El mayor embustero del mundo: el barón de Munchausen (II)

El barón fantástico (1961, Karel Zeman)

El barón fantásticoDe las tres versiones del personaje que conozco, la mejor es la menos conocida, incluso olvidada. Se trata de El barón fantástico, una película que debe ser situada en el contexto en que surgió para su mejor comprensión. Se trata de una producción de la extinta Checoslovaquia, un país con una fuerte tradición para la fantasía, que arranca del propio folklore patrio y que tuvo un inmejorable difusor en el teatro de marionetas, toda una institución en el país centroeuropeo (de lo cual ya hablé al referirme a Jan Svankmajer, autor de una memorable versión de Alicia en el País de las Maravillas1).. El cine recogió esta tradición gracias a talentos surgidos precisamente de esa escuela de creación, y gozó de un pequeño esplendor entre los años 50 y principios de los 70 que tuvo cierta repercusión en Europa occidental, revelando el talento descomunal de realizadores (y hombres-para-todo) como Juraj Herz, Oldrich Lipsky, Jiri Trnka o el propio Zeman. De hecho, esta película tuvo su estreno español.

Karel Zeman (1910-1989) se inició en el mundo del cine en 1943, desde el primer momento en el campo de la animación. En 1946 dirigió su primer film, un cortometraje titulado Un sueño de Navidad, y en ese formato obtuvo una enorme popularidad dentro de su país. En 1954 dirigió su primer largometraje, Viaje a la Prehistoria, combinando ya actores reales con figuras animadas para narrar justo lo que indica el título: unos niños recorren un río que los conduce hacia atrás en la historia natural, lo que permite al realizador ofrecer una asombrosa panoplia de criaturas remotas. Su siguiente film, Una invención diabólica (1958) —particular adaptación de una poco conocida novela de Julio Verne, Ante la bandera—, proyectó su obra fuera de las fronteras de su país y permitió el rodaje de un título aún más ambicioso, la ilustración de las aventuras del barón Munchausen que nos ocupa. Desde entonces y hasta 1980 rodó ocho largos y seis cortos, que esconden incontables maravillas, por desgracia sin apenas repercusión en nuestro país, donde, que yo sepa, sólo se ha estrenado El barón fantástico. Al menos, hace cuatro años, Track Media, en su colección «Maestros de la Animación», editó tres de los títulos de Zeman: los mencionados Viaje a la Prehistoria y Una invención diabólica, más el presente y El dirigible robado (1966), que todavía, creo, pueden encontrarse en grandes almacenes o tiendas especializadas. (¡Corred a por ellos!)

Esos cuatro films, más algún otro que puede encontrarse en Internet, nos revelan, en efecto, a un autor de talento fulgurante, un enamorado de la fantasía tradicional que él llevó a la pantalla mediante técnicas en su momento revolucionarias pero que hoy, de modo inevitable, nos resultan deliciosamente antañonas. Zeman fue un maestro de la fusión de actores reales y efectos animados; o mejor dicho, de la conversión, con total naturalidad, de seres humanos en habitantes de mundos de animación, con una gracia del todo verosímil en el aspecto técnico y, sobre todo, en el poético. Conocido, con justicia, como el Méliès checo (no en vano sus films producen la misma sensación mágica que en su día provocaron las obras del pionero francés tan estérilmente homenajeado por Martin Scorsese en su reciente La invención de Hugo), otra influencia fundamental se revela en sus películas tan pronto se entra en ellas: la del gran escritor (también francés, y no debe ser casualidad) Julio Verne. Zeman adaptó directamente dos de sus novelas, la señalada y Héctor Servadac (para el film Na Komete/En el cometa, de 1970), pero su presencia se palpa en muchos otros títulos, incluido, como ahora veremos, esta incursión en el universo del barón Munchausen.

El barón lunarEn sus mejores títulos, verbigracia El barón fantástico, Zeman sitúa sus personajes humanos sobre decorados que reproducen o evocan los viejos grabados extraídos de las fuentes literarias adaptadas (en la gran tradición editorial del siglo XIX). El collage o la utilización de vidrios pintados (inmejorables para las supuestas escenas submarinas que aparecen en tantos de sus films), el virado en color del fotograma (técnica heredada del cine mudo) o la combinación de distintos colores dentro del plano, como esas postales en blanco y negro que se pintaban a mano, el uso del stop-motion o animación paso a paso, así como de los dibujos animados (escuela centroeuropea, eso sí, nada que ver con Walt Disney): todos estos recursos, combinados y dosificados con extraordinaria coherencia, componen el universo narrativo, y onírico, del Méliès checo. Por supuesto, en ningún momento (y ésta es la diferencia con el cine fantástico actual) intenta Zeman deparar una sensación de realidad. Sus narraciones son abiertamente irreales, no sólo por lo muy evidente de las técnicas de composición, sino por el tratamiento musical y sonoro. Por ejemplo, en El barón fantástico apenas hay diálogo, y es el propio protagonista, con su voz over, quien relata sus peripecias y sentimientos, subrayando por lo tanto la impresión de que todo cuanto vemos es la elaboración de un conspicuo fantasista.

La magia que destila el film tiene como primer ejemplo su inolvidable arranque: el plano de unas pisadas sobre la arena de un paisaje terrestre es encadenado con otras pisadas que esta vez se hallan sobre la superficie lunar. Zeman, para llegar de una a otra, sintetiza toda la evolución, animal y humana, del dominio de los aires haciendo que su cámara, mientras sube cada vez más arriba, pase por distintas especies de pájaros… y de construcciones del hombre para volar, desde máquinas leonardescas a los primeros aviones, hasta llegar a un cohete espacial, del cual proceden las huellas a que me refiero. Son las de un cosmonauta, seguramente el primer hombre en alcanzar nuestro satélite… quien, sin embargo, de pronto se cruza con una larga serie de nuevas pisadas.

Baron prasilEl cosmonauta, que después sabremos que se llama Tonik, y tras tropezarse con un gramófono (!!) que pone en marcha con perfecta naturalidad, descubre que quienes se le han adelantado no son unos cualesquiera. Son nada menos que el presidente Barbicane, el capitán Nicholl y el francés Michel Ardan, los tres viajeros espaciales del inolvidable Gun-Club, surgidos de las páginas del verniano De la Tierra a la Luna; a continuación, con el mismísimo Cyrano de Bergerac y acto seguido con el barón de Munchausen. Es decir, con varios de los más notables visitantes de nuestro satélite que ha conocido la literatura universal (aunque podría señalarse que, en rigor, los viajeros vernianos nunca llegaron realmente a posar su pie en la Luna). Los cinco toman a Tonik por un habitante del lugar, por un «lunario» (sospecho que esta palabra es una versión, por una vez afortunada, del original «selenita», introducida por el por otra parte discreto traductor de la edición en dvd). En representación de todos, el barón Munchausen decide llevar al lunario a visitar la Tierra y mostrarle que tiene maravillas no desdeñables con respecto a las de la Luna.

Ése es el motor argumental del film, y desde el momento en que entra en escena Munchausen se convierte en el narrador y en el conductor de toda la historia, recuperando el tono que caracteriza al personaje en los libros que la anterior adaptación había olvidado. Es decir, Munchausen es un personaje que, a medias con genuina capacidad para convocar toda clase de asombros, a medias llevado por la fanfarronería del militar que se cree el dueño del mundo, vive toda clase de prodigios que acaban no siéndolo tanto por cuanto acaban haciendo de la fábula irreal un elemento familiar y cotidiano. La clave de la convicción que destila la película radica en que el mago que se encuentra detrás de toda la historia nunca intenta superponerse a ella, ni impostar un fácilmente paródico sentido del humor (Munchausen puede ser risible en alguna ocasión, pero lo es de modo interno a la aventura que se nos narra: no bajo una mirada externa). Seguir hasta el final las reglas del juego que uno mismo ha inventado, como si hubiese olvidado que se es el inventor, con lo cual se obtiene un grado de espontaneidad que general la adhesión más absoluta, es un prodigio que está al alcance de pocos. Lo remarca Fernando Savater, al que debo esta estupenda reflexión, acerca de Guillermo Brown, el inolvidable niño ideado por Richmal Crompton, que aparece en su imprescindible libro La infancia recuperada.

De acuerdo con el espíritu propio de las aventuras del personaje, El barón fantástico está compuesto por una serie de episodios, unos extraídos directamente de sus aventuras literarias y otros ideados para la ocasión. Hay un hilo unificador: el barón que muestra este planeta a un selenita que en realidad es tan terrícola como él, ciertamente lo lleva a un mundo extraño porque es la Tierra del siglo XVIII y no la del XX coetánea del cosmonauta. Pero en ella Tonik encontrará el amor en la persona de Bianca de Castelnegro, una bellísima dama italiana capturada por los turcos y trasladada al harén del sultán; belleza de la que el propio barón también se enamora, iniciando una rivalidad con Tonik por el corazón de la dama, que él honradamente cree estar ganando en todo momento porque le resulta inconcebible que una mujer no caiga rendida de fascinación ante protagonista de tan continuos prodigios. Justo es señalar el envidiable esprit del barón cuando acaba por comprender que nada tiene que hacer ante el apuesto lunario, e incluso será él quien, mediante un recurso de guión que destaca por su ingeniosa ingenuidad y que no detallaré, los una para siempre.

El barón, su amigo lunario y la princesa viven varias aventuras, cada una de las cuales permite imágenes, estampas, momentos o hallazgos de humor, todos ellos memorables. La primera es la clásica que tiene lugar en el palacio del sultán en Constantinopla: el cortés barón le ha conducido al país de la media luna, como deferencia hacia su invitado. Después de huir de allí con la princesa, a la que rescatan del harén del Turco, hundido su barco en la batalla naval subsiguiente, las lanchas atraviesan el océano bajo un cielo tachonado de estrellas (efecto que Zeman repite varias veces, siempre con imborrable fuerza estética), y diversos monstruos se cruzan con los botes: es inolvidable la araña que camina sobre las El barón fantasticaguas, allá en el horizonte. Una de las lanchas es engullida por una enorme ballena, con la que inician un vertiginoso viaje por todos los mares, que acaba evocando al Verne de 20.000 leguas de viaje submarino. Arponeado el monstruoso cetáceo, los viajeros llegan a una isla donde, de modo descacharrante, Tonik no inventa el barco de vapor… por un tornillo. El barón vive una aventura en solitario, primero llevado por los aires por un pájaro roc y después, liberado, en un viaje por el fondo marino cuyo momento más memorable es aquél en que un gran pez lo engulle… y lo deja salir tal como entró, pues en su lado posterior posee una boca idéntica a la que se lo tragó. Por último, el trío protagonista acaba en un fortaleza sometida a asedio (que permite al barón su imagen emblemática volando a lomos de la bala de cañón). Allí, su propietario hace detener al cosmonauta, acusándolo de ser un «peligroso fantasioso». Los dos amados se comunican gracias a que el llamado de ella, al propagarse por los sótanos, hace vibrar las cuerdas de una telaraña y así llega hasta Tonik, encerrado en los calabozos (otro de los inventivos encadenados con que nos regala Zeman).

El final [spoiler] supone un regreso al principio, a los paisajes lunares y al reencuentro de los pioneros del espacio, regreso que Cyrano, siempre capaz de elegir las palabras más adecuadas, saludará señalando que la luna siempre ha sido de los poetas y soñadores (imagen de Munchausen), de los fantásticos aventureros (los miembros del Gun-Club) y, para siempre, de los amantes (Tonik y la princesa): es hora de saludar a los audaces que ya están en camino. Y arroja su sombrero a las estrellas, sobre las que se recorta como un platillo volante, indicando el rumbo tal vez de una nueva aventura…

1 https://lamanodelextranjero.wordpress.com/2012/09/15/alicia-en-el-pais-de-las-maravillas-y-el-cine-ii/

Las aventuras del barón Munchausen (1988, Terry Gilliam)

El barón Munchausen, por GilliamHollywood sólo registraba una versión de Munchausen, y tan lejana como de 1911, cuando por fin sirvió una superproducción de enorme presupuesto al servicio del personaje. El director, también co-escritor del guión, al que se le confió el proyecto (y que concluyó en un tremendo fracaso comercial) fue el ex miembro del grupo Monty Python (aunque no es inglés, sino estadounidense) Terry Gilliam. En general, tengo a este hombre por un director cuyas ambiciones siempre han sido superiores a la medida real de su talento, que suele desperdiciar puntos de partida fascinantes y planteamientos del todo compartibles, sobre todo por dos debilidades: una completa falta de sentido de la medida (que le hace incurrir en una incontrolable exuberancia) y una debilidad por lo grotesco que nunca crea complicidad sino que resulta de lo más cargante.

Y, en efecto, es lo que le sucede a estas Aventuras del barón Munchausen. El planteamiento (adorable) es el de siempre en Gilliam: el hombre necesita la dimensión de la fábula para coexistir con la prosaica realidad (cuidado: no se trata de que la fantasía reemplace a la realidad, mensaje en el fondo simple e incluso trivial, sino de que para ambas hay espacio en la vida). Pero no sabe conducirlo a buen puerto, pues equivoca el desarrollo del guión (el arranque de la película es muy superior al del resto del film), no sabe equilibrar el juego de contrastes, fracasa por completo cuando aplica la debilidad por lo grotesque, consiguiendo que la película carezca de sentido del humor cuando pretende ser divertida y empacha en el intento de ser recargado a cualquier precio. Todo ello es indudable… y sin embargo Las aventuras del barón Munchausen se empeña en dejarnos el sabor de lo memorable, incluso de la entrañable. Es evidente que, para determinado tipo de espectador, Gilliam sabe remover en nuestro subconsciente, manejando temas que nos complacen, buscando referencias que no nos dejan indiferentes.

Terry Gilliam y su coguionista Charles McKeown (colaborador habitual de aquél en su doble faceta de actor —aquí es el sirviente de ojo certero del barón—y escritor) denotan haber tenido muy en cuenta la versión alemana de Josef von Baky a la hora de elegir los elementos más notorios de las aventuras del barón, pero parten de una premisa totalmente original y que otorga un notable interés, de entrada, a la película. La acción se sitúa en una indeterminada ciudad costera, y amurallada, que está siendo asediada por el Gran Turco. El tiempo, como señalan un par de rótulos, «finales del siglo XVIII», «la era de la Razón». Mientras las bombas caen sobre la ciudad, una compañía de actores de medio pelo pone en escena una obra sobre el barón de Munchausen para entretenimiento de los sufridos ciudadanos. En plena representación, en la que se está otorgando un especial relieve a la dimensión farsesca del personaje, irrumpe un anciano que viste casaca militar y que afirma que él es el real barón de Munchausen, el cual, tras organizar una tremenda zapatiesta en el escenario, se adueña del mismo y se dispone a contar su verdadera historia, comenzando por el hecho de que, según él, si la ciudad está siendo sometida a asedio por el Gran Turco, es porque lo están buscando precisamente a él.

Los 4 sirvientes mágicosEste juego entre lo real y lo fabulístico es el que otorga su indudable personalidad a la película de Gilliam. ¿Es ese estrafalario individuo quien dice ser o un pobre perturbado con delirios de grandeza? ¿Las historias que narra son auténticas o son fruto de su imaginación? Es más: cuando, finalizado el relato en el que explica por qué es buscado por el sultán, se lanza a la búsqueda de sus antiguos sirvientes —los notables criados inventados por Gautier— para poder liberar a la ciudad de sus sitiadores, búsqueda que compone el cuerpo del relato, ¿estamos asistiendo a unas peripecias que tienen lugar de verdad o no estamos sino ante otro relato del supuesto barón? De hecho, los cuatro sirvientes están interpretado por los mismos actores que interpretan a otros tantos miembros de la compañía artística a los que el anciano, en un primer momento, reconoció como sus antiguos criados. Es más, en el curso de esa búsqueda, durante la cual viaja primero a la Luna y después llega al Infierno para acabar en el vientre de un monstruo marino, otros actores de la compañía serán quienes personifiquen a algunos de los seres fantásticos con los que se tropieza en esos rincones fabulosos (una jovencísima Uma Thurman encarnando a Venus, por ejemplo). Otro elemento fundamental de ese juego sobre realidad/fantasía es el importante papel que tiene en él una niña, Sally (encarnada por una Sarah Polley con nueve añitos, tan buena actriz como de adulta), que es quien cree en él sin dudar un momento: ya se sabe que la Infancia y la Imaginación siempre se han llevado bien. En los momentos en que el mismo anciano duda de sus posibilidades, e incluso de su identidad real, será la firme fe de la niña la que ayude a sobrellevar esos instantes de debilidad y a retomar con energía su camino.

En consonancia con la gracia de ese planteamiento, lo mejor de Las aventuras del barón Munchausen se encuentra en su tercio inicial, es decir, mientras la acción se mantiene entre los muros de la ciudad sitiada, añadiendo el episodio que transcurre en Constantinopla, y se recupera, aunque no a la misma altura, cuando hacia el final se regresa al mismo escenario. Las imágenes de la ciudad devastada son ciertamente espectaculares, algo a lo que ayuda notablemente el rodaje en los auténticos y derruidos exteriores de un espacio destruido por una guerra: la parte vieja de la aragonesa Belchite, donde tuvo lugar una de las más terribles batallas de nuestra guerra civil. Y es magnífico ese contraste entre la letal realidad que asola las calles de la ciudad y la entrega a la fantasía que tiene lugar dentro de las paredes del teatro. Es espléndido el momento en que de la abierta representación se pasa a la recreación: el travelling mediante el cual la cámara de Gilliam, desde el escenario real y siguiendo al protagonista, se mueve hacia delante, para entrar, no en la platea, sino en el interior del palacio del Gran Turco donde tendrá lugar el episodio.

Los cañonazos con que concluye la aventura, dentro de la narración del barón, se convierten, mediante una afortunada elipsis, en los que se arrojan contra la ciudad sitiada, adonde vuelve la historia. No tardará en aparecer la imagen iconográfica que, lectores y espectadores, asocian al barón de Munchausen: éste volando por los aires mientras agarra una bala de cañón. Este «vuelo» supone el primer momento en que la fantasía penetra en el (supuesto) plano real, confirmando a la niña Sally que el anciano es, en efecto, el barón, y haciendo nacer la esperanza en el corazón de los ciudadanos sitiados. El barón, por tanto, es comisionado en busca de sus sirvientes para regresar y liberar la ciudad, y de ella escapa en un globo —en un guiño, no sé si consciente, al inicio de la verniana La isla misteriosa: los protagonistas de esta novela escapaban de la asediada Richmond de idéntica manera.

Uma-VenusLa primera escala tiene lugar en la luna, y aquí —después de un muy bello efecto de transición: el mar estrellado sobre el que se desliza la barca del globo, ya desprendida de éste, se convierte en el arenoso mar lunar— se estropea la historia. Entra en escena lo grotesque por medio del personaje del Rey de la Luna, quien, claro, no puede ser sino un «lunático» que ha perdido la cabeza, burdos subrayados encima potenciados por la presencia insoportable de Robin Williams. El mismo espíritu vacuo preside la siguiente parada, en el Infierno (convertido, cómo no, en una fábrica de armas), donde vive Vulcano (Oliver Reed) con su bella y siempre infiel esposa Venus (Uma Thurman saliendo de la famosa concha botticelliana), donde aflora un muy molesto, y supongo que consciente, sentido kitsch en el tratamiento de los escenarios. Por otro lado, Gilliam ya abusa del juego meta-dramático, haciendo aparecer en el curso de la aventura un elemento «crepuscular» (el barón y sus sirvientes advierten que ya son muy viejos para volver a la acción) que no está bien integrado.

Sin embargo, el regreso a la ciudad sitiada sirve para remontar otra vez el brío perdido. Esa conclusión posee varias de las mejores imágenes del film: el barón, con su caballo, emergiendo del agua porque se tira de su propia coleta (otra de las celebérrimas estampas heredadas del mito literario), o el velocista corriendo detrás de la bala que se dirige a matar al barón… Gilliam todavía tiene tiempo de dar una última vuelta de tuerca al juego realidad/fantasía, que aporta al film una conclusión tan arriesgada como deliciosa, y que no voy a detallar. Por lo tanto, pese a sus múltiples defectos, pese al desaprovechamiento general de su planteamiento, pese a las numerosas caídas en lo desaforado, no debe extrañar que Las aventuras del barón Munchausen, versión Gilliam, despierte una notable simpatía.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El barón fantástico / Baron prásil. Año: 1961

Director: Karel Zeman. Guión: Karel Zeman, Jiri Brdecka y Josef Kainar. Fotografía: Jirí Tarantík. Música: Zdenek Liska. Reparto: Milos Kopecky (Barón Munchausen), Rudolf Jelínek (Tomik), Jana Brechjová (Bianca), Karel Höger (Cyrano de Bergerac). Dur.: 83 min.

Título: Las aventuras del barón Munchausen / The Adventures of Baron Munchausen. Año: 1988

Director: Terry Gilliam. Guión: Charles McKeown y Terry Gilliam. Fotografía: Giuseppe Rotunno. Música: Michael Kamen. Reparto: John Neville (Barón Munchausen), Sarah Polley (Sally Salt), Uma Thurman (Venus), Robin Williams (Rey de la Luna), Eric Idle (Desmond/Berthold). Dur.: 126 min.

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El mayor embustero del mundo: el barón de Munchausen (I)

¿Un personaje sin autor?

Lo que reveló la mañanaUn caballero con casaca y peluca que surca los aires a lomos de una bala de cañón, o que se saca a sí mismo y a su caballo del agua por el procedimiento de tirarse de la coleta, o que, en medio de una tormenta de nieve, ata su caballo a lo que parece un poste en el suelo y despierta al día siguiente, con el paisaje ya deshelado, descubriendo a su corcel colgando de la aguja del campanario de la iglesia que ocultaba el manto blanco…

En España estas imágenes quizá no resultan tan familiares, pero en otras tierras, en especial inglesas y alemanas, enseguida provocan una sonrisa cómplice en generaciones de adultos que de niños, y no tan niños, gozaron de las aventuras insólitas de un personaje que posee el aroma de los sucesos más extraordinarios: el barón de Munchausen. Se trata de un aristócrata y militar alemán (de la época en que no existía un país bajo el nombre de Alemania sino muchos reinos y principados germánicos, unos más grandes que otros,) que nos cuenta toda clase de episodios a cuál más disparatado (como puede indicar la selección que encabeza estas líneas), pero que lo hace con la convicción y la dignidad de quien considera inadmisible que el carácter extraño de esas aventuras haga cuestionable la veracidad de quien las narra. Por supuesto, ahí radica la gracia de la obra: en el serio aplomo con que su protagonista cuenta, por ejemplo, cómo, en plena estepa rusa, un lobo persigue su trineo tirado por un caballo, salta sobre el animal, empieza a devorarlo desde los cuartos traseros introduciéndose literalmente bajo su piel hasta quedar atrapado, como el corcel, por el ronzal, y el barón, imperturbable, a golpe de látigo hace que el feroz depredador sea el que lo conduzca a su destino.

El barón de Munchausen, por supuesto, es una parodia. Pero no tanto de un género, la aventura, que todavía estaba por triunfar en el campo de la literatura (lo haría a la vuelta de más o menos medio siglo, en la centuria siguiente), sino de otros formatos ya sobradamente populares. Uno es el de los libros de viajes, en especial los que discurren por lugares tan apartados que es difícil encontrar a quien vaya a desmentir a su relator, y que desde la Edad Media tiene como ejemplos paradigmáticos, en el campo más o menos histórico, a Marco Polo, y en el de la ficción, a sir John de Mandeville. El otro el de las memorias, un género de especial relevancia en ese siglo XVIII que ya declinaba. La obra se presenta, en apariencia, bajo ese formato: los recuerdos de un respetable caballero sobre los años en que recorrió el mundo y en que, sin necesitar ponerse al servicio de nobles causas, los lances más extraordinarios iban saliéndole al paso. Y por supuesto, también se refiere (aunque dejando siempre, de forma caballeresca, que sea el espectador quien complete sus puntos suspensivos) a su irresistible éxito entre las damas, incluyendo, por qué no, a la mismísima Catalina la Grande de Rusia. No en vano las memorias de Casanova son una de las fuentes de inspiración más evidentes del autor o autores del personaje: en alguna película, de modo consecuente, ambos galanes cruzarían sus caminos.

Munchausen, por DoréLa génesis de este personaje es casi más apasionante que la lectura de sus aventuras. Hubo un auténtico Hyeronimus Karl Friedrich, barón de Munchausen, militar al servicio del príncipe de Brunswick, que participó junto a su señor en las campañas de Rusia contra los turcos, que se retiró a los 40 años a sus posesiones en el campo y allí pasó el resto de su vida dedicado a la holganza propia de su clase social, ganándose la reputación de ser un formidable animador de la aburrida vida rural, gracias a los prodigiosos, divertidos e inverosímiles relatos de las peripecias que, presuntamente, había vivido a lo largo de sus años activos. Sin duda, el Munchausen real fue un magnífico relator que tenía la particularidad de narrar con total seriedad un conjunto de historias abiertamente inventadas, de tal modo que esa convicción acababa formando parte del entretenimiento. Sobre tal figura parece que empezaron a correr historias en tierras alemanas que a alguien empezó a ocurrírsele que sería bueno recopilar para entretenimiento general. (Recuérdese que en esos lares existe una tradición que es la de los «almanaques», o recopilaciones de todo tipo de historias reales, anécdotas, consejos sobre la vida cotidiana, que las familias leían por las noches al calor de un buen fuego.)

Lo cierto es que en 1785, y en inglés, una editorial inglesa publicó el Relato que hace el barón de Munchausen de sus campañas y viajes maravillosos por Rusia, una pequeña obrita de tan sólo 42 páginas, de autor anónimo, que obtuvo un éxito inmediato y colosal. Los editores publicaron al año siguiente una nueva edición, ampliada, añadiendo nuevas historias de su protagonista (¡en las que por ejemplo se encontraba con nuestro don Quijote!). Esta edición llegó a Alemania, país donde por evidentes razones iba a tener un especial eco, y allí su traductor, un poeta relativamente conocido llamado Gottfried August Bürger, no se ciñó únicamente a su trabajo de trasvase de idiomas sino que añadió por su cuenta y riesgo otros episodios. Desde ese momento (recuérdese que el respeto debido a los derechos de autor es una conquista demasiado reciente), en distintos países y ediciones, las aventuras del barón de Munchausen fueron retocadas, ampliadas, censuradas o alteradas a gusto del editor. Quizá la más recordada fue la versión francesa de 1862, que debe su gloria a dos razones: el gran escritor Téophile Gautier se encargó de la misma y el ilustrador Gustave Doré creó la imagen iconográfica definitiva del personaje. Gautier añadió alguno de los episodios hoy más conocidos de la leyenda del barón (gracias, por ejemplo al cine), como el de los criados de prodigiosos poderes —el hombre más rápido del mundo, el más certero, el más fuerte y el dueño de un soplido huracanado— que ayudan a su amo a ganar una apuesta al mismísimo sultán otomano en su palacio de Constantinopla, y que parece más bien una fábula extraída de las Mil y Una Noches.

El autor real de la primera obra (que partió, recuérdese, de un material previo, mucho más disforme, publicado originalmente en Alemania), sin embargo, parece ser que fue un muy particular individuo, mezcla harto curiosa de sabio leibniziano y trapisondista irredento, también alemán, llamado Rudolf Erich Raspe. Nacido en 1737 en Hannover (principado nativo de la actual casa reinante en Inglaterra, que cambió su original apellido germano por el más británico de Windsor por evidentes razones al estallar la Primera Guerra Mundial), Raspe fue el clásico niño prodigio parece ser tan habitual por aquellas tierras, que se labró una sólida carrera intelectual, apoyada en una buena red de corresponsales por toda Europa, mientras se ganaba la vida al servicio del landgrave de Cassel. Sin embargo, y además de su sólido trabajo intelectual, Raspe también fue un manirroto que acumuló una notable cantidad de deudas en poco tiempo, que intentó tapar aprovechándose de su control sobre las antigüedades del landgrave. Descubierta su muy liberal forma de «clasificar» lo ajeno, Raspe tuvo que escapar no ya de Cassel sino de Alemania y marchó a Inglaterra, donde también acabó alcanzándole la larga sombra de su mala reputación. Rechazado por la sociedad intelectual, no digamos ya por la de rancio abolengo, Raspe tuvo que dedicar su afinada pluma a realizar toda clase de trabajos alimenticios, y uno de ellos fue el del barón de Munchausen, que no quiso firmar para no asociar su nombre «respetable» a una obra de intenciones claramente cómicas.

El baron hacia la luna

Es evidente que es ocioso ir de puristas en torno a la autoría del barón, pues ha acabado por convertirse en una creación «colectiva», en un personaje construido por muchos, y ya no sólo en la literatura sino también en el cine, que es el aspecto del que me voy a ocupar en especial. Baste decir que, por las razones expuestas, resulta difícil encontrar una edición definitiva de sus andanzas. En España, por ejemplo, las dos ediciones más asequibles en los últimos años son las de Alianza Editorial y Anaya (inicialmente, bajo el entrañable sello «Tus Libros»), y una lleva la firma de G. A. Bürger, y la otra de R. E. Raspe. No he podido cotejar la primera, pero supongo que contendrá la versión germana re-creada por quien la firma. La segunda lleva un extenso apéndice final a cargo de John Carswell, el responsable de la edición inglesa que reproduce la casa española, que explica con bastantes pormenores la cuestión de la autoría, además de incluir las ilustraciones de Doré. Es una lástima, pero no he podido leer personalmente la versión de Gautier, que parece la más prometedora.

En cualquier caso, y en el ámbito de la narración, el barón de Munchausen se ha convertido en el prototipo de fabulador irredento, del gigantesco embustero capaz de soltar, sin inmutarse, la trola más grande. Parece ser que el auténtico Munchausen vio ensombrecidos sus últimos días al verse objeto de la sátira general y de la calificación de mentiroso mayúsculo. Algo seguramente injusto con quien sólo pretendía entretener a los distinguidos invitados que acudían a cenar a su casa para compartir un poco del aburrimiento que no puede sino provocar la vida en el campo. Como curiosidad final, señalo que el nombre de Munchausen ha servido también para dar nombre a un síndrome clínico, una alteración psicológica en la que el individuo que la padece se inventa síntomas o enfermedades para llamar la atención, y que parece una versión desorbitada de la hipocondría.

Las aventuras del barón Munchhausen (1943, Josef von Baky)

Munchausen de Von Baky

En plena guerra mundial, Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, decidió celebrar a lo grande el 25º aniversario de la UFA, la más emblemática productora del cine alemán, con una gran superproducción que, en Agfacolor y con un abierto derroche de medios, sirviera como inmejorable propaganda de las capacidades de la industria del entretenimiento para las masas que ya empezaban a pasar privaciones como consecuencia del conflicto. Lo paradójico es que escogiera a un personaje que podía ser utilizado fácilmente por los enemigos del régimen como fácil símbolo del mismo: un fabuloso oropel de falsedades. Sin embargo, lo que sucede es que, en el fondo, el barón fue objeto, como tantas veces, de una manipulación más. Es decir, es convertido en el prototipo de héroe germánico que se conduce por el mundo con insolente desenvoltura, saliendo con bien de cualquier apuro que se le cruza en el camino y ganándose el amor y el deseo de toda clase de bellas mujeres.

Por tanto, el retrato que se hace del personaje, que tiene menos que ver con el excéntrico tipo del original y mucho con el del alemán ideal que vendía la propaganda nazi. Aquí, el barón Munchausen resulta un héroe muy poco simpático, al que inútilmente se intenta rodear de cierta aureola de romanticismo fatalista (sobre todo en su parte final) por el hecho de que, gracias al conjuro vertido sobre él nada menos que por el conde de Cagliostro, vea envejecer el mundo en torno a él sin quedar atrapado nunca por las redes del tiempo, con lo cual ha visto morir a muchos amigos y mujeres.

El guión, en este caso sí de acuerdo con la visión literaria, lo trata más bien como a Casanova (que aparece también en el film, pero significativamente ya en el umbral de la ancianidad, lamentándose por el vigor perdido en comparación con él, que sigue igual de joven y por tanto de viril): hasta Catalina la Grande se comporta ante él como una colegiala embobada por un galán experimentado. En este sentido, resulta sonrojante la escena en que, ante una mera indicación del barón, se despoja de sus solemnes ropajes imperiales y se queda en ropa interior, cubriéndose con una picaruela (se supone) negligée, en un momento digno de Mariano Ozores, pero mucho más siniestro si tenemos en cuenta que, en el mismo momento del rodaje, lo que intentaban hacer los alemanes en Rusia no era ninguna frivolidad.

La historia comienza de modo ingenioso. En apariencia, nos hallamos en el siglo XVIII, es decir, en la ubicación cronológica esperable, como remarcan las pelucas, casacas y miriñaques de los personajes que desfilan en la pantalla. Pero de pronto alguien manda encender las luces y se revela que nos encontramos en pleno siglo XX, en un mundo de coches y electricidad, mientras se celebra un baile de disfraces. El anfitrión es, precisamente, el barón de Munchausen, y la película consistirá en el relato que hace de su vida a una pareja de jóvenes cuyo miembro femenino parece haber caído fascinada por el encanto del distinguido protagonista.

Ese relato se desarrollará en cinco escenarios: la casa paterna en la localidad alemana de Bodenweder (lugar nativo del auténtico barón); la Rusia de Catalina la Grande; Constantinopla, para ilustrar el famoso episodio inventado por Gautier; una Venecia donde Munchausen coincidirá con Casanova; y por último la Luna, donde se intenta otorgar a la historia de cierto aire de elegía por cuanto allí el tiempo marcha más rápido y el barón inmune al tiempo ve cómo su fiel sirviente envejece y muere con enorme rapidez.

El barón y la mujer de la lunaSobre el papel, todo lo que cuenta es de enorme interés, y se beneficia de una cualidad distinguible, siempre, en el cine alemán de género: su desbordante sentido de la plasticidad, que hace tan agradable visualmente sus mejores propuestas, desde el famoso expresionismo del cine silente, y que, en mi opinión, tiene su cumbre en el díptico aventurero que Fritz Lang propuso en su regreso a Alemania: El tigre de Esnapur – La tumba india (1959). Por desgracia, esto no es suficiente. Las aventuras del barón Munchhausen resulta un título acartonado y que ha envejecido muy mal, y eso no se debe sólo a la antipatía del personaje o a los ramalazos ideológicos que se cuelan aquí y allá. Es problema, ante todo, de la rígida dirección del húngaro Josef von Baky, incapaz de armonizar el trabajo visual y el desbocamiento argumental en un conjunto coherente. Los episodios que componen la historia desfilan por la pantalla de modo cansino, dando la sensación de que a Von Baky, interpretando sin duda las intenciones con que se le había encomendado el proyecto, sólo le preocupaba impresionar continuamente al espectador con el máximo derroche de maravillas que pudieran caber en el plano: los escenarios siempre parecen sobrepoblados.

Eso sí, lo que sí resultan muy conseguidos son los efectos especiales, entrañables incluso: la emblemática imagen de Munchausen volando a lomos de la bala de cañón (hay un buen momento en que, al saludar a los sorprendidos testigos a los que sobrevuela, la bala está a punto de dejarlo atrás), la caída final sobre la fortaleza (resuelta con un magnífico travelling subjetivo sobre la maqueta que se halla sobre un tambor giratorio), el rapidísimo mensajero (rodado a cámara rápida cuando está a punto de arrancar o de pararse y como una estela de humo en el horizonte cuando está lejos) o las volutas de humo de la lámpara recién apagada que acaban formando la palabra «Ende» en el plano final de la película.

En la próxima entrega, dos versiónes cinematográficas más del barón: una inolvidable (la checa de K. Zeman de 1963), otra muy irregular pero a ratos irresistible (la de T. Gilliam de 1988).

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Las aventuras del barón de Munchhausen / Münchhausen. Año: 1943

Director: Josef von Baky. Guión: Erich Kastner. Fotografía: Konstantin Irmen-Tschet y Werner Krien. Música: Georg Haneztschel. Reparto: Hans Albers (Barón Munchausen), Kathe Haack (Baronesa), Brigitte Horney (Catalina la Grande), Ferdinand Marien (Cagliostro). Dur.: 119 min.

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Conan el bárbaro, del pulp a los fotogramas (II)

Conan el destructor (1984, Richard Fleischer)

Conan el destructorConan el destructor es una secuela en el sentido más vulgar del término: una película realizada para aprovechar un éxito previo, sin poner mucho empeño en ninguna tarea creativa sino por el contrario dejándose llevar por la inercia de los más reconocibles elementos de la anterior. A la vista de su factura, el espectador inteligente advierte que la familia De Laurentiis entendió poco del muy particular y arriesgado, apasionante en suma, trabajo del director que contrataron para la primera aventura del cimerio, John Milius. Ellos sólo vieron un personaje brutalote que funcionaba mediante una mera adición de fantasía y aventuras, con diversos momentos para lucir las «cualidades» del actor protagonista, y poco más.

Para esta segunda película, sin embargo, a priori se aseguraban a un par de profesionales de prestigio, mucho mayor incluso que los que se habían encargado de su respectiva parcela en el anterior Conan, el director Richard Fleischer y el operador Jack Cardiff, y que además presentaban en su currículum una de las cimas del cine de aventuras de todos los tiempos, Los vikingos (1958), una película en cuyo planteamiento precisamente se aborda el concepto de barbarie y su contraste con los modos presuntamente civilizados que está en el origen de la saga de Conan, y sobre la que algún día me extenderé. Ahora bien, los veteranos Fleischer y Cardiff ya estaban en su decadencia y su trabajo diríase los de meros yes men. La puesta en escena es pobre, abusa en recursos facilones (los ralentíes se hacen insoportables) y no hay la menor armonía en la transición entre escenas. La fotografía parece de un operador de tercera y provoca que los escenarios escogidos (rodaje en México) para el rodaje resulten mil veces más pobres que los de la previa película.

Si la narración y el trabajo visual son pedestres, no menos lo es el planteamiento. En contraste con el trabajo de Milius, en Conan el destructor no hay otra cosa que una peripecia completamente estándar que parece ilustrar un cómic sin ambiciones. Sería fácil señalar que esto se debe a que los autores del argumento son precisamente dos guionistas de la Marvel, Gerry Conway y Roy Thomas, pero sería injusto. Thomas y Conway, sobre todo el primero —responsable precisamente de la memorable serie de tebeos que terminó por resucitar el personaje—, son dos profesionales muy solventes en su campo y el material que proporcionaron era válido sobre el papel. Ahora bien, el guión final, firmado por Stanley Mann, no sabe convertirlo en una historia válida y creativa.

Grace y ArnoldLa historia que cuenta Conan el destructor ya es un mero «episodio» de su vida sin ninguna relevancia especial. El eje central de la película lo constituye el viaje que efectúa Conan, escoltando por orden de una reina con cara de mala (morena, claro) a una princesa de corazón puro (rubia, por supuesto) en busca de un par de objetos mágicos que deben resucitar a un demonio que la primera quiere controlar en su beneficio (¡incauta!). Ambos viajan con más compañeros (el hercúleo sirviente de la princesa, un ladronzuelo que hace de gracioso, un mago de pacotilla) y en el camino se les une la salvaje Zula, a quien encarna la cantante Grace Jones, hoy olvidada, por fortuna, pero que entonces gozaba de fama, más que nada por un físico agresivo e incluso aterrador, que le sirvió incluso para compartir cartel con James Bond en el divertido Panorama para matar (1985).

No hay que extenderse más: Conan el destructor no es más que una cansina peripecia de aventuras mágicas, muy feísta en el plano visual, con personajes insoportables y un Arnold mucho peor que en el previo Conan, pues aquí, endiosado en su recién estrenado rol de estrella, multiplica sus gestos, posturitas y ademanes propios de una revista de culturismo, resultando bochornosos los instantes en que intenta «interpretar» (su presunta aureola trágica por la pérdida de su amada Valeria o esa inenarrable escena en que se emborracha). Ahora bien, obtuvo el éxito suficiente como para prolongar la inversión de la familia De Laurentiis en el género de la Fantasía Heroica, si bien con otro personaje howardiano, ahora femenino, Red Sonja, en El guerrero rojo (1985), también con Fleischer en la dirección y que, de modo inesperado, dio unos resultados mucho mejores, incluso muy estimables, de lo que hubiera podido esperarse.

El guerrero rojo (1985, Richard Fleischer)

En principio, debió resultar sorprendente que la familia De Laurentiis fijara sus ojos en otro personaje del mismo autor, en este caso más célebre por el cómic que por la literatura. Digo sorprendente porque el austriaco Arnold Schwarzenegger también figura al frente del reparto (si bien en rol coprotagonista de menor importancia dramática) y en una caracterización prácticamente idéntica a la del bárbaro cimerio que personificó en las dos anteriores entregas. Me refiero al diseño del personaje, a su apariencia y habilidades con la espada, pero aquí recibe el nombre de Kalidor, Gran Señor de Hyrkania, quien durante buena parte de la trama se limita a actuar como ángel guardián de la protagonista, apareciendo cuando ésta se halla en alguna situación apurada (que no es poco de cara a la explotación estelar del actor).

Red Sonja, de Frank ThorneRed Sonya, o Sonya la Roja, o Sonya de Rogatino, es el nombre de un personaje femenino ideado por Howard para un relato publicado en la mítica revista Weird Tales bajo el título de La sombra del buitre, en el que ni siquiera tiene el rango protagonista, que corresponde a un guerrero alemán llamado Gottfried von Kalmbach. El relato pertenece al ciclo histórico del texano, está ambientado nada menos que en el asedio de Viena por las huestes de Solimán el Magnífico, y su protagonista es, cómo no, una formidable guerrera rusa que lucha hombro con hombro con el tal Gottfried. En 1973, y para el número 23 de Conan the Barbarian, el cómic, el guionista Roy Thomas, especialista en reciclar relatos de Howard no pertenecientes al ciclo de éste para, tras la consiguiente «reconversión», otorgar unidad dramática a la serie, introdujo al personaje —con la pequeña alteración de una letra: ahora es llamada Red Sonja— en la saga. La «nueva» Red Sonja sigue siendo una guerrera capaz de medirse con cualquiera, a la que Thomas, como sello distintivo, hace jurar que permanecerá virgen hasta entregarse al hombre que la derrote en combate. Aunque apareció en pocos números del cómic matriz, Red Sonja ganó la suficiente popularidad (comprensible, tanto por sus características en un momento de deriva feminista incluso en el mainstream del cómic norteamericano, como por el excitante diseño gráfico que le dieron dibujantes como Barry Windsor Smith o Frank Thorne) como para merecer su propia serie gráfica y acabar pasando a la pantalla, siempre a la estela de Conan.

Esta tercera producción de los De Laurentiis vuelve a cambiar el escenario de rodaje: si la primera se rodó en España y la segunda en México, aquí pasamos a tierras italianas, y con ellas a la incorporación de un nutrido nombres de técnicos transalpinos en algunas de las más importantes facetas artísticas de la película, desde la fotografía (Giuseppe Rotunno, en su momento de mayor prestigio, por ejemplo, en las películas de Fellini) al vestuario y escenografía (Danilo Donati), pasando por la música (Morricone). El cambio se nota considerablemente: en el aspecto visual, El guerrero rojo es muy superior al film precedente, por mucho que compartan al mismo director, el veterano Richard Fleischer, el cual, no sé si contagiado de la notable mejoría señalada también ofrece un trabajo mucho más digno del renombre que se le suponía. Por ello, El guerrero rojo resulta una muy digna producción, que si está claro que no posee el nivel de inversión económica que delataba el primer Conan, aprovecha hasta el máximo su presupuesto y disimula muy bien la modestia que, de todos modos, rezuma su diseño de producción. Es decir, la película retrotrae a los mejores tiempos del cine de género transalpino, y eso ya no es poco.

Así, los decorados levantados para la película resultan muy atractivos: la enorme estatua del guerrero con dos espadas que, sentado, custodia la puerta de la palestra donde se educa Red Sonja en el arte de la espada; el palacio de la malvada reina Gedren, con sus paredes cubiertas de inquietantes rostros de piedra; la construcción vagamente templaria con forma de órix gigante en que agoniza la sacerdotisa hermana de Red Sonja; el puente formado por la columna vertebral de un gigantesco animal unicorne que supone la entrada a Birkabeyn, la Tierra de las Eternas Tinieblas donde gobierna Gedren…

El guerrero rojoUna curiosidad de esta historia es que para narrar el origen de Red Sonja (en el apretado prólogo pre-créditos) se recurre al mismo pasado inventado para Conan por John Milius: la protagonista se educa como indomable guerrera tras asistir a la bárbara masacre de su familia a manos de la villana a la que luego se encargará de ajusticiar. Ya no encaja tanto que los guionistas se empeñen en respetar el detalle inventado por Roy Thomas de ese juramento de entregarse sólo a su vencedor, pues la hosquedad que siente ante los hombres no tiene mucho sentido, teniendo en cuenta que la responsable de su tragedia familiar era una mujer, la reina Gedren (a quien interpreta Sandahl Bergman, en otro particular cruce con los previos Conan, si bien ahora recuperando su pelo moreno natural). Y, claro, concesión inevitable, aunque a lo largo de la película se resista a los intentos de Kalidor por ser «tierno» con ella, al final cede a los tremendos atractivos eróticos de Arnold y la película concluye con el beso que seguro se pensaba que la platea jalearía con merecidos aplausos.

En cualquier caso, la evocación de Conan el bárbaro está presente desde la raíz del planteamiento. Red Sonja parte en busca de la reina Gedren, tanto por venganza como porque se ha apoderado de un maligno talismán que, arrebatado del templo donde una hermandad compuesta sólo por mujeres —las únicas que pueden tocar la piedra sin desintegrarse— la custodiaba, empieza a convocar la destrucción del mundo mediante el desatamiento de las fuerzas de la naturaleza. En su misión, se unen a ella tanto el misterioso Kalidor como un niño-rey cuya ciudad ha destruido Gedren, el príncipe Tarn, y su fiel serviente personal, Falkon. El guerrero rojo es un film aventurero bastante estimable, que remonta considerablemente el bajo nivel (aunque fuera fácil…) de Conan el destructor. Incluso, sorpresa, Arnold Schwarzenegger está bastante mejor que cuando hizo dos veces del cimerio y hasta resulta simpático, aunque, una vez más, en esta valoración puede que juegue mucho una comparación negativa: con la inexpresiva Brigitte Nielsen —esposa por entonces del otro astro de la testosterona, el inefable Stallone—, actriz sin el menor atractivo erótico para estar a la altura del personaje de los cómics, y cuyo único mérito, es evidente, estriba en ser lo suficientemente grandota como para resultar verosímil en las escenas de combate contra hombres.

Conan el bárbaro (2011, Marcus Nispel)

Conan 2011No hay que perder mucho tiempo en comparar este Conan 2011 con el Conan de John Milius, por cuanto el cine fantástico en que nació este último tiene muy poco que ver con el actual. Sobre todo, en la narrativa (hoy el ritmo quietista que impuso Milius a su puesta en escena sería un suicidio en un film de acción mainstream) y en la elaboración visual y los efectos especiales. En cualquier caso, quede dicho que este Conan, cuya acreditación encabeza el alemán Marcus Nispel como podía haberlo hecho cualquier otro, no resiste la menor comparación con la estupenda película de 1982, salvo en un detalle: el protagonista Jason Momoa me parece más eficaz que el posturitas de Schwarzenegger, aunque sólo sea por elegir entre lo malo y lo peor. Por otra parte, y de cara a los entusiastas del Conan literario o tebeístico, el diseño del personaje se ajusta más a los originales: un hombre joven, ardiente, que gusta sin complejos de la guerra y de las mujeres, que no necesita mostrar todo el tiempo un semblante adusto. El Conan 2011 se remite al cimerio en su periodo de juventud, y justamente es eso lo que transmite: una juventud desbordante que necesita saciar rápidamente toda su ansia de lucha, de sexo, de amistad y también de venganza.

La historia vuelve a remitirse a los orígenes, y aquí la película es deudora del guión de Milius y Stone, casi hasta el punto de plantear una suerte de remake. Una vez más se muestra al Conan niño —de hecho, aquí se lo ve nacer, y de modo muy sugerente: su madre lo pare en el corazón de una batalla y muere a consecuencia de las heridas que ha sufrido en la misma— en su Cimeria natal; una vez más asistimos a la forja de su espada por parte de su padre; una vez más, la aldea cimeria sufre la incursión de una horda de guerreros que extermina a todos sus habitantes y mata al padre de Conan. Al menos, ahí acaban las repeticiones: el niño Conan no es convertido en esclavo, sino abandonado y una rauda elipsis lo muestra ya convertido en el líder de una banda de piratas que se dedica a hacer incursiones en la costa hyboria mientras el joven guerrero busca información sobre los hombres que atacaron su aldea. El resto del film se encarga de narrar el enfrentamiento entre el malvado rey responsable de tal acto y su hechicera hija, quienes intentan resucitar a la esposa de uno y madre de otra, una bruja supuestamente aún más temible.

El mayor problema de Conan el bárbaro 2011 es que nunca consigue desprenderse del aroma de la superficialidad, de la transitoriedad, de la falta de ambiciones de su propuesta. De no ser por el enorme presupuesto invertido —que se nota: los efectos especiales, para aquellos que soñaban con ver el universo del héroe de Howard haciendo honor a las descripciones de libros y cómics, consiguen sobradamente este efecto de realismo—, uno tendría la sensación de estar ante una producción para el medio televisivo al estilo de esas horrendas series tipo Hércules o Xena, tal es su falta de elaboración dramática. Es verdad, como señalo, que la sucesión de escenarios y, en especial, de ciudades fabulosas, es considerable: pero, para mí, que crecí en un cine más artesanal y paradójicamente, más mágico, la hiperrealidad de estas recreaciones ha acabado por hacerse demasiado «fácil» y, por tanto, ha perdido el encanto que poseían las viejas escenografías fantásticas.

Jason Momoa, el nuevo ConanY además falta todo lo esencial. Por mucho que se nos asegure que el héroe es Conan, tampoco se produce el feeling necesario entre éste y el espectador (al menos, el espectador que ama a Conan de verdad). El villano parece extraído de alguna producción de direct to video de los 80 (la interpretación de Stephen Lang es anodina a más no poder, con tanta mueca de malignidad). Las peripecias se suceden sin dejar nunca la menor huella, sin ofrecer ningún giro argumental o suceso particular que resulte especialmente interesante. Únicamente el gran Ron Perlman, encarnando al padre de Conan, aporta auténtica dignidad a la película, la áspera grandiosidad entre épica y bizarra que debía haber tenido el producto, pero sale de escena demasiado pronto.

Es cierto que la película carece de miramientos a la hora de expresar la turbulenta violencia de la era hyboria: como ejemplo, sirva el instante en que, para conseguir que hable un sicario, Conan introduce con salvajismo sus dedos en el borboteante muñón que tiene en vez de la nariz que él mismo le arrancó de pequeño. Pero, sin un propósito dramático o una ética de la aspereza a la que remitirse, la agresividad visual es un mero efecto de cara a la galería, que además tampoco impresiona porque ha acabado por convertirse en un lugar común en la práctica totalidad de films de aventuras coetáneos en espacios similares, sean históricos o ahistóricos. No puede surgir así la atmósfera de nihilismo que es consustancial a este tipo de películas, y sin atmósfera sólo hay pirotecnia violentista. Encima, la dirección de Marcus Nispel se empeña en tratar todas y cada una de las escenas de acción con el mismo sistema de agitación coctelera de tantos equivocados apóstoles de la modernidad en el cine de género. Aun con todo, Conan el bárbaro se deja ver sin enojos y muchos de sus encuadres poseen una indudable belleza, como propias de una ilustración de los grandes genios del dibujo que han abordado al personaje, pero no consigue emocionalmente implicar en lo más mínimo a quienes buscan en estas historias en la frontera de la civilización una mirada de incómoda revulsión sobre la esencia de lo humano.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Conan el Destructor / Conan the Destroyer. Año: 1984

Director: Richard Fleischer. Guión: Stanley Mann, sobre una historia de Gerry Conway y Roy Thomas. Fotografía: Jack Cardiff. Música: Basil Poledouris. Reparto: Arnold Schwarzenegger (Conan), Grace Jones (Zula), Olivia D’Abo (Princesa Jehnna), Sarah Douglas (Reina Taramis), Wilt Chamberlain (Bombaata). Dur.: 103 min.

Título: El guerrero rojo / Red Sonja. Año: 1985

Director: Richard Fleischer. Guión: Clive Exton y George MacDonald Fraser. Fotografía: Giuseppe Rotunno. Música: Ennio Morricone. Reparto: Brigitte Nielsen (Rd Sonja), Arnold Schwarzenegger (Kalidor), Sandahl Bergman (Reina Gedren). Dur.: 103 min.

Título: Conan el Bárbaro / Conan the Barbarian. Año: 2011

Director: Marcus Nispel. Guión: Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer y Sean Hood. Fotografía: Thomas Kloss. Música: Tyler Bates. Reparto: Jason Momoa (Conan), Stephen Lang (Khalar Zym), Rose McGowan (Marique), Rachel Nichols (Tamara), Ron Perlman (Corin). Dur.: 113 min.

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El sexto sentido: un «clásico» que ha envejecido muy pronto

Bajo el epígrafe de un adagio muy conocido, Mucho ruido y pocas nueces, que en español da título a una excelente comedia de Shakespeare, inicio una sección en el blog en donde (no con mucha frecuencia, pues prefiero siempre hablar de aquello que me gusta) escribiré sobre películas que creo que están sobrevaloradas. En unos casos, como el film con el que empiezo, yo mismo sufrí el espejismo la primera vez que la vi, y en una posterior revisión la película se me vino abajo. (Otra pregunta, tal vez peliaguda, sería: ¿qué espectador era mejor: el de la primera vez o el de la última?) En otros casos, desde el primer momento me pareció que no había para tanto: por señalar algunos ejemplos, valdrían títulos como Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) o El crepúsculo de los dioses (1950, Billy Wilder). O directamente me parecieron espantosos: Drácula de Bram Stoker (1992, Francis Ford Coppola).

Paso a mi primera película en la sección, que en su momento pareció que permitía un regreso a un tipo de cine de terror más clásico, frente al que ya reinaba en la producción central de Hollywood, y que se caracterizaba por el predominio de los efectos especiales frente a la atmósfera, y por la puerilidad de unas historias dirigidas a un sector del público supuestamente poco amigo de complicaciones dramáticas.

El sexto sentidoEn el momento de su estreno, dos fueron sobre todo los elementos que le valieron especial atención a El sexto sentido. Por un lado, el más llamativo desde el punto de vista meramente argumental, su twist final:    [aviso: si el lector no lo conoce —aunque me parece difícil— no debe leer NADA de esta entrada]    la revelación de que el protagonista, el psicólogo infantil Malcolm Crowe, están tan muerto como esos fantasmas que el niño al que intenta ayudar, Cole, ve a su alrededor. Por otro, el hecho de que su puesta en escena, basada en una muy estudiada planificación de los encuadres y los movimientos de cámara, atendiendo a la creación de un tempo tranquilo y sin apresuramientos (es decir, todo lo contrario de lo que ya se llevaba en esos momentos), sirvió para definirla como una película «clásica». No sé si a ambas cosas, y a otras como el inesperado papel de un Bruce Willis por entonces casi exclusivamente asociado al cine de acción, se debió el enorme pero inesperado éxito de taquilla que tuvo un film de su naturaleza: esto es, un film de terror sin grandes parafernalias visuales ni apoyado en la sangre o en las continuas sorpresas (salvo, claro, la final).

En cualquier caso, es evidente que revisar El sexto sentido fuera de la época de su estreno resulta de lo más interesante. En primer lugar, porque algo más de diez años después, hay mucha más perspectiva (como es natural) para enjuiciar lo que proponía su director y guionista, M. Night Shyamalan, a quien esta película encumbró y sostuvo durante unos cuantos años más, pero que en los últimos tiempos ha visto como su prestigio (y, en especial, su crédito comercial) han bajado bastante. Esa puesta en escena clásica ya no puede sorprender tanto: primero, porque es evidente que tampoco Shyamalan es el único director coetáneo que recurre a ella; y segundo, porque sus siguientes películas nos «acostumbraron» a su forma de proceder, revelando a un director muchas veces más moroso que sereno: ahí está un film como Señales (2002), capaz de aburrir a las ovejas, por mucho que, como el presente título, también se apoyara en una estrella de Hollywood (Mel Gibson) en un papel distinto a los habituales. Tanto en Señales, aquí de modo más evidente por cuanto Gibson encarna a un pastor protestante, como en otras de sus películas, también nos acostumbramos al sustrato judeo–católico de El sexto sentido: buena parte de sus historias son crónicas de una redención, o juegan mucho con el elemento religioso, ya sea planteando reflexiones sobre la fe o sobre la culpa o sobre la «comunión» con algo que está por encima de nosotros, se le llame Dios o no. En cualquier caso, está muy claro que si se vio a Shyamalan como el gran renovador del género en el cambio de siglo, esa expectativa hace mucho ya que quedó considerablemente rebajada.

El psicólogo y su pacientePero está bien claro que el espectador que vuelve a ver El sexto sentido se preocupa ante todo por revisar lo que entonces le pasó desapercibido: es decir, todas y cada una de las escenas en las que aparece Malcolm e interactúa, más o menos, con los personajes vivos. Esto depara otra película, pero mucho más molesta: porque hay un momento en que diríase que el espectador está más atento a los posibles «fallos» de Shyamalan que a la intriga de la película. En este sentido, es posible que haya que ver otra vez la película, libres ya de esta morbosa curiosidad, para volver a enfrentarnos, sencillamente, con ella. En cualquier caso, esta meticulosa observación obliga a reconocer cierta incomodidad. Es cierto: Malcolm no habla nunca con otro personaje que no sea el niño Cole, ni siquiera aunque compartan plano, pero se nota un exceso de laboriosidad para hacer parecer que sí se relaciona con ellos: por ejemplo, cuando el niño llega a su casa y encuentra a su madre y al psicólogo sentados, en apariencia juntos. Pregunta: ¿no habría sido más «honrado», o al menos sugestivo, no mostrar nunca al protagonista en un mismo plano con nadie que no fuera el niño, sugiriendo además así, con inteligencia, la verdad, y ahorrando al espectador toda sospecha de que todo tiende en la película hacia el efectismo final? Son cosas, por supuesto, sobre las que sólo podemos preguntarnos una vez visto el film una primera vez.

Escena tras escena, acaba resultando demasiado artificioso que Malcolm nunca hable con nadie directamente, o que actúe de tal modo que un aparente comentario no necesite respuesta inmediata (cuando se halla presente en el momento en que el médico encarnado por el propio Shyamalan interroga a la madre acerca de las heridas que tiene el niño; Malcolm suena una interjección de fastidio ante la pregunta directa del médico, como si pensara que es inconveniente, pero el hecho de que no intente decir nada más —recuérdese que él sí cree estar vivo— no resulta del todo verosímil). Ello por no hablar que las escenas que comparte con la esposa ya sí apuran demasiado los límites de la credibilidad para que, tanto si se sabe como si no la condición de Malcolm, resulte convincente. En concreto, la escena de la cena a la que el psicólogo llega supuestamente tarde resulta demasiado envarada, la mirada que Olivia Williams dirige a Bruce Willis debiera haberse ahorrado porque tensa demasiado la cuerda (puede interpretarse como que mira al vacío y casualmente allí está Willis o que lo mira haciendo pensar que sabe que sí está: en cualquier caso carece de toda naturalidad) y lo mismo sucede con los otros elementos (la cuenta que casi coge Malcolm o el «feliz aniversario» que la mujer suelta en el momento de irse). En conclusión: creo que, de cara a posteriores visionados de El sexto sentido (y toda película que pretenda perdurar debe ser concebida para verse más de una vez), habría sido mejor que se conociera desde el principio la condición de muerto del protagonista, ahorrando esa mirada de sabueso ceñudo al espectador.

Bruce Willis, a punto de abrir la última puerta hacia la verdadDe cualquier modo, el principal problema que se le encuentra a este «nuevo» Sexto sentido es el de su exceso de autoconsciente trascendencia. Es evidente que la historia que narra Shyamalan es muy sencilla, casi propia de un episodio televisivo de alguna serie tipo The Twilight Zone, y la primera impresión que da el trabajo del director-guionista es la de haber hinchado en exceso esa mínima anécdota argumental: la película se hace muy larga (sin tener un metraje excesivo), y la famosa puesta en escena clásica acaba resultando demasiado morosa, de tal modo que en su parte central resulta incluso aburrida. También obra en su contra la sobrecarga mortuoria de la atmósfera: no es que se pida mayor ligereza, pero es que el fantasma de la pretenciosidad no tarda en presentarse; es cuestión de tono, y Shyamalan desvía la atención dramática hacia fuera, hacia el espectador, notándose demasiado el esfuerzo que hace porque éste advierta el trabajo de planificación.

Hay otro elemento que en su día me funcionó perfectamente, pero ahora no, tal vez porque ya no puede haber elemento sorpresa: es evidente que la elección de Bruce Willis para el papel protagonista es un error de cásting, por mucho esfuerzo que ponga el intérprete. Pues su gestualidad no es tan rica ni tan sutil como para sugerir un tenso drama interior a partir de una muy medida expresividad: hay instantes en que Willis está al borde de resultar inverosímil. De modo que el gran problema de El sexto sentido, lo que (para mí) lo ha convertido en una película muy envejecida tan sólo una década después de su realización, es que deja asomar demasiado el entramado de su construcción y no la obra en sí. En suma: falta espontaneidad dramática y sobra pomposidad formal, aunque es evidente que hay momentos de cierta intensidad y que el resultado general de la película sigue siendo estimable.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El sexto sentido / The Sixth Sense. Año: 1999.

Director: M. Night Shyamalan. Guión: M. Night Shyamalan. Fotografía: Tak Fujimoto. Música: James Newton Howard. Reparto: Bruce Willis (Dr. Malcolm Crowe), Haley Joel Osment (Cole Sear), Toni Collette (Lynn Sear), Olivia Williams (Anna Crowe). Dur.: 107 min.

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Sucesos en la IV fase: …y las hormigas dominarán al hombre

Sucesos en la IV fase[Este artículo ha sido reelaborado con posterioridad: enlace aquí]     Diseñador gráfico conocido ante todo por sus famosos y magníficos títulos de crédito para Hitchcock, Preminger o Scorsese, Saul Bass rodó una única película, que en su momento careció de repercusión, pero a la que el tiempo ha ido otorgando una muy merecida reputación de film de culto. Sucesos en la IV fase (1974) es una originalísima película de ciencia-ficción, muy característica de esa década extrañamente fascinante dentro del cine de un Hollywood sorprendido en un momento de transición entre el fin del clasicismo y la eclosión del cine de blockbusters carente ya de cualquier pretensión (o casi) de densidad adulta. Su planteamiento es sencillamente admirable. No hay que olvidar que, expresado brevemente su argumento, parece tratarse de una clásica película de amenaza animal, de monster movie (por mucho que aquí no haya hipertrofia de la especie animal escogida, las hormigas, como en La humanidad en peligro [1954, Gordon Douglas]): como consecuencia de una extraña conjunción de soles, las hormigas adquieren una repentina inteligencia e inician el asalto a la conquista del planeta.

Este argumento es abordado de un modo que en absoluto recuerda la ortodoxia básica del minigénero: ni hay grandes escenas de masas presas del miedo, ni intervención del ejército, ni intriga sobre la exacta identificación del enemigo hasta su desvelamiento. Bien al contrario, Saul Bass escogió la estructura de un film minimalista, de lo más sencillo en cuanto a forma y medios, sin espectaculares efectos especiales —aunque la labor con los insectos, a cargo de Ken Middleham, llega a ser escalofriante— ni escenas de shock, que asume la apariencia de un informe científico, desapasionado mientras el ser humano todavía cree que es la mente racional superior en esa batalla, progresivamente alucinado cuando alcanza la convicción de que ante ese ejército, diminuto si se trata de sus unidades, vasto y aterrador como masa, no tiene sencillamente nada que hacer…

El título original, «Fase IV» —alargado en España seguramente para tratar de atraer al público que había ido a ver el film de Spielberg Encuentros en la tercera fase (1977), con el que, claro, no tiene nada que ver, pero que se estrenó antes— alude precisamente a esa condición de empresa científica que en principio entablan los dos protagonistas. La fase I plantea el problema: unos planos iniciales, en el espacio, señalan esa confluencia solar que parece haber tenido extrañas consecuencias en la Tierra; la voz del biólogo Hobbs (Nigel Davenport) define el problema en términos de un problema científico, apuntando posibles vías mediante las cuales estudiar el nuevo comportamiento de las hormigas del planeta (que han suspendido toda hostilidad entre sus diferentes especies, han establecido comunicación entre ellas y han eliminado a sus depredadores naturales en determinadas áreas). La labor con los insectos ya produce los primeros síntomas de inquietud en el espectador: esos planos que enfocan la cabeza de los insectos, cuya mirada parece cargada de una ominosa inteligencia. Bass (y Middleham) encuadran a las hormigas en primerísimos planos, otorgándoles un protagonismo a estos insectos que nunca habían tenido antes y consiguen así que un animal en principio inofensivo y con evocaciones positivas despierte una instintiva reconvención desde el primer momento. De hecho, esos planos de los ojos multifacéticos de las hormigas, mirándonos, poseen una intensidad de todo punto malsana: pero somos nosotros quienes dotamos esa mirada de una connotación negativa, en términos humanos. No en vano uno de los vértices dramáticos sobre el cual girará la dramaturgia de Bass es la exploración de esos límites de la humanidad, en función de una posible evolución en la escala natural que acabe convirtiendo al hombre en una especie colectiva evolucionada como las hormigas.

phase-ivLa fase II sitúa ya a los dos protagonistas en el escenario de su investigación. Hobbs asocia a su empresa a un especialista en comunicación animal y criptología, Lesko (Michael Murphy), y ambos marchan a un rincón de la desértica Arizona donde las hormigas han alejado a los hombres —los escasos habitantes de una fracasada urbanización en el desierto: las imágenes de parcelas divididas pero sin construir o con los primeros andamiajes a modo de esqueleto insisten en esa metáfora de la deshumanización de la Tierra— y allí instalan una base de investigación dentro de un domo de facetas poligonales, muy cerca del lugar donde las hormigas han levantado una fantástica construcción, unas enormes torres prismáticas de arena con un orificio cercano a su cúspide cuyo afortunado diseño los hace semejar a enormes tubos de órgano creados por la propia naturaleza.

El tono objetivo y desapasionado sigue presidiendo la narrativa pero con la entrada en escena de Lesko se introduce una variante. Lesko es la variable humana de la investigación. Después de que los científicos rechacen un primer ataque de las hormigas mediante un veneno amarillo, los dos salen del domo (embutidos en sus trajes herméticos que, claro, les convierten en figuras fantásticas, tan articuladas como las propias hormigas, pero plateadas) para descubrir los cadáveres de los ancianos granjeros que se negaron a abandonar su casa como ellos les habían indicado. Lesko contempla los cuerpos con horror, pero más lo impresiona la indiferencia con que Hobbs pasa ante ellos para llamarlo alborozado, fascinado al descubrir el modo en que las hormigas se sacrificaron para hacer volar el camión que les servía de generador. Desde ese momento comienzan las desavenencias entre los dos científicos, con lo cual se remarca un nuevo contraste con esa comunidad altamente socializada que forman los insectos, cuya capacidad de sacrificio además no conoce límites, como muestra la impresionante secuencia en que distintos miembros de aquélla van arrastrando una bola del veneno amarillo (mueren después de haberla conseguido trasladar un trecho, pero enseguida llega otro para relevarlo) hasta la reina, quien, tras devorarla, comienza a engendrar una especie de larvas amarillas inmunes al veneno.

La mirada de Lynne FrederickLa fase III introduce un nuevo elemento. Una chica, Kendra, nieta de los granjeros fallecidos, ha sobrevivido a la masacre y los científicos la llevan al domo (donde se quedará más de lo que Lesko pretendía pues Hobbs, sabiendo que un informe sobre las muertes acabará con su misión, no ha dado parte de lo sucedido… antes de que las hormigas definitivamente los aíslen del mundo exterior). Kendra —interpretada por una actriz, Lynne Frederick, cuya inexpresiva belleza se aviene bastante bien, en términos visuales, a lo que luego será su personaje— parece concebida para introducir el elemento erótico o romántico tan propio de las monster movies, pero una vez más Saul Bass y su guionista Mayo Simon contradicen las expectativas del espectador. Mediante inteligentes planos, Bass se preocupa en sugerir lo que será la revelación final, planos que asocian a la muchacha con las hormigas que penetran en el domo, compartiendo encuadre.

[El lector que quiera conocer por sí mismo el final de esta espléndida película deberá dejar de leer a partir de aquí]

Planos que pueden sugerir la amenaza de los insectos con la que ahora parece el eslabón más débil del grupo de humanos, pero que el giro final revelará ser otra cosa: Kendra es la hormiga reina a la que Hobbs consagrará sus últimos y delirantes esfuerzos —mordido por algunas hormigas, tras un incidente provocado, claro, por la chica, su brazo comienza a hincharse (monstruosamente: el hombre es aquí quien se convierte en monstruo) y la fiebre a apoderarse de sus actos. Otros detalles, recordados a posteriori, sugerían tal condición: por ejemplo, que siempre camina descalza, es decir, sus pies están en continuo contacto con la tierra, lo que sugiere una condición primordial con respecto a sus compañeros. No en vano (y gracias a la gestualidad de la actriz) en todo momento parece un animalillo y de hecho lo primero que sabemos del personaje es su vínculo con los animales, en concreto con su caballo.

La conclusión, por tanto, es impactante, cuando el superviviente Lesko (que ha tratado de comunicarse una y otra vez con las hormigas, agarrándose a la idea de que es posible un entendimiento de igual a igual) penetra en/es atraído al sancta sanctorum de la reina, la cual emerge de entre la arena (como antes vimos a las hormigas obreras cuando la muchacha abandonó el domo). Comienza la fase IV: las hormigas, en efecto, dominarán el planeta pero no destruyendo al hombre, sino convirtiéndolo en una fase más avanzada de su propia especie. La escena del engendramiento de las larvas amarillas había sido, pues, un aterrador presagio de lo que sucederá.

Phase IV

Sucesos en la IV fase es un film cuyo rigor asombra en todo momento: es una de las ocasiones en que el cine ha conseguido levantar una narrativa de pura abstracción más allá de la atmósfera en que se sustenta. Por supuesto, para ello son imprescindibles tanto la música de sones eléctricos que acompasa las acciones de las hormigas (de Brian Gascoigne) como las comentadas secuencias con los insectos: es difícil olvidar la grandeza elegíaca que posee la escena en que las obreras negras, «vulgares», rinden homenaje a las hormigas amarillas que han caído con la destrucción de las torres que reflejaban los rayos solares hacia el domo. Una película fascinante, irrepetible: una verdadera isla, cuya senda por desgracia rara vez sería retomada.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Sucesos en la IV fase / Phase IV. Año: 1974

Director: Saul Bass. Guión: Mayo Simon. Fotografía: Dick Bush. Música: Brian Gascoigne. Reparto: Nigel Davenport (Hobbs), Michael Murphy (Lesko), Lynne Frederick (Kendra). Dur.: 93 min.

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Conan el bárbaro, del pulp a los fotogramas (I)

Conan, de Frank FrazettaConan el cimerio (el Bárbaro es un apelativo popularizado ante todo por el cómic) nació en 1932, en las páginas de la mítica revista pulp Weird Tales, de la mano de un escritor texano llamado Robert E. Howard que escribió compulsivamente una enorme cantidad de relatos (entre publicados, inéditos e incompletos) en poco más de una década antes de suicidarse a la edad de treinta años, al no poder soportar la inminente muerte de su madre. Olvidado como la mayor parte de las creaciones pulps con la muerte de las publicaciones que le daban cobijo, resucitado a duras penas por el esfuerzo de algunos fans incondicionales metidos a editores y popularizado finalmente gracias al nuevo auge de la literatura popular en los años 60, el cimerio recibió su definitivo espaldarazo gracias al éxito del cómic publicado por la editorial Marvel desde 1970, con Roy Thomas (guionista) y Barry W. Smith, John Buscema y Ernie Chan (responsables gráficos) al frente de sus mejores etapas. Al mismo tiempo, otros autores (Lin Carter o L. Sprague de Camp) prorrogaban al personaje completando o reelaborando el material dejado inconcluso por Howard o escribiendo nuevas historias, empeño en el que pronto se unieron otros escritores.

Ese éxito es lo que llevó a Dino de Laurentiis a auspiciar una gran producción inspirada en el personaje y confiada a un cineasta tan particular como John Milius, que por entonces poseía renombre cinéfilo gracias a varias películas que revisaban géneros tradicionales —Dillinger (1973), El viento y el león (1975)—, y que encontró en el personaje una forma de plasmar de modo definitivo su concepción del género y del tratamiento de la estética de la violencia bajo una resbaladiza lectura de la que escapan muy ambiguos ramalazos ideológicos. Surgió así otro Conan que, gracias a esa tremenda caja de resonancia que es el cine, casi suplantó definitivamente a los anteriores, encima bajo los músculos hipertrofiados del culturista aquí alzado al estrellato, el austriaco Arnold Schwarzenegger.

Muchos Conan, por tanto, superpuestos unos sobre otros como capas de una cebolla, todos surgidos de la misma fuente de inspiración. ¿Qué queda de ese primer Conan? Revisando los cuentos de Howard (los de Conan y los de sus otros héroes, en el fondo todos ellos el mismo), nos encontramos con una prosa que, injustamente, es tratada de poco literaria, pero que destaca sobre todo por el efecto contagioso que produce. Las descripciones de Howard (pródigas en adjetivos, como pasaba con los mejores autores pulp, empezando por Lovecraft), tanto de escenarios como de personajes y, en especial, de batallas; su forma de caracterizar ante todo por gestos y comportamientos, por actitudes; la visión del mundo que se deduce de ello (la añoranza por un mundo primitivo pero al mismo tiempo más sencillo, más violento y más puro, y que muestra universos que nunca existieron pero que no por ello dejan de ser más vívidos); el componente aparentemente cínico y brutal que caracteriza esos universos, y sin embargo la decidida defensa por parte de los héroes de Howard de una ética propia que los ennoblece; todo ello, digo, remite a un poderoso anhelo de la Épica por parte del autor. Un anhelo fácilmente compartible por los lectores que se dejan hipnotizar por su literatura.

Conan, de John MiliusHay dos formas de tratar la épica (sin incurrir en ironías que sólo delatan en quien se refugia en ellas un vacuo sentimiento de superioridad con respecto al material que abordan). La primera —que es la que, con todos los reparos que puedan hacérsele a esta idea, es la que está más en relación con el contexto que la vio nacer en las distintas literaturas— es como lo hizo Robert E. Howard: mirándola de frente con la ingenuidad de un bardo, asumiendo, o intentando hacerlo, su espíritu puro. La otra es reconocer su imposibilidad fuera de ese contexto originario y, o bien aceptarlo e intentar evocarla con la lucidez necesaria, aceptando su componente de inevitable degradación estructural, o bien llorar su pérdida mediante la elegía. John Milius opta por fundir estas dos últimas dimensiones: es decir, canta la elegía pero al mismo tiempo intenta respirar el espíritu épico primigenio. Es un equilibrio difícil y por ello, en parte, la irregularidad de su Conan.

La elegía se halla presente en el continuo hincapié en la decadencia que impregna la película. Decadencia en el personaje del villano central, el malvado Thulsa Doom, un guerrero degradado en su busca de lo absoluto, quien, tras intentar hallarlo en el «acero» (o sea, en la lucha: lucha de todos modos innoble, asaltando y diezmando indefensas aldeas como la natal del protagonista), ha pasado a hacerlo en la Muerte o, tal como él lo llama, el Vacío. Degradación que ha acabado incluso con su propia humanidad: Doom no sólo lidera un culto de la serpiente sino que él mismo es capaz de transformarse en un gigantesco ofidio (esos excelentes cambios de plano centrados en sus ojos, progresivamente reptilescos…).

Pero decadencia también del propio concepto de héroe, ya de por sí diferente en las manos de Howard al de la épica tradicional (griega, medieval), cuyos héroes, de Conan a Solomon Kane pasando por el rey Kull, se guían por una nobleza que posee un componente de cinismo y amor por la violencia que no existía en los héroes clásicos, en Aquiles, en Alejandro Magno, en el Cid o en los caballeros del rey Arturo. Es significativo que este Conan cinematográfico se guíe ante todo por la venganza, dejando escapar la posibilidad del amor en la persona de Valeria, quizá porque Milius asume que ya no es posible la redención del ser humano mediante la pureza sino mediante la catarsis. Y hay otro elemento que para mí encarna de modo supremo esa decadencia, que también tiene que ver con el villano: es la elección de un actor, James Earl Jones que, pese a su altura y corpulencia, ya tenía cincuenta años y sus carnes reflejan indudablemente su edad, con esa flaccidez que ya empieza a mostrar su rostro y que sancionan por qué ya no puede ser un guerrero que se enfrente de igual a igual con Conan…

Thulsa Doom, pulsión de muerteA estas alturas, resulta imposible abordar las películas más notorias de la filmografía de Milius sin tener en cuenta la múltiple literatura vertida sobre su autor (en gran parte, debido a las propias declaraciones de éste), sobre su fascinación por la violencia y el militarismo, sobre sus inclinaciones fascistas. Y es que resulta muy fácil encontrar en Thulsa Doom y su culto, en su ardoroso discurso a Conan sobre el control de las voluntades y su demostración práctica (haciendo que una muchacha, a su mero llamado, se despeñe), una aplicación anacrónica de las doctrinas totalitarias, con su culto a la personalidad del líder y la deshumanización de sus seguidores, guiados sencillamente por una fascinación hacia aquél que les arrebata toda voluntad. También, por supuesto, en el deleite estético con que se señalan las liturgias no sólo del culto a Set y sus ceremonias (el sacrificio a la serpiente en Zamora, el inequívoco eco nazi en los cascos de los guerreros de la Montaña del Poder donde se halla el santuario de Doom) sino de la práctica totalidad de las escenas de violencia, empezando por el estupendo arranque del film, con la decapitación del padre de Conan por Thulsa Doom. Y no hay que olvidar —aunque los nietzscheanos han dedicado mucho tiempo a desmentir y lamentar la vinculación del filósofo con los fascismos— que la película se abre significativamente con esa frase de Nietzsche que se conocen hasta los niños: «Lo que no te mata, te hace más fuerte».

Desde luego, John Milius acierta en el modo en que debe empezarse un moderno relato épico. La voz de quien se proclama cronista de Conan introduce, con breves y escogidas palabras, el relato de sus aventuras. Mientras se desgranan los títulos de crédito, asistimos a la forja de una espada de hoja poderosa y bellamente labrada, con los rostros de su forjador, su esposa y su hijo destacados contra la oscuridad tenebrosa por la iluminación escarlata de la fragua, una forma evidente de unir, en tal contexto, luz y violencia (violencia encarnada en un brazo justiciero, claro), todo ello bajo los sones de la música de Basil Poledouris, con su oscilación entre la balada dulzona, la marcha militar y el eco wagneriano. (A todo esto, precisamente esta música de Poledouris, que en el fondo desmiente la épica aunque parezca lo contrario, es otro de los elementos que construyen el tono decadente de la película.)

La larga secuencia introductoria que viene a continuación relata el asalto de una feroz hueste guerrera contra la en principio pacífica aldea de Conan, y supone ya un ejemplo de ese atractivo juego estético sobre la violencia que es la raíz del film, empezando por el efecto del combate en un paisaje cubierto por el invierno. Pero sobre todo, del minucioso ceremonial de muerte que será asociado al personaje de Thulsa Doom y que tiene su primera muestra en la mencionada decapitación del padre de Conan: el coro litúrgico que llena la música; los hombres que van pasándose la espada de uno en uno creando diferentes expectativas en el público sobre cuál de ellos es su líder; la aparición final de éste, que al descubrirse el poderoso casco guerrero muestra, insólitamente, a un hombre de piel negra entre esos guerreros de apariencia nórdica; la recurrencia al primer plano en sentido leoniano (o sea, de Sergio Leone) para dotar de una atmósfera de irrealidad a ese momento; el fatalismo con que la madre de Conan acepta la llegada de la Muerte, bajando la espada que hasta este momento alzaba, agresiva (por cierto, que nunca nuestra Nadiuska pareció más bella); el ralentí del momento de la ejecución y la magnífica decisión de dejar el encuadre al nivel del niño Conan, mientras su madre pierde la vida (y algo más) y su cuerpo empieza a desplomarse…

Conan, de John Buscema

Desde ese momento, Conan el bárbaro, versión Milius (y Stone, no hay que olvidar la participación en el guión de este cineasta), desarrolla la vida de su personaje en torno a un único objetivo: la venganza contra el hombre que destruyó su infancia y lo condenó a la esclavitud en su niñez, adolescencia y primera juventud. Es un planteamiento, la verdad, bastante simple, y su única ventaja, creo, es que permite guiar el desarrollo de la historia hacia una dirección evidente, con lo cual se gana en claridad. Con todo, uno de los principales reproches que se le pueden hacer a la película es la irregularidad de su ritmo, que no consigue hacer suceder los diversos episodios con la cohesión adecuada, sobre todo en el largo núcleo que se desarrolla entre la secuencia inicial y la definitiva conversión de Conan en un hombre libre. Me parece algo ridícula esa solución de guión (inventada para el Conan cinematográfico) que consiste en encadenarlo, como esclavo, a una gigantesca noria: casi parece que es una excusa para filmar visualmente la elipsis que convierte al niño en el enorme adulto mediante el profundo surco que marca en la tierra tantos años de constante caminar, de tal modo que han quedado grabadas las pisadas del protagonista. Ahora bien, cuando por fin Conan abandona la noria para ser convertido en un luchador errante por su nuevo dueño parece ser el único esclavo que seguía dando vueltas al infernal aparato, remarcando su resistencia sobrehumana de modo un tanto facilón.

La formación de Conan como combatiente (primero usando su fuerza bruta, después convirtiéndose en un maestro de la espada) también es demasiado parvularia. Eso sí, muchos minutos después, la película permite apreciar un momento que entonces pareció casi ridículo. Cuando Conan se forma en el manejo de la espada, Milius dedica un plano al personaje haciendo diversos molinetes en el aire y todo parece una concesión estelar al hipertrofiado Schwarzenegger, que tiene así un momento de lucimiento mediante todo tipo de posturitas. Sin embargo, cuando, una hora después, tiene lugar la definitiva catarsis del personaje, su lucha contra la muerte y su definitiva conversión en el guerrero con completo control sobre mente y cuerpo, Milius repite la misma escena. Ahora bien, todo es ya distinto. Si antes había dedicado un Conan y su acerada espadaplano general, e incluso lejano, a mostrar los alardes del espadachín, ahora el encuadre es muy cercano, en plano americano. Si antes la habilidad de Schwarzenegger había resultado tosca e incluso envarada, como si su exceso muscular le impidiera acceder a la necesaria armonía gestual, ahora el actor se conduce mucho mejor y consigue, en efecto, hacer creer que guerrero y espada ya son uno. El efecto dramático es extraordinario: en el plano en Scope, Milius combina la enorme masa vertical del austriaco con la estilización del juego horizontal que depara la espada. Incluso, Conan se mira varias veces y con intensidad esa mano ahora tan hábil: él mismo sabe que algo ha cambiado dentro de él, que una transformación ha sucedido. La fuerza mística y estética que posee este instante, casi el mejor de toda la película, resume a la perfección el atractivo, fascinante incluso en su ambigüedad, del trabajo de Milius. Y hace perdonar ese estúpido momento, completamente incoherente con el personaje, en que le hizo derribar un camello de un puñetazo y que, éste sí, no tenía otro sentido que lucir la «potencia» del culturista austriaco.

Convertido en un hombre libre, Conan ha de hacer frente a dos pruebas inmediatas. Primero, perseguido por unos lobos, se introduce accidentalmente en un hipogeo que encierra un conjunto de tumbas, destacando el esqueleto de un rey sentado en su propio trono con la espada a su lado, y Milius consigue un buen momento filmando el acercamiento de Conan al trono con un encuadre que diríase subjetivo desde el rey muerto (y es lástima que, en efecto, esté muerto y no intente resistir el expolio, como parecía esperarse). Armado ya con una espada propia, todavía el cimerio tendrá que hacer frente a un particular peligro: una bruja (cuya cabaña se alza nada menos que entre las imponentes formaciones calcáreas de la Ciudad Encantada de Cuenca) que en el paroxismo del éxtasis sexual se transforma en un ser medio animal, vagamente licantrópico (la bruja es encarnada por una actriz filipina, Cassandra Gaviola, de considerable sensualidad, mucho más que la actriz elegida para el papel coprotagonista, la hombruna Sandahl Bergman).

Por último, encuentra con quien compartir su errancia y afrontar la búsqueda del guerrero cuyo símbolo es la Serpiente: un hábil ladrón y arquero llamado Subotai (Gerry López) y la aventurera Valeria (la Bergman), personaje por cierto extraído de uno de los mejores relatos del ciclo del cimerio, Clavos rojos. La aventura que une el camino de Conan con el de Valeria se inspira en otro excelente cuento, La torre del elefante, y termina de introducir en la historia el culto a Set, que sitúa al cimerio en la pista correcta de Thulsa Doom. La definitiva aparición del elemento ofidio —en sus diversas formas: como emblema, como la gigantesca mascota con la que Conan acaba en esta escena, como los animales que Doom y sus principales acólitos se complacen en enroscar sobre sus cuerpos o que aquél convierte en mortíferas flechas, acabando así con la vida de Valeria, como el ser en el que se transforma literalmente el villano…— provoca la misma sensación malsana, por ello también decadente, de los otros componentes antedichos. Es fundamental, por ello, este componente tan arduamente trabajado por Milius que juega con la fascinación y rechazo que, en un mismo plano, provocan numerosos de los elementos argumentales, ideológicos y estéticos de la película.

Conan, de Barry Windsor-SmithLa segunda hora de la película tiene lugar ya dentro de o en los alrededores de la Montaña del Poder que es el sancta sanctórum del culto liderado por Thulsa Doom, y que externamente presenta una imponente escalinata que se alza sobre la ladera desnuda de la montaña y que conduce al interior hueco de la misma. Muchas de las mejores secuencias de la película tienen lugar aquí: la soberbia escena en que Valeria y Subotai luchan contra los espíritus de la muerte que pretenden llevarse consigo a Conan (tatuado todo su cuerpo, para su protección, por conjuros esotéricos y amortajado por una tela negra); la transformación de Doom en serpiente; el camuflaje moteado con el que los tres aventureros cubren sus cuerpos para penetrar en la Montaña y que acabará asociándolos visualmente con el enorme ofidio en que se convierte Doom; la batalla final de Conan y Subotai contra las huestes de Doom en medio del conjunto de megalitos, con la princesa que se disputan encadenada al fondo; y, por supuesto, la escena nocturna final presidida por las antorchas de los acólitos de Set —la nueva asociación al nazismo y su famosa procesión de antorchas para celebrar el ascenso de Hitler a la Cancillería alemana es inevitable— y la ejecución del villano: es una buena idea que sus seguidores, desaparecido el líder, se disuelvan sin ningún deseo de lucha, a imagen de su deshumanización: muerto el líder, quedan como meras encarnaduras humanas sin voluntad, justo lo que fueron mientras éste existía, pero sin el objetivo de muerte y destrucción con que éste los animaba…

Conan el bárbaro es, por lo tanto, una de las últimas aportaciones verdaderamente memorables de Hollywood a la aventura (por fuerza estética y atractivo dramático, no hubo otra igual hasta el no menos discutido Beowulf [2007] de Robert Zemeckis, que bebe mucho de ella y del género trazado por Howard en general). Pródigo en defectos, empezando por el protagonismo a ratos dolorosamente insoportable de Schwarzenegger. Discutible en muchos de los elementos que, por otro lado, refuerzan su fascinación. Irregular de ritmo y de inspiración. Con más de un momento ridículo (Arnold montando un camello y con florecitas en la mano, tratando de infiltrarse en el culto de Set, supone todo un poema). Pero en general dotado de una gran fuerza y con el atractivo añadido, para los seguidores de Robert E. Howard y del cimerio, de ofrecer una mirada más sobre el personaje, diferente y a la vez complementaria de las anteriores.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Conan, el bárbaro / Conan the Barbarian. Año: 1982

Director: John Milius. Guión: John Milius y Oliver Stone. Fotografía: Duke Callaghan. Música: Basil Poledouris. Reparto: Arnold Schwarzenegger (Conan), James Earl Jones (Thulsa Doom), Sandahl Bergman (Valeria), Max Von Sydow (Rey Osric), Gerry Lopez (Subotai). Dur.: 129 min.

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En Viena, hacia 1900: Carta de una desconocida

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Hacia el final de Carta de una desconocida, el compositor Stefan Brand, arrasado por el pesar, pregunta a su fiel criado John, que lleva toda la vida a su servicio, si recuerda a esa mujer cuya carta lo ha conmovido tanto, y éste, que es mudo, asiente y escribe en un papel: «Lisa Berndle». En mi memoria personal, supone el momento más emotivo de todo el cine que he visto en mi vida: el sobrio asentimiento de John, testigo en silencio de la vida de su amo, y por tanto de sus efímeros triunfos y de sus dolorosos fracasos, encierra la clave dramática de la historia. Ese silencio, esa imposibilidad para expresar en voz alta pensamientos, esa humildad natural del personaje, bañada en una conmovedora dignidad (basta este papel para otorgarle la inmortalidad al no menos humilde secundario Art Smith, víctima desconocida del maccarthysmo), es también la traducción del paso de Lisa Berndle por la vida de Stefan Brand: alguien en quien apenas se repara, un ser hecho de silencio y sombra, y a la sombra de Brand, pero para quien éste —todo lo contrario que para aquellos que, tras el deslumbramiento inicial de su astro refulgente, no volvieron a considerarlo— fue el centro de su existencia. Es así que la tímida Lisa Berndle y el mudo John acaban siendo, en el curso de la historia, dos almas gemelas, los astros silenciosos que no se apartan nunca de la órbita sobre el músico Brand, sobre quien no lo merece. ¿O sí?: uno de los hallazgos estremecedores que proporciona la revisión de Carta de una desconocida, como suele suceder con todas las obras irrepetibles, es que obliga a revalorizar al personaje teóricamente mediocre, teóricamente incapaz de apreciar el amor o la lealtad que se dan porque sí, sin que él tenga que haber hecho el menor esfuerzo para conseguirlos.

Sabido es que el origen de esta película se halla en el interés de Joan Fontaine por una obra en la que supo ver una indudable posibilidad de lucimiento personal. Casada en ese momento con William Dozier, uno de los vicepresidentes de la Universal, tal hecho posibilitó que la producción de la película, en unos márgenes fuera del cine de gran presupuesto, gozara de una considerable libertad artística. La filmografía, anterior y posterior, de Ophüls puede hacer creer que era inevitable que él rodara Carta de una desconocida, pero en 1948 eso no era así: a quien entendiera que el hombre adecuado para filmar esa historia de Stefan Zweig era un director alemán, nacido como Max Oppenheimer y rebautizado como Max Ophüls, que llevaba en Hollywood siete desaprovechados años, sin más crédito que un film de aventuras rodado el año anterior y al que nadie prestó atención, La conquista de un reino (1947), y algún otro proyecto abortado; a ese, digo, debería elevársele un monumento, pues, en efecto, nadie como Ophüls hubiera podido sentirse tan implicado, tan concernido, por esa historia. En la estimable pero algo apagada nouvelle de Zweig —publicada originalmente en 1927—, el exiliado Ophüls reencontró el espacio, escénico, artístico y emocional, que había constituido su existencia, y se aferró a él con la apasionada determinación de quien, en ese momento, y por circunstancias fáciles de entender, se sabe ante el proyecto de su vida.

El lector de la carta

Aunque no fuera acreditado en tal cometido, el director trabajó en el guión junto al único firmante final, Howard Koch, célebre entre los cinéfilos por su participación en el libreto de Casablanca (1943, Michael Curtiz). Comparar la nouvelle con el guión realizado entre ambos es significativo. El primer y genial acierto es dotar de un mayor dramatismo a la lectura de la carta por parte del protagonista: en Zweig, la noche en que éste lo hace no reviste especial significación; en Ophüls, Stefan Brand (en el relato los dos personajes centrales no tienen nombre) llega a casa después de haber sido retado a duelo, con la intención de marcharse «por la puerta de atrás», pero la lectura no sólo dilata su posibilidad de huida hasta hacerla imposible, sino que transforma de tal modo su existencia que acaba marchando al duelo de viva voluntad, embargado por una terrible tristeza nihilista al descubrir que fue el centro de una pasión que pudo cambiar su existencia y la dejó pasar sin advertirlo.

Otra magnífica modificación es convertir al escritor del relato en músico. Es indudable que, en cine, las posibilidades, de todo tipo, con un músico eran mayores que con un escritor, en el sentido que interesaba a Ophüls, desde la prestancia visual (y las connotaciones románticas subsiguientes) que permite la figura del pianista tocando al peso de la propia música en el relato, tanto en el orden diegético como en el narrativo, planos que aquí se funden de modo inigualable. Por supuesto, hay otras modificaciones, pero ya de menor importancia, como es ignorar en la película que Lisa, después de tener a su hijo con Stefan, se convierte en una cortesana por elección propia, para garantizar a su pequeño el nivel de vida adecuado. Imposición del pacato Hollywood de la época, probablemente, pero acierto dramático, al reconcentrar todavía más el trato de Lisa con los hombres, reduciéndolos al amor real, interior, que representa Brandt y a la posición externa, pero para ella inauténtica, que supone el militar Johann Staufer.

Carta de una desconocida es un cuento romántico que no sólo no disimula en modo alguno su condición de tal sino que incluso lo remarca al adoptar la forma de un sueño, un sueño modulado como una fantasía musical, un sueño a la medida de una pasión, de una obsesión amorosa que transmuta todo el sentido de la existencia (y de la realidad) para una persona, para Lisa Brendle, dictando el destino de su vida, dándole sentido y haciendo que perezca con ella en el momento que ella desaparece. La muerte de Stefan Brandt está anunciada desde el momento en que lee las palabras iniciales de esa misiva: «Cuando leas estás líneas yo habré muerto…». Antes de coger esa carta, Stefan se dispone a huir de la muerte, aun a costa de su honor (un honor que, de todos modos, él sabe que perdió hace mucho tiempo); después de leerla, corre a abrazarla, pues no puede caber la menor duda de que de ese duelo él no puede salir con vida. El profundo onirismo que anima toda Carta de una desconocida, por lo tanto, es el riguroso modo en que se expresa el sueño de una «mujer sin importancia» cuya vida nace en el momento en que escucha por vez primera los sones al piano de Stefan (otro magnífico hallazgo, tanto argumental como atmosférico). Su pasión es tan absoluta que es lógico que, cuando ella muere, arrastre consigo al hombre que la provocó, a ese ser que, cuando había acabado por convencerse de la mediocridad que ocultaba su brillante apariencia, se siente sublimado por saberse capaz de inspirar tal conmoción sentimental.

Amor de una sola nocheSi inicialmente Lisa Berndle parece el centro de la historia, pues es quien la conduce, tanto para Stefan como para nosotros, la grandeza emocional de la película es que no es ella quien recibe nuestra adhesión incondicional. Tal vez sea por la presencia de Joan Fontaine, quien, por mucho que realice un trabajo indudablemente entregado, sin embargo no puede evitar hacer que su personaje avive la reticencia que siempre provocó su personalidad cinematográfica (moldeada, sobre todo, en sus dos famosos films con Hitchcock), el de un ser con aire de perpetua indefensión que, sin embargo, no consigue despertar el deseo de que la protejan.

Tal vez sea porque, por mucho que uno sabe que Louis Jourdan era un intérprete limitado, uno no puede evitar mirarlo con simpatía: pese a que constantemente se nos quiera trasmitir que es un hombre superficial, cuya entrega a la sensualidad ha arruinado su teórico talento, la forma en que Stefan Brandt (o sea, Jourdan) se mueve por el mundo, sonríe a una mujer o a cualquiera que se cruza en su camino (a nosotros, también), transmite una completa falta de petulancia o de pagada autosatisfacción. ¿No nos gana alguien que, en su presentación en escena, al despedirse de sus padrinos, tiene el humor de afirmar: «No me importa que me maten, pero ya sabéis lo que me cuesta madrugar»? En el fondo, Brandt nos resulta agradable porque intuimos en él a un hombre internamente mucho más modesto de lo que parece indicar su comportamiento; y Lisa no consigue agradarnos porque, bajo su apariencia sencilla de mujer que no pide nada late el rígido corazón de un ser que lo pide todo, y de forma tan extrema, que es imposible que pueda conseguirlo. Ya se sabe que la historia del cine se alimenta y retroalimenta hasta componer una compleja urdimbre de referencias que se propulsan en el tiempo hacia delante y hacia atrás: en Lisa Berndle ya está contenida la impresionante, admirable pero, también, imposible de amar Gertrud de Carl Thedor Dreyer.

La noria del PraterLa acción transcurre en «Viena, hacia 1900», pero ese espacio, tanto en 1948 como hoy día, en que constituye uno de los referentes emblemáticos de la cultura mundial, ya no era sino una sombra del pasado que sólo podía ser recuperada mediante la idealización, mediante la capacidad del cine (y más dentro del cine de presupuesto modesto: y aunque lo disimule bien, esa es la condición de Carta de una desconocida) para componer universos tejidos de la materia de los sueños. Ophüls hace que innumerables encuadres presenten, al fondo, de forma que casi parece un espejismo, una aguja gótica que evoca la nunca nombrada Catedral de San Esteban. Del mismo modo, en la noche mágica que comparten Lisa y Stefan, en un plano irrepetible, mientras pasean, aparece, como un fantasma convocado por el subconsciente, la noria del Prater, otro lugar que parece mentira que exista de verdad, hasta tal punto parece haber sido creado por el cine.

Los elementos atmosféricos parecen empeñados en gritar la irrealidad de la historia que nos cuentan, o cuando menos que está construida sobre el deseo y la imaginación, nunca sobre el sustrato de lo real. Así, la acción se inicia en una noche de lluvia, y la lluvia aparece detrás de las ventanas mientras Stefan lee la carta, simbolizando esas lágrimas que surcarán su rostro tan pronto descubra lo que contiene. La nieve preside la noche de felicidad de Lisa, con su capacidad para simbolizar lo evanescente, lo que es bello pero está condenado a ser fugaz, a perecer. La niebla cubre continuamente esa Viena a la que regresa la adulta Lisa, y no sólo para enmascarar la sencillez de los decorados, sino para traducir el carácter de reverie que posee su amor por el músico, para indicarnos que su historia sólo puede tener lugar en un espacio mágico, de contornos imprecisos, contenido en una caja de música destinada a ser cerrada tan pronto termine la melodía que suena.

Hans Christian Andersen y los cuentos tristesLos cuentos triste proporcionan una felicidad inolvidable, aunque duelan en el alma, y precisamente por ello: es la magia de Los papeles de Aspern, de Henry James, de Bartleby el escribiente, de Herman Melville, o de Tía Dolor de Muelas, de Hans Christian Andersen (¿acaso Ophüls no filma como escribía el inmortal danés, con el mismo delicado onirismo, al tiempo infantil y terriblemente adulto?). Ophüls hace que juzguemos a sus criaturas como se merecen, como seres que fracasan en su intento de tener vidas sublimes , pero también que los admiremos por su determinación en apartarse de la vulgar “realidad”, por la dignidad con que acaban dejándose arrastrar, de distinto modo, hacia la perdición, por la nobleza con que, cada uno de ellos a su modo, discurren ante la pantalla. Genial narrador en términos visuales, Ophüls rompe el corazón cuando, para mostrar el aparente triunfo de Lisa (por fin es conducida, ella, por Stefan a su casa), repite el mismo encuadre en lo alto de la escalera que usó antes al mostrar cómo ella, aún niña, contempló cómo conducía allí a otra de sus conquistas. Es decir, Lisa está condenada al mismo destino que las otras: a dar una noche de placer al músico y ser olvidada después. Del mismo modo, ese encuadre que muestra al marido de Lisa, el militar Staufer, mientras intenta hacer recapacitar a su esposa para que no vuelva a sacrificarlo todo por Stefan, situado delante de su nutrida panoplia de armas colgando de la pared, presagia que quien retará a duelo al músico no es sino él (genial el fugaz plano en que lo vemos, en el interior de su coche de caballos, esperando a que baje Stefan, con la expresión de implacable dureza, con la sentencia de muerte de aquél marcada en su rostro).

Lisa renuncia al marido que le ha dado la posición a ella y, sobre todo, a su hijo, matando a éste sin saberlo (pero el espectador sí), pues, al devolverlo con prisas a su colegio, para poder ir corriendo a lo que ella (equivocándose una vez más) cree que es el llamado de su amado, da pie a que se suba al vagón contagiado por el tifus. La misma Lisa morirá —todos mueren, como en la estremecedora frase final del mencionado cuento de Andersen— contagiada por su hijo, y Stefan también se dirige a su muerte en el final. Y es a él a quien Ophüls le dedica su inolvidable final, cuando recuerda, por fin, a la joven Lisa que una vez le abriera la puerta. Esa sonrisa final, de reconocimiento fatalista, por causa del gesto, como siempre, modesto y nada enfático de Stefan, encierra una redención que resulta incluso jubilosa, como el fiel John también ha reconocido, un momento antes, con esa cálida despedida al amo que sabe que no volverá a ver, posándole la mano en el hombro. Cada vez que veo ese último plano de Stefan no puedo evitar sentir que un gesto como ese justifica toda una vida, la de Brand, la de Louis Jourdan, la de Max Ophüls, la de cualquiera capaz de conmoverse con él. Carta de una desconocida es un título irrepetible, una caja de resonancias que abre estancias insondables de nuestra memoria y nuestros sentimientos, que nos conduce a lugares de donde cuesta trabajo volver, pues, como todo sueño, mientras tiene lugar ni existe ni importa nada más.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Carta de una desconocida / Letter from an Unknown Woman. Año: 1948

Director: Max Ophüls. Productor: John Houseman.  Guión: Howard Koch y Max Ophüls (sin acreditar); relato de Stefan Zweig. Fotografía: Frank Planer. Música: Daniele Amfitheatrof. Reparto: Joan Fontaine (Lisa Berndle), Louis Jourdan (Stefan Brandt), Art Smith (John), Mady Christians (Frau Berndle). Dur.: 86 min.

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Alicia en el País de las Maravillas y el cine (III)

Alicia, paladín de la Luz contra la Oscuridad

Alicia, de Tim BurtonNo sé si es triste o significativo. La última versión de Alicia en el País de las Maravillas (2010, Tim Burton), de considerable éxito, prácticamente no tiene nada que ver con Lewis Carroll, aunque por evidentes razones de reclamo comercial siga ostentando el título original. Por mucho que sigan apareciendo el Conejo Blanco, el Gato de Cheshire, el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, la Oruga fumadora, la Reina Roja y la Reina Blanca o la pareja de gemelos Tweedledum y Tweedledee, este dramatis personae es más bien un reclamo de iconos conocidos despojados casi por completo de su sentido original, empezando por el llamativo detalle de que aquí tienen nombres propios y están dotados de un insólito hálito de «racionalidad». Es decir, las acciones y palabras de todos esos personajes tienen un contenido lógico, unas motivaciones racionales, que dota de un sentido a sus acciones en la trama. No estamos en el reino del disparate, del sinsentido.

Y ni siquiera Alicia es Alicia. En primer lugar, y no es accesorio, aquí recibe un apellido, Kingsley, y su edad se incrementa: realmente, la trama aborda una segunda aventura de Alicia, ya con 19 años, en el País de las Maravillas, un lugar cuya realidad olvidó tras su primera estancia en él, tomándolo por una serie de sueños que han seguido asaltándola desde entonces. De hecho, esta vez es ella quien será convocada por los habitantes del país fantástico, que entretanto ha caído en un terrible estado de degradación bajo la soberanía de la Reina Roja, hasta el punto de que incluso ha perdido su nombre: ya no es Wonderland (el País de las Maravillas), sino Underland (el País Subterráneo, o el País Caído).

Realmente, el planteamiento urdido por la guionista Linda Woolverton es el mismo de un olvidado film surgido también como secuela de un clásico de la fantasía literario-cinematográfica: Oz, un mundo fantástico (1985, Walter Murch). Al igual que en éste, se plantea un regreso a un viejo y clásico escenario ahora bañado por un impreciso crepúsculo, y la protagonista es recibida por las criaturas fantásticas que la acogieron tiempo atrás como una especie de última esperanza antes de la Caída definitiva del país en la oscuridad, o en la degradación, aquí representada por la decadente Reina Roja y sus monstruosas criaturas. Sin embargo, la necesidad del regreso de Alicia como única esperanza para Underland no tiene especial sentido. Desde luego, el anterior paso de Alicia por allí no parece haber dejado tanta huella como para eso: al menos no en los originales de Carroll, y desde luego tampoco Woolverton se preocupa en reflejar en su libreto el menor peso del pasado que haga referencia a dicha estancia. Que, de pronto, Alicia se haya convertido en la única esperanza, en el Mesías, de Underland, es algo que debe ser aceptado porque sí, sin mayores explicaciones.

Alicia, de T. BurtonPor otro lado, esta nueva Alicia es, también, un relato iniciático en el que la protagonista, amén de salvar a los habitantes de Underland de la Reina Roja, debe «encontrar su lugar en el mundo» (y este es un diálogo literal de la película). De ahí que la película cuente con un largo prólogo en el mundo «real» para caracterizar a su protagonista, sorprendida en el momento en que debe asumir sus responsabilidades como adulta, o sea, aceptar la boda por conveniencia a que su madre la somete con el heredero de una familia de rancio abolengo. Alicia, de hecho, huye en mitad de la petición, y el curso de sus aventuras la convertirá en la mujer firme e independiente que, a su regreso, rechazará abiertamente ese mundo de conveniencias. Eso sí, lo molesto de este conflicto psicológico es que, en realidad, el retrato que se hace de la alternativa que se le plantea a Alicia es demasiado simple como para que sea un conflicto de verdad: no sólo la buena sociedad es descrita como el imperio de la hipocresía, el fingimiento e incluso la crueldad, sino que el joven que la pretende es un petimetre feo, aprensivo, estúpido y que está claro que no la ama en absoluto. ¿Cómo pensar que pueda ser conflictivo rechazarlo?

Por lo demás, y tan pronto la muchacha ingresa en ese lugar, queda claro que lo que pretenden los promotores de Alicia (o sea, la Disney contemporánea) es seguir impersonalmente la estela de la fantasía mágica poblada por criaturas fantásticas tipo Las crónicas de Narnia, con la previsible batalla final donde se dirime el definitivo triunfo de la Luz. Eso sí, la excusa argumental está extraída, para que no se diga, de un elemento muy concreto del segundo libro de Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, como es el poema Jabberwocky1, al parecer muy popular en Inglaterra, de donde se toman las criaturas monstruosas de la Reina Roja, y también la espada (también con nombres y personalidad propia, muy a lo Tolkien) que debe empuñar Alicia, y sólo Alicia, para vencer al terrible engendro.

Por supuesto, a un espectador verdaderamente crítico, ame o no las creaciones de Carroll, esta operación no le puede valer. Alicia es un film situado en tierra de nadie, cuya mera existencia resulta difícil de justificar como no sea desde el lado del presunto bombazo comercial que esperaban extraer sus promotores, sobre todo en el terreno del marketing. El señuelo del film, claro, es ese look visual, tan reconocible, del cine de Tim Burton, a quien ninguna otra cosa parece importarle. Y más teniendo en cuenta las posibilidades de revulsión subterránea (nunca mejor dicho) del material que tenía entre manos. Por ejemplo, es llamativo el completo desperdicio del componente erótico que depara la presentación de Alicia como jovencita atractiva (aunque Mia Wasikowska resulta muy sosa desde cualquier punto de vista, sea el físico o el interpretativo) y el «realismo» con que, con frecuencia, se queda sin ropa al crecer o menguar su cuerpo pero no sus vestiduras. Es verdad que, bajo la vigilancia de la Disney, celosa defensora del público infantil (y paternal) a quien va dirigido el film, no era de esperar mucha picardía en este sentido, y más teniendo en cuenta las connotaciones paidofilícas que siempre han estado asociadas a la relación original entre Carroll y Alice Liddell, la niña inspiradora de su personaje.

La distinción entre la Luz y la Oscuridad también resulta tópica a más no poder. Es verdad que la Reina Roja —que más bien es la Reina de Corazones, pues no para de soltar su célebre grito— resulta un personaje atractivo, aun cuando sea por lo chocante que resulta ver a Helena Bonham-Carter reducida a un enorme cabezón embutido en un cuerpecillo diminuto. Pero la Reina Blanca resulta rigurosamente insoportable, empezando por la actriz que la encarna, Anne Hathaway, y siguiendo por su erróneo diseño visual (un ser lánguido, tan pálido que casi resulta espectral, y que parece más bien Cicciolina), o la tontería de que ella misma sea incapaz de defender personalmente su causa por haber realizado unos votos en defensa de toda vida… incluida la del Jabberwocky, parece ser (eso sí, que otros maten por ella ya no parece importarle tanto: ¿habrá alguna intención simbólica o es mera estulticia de la guionista?).

Johnny Depp como el Sombrerero LocoCon todo, es justo reconocer que la historia mejora en su segunda mitad (o que, seamos malos, el espectador, al darse cuenta de que ya no puede esperar nada creativo o sugerente, se conforma con la dignidad, básica pero indiscutible, del producto que se le está sirviendo). Así, en la parte final se consigue evocar parte de la melancolía que habría debido impregnar la atmósfera general del film desde el principio, y en parte se debe, curiosamente, al fiel Johnny Depp, quien (con cabello crespo y encarnado, y los ojos dorados) encarna a un Sombrerero ya no loco sino trasmutado en una especie de galán melancólico que suspira por la protagonista. También resultan excelentes la batalla entre Alicia (ataviada como un deslumbrante arcángel de blanca armadura) y el Jabberwocky en unas ruinas cuyo vértice lo supone una escalera de caracol que se retuerce hacia la nada; o el plano elevado que muestra que el campo de batalla en el que van a enfrentarse los ejércitos de las dos hermanas está cuadriculado como un tablero de ajedrez (idea extraída, aunque solo en el aspecto visual, de Alicia a través del espejo).

1 En la versión española, el «Galimatazo», nombre extraído de la traducción de Jaime de Ojeda, publicada en Alianza Editorial.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Alicia en el País de las Maravillas / Alice in Wonderland. Año: 2010

Director: Tim Burton. Guión: Linda Woolverton. Fotografía: Dariusz Wolski. Música: Danny Elfman. Reparto: Mia Wasikowska (Alicia), Johnny Depp (Sombrerero Loco), Helena Bonham-Carter (Reina Roja), Anne Hathaway (Reina Blanca), Crispin Glover (Stayne), y las voces de Christopher Lee, Michael Sheen o Alan Rickman. Dur.: 108 min.

Otras Alicias

Las aventuras de AliciaHay múltiples versiones de Alicia de las que no he hablado, bien por ser prácticamente inaccesibles (las más antiguas) o por tratarse de trabajos para la televisión, que ya se escapan del alcance de este comentario. Una curiosidad, poco afortunada por otra parte, es la versión musical que el cine británico hizo en 1972: Las aventuras de Alicia, dirigida por William Sterling, y que, para variar, fue un gran fracaso. Vuelve a ser una Alicia interpretada por actores de carne y hueso, y vuelve a incurrir en el error del film de 1933: el desfile de cargantes monigotes disfrazados de forma ridícula para dar vida a los personajes en su día diseñados por Tenniel. Y eso que debajo de esos espantosos trajes de animal y el maquillaje pseudo-fantástico se encuentra un muy notable conjunto de actores británicos. Encima, la película incurre en lo peor que le puede pasar a un musical: que las canciones sean insípidas y las escenas de baile, ridículas. Lo único simpático del film es su inicio, que reproduce la tarde en que el reverendo Dodgson, su amigo Duckworth y las niñas Liddell se deslizaron perezosamente Támesis abajo mientras el primero iba creando a Alicia. Durante la merienda a orillas del río es cuando irrumpe el Conejo Blanco y Alicia sale detrás de él. Lo demás, es olvidable.

Esos transgresores años 70 —la última época en la que verdaderamente se cuestionaron los mitos y valores de nuestra sociedad: desde entonces, y salvo cuando nuestros bolsillos tiemblan, hemos estado encantadísimos con nuestro modelo—, Alicia fue rescatada para todo tipo de planteamientos (incluido el pornográfico: Alicia en el país de las pornomaravillas, dirigida por Bud Townsend en 1976). Por ejemplo, dio pie a diversas alegorías políticas y sociales, incluso en nuestro país: Alicia en la España de las maravillas (1979, Jorge Feliu). La más curiosa de todas estas últimas es una película que no entra, oficialmente, en el apartado de adaptaciones de Carroll, pero que, sin la menor duda, es una variante de su personaje.

Alicia o la última fuga, de ChabrolMe refiero a Alicia o la última fuga (1977), una de las películas menos conocidas del prolífico director francés Claude Chabrol. En su momento pasó bastante desapercibida, quizá porque el protagonismo de Sylvia Krystel desorientó a quienes se asomaron a ella. Quienes buscaban el mismo erotismo presuntamente «fino» de Emmanuelle (1974, Just Jaeckin), hoy tan olvidado, se encontraron con una película que tenía ambiciones mayores. Pero los admiradores de Chabrol recelaron de lo mismo, y pasaron de largo. Lo cierto es que, claro, algo de ese exhibicionismo erótico tan propio de la Krystel hay en la película (¿si no, para qué llamar a una actriz tan mediocre?), pero el planteamiento es demasiado sofisticado para el espectador que se aficionó a Emmanuelle, O, Bilitis y demás. El planteamiento es muy propio de Chabrol: una parabóla antiburguesa a partir de la odisea de una chica bien que, tras abandonar a su marido, sufre un accidente de coche y llega a una gran propiedad en el campo, donde tiene todo tipo de encuentros extraños… y de la que parece imposible escapar. La chica se llama, fuera sutilezas, Alicia Caroll —aunque Chabrol también maneja otras referencias, de Jean Cocteau a Fritz Lang, pasando por el pintor Caspar David Friedrich— y, como el personaje homónimo, se caracteriza por aceptar con total naturalidad la aparente inversión de la normalidad en que se ha precipitado. En el fondo, y como era de sospechar, [spoiler], Alicia o la última fuga se acoge a un modelo del cine fantástico que un par de décadas después se pondría de moda en todo el mundo a partir del éxito de la sobrevalorada El sexto sentido (1999): las peripecias de alguien que no ha advertido todavía que está muerto y pasea por un mundo de sombras todavía demasiado parecido a aquél que ha abandonado.

Voy a hablar ahora de «otras» Alicias. Pues no hace falta que un personaje femenino, una niña o una jovencita, penetre en un lugar llamado País de las Maravillas y se encuentre a sus emblemáticos habitantes para encontrar la huella de Lewis Carroll, tanto en cine como en literatura. Por ejemplo, es evidente que la famosa novela de L. Frank Baum El maravilloso mago de Oz (1900), generadora a su vez de una larga serie de libros, es una reelaboración de la trama básica de Carroll, sólo que excluyendo el componente intelectual y humorístico para convertirla, sencillamente, en una narración de aventuras mágicas. Como es notorio, la novela dio origen a un mítico musical, El mago de Oz (1939, Victor Fleming), con Judy Garland como protagonista, que hoy día, y dependiendo del estado de ánimo con que la veamos, puede parecernos entrañable o antigua sin remisión.

Return to OzYa he mencionado, líneas arriba, una curiosa «continuación» a la película anterior, que tuvo una muy escasa repercusión pero cuyo planteamiento lo entreveo en la Alicia de Burton. Se trata de Oz, un mundo fantástico (1985), dirigida y co-escrita por el prestigioso montador Walter Murch (en su única realización). La historia retoma a la niña Dorothy, poco después de su regreso de Oz, incapaz de soportar la gris realidad cotidiana de su Kansas natal. Lo que ansía ella es volver al mundo mágico, pero sus tíos que, claro, nunca creyeron en los disparates que contó, lo que piensan es que está sufriendo un trastorno. Sin embargo, y sin entrar en detalles, al final cumple su mayor deseo, sólo para descubrir que sobre Oz ha parecido caer la degradación, la ruina. La Calzada de Adoquines Amarillos está socavada, la Ciudad Esmeralda es una ruina que ha perdido las gemas refulgentes que cubrían sus paredes y sus habitantes —incluidos sus amigos el León y el Hombre de Hojalata— están transformados en estatuas de piedra. El único ser humano a quien encuentra resultará ser una siniestra bruja que colecciona cabezas femeninas que ella misma se quita y pone como un sombrero. El villano culpable de todo, el Rey Gnomo, resultará que ha recibido sus poderes porque las famosas zapatillas rojas de Dorothy, al marcharse ésta de Oz, cayeron sobre su guarida. Por ello, aquí —y al contrario que en la Alicia de Burton, como ya indiqué—sí resulta coherente que la protagonista sea la únicaque podrá devolver el Orden a su sitio y restaurar la vida y la luz en el país de Oz.

Por desgracia, el encanto que posee esta historia no consigue concretarse en una película a su altura. Oz, un mundo fantástico adolece de lo peor que le puede pasar a un film de esta naturaleza: la falta de la necesaria atmósfera, de tal modo que lo que queda es asistir —en la precisa y encantadora definición de Borges— a una «mera variedad sucesiva», a ratos más entretenida, a ratos más plúmbea. Con todo, hay que reconocer su originalidad y que, como mínimo, resulta una película de lo más estimable.

Valerie, de NezvalOtra variante notable, surgida primero de la literatura y vertida después al cine, procede de la literatura checa. Se trata de la novela Valérie y la semana de los prodigios, publicada en 1945 por Vitezslav Nezval, y que recientemente ha sido editada en España por El Olivo Azul (traducción de Alejandro Hermida de Blas). La Valérie del título, una adolescente que vive en un pueblecito con la sola compañía de su abuela, también parece haber cruzado las fronteras de que separan el mundo fantástico del real —aunque de modo tan difuso que ambos parecen compartir el mismo espacio. Este tránsito se justifica en el despertar a la sexualidad de Valérie, su joven protagonista, quien en el primer capítulo tiene su primera menstruación, lo cual supone para ella una nueva percepción de la realidad. Esta novela escrita en la tierra de Jan Svankmajer no en vano entrecruza a Carroll con el surrealismo y el Marqués de Sade, y esa combinación se mantiene en la adaptación cinematográfica que el director Jaromil Jires realizó en 1970. Conocida (al menos en Internet) por su título internacional, Valerie and Her Week of Wonders, la película no posee la maestría del libro porque se deja devorar demasiado por su barroquismo visual y el exceso en todos los órdenes. Pero mantiene una notable singularidad, sobre todo en el plano sexual: es indiscutible que este film, con su sentido del erotismo perverso y su franqueza visual (y que protagoniza una actriz de 14 años) nunca hubiera podido ser rodado en Occidente.

Uno de los mejores films que recogen la indudable influencia de Alicia es la espléndida El viaje de Chihiro (1988), del maestro japonés Hayao Miyazaki. No en vano el punto de partida es el mismo: una niña (aquí, Chihiro) atraviesa, con sus padres, un espacio de tránsito que, sin que lo sepa en principio, la conduce a una tierra mágica, un País de las Maravillas que esta vez es una especie de balneario interdimensional adonde acuden, para descansar, los incontables dioses del panteón japonés. De acuerdo con su debilidad, siempre sellada del modo más coherente, por enlazar elementos de tradiciones culturales muy distintas, Miyazaki evoca no sólo a Carroll, sino también la mitología griega (el mito de Orfeo) y el tema del doble con la exposición de todo un catálogo de la espiritualidad nipona bajo la estructura de un clásico relato de iniciación. El resultado es una obra maestra inolvidable, no la única en la carrera del gran director, pero sí quizá la que sirve de resumen perfecto de su filmografía, por lo que tiene además de referencia a su previa iconografía. El gran éxito que tuvo en todo el mundo fue plenamente justo.

Los mundos de CoralineOtro film de animación, si bien realizado mediante el sistema de stop motion, que parte del personaje de Carroll es Los mundos de Coraline (2009), dirigido por Henry Selick, más conocido por su colaboración con Tim Burton en clásicos de esta modalidad de animación como Pesadilla antes de Navidad (1994). La película se basa en una novela escrita por Neil Gaiman, guionista de cómics de quien siempre se recordará su genial serie Sandman, protagonizada nada menos que por el mismísimo dios del sueño, Morfeo. La historia recoge un planteamiento por entonces de moda en la fantasía adolescente: uno o varios niños se mudan a una casa, por lo común, en el campo y su sensibilidad alterada por los cambios (al de domicilio suele unirse algún problema familiar) los lleva a entrar en contacto con algún misterio sobrenatural que se esconde en el lugar. Coraline cruzará no un espejo sino una puerta (tapiada en la pared «real», pero abierta en el mundo de los sueños) que la conduce (y aquí está la reminiscencia de Lewis Carroll) a una casa idéntica a la que ha dejado detrás, pero en la que todo es maravilloso, empezando porque sus padres ahora le prestan atención. Por supuesto, hay gato encerrado, que invito al lector a descubrir por sí mismo.

También hay rastros de nuestra historia, aunque sea en un nivel que nada tiene que ver con lo anterior, nada menos que en el primer film de la «franquicia» Resident Evil (2001, Paul W. S. Anderson). En esta conocida historia sobre un virus que convierte a zombis a todo cristo, menos a la protagonista (que es bella, es lista y pelea como dios), resulta que la chica se llama Alice y que el computador que provoca el desencadenamiento del virus tiene por nombre el de Reina Roja. Por supuesto, el juego sobre Lewis Carroll es superficial y se reduce al inicio del film, no por casualidad lo mejor del mismo, en el que hay cierto juego onírico sobre lo que es real y lo que no, aprovechando que la protagonista ha despertado en una mansión de decoración victoriana sin recordar ni quién es ni qué hace ahí.

Pueden encontrarse, seguro, muchas otras variantes del inmortal personaje de Lewis Carroll. Espero, tan sólo, que este pequeño catálogo haya abierto el «apetito» primero sobre la novela, fundamental para apreciar todo lo demás, y después sobre las muy diversas formas que hay, siempre, de llevar un libro al cine, repitiéndolo, respetándolo o cambiándolo por completo, y que es lo que da interés (aunque no siempre justificación) a este juego vampírico de la página al fotograma.

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Sherlock Holmes descubre el amor

Holmes & Watson, Madrid Days¿Sabéis que por estos días Sherlock Holmes y el doctor Watson se encuentran en Madrid, buscando al mismísimo Jack el Destripador? Sucede, por supuesto, dentro de la película que acaba de estrenar José Luis Garci —casi sin la menor repercusión— y que lleva el título de Holmes & Watson. Madrid Days. Si os dirigís al cine para verla, puede que ya no quede una sola pantalla donde la estén exhibiendo, por lo menos en Málaga.

No es la primera vez que a alguien se le ocurre enfrentar al más famoso detective de la ficción con el serial killer mítico por excelencia: no en vano «vivieron» en los mismos días, el declinar de la Inglaterra victoriana. Escritores y cineastas han tratado el tema más de una vez. En la gran pantalla recuerdo, al menos, dos estimables incursiones en el tema: Estudio de terror (1965, James Hill) y Asesinato por decreto (1979, Bob Clark). A Garci, sin embargo, el tema no le atrae por la mera gracia del pastiche, por las posibilidades del dislate… por mucho que, de otro modo, su película acabe siendo también un completo disparate. Y es que Holmes y Watson acaban haciendo, en efecto, un enorme descubrimiento en el Madrid de fines del XIX: que la cultura española de la época era maravillosa y nada tenía que envidiar a la de país alguno. Por supuesto, consiguen empatizar tanto con lo nuestro porque, para empezar, hablan un español que ya hubieran querido otros eminentes habitantes de la isla que han vivido mucho más tiempo entre nosotros, de Michael Robinson a John B. Toshack (no sé por qué, se me vienen antes que ninguno ejemplos futboleros). Eso sí, Holmes (o sea, Gary Piquer, de padre catalán y madre escocesa, de ahí el nombre «híbrido») pronuncia los nombres ingleses con la misma perfección que en aquellos entrañables doblajes hechos en Mexico en los 60-70, en eso que se llamó español neutro y que conocen bien los devotos de los dibujos de Hanna-Barbera o de la serie Embrujada. Y Watson (vamos, el sevillano José Luis García Pérez) nos quiere hacer creer que se le trabucan las palabras «charcutero» y «Valcárcel», cuando ni sabe pronunciar correctamente «Holmes». En fin, el mejor resumen de estos Madrid Days lo proporciona uno de los últimos planos de la película: de nuevo en Londres, Holmes tiene sobre el diván un ejemplar de Fortunata y Jacinta, por supuesto en la lengua de Cervantes. ¡El hombre que reconoció una vez no conocer la teoría heliocéntrica porque no pierde el tiempo entremetiendo en la memoria datos que no puedan ser aprovechados en ninguna investigación criminal, Sherlock Holmes, leyendo a Galdós, y en español!

Gary Piquer y José Luis García PérezHay que reconocerle a Garci una personalidad por encima de toda duda, que lo ha llevado desde hace un par de décadas a enclaustrarse en un tipo de cine que a él le parece «clásico» y a los demás sencillamente «antiguo»… sin importarle la menor crítica. Es una pena que ese gusto por lo clásico le haya llevado a desaprovechar una ocasión que a más de un holmesiómano le habrá parecido suculenta (a mí, por ejemplo… hasta que leí que la película era de Garci). Pues su película es lo que tenía que ser en alguien capaz de firmar You’re the one (2000) o Historia de un beso (2002): un conjunto de imágenes del todo apolilladas, con un Madrid que grita su condición de decorado, con unos personajes que nunca hablan sino informan(y siempre, claro, de los gustos, opiniones y preferencias de su creador, o sea, Garci que no Conan Doyle), con secuencias que nunca saben cómo concluir, con un metraje que se alarga y se alarga y se alarga…

Y, aun así, hay que reconocer que su acercamiento a Holmes era válido (obviando, claro, la alucinante reivindicación patriotera). En primer lugar, y teniendo en cuenta la cantidad de veces que Holmes y Jack se habían encontrado ya en toda clase de formatos, el enfrentamiento entre ambos acaba difuminándose, convirtiéndose en un mero de telón de fondo para exponer las otras preocupaciones de su autor, hasta tal punto de que [spoiler, aunque no flagrante] ni siquiera habrá al final una identificación concreta de la identidad del villano, y sencillamente porque no la hay, porque la explicación se revela en términos abstractos, no bien explicados (porque Garci, encima, intenta colar una mirada alegórica sobre la deprimente realidad político-económica coetánea) pero sí pertinentes.

Sin embargo, y por encima de todo, lo que distingue este acercamiento a los dos inmortales personajes de Conan Doyle es que Garci opta por desarrollar la dimensión romántica del mito holmesiano. Hay que recordar que, si bien Holmes es uno de los mayores misóginos que ha dado la literatura, sus características se prestan de modo eminente a una lectura en ese sentido, y en alguno de los relatos originales se cuelan señales en ese sentido. En el film, tanto Holmes como Watson son dos hombres a la búsqueda del amor. Holmes en la persona de la cantante de ópera Irene Adler —evidente guiño a los amantes del Canon: este personaje es la antagonista del detective en el relato Escándalo en Bohemia, donde se gana tanto su admiración, y quién sabe si algo más, hasta el punto de que, en el recuerdo, ella se convierte en la mujer. Watson, felizmente casado en segundas nupcias con Mary Morstan, es representado como el mujeriego desatado que algunos estudiosos han creído ver entre las líneas de sus pudorosas crónicas, y en Madrid se siente atraído por una joven de buena familia que cae perdidamente enamorada de él. Ambas historias, por desgracia, se resuelven del modo más acartonado, entre otras cosas por la falta de feeling entre los actores y la ausencia de toda sensualidad: es un amor que se expresa sólo en palabras y más palabras.

La vida privada de Sherlock HolmesLo cierto es que, si algo consigue esta película, es hacernos recordar que el cine ya había hecho una inolvidable aproximación al Sherlock Holmes romántico, mostrando que ese gran solitario era, como todos los grandes solitarios, no sólo muy permeable al amor sino capaz de rendir su legendaria inteligencia y ser derrotado ante el encanto de una mujer. Estoy hablando de La vida privada de Sherlock Holmes (1970), en mi opinión la obra maestra de Billy Wilder.

La intriga urdida por Wilder y su guionista I.A.L. Diamond, a grandes rasgos, enlaza a Holmes con la criatura del lago Ness, en un caso de espionaje armamentístico que opone al Foreign Office con los servicios de espionaje del káiser Guillermo II. En su momento, fue un gran fracaso comercial, sin duda porque no fue comprendida. A los admiradores de Wilder no les gustó que el director abandonara los márgenes de la comedia o el melodrama de intenciones corrosivas para adentrarse en el terreno del pastiche. Y los incondicionales de Sherlock Holmes pensaron que Wilder sólo pretendía realizar una parodia de su amado personaje. Pues bien, La vida privada de Sherlock Holmes, como toda obra maestra, es una película que contiene múltiples facetas: es, por supuesto, muy divertida; contempla al mítico personaje con indudable ironía, pero con manifiesto cariño y respeto; propone una intriga a la altura de lo que se espera de una aventura del gran detective; y, por encima de todo, demuestra que Wilder sí, fue corrosivo, incluso vitriólico, pero también dueño de un admirable sentido de la delicadeza, por mucho que él mismo se empeñara en disimularlo para no incurrir nunca en la sensiblería. Ahí está, claro, El apartamento (1960), su otra gran película, para demostrarlo.

En cuanto a la ironía, la película se abre con un prólogo divertidísimo, en el que Wilder se hace eco de esa moderna manía de tantos críticos de encontrar retratos de homosexualidad encubierta (o peor aún, pedofilia) en aquellas narraciones protagonizadas por parejas masculinas, desde Batman y Robin a Tintín y el capitán Haddock. Holmes es reclamado por una diva rusa del ballet para ser el padre de su proyectado hijo, pues tan eugenésica unión fundirá belleza, arte e inteligencia. El detective, al advertir la que le viene encima, elude semejante engorro arguyendo que él ya está felizmente emparejado… con Watson (quien, mientras tanto, estaba divirtiéndose con las chicas del ballet y que no entiende por qué éstas, en mitad de la desenfrenada danza que estaban brindándole, van dejando su puesto a los bailarines gays del plantel). Esto fue lo que, seguramente, irritó a los holmesiómanos. Pero, a poco que se contemple con atención, lo que hace Wilder es burlarse de aquellos amigos del psicoanálisis de manual y, al mismo tiempo, introducir el motor dramático de su historia: demostrar que Holmes sí era vulnerable al amor. Pues Watson, profundamente herido al haberse visto en ridículo de modo tan injusto, acabará preguntándose por qué su compañero nunca busca la compañía de mujeres. La respuesta vendrá enseguida, con el caso que se presenta en el mítico domicilio del 221B de Baker Street, cuando, en mitad de la noche, una bella mujer en estado shockllama a la puerta, y la aventura se pone en marcha una vez más.

Genevieve PageEsa mujer, Gabrielle Valladon (una maravillosa Geneviève Page), está moldeada sobre el personaje de Irene Adler (el literario, no el usurpado por Garci). Y el gran mérito de Wilder es que, aunque en el Canon, Holmes nunca fracase ni se enamore, consigue construir un relato que el mismo Conan Doyle hubiera aprobado, pues, en el fondo, se identifica de modo admirable con la poética del personaje. Wilder propone un Holmes romántico sin dejar de ser nunca un considerable escéptico y, en especial, un maniático racionalista, incrementando, eso sí, su capacidad irónica (es un Holmes «wilderiano», a fin de cuentas), y añadiendo una dimensión sutilmente crepuscular que hace que la parte final de la película sea de una sublime belleza melancólica, a los sones de un Miklós Rózsa nunca mejor.

De unos Madrid Days a estos otros que concluyen a orillas del bello lago Ness no hay un mundo, hay un universo de distancia, el mismo que existe entre dos hombres, Garci y Wilder, el uno por desgracia anclado en una cinefilia atrofiada y el otro dueño de un mundo propio que, unas veces mejor expresado que otras, era capaz de proyectarlo sobre un personaje en principio muy ajeno a él para, sin creerse superior a él, brindarle la mejor de las aventuras que nadie fuera de Conan Doyle concedió al gran Sherlock Holmes: la aventura del amor.

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Alicia en el País de las Maravillas y el cine (II)

Las dos mejores adaptaciones cinematográficas de Alicia (1951, producción de Walt Disney; 1988, película de Jan Svankmajer) coinciden en ser dos películas de animación. Son pocas, sin embargo, sus similitudes y bastantes sus diferencias. Una, la de Walt Disney, es de dibujos animados tradicionales; otra, la de Svankmajer, utiliza muñecos, títeres y toda clase de objetos bajo la técnica del stop motion (animación movimiento a movimiento). Una, por mucho que en su momento fuera un monumental fracaso comercial, es hoy sobradamente conocida; la otra, salvo por un puñado de incondicionales, es prácticamente ignorada. Una entronca con el surrealismo puro que tantos encontraron en la obra de Carroll, pero del modo más genuinamente surrealista: es decir, casi sin quererlo, del modo más ingenuo y espontáneo; la otra es una película conscientemente surrealista (su autor absoluto era y es un militante entregado del movimiento). Ambas son extraordinarias: dos versiones al tiempo muy fieles y, sin embargo, no miméticas; respetuosas con Carroll pero libres a la hora de construir su propia poética. Indispensables para quien ame Alicia.

Alicia de Walt Disney

Alicia en el País de las Maravillas, Disney

Aunque por muchos años fuera el film maldito del estudio, no cabe duda de que la versión Disney, hoy día, es la más conocida de cuantas han adaptado a Carroll y ha ayudado poderosamente (sobre todo a quienes no han leído el libro y, por tanto, no conocen las ilustraciones de Tenniel) a difundir su iconografía. El proyecto llevaba muchos años en las entrañas de la compañía, hasta que finalmente se puso en marcha, estrenándose en 1951. El gran éxito de la justo anterior La Cenicienta (1950) no hacía previsible tan tremendo rechazo del público.

Tal vez era lógico tal fracaso, como primera consecuencia de la arriesgada decisión tomada por Disney y colaboradores a la hora de abordar el libro (muy admirado por el patrón de la Casa, todo sea dicho): respetar la cualidad de su humor intelectual siguiendo, en líneas generales, su desarrollo argumental, sin intentar ningún cambio en profundidad que arrimara a los personajes a las líneas estándares del estudio. Es decir, en su momento y por muchos años, Alicia en el País de las Maravillas fue el film más atípico de la Disney. Atípico y memorable, que siempre he pensado que no es casualidad que se viera sucedido por otra adaptación (pero de mucho mayor éxito) de un clásico de la literatura adulto-juvenil inglesa, el Peter Pan de James M. Barrie. Los vasos comunicantes entre Peter Pan y Alicia, entre Nunca Jamás y el País de las Maravillas, y entre Carroll y Barrie son notables, y que sus versiones Disney fueran consecutivas (y, por tanto, a cargo de casi el mismo equipo), me parece algo más que una afortunada casualidad.

Por su escueta duración (poco más de 70 minutos) y su composición a base de episodios, cada uno de los cuales puede calificarse de pequeña obra maestra, esta Alicia es como un pequeño relicario, una delicada miniatura en la que, a poco que uno se detenga a estudiarla, hay una miríada de sugerencias y tesoros. El nutrido equipo de guionistas —acreditados hay hasta 13, pero conociendo los métodos del estudio y sabiendo que el proyecto databa de más de 10 años atrás, muchos más debieron de participar en el mismo— estructura las andanzas de Alicia por el País de las Maravillas de dibujos animados como una serie de paradas a modo de pequeños cortos, la gran especialidad del estudio.

La Merienda LocaLa película va hilvanando episodios de los dos libros. Del segundo libro, en concreto, incluye la aparición de los gemelos Tweedledum y Tweedledee —incluyendo su impagable poema La morsa y el carpintero—, el jardín de las flores vivas y los insectos con aspecto de objetos. Del primer libro permanecen los episodios más famosos de éste: el descenso por la madriguera del conejo, el momento en que Alicia crece o mengua y acaba provocando un mar de lágrimas, Alicia convertida en gigante en la casa del Conejo Blanco, el encuentro con la Oruga, la Merienda Loca y, por supuesto, la parte final con la Reina de Corazones. No hay, por tanto, ningún episodio que sea invención original de los guionistas, aunque a ellos se debe una pequeña alteración que ha acabado por convertirse en uno de los elementos más populares del film: que el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo estén celebrando una fiesta de No Cumpleaños. Esta ocurrencia, como ya he señalado, figura en realidad en A través del espejo y de labios de Humpty Dumpty, pero trasladada a la Merienda Loca resulta aún más afortunada, tanto que ahora lo difícil, incluso para los lectores del libro, es recordar su verdadera atribución. Y la canción «Feliz, feliz no cumpleaños», con su disparatada letra, es genial.

Siguiendo la tradición del estudio, en esta Alicia es muy importante su estructura musical, que aquí es incluso insólitamente extensa: hay un buen puñado de números musicales, y sin embargo no es una película recordada por ellos, lo cual es buen indicador de la cohesión de su estructura narrativa. La habilidad del estudio para expresar sensaciones o puntear la trama mediante la música o las canciones llega incluso al minimalismo sonoro. Es más, sirve para aportar un momento de original nonsense: la delirante escena en que el Dodo pone a correr a Alicia y a todos los animales que han acabado en el Mar de Lágrimas provocado por el desmesurado llanto de la niña, con objeto de que así se calienten… Sólo que las olas siguen empapándolos a cada vuelta, mientras que el incalificable Dodo sí se está calentando bien con un pequeño fuego sobre un risco que se escapa de las aguas.

Fuera de toda duda, Alicia en el País de las Maravillas es el film más adulto de la Disney clásica, y ello se debe, hay que insistir, en el enorme respeto con que se abordó la obra de Carroll, todo lo contrario de lo que sucede con otras adaptaciones del estudio que, fuera de su notable calidad, es evidente que rebajan en mucho la complejidad, incluso el tono sombrío, de los originales, como en los casos del Pinocho de Carlo Collodi o el ya referido Peter Pan.

La morsa y las ostrasEn la Alicia de Disney, como en la de Carroll, y por encima de la brillantez cómica y técnica, lo que se encuentra es una mirada bastante aguda sobre la crueldad (parece increíble que se incluyera, tal como aparece en pantalla, La morsa y el carpintero: ese plano de las ostras devoradas es casi insoportable, teniendo en cuenta que han sido dibujadas como tiernos bebés), el clasismo, la arbitrariedad, el culto al racionalismo o su espejo exacto, la caída en la completa insensatez y, en especial, el rechazo de la otredad, como remarca el final de una secuencia que aparenta, en principio, ser «adorable» y concluye provocando el llanto de la niña y la indignación del espectador (la del Jardín de las Flores que acaban riéndose de Alicia porque parece una «hierbecilla»).

Aunque Alicia resulta un personaje en exceso seco, lo cierto es que el film remarca su humanidad al lado del increíble conjunto de monigotes y seres absurdos, la mayor parte de ellos detestables, con que se tropieza en su aventura. Episodio tras episodio, Alicia manifiesta antes que nada su facilidad para aceptar a cualquiera de los seres con los que se cruza, por estrambóticos o irracionales que sean, incluso aunque un primer encuentro ya haya dado motivos para predisponer en su contra (el Gato de Cheshire, en la versión española llamado Gato Risón). Pero también su innata curiosidad, su deseo de ser aceptada sin renunciar a ese innegociable sentido crítico con que contempla el mundo: su integridad moral, que le lleva a indignarse, ante todo, con la arbitrariedad y la injusticia. Esto brilla, por ejemplo, en la estupenda secuencia final del juicio. Detrás de los golpes de humor —la Reina gritando con su rostro demoniaco: «Primero la sentencia, después el juicio»— hay una denuncia del autoritarismo, no digamos ya el totalitario, de la arbitrariedad en líneas generales y del riesgo de que la justicia se convierta en un mecanismo esclerotizado que no ha perdido nada de su vigencia.

El principal mérito de la película es la estupenda traducción en imágenes del nonsense verbal del libro. Los animadores de la casa, sin duda, tuvieron en cuenta las ilustraciones de Tenniel para la caracterización de los personajes humanos, como la propia Alicia, los dos El pájaro-jaulagemelos o el Sombrerero Loco. Pero Tenniel es profundamente realista a la hora de dibujar los animales con los que Alicia se encuentra en su aventura, mientras que los artistas del estudio se encargan de darles el clásico toque antropomórfico tan típico de un dibujo Disney. Son especialmente memorables el Dodo, con su aspecto de squire inglés, la Morsa, con su untuosa sonrisa trilera o, por supuesto, el genial Gato de Cheshire. En ocasiones, incluso, los animadores dejan libre su imaginación: así, resulta de lo más original la poco conocida secuencia (pero que tiene su correlato, más modesto, en el segundo libro) en que Alicia se interna en un oscuro bosque donde se tropieza con un conjunto de animales con formas diversas como una bandada de mariposas cuyas alas parecen rebanadas de bizcocho (todas juntas, en efecto, lo forman), un pájaro cuyo cuerpo es una jaula donde, a su vez, están encerrados un par de pajarillos o un insecto con apariencia de gafas.

Pero no sólo es cuestión de fortuna gráfica: es la magnífica forma en que la película recoge el esprit de Carroll, lo reproduce, lo prorroga, incluso en ocasiones lo lleva a su paroxismo al fundirlo con la esencia del cartoon. Por supuesto, la secuencia cumbre en este sentido siempre será la de la fiesta del No Cumpleaños, en la que no se sabe qué fascina más: si la virtuosa conducción de los personajes por el escenario, la mesa atiborrada de platos y tazas; el increíble aplomo de Alicia ante esta cumbre del absurdo; los hallazgos gráficos, que genialmente no hacen sino corresponderse con los verbales de Carroll (el Sombrerero vierte la tetera en el aire y de ella surge no sólo el té, sino la taza y un plato que, a modo de pasta, es mojada en la infusión y devorada con deleite; la Liebre de Marzo, al serle pedida tan sólo media taza, en efecto es lo que da: corta una pieza con unas tijeras y la bebida, al verterse, queda sostenida en ese medio espacio); el ritmo arrasador de una secuencia que, parafraseando a Hitchcock, empieza por una erupción y concluye con un terremoto… En resumen, la pura locura hecha cine.

El Gato de CheshireA su lado, sin embargo, no deben olvidarse otros estupendos momentos. La delirante aparición y desaparición del Gato de Cheshire, ya sea entero o por partes («como puedes ver, yo mismo no las tengo todas conmigo», señala mientras su cuerpo se va disolviendo siguiendo el trazado de sus rayas. La memorable Reina de Corazones, con su aspecto de bruja plebeya ansiosa de aplauso y fácilmente iracunda (y el diminuto Rey que marcha a su lado sin que nadie repare en él: de hecho, el Conejo siempre olvida anunciarlo y es el propio consorte el que debe llamarle la atención con un toquecito en el hombro). Alicia ante la puerta diminuta y encima cerrada con llave, que, al preguntarse si podrá atravesarla para seguir buscando al Conejo Blanco, responde con agudeza: «Impasable, no imposible». El desfile de los naipes, con ese mágico compás bidimensional.

Alicia en el País de las Maravillas, versión Disney, es sin duda alguna la película «popular» —lo digo así para distinguirla de la versión realizada por el checo Jan Svankmajer, más intelectual y de la que hablaré enseguida— que mejor ha sabido acercarse al sentido del surrealismo en estado puro, en primer lugar porque carece del cerebralismo de las propuestas más conscientemente surreales (empezando por las de Buñuel) y en segundo lugar porque no conozco otro título donde la transgresión (verbal, visual, lógica) resulte más genuina en su ingenuidad. Una obra maestra total y absoluta.

Alicia en tierras checas

Alice, de SvankmajerEn mi opinión, la versión cinematográfica de Alicia más arriesgada y que responde mejor al espíritu transgresor de Lewis Carroll porque no se contenta con la mera reproducción sino que lo traduce sin el menor complejo… es también la más desconocida de todas. Se trata de Neko z Alenky (1988), una película dirigida por el mago checo de la animación Jan Svankmajer, cuyo título original, estupendo, se traduce como Algo de Alicia, pero que es conocida más bien por el título en inglés (país coproductor, con otros cinco, aunque es una película checa por los cuatro costados) de Alice.

Svankmajer (nacido en 1934 y, por fortuna, todavía activo) es un autor nada conocido en España (espero que algo más fuera de nuestras fronteras), un director que pertenece a una gloriosa escuela de animación, la checa, que en otra época disfrutó de cierta distribución y que hizo relativamente populares las figuras de genios como Jiri Trnka o, sobre todo, Karel Zeman. Formado en la Escuela de Artes Aplicadas de Praga y también en su Escuela de Marionetas —la tradición de los títeres en tierras checas es inmensa, algo que en occidente puede resultarnos muy ajeno—, fundador del Teatro de Máscaras, Svankmajer inició su carrera en el cine en 1964, y durante los siguientes 25 años realizó un buen número de cortos que abarcan prácticamente todos los formatos de la animación. Ellos le dieron al cineasta su reputación como uno de los nombres fundamentales del surrealismo, movimiento muchos años prohibido en su país y en el que ingresó en 1970. Cineasta de las texturas y las superficies, fascinado por la figura del famoso emperador loco Rodolfo II (en cuya corte trabajó el pintor Arcimboldo, otra de las obsesiones del autor), por la literatura gótica, Edgar Allan Poe y Lewis Carroll, la obra de Svankmajer es una fastuosa sinfonía del «objeto», que se caracteriza ante todo por la animación de lo inanimado, por la búsqueda continua de lo malsano.

Quien se asoma a su filmografía inicialmente puede echarse hacia atrás con aprensión, incluso repulsión: cuesta acostumbrarse a un sentido estético muy profundo pero que está en las antípodas del modelo que se tiene, dentro del género, por bello, y que es ante todo el modelo creado por la animación norteamericana (verbigracia Walt Disney) y prolongado por el anime japonés. Alice es un buen ejemplo de este aparente feísmo. Pero, por mucho que ese ha sido el propósito de la práctica totalidad de sus adaptadores ¿quién dice que Alicia en el País de las Maravillas deba ser bonita a la fuerza? Svankmajer demuestra que puede adoptar la forma de un cuento grotesco del que destila una poesía de lo pútrido que incomoda tanto como atrae irresistiblemente

Svankmajer creaturesAlice fue el primer largo-metraje del autor. Para quien lo desconozca, hay que señalar el primer acierto de Svankmajer: en la historia sólo hay una actriz de carne y hueso, la pequeña que encarna a Alicia, y no siempre, pues cuando decrece de tamaño, su puesto pasa a ser ocupado por una muñeca. Ello, por supuesto, crea un genuino aire de extrañeza fantastique que no posee ninguna otra de las versiones carrollianas. El País de las Maravillas está poblado por títeres, criaturas híbridas, objetos que cobran vida, todo ello animado por el entrañable proceso de la stop motion. Eso sí, los escenarios de Wonderland no resultan nada fantásticos, sino trivialmente realistas. El País donde ingresa Alicia es… una casa vecinal de sórdido aspecto, indudablemente abandonada, con pasillos y escaleras de paredes desconchadas, patios desolados y habitaciones medio arruinadas, espacio recurrente en la filmografía del autor.

En ese espacio en apariencia nada maravilloso es donde Alicia se tropieza con los conocidos personajes de Carroll. Pues Svankmajer adapta el primer libro, el del genuino País de las Maravillas, y de modo casi completo, pues sólo se salta el episodio del Grifo y la Falsa Tortuga (por otro lado, el más digresivo, incluso menos afortunado de los que lo componen).

Hay un aspecto esencial que distingue esta versión Svankmajer, con respecto a Carroll incluso, y es el papel activo que toma Alicia en la fantasía que vive. Aunque también todo resultará ser un sueño de la niña, su aventura diríase una ficción convocada conscientemente por Alicia, no en vano ella es la única que pone voz a todos los personajes (literalmente: incluso cada vez que alguno habla, Svankmajer incluye un primer plano de su boca pronunciando las palabras dijo tal o dijo cual). Hay otra cuestión que invita a efectuar esta interpretación. Si bien la historia empieza, una vez más, a orillas de un río, con la niña inmensamente aburrida mientras su hermana ha abierto un libro, Alicia de pronto mira al espectador y exclama: «No olvides que debes cerrar los ojos, porque de lo contrario no verás nada». La acción, tras los créditos, pasa a la propia habitación de la protagonista, un cuarto inundado de objetos de los más diverso, los cuales, no por nada, serán luego los que se transformen en los diversos personajes del País de las Maravillas que visita, empezando por el Conejo Blanco, que no es sino un conejo disecado que de pronto cobra vida, se agencia una librea, extrae un reloj de su interior de serrín y se escapa de su urna. Y, de hecho, al final, [spoiler] ya despierta del sueño, si un primer vistazo a su habitación parece tranquilizarla —se reconocen todos los objetos de su aventura, ya confortablemente inertes—, al dirigirse a la urna donde se hallaba el conejo disecado… está rota y el animal desaparecido.

Ya he dicho que el tema básico que recorre toda la filmografía del autor es el de la animación de lo inanimado, pero en este film, de modo harto malsano, llegará incluso hasta el punto de rebelarse e intentar la destrucción de los seres genuinamente vivos. Así, el Conejo Blanco se muestra como un ser abiertamente agresivo, que en la secuencia más terrorífica envía contra Alicia a un ejército de seres grotescamente híbridos (entre ellos una camita con alas y garras de rapaz) con el objeto claro de acabar con ella. Y, en una audaz invención de Svankmajer, acaba siendo el ejecutor real, por fin, de la famosa orden de la Reina de Corazones: armado de unas tijeras, descabeza a cuantos caen en desgracia ante ella, y Alicia se despierta precisamente cuando está avanzando hacia ella con la misma y aviesa intención…

La Merienda Loca, IILos objetos, por supuesto, son los grandes protagonistas de la función. La entrada de Alicia en el País de las Maravillas es penetrando por un cajón de una mesa-escritorio, objeto que reaparecerá una y otra vez, y el diverso contenido de su cajoncillo siempre tendrá una importancia central en cada episodio. Cada cajón o bien conduce a algún nuevo y misterioso lugar o esconde algo que ayudará a Alicia a penetrar en un nuevo escenario, frecuentemente una llave o la galleta que hace crecer o decrecer. Svankmajer, por supuesto, privilegia siempre lo malsano, la asociación más inquietante y desagradable posible: un tarro de mermelada plagada de chinchetas, un filete que se escapa de la despensa arrastrándose como una babosa, la pringosa mantequilla que desborda el reloj arreglado por la Liebre de Marzo y que acaba siendo limpiada en el calcetín de Alicia… Una Alicia cuya curiosidad es más desbordante, e inflexible (no hay sino que apreciar lo implacable de sus inquietos ojos), que nunca. Una Alicia dispuesta a llevarse a la boca no sólo las clásicas galletas que hacen crecer sino frascos de tinta, el serrín que constituye el cuerpo de las criaturas del País de las Maravillas. Y una Alicia que se tropieza constantemente con objetos punzantes que se empeñan en herirla o amenazarla: en determinado momento, al coger un panecillo, de éste brotan de pronto unos tremendos clavos.

La sucesión de peripecias de Alicia a lo largo de ese país siniestramente vulgar resulta inolvidablemente inquietante. A lo largo de un metraje en el que no hay un solo bache de interés, sin embargo, mi secuencia favorita es, una vez más, la de la Merienda Loca. Protagonizada por un Sombrerero Loco que es un títere clásico de la escuela checa (con los hilos bien visibles) y una Liebre de Marzo que es un peluche dotado de cuerda que hay que dar de nuevo cada poco tiempo, su revulsión nace del maniático sentido de la repetición con que está elaborada (el cambio de sitio en busca de taza nueva, los relojes que la Liebre saca de las teteras para rebozarlos en mantequilla y colgarlos sobre su compañero, el Sombrerero dándole cuerda una y otra vez, la reiteración de los diálogos), de modo progresivamente paroxístico (el Sombrerero acaba con hasta siete relojes sobre el torso).

Triste es que apenas se conozca esta película, que no haya sido estrenada nunca en nuestro país (al menos comercialmente) y que ni siquiera conozca edición en dvd. Y luego los celosos guardianes de la cultura nos dicen que no nos bajemos películas de Internet…

En la próxima (y última) entrega: Tim Burton le da una espada a Alicia; otras Alicias, aunque no se llamen Alicia.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Alicia en el País de las Maravillas / Alice in Wonderland. Año: 1951

Director: Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson. Estudio: Disney. Música y canciones: Oliver Wallace. Dur.: 75 min.

Título: Neko z Alenky / Alice . Año: 1988

Director: Jan Svankmajer. Guión: Jan Svankmajer. Fotografía: Svatopluk Maly. Reparto: Kristina Kohoutova (Alicia). Dur.: 86 min.

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El papa apócrifo y el falso barón

portadas - 0001_resizeEntre 1987 y 1992, la editorial Siruela lanzó al mercado una inolvidable colección, titulada El Ojo Sin Párpado, en la que muchos confirmamos nuestro amor por la literatura fantástica y de terror. Recuerdo haberla descubierto cuando ya había cerrado, pero todavía podían encontrarse con alguna facilidad volúmenes en las librerías: pude adquirir así joyas de autores que todavía son para mí de cabecera en el género como Arthur Machen, Algernon Blackwood o M. R. James, y descubrir obras tan misteriosas y fascinantes como La otra parte, de Arthur Kubin o Relato de otoño, de Tommaso Landolfi. En aquellos días tuve entre las manos una voluminosa novela titulada Adriano VII, de un tal Barón Corvo, obra y autor de los que jamás había oído hablar. La información de la solapa era atractiva: el Adriano VII del título era un papa inventado, y el tal Barón Corvo un escritor católico inglés con aureola de maldito que, como otros tantos, había acabado siendo objeto de culto en determinada época.

No fue suficiente entonces como para adquirirlo (con mis recursos económicos había que racionarse…), pero con los años fue picando mi curiosidad, a medida que iba conociendo más datos sobre el mismo (por ejemplo, un artículo de Luis Antonio de Villena titulado «Estampa del Barón Corvo», incluido en su recopilación de artículos Los andróginos del lenguaje, publicado por Valdemar en 2001). Supe así que el Barón Corvo fue el improbable título (según él, otorgado por una aristócrata romana que lo trató como hijo adoptivo) con que se presentó ante el mundo el inglés Frederick William Rolfe (1860-1913), un escritor cuya obra sólo podría haber surgido en medio de ese simbolismo finisecular que en Inglaterra tuvo figuras como Oscar Wilde o Aubrey Beardsley. Converso del catolicismo —como Chesterton o Graham Greene: cuántos buenos escritores ingleses están relacionados por la importancia de esta condición en su obra—, marcado por su abortado intento de ordenarse sacerdote (fue expulsado del seminario romano donde cursaba estudios porque sus superiores no vieron vocación suficiente en él), también por una homosexualidad que sólo reafirmó en los últimos y desordenados años de su vida, Corvo quiso ser pintor, quiso ser un revolucionario de la fotografía, quiso ser escritor de éxito, pero fracasó en todo lo que se propuso, sin perder nunca su inmenso y megalomaníaco ego, que lo llevó a ver conspiraciones por todas partes que habían cercenado todos sus proyectos.

Recientemente, antes de realizar un viaje a Venecia, en uno de los libros leídos para «documentarme» sobre ésta, el muy recomendable Venecia en el siglo XIX, de John Julius Norwich, recibí el definitivo estímulo. El último capítulo de este libro está dedicado al barón, que vivió sus últimos años en la ciudad de los canales. La descripción de su degradación final —que lo redujo a vivir prácticamente en un pequeño bote, medio muerto de hambre, mientras asaetaba los correos europeos mediante cartas insultantes hacia todos aquellos que alguna vez habían intentado ayudarlo— es tan interesante, que ya no me cupieron dudas: tenía que leer a este hombre singular.

Sin embargo, el gran problema es que no tenía el libro, que además no ha vuelto a ser editado desde el cierre de la colección donde fue publicado. Un excelente amigo y notable bibliófago, Benito Arias (ver el enlace a su interesante blog sobre filosofía y pensamiento en general, Erizos de filosofía, en la columna anexa), es quien ha terminado de proporcionármelo. Y ha sido una completa revelación.

Adriano VII es, en efecto, la historia de un falso papa. La novela arranca con un Proemio que describe las precarias condiciones de vida de su protagonista, George Arthur Rose —obsérvese la similar cadencia entre su presunto personaje de ficción y su propio nombre. Rose vive en un pequeño ático en las afueras de Londres dedicado a la tarea, hasta entonces no coronada por el éxito, de la literatura. De pronto, recibe la visita de nada menos que un cardenal y un obispo. Vienen a resolver la última voluntad de un importante feligrés que ha muerto remordido por las injusticias cometidas contra Rose, la principal su forma de obstaculizar su ingreso en la Iglesia Católica. El diálogo que se cruza entre los personajes revela sobre el protagonista tanto como ya había hecho la descripción de su habitación (modesta, pero con los pequeños lujos que todo sibarita, incluso reducido a la pobreza, es capaz de proporcionarse) o la forma de ocupar su tiempo. Rose es un individuo convencido tanto de su genio como de su vocación, al que el «mundo» se ha esforzado en apartar de su seno tanto como él ha luchado por seguir a flote, incorruptible, en pos de una misión, y que trata a los dos prelados con una desdeñosa superioridad. Impresionado por esa pertinacia, el cardenal se ocupa de que Rose reciba de inmediato las órdenes y cante su primera misa.

Frederick RolfeA continuación, la escena pasa a Roma. Se está celebrando el cónclave de elección papal, tras la muerte de León XIII. La novela describe con minuciosidad los ritos, las fórmulas, aún más, las intrigas nada espirituales, que tienen lugar entre los muros del Vaticano. Los cardenales no se ponen de acuerdo, y por una increíble concatenación de circunstancias —que Corvo narra de forma tan elíptica que apenas da pie a que se pueda cuestionarlas—, el neófito George William Rose se convierte en el nuevo papa, eligiendo para ello el nombre de Adriano VII en recuerdo del único, hasta él, pontífice inglés de la historia, el medieval Adriano IV.

El resto de la novela se encarga ya de narrar el apostolado de Adriano VII. En sus páginas Corvo se encarga de hacer un fascinante ejercicio de política-ficción, que empieza con la renuncia de la Iglesia a todas sus riquezas, que se entregan a los pobres, y a toda reivindicación temporal frente al Reino de Italia (recuérdese que, desde la unificación en 1871, la Santa Sede no reconocía su existencia ni tenía trato con él). Uno de sus primeros actos es hacer que vuelva a abrirse la ventana, tapiada desde esa misma fecha, que da a la Plaza de San Pedro para dar a los fieles la bendición urbi et orbe: esa imagen, hoy tan cotidiana, tampoco se podía hacer en esa época, pues el Vaticano vivía literalmente de espaldas a la ciudad de Roma. El Papa (que en la realidad se consideraba un prisionero en el Vaticano) pisa por vez primera, en decenios, las calles de la capital italiana, sometiéndose al primer baño de masas de la era moderna.

Lo más regocijante es la reordenación política que Corvo proyecta y que (una vez más sin detenerse en detalles: es claro el autor es bien consciente de que toda explicación prolija hubiera desmontado la credibilidad de la novela) concluye con la división de Europa en dos territorios: el Imperio del Norte, bajo soberanía directa de los Hohenzollern, y el Imperio del Sur, convertido en una especie de federación de monarquías bajo el liderazgo de los Saboya. En virtud de tal acuerdo, el káiser Guillermo II invade y conquista nada menos que Francia y Rusia. Adriano no olvida a su patria, claro, a la que hace práctica dueña de toda Asia y África. Estados Unidos, por su parte, se hace con el dominio de toda América (menos la británica Canadá) y a Japón se le concede Siberia. De ese modo resuelve Adriano los problemas del imperialismo: reduciendo los imperios a cinco.

Aunque sólo fuera por su increíble argumento, es evidente que Adriano VII ya sería un libro distinto a todos. Pero no hay que quedarse solamente en su trama. El irresistible atractivo de la novela nace de su absolutismo dramático: o se entra en él o no se entra. Y, para ello, es completamente necesario sentir una extraña empatía, mezclada con un punto indiscutible de rechazo, hacia su personaje central. No es necesario, casi, saber algo de Frederick Rolfe, del Barón Corvo, antes de leerlo, para darse cuenta del evidente grado de implicación personal que hay en él. ¡Si hay más de un capítulo en el que el protagonista, en acto de refutación directa ante quienes le leen las acusaciones que le lanzan sus enemigos, está claro que se está justificando, no ante los personajes del libro, sino ante el mundo exterior en el que Corvo tuvo que vivir y pelear y al final ser derrotado!

Adriano VII es no sólo un espectacular ajuste de cuentas con sus enemigos y con su propia vida de fracaso. Es la plasmación de un sueño que probablemente todos hemos tenido: darnos una segunda oportunidad, reconstruir de nuevo nuestra existencia alcanzando aquel sueño eminente que nos animó en edad más inocente. Frederick Rolfe da forma, así pues, a eso que hoy llamamos universo paralelo, un universo paralelo y solipsista, por supuesto, en el que incluso se sublima su propia insatisfacción ante la obligada represión de sus impulsos homosexuales (Adriano tiene como guardia de corps a un par de sacerdotes que pasan el tiempo, semidesnudos, haciendo ejercicios de gimnasia en una estancia junto a sus habitaciones privadas).

La lectura de esta novela, creo, debe ser completada, enseguida, con la de la particular obra que biografió (¿descubrió?) al escritor. Se trata de En busca del barón Corvo, de A.J.A. Symons, que en España publicó Seix Barral antes incluso de que lo fuera Adriano VII, en 1982, y que ahora mismo se puede encontrar en edición de Los Libros del Asteroide, con la misma traducción anterior (de Jordi Beltrán) y un buen prólogo de Juan Manuel Bonet.

portadas - 0002_resize¿Por qué esa obligada concatenación? En primer lugar, claro, porque ofrece las necesarias claves que componen el armazón de Adriano VII, y que aumentan incluso su disfrute (y animan a la saludable relectura). Pero también porque, en su género, la biografía, el libro es tan particular y extraordinario como la novela del barón. La palabra quest que porta el título original no tiene en el español búsqueda una traducción literal. Quest añade a ese significado un matiz épico en el sentido medieval: varias famosas novelas artúricas, en pos del Santo Grial, también lo llevan. Pues, en efecto, Symons entró en el universo Corvo a partir del súbito descubrimiento de Adriano VII y, fascinado tanto por la obra como por la falta de noticias sobre el autor, decidió que él sería quien descubriera lo que hubiese que descubrir sobre él, incluidas otras posibles obras. Y así se lanzó a un periplo de corresponsalías, investigación de campo, visitas a familiares, amigos (ex amigos en el caso de Corvo, más bien) y cualquiera que hubiera tenido algún trato con él, hasta tener en sus manos el conocimiento cabal de quién fue Rolfe, qué anheló, cómo fracasó y cuál fue su triste destino. En el camino, Symons también acabó encontrando (con la ayuda de alguna alma gemela que compartió su fascinación) el resto de piezas de su obra escrita, que hoy se halla razonablemente a disposición del público. No en España, claro, donde aparte de la novela que nos ocupa sólo está editada su última creación, El deseo y la búsqueda del todo, concluida en Venecia (a cuya colonia inglesa satiriza sin piedad a lo largo de su trama) en las más precarias condiciones: en la misma barca donde vivió sus últimos tiempos.

En busca del barón Corvo se lee como una apasionante investigación literaria, pues Symons tiene el acierto de ir narrando paso a paso su progresivo acceso a la información, respetando en lo posible el orden cronológico de la vida de Rolfe. Es admirable que el autor nunca deje que esa fascinación se convierta en boba identificación con el biografiado. Bien al contrario, remarca sus defectos y no deja la menor duda de que el gran responsable del fracaso de su vida fue él mismo. Sin embargo, nunca abandona su simpatía y, sobre todo, su templada comprensión por el personaje, lo cual dota de una indudable humanidad el retrato de alguien que, no duda en señalarlo, fue una persona rencorosa, egoísta, implacable cuando se creía ofendido (y era facilísimo ofenderlo) y dueño de una monstruosa megalomanía, pero también un hombre que malgastó su indudable genio.

Symons analiza su filiación al catolicismo y, en especial, su deseo de convertirse en sacerdote, a partir de lo que él mismo llama su «anormalidad» sexual: puesto que el apostolado católico implica el celibato, es un lugar donde un hombre al que no atraen las mujeres no llamará la atención. Sin embargo, yo creo que en ello hay también una evidente relación con su convencida vocación de singularidad. En Inglaterra, ser católico ya es suficientemente singular. Ser católico y estarle negada la fraternidad con los católicos es ser singular dentro de la singularidad. Y Rolfe siempre argumentó que la razón más poderosa de su fracaso (en todos los órdenes) se debía a una conspiración de los católicos ingleses… que no había hecho más que remarcar su opción por el catolicismo.

Por cierto, que he encargado en mi librería habitual El deseo y la búsqueda del todo, con el que, además, cerraré mi verano «veneciano», que algunas de las entradas de este blog se han encargado de registrar. Ya daré noticias.

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Alicia en el País de las Maravillas y el cine (I)

Alicia, de Lewis Carroll

La Merienda Loca, por A. RackhamPor supuesto, no voy a pretender ni por un instante efectuar cualquier tipo de análisis de las novelas de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo y lo que Alicia vio allí. El objeto de estas líneas va a ser la forma en que distintas películas han llevado al cine las invenciones del genial escritor inglés: su respeto a la letra o al espíritu que las anima, las posibles aportaciones propias, las desviaciones o la vana mímesis de su factura.

Entiendo que para ello, eso sí, hay que recordar algunos puntos básicos acerca de las dos obras, como mejor forma de apreciar el comentario que voy a efectuar. En primer lugar, y como alguna que otra obra constreñida al ámbito de la literatura infantil (La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, por ejemplo), Alicia es un producto nacido de una tarde de asueto en la que un adulto intentaba entretener a un grupo de niños. El 4 de julio de 1862, el profesor de matemáticas en Oxford y diácono de la iglesia anglicana Charles Lutwidge Dodgson (cuyo nombre de pluma fue el de Lewis Carroll) emprendió un viaje de recreo aguas abajo del Támesis en compañía de un amigo, el reverendo Duckworth y tres niñas de 13, 10 y 8 años, las hermanas Liddell, hijas del decano de su colegio, de las cuales su favorita era la intermedia, Alice, nombre con el que bautizaría a la protagonista de su historia. El éxito del relato inventado hizo que la pequeña Alice pidiera con insistencia a su relator que lo pusiera por escrito. Un par de años después, Dodgson hizo realidad la petición de la pequeña, entregándole el cuento en forma de manuscrito y con el título de Aventuras subterráneas de Alicia, germen del libro publicado por la editorial Macmillan con fecha del 4 de julio de 1865, o sea, justo tres años después de tan memorable tarde.

La Reina de CorazonesEl libro fue acompañado por un exhaustivo conjunto de ilustraciones de John Tenniel, tan populares y clásicas como el propio relato, de tal modo que resulta inimaginable cualquier edición de la obra sin aquellas, pues son las que han dado forma en el imaginario visual a los personajes de Carroll. El éxito fue grande y seis años después llegaba a las imprentas la segunda parte, con la que suele ser publicado en la actualidad casi indisociablemente, caso idéntico al de nuestro Quijote, por tanto. Los especialistas son capaces de distinguir diferencias de estilo y tono entre ambas partes. Yo me confieso incapaz. En ambas encuentro el mismo deleite cultista por parodiar poemillas pedagógicos de moda en la época (juego que, claro, se pierde en las traducciones españoles), por crear personajes grotescos que suponen una denuncia de la estupidez, de la arbitrariedad del poder o del clasismo, por levantar un implacable andamiaje de normas que, precisamente por ser absurdas, resultan por ello más inquietantemente coherentes. Y siempre, un sentido del humor que va dirigido al cerebro y no al estómago: sinceramente, su éxito a lo largo de más de un siglo no deja de extrañarme.

A todo ello Alicia siempre se enfrenta del mismo modo: con una tenaz defensa de la lógica de verdad, pero también con una admirable capacidad para asimilar la nueva forma de mirar a que le obliga su aventura. Saber situarse en el punto de vista de quien narra: he aquí una de las imprescindibles obligaciones de todo contador de aventuras fantásticas, pues sin ella el relato se convierte en una mera sucesión de prodigios que acaban cansando. Con su innata curiosidad, con su tenaz intrepidez, con su integridad de niña educada en unos principios irrenunciables, Alicia es, en el fondo, el gran personaje olvidado de su propia aventura.

En todo caso, suelo defender mi predilección por la segunda parte, y no se trata por esnobismo o por querer llamar la atención: más tarde lo explicaré. A la primera parte pertenecen la mayor parte de los episodios y personajes que enseguida asociamos al personaje: el descenso por la madriguera, el Conejo Blanco, el Gato de Cheshire, el desmesurado crecimiento y empequeñecimiento de Alicia al ingerir determinados productos que encuentra con tentadoras etiquetas, la inenarrable merienda con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo o la archifamosa Reina de Corazones y ese grito que ha acabado por convertirse en manifiesto de locura transgresora: «¡Que le corten la cabeza!».

La Merienda LocaAun habiendo leído siempre, de modo consecutivo (y a estas alturas de mi vida, en incontables ocasiones), ambas obras, en la memoria siguen empeñándose en reinar estos elementos del primer libro incluso con tenacidad, atenuando o incluso haciendo caer en el olvido los del segundo. El motivo es claro: las adaptaciones cinematográficas (y la versión de Walt Disney la he visto incluso más veces de las que he leído los libros) suelen primar la primera novela sobre la segunda, aun cuando lo normal es que mezclen episodios de las dos. Lo cierto es que Alicia sólo viaja al País de las Maravillas en la primera novela, que hay que recordar que es el cuerpo de un sueño que tiene la niña mientras se aburre en compañía de su hermana mayor durante una tarde estival en el campo.

En la segunda novela, como bien señala el título, la niña (por supuesto, otra vez en sueños) atraviesa el gran espejo que hay sobre la chimenea del salón donde se encuentra cómoda, y aburrida, mientras fuera reina el invierno, e ingresa en lo que el libro va a llamar el Mundo del Espejo. Allí, y una vez sale de su propia casa (por supuesto, invertida con respecto a la real: así, los libros están impresos al revés y para leerlos hay que situarlos frente al espejo), entra en un nuevo mundo fantástico, poblado de seres tan absurdamente lógicos o lógicamente absurdos como los del País de las Maravillas. La trama, sin embargo, tiene un hilo conductor: Alicia juega literalmente una partida de ajedrez en la que cada casilla se corresponde con un trozo de ese mundo que debe cruzar y en donde se tropezará cada vez con alguien, entre otros con las mismas figuras de ajedrez, que se mueven siguiendo también un orden lógico. El sueño concluye cuando Alicia, que ha iniciado la partida como peón de reina, alcanza la casilla final del tablero, y entonces, siguiendo las reglas del juego, se convierte ella misma en reina.

Por todo lo señalado, A través del espejo suele parecerme más fresca, más curiosa, más original. Sólo lo merecería por el capítulo donde aparece el genial huevo Humpty Dumpty (traducido en España como Zanco Panco o Tentetieso), con su particular concepto de las palabras-maleta o la descacharrante invención del no-cumpleaños (que la versión Disney trasladó, con gran fortuna también, a la merienda con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo). Pero también esta segunda parte me parece más inquietante, aunque sólo sea porque esa idea de un mundo invertido con leyes al revés es un temor clásico del ser humano. Cuando los obtusos gemelos Tweedledee y Tweedledum (Tararí y Tarará en España) le muestran a Alicia al Rey Rojo durmiendo y le señalan que está soñando con ella y que si se despierta, ella misma se desvanecerá, Carroll crea un momento de insuperable tensión que va más allá del ingenio verbal o del disparate que se asocian, antes que otra cosa, a su invención.

Alicia visita Hollywood

La inexcusable imdb señala que existen tres versiones mudas de la inmortal obra de Lewis Carroll, rodada una en los mismos albores del cine, en 1903 y las otras en 1915 y 1928 (esta última acredita adaptar tan solo Alicia a través del espejo, pero no tengo mayor referencia), y una primera versión sonora, de 1931, dirigida por Bud Pollard, todas ellas norteamericanas.

Pero la primera adaptación conocida —y recientemente editada, en formato dvd, en España— fue producida por la Paramount en 1933, con cierto lujo de medios, un considerable despliegue de vestuario y decorados y el concurso de un reparto compuesto por actores de carácter bien conocidos de la casa, aunque hoy más bien los recuerde el cinéfilo (W.C. Fields, Edward Everett Horton…). Junto a ellos, una única estrella (y en el comienzo de su carrera), como Gary Cooper. Como curiosidad, también aparece Cary Grant, pero cuando era poco más que un prometedor aspirante, y encima totalmente disfrazado (es la Falsa Tortuga). Pese a todo, constituyó en su día un gran fracaso comercial, pues lo cierto es que hablar de la historia urdida por Carroll en Hollywood durante muchos años fue hablar de veneno para la taquilla.

En este caso, lo achaco a dos razones. Una: es una desvaída ilustración de buena parte de los episodios más conocidos de ambos libros, ensamblados sin gracia ni armonía, que parte de un error de bulto: hacer que los actores den vida a sus personajes bajo aparatosos disfraces sin posibilidad de expresión gestual, o bajo rígidas prótesis de maquillaje (sin duda que se debe a un encomiable sentido del «respeto» dirigido a quienes conocen el libro y las famosas ilustraciones de John Tenniel, pero eso no atenúa el error). Y dos: porque el sentido del humor carrolliano es tan delicado de reproducir que o bien se realiza con una convicción absoluta (y la mera ilustración mecánica no puede serlo) o bien queda como un ejercicio de lo más cansino.

Esta Alicia de 1933 es un fracaso colectivo. El diseño de producción no termina de lucir bien. Los actores no consiguen otra cosa que ser meros monigotes (da pena ver a Gary Cooper interpretando al Caballero Blanco), salvo saludables excepciones (los secundarios que no se ven limitados por disfraces o exceso de prótesis, como May Robson encarnando a una genial Reina de Corazones). Fracasan los guionistas (uno de ellos el futuro y relevante director Joseph L. Mankiewicz, o sea, el creador de Eva al desnudo), que se limitan a sumar las dos novelas, una detrás de otra, acumulando casi todos sus episodios, de manera monocorde. Y fracasa el director, Norman Z. McLeod, sin duda escogido por su experiencia con los Hermanos Marx —Pistoleros de agua dulce (1931) y Plumas de caballo (1932)—, pero cuyo trabajo no puede ser más plano. Equivocadamente, la práctica totalidad de las escenas que transcurren en el País de las Maravillas están planteadas y rodadas como teatro filmado. Es cierto que la disposición de las peripecias en el libro, a modo de pequeños «cuadros», se presta a ello. Pero es que no es un problema de estructura sino de chispa, de espontaneidad, de gracia. Y diríase que cada emperifollado personaje está esperando su momento para intercambiar con Alicia unas cuantas frases extraídas del libro y salir de escena apresuradamente, y que todo quepa así en los 76 minutos del metraje.

AliceEso sí, el arranque elegido era curioso. En vez de empezar con la aparición del Conejo Blanco y el descenso por la madriguera, los guionistas eligen el inicio del segundo libro. Una Alicia aburrida porque la nieve invernal la obliga a permanecer en casa acaba trepando por la repisa de la chimenea y atraviesa el espejo, descubriendo que en el otro lado las letras de los libros están al revés y que las figuras del ajedrez han cobrado vida. Una invención genuina de los guionistas es ingeniosa: las personas retratadas en las fotografías aquí se encuentran al revés, y así la niña puede descubrir, con jolgorio, que los pantalones del tío Gilbert tienen un enorme remiendo en el trasero. Ahora bien, en cuanto Alicia abandona esa casa revertida, sus aventuras se convierten en las de Alice in Wonderland, como señalaba antes. El momento que hace las veces de bisagra es el juicio que la Reina de Corazones ordena entablar contra la protagonista: a partir de ahí se da paso al segundo libro.

Para quienes han leído las novelas, por lo menos, el resultado es tan rígido y mecánico que carece del menor interés: es difícil imaginar un trabajo tan pobre de imaginación. La historia, por tanto, va desgranándose de modo rutinario, sin más aliciente que el ir reconociendo la representación exacta que de muchas de las ilustraciones de Tenniel se van presentando ante el lector-espectador. Un último comentario a esta mediocre versión: Alicia, o mejor dicho la actriz que la encarna, Charlotte Henry (la cual contaba con 19 indisimulables añitos), resulta tan cargantemente relamida que hace muy difícil seguirla en sus andanzas por el País de las Maravillas.

  Próxima entrega: Alicias de Disney y Svankmajer, obras maestras de la animación.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Alicia en el País de las Maravillas / Alice in Wonderland. Año: 1933

Director: Norman Z. McLeod. Guión: Joseph L. Mankiewicz y William Cameron Menzies. Fotografía: Bert Glennon y Henry Sharp. Música: Dimitri Tiomkin. Reparto: Charlotte Henry (Alicia), Gary Cooper (Caballero Blanco), May Robson (Reina de Corazones), W. C. Fields (Humpty Dumpty), Edward Everett Horton (Sombrerero Loco). Dur.: 76 min.

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Vértigo en París, durante la II Guerra Mundial

La gran olvidaVértigoda de la película Vértigo es, precisamente, la novela en que se basa. Normalmente, cuando un gran autor adapta un libro, suele afirmarse con fervor (y sin que sea «obligatorio» haberlo leído) que el susodicho ha llevado la obra a su propio terreno, y así se ha escrito sobre multitud de obras y novelistas. Sin embargo, a la novela De entre los muertos ni siquiera le ha cabido semejante «honor»: lo normal, con relativas excepciones, ha sido hacer caso omiso de ella1. Entiendo que, al menos en nuestro país, se debe a la dificultad en poder confrontar la película con el original. Me refiero en la actualidad, pues sus autores, los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac, formaron una pareja especializada en relatos policiacos muy popular en su época, como prueba el elevado número de adaptaciones al cine de sus libros. En España hay una edición relativamente reciente, publicada bajo el título del film, Vértigo, por Nebular en el año 2002 (traducción de Jandro Murillo), con un magnífico apéndice a cargo de Roberto Cueto.

En todo caso, siempre se menciona la anécdota de que sus autores la escribieron con vistas a que Hitchcock se fijara en ella, sabedores de que ya había intentado comprar su previa La que no existía, finalmente llevada a la pantalla por Henri-Georges Clouzot en Las diabólicas (1955). Según esta noticia, propagada por el mismísimo François Truffaut en su famoso libro-entrevista al Mago del Suspense, los escritores franceses habrían hecho un trabajo a la medida del director inglés, reproduciendo sus obsesiones habituales. Aun desconociendo cualquier otro trabajo del dúo, me parece una explicación poco consistente y demasiado «fácil» para quien crea estar preservando así la absoluta autoría de Hitchcock. En primer lugar, cuando menos la otra película basada en novelas suyas, Las diabólicas, ya contiene numerosos rasgos luego exhibidos en Vértigo que hacen pensar que se deben al único vínculo común de ambos films: los autores. Y en segundo lugar, la lectura de De entre los muertos demuestra demasiada personalidad como para creer en una mera mímesis de temas ajenos a los franceses.

Por ello, tristemente, es como si Boileau-Narcejac hubieran pasado a ser una mera carcasa vacía, una marca registrada algo molesta porque obliga a reconocer que la que pasa por ser la mayor confesión personal del tortuoso Alfred Hitchcock… tiene un componente que, en mayor o menor medida, no le pertenece.

Edición española de la novelaPues bien, De entre los muertos existe, y su lectura arroja una conclusión asombrosa: no sólo es un libro espléndido, sino que en él ya se encuentra la práctica totalidad de los elementos más significativos de su adaptación cinematográfica, no ya en el plano argumental (que es mucho, claro) sino en el psicológico, en el fetichista, en el obsesivo. Si Vértigo es, ante todo, la historia de una fascinación que degenera en morbosa obsesión fetichista y necrófila, justo eso es lo que es De entre los muertos. No es menoscabo hacia Hitchcock (un autor por el siento gran devoción, del mismo modo que Vértigo es para mí su obra maestra) el reconocerlo.

En todo caso, es de admirar el proceso de identificación que el director inglés sintió ante la historia urdida por los dos franceses, puesto que es evidente que Vértigo es tanto una adaptación razonablemente fiel como una reinterpretación de la misma que, respetando sus claves internas, consigue hacer que éstas, armónicamente, confluyan con las propias claves del cine de su autor. Por eso puede decirse que Vértigo es una película intensamente personal al tiempo que una genial adaptación (no hace falta adaptar a Henry James o a Balzac o a cualquier autor respetable para merecer tal consideración) y una memorable traslación al lenguaje cinematográfico, por medio del uso de la puesta en escena, la atmósfera visual y sonora, el montaje y la interpretación. Todo ello es cierto, pero también lo es que sin De entre los muertos no hubiera existido, y sólo por eso la novela ya merece un respeto, sobre todo cuando resulta tan sugerente: ver la película y leer el libro (supongo que es difícil que se haga al contrario: en todo caso no se hará lo segundo) supone una experiencia apasionantemente complementaria.

A grandes rasgos, la trama de De entre los muertos es la misma, sólo que los personajes, inevitablemente, son franceses y francesa también es la ambientación. El protagonista, aquí llamado Flavières, es un policía retirado después de una traumática (y humillante, se insiste en esto más que en el film) experiencia en la que un compañero murió por causa de su vértigo, sólo que aquí ha vuelto a la profesión cuya carrera estudió: Derecho. Un antiguo compañero de estudios, Gévigne, le pide que siga discretamente a su esposa, Madeleine (¡sí, al menos el mismo nombre se repite de la película a la novela… digo, al revés!), pues en los últimos tiempos está advirtiendo en ella unos síntomas alarmantes: de modo recurrente, adopta una actitud ausente, se dedica a vagar hora tras hora sin rumbo. En conclusión: empieza a creerse la reencarnación de una antepasada (de su bisabuela, en realidad, Pauline Lagerlac, que se suicidó justo a la misma edad que ella tiene ahora). Flavières se encarga de seguirla, progresivamente atraído tanto por la peculiaridad de la historia como por el atractivo de Madeleine Gévigne, y acaba sacándola del río cuando ésta se arroja a sus aguas, en un intento de suicidio. A partir de este momento, y enamorado locamente de ella, se convierte en su asiduo acompañante, al mismo tiempo que intenta arrancarla de su obsesión. Mas sin resultado: un día ella lo lleva hasta una pequeña iglesia rural, sube a lo alto de su campanario y se arroja desde él, ante la impotencia de un Flavières cuyo vértigo le impide alcanzarla…

Toda la envolvente primera mitad del Vértigo de Hitchcock, por lo tanto, se encuentra aquí de un modo razonablemente idéntico, sólo que sin música de Bernard Herrmann (aunque uno puede ponérsela en el aparato de música y acompañar así su lectura) y sin las empinadas calles de San Francisco. El resto sí: la fascinación que el protagonista acaba sintiendo por Madeleine, los paseos por un cementerio hasta la tumba de Pauline Lagerlac (Carlotta Valdez en el film), por museos donde la joven parece convertida en una pintura más, sólo que viviente (el Louvre, en este caso), una inmersión si no en la bahía de San Francisco sí en el Sena y, de modo especial, la importancia que en el enamoramiento de Flavières posee el halo fantastique que parece envolver la obsesión de la bella amada.

Obsesión falsa, ya lo sabemos. Pero la que sí es muy real es la obsesión del protagonista, que aquí aparece descrito como un individuo mucho más misantrópico que el Scottie original. Si en Vértigo el espectador avisado intuye que el traumático episodio que lo ha alejado de la policía no es sino el símbolo de una vida vacía y al borde del abismo, mucho antes de que la acrofobia la cambiara radicalmente, Boileau-Narcejac utilizan (de modo lógico) la mayor capacidad de la palabra escrita para penetrar dentro de su personaje y así contar cómo, desde su misma infancia, éste se ha sentido apartado de los demás, incapaz de trabar lazos afectivos con nadie, especialmente con las mujeres. Flavières es un individuo ensimismado, para quien de pronto Madeleine supone el inesperado fulminante que remueve dentro de su interior su desesperada necesidad de amor, un amor que no puede volcar en nadie vulgar (pues es evidente que el personaje está imbuido de una abierta conciencia de su sensibilidad superior) y que, de este modo, sublima en la bella y misteriosa esposa de Gévigne.

MadeleineDe modo inevitable, ese amor tardío y absoluto se manifiesta a través de determinados rasgos: la evocación culta (Flavières llama a Madeleine su Eurídice, sin sospechar todavía el presagio que encierra la elección de ese sobrenombre), el fetichismo (las ropas y objetos de Madeleine, entre ellos un encendedor que él le regala, y que luego serán fundamentales para concentrar el sentido amoroso con que intentará resucitar a aquella en la vulgar Renée) y la oscilación entre el odio que empieza a sentir por el hombre al que considera completamente indigno de ella —no duda en resaltar la poca correspondencia que hay entre los atractivos de una y otro, por no hablar de la mezquindad moral que enseguida le atribuye, por su condición de especulador beneficiado por la guerra— y el desprecio que también siente por sí mismo, en cuanto que, es evidente, está traicionando una confianza recibida en intimidad.

Hay una llamativa diferencia con respecto a la película: en la novela no existe ningún personaje como Midge, la amiga de Scottie, enamorada en silencio de él, a quien encarna Barbara Bel Geddes. Es significativo, pues, en primer lugar, quiere decir que Flavières no tiene un solo amigo en el mundo; y en segundo lugar, se le niega la capacidad de recibir amor, lo cual subraya el escaso atractivo que en el libro tiene el personaje. Sin James Stewart para suavizar lo más oscuro del mismo, Flavières no es sino un misántropo al que no consigue redimir ni siquiera el intenso sufrimiento que muestra conforme avanza la historia (esto sí es idéntico entre él y Scottie). Es más: en la película, Scottie recibe el amor de dos mujeres (el soterrado de Midge y el abierto de Judy), pero en el libro ni siquiera podemos estar seguros de que Renée lo haya amado alguna vez, ni cuando era Madeleine ni cuando intenta negar por todos los medios que alguna vez lo fue.

Por otro lado, hay otra diferencia fundamental con respecto al guión de la película, que remarca precisamente la ausencia de la nobleza que sí tenía el Scottie de Stewart. Después de perder a Madeleine, Flavières huye del lugar del suicidio y oculta, ante Gévigne, que esa tarde estaba con su esposa. Tiempo después sabrá que, claro, Gévigne fue considerado sospechoso de haberla matado, y más cuando era ella la que poseía el dinero del matrimonio. Esta mezquina decisión de Flavières —pues si huye no es por el vértigo emocional que le produce la pérdida de Madeleine, o no sólo, sino por su incapacidad para hacer frente a un segundo enjuiciamiento público por la misma afección física: recuérdese el magnífico partido que sacaba Hitchcock a la escena de la encuesta, con ese estupendo personaje del coroner cuyas palabras de reproche a Scottie son otros tantos clavos que martillea sobre su ataúd— dota al crimen de la verdadera Madeleine de una sugerencia añadida para el lector que conoce la historia: la inevitable simpatía que de pronto se proyecta sobre otro personaje en principio despreciable cual es el maquiavélico Gévigne, que de pronto se encuentra atrapado por su propia (y admirable) red de mentiras.

Afiche del filmHay que señalar ya el rasgo fundamental del libro, fundamental en cuanto que es el que aporta la atmósfera dramática y moral necesaria para personalizar la historia que narra. Y es su ubicación en los convulsos días de la Segunda Guerra Mundial, y significativamente en los más complicados para Francia. La primera parte, durante la cual Flavières se enamora de Madeleine y la pierde, tiene lugar durante las semanas previas a la invasión alemana (la época llamada la «guerra de mentira»), y concluye justamente en los días en que ésta tiene lugar. El contraste emocional no puede ser más impactante: las circunstancias más dramáticas carecen del menor valor para Flavières en unos momentos en que se siente, más que nunca en toda su existencia, completamente al margen del mundo y de la vida, primero porque está construyendo un universo privado en el que nadie salvo Madeleine tiene cabida, y después porque la inesperada destrucción de ese universo lo hace vagar como un fantasma sin importarle nada de lo que sucede a su alrededor.

Después del hiato entre la primera y la segunda parte, la acción se reanuda en los días justo posteriores a la Liberación, en ese duro invierno de 1944-1945 que mostró a los franceses, pasada la euforia inicial, que la sordidez moral y la incertidumbre vital no se habían marchado con los nazis. En ese mundo de buscavidas y supervivientes se produce el reencuentro entre Flavières y la mujer que le recuerda a Madeleine, que tiene que ser Madeleine. La joven es una más de entre esos supervivientes que se aferran a cualquier frágil tabla que flote en el mar de miserias y despojos. La encuentra convertida en amante de uno de tantos individuos enriquecidos por el mercado negro, justo en el momento en que éste, aburrido de ella, estaba a punto de abandonarla. Madeleine (que ahora se llama Renée Sourange) acepta el cambio de hombre, no porque se enamore de él, como señalaba antes, sino porque no le queda más remedio.

[El lector interesado en descubrir por sí mismo la conclusión de la novela hará bien en dejar de leer aquí]

En estos días grises no de posguerra sino de post-ocupación tiene lugar el nada sublime acto final de la pasión obsesiva de Flavières hacia Madeleine. Significativamente, y si en la película Scottie no descubría hasta el final la identificación entre ambas mujeres —otra cosa es que Hitchcock nos lo cuente mucho antes del final, pues no era el misterio lo que le interesaba de la historia—, Flavières no se deja engañar en ningún momento. Renée es Madeleine, si bien hay momentos en que se convence de que la muchacha (que lo niega hasta que ya no puede más) está fingiendo y otros en que todavía se deja arrastrar por la ilusión de la mente escindida de su amada: si antes se creía Pauline Lagerlac, ahora se cree Renée Sourange. En cualquier caso, nada hay de elegante en la tortuosa posesión que Flavières va efectuando sobre la muchacha, a quien trata sin la menor consideración ni piedad, y sobre la que efectúa el mismo proceso fetichista familiar a los amantes de la película: intentar que la apariencia, físicamente mucho más vulgar, de Renée vaya cediendo ante la reconstrucción de la añorada Madeleine.

El final, por ello, es mil veces más sórdido en el libro que el original, contagiado tanto por la ruindad moral de la época como por la oscuridad que Flavières lleva consigo a todas partes: después de la confesión de Renée, que para él resulta mucho más horrible de lo que había creído (pues desmorona de modo definitivo el elegante andamiaje sobre el que construyó a su Madeleine), la estrangula, incapaz de soportar que, en efecto, Renée sea Renée y no la mujer de fantasmal misterio y evanescente sustancia de la que se enamoró. Nada de fatalista repetición de actos en el mismo campanario, nada de espectral aparición de la monja, nada de catártica curación del vértigo ante el abismo (en todos los sentidos) que se abre ante él con la muerte (ahora definitiva) de su amada. Sólo un caso más de crónica negra en la Francia sin horizontes de la Liberación.

1 Una dignísima excepción siempre la ha constituido el eximio Carlos Aguilar, quien no ha dejado de alabar, cada vez que ha podido, la genialidad del dúo de escritores, y que, en su breve ficha de su imprescindible Guía del Cine, en acto de estricta justicia, señala que es un «film inquietante y torturado, que funde obsesiones características de la literatura de Boileau y Narcejac (autores de la extraordinaria novela original) con el envolvente sello de Hitchcock».

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El hombre que viajaba a través del tiempo

La máquina del tiempo, de H. G. Wells

H. G. WellsEn el curso de dos semanas de arduo trabajo del año 1895, el joven aspirante a escritor H. G. Wells, a partir de una obra previa, dio forma definitiva al que hoy es uno de los mitos fundamentales de la imaginación humana: la máquina del tiempo. Su intención era ambiciosa, y sin embargo gran parte del encanto que mantiene la novela es el tono ingenuo y modesto que emana de sus páginas. Wells, un literato formado a sí mismo, de origen humilde y que pasó por trabajos de muy modesta extracción antes de convertirse en hombre de letras, tenía cerca de treinta años. En La máquina del tiempo confluyen dos de sus inquietudes de aquella época: las preocupaciones sociales y el interés por la ciencia. La primera la mantuvo toda su vida. La segunda permitió una deslumbrante serie de novelas que le han otorgado la inmortalidad, pero que remitió después de ese asombroso flujo inicial para dar paso a otro tipo de escritos que ya son más bien pasto de especialistas o de muy wellsianos que del público en general. Entre sus admiradores destaca Jorge Luis Borges, de hecho el gran defensor «culto» del autor británico, que siempre habló con entusiasmo del primer Wells, al que dedicó un ensayo contenido en su Otras inquisiciones.

Wells estructura la historia, de modo inteligente, alternando dos puntos de vista. Por un lado, el del amigo del Viajero que se encuentra entre los oyentes de su historia. Por otro, el del propio Viajero narrando las peripecias de su viaje. El primero escucha, perplejo y fascinado, sin incurrir en el burdo y vanidoso escepticismo con que todos sus compañeros saludan las palabras del protagonista. Éste llega sin más pruebas que un par de flores ya medio marchitas que guarda en su bolsillo y que le entregó una de las habitantes del futuro al que llegó y a la que salvó la vida, flores que el amigo se ve incapaz de clasificar en la escala botánica corriente. Este personaje abre y cierra la novela, pues tras el relato del Viajero, tan estérilmente recibido, éste vuelve a partir en su máquina (armado con una cámara fotográfica para obtener pruebas para los descreídos) sin que vuelva a reaparecer, pese a que han transcurrido al menos tres años en el momento en que su amigo registra la crónica del viaje en el tiempo.

En cuanto al protagonista, ¿quién es, a qué se dedica, qué vínculos tiene con su época? No se nos llega a dar ninguna explicación. Si bien en posteriores adaptaciones de su novela, el guionista de turno directamente lo identificó con el propio autor, en el libro carece de nombre y es llamado sencillamente el Viajero a Través del Tiempo —en la algo pomposa pero entrañable transcripción del original Time Traveller por parte de Nellie Manso de Zúñiga, responsable de la traducción de la añosa edición publicada por Anaya en la Ilustración de M. A. Rodríguezinolvidable y extinta colección Tus Libros (con magníficas ilustraciones de Miguel A. Rodríguez, alguna de las cuales reproduzco en este artículo). En la conversación que se desarrolla en los dos primeros capítulos con sus amigos e invitados acerca de la posibilidad de la máquina, queda claro que posee unos conocimientos científicos (si bien nada excepcionales: las reflexiones sobre las dimensiones del espacio y del tiempo están al alcance de cualquiera), pero no se indica profesión alguna. El Viajero parece más bien un diletante acomodado, científico aficionado y, posiblemente, reformador social a tiempo parcial. Su propósito de atravesar la molesta barrera de la cuarta dimensión no es para indagar en los balbuceos del hombre en el curso del tiempo ni para saciar ninguna curiosidad sobre relevantes figuras de la historia y el arte ni para dejarse mecer en algún momento preferido del pasado —que sospecho es lo que yo haría en tal caso—, sino para marchar al futuro en busca de una sociedad que haya dado respuesta, por fin, a las necesidades del ser humano.

De hecho, la historia no pierde el tiempo con paradas en el camino donde poder brindar algún sugestivo intermedio especulativo: directamente llega nada menos que al año 802.701 (siempre me ha encantado el evocador ritmo numérico). Pues Wells (¿el Viajero?) lo que pretende con el deus ex machina (nunca mejor dicho) de su invención, es proponer lo que hoy llamaríamos una fantasía antiutópica, la descripción de un mundo horrible, que bajo la apariencia de una Edad de Oro en la que el ser humano, por fin, tiene todas sus necesidades satisfechas sin necesidad de trabajar (ni, por tanto, de explotar a nadie), se esconde un terrible, incluso abominable secreto. Esa sociedad está aún más estratificada que la que el mismo Viajero deja en el ocaso del siglo XIX: está dividida en dos razas, una dominante y de aspecto monstruoso (los Morlocks), que vive bajo tierra y produce todo cuanto necesita la segunda, a un tremendo precio; la otra, de aspecto todavía dulcemente humano (de ahí que el Viajero, pese a despreciarla, no pueda evitar simpatizar con ella), que en realidad es el ganado que los otros crían para su sustento, sin que parezcan capaces de hacer nada para eludir su condición de criaturas sin más futuro que la mesa de los Morlocks.

Tradicionalmente se ha considerado a Wells como un autor menor, de notable imaginación pero de escasas cualidades verdaderamente literarias. En parte, como es notorio, quienes sostienen esta opinión lo hacen guiados por dos prejuicios: primero, la adscripción del autor a la siempre «menor» literatura de género (la única que ha conseguido ser amnistiada con el tiempo ha sido la literatura policiaca, y no toda), y segundo, el error de creer que el estilo consiste en recrearse en los juegos lingüísticos como si la materia fuera superior al objeto que debe formar.

Ilustración de M. A. Rodríguez 2Pues bien, Wells fue un magnífico escritor y no sólo porque tuviera una gran imaginación, que es indudable, sino también por el talento eminente con que dio forma a sus imaginativas fantasías. La máquina del tiempo, obra prácticamente primeriza, recuérdese, habría sido olvidada pronto de limitarse a hacer acta de nacimiento de un icono de la fantasía y describir una sociedad antiutópica que, la verdad, no destaca precisamente por su originalidad. No, si su historia sigue siendo un clásico inmarchitable es por la inolvidable poesía melancólica que emana de sus páginas. Aunque el Viajero es un juez severo de cuanto observa, aunque constantemente está proponiendo teorías sociales e históricas que, también de continuo, debe ir desechando sobre la marcha ante el paulatino descubrimiento de la verdad (que, claro, en gran parte quedará en la niebla del tiempo), su personaje acaba revelándose, por encima de cualquier otra condición, como un poeta capaz de transmitir una poderosa sensación de pérdida y evocación a quienes hacemos el viaje con él. Wells se descubre como un magnífico cronista de la decadencia, en la forma de describir esas construcciones en ruinas, de representar una naturaleza en apariencia fértil pero sobre la que no puede evitar depositar una pátina de decadencia, o de llevarnos al mismo ocaso de la Tierra, en una playa donde el sol parece en un perpetuo crepúsculo, y donde ya no hay rastro del hombre y los animales diríanse vueltos de épocas imposiblemente pretéritas.

Pues todo el libro está invadido por un suave pero indiscutible aroma de pesimismo. No sólo porque el protagonista debe afrontar la idea, casi intolerable para él, de que el futuro y el progreso, desde luego, no son sinónimos, sino también porque descubre la fragilidad de eso que llamamos ser humano. En ese sentido, hay que diferenciar: por mucho que Wells no pueda evitar sacar al pesimista que lleva dentro, no por ello se convierte en un conformista. Lo demuestra su personaje y lo demostró su propia vida, en la cual el compromiso político y social fue tan importante. Lo que hace cercano a su personaje, por lo tanto, es la intensa emotividad que desprende, su forma de descubrir que él, tan racional, también esconde a un ser con instintos duramente reprimidos —y que, con el cambio de su escenario cotidiano, afloran con facilidad: no duda en reconocer la sed de sangre que le despiertan los Morlocks. La lección es clara: el conocimiento no basta si no es temperado por la devoción a la humanidad. El Viajero inicia su periplo para saber y acaba anonadado por su principal descubrimiento: nuestra enorme vulnerabilidad, no ya física sino emocional y cultural.

La bella conclusión de la novela es que, al final, en el borde del tiempo, el Viajero se acaba descubriendo no como un buscador del sistema social más justo y perfecto, sino de la empatía, la comprensión, la ternura: de la humanidad, en suma.

En este sentido, resulta encantadora la delicadeza con que describe el personaje de Weena, la joven Eloi que se convierte en su compañera inseparable. Si no puede hablarse de una historia de amor explícita (como sí harán luego todas las adaptaciones cinematográficas con las chicas a las que el Viajero encuentra en su destino, lo cual justificará, en esas películas, su renuncia a su época natal por la incertidumbre de ese precario futuro), Wells sí consigue establecer una delicada corriente de atracción del protagonista hacia la joven (por mucho que no lo confiese abiertamente). Por ello, la súbita pérdida de la muchacha la noche en que son atacados por los Morlocks y él prende fuego al bosque provoca una enorme desolación. Por ello, resulta tan imborrable la frase final de la novela, en que el amigo del Viajero, triste porque los años transcurridos desde que éste se marchó ya son demasiados como para pensar que algún día retornará, al reflexionar sobre ese futuro ingrato al que presumiblemente ha vuelto, se encuentra al menos «para consuelo mío, dos extrañas flores blancas —encogidas ahora, ennegrecidas, aplastadas y frágiles— para atestiguar que aun cuando la inteligencia y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y una mutua ternura aún se alojaban en el corazón del hombre».

La máquina del tiempo, pues, lo que acaba proponiendo por encima de su contenido político-social es una bonita reflexión sobre el triste destino del hombre a perderlo todo, sea cual sea su época y condición, pues esa es la característica principal de la humanidad: su falta de perdurabilidad. Sólo el recuerdo es lo que nos hace inmortales; la memoria, por tanto, es la verdadera máquina del tiempo.

El tiempo en sus manos (1960, George Pal)

Wells fue adaptado muy pronto al cine: de hecho, en casi todas las fuentes sobre cine su novela Los primeros hombres en la luna figura como inspiradora del pionero Viaje a la luna (1902, Georges Méliès). Sin embargo, de todas sus novelas famosas (y menos famosas), la que nos ocupa tardó bastante en interesar a los productores, tal vez porque su historia implicaba una importante inversión en efectos especiales. Hay acreditada una versión para la televisión británica en 1949, pero la primera adaptación cinematográfica lleva la firma del húngaro George Pal, que en España fue rebautizada, de forma para mí entrañable, como El tiempo en sus manos.

Pal, un nombre hoy excesivamente olvidado, fue uno de los primeros magos de los efectos especiales, sobre todo en el campo de la llamada stop-motion o animación paso a paso, cuyo cultivador más apreciado hoy día es el gran Ray Harryhausen, quien tuvo uno de sus primeros empleos en el equipo de aquél. En los años 50 Pal, primero como productor y después como director de sus propios proyectos, se convirtió en uno de los más notables practicantes del cine de ciencia-ficción (o fantástico en general), con títulos en su momentos tan populares como Cuando los mundos chocan (1951, Rudolph Maté), La guerra de los mundos (1953, Byron Haskin) o un maravilloso melodrama titulado Cuando ruge la marabunta (1954, también dirigida por Haskin), donde brilla con luz propia la animación de la espectacular invasión de hormigas recogida por el título.

El tiempo en sus manosEn El tiempo en sus manos, George Pal convierte el limpio y melancólico pesimismo del original en una fantasía blanca que, bajo las formas del cine de aventuras fantásticas para toda la familia, no sólo no es indigno de la novela de partida sino que incluso la complementa de modo excelente. Ambas narraciones parten de un mismo principio: la modestia de una mirada sencilla, incluso ingenua, que acaba sellando una narración pura, en la que destaca por encima de todo el gozo de contar. Aunque Pal baña su cinta de un notable dinamismo, en el fondo también asume, de modo coherente, el nostálgico lirismo de Wells. ¿Cómo abordar el tema del viaje en el tiempo sin dejarse llevar por el sentimiento de pérdida de lo que se dejó atrás, tanto como por el de curiosidad por lo que ha de venir?

El cineasta lo entiende bien desde el principio, ofreciendo un prolegómeno a la aventura —la reunión durante la cual George, inventor y firme convencido en el progreso pacífico de la humanidad, reúne a cuatro amigos para hacerles conocer su reciente invento de la máquina del tiempo— que tiene la virtud de saber ofrecer un ancla no ya para el protagonista sino para el espectador, que nos ata firmemente en la corriente del tiempo. Situado el último día del siglo XIX, ese prólogo posee la atmósfera de un muy british relato navideño, es decir, situado en una época en que lo fantástico parece filtrarse mejor en la vida, y más si es contado junto a una chimenea que derrama calor en una estancia añosa y confortable que protege del frío exterior. Ese espacio donde George (Wells) reúne a sus cuatro escépticos amigos, con sus paneles de madera y sus múltiples relojes, crea una sensación de extraordinaria intimidad, en la que se nos permite penetrar como si cada uno de nosotros fuera un quinto invitado.

Rod Taylor, un actor eficiente pero que rara vez supo ser memorable, aquí lo es, componiendo un Viajero del Tiempo que sabe expresar al mismo tiempo entusiasmo y tristeza, curiosidad intelectual y desengaño emocional, y sobre todo, y en todo momento, convicción en lo que piensa y siente. ¿Cómo no dudar de que, en efecto, ha creado una máquina del tiempo y convencernos para acompañarlo, y no al pasado, que nada le puede enseñar, sino al futuro, a un tiempo en que ya no haya guerras? Pues esa ambientación en los últimos días de 1899 tiene también el sentido de señalar que Inglaterra vive días de guerra, por su enfrentamiento con los bóers en Sudáfrica, y la guerra se empeñará en perseguir al protagonista en cada una de sus paradas (que son en 1917, en 1940 y en otra fecha futura al 1960 en que se ubica el film y donde Londres acaba literalmente destruida) antes de tomar carrerilla hacia el lejanísimo futuro.

H. G. Wells con batínEl tiempo en sus manos adopta los trazos del cine para toda la familia que tanto gustaba en el Hollywood antañón, componiendo una aventura «doméstica» en la que, por ejemplo, su protagonista se adentra en la corriente del tiempo vistiendo… un elegante batín. El mismo diseño de la máquina resulta bastante improbable para cruzar el tiempo pero  resulta entrañable, y se nota que el mismo Pal estaba encantado con él por los mimosos movimientos de cámara con que acaricia su presentación en la película. El viaje en el tiempo compone una secuencia estupenda, no sólo porque permite a Pal lucir sus habilidades para los efectos especiales naïves (las plantas haciendo brotar sus frutos a toda velocidad, el caracol que echa una carrera), sino por las buenas ideas visuales que encierra, la más afortunada de las cuales es mostrar el paso del tiempo a través del cambio de la moda en el maniquí del escaparate de la tienda de modas que George tiene ante su laboratorio.

Es indiscutible que el núcleo de la aventura en el 802.701 es lo menos conseguido de la cinta, pues ofrece varios puntos discutibles. El primero es que la caracterización de los Eloi, con sus vestidos pastel y sus pelucones rubios para hombres y mujeres, no puede ser calificada sino como horterada kitsch. Con ellos también aparece la insustancial e inexpresiva Yvette Mimieux, cuya interpretación, en efecto, hace pensar si la actriz no sería, ella misma, una Eloi y no alguien por quien merezca la pena renunciar definitivamente a la propia época. Mejor es el diseño de los Morlocks, aunque se nota demasiado que esa piel paliducha no es sino un traje mal disimulado. La secuencia en que George desciende al mundo subterráneo para rescatar a Weena dura demasiado y sus escenas de acción no están filmadas de modo convincente (es impagable el momento en que el joven Eloi descubre que su puño sirve para golpear), pero los decorados son sugestivos y Pal tiene un nuevo chispazo de ingenio, con esa forma de colorear los planos subjetivos que muestran el deslumbramiento de esos hombres-topo que son los Morlocks ante las cerillas que enciende el protagonista.

En cualquier caso, el regreso de George al pasado permite recuperar la cálida intimidad del inicio, ahora ya definitivamente impregnada de una notable melancolía, pues, antes incluso de que George se separe de sus siempre incrédulos amigos, cada una de sus palabras, cada uno de sus planos, posee un agradable sabor elegíaco. Al final, la gran paradoja de El tiempo en sus manos es que, después de tantas aventuras, a donde desea regresar el espectador en la máquina del tiempo es a ese rincón del Londres del cambio de siglo, a dejarnos calentar por esa chimenea, en ese salón, atendidos por esa anciana ama de llaves, y no al remoto 802.701 a procurar un nuevo amanecer en la humanidad.

Los pasajeros del tiempo (1979, Nicholas Meyer)

Los pasajeros del tiempoAunque no adapta, en rigor, la novela que nos ocupa, es conveniente mencionar esta película completamente olvidada, porque es una variante de aquélla. Los pasajeros del tiempo pertenece a un tipo de formato directamente emparentado con la pura mitomanía: el pastiche, o sea, la re-creación de una «nueva» aventura de un personaje amado, una aventura apócrifa, claro, en la que se intenta mimetizar al máximo las características de aquél o del espacio por donde se movía, y que va dirigida al conjunto de iniciados que, se supone, comparten ese mismo amor.

H. G. Wells persigue a Jack el Destripador hasta el San Francisco de nuestros días gracias a su máquina del tiempo: así se resume esta película. Su responsable máximo, Nicholas Meyer, director y guionista, se había hecho famoso poco antes por la escritura de una novela que también es un pastiche, Elemental, doctor Freud, llevada al cine con éxito dos años atrás, que unía, como puede deducirse por el título, a Sherlock Holmes con el padre del psicoanálisis. Tal vez ello le valió el crédito necesario para los productores del film, que le confiaron lo que tenía que ser su primer trabajo de realización.

El gran problema que tienen los pastiches, cuando sus consumidores son amantes de los personajes recreados, es que o bien complace del todo o bien resultará una experiencia bastante antipática. En el caso de Los pasajeros del tiempo el resultado es lamentable. Los personajes homenajeados no pasan del rango de monigotes a partir de unos cuantos tópicos (especialmente penosos en el caso del escritor) y la intriga que los une y enfrenta no pasa de ser una tontería. Encima, y como era de esperar, el traslado al siglo XX de los dos no tiene otro objeto que realizar un superficial contraste de costumbres y ofrecer un derroche de humor bobo e infantil (el McDonald’s calificado de lugar de comida escocesa, las tonterías con esos automóviles que sorprenden ¡al inventor del vehículo más sofisticado posible!). Encima, Malcolm McDowell abusa hasta el hartazgo de su gesto de «niño grande», continuamente perplejo ante las «maravillas» que encuentra en su paseo por el futuro, pero siempre tenaz defensor de cuanto noble hay en el mundo.

La dirección de Meyer (lógico en un debutante) es muy vulgar, y no hay sino que comparar la escena en que Wells reúne a sus amigos para presentarles su invento con la correspondiente del film de Pal. Es evidente que la de 1979 se inspira claramente en la de 1960, pero no hay esta vez ni atmósfera ni intimidad ni ganas de estar allí: aquí sólo hay un decorado y unos actores recitando diálogos que no se creen mucho. Peor aún es que Meyer no se prive de añadir unas cuantas reflexiones que no pueden ser más parvularias por parte de los dos transterrados personajes. Así, el psicópata Jack somete a su pánfilo amigo a un rápido zapping por las múltiples cadenas de TV (plagadas de violencia y ruido, cómo no) para asegurar que su prometida utopía no puede existir, porque el hombre siempre llevará con él la semilla del mal. Por ello, cuando Wells intenta convencerlo de que deben volver a su verdadero tiempo, el villano asegura, con satisfacción, que él está en casa. Por su parte, y de la mano del sosísimo romance intemporal que el protagonista vivirá en este San Francisco de 1979, acabará asegurando, con un aplomo digno de encomio, nada menos que «todas las épocas son iguales, es el amor lo que las hace soportables». Al verdadero Wells le hubiera dado algo escuchar semejante simplonada salida de sus labios.

En cualquier caso, no hay que enfadarse mucho con este film, que está demasiado olvidado como para que resulte enojoso.

La máquina del tiempo (2003, Simon Wells)

En el momento de su estreno, esta nueva versión del clásico de H. G. Wells fue recibida con indiferencia general, e incluso despertó franca antipatía entre aquellos (yo mismo, por ejemplo) que amamos profundamente la obra original e incluso su previa versión cinematográfica. Nos pareció fea, trivial, a ratos innecesariamente rebuscada (¿por qué cambiar el nombre del protagonista, y encima ponerle el de Alexander Hartdegen?) y con una molesta advocación new age en las secuencias del futuro.

La máquina del tiempoDiez años después, la revisión de esta película descubre, de modo inesperado, que no sólo no es tan mala como pareció sino que, incluso, posee ciertos elementos sugerentes que hacen que su repaso resulte grato. No es que se convierta en una buena película, eso también hay que dejarlo claro. Por desgracia, hay dos obstáculos que, entonces como ahora, siguen resultando demasiado grandes como para permitirlo. Uno es el protagonismo de Guy Pearce, actor cuyas carencias expresivas son un terrible lastre para el necesario proceso de simpatía que exige su personaje, en especial cuando el planteamiento urdido por el guionista John Logan hace que el nuevo Viajero a través del Tiempo, en esta ocasión, añada un componente de desesperación romántico-existencial a la mera curiosidad intelectual que era el motor que lo estimulaba tanto en la novela como en su adaptación de 1960. El segundo es la dirección de Simon Wells, curiosamente bisnieto del novelista —quiero suponer que no sería esta condición la que le valdría el puesto—, un director procedente del campo de la animación (al que volvería después de esta película, tras diez años de silencio), quien resulta absolutamente incapaz para dotar a las imágenes del contenido emocional que precisaban, empezando por ese mismo aliento trágico y desesperado que anima a su protagonista a través del tiempo.

Aunque los créditos señalan que el guionista John Logan trabaja sobre el guión que el escritor de ciencia-ficción David Duncan realizó para George Pal en El tiempo en sus manos, ya he señalado que hay una importante diferencia con respecto a la historia de Wells, y que hace que el tercio inicial sea radicalmente diferente a la novela y su primera adaptación. La acción se traslada a Nueva York (eso sí, al mismo 1899 del film de Pal) y el protagonista, el tal Hartdegen, ya no es un convencido defensor de las utopías humanas, sino un profesor universitario —sus disciplinas son la mecánica aplicada y la ingeniería: supongo que son las materias que todo creador de una máquina del tiempo debe dominar— eso sí, apasionado por el progreso científico y tecnológico, y que incluso se cartea con el mismísimo Einstein.

Pues bien, lo que acaba estimulando a Hartdegen a crear la máquina del tiempo es la pérdida de su amada (asesinada por un ladrón el día en que le había pedido que se casara con él), con el objetivo, por tanto, no de ir al futuro sino de cambiar el pasado. Sin embargo, el resultado no es el deseado: Hartdegen salva a su amada de esa muerte, pero de todos modos ella vuelve a morir de otro modo violento. Perplejo ante ese determinismo de la corriente del tiempo, es cuando encamina sus pasos hacia el futuro, en busca de una respuesta a su anhelo de modificar la historia, su historia. Este planteamiento romántico inicialmente me chocó bastante, pues me pareció un modo de trivializar el magnífico original wellsiano. Sin embargo, hay que convenir en que otorga una dimensión diferente, y por ello bienvenida, a la historia. La lástima es que, fuera de ese tercio inicial, luego prácticamente no se vuelva a aprovechar para nada, ni siquiera en el plano emocional. Cuando Hartdegen, por fin, encuentra a su Weena, aquí llamada Mara, hace ya mucho que el personaje de su amada y perdida Emma quedó olvidado en la arena del tiempo. Es evidente: a John Logan (o a sus jefes) les falta valor para reconducir completamente la historia según ese dictado inicial, y a partir de la media hora inicial vuelve a rehacer El tiempo en sus manos.

En el momento en que por fin Hartdegen decide marchar al futuro es cuando Wells se encarga de mostrar el funcionamiento del viaje en el tiempo en todo su esplendor. El avance de los efectos especiales con respecto a 1960 da origen a una secuencia que carece del encanto primitivo del film de Pal pero que también resulta sugestiva. Ésta empieza copiando a Pal (incluido el cambio de la moda a través del maniquí), pero termina con ingenio, con la cámara alejándose de la casa para mostrar la transformación de la Nueva York decimonónica en una urbe moderna e incluso, en otro rasgo ingenioso, el plano va perdiéndose en el cielo para mostrar la aparición de los aviones, que dan paso a los satélites y, por último, a naves espaciales que se dirigen hacia una instalación construida en la Luna. Siguiendo las pautas del guión de Duncan, Hartdegen realiza varias paradas hasta llegar a su punto final, y en la última de ellas asiste a la casi total destrucción del ser humano, en este caso porque la luna se ha salido de su órbita (se aclara, de modo un tanto burdo, que por culpa de los manejos de sus huéspedes terrestres) y se precipita contra la Tierra. Inconsciente Hartdegen, debido a la violencia de la huida in extremis, su máquina se convierte en el mudo testigo de los profundos cambios que se producen durante eras y eras en la fisonomía terrestre —en una secuencia de conseguida belleza—, hasta que por fin se detiene en el emblemático año de 802.701.

En este núcleo del viaje en el tiempo se dan cita lo mejor y lo peor. Es verdad que el diseño de los Elois resulta agradable, pese a que ese aroma new age sigue resultando bastante relamido. Pero los Morlocks son unos monstruos sacados de manual y su ataque está plagiado El Morlock superiordel correspondiente en El planeta de los simios (versión Schaffner, por favor), con una inesperada referencia al Vampiros (1998) de John Carpenter, en el momento en que los más monstruosos de aquéllos emergen directamente del suelo arenoso. Lo más interesante es una nueva aportación del guión: la distinción de varias castas y morfologías dentro de los Morlocks, que suponen una estratificación social. También hay una inesperada aparición de esa melancolía tan consustancial a la historia wellsiana. En el cubil subterráneo de los monstruos, Hartdegen encuentra a un Morlock superior de excepcionales capacidades telepáticas (encarnado por un Jeremy Irons de lo más curioso). El rasgo existencial de este personaje, que ve reflejado en el viajero del tiempo la misma maldición de soledad a que está condenado, y que le permite comprender con amarga resignación la degeneración de la raza humana, resulta sin duda un sugerente hallazgo.

Diseminados a lo largo de su por fortuna concentrado metraje, todos estos rasgos señalados, y el inmenso atractivo heredado de la historia original, permiten perdonar, en parte, los elementos menos afortunados del film. Así, aun fallida, La máquina del tiempo no desmerece del todo de lo que pudo haber sido y ofrece unos muy estimables resultados.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El tiempo en sus manos / The Time Machine. Año: 1960

Director y productor: George Pal. Guión: David Duncan. Fotografía: Paul Vogel. Música: Russell García. Reparto: Rod Taylor (Herbert George Wells), Yvette Mimieux (Weena), Alan Young (Filby Sr. y Jr.), Sebastian Cabot, Tom Helmore, Whit Bissell (Invitados). Dur.: 103 min.

Título: Los pasajeros del tiempo / Time After Time. Año: 1979

Director: Nicholas Meyer. Guión: Nicholas Meyer, sobre una historia de Karl Alexander y Steve Hayes. Fotografía: Paul Lohmann. Música: Miklos Rózsà. Reparto: Malcolm McDowell (H. G. Wells), David Warner (Dr. Stevenson, alias Jack el Destripador), Mary Steenburgen (Amy). Dur.: 112 min.

Título: La máquina del tiempo / The Time Machine. Año: 2002

Director: Simon Wells. Guión: John Logan, sobre el guión de David Duncan para El tiempo en sus manos. Fotografía: Donald McAlpine. Música: Klaus Badelt. Reparto: Guy Pearce (Alexander Hartdegen), Samantha Mumba (Mara), Jeremy Irons (Morlock), Mark Addy (Philby). Dur.: 96 min.

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Henry James en una Venecia de forillos: de Los papeles de Aspern a Viviendo el pasado

Muchos de los mejores relatos de Henry James —así, La bestia en la jungla, El altar de los muertos o El banco de la desolación— se centran en Los papeles de Aspernpersonajes enclaustrados en sí mismos, a veces en un escenario del que se resisten a salir al exterior, a veces en el claustrofóbico universo personal que han ido construyendo año tras año y que ha acabado, casi, por suplantar la verdadera realidad. Realidad que, no hay que olvidar, el serio y solemne James fue uno de los primeros autores en cuestionar narrativamente sin necesidad de proponer argumentos puramente fantásticos: le bastó con centrar la estructura de sus historias en un determinado punto de vista bajo el que todos los sucesos que acaecen pueden interpretarse de determinada manera, que no ha de ser por fuerza la verdad.

Uno de estos, más bien una novela corta y sin lugar una de sus mejores creaciones, es Los papeles de Aspern, de 1888. En él, un editor, del que no llegaremos a conocer su nombre, cuenta en primera persona su particular peripecia vivida en Venecia en busca de unas cartas inéditas escritas por el poeta al que ha consagrado su labor crítica, Jeffrey Aspern (y que está inspirado nada menos que en uno de los ilustres huéspedes anglosajones que conoció la ciudad de los canales en el siglo XIX, el poeta lord Byron). En un palazzo decadente, al borde de un canal solitario, el editor encuentra a Juliana Bordereau, amor de juventud de Aspern, la última mujer que queda sobre la tierra «sobre cuyos rasgos se posaron los ojos del poeta», una reliquia de otro tiempo, como su palazzo. El editor sabe que el intento de su colega por contactar con ella y pedirle el acceso a las cartas recibió una hosca negativa; si quiere tener éxito, él debe acceder a ella con algún subterfugio, de tal modo que se presenta en su casa como un escritor en busca de un refugio donde pasar el verano. La anciana vive con una sobrina, Tita, de edad mediana, alta, delgada, seca, consagrada a su cuidado. Debido a que la situación económica de ambas es modesta y que Juliana desea dejar a su sobrina algún capital, lo aceptan como huésped. Pronto, el editor se da cuenta de que el medio de acceso a las cartas ha de ser la sobrina, una mujer cuyas defensas ante la vida son las de una niña, pues parece haber sido arrancada de la sociedad en plena juventud y enclaustrada lejos de cualquier contacto social. La mujer no tarda en reconocer la existencia de los papeles y en dejarse complacer por la compañía del editor, aceptando tácitamente ayudarlo en todo aquello que directamente no vaya contra la voluntad de su tía. Como era de esperar, el asunto acaba en catástrofe: el editor es sorprendido por la anciana cuando rondaba el escritorio donde sospechaba la existencia de los documentos, a consecuencia de lo cual se acelera su final; tras el fallecimiento, la sobrina le propone, con los rodeos que su ingenua voluntad le dicta, que la única forma de que le entregue las cartas sin traicionar a su tía es que él forme parte de la familia: que se case con ella. Horrorizado, el editor abandona la casa invadido por la zozobra, recorriendo sin rumbo la ciudad, y cuando al día siguiente regresa para tratar de proponer una solución, se encuentra con que la mujer ha quemado las cartas y lo despide…

Los papeles de Aspern es un relato dominado por una atmósfera de densa melancolía, bañada por ráfagas deletéreas de decadencia. Como siempre en James, contiene un magnífico retrato de personajes: personajes descritos antes por sus inacciones, por los recónditos signos que traslucen sus palabras más bien intrascendentes y por anhelos no expresados en voz alta, que por lo que realmente hacen. En este sentido, y aunque los personajes de los dos mujeres en principio parecen constituir el eje dramático del relato, en realidad, y como es habitual en el autor, el personaje verdaderamente complejo, el auténtico desencadenante de la tragedia, es el propio relator de la historia, ese innominado editor que se pasa el tiempo pregonando la bondad de sus intenciones y sus deseos de jugar limpioaun cuando su propósito, inevitablemente, tiene un componente de engaño. Un engaño que él considera noble, pues quien ha de ganar no es él, sino la humanidad, los fervorosos de ese poeta inmortal llamado Aspern. Un hombre, además, sometido a la tensión de tener que confrontar su ideal sobre su dios y las circunstancias de su vida con la realidad presente que le ofrece ese último testigo de su vida: y testigo además tan esencial. Pues no deja de señalar, a veces con complacencia morbosa, la decrepitud de la anciana, decadencia física que se corresponde con su decadencia moral. La anciana muestra una avaricia que le desagrada pero en el fondo, como reconoce, también le complace oscuramente; avaricia que, señala con honestidad, ha sido él sin duda quien ha desencadenado, al introducir en su vida la tentación de un dinero que ganar con facilidad ante su apariencia de incauto. La representación que ha de efectuar ante ella, las ironías con que la anciana le obsequia a él (y a su sobrina), los silencios cargados de dobles sentidos que se establecen entre ellos, en el fondo, en el fondo conforman un deletéreo juego al ratón y al gato.

Si la historia del cine demuestra que hay un novelista difícil de adaptar, ése es Henry James. La inmensa mayoría de adaptaciones que hay de obras suyas, repartidas a lo largo de varias décadas, se limitan a ofrecer la letra de su literatura: a reproducir mecánicamente unos argumentos que, sin la poderosa impronta metafísica de su autor, resultan simples e incluso banales. (Algo muy parecido a lo que suele suceder con otra autora de moda en tiempos muy recientes, Jane Austen.) Sin embargo, hay excepciones que demuestran que no hay autor que no sea adaptable, con el talento o la convicción necesarios: La heredera (1949, William Wyler), ¡Suspense! (1961, Jack Clayton) y una adaptación más cercana en el tiempo, Las alas de la paloma (1997, Iain Softley).

A ellas añado una película mucho menos conocida, incluso abiertamente desconocida, que fue estrenada en España con la misma repercusión que había tenido en su país de origen (es decir, ninguna) y que estos días de múltiples canales televisivos y la magia de Internet ha permitido redescubrir: The Lost Moment, rebautizada aquí cPóster originalomo Viviendo el pasado. Era la segunda vez que el cine adaptaba una obra de James (aunque la primera, de hecho, La plaza de Berkeley, de 1933, lo hacía sobre una adaptación para la escena de una novela inacabada, El sentido del pasado, por tanto bastante alterada), y ni siquiera asumió su título original. Quizá sea lógico: estamos ante una película de serie B, incluso muy de serie B, y los productores del film debieron pensar que el público potencial del film lo más probable es que ni siquiera conociera a un escritor por entonces todavía no tan reivindicado como en la actualidad. Por supuesto, el film está rodado íntegramente en decorados, de tal modo que los exteriores supuestamente venecianos son telones pintados (eso sí, suele aparecer, al fondo, la Basílica de San Marcos) y los canales, poco menos que pequeños estanques donde se incluye alguna góndola para aparentar aire veneciano.

Única realización de Martin Gabel, más conocido como actor secundario (aunque su filmografía en tal cometido arranca cuatro años después de esta película), además encierra uno de los trabajos de adaptación más atractivos que he visto en pantalla sobre una previa obra de calidad.

The Lost Moment, en principio, también parece ceñirse de modo fiel a la nouvelle original. Aunque, por razones desconocidas, el apellido de Aspern sea sustituido por Ashton, el punto de partida es el mismo: un editor fervoroso del poeta, aquí bautizado como Lewis Venable, entra como huésped, bajo nombre y circunstancias falsas, en la casa de las dos mujeres Bordereau. Sin embargo, el desarrollo es muy diferente, aun cuando algunas situaciones del relato sean aprovechadas. En primer lugar, The Lost Moment puede definirse como un melodrama pasional de atmósfera fantastique en función de sus elementos argumentales y visuales. En cuanto al argumento, porque el guionista Bercovici —cuyo trabajo principal en cine es, no por casualidad, la película Jennie (1948), otra historia romántica con advocación irreal, que sí es muy conocida— efectúa una radical inversión en la relación entre personajes. El resultado, por ello, es «otros papeles de Aspern», que tiene buena parte de los originales pero les otorga una nueva mirada que convierte algo en principio tan vampírico como la adaptación de una obra previa en un trabajo de nueva creatividad. Nunca he entendido a quienes se enfadan porque encuentran «traicionado» el libro que aman en su pase a la pantalla de cine. Pues entonces, ¿por qué querer repetir una historia que ya quedó suficientemente bien en su forma original?

De entrada, la madura, poco atractiva y apocada Tita (aquí Tina) es interpretada por Susan Hayward, actriz de indisimulable belleza y fuerte personalidad. Aunque la presentación de Tina la caracteriza vestida y arreglada de modo severo (ropas negras, cabellos recogidos, expresión de perenne hosquedad), en realidad la joven padece un desdoblamiento de Tita (Susan Hayward)personalidad: la continua y absorbente lectura, primero por parte de su tía Juliana, después personalmente, de las apasionadas cartas de Jeffrey Ashton, la llevan, en determinados momentos —y usualmente, nuevo rasgo fantastique, de noche— a creerse que ella es la verdadera, y rejuvenecida, Juliana, mientras que su decrépita tía pasa a convertirse en la ordenancista ama de llaves que tuvo que soportar la verdadera Juliana. Y cuando Venable irrumpe en la estancia donde Tina toca el piano, vestida como Juliana, con la melena roja (incluso en blanco y negro, sabemos que tiene que ser roja), ésta le toma por Ashton, con lo cual refuerza su enfermiza ilusión.

Obsesionado, como en el relato, por la obtención de esos papeles del artista al que ha entronizado como su dios, Venable, al traspasar el umbral de la casa, cumple su más arrebatado deseo: ingresar en el pasado. Y Gabel lo expresa de modo memorable, mediante ese extraordinario travelling que sigue el movimiento de Venable penetrando en el interior de la casa mientras, en voice over, reflexiona sobre la circunstancia de que la niebla del pasado le está envolviendo: la cámara pierde de vista al editor, del que lo separa un lienzo de pared, pero sigue su movimiento de avance, atravesando un espacio invadido por telarañas hasta desembocar en una galería y reencontrar al protagonista: en verdad, en otro tiempo. De ahí que, cuando Venable descubre la doble personalidad de Tita y a él mismo convertido en Ashton, su sueño más secreto, y le sigue la corriente a la joven ¿está disimulando para mejor conseguir sus fines, o sea, las cartas? ¿O está siendo hechizadoél también por el embrujo de la casa? ¿Quiénes se abrazan: Tita Bordereau y Lewis Venable, o Juliana Bordereau y Jeffrey Ashton, vueltos a la flor de la vida y de la pasión?

Ese aire gótico al que me refería más arriba marca la atmósfera de la película, unido a la delicadeza de un amour fou que traspasa, como es de rigor en este tipo de amor, la muerte, la tumba. El aroma mortuorio encuentra uno de sus elementos más llamativos en la caracterización del otro personaje femenino de la historia, la anciana Juliana. En la primera entrevista con Venable, Gabel la encuadra desde detrás del sillón donde está sentada, dejando entrever de ella sólo su silueta cubierta de negro y una mano arrugada, engarfiada, con un enorme anillo. Las palabras de la anciana son propias de un personaje de cuento de terror, con su indicación de que no hay sonido en la casa que no llegue hasta ella. En su siguiente encuentro, Gabel muestra por fin el rostro de Juliana, que resultará ser el de una mujer inverosímilmente vieja, dueña de un rostro que diríase una máscara, y muy justamente, no en vano el personaje está interpretado por una Agnes Moorehead irreconocible, que sólo contaba con 47 años en el momento de hacerse cargo del papel.

Muchos otros elementos góticos seguirán apareciendo diseminados por todo el metraje: las palabras del criado indicando que hay un trozo del jardín donde no crece ni una hierba (sabiendo que Jeffrey Ashton desapareció de la noche a la mañana, es fácil adivinar qué es lo que impide que la vegetación germine en ese rincón…); el hecho de que la letra de Tina Bordereau cambie por completo cuando firma, en representación suya, bajo el nombre de su tía; las alusiones de la criada italiana de que Venable es portador de mala suerte, de la jettatura, por recordar un memorable relato, italiano y gótico a su manera, de Teophile Gautier…

Pero sin duda el momento cumbre es la larga secuencia en que Venable, escribiendo de noche en su habitación, escucha de pronto una envolvente música de piano —espléndida la prestación de ese compositor de apellido extravagante llamado Daniel Amphiteatrof— y parte en su busca. Primero es detenido por la anciana al escucharle pasar delante de suPuesta de sol en Venecia, por Monet habitación: entonces Gabel inserta por fin un plano de su rostro, mientras señala que «mientras esté en esta casa, yo nunca moriré». Ella le muestra un pequeño retrato oval de Ashton y le interroga si lo reconoce. Venables no puede mentir: dice que sí, pero que Ashton vivió hace mucho tiempo. «¿Hace mucho tiempo?», replica ella, mientras la cámara va rodeándola hasta mostrar su rostro, cuyos ojos ciegos miran otro mundo, «No, si aún fue ayer cuándo él estaba en mi jardín». Al salir de la estancia, sigue el sonido de la música, perdido en el laberinto de la casa, y será un gato, el animal que Tina odia por el día, cuando no es Juliana, quien lo conduzca, atravesando el jardín y subiendo una escalera de caracol, al lugar donde la joven, esplendorosa en su recobrada belleza, toca al piano y está presta a reconocerlo como Jeffrey Ashton. ¿Por qué la ama?, le preguntará ella tras un monólogo expresado por Susan Hayward con fuego luciferino en la mirada y sobrenatural convicción. «Te amo porque te llamas Juliana y por mil cosas que no puedo expresar», exclama Venables, o mejor aún, exclama Ashton, pues la inexpresable poesía de esa réplica no puede corresponder al simple editor. Contado con palabras, sin el apoyo de la imagen, de la música, de la atmósfera, puede parecer un romanticismo de cartón-piedra. Pero, en cine, la convicción lo es todo, incluso para hacer trascendente la mayor trivialidad.

Podría enumerar uno a uno todos los hallazgos plásticos, narrativos, argumentales e interpretativos de The Lost Moment, pero en el fondo toda descripción relativizaría la intensa belleza de esta joya subterránea (a su pesar). Ni siquiera alguna pequeña debilidad, como algún personaje forzado (aparece un pseudo-villano que, por fortuna, sale poco), empaña su magia, magia resaltada por esa Venecia de cartón-piedra y forillos que asoma tras los cristales del palazzo o que se nos muestra en la secuencia en que Venables y Tina acuden al café Floria(n): el buen espectador sabe que aquí lo irreal hubiera sido mostrar una Venecia real. Siempre será un misterio por qué Martin Gabel no reincidió en su labor, o por qué este film ha necesitado tantos años para ser mínimamente accesible. The Lost Moment no necesita, de todos modos, ser calificada de obra maestra o de film de culto. Que exista ya es el suficiente logro, y el cine precisa tanto de sus más reconocidos fulgores como de las más escondidas gemas. Tal vez esto alimente todavía más su magia.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: The Lost Moment (tv/dvd: Viviendo el pasado). Año: 1947

Director: Martin Gabel. Productor: Walter Wanger. Guión: Leonardo Bercovici, según el relato Los papeles de Aspern, de Henry James. Fotografía: Hal Mohr. Música: Daniele Amfitheatrof. Reparto: Robert Cummings (Lewis Venable), Susan Hayward (Tita Bordereau), Agnes Moorehead (Juliana Bordereau), Joan Lorring (Amelia), Eduardo Ciannelli (Padre Rinaldo). Dur.: 89 min.

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