Conan el bárbaro, del pulp a los fotogramas (II)

Conan el destructor (1984, Richard Fleischer)

Conan el destructorConan el destructor es una secuela en el sentido más vulgar del término: una película realizada para aprovechar un éxito previo, sin poner mucho empeño en ninguna tarea creativa sino por el contrario dejándose llevar por la inercia de los más reconocibles elementos de la anterior. A la vista de su factura, el espectador inteligente advierte que la familia De Laurentiis entendió poco del muy particular y arriesgado, apasionante en suma, trabajo del director que contrataron para la primera aventura del cimerio, John Milius. Ellos sólo vieron un personaje brutalote que funcionaba mediante una mera adición de fantasía y aventuras, con diversos momentos para lucir las «cualidades» del actor protagonista, y poco más.

Para esta segunda película, sin embargo, a priori se aseguraban a un par de profesionales de prestigio, mucho mayor incluso que los que se habían encargado de su respectiva parcela en el anterior Conan, el director Richard Fleischer y el operador Jack Cardiff, y que además presentaban en su currículum una de las cimas del cine de aventuras de todos los tiempos, Los vikingos (1958), una película en cuyo planteamiento precisamente se aborda el concepto de barbarie y su contraste con los modos presuntamente civilizados que está en el origen de la saga de Conan, y sobre la que algún día me extenderé. Ahora bien, los veteranos Fleischer y Cardiff ya estaban en su decadencia y su trabajo diríase los de meros yes men. La puesta en escena es pobre, abusa en recursos facilones (los ralentíes se hacen insoportables) y no hay la menor armonía en la transición entre escenas. La fotografía parece de un operador de tercera y provoca que los escenarios escogidos (rodaje en México) para el rodaje resulten mil veces más pobres que los de la previa película.

Si la narración y el trabajo visual son pedestres, no menos lo es el planteamiento. En contraste con el trabajo de Milius, en Conan el destructor no hay otra cosa que una peripecia completamente estándar que parece ilustrar un cómic sin ambiciones. Sería fácil señalar que esto se debe a que los autores del argumento son precisamente dos guionistas de la Marvel, Gerry Conway y Roy Thomas, pero sería injusto. Thomas y Conway, sobre todo el primero —responsable precisamente de la memorable serie de tebeos que terminó por resucitar el personaje—, son dos profesionales muy solventes en su campo y el material que proporcionaron era válido sobre el papel. Ahora bien, el guión final, firmado por Stanley Mann, no sabe convertirlo en una historia válida y creativa.

Grace y ArnoldLa historia que cuenta Conan el destructor ya es un mero «episodio» de su vida sin ninguna relevancia especial. El eje central de la película lo constituye el viaje que efectúa Conan, escoltando por orden de una reina con cara de mala (morena, claro) a una princesa de corazón puro (rubia, por supuesto) en busca de un par de objetos mágicos que deben resucitar a un demonio que la primera quiere controlar en su beneficio (¡incauta!). Ambos viajan con más compañeros (el hercúleo sirviente de la princesa, un ladronzuelo que hace de gracioso, un mago de pacotilla) y en el camino se les une la salvaje Zula, a quien encarna la cantante Grace Jones, hoy olvidada, por fortuna, pero que entonces gozaba de fama, más que nada por un físico agresivo e incluso aterrador, que le sirvió incluso para compartir cartel con James Bond en el divertido Panorama para matar (1985).

No hay que extenderse más: Conan el destructor no es más que una cansina peripecia de aventuras mágicas, muy feísta en el plano visual, con personajes insoportables y un Arnold mucho peor que en el previo Conan, pues aquí, endiosado en su recién estrenado rol de estrella, multiplica sus gestos, posturitas y ademanes propios de una revista de culturismo, resultando bochornosos los instantes en que intenta «interpretar» (su presunta aureola trágica por la pérdida de su amada Valeria o esa inenarrable escena en que se emborracha). Ahora bien, obtuvo el éxito suficiente como para prolongar la inversión de la familia De Laurentiis en el género de la Fantasía Heroica, si bien con otro personaje howardiano, ahora femenino, Red Sonja, en El guerrero rojo (1985), también con Fleischer en la dirección y que, de modo inesperado, dio unos resultados mucho mejores, incluso muy estimables, de lo que hubiera podido esperarse.

El guerrero rojo (1985, Richard Fleischer)

En principio, debió resultar sorprendente que la familia De Laurentiis fijara sus ojos en otro personaje del mismo autor, en este caso más célebre por el cómic que por la literatura. Digo sorprendente porque el austriaco Arnold Schwarzenegger también figura al frente del reparto (si bien en rol coprotagonista de menor importancia dramática) y en una caracterización prácticamente idéntica a la del bárbaro cimerio que personificó en las dos anteriores entregas. Me refiero al diseño del personaje, a su apariencia y habilidades con la espada, pero aquí recibe el nombre de Kalidor, Gran Señor de Hyrkania, quien durante buena parte de la trama se limita a actuar como ángel guardián de la protagonista, apareciendo cuando ésta se halla en alguna situación apurada (que no es poco de cara a la explotación estelar del actor).

Red Sonja, de Frank ThorneRed Sonya, o Sonya la Roja, o Sonya de Rogatino, es el nombre de un personaje femenino ideado por Howard para un relato publicado en la mítica revista Weird Tales bajo el título de La sombra del buitre, en el que ni siquiera tiene el rango protagonista, que corresponde a un guerrero alemán llamado Gottfried von Kalmbach. El relato pertenece al ciclo histórico del texano, está ambientado nada menos que en el asedio de Viena por las huestes de Solimán el Magnífico, y su protagonista es, cómo no, una formidable guerrera rusa que lucha hombro con hombro con el tal Gottfried. En 1973, y para el número 23 de Conan the Barbarian, el cómic, el guionista Roy Thomas, especialista en reciclar relatos de Howard no pertenecientes al ciclo de éste para, tras la consiguiente «reconversión», otorgar unidad dramática a la serie, introdujo al personaje —con la pequeña alteración de una letra: ahora es llamada Red Sonja— en la saga. La «nueva» Red Sonja sigue siendo una guerrera capaz de medirse con cualquiera, a la que Thomas, como sello distintivo, hace jurar que permanecerá virgen hasta entregarse al hombre que la derrote en combate. Aunque apareció en pocos números del cómic matriz, Red Sonja ganó la suficiente popularidad (comprensible, tanto por sus características en un momento de deriva feminista incluso en el mainstream del cómic norteamericano, como por el excitante diseño gráfico que le dieron dibujantes como Barry Windsor Smith o Frank Thorne) como para merecer su propia serie gráfica y acabar pasando a la pantalla, siempre a la estela de Conan.

Esta tercera producción de los De Laurentiis vuelve a cambiar el escenario de rodaje: si la primera se rodó en España y la segunda en México, aquí pasamos a tierras italianas, y con ellas a la incorporación de un nutrido nombres de técnicos transalpinos en algunas de las más importantes facetas artísticas de la película, desde la fotografía (Giuseppe Rotunno, en su momento de mayor prestigio, por ejemplo, en las películas de Fellini) al vestuario y escenografía (Danilo Donati), pasando por la música (Morricone). El cambio se nota considerablemente: en el aspecto visual, El guerrero rojo es muy superior al film precedente, por mucho que compartan al mismo director, el veterano Richard Fleischer, el cual, no sé si contagiado de la notable mejoría señalada también ofrece un trabajo mucho más digno del renombre que se le suponía. Por ello, El guerrero rojo resulta una muy digna producción, que si está claro que no posee el nivel de inversión económica que delataba el primer Conan, aprovecha hasta el máximo su presupuesto y disimula muy bien la modestia que, de todos modos, rezuma su diseño de producción. Es decir, la película retrotrae a los mejores tiempos del cine de género transalpino, y eso ya no es poco.

Así, los decorados levantados para la película resultan muy atractivos: la enorme estatua del guerrero con dos espadas que, sentado, custodia la puerta de la palestra donde se educa Red Sonja en el arte de la espada; el palacio de la malvada reina Gedren, con sus paredes cubiertas de inquietantes rostros de piedra; la construcción vagamente templaria con forma de órix gigante en que agoniza la sacerdotisa hermana de Red Sonja; el puente formado por la columna vertebral de un gigantesco animal unicorne que supone la entrada a Birkabeyn, la Tierra de las Eternas Tinieblas donde gobierna Gedren…

El guerrero rojoUna curiosidad de esta historia es que para narrar el origen de Red Sonja (en el apretado prólogo pre-créditos) se recurre al mismo pasado inventado para Conan por John Milius: la protagonista se educa como indomable guerrera tras asistir a la bárbara masacre de su familia a manos de la villana a la que luego se encargará de ajusticiar. Ya no encaja tanto que los guionistas se empeñen en respetar el detalle inventado por Roy Thomas de ese juramento de entregarse sólo a su vencedor, pues la hosquedad que siente ante los hombres no tiene mucho sentido, teniendo en cuenta que la responsable de su tragedia familiar era una mujer, la reina Gedren (a quien interpreta Sandahl Bergman, en otro particular cruce con los previos Conan, si bien ahora recuperando su pelo moreno natural). Y, claro, concesión inevitable, aunque a lo largo de la película se resista a los intentos de Kalidor por ser «tierno» con ella, al final cede a los tremendos atractivos eróticos de Arnold y la película concluye con el beso que seguro se pensaba que la platea jalearía con merecidos aplausos.

En cualquier caso, la evocación de Conan el bárbaro está presente desde la raíz del planteamiento. Red Sonja parte en busca de la reina Gedren, tanto por venganza como porque se ha apoderado de un maligno talismán que, arrebatado del templo donde una hermandad compuesta sólo por mujeres —las únicas que pueden tocar la piedra sin desintegrarse— la custodiaba, empieza a convocar la destrucción del mundo mediante el desatamiento de las fuerzas de la naturaleza. En su misión, se unen a ella tanto el misterioso Kalidor como un niño-rey cuya ciudad ha destruido Gedren, el príncipe Tarn, y su fiel serviente personal, Falkon. El guerrero rojo es un film aventurero bastante estimable, que remonta considerablemente el bajo nivel (aunque fuera fácil…) de Conan el destructor. Incluso, sorpresa, Arnold Schwarzenegger está bastante mejor que cuando hizo dos veces del cimerio y hasta resulta simpático, aunque, una vez más, en esta valoración puede que juegue mucho una comparación negativa: con la inexpresiva Brigitte Nielsen —esposa por entonces del otro astro de la testosterona, el inefable Stallone—, actriz sin el menor atractivo erótico para estar a la altura del personaje de los cómics, y cuyo único mérito, es evidente, estriba en ser lo suficientemente grandota como para resultar verosímil en las escenas de combate contra hombres.

Conan el bárbaro (2011, Marcus Nispel)

Conan 2011No hay que perder mucho tiempo en comparar este Conan 2011 con el Conan de John Milius, por cuanto el cine fantástico en que nació este último tiene muy poco que ver con el actual. Sobre todo, en la narrativa (hoy el ritmo quietista que impuso Milius a su puesta en escena sería un suicidio en un film de acción mainstream) y en la elaboración visual y los efectos especiales. En cualquier caso, quede dicho que este Conan, cuya acreditación encabeza el alemán Marcus Nispel como podía haberlo hecho cualquier otro, no resiste la menor comparación con la estupenda película de 1982, salvo en un detalle: el protagonista Jason Momoa me parece más eficaz que el posturitas de Schwarzenegger, aunque sólo sea por elegir entre lo malo y lo peor. Por otra parte, y de cara a los entusiastas del Conan literario o tebeístico, el diseño del personaje se ajusta más a los originales: un hombre joven, ardiente, que gusta sin complejos de la guerra y de las mujeres, que no necesita mostrar todo el tiempo un semblante adusto. El Conan 2011 se remite al cimerio en su periodo de juventud, y justamente es eso lo que transmite: una juventud desbordante que necesita saciar rápidamente toda su ansia de lucha, de sexo, de amistad y también de venganza.

La historia vuelve a remitirse a los orígenes, y aquí la película es deudora del guión de Milius y Stone, casi hasta el punto de plantear una suerte de remake. Una vez más se muestra al Conan niño —de hecho, aquí se lo ve nacer, y de modo muy sugerente: su madre lo pare en el corazón de una batalla y muere a consecuencia de las heridas que ha sufrido en la misma— en su Cimeria natal; una vez más asistimos a la forja de su espada por parte de su padre; una vez más, la aldea cimeria sufre la incursión de una horda de guerreros que extermina a todos sus habitantes y mata al padre de Conan. Al menos, ahí acaban las repeticiones: el niño Conan no es convertido en esclavo, sino abandonado y una rauda elipsis lo muestra ya convertido en el líder de una banda de piratas que se dedica a hacer incursiones en la costa hyboria mientras el joven guerrero busca información sobre los hombres que atacaron su aldea. El resto del film se encarga de narrar el enfrentamiento entre el malvado rey responsable de tal acto y su hechicera hija, quienes intentan resucitar a la esposa de uno y madre de otra, una bruja supuestamente aún más temible.

El mayor problema de Conan el bárbaro 2011 es que nunca consigue desprenderse del aroma de la superficialidad, de la transitoriedad, de la falta de ambiciones de su propuesta. De no ser por el enorme presupuesto invertido —que se nota: los efectos especiales, para aquellos que soñaban con ver el universo del héroe de Howard haciendo honor a las descripciones de libros y cómics, consiguen sobradamente este efecto de realismo—, uno tendría la sensación de estar ante una producción para el medio televisivo al estilo de esas horrendas series tipo Hércules o Xena, tal es su falta de elaboración dramática. Es verdad, como señalo, que la sucesión de escenarios y, en especial, de ciudades fabulosas, es considerable: pero, para mí, que crecí en un cine más artesanal y paradójicamente, más mágico, la hiperrealidad de estas recreaciones ha acabado por hacerse demasiado «fácil» y, por tanto, ha perdido el encanto que poseían las viejas escenografías fantásticas.

Jason Momoa, el nuevo ConanY además falta todo lo esencial. Por mucho que se nos asegure que el héroe es Conan, tampoco se produce el feeling necesario entre éste y el espectador (al menos, el espectador que ama a Conan de verdad). El villano parece extraído de alguna producción de direct to video de los 80 (la interpretación de Stephen Lang es anodina a más no poder, con tanta mueca de malignidad). Las peripecias se suceden sin dejar nunca la menor huella, sin ofrecer ningún giro argumental o suceso particular que resulte especialmente interesante. Únicamente el gran Ron Perlman, encarnando al padre de Conan, aporta auténtica dignidad a la película, la áspera grandiosidad entre épica y bizarra que debía haber tenido el producto, pero sale de escena demasiado pronto.

Es cierto que la película carece de miramientos a la hora de expresar la turbulenta violencia de la era hyboria: como ejemplo, sirva el instante en que, para conseguir que hable un sicario, Conan introduce con salvajismo sus dedos en el borboteante muñón que tiene en vez de la nariz que él mismo le arrancó de pequeño. Pero, sin un propósito dramático o una ética de la aspereza a la que remitirse, la agresividad visual es un mero efecto de cara a la galería, que además tampoco impresiona porque ha acabado por convertirse en un lugar común en la práctica totalidad de films de aventuras coetáneos en espacios similares, sean históricos o ahistóricos. No puede surgir así la atmósfera de nihilismo que es consustancial a este tipo de películas, y sin atmósfera sólo hay pirotecnia violentista. Encima, la dirección de Marcus Nispel se empeña en tratar todas y cada una de las escenas de acción con el mismo sistema de agitación coctelera de tantos equivocados apóstoles de la modernidad en el cine de género. Aun con todo, Conan el bárbaro se deja ver sin enojos y muchos de sus encuadres poseen una indudable belleza, como propias de una ilustración de los grandes genios del dibujo que han abordado al personaje, pero no consigue emocionalmente implicar en lo más mínimo a quienes buscan en estas historias en la frontera de la civilización una mirada de incómoda revulsión sobre la esencia de lo humano.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Conan el Destructor / Conan the Destroyer. Año: 1984

Director: Richard Fleischer. Guión: Stanley Mann, sobre una historia de Gerry Conway y Roy Thomas. Fotografía: Jack Cardiff. Música: Basil Poledouris. Reparto: Arnold Schwarzenegger (Conan), Grace Jones (Zula), Olivia D’Abo (Princesa Jehnna), Sarah Douglas (Reina Taramis), Wilt Chamberlain (Bombaata). Dur.: 103 min.

Título: El guerrero rojo / Red Sonja. Año: 1985

Director: Richard Fleischer. Guión: Clive Exton y George MacDonald Fraser. Fotografía: Giuseppe Rotunno. Música: Ennio Morricone. Reparto: Brigitte Nielsen (Rd Sonja), Arnold Schwarzenegger (Kalidor), Sandahl Bergman (Reina Gedren). Dur.: 103 min.

Título: Conan el Bárbaro / Conan the Barbarian. Año: 2011

Director: Marcus Nispel. Guión: Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer y Sean Hood. Fotografía: Thomas Kloss. Música: Tyler Bates. Reparto: Jason Momoa (Conan), Stephen Lang (Khalar Zym), Rose McGowan (Marique), Rachel Nichols (Tamara), Ron Perlman (Corin). Dur.: 113 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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