Panegírico tardío de la tardía Isak Dinesen

La baronesa Karen Blixen en AfricaComo se sabe, la baronesa Karen Blixen tenía una granja en África. Los amantes de la literatura, seguramente, pocas veces hemos sentido menos el fracaso de un empeño personal, por mucho dolor que sabemos que provocara a quien lo padeció en sus carnes, como el de ese establecimiento que la indómita danesa fundó en territorio de la actual Kenia. En primer lugar, porque los sinsabores diarios estimularon a la joven emprendedora a intentar compensarlo refugiándose en un mundo de historias que gustaba contarse a sí misma, de día mientras la lluvia tropical arreciaba sobre la plantación, o a los demás, por las noches, cuando los amigos venían a visitarla o los indígenas que componían su círculo cotidiano se arracimaban en torno a ella para oírla contar un cuento. En segundo lugar, porque el obligado regreso a la civilización y a la búsqueda de una nueva manera de ganarse la vida la decidió a revisar esas historias y a enviarlas a alguna editorial que las publicarse. Aunque al principio recibió muchas negativas, finalmente encontró su lugar bajo el sol, con otro nombre, el de Isak Dinesen, el seudónimo que escogió para su alter ego literario. Fue una escritora tardía, desde luego, pues estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta cuando por fin inició su carrera profesional, una carrera formada por no demasiadas obras y centrada especialmente en el formato del relato, unas veces más extenso y otras más breve, siempre con el número de páginas adecuado para leerlos de un tirón, que es lo que debe hacerse con los cuentos. Mi descubrimiento ha sido igualmente tardío pero tal vez por ello el deslumbramiento ha sido mucho mayor. Y aunque ahora me pregunto por qué he tardado tanto en decidirme a leerla con profundidad, cuando las pequeñas catas previas de su obra ya me habían seducido considerablemente, tengo que creer que he llegado hasta la baronesa Blixen en el momento oportuno: en el curso de un verano muy diferente a los que estaba habituado, su lectura ha sido un bálsamo, un rincón fascinante en el que refugiarme de los inconvenientes del día a día (no se vaya a pensar que sublimemente dolorosos: los contratiempos de una obra en casa que me ha mantenido alejado de mi biblioteca). En fin, sea como sea, bienvenido me doy al mundo de Isak Dinesen.

Karen Christentze Dinesen había nacido en 1885 en la población de Rungstedlund (Dinamarca). A lo largo de su vida sería conocida por muchos nombres, en el siglo y en la literatura. En cuanto a esto último, aparte del de Isak Dinesen (como sucede con otras escritoras, el seudónimo busca la protección del nombre masculino), utilizó unas cuantos más: Osceola para su primer tanteo literario, en 1907; Pierre Andrézel para publicar el libro Vengadoras angélicas, reflexión sobre el mal que vio la luz durante la ocupación de su país por los alemanes; Tania Blixen precisamente para sus obras publicadas en tierra germana…

Memorias de ÁfricaEsta abundante onomástica es buen símbolo de la condición polimórfica de su vida y su obra. El apellido Blixen lo adoptó al casarse con el barón Bror von Blixen-Finecke, que era su primo segundo (en realidad ella se había enamorado del hermano de este, pero no fue correspondida). Con él marchó a África, en 1913, para fundar una plantación de café. Esta historia la recogería luego en su encantador libro Memorias de África, aunque debo advertir que quien crea que lo conoce gracias a la película debe ir rápidamente a la fuente literaria: aunque el film no engaña a nadie (los créditos indican que se basa tanto en el libro de Dinesen como en varias obras biográficas sobre esta), invierte el sentido del original, al convertir la bella y divertida crónica de su vida africana en una pretendida apoteosis del romanticismo cinematográfico, dentro de la cual es difícil reconocer a la Blixen real. A todo esto, la relación con el marido finalizó seis años después de su llegada al continente negro, mas ella continuó al frente de su plantación hasta que en 1931 se vio obligada a venderla. Volvió a Dinamarca y allí vivió el resto de su vida. Murió en 1962.

Tenía cuarenta y seis años cuando retornó a Europa, una edad a la que normalmente la carrera de un escritor lleva mucho tiempo consolidada o se ha convertido en una ilusión rota. Su libro Siete cuentos góticos la convirtió en 1934 en la nueva sensación literaria. Los escribió y publicó en inglés por puras razones prácticas: en su Dinamarca natal esto no se tomó muy bien, lo que hizo que desde entonces ella cuidara tanto la edición, digamos, internacional, y la nacional, un poco como nuestro Álvaro Cunqueiro, otro notable fabulador, por cierto.

Rungstedlund, el hogar danes de Karen Blixen

Tres años después apareció su evocación africana, que alcanzó aún mayor repercusión. Sus otras recopilaciones de cuentos, tan admirables como la primera, fueron Cuentos de invierno (1942) y Anécdotas del destino (1958). Póstumamente vieron la luz otros relatos inéditos que al parecer Dinesen no consideró a la altura de los anteriores, si bien entre ellos se encuentra una de sus obras hoy más reconocidas, Ehrengard (1963), una desarmante combinación de los motivos de un cuento ruritano (al estilo de El prisionero de Zenda, para aclararnos) con la elegante malicia de la literatura libertina del siglo XVIII.

La lectura de los cuentos góticos —una obra absolutamente irrepetible: los siete cuentos son o bien extraordinariamente memorables o bien memorablemente extraordinarios—, desde luego, no revela ninguna bisoñez en la escritora: parecen propios de alguien con mucha experiencia literaria. Se ha escrito que los redactó a lo largo de dos años en la propiedad familiar donde vivía desde su retorno a Europa. Es fácil pensar que el espíritu de alguno de ellos se le apareciera entre las sombras de la noche africana, esa noche que cuentan quienes han escrito sobre ella que en las latitudes tropicales llega súbitamente, sin esa lenta aclimatación que es el crepúsculo de los países templados. Lo digo porque denotan una mano maestra que diríase que hace muchos años que empezó su decurso en la profesión: una seguridad en el trazado de personajes y situaciones, en la disposición de ambientes y en la sugestión narrativa que son propios de una maestra. ¿No dijo Oscar Wilde que el verdadero genio inicia su carrera con una muestra deslumbrante de su talento y el resto es una sucesión de obras tan magistrales como la primera?

Una edicion antigua espanola de los Siete Cuentos GoticosAntes de nada debe aclararse: el adjetivo «gótico» no debe hacernos creer que estemos ante una practicante del género del terror. (El nombre de Dinesen no figura nunca al lado de Mary Shelley o H. P. Lovecraft, pero lo señalo rápidamente para los despistados). Cabría de calificarlos más de fábulas que de cuentos góticos, si las etiquetas pudieran describirnos de algún modo el mundo de esta autora cuya increíble libertad argumental, cuya absoluta heterodoxia en el desarrollo de unas historias que, eso sí, no escapan de las formas de la ficción ortodoxa, la hacen absolutamente inclasificable. Es cierto que en esos relatos hay ambientes y situaciones que en otros cuentos servirían para ser publicadas en cualquier colección del género: hay abadías y castillos, hay aparentes maldiciones familiares, hay una ambigua correspondencia entre un ser humano y un avatar animal, hay asesinatos en principio inexplicables, incluso hay un fantasma que es personaje fundamental de uno de los cuentos. Pero el lector admite estos elementos no como la concesión de la autora a determinadas convenciones para volver más acogedora o accesible su ficción sino como un componente necesario, inevitable, como un escenario o un elemento narrativo que tal vez podrían haber sido concebidos de otra manera pero que resultan perfectamente naturales. En realidad, la referencia principal de Dinesen, coincido con todos sus admiradores y estudiosos, fue siempre Las mil y una noches, cuyo tono y estilo se infiltra en más de un relato.

La ambientación de estos cuentos y de todos los posteriores se sitúa en un siglo diecinueve que todos reconocemos de múltiples lecturas, seguramente las mismas de la escritora. Del mismo modo, el escenario puede situarse en cualquier rincón: en los países nórdicos, sobre todo su Dinamarca natal, por supuesto (es el caso, sobre todo, del segundo libro), pero también en el lejano Oriente, en Italia, en Alemania o en la misma África. Por diferenciar los tres libros, el gozo cosmopolita del primero cede un tanto el paso en el segundo a un aire de fábula moral cuyo sentido, eso sí, debe discernir el lector pues la Dinesen rehúye el aleccionamiento moralista como si fuera la peste. Finalmente, en Anécdotas del destino, la escritora, ya en la ancianidad, abandona incluso en mayor grado que en sus anteriores obras todo propósito de ortodoxia: en él se encuentran dos de sus cuentos más conocidos, El festín de Babette y La historia inmortal.

Cuentos de invierno, de Isak DinesenSean los primeros o los últimos cuentos, todos ellos están recorridos por el mismo espíritu, por la misma cadencia, por el mismo propósito. Antes que otra cosa, Isak Dinesen fue una escritora convencida de que el objetivo fundamental de toda historia es impedir que el lector pase la página con resignación. Por el contrario, cada una de ellas supone una aventura cuyo primer ingrediente es la absoluta imprevisibilidad que poseen sus argumentos. Por lo común, las primeras páginas de cualquier cuento dictan el tono y nos introducen en una historia que luego ha de ser desarrollada en función de los patrones señalados en su inicio. Pero eso no sucede con Dinesen. La influencia de los años africanos fue fundamental para establecer este signo. En Memorias de África, la baronesa Blixen recuerda con devoción lo agradecidos que son los oyentes indígenas para un buen narrador, pues admiten cualquier afirmación (por ejemplo, que exista un elefante con dos cabezas) e incluso quieren saber cualquier detalle que complete su cabal conocimiento de lo contado (por ejemplo, la curiosidad de saber cómo alimenta su dueño a semejante prodigio). Es por ello que en sus relatos abundan los cambios de rumbo. Planteada una situación, de pronto su autora se decide a contarnos la historia o el contexto de uno de los personajes, o bien alguno de ellos cuenta a su vez un relato que piensa que viene al caso, etcétera. Un cuento de Dinesen puede ser como una de esas cajas rusas que contienen una nueva dentro de la anterior. Cuidado, nunca son digresiones: son cambios de eje necesarios.

Uno de los relatos de su último libro, Tempestades, es un ejemplo inmejorable. Inicialmente parece proponer una mirada sobre los cómicos ambulantes (los «cómicos de la legua», en la entrañable expresión hispánica) a partir de una compañía que vaga por los pueblos de Noruega y que está preparando una representación de La tempestad de Shakespeare. Enseguida pasa a referir las circunstancias de la vida de Malli, la joven que va a encarnar el papel de Ariel y que acaba de unirse a la compañía, circunstancias sobradamente novelescas puesto que su padre fue un marino escocés que tan súbitamente como apareció en la vida de su madre desapareció, antes de que ella naciera, con su barco. Sin tiempo para llegar a esa representación sobre cuya preparación —desde el punto de vista del maduro director de la compañía del talento natural de esa chica desconcertante— tanto se nos ha contado, una tempestad está a punto de hundir el barco en que viajan, y si se salva es por el abnegado comportamiento de Malli durante las peores horas del oleaje. Recibida como una heroína por los habitantes del puerto de donde son tanto los dueños como los marineros del barco, ahora el relato parece olvidar el argumento teatral para ofrecer una crónica de costumbres y contar la historia de amor entre Malli y el hijo del armador, el cual se pensaba maldecido por un episodio del pasado que le había hecho creer que nunca podría aspirar a ninguna otra mujer. En la parte final hay una nueva torsión cuando es Malli quien siente que ella misma, como hija de ese escocés que iluminó tan brevemente la vida de su madre, es quien no puede sino traer la desolación y la muerte, giro que Dinesen impregna de una mirada sobre el fatalismo (y sobre el fanatismo) digna de un cuento puritano de Nathaniel Hawthorne. Lo mágico es que no existe el menor desequilibrio en ningún momento del relato: cada parte, cada personaje, cada historia dentro de la historia, complementa el conjunto y se convierte en un sillar imprescindible para el sostén de toda la estructura, y solo entonces es cuando el lector advierte que la segunda parte del relato no había olvidado la obra shakesperiana, sino que esta se encontraba siempre al fondo, unas veces a modo de juego de espejos, otras de triste contraste (el enamorado, por ejemplo, se llama Ferdinand, justo como el príncipe que en Shakespeare naufraga en la isla donde transcurre la obra). Sea como sea, el lector devora el cuento con una fascinación que siente misteriosa, sagrada, como si se estuviera haciéndosenos partícipes de un rito extraño que luego nosotros tuviéramos que transmitir a otros.

Miranda, la protagonista de La Tempestad, cuadro de John William Waterhouse

Esa capacidad para ir de un lado a otro sin perder nunca la dirección a la que se quiere llegar procede, sin duda, de esa pasión por la oralidad que la escritora sintió siempre. Ya lo he dicho: en su obra los personajes parecen infectados por el síndrome de Sherezade. Y no traigo a colación el nombre de la famosa protagonista del centón árabe por casualidad: es la principal referencia que asocian a Isak Dinesen tanto los críticos como sus admiradores.

Como es natural en alguien acostumbrado a contar cuentos, el estilo de la autora descansa sobre una fluidez admirable, sobre su capacidad para encadenar las frases y las situaciones con una ligereza extraordinaria pero que al mismo tiempo rezuma una granítica perfección. Una perfección que no se nota: en la que se repara cuando uno se detiene. Dinesen la comparte con aquellos escritores en quienes se nota el mismo gusto, de los que también sabemos que fueron primero narradores en voz alta y que afrontaban el acto de escribir con la gozosa jovialidad de un niño. El parangón más cercano, por supuesto, es su compatriota Hans Christian Andersen. En principio muchos dirán que, por vida e inquietudes, no puede encontrarse a nadie más diferente, pero les unen el mismo desparpajo, la misma capacidad para volver imborrable una situación, un personaje o un sencillo diálogo. Pero en Andersen, incluso cuando es malicioso, resplandece una pristina ingenuidad y la baronesa Blixen nada tuvo nunca de ingenua.

Miniatura persa con Sherezade y el sultan

Vuelvo a Sherezade. Los personajes de Isak Dinesen están atrapados por la fiebre del relato: están todo el tiempo contándose anécdotas, parábolas, remembranzas: cuentos. En uno de los siete cuentos góticos, el maravilloso (bueno, ya he dicho que todos son maravillosos) La inundación de Norderney, por ejemplo, el dispar grupo de individuos aislado en una granja rodeada de agua por el incidente señalado por el título, se cuentan unos a otros historias de su propia vida que a su vez se ramifican en nuevos relatos tan pronto, dentro de las primeras, surge algún otro tipo contagiado por la misma enfermedad. Por supuesto, estos relatos no implican en todo momento que lo que cuentan sea la verdad: de hecho, uno de aquellos ha asumido una falsa identidad a la que, sin embargo, y como buen relator, se ajusta de modo tan exacto que se siente absolutamente imbuido por el espíritu del sujeto al que suplanta.

El fingimiento y la suplantación forman el sustrato de varios cuentos. Sin embargo, este fingimiento, una vez más, no es una mera forma de medro o de supervivencia en la sociedad, sino una visión del mundo, una opción de vida. Esta inclinación por presentarse bajo un disfraz que podríamos llamar (no estoy seguro de que el término no exista ya) síndrome de Ulises acaba insuflando del tal modo el espíritu del suplantador que su primera identidad acaba difuminándose por debajo de la segunda. Es el caso de la cantante de ópera de otro cuento gótico, Los soñadores, la cual, perdida la voz y conducida a tal estado de sufrimiento que incluso intenta suicidarse, decide no volver a concentrar todo su aliento vital, todas sus expectativas, bajo una sola identidad y se convierte en muchas, cada una de ellas vinculada por el mismo ser pero al mismo tiempo perfectamente diferenciadas de modo particular.

Dinesen, de la estirpe de StevensonDentro de esa ausencia absoluta de previsibilidad, hay una regla que suele cumplirse con descorazonadora regularidad: la conclusión nunca será el previsible happy end que, soy sincero, en más de una ocasión desea el lector debido a la simpatía que ha acabado sintiendo por los personajes. Los cuentos suelen dejarnos una impresión de profunda melancolía, o de evidente desconcierto, mas nunca buscan la sorpresa fácil ni el mero prestigio del final triste. Nunca me había encontrado con una escritora ante la que lo mejor es dejarse llevar por el flujo del relato y no esperar nada porque el desarrollo no convoca esperanzas sino indeterminaciones. La fluida ambigüedad de sus narraciones, que admiten muchas caras, solo las había encontrado antes, en semejante plenitud, en quien para mí es el mejor narrador de todos los tiempos, el genial Robert Louis Stevenson. «No es malo que de una historia comprenda uno solamente la mitad», dice el narrador de Los soñadores. Es una afirmación con la que, a medida que acumulo más años como lector, cada vez me siento más identificado.

Como Stevenson, la narrativa de Dinesen no excluye una misteriosa capacidad de comprensión del alma humana. El joven marinero que mata a un hombre solo porque, en su borrachera, lo está retrasando para llegar a tiempo a la primera cita de amor de su vida o la campesina que empeña su vida para arar en un solo día el acre de tierra que su señor ha puesto como precio para retirar la acusación de incendiario contra su hijo son muestras de esa capacidad de la autora para ponernos en contacto con psicologías en principio muy alejadas de la nuestra y que sin embargo nos importan como si fuéramos nosotros. En este sentido, el relato que tiene como centro argumental la anécdota anterior, El acre del dolor —y que estoy seguro que se tuvo muy en cuenta para un momento similar (también conseguido, mas muy lejos de la profundidad moral que consigue la autora danesa) en el excelente film de Spielberg Caballo de batalla (2012)— contiene el que para mí es uno de los momentos más emotivos que he leído nunca: cuando el joven sobrino de ese señor, horrorizado a medida que avanza por el día por lo que considera un acto intolerable de inflexibilidad en su tío al negarse a detener tal acción, cambia de opinión al verse iluminado por una luz que torna comprensible y humana la actitud de aquel. En su sublime sobriedad, en su inigualable complejidad moral y metafísica, me parece un instante a la altura de un John Ford, el autor que más me ha emocionado en la vida por su íntima capacidad para explicar la complejidad de los seres sencillos.

Meryl Streep, una adecuada Karen Blixen en AfricaEn otro cuento inolvidable, Peter y Rosa (incluido en su segunda remesa), Dinesen demuestra una comprensión primordial hacia el concepto esencial de la vida que posee un adolescente, esa extraña criatura que apenas recorre un breve e incierto paso desde la frustración a la plenitud. Es la historia de dos seres —la radiante hija de un párroco rural y el muchacho que fue adoptado años atrás por aquel— que se asoman al momento en que dejan atrás la niñez, a los sueños que van a condicionar sus vidas y, de paso, al reconocimiento de la atracción mutua. Unidos fraternalmente en sus años infantiles, convertidos en extraños al crecer, la decisión de él de escapar de la casa y hacerse a la mar (contraviniendo los deseos de su padre adoptivo, que quiere que adopte su mismo destino) encuentra la complicidad necesaria de ella y vuelve a unirlos como ya no esperaban, pues los sueños de Peter se reflejan en los anhelos de Rosa. Dinesen acierta al traducir la idea fundamental que se apodera de todo adolescente: el descubrimiento de la propia inmortalidad, el poder de saberse joven y por ello todopoderoso aun cuando sea de modo efímero e ilusorio (pero esto solo lo saben los adultos: los adultos que nunca han perdido su alma de niño, como Karen Blixen).

No me resisto a acabar sin dedicar un espacio mayor al primer cuento que me leí de ella, dejándome ya una huella imborrable porque es una de sus más grandes narraciones (aunque luego, por circunstancias, he tardado varios años en retomar el propósito de lectura que entonces me planteé). Se trata de La historia inmortal, al que llegué después de ver la magnífica adaptación que de él hizo Orson Welles en el año 1968, en la que asumía el papel del anciano comerciante protagonista (aunque en realidad solo tenía cincuenta y tres años), un Welles que por cierto hizo que el Cantón donde transcurre el original fuese recreado en tres distintos pueblos castellanos, Brihuega, Chinchón y Pedraza. El cuento posee un matiz de fábula abstracta que se concentra sin embargo en una trama muy concreta: una trama que amenaza con incurrir en lo grotesco, pues el ensimismamiento de ese anciano, Mr. Clay, es tan radical y absolutista que amenaza con contagiar de inverosimilitud al relato… y sin embargo sucede al revés, ya que da pie a un ejercicio de atmósfera tan magistral que derrumba cualquier reticencia del lector.

Afiche de Una historia inmortal, de Orson Welles

Dinesen reformula con gran originalidad ese complejo de Sherezade que tanto atenaza a sus personajes. Solitario y enfermo, insomne en las noches de ese borroso Cantón, Mr. Clay hace que uno de sus empleados, tan solitario y ensimismado como él, Ellis Lewis o Elishama Levinsky (la condición de judío nómada de este último es otro elemento imprescindible del relato), le lea en esas horas los libros de contabilidad. Cuando se acaban, exige otro tipo de lectura, que el desconcertado Elishama no parece conocer (de modo memorable, Dinesen cuenta que ni ha leído otra clase de libros en su vida ni sabe que existan). Entonces recuerda que, colgado en un saco al cuello que le pusieron sus mayores cuando tuvo que huir de los pogromos polacos de 1848, lleva un breve fragmento del profeta Isaías, que lee a su jefe. Mr. Clay se siente incómodo: para un hombre tan aferrado a la realidad, que alguien, por remoto que sea, haya proferido presagios que es imposible saber si se cumplirán, es una burla a las leyes que gobiernan el mundo.

Entonces, Mr. Clay decide ponerle a Elishama un ejemplo de historia, diferente de las contables pero también real porque a él mismo se la contaron cuando hizo el viaje desde Europa al extremo oriente: la historia de un apuesto marinero al que, en un puerto, un anciano potentado ofreció cinco guineas para que fuera a su casa, compartiera con él una opípara cena y luego se acostara con su joven esposa, que en sus tres años de matrimonio no le había dado el heredero que precisaba. En mitad del relato, Elishama le interrumpe y prosigue el relato tal como Mr. Clay lo escuchó en su día. Atónito primero, irritado después, Mr. Clay recibe la declaración de su empleado de que esa historia es una de las muchas que cuentan los marineros de todo el mundo a los que se inician por primera vez en el mar. «¿Por qué iban a contarla, si no es cierta?», ruge el primero. La razón, explica Elishama, es justo esa: si se creyera que una cosa así puede suceder, no se contaría (es una justificación magnífica de la necesidad humana de las ficciones). La furia de Mr. Clay ahora es total y es cuando se le ocurre su proyecto: encarga a Elishama que busque a una mujer que haga el papel de la esposa y él mismo, en la noche establecida, irá a la zona del puerto en busca de un marinero que posea esa apostura del protagonista del cuento para hacerle vivir la misma experiencia que a él le contaron. Es decir, él hará que esa historia exista y, por tanto, de este modo se convertirá en inmortal.

El argumento, ya lo he dicho, es extravagante y tiene matices grotescos, pero la sempiterna capacidad de la autora para saltar del punto de vista de un personaje a otro (Mr. Clay y Elishama, pero también la mujer —que resultará ser la hija del socio al que el anciano arruinó muchos años y que precisamente era el dueño de esa gran casa, donde creció, lo que añade nuevos matices al relato— y el marinero escogidos para «inmortalizar» la historia) le otorga una condición mistérica que, una vez más, parece situarnos a las puertas de un secreto extraordinario que, al mismo tiempo, nos deja con la duda acerca de si esos personajes son fabulosos o simplemente triviales. Las dimensiones que compagina el relato son muy diversas. Por supuesto, hay una reflexión sobre los límites y las vinculaciones entre lo real y lo ficticio, y también una mirada sobre el complejo de Dios que sienten determinados seres (sin duda esto es lo que más interesó a Welles, porque entroncaba con muchos personajes de su propia filmografía). Pero también se aprecia, en el coherente encadenamiento con que Dinesen traba a personajes tan disímiles, algo de fábula milyunochesca e, inesperadamente, cierto aroma existencial. ¿Acaso la escritora está elaborando un cuento «intelectual»? Forma parte de su genuina sugestión que no consigamos estar seguro de nada: sencillamente, hay que seguir leyéndolo hasta el final.

Orson Welles como Mr. Clay en Una historia inmortal

No creo que exista un perfil de escritor superior a otros. Los hay que destacan por la fuerza totalizadora que emana de su obra (Shakespeare), por la inexpresable densidad que destilan situaciones y personajes en principio convencionales (Jane Austen, Henry James), por la irrenunciable necesidad de sofisticación e ingenio que impregna cualquier escrito suyo (Chesterton), por el modo en que obligan al lector a porfiar con un texto que parece abstruso y sin embargo no podemos dejar de leer (Juan Benet) o por el fascinante barroquismo de su estilo y de su contenido (Borges).

Ahora bien, si la teoría platónica de los arquetipos fuera real y cada manifestación artística (como cada manifestación de lo real) se correspondiera con un modelo ideal en ese mundo superior, solo las obras de tres escritores se corresponderían del modo más puro y armónico con la perfección narrativa (tan perfecta que precisamente por ello no despierta jamás ese fastidiosa sensación de prisión intelectual que tantas veces nos sugiere lo perfecto sino, por el contrario, una maravillosa sensación de libertad), aquellos serían tres y solo tres. Ya los he citado. Dos hombres, Stevenson y Andersen, y una mujer, esta escritora tardía a la que yo he descubierto tan tardíamente, sabiendo que en realidad nunca se descubre a un gran artista tarde sino a tiempo: en el tiempo en que más nos es necesario. La baronesa Karen Blixen, conocida en las letras como Isak Dinesen, que una vez tuvo una granja en África y la perdió para que todos pudiéramos leer su maravillosa obra.

Isak Dinesen en su ancianidad

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About Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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