El melancólico adiós de Stefan Zweig

El mundo de ayer, de Stefan Zweig, en edición de AcantiladoEl 22 de febrero de 1943, hacia el mediodía, extrañada del exceso de sueño a que ese día parecía entregada la pareja a la que servía, la criada entró en la habitación donde dormía el matrimonio europeo que había alquilado esa casa en las alturas de la ciudad brasileña de Petrópolis, a 68 km de Río de Janeiro. Y comprobó que ya dormían para siempre: enseguida se difundió la noticia de que el insigne escritor austriaco Stefan Zweig y su joven esposa Lotte habían ingerido una dosis mortal de veronal, poniendo fin a su amargo exilio de su país natal, lugar al que no habían vuelto desde el Anschluss (la anexión de Austria por Hitler) de marzo de 1938. Petrópolis fue la última parada, y la más alejada, que encontró en su periplo como exiliado, siempre bajo la angustia de saber que su huida era la peor de las huidas: una huida hacia delante, hacia ningún lugar, con el temor a que la siniestra garra de Hitler llegara a cualquier lugar donde intentaran refugiarse. Zweig dejaba una obra por publicar, una obra póstuma. Y qué obra: se trata de El mundo de ayer —cuyo subtítulo, significativo, es Memorias de un europeo—, una de las más conmovedoras autobiografías que se han escrito, el libro en el que, probablemente sabiendo que era su última obra, vertió su nostalgia por su mundo desaparecido, su anhelo de ser querido y comprendido, su sueño de una fraternidad de la cultura paneuropea, su miedo a la incertidumbre y a la ignominia que provocan los fascismos. Por lo que escribió, y también por lo que no escribió, El mundo de ayer es algo más que un testamento o una confesión: es una opción de vida, un universo que su dueño advertía que se convertía en ceniza, en melancólica ceniza.

Hoy día, la obra de Stefan Zweig, en España y parece ser que en toda Europa, se encuentra en todas las librerías como la de un clásico muy vivo. Sin embargo, hace quince años su nombre estaba olvidado, como una reliquia antañona de una época superada. De hecho, para mí era «solamente» el autor de la novela que dio origen a una de las grandes obras maestras de Hollywood, Carta de una desconocida (1948, Max Ophuls), que ni había leído ni me parecía obligado leer. Eso sí, sabía que Zweig había sido un autor muy popular en vida e incluso en el tiempo inmediatamente posterior a su muerte: mi abuelo tenía alguna de sus novelas en su muy seleccionada biblioteca. Poco a poco, sin embargo, el olvido había enterrado su figura, del mismo modo que hizo con otras figuras coetáneas que también han vuelto con notable fuerza, como el caso del inglés Somerset Maugham.

Es posible que fuera la estupenda acogida de El mundo de ayer —publicada en 2001 por Acantilado (traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek)— lo que hizo renacer el interés del público español por el austriaco. Desde entonces, la misma editorial se ha encargado de devolvernos en todo su esplendor a Zweig. Y digo en todo su esplendor porque, desgraciadamente, las ediciones anteriores del autor (en su mayoría, en la vieja editorial Juventud) habían sufrido la purga de la censura franquista, sin ir más lejos sus mismas memorias, amputadas al menos en un capítulo, el que bajo el título de «Eros matutinus» hacía la crónica de la iniciación sexual de los jóvenes vieneses de la generación de Zweig.

Cartel belga de Carta de una desconocidaEl alejamiento de Zweig de su Austria natal databa de antes del Anschluss; en concreto, desde el ascenso de Hitler al poder en Alemania, cuando su nombre fue incluido en el índice de autores prohibidos por los nazis a causa de su condición de judío («lacra» a la cual él añadía otra bien odiada por aquéllos: la de su apasionada apuesta por un cosmopolitismo transeuropeo). El escritor se había trasladado a Londres, regresando ocasionalmente a Viena para visitar a su anciana madre. No llegó a aclimatarse del todo la capital británica —en sus memorias aclara que esa reserva que marca el carácter nacional inglés contribuyó a remarcar su depresiva tendencia al retraimiento—, y de hecho viajó bastante a lo largo de esos años, por ejemplo a América, tanto al norte del continente como al sur, sobre todo a los dos países que luego acogería su trayectoria final: Estados Unidos y Brasil. En 1938, como sabemos, se convirtió ya por completo en un apátrida: de la noche a la mañana dejó de ser un huésped de honor para pasar a ser un exiliado por obligación, condenado a pasar horas y horas enredado con el papeleo burocrático que le otorgaba no una identidad, sino un condescendiente refugio. Precisamente, el último fragmento imborrable de sus memorias es su nostálgico panegírico por ese mundo anterior a la Gran Guerra en que las fronteras no eran un obstáculo, en que no existían pasaportes ni carnés de identidad ni aduanas en las que se mira con el ceño fruncido al extranjero que pretende entrar en nuestra tierra.

Zweig comenzó la redacción de El mundo de ayer en la casita que había alquilado en el pequeño pueblecito de Ossinig, en el estado de Nueva York, a donde huyó del enorme agobio que para él suponía la ciudad de los rascacielos (porque estaba llena de refugiados como él), y la concluyó en la misma Brasil, donde sometió el texto a una enorme revisión (producto de la cual, por cierto, fue la inclusión del señalado capítulo sobre el sexo en la formación burguesa de un joven de buena familia). Como es lógico en un hombre con el enorme complejo de desterrado que tenía, sus memorias responden a un doble propósito: hallar el refugio en el siempre confortable pasado y analizar toda su vida bajo la esclarecedora luz del presente, del desolador presente.

De ambas dimensiones, no cabe duda de que la más interesante —es más, la que convierte El mundo de ayer en una obra perdurable— es la primera. El retrato que Zweig hace de la Austria-Hungría de la transición entre los dos siglos es, sin la menor duda, una de las grandes creaciones de la memoria de un intelectual. Creación, recreación: ¿tal vez invención? Zweig define la vida en la Viena del imperio austro-húngaro bajo una afortunada expresión: el mundo de la seguridad, un escenario en apariencia inmutable, sedado por la ausencia de guerras desde las que dieron origen al Reich alemán, en la que el máximo valor (para un judío que quería encontrar, de modo ansioso, una identidad que lo hiciera aceptable para todos) era el arte. Un mundo en el que los jóvenes como Zweig estaban ansiosos, al contrario que ahora, por alcanzar cuanto antes la madurez y dejar atrás la juventud (símbolo de la zozobra y la inexperiencia), incluso antes de tiempo.

El Graben, la calle más señorial de Viena

El acierto supremo de Zweig, en esas páginas iniciales, es no singularizar su experiencia personal en ese mundo, sino recurrir a una especie de protagonismo colectivo, en el que el autor es uno más entre una generación. Es posible que esa Viena del ayer sea una construcción del ingenuo idealismo (¿burgués?) del escritor, pero sin duda también existió: al lado de la Viena de los obreros y de la Viena de los nacionalistas exacerbados y antisemitas, cierto (Zweig es el primero en reconocer la existencia de ambas), pero eso no minora en nada su propia existencia. La conmovedora anécdota de la criada de la casa que llora la muerte de una gran actriz a la que jamás vio actuar es el mejor símbolo de la grandeza melancólica (e irreal) que transpira ese mundo, que más de cuarenta años después, en un apático pueblecito neoyorquino o a pocos metros de la exuberante selva tropical, recrea, en su triste desespero, un hombre que seguramente ya daba vueltas en su cabeza a la posibilidad de la clausura final.

Ahora bien, Zweig tampoco se arrellana en la lacrimosa admiración. Él no duda en señalar que la generación de sus padres y abuelos (la que creyó inmutable el mundo de la seguridad) sin duda fue más tranquila, pero «ovillados en la seguridad […] ¡cuán poco sabían que la vida también puede ser exceso y emoción!». La nostalgia ante lo que se perdió (ante la belleza de lo que tal vez nunca se ha tenido, como dice la canción de Serrat) no le impide a Zweig reconocer que la pasión surge de la ausencia de certezas, de la fragilidad de los cimientos de una existencia. Produce miedo y dolor, pero también vida. Esos padres y abuelos, burgueses que a los 40 lucían luengas barbas y prominentes barrigas, que caminaban del modo más mesurado, vivieron en un mundo sereno y bello, pero no por ello Zweig desprecia la intensa vitalidad del mucho más agitado panorama que a él le correspondió: dos guerras mundiales, la crisis de la inflación, el ascenso de los totalitarismos, la lucha por encontrar una concordia internacional (al menos entre los intelectuales) y, finalmente, el exilio y la muerte.

Como es lógico, sus memorias son selectivas. Desde mucho tiempo atrás, Zweig se había convertido en uno de los más preclaros paladines de un humanismo que acabara con las fronteras y forjara un reconocimiento común entre todos los europeos. El autor de La piedad peligrosa, sin embargo, embellece todas las circunstancias de su vida como si ese ideal siempre hubiera guiado sus actos, incluso en el momento en que se puso el primer huevo de la serpiente, el estallido de la Primera Guerra Mundial. Leyendo El mundo de ayer uno se encuentra con que Zweig siempre lo tuvo claro, y que el único reproche que puede hacerse a sí mismo es la prudencia y el comedimiento que guardó en los primeros tiempos del conflicto (y es verdad que el autor nunca presume de valor: no se retrata como un héroe homérico). Sin embargo, el contraste con otras fuentes —por ejemplo, Antoni Martí Monterde, en su excelente ensayo, de significativo nombre, Poética del Café, publicado en Anagrama—, revela que Zweig, como todos (habría que reconocerle una forja excepcional para haber conseguido permanecer al margen del ambiente general), se dejó arrastrar por la euforia nacionalista de los primeros meses y publicó artículos, que luego quiso olvidar, donde también él se unió al baile de muerte de la propaganda bélica. No me parece doblez: es lógico que cada uno revise su vida bajo la luz del presente y se convenza de que las zonas de oscuridad solo fueron pequeñas sombras. Y desde luego, en nada mancha sus nobles esfuerzos posteriores por esa fraternidad paneuropea: el Stefan Zweig de 1914 que eludió la guerra por un puesto en el Archivo de Guerra, poniendo su talento con las palabras al servicio de la propaganda, todavía era un nombre y un hombre por formar.

Stefan Zweig y su esposa LotteLas memorias llaman también la atención porque el autor no nos dice prácticamente nada de su vida íntima. Habla poco de sus orígenes familiares: por ejemplo, apenas refiere nada sobre su hermano, el Zweig que por ser primogénito lo libró de la principal de las obligaciones típicas en cualquier familia burguesa, la de hacerse cargo del negocio paterno. Por no hablar, apenas habla de las dos mujeres de su vida, de tal modo que sorprende la brusquedad con que de pronto menciona la presencia de su esposa en un viaje que parecía estar realizando en soledad. El escritor, de hecho, estuvo casado dos veces. La primera con Friederike Burger, con quien se casó en 1920 pero con quien había entablado relaciones cuando ésta se hallaba todavía casada con un alto funcionario austriaco (hablamos de la conservadora y católica Austria de la época). En 1938 se divorciaron, después de que él se enamorara de la muchacha a quien había contratado como secretaria, Charlotte (Lotte) Altman, 27 años más joven y con quien compartiría el periplo final de su exilio y su muerte. Por cierto, que a ni una ni a otra la cita las cita por su nombre en su libro. Y no es por soberbia o egotismo, creo: es una muestra de ese supremo pudor tan propio del confortable burgués que en el fondo fue.

Ahora bien, justo es señalar que Zweig habla también poco sobre su carrera. Donde uno esperaría encontrar una cita pormenorizada de sus obras y de las circunstancias y repercusión (enorme) de al menos las principales, su sentido de la discreción vuelve a resplandecer. Zweig prefiere citar aquellos títulos cuya publicación respondió a un contexto muy concreto: su drama pacifista Jeremías (1917), por la valentía del momento en que lo escribió y estrenó, durante la Gran Guerra, o varias de sus famosas biografías, por su simbolismo, en especial Erasmo de Rotterdam (1934), por cuanto en la tensión de éste entre oposición y discreción frente al poder castrador creyó verse reflejado como en un (incómodo) espejo. Recuérdese que Zweig no quiso alzar con acritud su voz contra Hitler en esos primeros momentos como podía haberse esperado de una figura de su relevancia, lo cual le ha valido, ayer y hoy, notables críticas.

Toda la obra transpira un deseo casi angustioso de inspirar simpatía y aprobación: Zweig busca claramente nuestro cariño, y en eso resulta de lo más significativo comparar El mundo con ayer con las imborrables memorias de otro escritor judío fundamental de la Viena de entreguerras, si bien veinte años más joven, Elias Canetti, el cual también tuvo que marcharse de allí en la misma época. Canetti nunca busca la aprobación del lector, e incluso uno diría que parece complacerse en inspirar franca antipatía. Zweig desea caernos bien, aunque realiza el ejercicio de contención mínimo para no incurrir en el patetismo. En cualquier caso, son dos muy distintos conceptos del retrato personal, que quizá expliquen la diferente reacción ante el exilio. Canetti marchó directamente a Inglaterra, y allí pasó casi todo el resto de su vida; Zweig no encontró acomodo en parte alguna fuera de su añorada Austria. Pese a su tantas veces proclamado cosmopolitismo, quizá el verdadero cosmopolita, el hombre que nunca se siente mal en ningún lugar, fuera el escritor que nunca hizo gala de esa cualidad, Canetti —el eterno transterrado, el escritor cuya nacionalidad resulta difícil de establecer, que acabó escribiendo en la tercera de las lenguas en que se desenvolvió y cuya vida fue un continuo peregrinaje de un lado a otro, sin que llegara a sentirse especialmente incómodo en ninguno. Tal vez porque en el fondo Canetti era un viajero de sí mismo, y Zweig no.

Curd Jurgens, protagonista de Juego de reyes, versión en cine de La novela de ajedrez de ZweigEl mundo de ayer no fue lo único que escribió en esos años finales. Sus memorias compartieron el espacio intelectual con la redacción de una última novela (o nouvelle, por su corta extensión), la excelente Novela de ajedrez (1941), aquella en la que, de modo más directo, se recoge el trauma del quebrantamiento de su mundo por el fascismo. No puede leerse esta obra sin estremecerse uno al pensar que el protagonista de su historia, de cuyo nombre sólo conocemos su inicial, B., supone la expresión del gran temor de Zweig: convertirse en víctima directa de los nazis. No en vano su protagonista es un abogado vienés de buena familia, custodio de importantes bienes relacionados con la Iglesia católica a los que la ávida Gestapo quiere acceder. Detenido la víspera del Anschlüss, B. no es torturado físicamente pero es sometido al más completo aislamiento, la peor arma contra un hombre que se considera social por encima de todo. El personaje de Zweig se libra de la locura al refugiarse en el ajedrez, disciplina que estudia a partir de un libro de jugadas sustraído a uno de sus guardianes y que se convierte en todo su mundo, pues para ello no necesita nada más que su solipsista intelecto. El precio, claro, será verse arrinconado, y sin remedio, en otro universo particular, escasamente accesible para el resto de esa humanidad de la que fue seccionado con la entrada de los alemanes en Viena.

La novela de ajedrez, por lo tanto, supone una desgarrada metáfora de la más dura condena impuesta sobre alguien como Stefan Zweig: el desarraigo, la exclusión, el apartamiento de su mundo del ayer. Lo estremecedor es que, años antes de que Hitler se vislumbrara como el peligro en que luego se convirtió, Zweig ya había dado a la imprenta una pequeña obra maestra en la que ya exploró la tragedia que luego viviría en sus propias carnes: la tragedia de la exclusión.

Me refiero a Mendel el de los libros, un relato de 1929 ambientado en un espacio que Zweig amó con pasión (él y los hombres de su generación, a un lado y otro de la frontera, de cualquier frontera): el café. El protagonista es un librero de viejo que, carente de licencia, tiene como centro de su negocio el café donde se sienta día tras día, semana tras semana, año tras año, ajeno al mundo del exterior (el del ayer, el del presente y, como se verá, el del triste futuro que le está reservado). Con el estallido de la Gran Guerra, Mendel llama la atención de la burocracia —ay, cómo lo vio venir Zweig antes de verse él mismo zarandeado por sus garras— porque, ignorante de la contienda que ha estallado más allá de su café, sigue enviando cartas a sus corresponsales libreros de Inglaterra y Francia: a los enemigos. Al interrogarlo, la policía descubre que Mendel, encima, no es austriaco sino ruso: huyó de ese país (¿era su país, él que es judío?) para no hacer el servicio militar y encontró refugio en Viena, creyendo que era para siempre. Pero no: la guerra lo ha convertido en un enemigo que se cartea con enemigos, y es enviado a un campo de concentración —repito: el relato es de 1929, pero supone un nuevo y ominoso presagio por parte de Zweig de lo que le estaba reservado, en un futuro ya no lejano, a su pueblo. Lanzado al mundo exterior que él creía que no importaba pues no estaba en un libro, Mendel vive la tragedia central de la generación de su creador: la del hombre que se cree integrado en su mundo, aun de modo modesto, como un engranaje en un mecanismo de relojería, y que no sospecha que ese horizonte cotidiano, normal, en realidad es fronterizo del caos absoluto y basta con dar un mal paso para hundirse él. (Con su particular sensibilidad, Nathaniel Hawthorne ya lo había expresado un siglo atrás, en su inolvidable cuento Wakefield —que tanto admiró Borges—, el llamado «paria del universo».)

El famoso Café Griensteidl de Viena, hacia 1897En su relato, Mendel, expulsado del lugar donde halló refugio durante más de treinta años, se convierte en un fantasma que solo se materializa de nuevo para volver a su café y morir allí. En la vida real, acosado por el muy veraz temor de que los nazis acabaran por devorar el mundo entero y no le dejaran otro lugar a donde ir que no fuera el que acababa de encerrar, cual esfera mágica, en El mundo de ayer, Stefan Zweig eligió proporcionarse a sí mismo el sueño eterno. Pero nos dejó un último libro, un libro para recordar y para que lo recordáramos, un libro con el que se cumple el inolvidable adagio con que el narrador de Mendel el de los libros (en realidad, un trasunto de sí mismo), cerraba su cuento. Embargado por una triste melancolía al descubrir que la única persona que todos esos años recordó al viejo librero fue la pobre e ignorante mujer de la limpieza del café, que atesora el libro que éste se dejó sobre la mesa el día en que fue expulsado de allí (y que no puede leer), dice: «los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido». Amén a eso.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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