El Corsario de Hierro: “¡por todos los Mac Meck!”

La primera aventura del Corsario de HierroUn joven alto y espigado, que viste siempre camisola blanca, chaleco rojo y botas de mosquetero. Un gigantón fornido (no le digas «gordo», si no quieres irritarlo), de amplias patillas pelirrojas y al que su kilt (no lo llames «faldita», si no quieres que se convierta ya en una fiera corrupia) lo delata como escocés. Y un tipo inverosímilmente escuálido, imposiblemente vertical (sus cabellos y su perilla remarcan la fuga de líneas), cuyo acento lo delata como italiano. Solo esta descripción basta para que un numeroso grupo de aficionados al tebeo cuya niñez se sitúa en la década de los 70 identifiquen enseguida a este trío de entrañables personajes: El Corsario de Hierro, Mac Meck y Merlini. Y esos nombres evocan toda una catarata de inmortales aventuras, momentos para el regocijo, y maravillosos personajes secundarios: un malvado lord inglés con la nariz llena de verrugas y una pata gotosa; un supuesto mago que intenta una y otra vez el mismo truco, esto es, destrozar a martillazos un reloj escondido bajo un pañuelo y luego rescatarlo intacto (truco que, pese a la pertinacia del mago, jamás salió bien); una especie de brujo de nariz ganchuda capaz de convocar las más alucinantes visiones; una esbelta espadachina veneciana; una infinitud de villanos jactanciosos y cobardes, capaces de concebir las más malvadas (y descacharrantes) torturas; un secreto edén escondido del mundo por impenetrables acantilados; combatientes luchando sobre tableros de púas; y un recorrido por todo el globo de la mano de la más dinámica aventura que se pueda concebir. Todo eso, y muchísimo más, es El Corsario de Hierro, uno de mis tebeos favoritos de todos los tiempos.

El 16 de noviembre de 1970 veía la luz el número 0 de una revista destinada a ser una de las cubiertas de mayor éxito del tebeo español: Mortadelo, a cargo de la editorial Bruguera. La revista pretendía convertirse en el paralelo español de esas publicaciones que prestigiaban, fuera de nuestras fronteras, el cómic franco-belga (Tintín, Pilote) y como éstas, estaba compuesta por un heterogéneo conjunto de series de muy diferentes personajes. El principal, como indicaba el título, la célebre creación de Francisco Ibáñez, en ese momento la más vendida de la casa, pero muchas otras nacionales e incluso internacionales. No era meramente una revista de humor, aunque este tipo de contenidos era mayoritorio en sus páginas.

El Corsario de Hierro, por Ambrós y Víctor MoraLa cuestión es que en ese mismo número 0 también se iniciaba la serialización de las aventuras de un personaje llamado El Corsario de Hierro, claramente incrustado en la tradición del tebeo español de los años 40 a 60, la edad de oro del cómic histórico de aventuras cuyos principales emblemas siempre serán El guerrero del antifaz y El capitán Trueno. Precisamente, los viejos seguidores de esta serie no tardaron en advertir el aire de familia del nuevo personaje e incluso de sus compañeros de fatigas: un joven e intrépido aventurero, luchador impenitente contra toda injusticia, un gigantón forzudo y un tipo más pequeño y débil, que por tanto ha de luchar con otras armas. Claro, era el mismo esquema que el guionista de la obra, Víctor Mora, había desarrollado en su obra magna, la antedicha El capitán Trueno, y prolongado en otras del calibre de El Jabato. Recuérdese el trío formado por Trueno, Goliath y Crispín en la primera, o por el protagonista, Taurus y Fideo de Mileto (este último, poetastro que atormenta a sus amigos escandiendo continuamente versos y versos, es el precedente directo, más que el jovenzuelo de la primera serie, de Merlini, que en vez de con poemas da la lata con giocchi di mani).

Apenas he leído alguna aventura de El Capitán Trueno —algo más de El Jabato, pero aquí el dibujante es Francisco Darnís—, por lo que mi valoración sobre el irrepetible tándem formado por Víctor Mora (1931) y Ambrós (Miguel Ambrosio Zaragoza, 1913-1992) procede de esta obra maestra.

Como sucede tantos ciclos aventureros (de Sherlock Holmes a Guillermo Brown), el atractivo de El Corsario de Hierro no estriba en la originalidad de sus historias, sino en la placentera expectativa con que abrimos sus páginas, sabiendo que en ellas vamos a reencontrarnos con unas fórmulas y unos personajes entrañables. Por lo común, la aventura les sale al paso a los héroes, usualmente por su incapacidad para asistir a cualquier abuso sin intervenir a favor del débil. Y en casi todas ellas asistimos a los mismos lances: el ardid ejecutado con la ayuda de buenos disfraces (la aventura del Circo Bambadabum es un magnífico ejemplo); los continuos combates a espada; las innúmeras veces en que los personajes son heridos —por lo común, por algún maldito traidor que recurre a una pistola al comprobar su habilidad con el noble acero— y aprisionados; las recurrentes huidas; el habitual pago que dan los villanos a los sicarios que les han hecho algún siniestro servicio, ya sea esconder un escorpión en el saquito donde esperaban encontrar su muy merecido oro o arrojarlos a un pozo de tiburones (los escualos, por cierto, parecen una debilidad de los autores, que los sitúan en cualquier rincón acuático a donde van a parar los héroes)… Todo ello sazonado con magníficos diálogos (una de las grandes especialidades de Víctor Mora) bajo una atmósfera de irreprimible gozo que no por ello rebaja la cualidad del peligro que siempre debe flotar incluso sobre tipos que sabemos que a la fuerza van a ganar. Dicho de otro modo: El Corsario de Hierro no es Indiana Jones.

Buena parte del dramatis personae del Corsario de HierroSi el guión es magnífico, ¿qué decir de los dibujos de Ambrós? Estamos ante el clásico artista cuya habilidad vale para dibujar cualquier cosa y situarnos en cualquier ambiente. Además, con un notable sentido de la modestia, sin innecesarios barroquismos. Uno de sus fuertes es el dibujo de rostros: su capacidad para reflejar la belleza o, por el contrario, la más grotesca fealdad, es extraordinaria, como lo es la infinita variedad de tipos (sobre todo masculinos: las chicas guapas, en general, siempre tienen un aire de familia), del mismo modo que la capacidad expresiva (la inimitable sonrisa de los personajes de Ambrós o, en el caso de los villanos, su inigualable satisfacción cínica o sus estallidos de supremo furor). Por otra parte, sus páginas muestran un deslumbrante sentido narrativo: la fluidez con que se narran todas las peripecias activas o el timing (en nada inferior al de las mejores comedias absurdas del Hollywood clásico) son buena prueba de ello. El Corsario de Hierro, en especial, se recrea en su recurso al onirismo, a los numerosos momentos en que los personajes sueñan: dormidos, los héroes; despiertos, los villanos, por lo común imaginando muy gráficamente las más suculentas torturas a que van a someter a aquéllos… o el triste destino que les espera cuando sus planes parecen torcerse.

El Corsario de Hierro se divide en diversos ciclos, de extensión variable y en general relacionados con las andanzas de los personajes en distintos puntos del globo —la costa musulmana del Mediterráneo, con frecuencia en Argel, mi escenario favorito; Inglaterra (normalmente para enfrentarse al archivillano de la saga, lord Benburry); el Nuevo Mundo (de Canadá al Caribe); el lejano oriente; Persia y el mar Caspio… Sin embargo, algunas aventuras de un solo número, por su concisión y síntesis, se encuentran entre las más memorables: El tesoro de Marco Polo (nº 6 de la Edición Histórica), La zíngara de Venecia (nº 37), La aldea embrujada (nº 38) o Misterio en la selva (nº 45).

La saga de El Corsario de Hierro se publicó desde el 0 al 544 (abril de 1981) de Mortadelo, más alguna aventura suelta editada en los Extras de la revista, al promedio habitual de cuatro páginas por número, siempre concluidas con el sempiterno «continuará» tan propio del folletón. Debido a su gran éxito, enseguida la editorial se lanzó a la recopilación de sus aventuras en una serie propia, formando cuadernos de 32 páginas, proponiendo un modesto equivalente del álbum franco-belga. Aun así, la publicación se hizo en el seno de una colección titulada Grandes aventuras juveniles, que alternaba entregas de distintos personajes como El sheriff King, a las que se intentó dar unidad mediante portadas (realizadas con pincel) de Antonio Bernal, que conformaron la imagen «exterior» del Corsario.

Estupenda portada de La zíngara de VeneciaPor fin, se le otorgó una colección única a partir de 1977 dentro de la Serie Roja de la inolvidable Joyas Literarias Juveniles. Fue en ese formato, a finales de los 70, cuando yo me tropecé con el personaje, pero la adquisición alterna de sus números provocó que mi conocimiento de la saga resultara más bien confuso. Más tarde, y después de la quiebra de Bruguera, Ediciones B compró su rico fondo bibliográfico y publicó la serie, que se pretendía completa, bajo el marbete ya señalado de «Edición Histórica» y un tamaño de plancha mayor que el original. Digo se pretendía, porque de los 60 cuadernos planeados solo se publicaron 58, por problemas de derechos, ya que Víctor Mora había cedido a otros autores el guión de las últimas aventuras (y cómo se nota…). En cualquier caso, ahora sí es cuando pude acceder en su orden cronológico a la saga del Corsario.

Vayamos a la génesis del personaje. En las primeras páginas de su saga se nos contaba el origen del Corsario: hijo de un capitán español asesinado por el pirata que tomó su barco, apodado Mano Azul, se libra del mismo destino (ser pasado por la plancha) porque uno de los hombres de aquél, compasivo, lo libera de sus ligaduras. Por cierto, que nadie se deje llevar por triunfalismos: la nacionalidad hispánica de su protagonista es pura anécdota, ya que si hay grandes ausentes en su recorrido por medio mundo son España y los españoles (salvo en alguna de las últimas aventuras… y cabe decir que cuando la inventiva ya había decaído un poco).

El niño es rescatado del mar y conducido a Eden End, un enclave maravilloso situado en la costa argelina —aunque, curiosamente, a un paso de él nacen densos bosques tropicales poblados por tribus negras— y protegido por un impenetrable murallón rocoso. Allí es adoptado por la misteriosa anciana conocida como la Vieja Dama del Mar, personaje del que nunca se nos llegaría a contar nada, pero que actúa como bienhechora de toda clase de oprimidos desde su refugio. El muchacho crece y se convierte en el principal de sus capitanes —lo de llamarlo Corsario, a todas luces, es por el atractivo de este término porque, fuera de sus acciones en el primer episodio, y que se reducen a atacar los barcos del antiguo Mano Azul, ahora convertido en un respetable lord inglés, el personaje jamás haría de la piratería o del corso su actividad principal. Bien al contrario, el Corsario de Hierro parece dedicado a una dorada inactividad que le permite recorrer el mundo del uno al otro confín, deteniéndose a corregir cuantas injusticias tienen lugar ante su paso. Y siempre sabiendo que en Eden End encontrará el «descanso del guerrero».

La maravillosa princesa Bianca di OrsiniEn ese primer episodio (llamado La Mano Azul), el Corsario también conocía a quienes serán sus dos amigos del alma. Se encuentran nada menos que en la Torre de Londres, a donde cada uno de ellos ha sido conducido por diferentes razones, y su fuga común se produce en un día bien especial para la capital británica: el 9 de septiembre de 1666, fecha en que se inicia el famoso Incendio de Londres (que favorece la huida del trío). Teniendo en cuenta que el niño es arrojado al mar a la edad de doce años, en una «soleada mañana veraniega de 1642», parece claro que el Corsario, en el momento de iniciar su saga, tiene 36 años. Pero el diseño de Ambrós no parece ubicarlo más allá de los veintitantos. En cualquier caso, y como tantos héroes del tebeo, nunca lo veremos envejecer pese a que en rigor sus aventuras abarcan muchos años, no en vano el personaje recorre distancias enormes (al menos desde China, al este, al Caribe, en el oeste) en un momento en que el transporte por mar requería largo tiempo. Qué más da, en el fondo…

Por cierto que es buen ejemplo de lo poco que la cronología importa a los artistas el hecho de que también utilicen la Historia, con mayúsculas, a su antojo: en el ciclo argumental que transcurre entre los números 41 a 43, los héroes se enredan en el famoso episodio del asedio del puerto hugonote de La Rochelle (que tuvo lugar en 1627-1628), y ello seguramente como homenaje a Los tres mosqueteros y a su «padre», el gran Alejandro Dumas, obra y autor cuya influencia se deja entrever sobremanera en el tebeo que nos ocupa. Debe señalarse, para honra de unos autores que no se dejan llevar por el fácil maniqueísmo, que en este episodio se incluye un retrato en extremo digno del famoso cardenal Richelieu.

Como casi todas las sagas protagonizadas por un héroe irreductiblemente noble, de Tintín a Astérix pasando por El príncipe Valiente, su personaje principal convoca un carisma que se da por sentado y que todos, el lector el primero, reconocemos pero que resulta un tanto soso, de ahí que traslademos la atención, sobre todo, a los secundarios. Aun así, y siendo el clásico «héroe hueco» para mejor identificación del lector, justo es reconocer un rasgo que vuelve al personaje irresistiblemente simpático: su inveterada debilidad por la distensión. Por muchos peligros que arrostre, por muchas situaciones sin salida en que se vea atrapado, el Corsario jamás pierde el buen humor ni deja de tener tiempo para hacer frente a los villanos no solo con la espada sino también con la palabra. ¿Qué héroe dejaría escapar a un malvado porque la sorpresa de éste al reconocerlo le provoca un irresistible ataque de risa? Y eso que el Corsario podía haber resultado cargante debido a una circunstancia muy del gusto del guionista Víctor Mora: hacer que prácticamente cada una de las mujeres (por supuesto, siempre bellísimas) con las que se cruza se enamoren de él y sientan terribles celos de sus «competidoras» cuando más de una coinciden en la aventura. El héroe, eso sí, con increíble fuerza de voluntad, consigue resistirse a todas ellas, inicialmente porque se considera enamorado de la primera muchacha que aparece en la saga (Roxana, sobrina de lord Benburry). Ésta no tardó en ser olvidada por el guionista, pero aun así el Corsario fue saltando de flor en flor, sin libar de ninguna, hasta que, curiosamente, Mora decidió «humanizar» al galán en los últimos episodios, haciendo que se fijara en muchachas que, por una vez, preferían a otro hombre.

El buen humor siempre reinó entre los tres amigosSecundarios: El Corsario de Hierro está lleno de inolvidables personajes secundarios, tanto en el bando de los buenos como en el de los malos. Los primeros, por supuesto, sus inseparables camaradas de aventura. Al escocés Mac Meck, siempre luciendo su kilt de cuadros rojos y su boina roja con borla azul, le corresponde el papel del forzudo del grupo —entrañable el recurso de Ambrós: cada vez que el escocés golpea a un antagonista, aun cuando lo haga con un dedo, el derribado, antes de perder el sentido, imagina gráficamente que ha recibido un martillazo o ha chocado contra una pared. Mujeres tan entradas en carnes como él se empeñaban en galantearlo por medio mundo, utilizando siempre el recurso de alimentarlo bien. Ah, pero Mac Meck se resiste a todos sus ardides, no en vano no quiere hacerle a su mamá la faena de meterle otra mujer en casa. La fijación de Mac por su madre también provoca numerosos momentos desternillantes: ¿cuántas veces no despertó de una tremenda pesadilla en la que mamá —enorme— lo pone sobre sus rodillas y le da de azotes a él… que es siempre el mismo hombretón de enormes patillas?

Merlini es la gran debilidad de cualquier amante de la saga, pues a él, sin duda, corresponde el papel de alivio cómico ya que su capacidad para el combate, por más que lo compense con un gran valor, digamos que no es notable. Junto a su muy pintoresco aspecto, ya reseñado, la otra característica que lo distingue es la jerigonza que Mora pone en sus labios, salpicada por un italiano no siempre ortodoxo. Merlini se las da de mago extraordinario, pero lo normal es que sus giocchi di mani salgan justo al revés de lo que se proponía: es proverbial su imagen huyendo de un puñado de enfurecidos perseguidores por el enésimo fracaso del truco del relocchio.

En cada aventura el Corsario se tropezó con alguna mujer, con las consecuencias ya señaladas. La más memorable, aquella de la que todos los lectores nos enamoramos sin dudar, por guapa, por divertida y por espadachina, es la princesa veneciana Bianca di Orsini (a veces, Orsinia), que precisamente por no reducirse al mero papel de bella en apuros dio un enorme juego en la saga, compartiendo múltiples peripecias. Como he señalado, cuando al final el Corsario se dio cuenta de que era ella la preferida de su corazón, el malévolo guionista hizo que ésta se enamorara de un lord inglés, también hermoso, también noble de corazón. Y aunque el resto de personajes femeninos es más bien intercambiable, no puedo sino recordar a la entrañable Colibrí, la joven india a la que encuentra en Canadá —y que, como otras antes que ella, por el hecho de haber sido salvada se considera enseguida la «prometida» del héroe— y que durante varios episodios se ganó un hueco en nuestro corazón por su encanto pícaro: es impagable que poco a poco revelara extraordinarios poderes mágicos… para zozobra del pobre Merlini, que hubiera dado un dedo por saber hacer sus portentosos «trucos».

El bueno de lord Benburry y su pierna gotosa

La galería de villanos de la serie no es menos deslumbrante. El principal, claro, ya ha sido señalado varias veces en esta reseña: se trata de lord Benburry, antiguo pirata convertido en noble por la siempre beneficiosa actividad de ser prestamista real. Ambrós lo singularizó por una narizota cubierta de puntos negros, una peluca que se empeña en desplazarse continuamente revelando su cráneo calvo y una pierna siempre vendada pues el viejo aventurero se ha hecho tan sedentario como glotón y padece una gota galopante. Enemigo contumaz del Corsario —increíblemente, se encuentran en todas las partes del mundo, puesto que el buen lord tiene tratos con la práctica totalidad de granujas del globo—, mezquino y traicionero, sometido a continuos arranques de ira contra sus subordinados (a los que estampa continuamente cualquier objeto que tenga mano), Benburry acaba resultando un personaje entrañable por su especial facilidad para salir con mal de cada una de las empresas en que se enfrenta al protagonista y, al igual que éste, porque en el fondo nunca se rinde: recién salido de la enésima derrota, ya está planeando la siguiente fechoría. Es lógico (y por una vez no resulta fastidioso) que los autores fueran redimiéndolo con el avance de la saga… aunque sin llegar a convertirlo jamás en un tipo fiable, como bien sabe su hombre de confianza y sufrido receptor de buena parte de sus «caricias», el fiel Foxie.

Sinaú de Esmirna hace de las suyasAunque el modelo villanesco de la serie acabó repitiéndose más de la cuenta, podemos entresacar unos cuantos tipos memorables: Sinaú de Esmirna, hechicero de nariz de cuervo cuya capacidad para provocar alucinaciones hipnóticas permitía lucir a Ambrós todas sus habilidades para las fantasías oníricas; el capitán Kraid, jactancioso capitán de la Armada inglesa, al que en realidad recordamos más bien por su genial loro Zacarías («¡Denle palo, denle palo!»), el animal más genialmente golpeado, estrujado, emborrachado y achicharrado de la historia, al que Ambrós dedica varias de las viñetas más delirantes y divertidas de la serie; o ese puñado de holgazanes reyezuelos, beys, pachás y demás muslimes de fantasía oriental que pueblan el Mediterráneo y que parecen no desear otra cosa que ajustar las cuentas con el Corsario.

En fin, a lo largo de sus once años de trayectoria (cerrada, por tanto, en 1981), El Corsario de Hierro tuvo tiempo de proponer un número extraordinario de imborrables peripecias, unidas en el recuerdo por un denominador común: el buen humor con que sus personajes afrontan todas y cada una de sus empresas (¿cuántos episodios acaban con una viñeta que los muestra riendo abiertamente de alguna ocurrencia?). Su recuperación demuestra que son algo más que un producto de la nostalgia infantil… Pero no puedo evitar añorar aquellos días en que marchaba al kiosco para comprar, desordenadas (y eso era parte de su atractivo), cualquiera de sus aventuras: si una semana me hallaba rumbo al Nuevo Mundo, a la siguiente estaba en Venecia (creo que fue aquí cuando me enamoré de esta ciudad) y luego en el corazón de la jungla africana. Y recuerdo cuánto me emocionaba unirme a una cualquiera de las lides (por supuesto, contra un enemigo muy superior en número) que emprendía el Corsario, la sonrisa en la boca y el temple en la espada, mientras Merlini trataba, en vano, de hacer brotar serpientes de la manga de algún sicario y el enorme escocés se arrojaba sin precaución alguna al corazón del combate mientras gritaba «¡Por todos los Mac Meck!».

Estupenda ilustración de Ambrós con los principales personajes de El Corsario de Hierro

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a El Corsario de Hierro: “¡por todos los Mac Meck!”

  1. Renaissance dijo:

    En mi casa El Corsario de Hierro fue uno de los comics que brilló por su ausencia: en realidad abundaban más los otros de Mora, como El capitán Trueno y El Jabato, y del primero no llegué a leer uno hasta más adelante, gracias a uno de esos coleccionables en álbumes que aparecen cada cierto tiempo.
    Lo cierto es que se notan mucho las similitudes con los otros héroes, en lo que concierne a la composición del grupo y parte de los caracteres. Una lástima, porque habrían sido una buena lectura junto a los otros dos, y ahora se me hace un poco más cuesta arriba leer algo de Mora.
    Lo que también es cierto es lo del tamaño de las planchas (curiosamente, esa edición de colección por entregas, corrige mejor el defecto): en muchos ejemplares de Mortadelo y similares, las ampliaban demasiado y la calidad de la impresión se resentía demasiado, se notaba que no eran unas viñetas pensadas para poder apreciar el máximo de su detalle.

    • Del Capitán Trueno habré leído unas pocas páginas, y por tanto no puedo saber si El Corsario de Hierro lo mejora (a partir, es evidente, de los mismos elementos) o si la primera obra es mejor. El Jabato lo he leído más, y aunque no está mal, el dibujante es peor que Ambrós y a la historia le falta el sentido del humor del Corsario (y aquí sí es cargante de toda mujer se enamora rendidamente del protagonista en cuanto lo ve). Por otra parte, las ediciones del Corsario (todas) son manifiestamente mejorables: sin necesidad de aumentar el tamaño de las planchas, se echa en falta un mejor color (hay números en los que se abusa de bañar a todas las figuras del mismo color plano… sea marrón o naranja), una rotulación con más personalidad que la mecánica de la Bruguera setentera, una edición que contenga buena información de los autores, etc… Y aun así, el cómic provoca adicción…

  2. Pingback: Algo sobre el Corsario de Hierro, de Victor Mora. | Ollinia (caer y levantarse)

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