El sexto sentido: un “clásico” que ha envejecido muy pronto

Bajo el epígrafe de un adagio muy conocido, Mucho ruido y pocas nueces, que en español da título a una excelente comedia de Shakespeare, inicio una sección en el blog en donde (no con mucha frecuencia, pues prefiero siempre hablar de aquello que me gusta) escribiré sobre películas que creo que están sobrevaloradas. En unos casos, como el film con el que empiezo, yo mismo sufrí el espejismo la primera vez que la vi, y en una posterior revisión la película se me vino abajo. (Otra pregunta, tal vez peliaguda, sería: ¿qué espectador era mejor: el de la primera vez o el de la última?) En otros casos, desde el primer momento me pareció que no había para tanto: por señalar algunos ejemplos, valdrían títulos como Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) o El crepúsculo de los dioses (1950, Billy Wilder). O directamente me parecieron espantosos: Drácula de Bram Stoker (1992, Francis Ford Coppola).

Paso a mi primera película en la sección, que en su momento pareció que permitía un regreso a un tipo de cine de terror más clásico, frente al que ya reinaba en la producción central de Hollywood, y que se caracterizaba por el predominio de los efectos especiales frente a la atmósfera, y por la puerilidad de unas historias dirigidas a un sector del público supuestamente poco amigo de complicaciones dramáticas.

El sexto sentidoEn el momento de su estreno, dos fueron sobre todo los elementos que le valieron especial atención a El sexto sentido. Por un lado, el más llamativo desde el punto de vista meramente argumental, su twist final:    [aviso: si el lector no lo conoce —aunque me parece difícil— no debe leer NADA de esta entrada]    la revelación de que el protagonista, el psicólogo infantil Malcolm Crowe, están tan muerto como esos fantasmas que el niño al que intenta ayudar, Cole, ve a su alrededor. Por otro, el hecho de que su puesta en escena, basada en una muy estudiada planificación de los encuadres y los movimientos de cámara, atendiendo a la creación de un tempo tranquilo y sin apresuramientos (es decir, todo lo contrario de lo que ya se llevaba en esos momentos), sirvió para definirla como una película «clásica». No sé si a ambas cosas, y a otras como el inesperado papel de un Bruce Willis por entonces casi exclusivamente asociado al cine de acción, se debió el enorme pero inesperado éxito de taquilla que tuvo un film de su naturaleza: esto es, un film de terror sin grandes parafernalias visuales ni apoyado en la sangre o en las continuas sorpresas (salvo, claro, la final).

En cualquier caso, es evidente que revisar El sexto sentido fuera de la época de su estreno resulta de lo más interesante. En primer lugar, porque algo más de diez años después, hay mucha más perspectiva (como es natural) para enjuiciar lo que proponía su director y guionista, M. Night Shyamalan, a quien esta película encumbró y sostuvo durante unos cuantos años más, pero que en los últimos tiempos ha visto como su prestigio (y, en especial, su crédito comercial) han bajado bastante. Esa puesta en escena clásica ya no puede sorprender tanto: primero, porque es evidente que tampoco Shyamalan es el único director coetáneo que recurre a ella; y segundo, porque sus siguientes películas nos «acostumbraron» a su forma de proceder, revelando a un director muchas veces más moroso que sereno: ahí está un film como Señales (2002), capaz de aburrir a las ovejas, por mucho que, como el presente título, también se apoyara en una estrella de Hollywood (Mel Gibson) en un papel distinto a los habituales. Tanto en Señales, aquí de modo más evidente por cuanto Gibson encarna a un pastor protestante, como en otras de sus películas, también nos acostumbramos al sustrato judeo–católico de El sexto sentido: buena parte de sus historias son crónicas de una redención, o juegan mucho con el elemento religioso, ya sea planteando reflexiones sobre la fe o sobre la culpa o sobre la «comunión» con algo que está por encima de nosotros, se le llame Dios o no. En cualquier caso, está muy claro que si se vio a Shyamalan como el gran renovador del género en el cambio de siglo, esa expectativa hace mucho ya que quedó considerablemente rebajada.

El psicólogo y su pacientePero está bien claro que el espectador que vuelve a ver El sexto sentido se preocupa ante todo por revisar lo que entonces le pasó desapercibido: es decir, todas y cada una de las escenas en las que aparece Malcolm e interactúa, más o menos, con los personajes vivos. Esto depara otra película, pero mucho más molesta: porque hay un momento en que diríase que el espectador está más atento a los posibles «fallos» de Shyamalan que a la intriga de la película. En este sentido, es posible que haya que ver otra vez la película, libres ya de esta morbosa curiosidad, para volver a enfrentarnos, sencillamente, con ella. En cualquier caso, esta meticulosa observación obliga a reconocer cierta incomodidad. Es cierto: Malcolm no habla nunca con otro personaje que no sea el niño Cole, ni siquiera aunque compartan plano, pero se nota un exceso de laboriosidad para hacer parecer que sí se relaciona con ellos: por ejemplo, cuando el niño llega a su casa y encuentra a su madre y al psicólogo sentados, en apariencia juntos. Pregunta: ¿no habría sido más «honrado», o al menos sugestivo, no mostrar nunca al protagonista en un mismo plano con nadie que no fuera el niño, sugiriendo además así, con inteligencia, la verdad, y ahorrando al espectador toda sospecha de que todo tiende en la película hacia el efectismo final? Son cosas, por supuesto, sobre las que sólo podemos preguntarnos una vez visto el film una primera vez.

Escena tras escena, acaba resultando demasiado artificioso que Malcolm nunca hable con nadie directamente, o que actúe de tal modo que un aparente comentario no necesite respuesta inmediata (cuando se halla presente en el momento en que el médico encarnado por el propio Shyamalan interroga a la madre acerca de las heridas que tiene el niño; Malcolm suena una interjección de fastidio ante la pregunta directa del médico, como si pensara que es inconveniente, pero el hecho de que no intente decir nada más —recuérdese que él sí cree estar vivo— no resulta del todo verosímil). Ello por no hablar que las escenas que comparte con la esposa ya sí apuran demasiado los límites de la credibilidad para que, tanto si se sabe como si no la condición de Malcolm, resulte convincente. En concreto, la escena de la cena a la que el psicólogo llega supuestamente tarde resulta demasiado envarada, la mirada que Olivia Williams dirige a Bruce Willis debiera haberse ahorrado porque tensa demasiado la cuerda (puede interpretarse como que mira al vacío y casualmente allí está Willis o que lo mira haciendo pensar que sabe que sí está: en cualquier caso carece de toda naturalidad) y lo mismo sucede con los otros elementos (la cuenta que casi coge Malcolm o el «feliz aniversario» que la mujer suelta en el momento de irse). En conclusión: creo que, de cara a posteriores visionados de El sexto sentido (y toda película que pretenda perdurar debe ser concebida para verse más de una vez), habría sido mejor que se conociera desde el principio la condición de muerto del protagonista, ahorrando esa mirada de sabueso ceñudo al espectador.

Bruce Willis, a punto de abrir la última puerta hacia la verdadDe cualquier modo, el principal problema que se le encuentra a este «nuevo» Sexto sentido es el de su exceso de autoconsciente trascendencia. Es evidente que la historia que narra Shyamalan es muy sencilla, casi propia de un episodio televisivo de alguna serie tipo The Twilight Zone, y la primera impresión que da el trabajo del director-guionista es la de haber hinchado en exceso esa mínima anécdota argumental: la película se hace muy larga (sin tener un metraje excesivo), y la famosa puesta en escena clásica acaba resultando demasiado morosa, de tal modo que en su parte central resulta incluso aburrida. También obra en su contra la sobrecarga mortuoria de la atmósfera: no es que se pida mayor ligereza, pero es que el fantasma de la pretenciosidad no tarda en presentarse; es cuestión de tono, y Shyamalan desvía la atención dramática hacia fuera, hacia el espectador, notándose demasiado el esfuerzo que hace porque éste advierta el trabajo de planificación.

Hay otro elemento que en su día me funcionó perfectamente, pero ahora no, tal vez porque ya no puede haber elemento sorpresa: es evidente que la elección de Bruce Willis para el papel protagonista es un error de cásting, por mucho esfuerzo que ponga el intérprete. Pues su gestualidad no es tan rica ni tan sutil como para sugerir un tenso drama interior a partir de una muy medida expresividad: hay instantes en que Willis está al borde de resultar inverosímil. De modo que el gran problema de El sexto sentido, lo que (para mí) lo ha convertido en una película muy envejecida tan sólo una década después de su realización, es que deja asomar demasiado el entramado de su construcción y no la obra en sí. En suma: falta espontaneidad dramática y sobra pomposidad formal, aunque es evidente que hay momentos de cierta intensidad y que el resultado general de la película sigue siendo estimable.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El sexto sentido / The Sixth Sense. Año: 1999.

Director: M. Night Shyamalan. Guión: M. Night Shyamalan. Fotografía: Tak Fujimoto. Música: James Newton Howard. Reparto: Bruce Willis (Dr. Malcolm Crowe), Haley Joel Osment (Cole Sear), Toni Collette (Lynn Sear), Olivia Williams (Anna Crowe). Dur.: 107 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a El sexto sentido: un “clásico” que ha envejecido muy pronto

  1. benariasg dijo:

    Y eso que hablas de su “obra maestra”… La verdad es que sabiendo el final, es una peli que pierde mucho. Por otro lado, aunque posterior y criticada por el parecido, me parece que resiste mejor Los Otros, o al menos ahora me apetecería más rever la de Amenábar. Por cierto, qué paralelismo entre ambos directores, niños prodigios venidos a menos o a casi nada, que rodaron lo mejor al inicio de sus carreras sobredimensionadas. ¿Vas a escribir entonces de Almodóvar, Scorsese, Kiarostami o Kim ki-duk? Del segundo ya supongo que sí, porque lo nombras, y estoy de acuerdo en que El crepúsculo de los dioses es lo más cargante que hizo el gran Billy Wilder. ¡Interesante sección!

    • johncobble dijo:

      Te respondo tarde porque este comentario se había clasificado como spam(?). La peli de Amenábar me gustó mucho, también, la primera vez que la vi, pero ya he tenido tiempo de revisarla y me gustó menos. De Scorsese tendría mucho que escribir aquí, pero creo que pensarían que le tengo manía (¡y es verdad je je!), porque, a bote pronto, no recuerdo una sola suya que me parezca redonda del todo. Tengo pensado ya algo sobre “Taxi Driver”, aunque he de reconocer que esta peli algo tiene porque la he visto como cuatro o cinco veces, y ha llegado a parecerme de todo, desde una obra fascinante hasta un bluff sin paliativos, lo que es mi opinión actual, pero, como dice mi hermano David, en los visionados impares me pongo más duro que en los pares : )

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