Sherlock Holmes descubre el amor

Holmes & Watson, Madrid Days¿Sabéis que por estos días Sherlock Holmes y el doctor Watson se encuentran en Madrid, buscando al mismísimo Jack el Destripador? Sucede, por supuesto, dentro de la película que acaba de estrenar José Luis Garci —casi sin la menor repercusión— y que lleva el título de Holmes & Watson. Madrid Days. Si os dirigís al cine para verla, puede que ya no quede una sola pantalla donde la estén exhibiendo, por lo menos en Málaga.

No es la primera vez que a alguien se le ocurre enfrentar al más famoso detective de la ficción con el serial killer mítico por excelencia: no en vano «vivieron» en los mismos días, el declinar de la Inglaterra victoriana. Escritores y cineastas han tratado el tema más de una vez. En la gran pantalla recuerdo, al menos, dos estimables incursiones en el tema: Estudio de terror (1965, James Hill) y Asesinato por decreto (1979, Bob Clark). A Garci, sin embargo, el tema no le atrae por la mera gracia del pastiche, por las posibilidades del dislate… por mucho que, de otro modo, su película acabe siendo también un completo disparate. Y es que Holmes y Watson acaban haciendo, en efecto, un enorme descubrimiento en el Madrid de fines del XIX: que la cultura española de la época era maravillosa y nada tenía que envidiar a la de país alguno. Por supuesto, consiguen empatizar tanto con lo nuestro porque, para empezar, hablan un español que ya hubieran querido otros eminentes habitantes de la isla que han vivido mucho más tiempo entre nosotros, de Michael Robinson a John B. Toshack (no sé por qué, se me vienen antes que ninguno ejemplos futboleros). Eso sí, Holmes (o sea, Gary Piquer, de padre catalán y madre escocesa, de ahí el nombre «híbrido») pronuncia los nombres ingleses con la misma perfección que en aquellos entrañables doblajes hechos en Mexico en los 60-70, en eso que se llamó español neutro y que conocen bien los devotos de los dibujos de Hanna-Barbera o de la serie Embrujada. Y Watson (vamos, el sevillano José Luis García Pérez) nos quiere hacer creer que se le trabucan las palabras «charcutero» y «Valcárcel», cuando ni sabe pronunciar correctamente «Holmes». En fin, el mejor resumen de estos Madrid Days lo proporciona uno de los últimos planos de la película: de nuevo en Londres, Holmes tiene sobre el diván un ejemplar de Fortunata y Jacinta, por supuesto en la lengua de Cervantes. ¡El hombre que reconoció una vez no conocer la teoría heliocéntrica porque no pierde el tiempo entremetiendo en la memoria datos que no puedan ser aprovechados en ninguna investigación criminal, Sherlock Holmes, leyendo a Galdós, y en español!

Gary Piquer y José Luis García PérezHay que reconocerle a Garci una personalidad por encima de toda duda, que lo ha llevado desde hace un par de décadas a enclaustrarse en un tipo de cine que a él le parece «clásico» y a los demás sencillamente «antiguo»… sin importarle la menor crítica. Es una pena que ese gusto por lo clásico le haya llevado a desaprovechar una ocasión que a más de un holmesiómano le habrá parecido suculenta (a mí, por ejemplo… hasta que leí que la película era de Garci). Pues su película es lo que tenía que ser en alguien capaz de firmar You’re the one (2000) o Historia de un beso (2002): un conjunto de imágenes del todo apolilladas, con un Madrid que grita su condición de decorado, con unos personajes que nunca hablan sino informan(y siempre, claro, de los gustos, opiniones y preferencias de su creador, o sea, Garci que no Conan Doyle), con secuencias que nunca saben cómo concluir, con un metraje que se alarga y se alarga y se alarga…

Y, aun así, hay que reconocer que su acercamiento a Holmes era válido (obviando, claro, la alucinante reivindicación patriotera). En primer lugar, y teniendo en cuenta la cantidad de veces que Holmes y Jack se habían encontrado ya en toda clase de formatos, el enfrentamiento entre ambos acaba difuminándose, convirtiéndose en un mero de telón de fondo para exponer las otras preocupaciones de su autor, hasta tal punto de que [spoiler, aunque no flagrante] ni siquiera habrá al final una identificación concreta de la identidad del villano, y sencillamente porque no la hay, porque la explicación se revela en términos abstractos, no bien explicados (porque Garci, encima, intenta colar una mirada alegórica sobre la deprimente realidad político-económica coetánea) pero sí pertinentes.

Sin embargo, y por encima de todo, lo que distingue este acercamiento a los dos inmortales personajes de Conan Doyle es que Garci opta por desarrollar la dimensión romántica del mito holmesiano. Hay que recordar que, si bien Holmes es uno de los mayores misóginos que ha dado la literatura, sus características se prestan de modo eminente a una lectura en ese sentido, y en alguno de los relatos originales se cuelan señales en ese sentido. En el film, tanto Holmes como Watson son dos hombres a la búsqueda del amor. Holmes en la persona de la cantante de ópera Irene Adler —evidente guiño a los amantes del Canon: este personaje es la antagonista del detective en el relato Escándalo en Bohemia, donde se gana tanto su admiración, y quién sabe si algo más, hasta el punto de que, en el recuerdo, ella se convierte en la mujer. Watson, felizmente casado en segundas nupcias con Mary Morstan, es representado como el mujeriego desatado que algunos estudiosos han creído ver entre las líneas de sus pudorosas crónicas, y en Madrid se siente atraído por una joven de buena familia que cae perdidamente enamorada de él. Ambas historias, por desgracia, se resuelven del modo más acartonado, entre otras cosas por la falta de feeling entre los actores y la ausencia de toda sensualidad: es un amor que se expresa sólo en palabras y más palabras.

La vida privada de Sherlock HolmesLo cierto es que, si algo consigue esta película, es hacernos recordar que el cine ya había hecho una inolvidable aproximación al Sherlock Holmes romántico, mostrando que ese gran solitario era, como todos los grandes solitarios, no sólo muy permeable al amor sino capaz de rendir su legendaria inteligencia y ser derrotado ante el encanto de una mujer. Estoy hablando de La vida privada de Sherlock Holmes (1970), en mi opinión la obra maestra de Billy Wilder.

La intriga urdida por Wilder y su guionista I.A.L. Diamond, a grandes rasgos, enlaza a Holmes con la criatura del lago Ness, en un caso de espionaje armamentístico que opone al Foreign Office con los servicios de espionaje del káiser Guillermo II. En su momento, fue un gran fracaso comercial, sin duda porque no fue comprendida. A los admiradores de Wilder no les gustó que el director abandonara los márgenes de la comedia o el melodrama de intenciones corrosivas para adentrarse en el terreno del pastiche. Y los incondicionales de Sherlock Holmes pensaron que Wilder sólo pretendía realizar una parodia de su amado personaje. Pues bien, La vida privada de Sherlock Holmes, como toda obra maestra, es una película que contiene múltiples facetas: es, por supuesto, muy divertida; contempla al mítico personaje con indudable ironía, pero con manifiesto cariño y respeto; propone una intriga a la altura de lo que se espera de una aventura del gran detective; y, por encima de todo, demuestra que Wilder sí, fue corrosivo, incluso vitriólico, pero también dueño de un admirable sentido de la delicadeza, por mucho que él mismo se empeñara en disimularlo para no incurrir nunca en la sensiblería. Ahí está, claro, El apartamento (1960), su otra gran película, para demostrarlo.

En cuanto a la ironía, la película se abre con un prólogo divertidísimo, en el que Wilder se hace eco de esa moderna manía de tantos críticos de encontrar retratos de homosexualidad encubierta (o peor aún, pedofilia) en aquellas narraciones protagonizadas por parejas masculinas, desde Batman y Robin a Tintín y el capitán Haddock. Holmes es reclamado por una diva rusa del ballet para ser el padre de su proyectado hijo, pues tan eugenésica unión fundirá belleza, arte e inteligencia. El detective, al advertir la que le viene encima, elude semejante engorro arguyendo que él ya está felizmente emparejado… con Watson (quien, mientras tanto, estaba divirtiéndose con las chicas del ballet y que no entiende por qué éstas, en mitad de la desenfrenada danza que estaban brindándole, van dejando su puesto a los bailarines gays del plantel). Esto fue lo que, seguramente, irritó a los holmesiómanos. Pero, a poco que se contemple con atención, lo que hace Wilder es burlarse de aquellos amigos del psicoanálisis de manual y, al mismo tiempo, introducir el motor dramático de su historia: demostrar que Holmes sí era vulnerable al amor. Pues Watson, profundamente herido al haberse visto en ridículo de modo tan injusto, acabará preguntándose por qué su compañero nunca busca la compañía de mujeres. La respuesta vendrá enseguida, con el caso que se presenta en el mítico domicilio del 221B de Baker Street, cuando, en mitad de la noche, una bella mujer en estado shockllama a la puerta, y la aventura se pone en marcha una vez más.

Genevieve PageEsa mujer, Gabrielle Valladon (una maravillosa Geneviève Page), está moldeada sobre el personaje de Irene Adler (el literario, no el usurpado por Garci). Y el gran mérito de Wilder es que, aunque en el Canon, Holmes nunca fracase ni se enamore, consigue construir un relato que el mismo Conan Doyle hubiera aprobado, pues, en el fondo, se identifica de modo admirable con la poética del personaje. Wilder propone un Holmes romántico sin dejar de ser nunca un considerable escéptico y, en especial, un maniático racionalista, incrementando, eso sí, su capacidad irónica (es un Holmes «wilderiano», a fin de cuentas), y añadiendo una dimensión sutilmente crepuscular que hace que la parte final de la película sea de una sublime belleza melancólica, a los sones de un Miklós Rózsa nunca mejor.

De unos Madrid Days a estos otros que concluyen a orillas del bello lago Ness no hay un mundo, hay un universo de distancia, el mismo que existe entre dos hombres, Garci y Wilder, el uno por desgracia anclado en una cinefilia atrofiada y el otro dueño de un mundo propio que, unas veces mejor expresado que otras, era capaz de proyectarlo sobre un personaje en principio muy ajeno a él para, sin creerse superior a él, brindarle la mejor de las aventuras que nadie fuera de Conan Doyle concedió al gran Sherlock Holmes: la aventura del amor.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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