos pasarnos sin un avatar, cualquier avatar, de nuestro personaje favorito.

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