Merlín el encantador o el niño que no sabía que sería el rey Arturo

Génesis del mito artúrico                                          Excalibur, de John Boorman

Poster frances de Merlin el encantadorSoy un entusiasta de los mitos artúricos: de su génesis a lo largo de los siglos medievales y sus obras literarias más señeras (La historia de los reyes de Britania, de Geoffrey de Monmouth, el ciclo del Grial de Chretien de Troyes o La muerte de Arturo, de Thomas Malory) a sus revisitaciones futuras en la literatura y el tebeo (de Mark Twain al Príncipe Valiente) y el cine (con la maravillosa Excalibur, de John Boorman, como mejor película que ha contado la leyenda). De todas las versiones para la gran pantalla, sin embargo, a la que más cariño le tengo es a una que en rigor solo toca el mito de modo tangencial, pues cuenta el encuentro en la infancia entre un niño que ignora que está destinado a ser el gran rey Arturo y el excéntrico mago cuyas dotes adivinatorias presagian un extraordinario futuro para el muchacho, aunque todavía no pueda predecir en qué consistirá. Se trata de Merlín el encantador (1963), un título que no figura entre los Disney más conocidos pero que hace honor al nombre con que fuera rebautizado en España: es una película encantadora, por muchas razones, entre las cuales no me parece la menor el hecho de que está impregnada de una modestia arrebatadora, desde el momento en que prescinde de cualquier tipo de arrebato místico (tan propio de la leyenda que aborda) para situarse en la cómoda trastienda del mito, sin reírse nunca él, pero admitiendo la posibilidad de contemplarlo desde su faceta más inocente: la de la narración pura y sin coartadas.

En principio, hay que señalar que la película parte de la creación literaria de T(erence). H(anbury). White, escritor británico cuya más popular obra consistió en trasladar de modo muy personal el corpus artúrico a una narración moderna (empeño, por cierto, que ha atraído a lo largo de la historia de la literatura moderna a más de un autor prestigioso, verbigracia John Steinbeck). Merlín el encantador, en concreto, adapta (como señala el título original) el primero de los cuatro libros de su revisitación, La espada en la piedra (1938), que dedica a contar la apócrifa infancia del futuro rey Arturo como escudero en el castillo de Sir Hector (padre adoptivo del muchacho) y su hermanastro y futuro senescal, un mocetón bastante memo y atontolinado llamado Kay. Aunque en España White es un autor bastante olvidado (de hecho, no he conseguido leerlo, por falta de alguna edición reciente), de la popularidad de su empeño artúrico da fe no sólo el film que nos ocupa sino la famosa adaptación musical por Alan Jay Lerner titulada Camelot, que a su vez fue llevada al cine en 1967 por Joshua Logan.

El Arturo de White pasado por el filtro de Disney es un muchacho espigado, noble pero no en exceso espabilado, a quien todos llaman Grillo (en español se pierde el juego de palabras original: Wart, es decir, «Verruga», para rimar con Art), y cuyo mayor deseo es convertirse en el escudero de su hermanastro Kay para poder asistirle en el gran torneo que se va a celebrar en Londres, en Año Nuevo, cuyo ganador será nombrado rey de Inglaterra. Sin embargo, en la senda de Grillo se entrecruza un mago metomentodo y despistado que viste una larga túnica azul coronada por un enorme sombrero con forma de cucurucho y que, lo quiera el niño o no, decide erigirse en su mentor: un maestro no para convertirlo en un paladín capaz de las hazañas más extraordinarias (que el mago desprecia) sino en un hombre completo, esto es, capaz de cultivar tanto el cuerpo como la mente.

Merlin instruyendo a Grillo, o sea, el futuro rey ArturoEsa educación de Merlín, contra lo que pueda pensarse, no será libresca, pese a que el mago se lleve un buen puñado de pesados volúmenes al castillo de Sir Héctor, al que obliga a alojarlo so pena de atraer sobre él sus fastidiosos hechizos (el noble se toma la revancha asignándole una torre plagada de agujeros que amenaza ruina). Será una educación centrada en la persona que hay que construir bajo ese emplasto de brutalidad e ignorancia que para Merlín encierra el concepto de «caballero» medieval. La inteligencia práctica, el amor por la naturaleza, la intrepidez al servicio de la autoformación o la poesía de la vida cotidiana son los conceptos que el mago se esfuerza por transmitir al muchacho, y la forma de sacarlo de su arrobamiento por las armaduras, los monigotes de entrenamiento y los emblemas guerreros será «haciendo trampa», es decir, recurriendo a la magia, convirtiendo la metáfora, el sueño, en realidad tangible: transformándolo sucesivamente en pececillo, ardilla y pájaro para vivir vibrantes aventuras bajo el agua, entre las copas de los árboles o en los cielos.

El personaje de Merlín es sin duda entrañable: de su fortuna visual, además, da fe el hecho de que, cerrando un círculo, cuando la inolvidable creación de J. R. R. Tolkien que se basa abiertamente en este personaje, es decir, Gandalf el Mago, fue recreado en dibujos animados (por Ralph Bakshi en su estimable adaptación de 1979) o en distintos tebeos y juegos de rol, el diseño gráfico se inspiró abiertamente en los creados por los animadores de Disney. Merlín es aquí un viejo de luenguísima barba blanca que se enreda incontables veces en puertas, hélices o su propio bastón; un amigo de los anacronismos que ha importado del futuro lujos tales como el tabaco, el reloj o el té, así como múltiples diseños de vehículos y artefactos que todavía ni se sueñan (el espectador acaba por preguntarse, divertido, cómo diablos es que, pudiendo instalarse en cualquier época, se conforma con la más incómoda de todas, que le merece además su invectiva favorita: «Esto es un lío medieval»?); un sabio fácilmente enojable, aunque a veces haga muestra de una enorme paciencia, muy despistado (olvida constantemente sus propios hechizos), intrépido pero fácil de desconcertar, también ingenuo pese a su vasta experiencia, todo ello hasta el inevitable punto de acabar pareciendo un niño viejo que observa con inagotable perplejidad el mundo que le rodea.

El inolvidable buho Arquimides, con iA idéntica altura se sitúan los otros dos personajes secundarios que, por contraposición, en el fondo acaban resultando prolongaciones del mismo mago. El búho Arquímides resulta una creación genial (no se olvide, en ello, el fundamental papel de los actores que prestan su voz a los personajes: lo comentaré en la nota final): tan malhumorado como el mago, o más, misántropo en su sentido más literal (el mago consigue que le haga caso cuando le amenaza con convertirlo en ser humano) pero noble y entusiasta cuando su buen corazón, o la llamada de la sabiduría, le llevan a querer sustituir un rato a Merlín en la educación del joven Grillo (resulta impagable su particular enseñanza de las letras al muchacho). Múltiples momentos protagonizados por el búho son regocijantes: cuando Arturo, al contemplarlo por primera vez, lo toma por un animal disecado, ganándose la réplica airada: «¡Estoy mucho más vivo que tú!»; o cuando se revuelca por el suelo riéndose hasta la lágrima por el fracaso de Merlín al querer hacer volar la maqueta del avión (claro, enreda su barba en la hélice).

No menos irresistible resulta la formidable Madam Mim, uno de los personajes más enloquecidos y recordables del universo Disney, que, claro, nada tiene que ver con los mitos artúricos (como no sea que pueda interpretarse como una versión desaforadamente paródica de la bruja Morgana). Genial desde su presentación cantada («con sólo tocar / puedo matar», tararea, concluyendo con el grito de guerra «soy la fantástica, plástica, Madam Mim»), se trata, en el fondo, de una anarquista pura en todos los sentidos, del social al moral, a la que gusta lucir su fealdad y sus bajos instintos (al escuchar de labios del pajarillo-Grillo que es alguien de valor para Merlín, su acto reflejo es cerrar el ventanuco y señalar que sólo por eso ya siente el deseo de destruirlo). Siempre deberá formar parte de cualquier antología de grandes secuencias Disney la del formidable duelo de brujería, en la que los dos hechiceros cambian vertiginosamente de animal en animal, mientras ella, cómo no, incumple las reglas que han convenido, es decir, no desvanecerse (es lo primero que hace, tan pronto Merlín le da la espalda) ni convertirse en animal mitológico (su última transformación es en un enorme dragón). Es todo un rasgo de ingenio que Merlín derrote a animal tan gigantesco mediante su transformación en el ser más pequeñito posible: un bacilo de la gripe.

Como era entrañable norma en Disney, aquí y allá aparecen numerosos personajes cuya pequeña aparición sin embargo proporcionan la cadencia y el aroma típicos del estudio. Por ejemplo, ese famélico lobo de enormes fauces que ansían alimento y que sigue a Grillo, inútilmente, a lo largo del bosque: por su diseño y por el modo en que cada uno de sus intentos de capturar al muchacho concluye con alguna calamidad física es evidente su inspiración en el infortunado Coyote de los dibujos del Correcaminos. Por ejemplo, ese quisquilloso azucarero que marcha al compás de una marcha militar y que, como el aprendiz de brujo inmortalizado para Mickey en Fantasía (1940), sigue inundando de azúcar la taza del despistado mago hasta que no reciba la orden de detenerse.

Un flechazo entre ardillas, en Merlin el encantadorO por ejemplo, la inolvidable ardilla-hembra que sufre un flechazo por Grillo y lo persigue de árbol en árbol sin dar respiro al atribulado muchacho, aportando un gramo de locura visual muy parecido al del personaje del aracuán que volvía loco al pato Donald en el mejor de los episodios de Los tres caballeros (1943): no en vano Merlín había advertido a su discípulo de que «esas pelirrojas son tremendas». Por cierto, que la conclusión de esta aventura (posiblemente, la más afortunada de toda la película) manifiesta un inesperado toque de melancolía en la inevitable tristeza de su conclusión, cuando, ante el desconcierto de la «chica», Grillo recupera su forma humana: es muy bonito el plano final de la ardillita, encaramada en lo alto de un arbolillo seco mientras mira cómo aquél que creyó su amor se pierde en lontananza…

Salvo para aquellos adultos cejijuntos que creen que las películas de dibujos animados son «sólo» para niños y que, por tanto, su realización no esconde ninguna dificultad particular, Merlín el encantador supone además una inmejorable oportunidad para apreciar el enorme talento narrativo puesto en su elaboración. Como cualquier película «real», también en ella hay un trabajo narrativo que incluye una elección de encuadres, de movimientos de cámara, de combinación de música e imagen, de sentido del ritmo y de elaboración dramática.

Un curso acelerado de todo esto se encuentra en el soberbio arranque del film (uno de los más afortunados en la historia del estudio), por su magnífica forma de caracterizar con breves pinceladas todo cuanto necesitamos saber de los personajes centrales y de ubicar un espacio físico y temporal, también moral, caracterizado por la agreste desvalidez del hombre ante el universo. El prólogo ya nos ha situado en esa Inglaterra dominada por el caos en la que de pronto sucede un prodigio: la aparición de esa piedra clavada en un yunque que promete la corona del reino para quien la arranque, y que es olvidada cuando los más fornidos caballeros fracasan en sus intentos. De ahí, la acción pasa a un bosque oscuro y siniestro, poblado de laberíntica maleza, que anuncia peligros sin fin (vamos, lo que el imaginario medieval entendía por bosque). En su corazón, sin embargo, se alza una casita con el techo de paja, hogar de un mago cuya primera aparición en pantalla ya nos lo muestra protestando por las nefandas incomodidades de esa época (¡no hay ni agua corriente ni electricidad, exclama!), protestas que encuentran su eco, al tiempo que su réplica, en el búho parlante que lo acompaña.

La cabaña de Merlin asombra a Grillo

Al ver que Merlín ha preparado un té (¡un té, en pleno medievo!) para un invitado, el búho le pregunta lógicamente quién es y aquel le responde que solo sabe por dónde llegará: por el techo. En la vaharada de humo que ha exhalado su pipa comienza a dibujarse quién será el recién llegado (un gag muy propio de Disney: primero aparece Kay, cuyo rostro lerdo desagrada a Merlín tan pronto lo ve, y enseguida Grillo). Cuando el primero apunta su flecha contra un ciervo, el muchacho le hace fallar accidentalmente el tiro, ganándose la ira del mocetón mayor. Puesto que la flecha de Kay se ha perdido en la espesura, Arturo decide ir a recuperarla, revelando así dos sellos esenciales que lo caracterizan: su desamparo (de modo inmediato, acepta que debe congraciarse cuanto antes con el grandullón) y su intrepidez (no le preocupa en absoluto internarse en el bosque, ante la sorpresa de Kay, al que, por otro lado, nada parece importarle lo que le suceda al crío). Así , intentando rescatar el dardo de la rama donde se ha clavado, es como cae justo en el sitio donde Merlín lo esperaba.

´Como el coyote, el lobo está destinado a sufrir cuando intenta comerse a GrilloLa escena siguiente mantiene la misma ligereza narrativa y el mismo sentido descriptivo, ahora al servicio de la propaganda con que Merlín intenta presentarse al niño no como una figura fascinante en sí mismo (repito: la modestia, en todos los sentidos, impregna a la película y sus personajes) sino como representante de un mundo de enseñanzas que sí es fascinador… aunque la pequeña exhibición de magia que realiza sabe que le ayudará considerablemente en su propósito (y cómo: la forma en que reduce de tamaño todo cuanto contiene la cabaña y lo empaqueta en su bolsa de mano es sencillamente fantástica). Por último, la escena en que el trío deja la cabaña y recorre el bosque en dirección al castillo de sir Hector resulta un prodigio cómico, al centrarse en el punto de vista del lobo que ha acechado a Grillo desde que entró en la espesura, y que se verá con un palmo de narices, sin que los viajeros hayan sospechado siquiera su presencia.

Sería un error considerar que, al lado del fenomenal mago, de la genial bruja o del entrañable búho, el personaje del protagonista carece de relevancia o queda disminuido por comparación. Bien al contrario, la noble humildad del muchacho, su psicología sencilla, su carácter avispado si bien no en exceso inteligente, está al servicio de una narración que exige a un personaje «normal» con el cual el espectador (los niños —no hay que negar, nunca, que eran el primer destinatario de las películas Disney—, pero también cualquier otro) se identifique en ese acceso al universo de la fantasía que personifican aquellos: es un recurso arquetípico del Hollywood clásico. Vuelvo al título de este artículo, porque ahí está la clave del personaje y, por tanto, de la película: Grillo no puede ni imaginar que será nada menos que El Rey Arturo.

Merlín el encantador se queda, pues, a las puertas de la verdadera responsabilidad para el muchacho. Es más, este, apabullado en su nuevo rol, con una corona que ingeniosamente resulta demasiado grande para su cabeza, intenta escaparse de la inmensa y desierta sala en la que parece ser un prisionero sin que pueda lograrlo, pues cada vez que abre una puerta de la sala del trono la multitud le aclama (apabullante aclamación que los animadores muestran metonímicamente haciendo que el búho regrese violentamente al salón como si los gritos hicieran las veces de viento huracanado: otro recurso tan sencillo como efectivo). Por mucho que justo entonces reaparezca el mago, que lo había dejado a su suerte pensando que no había remedio en su propósito de ser tan solo el escudero de Kay, y repare, por fin, en cuál es el destino de Grillo, haciendo mención a esas glorias futuras que este ni imagina, como los caballeros de la Mesa Redonda, esa historia ya no se nos cuenta, pues lo que interesaba a los artífices de tan estupendo film era mostrar la verdadera edad de las aventuras, y ésa se acaba, por desgracia, con el fin de la infancia y el ingreso en la madurez.

Excalibur no podia faltar en Merlin el encantador

Nota sobre el doblaje. Hubo un tiempo en que los niños asociábamos los dibujos animados, en cine (Disney, prácticamente no veíamos otras cosas) y televisión (los cartoons de la Warner Brothers o los de Hanna-Barbera) con una forma de hablar tan diferente como mágica. Una particular entonación de la voz, esencialmente cantarina, puramente fabulesco (o sea, animada), entre cuyas características destacaban el seso (Alisia, Senisienta…) y la perfecta pronunciación de los nombres ingleses (aunque pongo un ejemplo de serie con actores reales, ¿quién no recuerda el prodigioso Darrin que pronunciaba la brujita Samantha de Embrujada cuando llamaba a su marido?). Años después nos enteramos que las películas de dibujos animados de la Disney no se doblaban en España sino en Hispanoamérica.

Primero lo hicieron en Argentina (de esos trabajos solo se conserva el maravilloso Pinocho), pero desde 1943 se hizo en México, bajo la dirección de un genio irrepetible llamado Edmundo Santos: a la particular forma de doblar que eligió se la conoce hoy día como español neutro, en cuanto que pretendía ser entendible en todos los países de la comunidad hispana. No es el momento de extenderme sobre la magia de esos trabajos, sino de encomiar la espléndida personalidad que, como siempre, otorgan las voces hispanas a los personajes. Destaco a dos. Alberto Gavira dota a Merlín de una voz  estropajosa (que casa muy bien el aspecto más bien agreste del mago) pero intensamente humana (magnífica su ductilidad para pasar del enfado a la comprensión: es maravillosa su forma de describir a Grillo el poder del amor que ha descubierto en su episodio arbóreo). Luis Manuel Pelayo se desdobla en varios cometidos, doblando a Arquímides, a sir Pelinor (un amigo de sir Hector) y al narrador del prólogo. Parece mentira, de hecho, que puedan pertenecer a la misma persona, sobre todo por el contraste de su timbre firme y poderoso en la introducción de la historia contrasta contrasta con la voz rugosa (en cierto modo parecida a la de Merlín, nuevo hallazgo, no en vano, más que su mascota, como ya he dicho, es su prolongación) y genialmente atropellada, muy propia para ser tan irascible, con que dota al búho.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Merlín el encantador / The Sword in the Stone. Año: 1963.

Dirección: Wolfgang Reitherman. Guion: Bill Peet; novela de T.H. White. Música: George Bruns. Voces del doblaje (dirección: Edmundo Santos, 1964): Alberto Gavira (Merlín), Jorge Lagunes (Grillo), Luis Manuel Pelayo (Arquímides, sir Pelinor, narrador), Maruja Sen (Madam Mim) . Dur.: 79 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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7 respuestas a Merlín el encantador o el niño que no sabía que sería el rey Arturo

  1. FRANKLIN dijo:

    ¡Grata sorpresa! No le había “parado” (prestado atención) porque en Venezuela la estrenaron como “La espada y la piedra”.

    • “Merlín el encantador” lo titularon aquí y en Francia (seguramente la versión española copia el título de la francesa: no sería la primera vez), bien porque la novela de White no fuera conocida o porque identifica mejor el tema. Con uno u otro título, estupenda película, Franklin. ¡Feliz año!

  2. Renaissance dijo:

    Hoy parece una película “menor” (porque parece haberse quedado fuera de esa franquicia llamada Princesas Disney que acuñó la productora hace unos años) y casi olvidada, visto que no ha llegado a tener los pases en TV que favorecieron a La bruja novata o Mary Poppins.
    En cambio, es divertida, entrañable, mi cómica, y cuenta con una particularidad: no es el lugar al que se acudiría para buscar una versión fiel al mito artúrico, en cambio, lo trata y adapta con un sorprendente respeto.

    • Uff, nada que ver con las Princesas Disney, desde luego, comenzando por el mismo hecho de que el futuro rey de la pelicula ni siquiera puede imaginar que vaya a serlo alguna vez, y cuando lo es ni siquiera quiere serlo. La modestia de “Merlín” es admirable y muy sana, y de ahí buena parte de su atractivo… y de su escasa fama. Yo mismo, cuando hago recuento de las obras maestras de la productora, solía pensar en las que adaptan los clásicos de la literatura infantil (Pinocho, Alicia, Peter Pan) o un film de tantas ambiciones visuales como La bella durmiente. Pero lo cierto es que veo una y otra vez Merlín, siempre con el mismo agrado, y cada vez que retorno a los mitos artúricos y releo alguno de los títulos que lo componen no puedo evitar sonreír, cuando me encuentro los Merlín y Arturo tan solemenes de esos libros, recordando a los personajes de esta peli.

  3. rexval dijo:

    Siempre me gustó la literatura medieval. Un día descubrí la “materia de Bretaña” con el norteamericano John Steinberg – el de “La perla”- Se trataba de la “Muerte de Arturo”. De ahí pasé por muchas manos tanto en castellano como en catalán y francés (con diccionario, claro) el francés Bédier es esencial en el tema, ya que recoge las fuentes originales primitivas e inconclusas y le da forma unitaria y unifica. Pau Riba lo tradujo a un catalán precioso. Ahora mismo estoy leyendo “Tristany i Isolda”, traducción de René Louis, admirador de Bédier. Y no me canso.

    Cinematrográficamente hay una película que me marcó para siempre, Excalibur, de John Boorman. Fui a verla por su contenido artúrico pero en el cine en cuestión nació mi interés por Richard Wagner cuya música dirigió si no yerro, Solti. Me pasa como en “Amadeus”, que me sé diálogos de memoria a fuerza de ver y rever el film.

    Feliz Año

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