La Trilogía de la Caballería Centauros del desierto
Como enamorado de las relaciones entre cine y literatura (lo que siempre intento reflejar en mi blog), deploro uno de los lugares comunes de la crítica, la cinefilia y la mitomanía en general: la atribución de todos los méritos relacionados con la historia de una película al que es considerado su «único» creador, el director. En todo caso, y para mayor humillación del posible autor de un escrito que es la fuente del guion, se suele decir que el director ha sabido llevar ese material «a su propio terreno» —tópico nauseabundo que suele delatar, sin más, la mera ignorancia: quien escribe esto no se ha tomado la menor molestia en cotejar el original—, y lo peor de todo es que el cineasta obsequiado con semejante elogio ni lo necesita ni, seguramente, lo comparte. Pongo un ejemplo, sobre el que me llamó la atención un crítico tan poco amigo de etiquetas como Carlos Aguilar: la obra maestra de Alfred Hitchcock Vértigo, parte de una novela olvidada (De entre los muertos, del tándem de escritores franceses Boileau-Narcejac) en la que ya se encuentra la torturada sensibilidad que exhibe la película, siendo en todo caso de admirar cómo el director inglés encontró en ella un material que conectaba íntimamente con sus propias obsesiones y, con el adecuado punto de reelaboración sin el cual toda adaptación literaria es mero vampirismo, la convirtió en un bello poema visual (ver mi antiguo articulo). En las líneas siguientes voy a tratar la relación entre otro cineasta genial, el gran John Ford, y un conjunto de excelentes relatos que dieron origen a su famosa Trilogía de la Caballería, como enseguida se reconoce al leerlos. En justicia, añado antes que nada, la lectura que Ford hace de esos cuentos (al menos en dos de los tres films) consigue un resultado superior al material de partida, pero la misma justicia exige señalar las grandes virtudes que contienen aquellos, y por tanto reivindicar al hombre que los escribió, James Warner Bellah.