Star Wars: El despertar de la Fuerza El Imperio contraataca
Es una lástima: al júbilo que había despertado la reanudación del ciclo galáctico con Star Wars: El despertar de la Fuerza le sucede una brusca decepción con la llegada del nuevo capítulo (del Episodio VIII, si seguimos el orden canónico). Y eso que procura situarse en la estela del anterior, intentando repetir el mismo diálogo con la mítica primera trilogía. Recuérdese que, en el momento de su estreno, fueron muchos los que señalaron que el film de Abrams no era sino una copia (en mi opinión, una reformulación) de La guerra de las galaxias, de donde tomaba numerosos elementos (una heroína huérfana que vive sin horizontes en un planeta desértico, un robot fugitivo que conecta con ella, dos aventureros masculinos de muy dispar condición que parecen prometer un futuro triángulo sentimental, una Estrella de la Muerte que destruir). Pues bien, el nuevo título decide reformular (aunque ahora soy yo quien dice: copiar) El Imperio contraataca, que en su día asombrara por la excelente manera en que supo prolongar el primer capítulo. Ahora bien, el problema es que Star Wars: Los últimos jedi, obsesionada con este ejercicio de mimetismo, se ve incapaz de dotar de progresión (con una salvedad, esta sí excelente, la relativa al villano) a la historia y a los personajes, confundiendo espectacularidad con mero gigantismo visual, estirando agónicamente un metraje al que, como poco, le sobra un tercio. El resultado es un film que se sigue por pura inercia, que es cierto que nunca desciende a lo desastroso pero que, de tanto esperar a que mejore, concluye dejándonos una profunda insatisfacción.