Curiosas variantes de Sherlock Holmes en los años 80

Cartel original de El secreto de la pirámideSabido es que no ha habido vida más longeva que la de Sherlock Holmes: ningún otro personaje de ficción ha sido objeto de tantas historias añadidas, o sea, apócrifas, al canon oficial de sus andanzas, lo que los incondicionales del personaje llaman con entrañable guasa el Canon de Conan. Lo fue ya en vida de su creador, el escocés Arthur Conan Doyle, y tras su muerte se multiplicaron en progresión geométrica. La literatura primero y luego, lógicamente, el cine reprodujeron las mismas coordenadas trazadas por el autor y jugaron con ellas, por ejemplo, haciéndolo entrar en relación con otras figuras de la ficción más o menos coetáneas (Fu Manchú, Drácula y otros genios del mal) o de la misma realidad victoriana, ya fueran notorios criminales como el emblemático Jack el Destripador o figuras de la cultura como Oscar Wilde o Sigmund Freud. Se ha creado así una especie de cinta de Moebius en la cual girarán seguramente hasta el final de los tiempos el gabán, la lupa y la gorra de cazador sin las que ya no concebimos a su dueño, las habitaciones de Baker Street en las que Holmes cataloga la antigüedad de sus papeles por el espesor de la capa de polvo depositada sobre ellos, la fiel señora Hudson, el obtuso inspector Lestrade, las frases como «El juego vuelve a comenzar» o «Elemental, mi querido Watson», etcétera. Pues bien, voy a detenerme hoy en tres películas filmadas todas ellas en los años 80 donde dichos elementos fueron sometidos a unas muy curiosas variaciones (cambiándolos para no cambiar nada, en realidad), de tal modo que, en pocos años, asistimos a un Sherlock adolescente en El secreto de la pirámide, a un Sherlock ratonil en Basil, el ratón superdetective y a un Sherlock que no es Sherlock pues es una mera tapadera del verdadero genio del tándem, el doctor Watson, en Sin pistas. Ninguna de ellas está plenamente lograda, pero qué diablos: si los pastiches existen desde la vida misma de Conan Doyle es porque los holmesiómanos no podemos pasarnos sin un avatar, cualquier avatar, de nuestro personaje favorito.

Sherlock Holmes y el doctor Watson se conocieron, adolescentes, en un internado londinense y allí es donde quien sería su biógrafo en la edad adulta tuvo ocasión de comprobar por vez primera su extraordinaria capacidad deductiva. Ese es el atractivo punto de partida de El secreto de la pirámide (1985). La película aparece firmada por Barry Levinson (¿recuerda alguien que este hombre ganó un Oscar por Rain Man? Es más, ¿recuerda alguien Rain Man?), pero el dato relevante es que se trata de una producción de la Amblin de Spielberg efectuada justo en el corazón de su época más fértil, hoy día mitificada por quienes consumieron sus películas en plena adolescencia, de un modo tal que casi uno siente cierto complejo por encontrarlas hoy, con alguna relativa excepción, terriblemente tontas y envejecidas. Precisamente, el guión es de Chris Columbus, escritor de dos de sus «clásicos», como Gremlins (1984) y Los Goonies (1985). En cualquier caso, para bien y para mal, El secreto de la pirámide lleva el signo inequívoco de la personalidad de Spielberg, ese hombre que, en compañía de su por entonces inseparable George Lucas, convirtió el cine de género de su época en un blando espectáculo de trepidación inconsecuente para toda la familia, sustituyendo la tensión por la distensión y eliminando todas las aristas que hacen que la aventura no sea un mero pasatiempo intrascendente (empezando por la sensación de que, para quienes los viven, los peligros deben ser reales y no parecer una mera atracción de parque temático donde liberar adrenalina unos segundos y luego volver a la normalidad).

Los jóvenes Holmes y WatsonLa trama enfrenta al joven Sherlock (ese es el título original, cambiado en España por uno que supuestamente tiene más gancho) y a su acólito Watson con un misterioso culto a Osiris que ha arraigado en el corazón de la misma Londres. Su líder es un egipcio que odia mortalmente a los ingleses —estos hicieron cosas como profanar una pirámide y destruir su aldea— pero que, cosas de la vida, ha sido educado en las islas como un impecable caballero, y es uno de los profesores del mismo Holmes (y como es natural, de sus favoritos). En una película construida, como es natural, a base de guiños para los conocedores del personaje, uno (spoiler hasta el final del párrafo) se le pudo escapar a los espectadores impacientes de esa y de todas las épocas, pues se encontraba después de los largos títulos de crédito finales —quienes accedieran al film en televisión también se lo perdieron, esta vez no por culpa propia: sabido es que las cadenas cortan esos títulos, para eludir el riesgo de que el espectador, aburrido, cambie a otro canal. Y es que el villano, que ha conseguido escapar, llega a un hospedaje situado en ninguna parte, y allí firma con la nueva identidad que ha escogido para proseguir su carrera criminal: por supuesto, James Moriarty.

Como era lógico ante semejante planteamiento, la mirada que la película ofrece sobre las mocedades de Holmes y Watson busca explicar algunas de las claves de su personalidad adulta. Entre ellas, una fundamental: la misoginia del gran detective vendría justificada por la trágica muerte de su amor adolescente; después del trauma provocado por ese episodio, blindaría su corazón ante tales contingencias y no podría volver a amar. Por su parte, Watson, un niño apocado y cobardica, descubriría su valor e intrepidez al lado de su decidido amigo.

Un siniestro culto a Osiris en pleno centro de LondresEn consonancia con el «diseño» de sus jóvenes personalidades, Holmes recibe el trazo de un muchacho espigado, de aire pensativo y romántica apariencia, mientras que Watson es un niño gordito y con gafas, que se pasa todo el tiempo zampando dulces a la menos ocasión y lamentando que las peripecias en que le implica su amigo vayan a poner en peligro sus futuros estudios médicos. Por supuesto, Columbus no se resiste a ir incluyendo guiños referidos a la imagen posterior del gran detective: su mítica gorra de cazador la hereda del tío de su amada, a su vez una de las víctimas del caso que investiga, su capa de cuadros se la toma a su enemigo tras derrotarle en el Támesis, y la pipa se la regala el mismo Watson en el momento de la despedida, de tal modo que hay tiempo para un plano final en que el muchacho, de cara a la galería, ya aparece configurado como el reconocible Holmes del mito. (Únicamente la lupa forma parte de su equipo desde el primer momento.) Como es lógico asimismo, en su presentación el joven Holmes deslumbra al niño Watson con un alarde de deducción que incluye su nombre, origen, aficiones e incluso su amor a los dulces, y en concreto a las natillas. Por último, si se hace aparecer a Moriarty, por qué no, al policía que los creadores de todos los pastiches holmesianos han elegido, de entre los diversos que aparecen en el Canon, como encarnación de la incompetente Scotland Yard, esto es, el inspector Lestrade (en el curso de la aventura es cuando asciende a ese puesto).

Por desgracia, El secreto de la pirámide se queda en la superficie de lo enunciado (como, en general, y hay que decirlo, casi todo pastiche), contentándose con el atractivo del diseño de producción y de los elementos holmesianos. Pero sobre todo, lo que perjudica más al film precisamente es ese «aire Amblin» que lo trivializa todo, que reduce la atmósfera y la posible dramaturgia a meros clichés que se intenta que funcionen por mera simpatía. No solo uno de los profesores que enseña a Holmes parece una variante del excéntrico inventor Emmett Brown que encarnara Christopher Lloyd en Regreso al futuro (de ese mismo año), sino que en la parte final uno diríase no ante una aventura del joven Sherlock Holmes, sino del joven Indiana Jones, penetrando además en otro Templo Maldito (cada vez que la acción sale de los muros del internado, el interés baja mucho). Es una pena, porque el planteamiento permitía sobradamente aprovechar un elemento dramático que, aunque no lo parezca, debería ser inherente a toda recreación del universo de Holmes (porque si se vuelve una y otra vez a él, es por la nostalgia que provoca el hecho de que Conan Doyle ya no podrá escribir más aventuras suyas). Me refiero, como comprendió muy bien Billy Wilder en La vida privada de Sherlock Holmes (1970), el mejor pastiche jamás realizado, a la melancolía. No por nada, el mejor instante de la película —sin necesidad de recurrir a carreras, saltos o guiños cómplices— es aquél en que, cuando todos los alumnos comentan sus proyectos de futuro, el joven Sherlock, que acaba de ver cómo pasa su amada Elizabeth al otro lado de la ventana, señala, ante la sorpresa de sus compañeros: «No quiero estar solo».

Poster de Basil, el reatón superdetectiveLa segunda película es una producción de dibujos animados de la mítica Disney. Se trata de Basil, el ratón superdetective (1986), un film muy poco recordado, tanto por su discreto resultado general (vamos a decirlo de entrada), como por pertenecer a los años oscuros del estudio, la década de los 80. Es decir, el periodo comprendido entre el último coletazo de la Disney clásica (Los rescatadores, de 1977, film ya de por sí flojo) y la increíble resurrección que la compañía conocería en los 90, a partir del éxito consecutivo de La sirenita (1989) y La bella y la bestia (1990). Resurrección que a mí, que asistí a ella atónito, me pareció increíble porque no encontré en ninguna de las películas que fueron proponiendo año tras año, por lo común con gran acogida comercial y crítica, una sola comparable a la de los años dorados. Debe ser por eso que llaman la brecha generacional…

Inicialmente, eso sí, la forma en que se nos presenta el planteamiento que da vida a Basil tiene su gracia. Las imágenes que inician la película muestran una estampa inconfundible del Londres victoriano, con sus calles envueltas en el entrañable puré de guisantes de la niebla del Támesis. Una voz en off que surge de un coche de caballos en cuyo interior viaja un caballero de aspecto respetable parece corresponderse con el doctor Watson, hablando de su llegada a la ciudad y su busca de unas habitaciones a buen precio… Pero no es el caballero el que está hablando, sino un pequeño ratoncillo (con la misma apariencia de hombre respetable de mediana edad) que viaja en el estribo del vehículo, leyendo un periódico, y que se apea en el punto en que lo hace su compañero de viaje humano. El verdadero narrador no se llama Watson, sino Dawson, y su atractiva presentación es prorrogada por la de quien enseguida será su maestro y amigo del alma. En la casa de Baker Street donde se han parado se observa, tras una ventana, la inconfundible figura de un hombre alto y delgado que toca el violín, pero el travelling que desciende por la pared de la casa acaba llevándonos al verdadero hogar del protagonista de nuestra historia, por supuesto a ras de suelo, con la característica puertecita que conocemos de tantos cartoons de Tom y Jerry o Pixie y Dixie.

Ratigan, el Moriarty ratunoLa fuente original que da origen a la película es un conjunto de libros escritos por Eve Titus e ilustrados por Paul Galdone, conocidos bajo el nombre genérico de Basil de Baker Street y que está compuesto por cinco títulos, el primero de los cuales fue escrito en 1958 y el último en 1982. El planteamiento reconvierte el universo holmesiano bajo las trazas de unos alter egos ratoniles: Basil vive en los sótanos del 221B de Baker Street (el número sobre la puerta indica 221½), bajo los cuidados de un ama de llaves gruñona y decidida, y repite los clásicos detalles del gusto por los disfraces, los conocimientos químicos y demás. ¿Y qué mejor antagonista que un trasunto del gran archienemigo Moriarty, aquí llamado profesor Ratigan, que lo peor soporta es que lo llamen «rata»?

Es una lástima que aquí acabe casi todo el atractivo de la película. Pues todos esos guiños, como siempre, dan para unos minutos y luego son humo. El problema es que ni la historia interesa (el clásico «plan maestro» del pseudo-Moriarty) ni los personajes tienen gracia (al menos, en la versión original a Ratigan le pone voz el gran Vincent Price) ni la animación reserva ninguna sorpresa (eran tiempos muy grises para la Disney, como he dicho) ni hay comicidad ni un ritmo sostenido (todo lo contrario, y eso que el film apenas pasa de la hora y cuarto). Encima, hay que aguantar que la peor escena sea la inevitable secuencia musical que los artífices de la cinta debían considerar imprescindible por respeto a la tradición del estudio.

Sin embargo, lo peor que se puede decir de Basil, el ratón superdetective es que se diría que está elaborada sin tener mucha confianza en lo que se está haciendo, como si se estuviese componiendo una obra de complemento (años después, se hubiera realizado directamente para el mercado del dvd). Es decir, es un Disney pobretón, de medios, de talento, de convicción. Eso sí, por lo menos no irrita, como muchos de los multitaquilleros títulos que no tardarían en seguirlo, empezando por ese latoso film con la chica de cola de pez y el cangrejo dicharachero que traicionaba por completo el maravilloso cuento de Andersen, y con el que comparte a dos de sus directores, John Musker y Ron Clements.

Poster original de Sin pistaSin pistas (1987, Thom Eberhardt) es, posiblemente, todavía menos conocida, pero me parece la mejor película de las tres, aunque tampoco sea para tirar para cohetes. Y es que, antes que nada, parte de la premisa argumental más original de todas. El verdadero genio de la deducción era Watson; Sherlock Holmes fue el nombre del supuesto detective al que atribuyó sus fantásticas deducciones mientras todavía pensaba progresar en la profesión médica, y un buen día tuvo la ocurrencia de contratar a un actor de poca monta, Reginald Kincaid, para que le prestara su encarnadura física. El problema es que el éxito sin límites de su criatura ha hecho que ese supuesto Holmes sea idolatrado por doquier y consultado por las personas más importantes del país. Irritado por la postergación que sufre —y considerando a Kincaid como un idiota insufrible, mujeriego, borracho y metepatas al que encima se le ha subido a la cabeza su falsa identidad—, Watson acaba expulsándolo de su casa en Baker Street y decide asumir él mismo la responsabilidad completa de su trabajo indagador, bajo el apelativo del Doctor del Crimen. Pero entonces descubre que o bien nadie cree que un tipo de apariencia tan gris como él pueda ser lo que dice ser, o bien quienes sí lo creen (en cabeza, el editor del Strand Magazine que se está forrando gracias a sus historias) no están dispuestos a arriesgar un solo penique prescindiendo de alguien que aporta una carismática envoltura a las increíbles dotes intelectuales.

Dicho de otro modo, Sin pistas presenta una interesantísima cuestión: la de la importancia de los rasgos circunstanciales en la creación de todo mito, y por tanto la desconexión que hay entre realidad y leyenda, un hecho abordado por muchos grandes del cine. Cuando Watson intenta recuperar la completa autoría de su personaje (es decir, cuando decide que es el momento de revelar que no hay personaje, sino alguien real que hace cosas reales, por fantásticas que parezcan), descubre lo que ya nos contó John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance (1962): cuando la realidad se convierte en leyenda, lo que al hombre normal le interesa (y a los periodistas, o publicistas, que suministran a aquél de placebos con los que superar la gris cotidianeidad) es la leyenda.

El planteamiento, indudablemente, es magnífico, y podía haber dado pie a un logro memorable, a una película embargada por una lícita melancolía, capaz además de expresar una inmejorable reflexión sobre la misma tentación de recreación apócrifa que embarga el mito de Holmes casi desde su mismo inicio.

Ben Kingsley y Michael Caine en Sin pistasSin embargo, en este sentido, la decepción es total. A la hora de la verdad, Sin pistas acaba apoyándose casi de modo exclusivo en su componente de humor, y no precisamente el más sutil (si bien, al menos, no incurre en la vulgaridad de la parodia, salvo a ratos). Por ejemplo, se abusa de un gag que funciona la primera vez, pero que se repite una y otra vez: Watson intenta demostrar sus dotes mediante el uso de esas famosas deducciones instantáneas que tanto caracterizan al detective, pero nadie le presta atención; basta que el presunto Holmes abra la boca, aunque diga una suma obviedad, para que todo el mundo se deshaga en alabanzas a su «genialidad». Del mismo modo, resulta muy pobre que el falso Holmes tenga que ser una especie de remedo del Bob Hope de los años 40: torpe, lujurioso, tontaina, en perpetua guerra con los objetos, ostentosamente amante del alcohol y de las muchachas de buen ver. Es verdad que el aplomo sin igual de Michael Caine libra al personaje de caer en el ridículo y le otorga una mínima dignidad, pero no es porque el guión se lo ponga fácil. Del mismo modo, Ben Kingsley brilla en su encarnación del particular Watson. Es, por tanto, otro motivo de frustración el desperdicio que el film hace de dos actores tan inmejorablemente elegidos para estas interesantísimas variaciones de los protagonistas del Canon.

No faltan más elementos tópicos. La trama criminal (el robo de las planchas originales de los billetes de 5 libras amenaza con hundir la economía nacional, inundada de dinero al mismo tiempo falso y legal) resultará estar orquestada por… ¿adivinan…? Claro, Moriarty, si bien en este caso el Napoleón del crimen carece de prestancia, en buena medida porque el actor que lo encarna, Paul Freeman, es bastante anodino. De hecho, es más que probable que fuera contratado por inercia: aunque nadie lo recuerde, es el villano nazi de En busca del arca perdida, con lo cual volvemos a la omnipresencia de Spielberg y Lucas en casi todo el cine de género coetáneo.

MSDWIAC EC004Sin embargo, Sin pistas acaba revelándose como un film muy digno, quizá también porque lo embarga un agradable aire de modestia (se trata de una película que fue recibida con total indiferencia y de la que hoy no se acuerda casi nadie). La elaboración plástica de la película posee cierto encanto, incluso con reminiscencias de La vida privada de Sherlock Holmes —indudablemente, su mayor influencia, en el aroma visual y en determinados elementos argumentales— y el previsible desarrollo de la trama (la búsqueda de un punto de encuentro entre dos hombres destinados no solo a trabajar juntos sino a ser amigos) está construido con coherencia, aprovechando bien el pasado como actor de Kincaid como punto de apoyo en la recuperación de la dignidad del personaje (la parte final transcurre en el teatro que fue testigo de su último fracaso en el mundo de las candilejas). Y las cosas como son, hay buenos golpes de humor, por lo común relacionados con la vis cómica del gran Michael Caine: ese momento en el que, ante los reiterados ataques del perro de su posadero, acaba deshaciéndose de él con irritación diciéndole: «Tú no eres el sabueso de Baskerville, ¿sabes?»; o el descacharrante momento en que, a la sola mención del nombre de Moriarty como el criminal al que persiguen, Kincaid sufre tal ataque de pánico que hace detener el tren en el que viajan y huir campo a traviesa, hasta que Watson le señala que el profesor sabe muy bien que el verdadero genio contra el crimen al que hay que eliminar no es el actor medroso sino el Doctor del Crimen: él.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El secreto de la pirámide / Young Sherlock Holmes. Año: 1985.

Dirección: Barry Levinson. Guión: Chris Columbus. Fotografía: Stephen Goldblatt. Música: Bruce Broughton. Reparto: Nicholas Rowe (Sherlock Holmes), Alan Cox (Watson), Sophie Ward (Elizabeth), Anthony Higgins (Profesor Rathe). Dur.: 109 min.

Título: Basil, el ratón superdetective / The Great Mouse Detective. Año: 1986.

Dirección: John Clements, Ron Musker, Burny Mattinson y Dave Michener. Guión: Basado en Basil de Baker Street, de Eve Titus y Paul Galdone. Música: Henry Mancini. Dur.: 74 min.

Título: Sin pistas / Without a Clue. Año: 1988.

Dirección: Thom Eberhardt. Guión: Gary Murphy y Larry Strawther. Fotografía: Alan Hume. Música: Henry Mancini. Reparto: Michael Caine (Reginald Kincaid, alias Sherlock Holmes), Ben Kingsley (Dr. Watson), Lysette Anthony (Leslie), Paul Freeman (Moriarty), Jeffrey Jones (Inspector Lestrade). Dur.: 107 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Curiosas variantes de Sherlock Holmes en los años 80

  1. Renaissance dijo:

    Llegué a ver las dos primeras, y ambas, por suerte, siendo niña. De el secreto de la pirámide me gustó mucho la estética, aunque, para ser una historia de aventuras en plan Spielberg, creo recordar que uno de los personajes principales moría al final, una verdadera rareza en una película para toda la familia.
    A la época oscura de Disney, sinceramente, le tengo cierto cariño: de entonces se conservan producciones que para entonces parecían andar un poco perdidas, antes de que el estreno de animación cada navidad fuera un evento esperadísimo. Apenas recuerdo Los rescatadores, pero Basil el ratón superdetective (hm..¡vivan las traducciones de los ochenta!) sí un poco más, principalmente los diseños de los ratones. Y, bueno, con esta etapa de la productora, me es imposible también no recordar algunas rarezas, como El dragón del lago de fuego o Taron y el caldero mágico. Estoy convencida que el Lich que aparece en hora de aventuras se basó mucho en el Arawn de la película.
    Ah, y respecto a pastiches y versiones de Sherlock, creo que su mezcla con los Mitos de Chtulhu es ya todo un subgénero de por sí.

    • Yo vi Tod y Toby en el cine… ya con cierta sensación de que eso no debian saberlo mis amigos del cole. Taron ya me la perdí y todavía no la he recuperado, pero “El dragón del lago de fuego” sí, hace poco. De pastiches de Sherlock con infinidad de gente famosa, me quedo con uno que publicó Valdemar, “El caso del anillo de los filósofos”, donde el detective se iba a Oxford y se reunía con gente como Wittgenstein, Bertrand Russell, Aleister Crowley…

  2. Excelentes las críticas. Lo del “peligro real” me lo tengo que anotar, porque define la mayor parte del cine comercial de ahora.
    De todos modos, de las tres yo prefiero “Basil”: de la de Spielberg me fastidia su exceso de pretensiones, y de “Sin pistas” su carencia de ellas. La película del ratón me parece modesta y eficaz, que no intenta venderse como superproducción a diferencia de “La sirenita” y continuaciones, o de las primeras incursiones de Spielberg en la animación (“Fievel”, “El valle encantado”).
    Me pregunto si el “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie no se inspiró en el de Spielberg para sus primeros minutos, con el ritual esotérico y sacrificio de doncella.

    • Muchas gracias por tus palabras, Manuel. En efecto, ese exceso de “complicidad” de los héroes hacia el espectador en las películas modernas, en mi opinión, ha matado el género de aventuras. Precisamente hace unos días volví a ver “Indiana Jones y el templo maldito”, y me aburrió soberanamente, sobre todo la parte en el susodicho templo: el momento “montaña rusa” con la vagoneta ya era para bostezar. Porque el problema es que en el cine de aventuras de verdad todos sabemos que el protagonista va a salir con bien, pero para ello tendrá que ganárselo a base de pasarlo verdaderamente mal. Los Indiana Jones de hoy ganan sin merecerlo, tan solo provocando unas risas… y con la ayuda de los chicos de efectos especiales.

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