Sucesos en la IV fase: …y las hormigas dominarán al hombre

Sucesos en la IV faseDiseñador gráfico conocido ante todo por sus famosos y magníficos títulos de crédito para Hitchcock, Preminger o Scorsese, Saul Bass rodó una única película, que en su momento careció de repercusión, pero a la que el tiempo ha ido otorgando una muy merecida reputación de film de culto. Sucesos en la IV fase (1974) es una originalísima película de ciencia-ficción, muy característica de esa década extrañamente fascinante dentro del cine de un Hollywood sorprendido en un momento de transición entre el fin del clasicismo y la eclosión del cine de blockbusters carente ya de cualquier pretensión (o casi) de densidad adulta. Su planteamiento es sencillamente admirable. No hay que olvidar que, expresado brevemente su argumento, parece tratarse de una clásica película de amenaza animal, de monster movie (por mucho que aquí no haya hipertrofia de la especie animal escogida, las hormigas, como en La humanidad en peligro [1954, Gordon Douglas]): como consecuencia de una extraña conjunción de soles, las hormigas adquieren una repentina inteligencia e inician el asalto a la conquista del planeta.

Este argumento es abordado de un modo que en absoluto recuerda la ortodoxia básica del minigénero: ni hay grandes escenas de masas presas del miedo, ni intervención del ejército, ni intriga sobre la exacta identificación del enemigo hasta su desvelamiento. Bien al contrario, Saul Bass escogió la estructura de un film minimalista, de lo más sencillo en cuanto a forma y medios, sin espectaculares efectos especiales —aunque la labor con los insectos, a cargo de Ken Middleham, llega a ser escalofriante— ni escenas de shock, que asume la apariencia de un informe científico, desapasionado mientras el ser humano todavía cree que es la mente racional superior en esa batalla, progresivamente alucinado cuando alcanza la convicción de que ante ese ejército, diminuto si se trata de sus unidades, vasto y aterrador como masa, no tiene sencillamente nada que hacer…

El título original, «Fase IV» —alargado en España seguramente para tratar de atraer al público que había ido a ver el film de Spielberg Encuentros en la tercera fase (1977), con el que, claro, no tiene nada que ver, pero que se estrenó antes— alude precisamente a esa condición de empresa científica que en principio entablan los dos protagonistas. La fase I plantea el problema: unos planos iniciales, en el espacio, señalan esa confluencia solar que parece haber tenido extrañas consecuencias en la Tierra; la voz del biólogo Hobbs (Nigel Davenport) define el problema en términos de un problema científico, apuntando posibles vías mediante las cuales estudiar el nuevo comportamiento de las hormigas del planeta (que han suspendido toda hostilidad entre sus diferentes especies, han establecido comunicación entre ellas y han eliminado a sus depredadores naturales en determinadas áreas). La labor con los insectos ya produce los primeros síntomas de inquietud en el espectador: esos planos que enfocan la cabeza de los insectos, cuya mirada parece cargada de una ominosa inteligencia. Bass (y Middleham) encuadran a las hormigas en primerísimos planos, otorgándoles un protagonismo a estos insectos que nunca habían tenido antes y consiguen así que un animal en principio inofensivo y con evocaciones positivas despierte una instintiva reconvención desde el primer momento. De hecho, esos planos de los ojos multifacéticos de las hormigas, mirándonos, poseen una intensidad de todo punto malsana: pero somos nosotros quienes dotamos esa mirada de una connotación negativa, en términos humanos. No en vano uno de los vértices dramáticos sobre el cual girará la dramaturgia de Bass es la exploración de esos límites de la humanidad, en función de una posible evolución en la escala natural que acabe convirtiendo al hombre en una especie colectiva evolucionada como las hormigas.

phase-ivLa fase II sitúa ya a los dos protagonistas en el escenario de su investigación. Hobbs asocia a su empresa a un especialista en comunicación animal y criptología, Lesko (Michael Murphy), y ambos marchan a un rincón de la desértica Arizona donde las hormigas han alejado a los hombres —los escasos habitantes de una fracasada urbanización en el desierto: las imágenes de parcelas divididas pero sin construir o con los primeros andamiajes a modo de esqueleto insisten en esa metáfora de la deshumanización de la Tierra— y allí instalan una base de investigación dentro de un domo de facetas poligonales, muy cerca del lugar donde las hormigas han levantado una fantástica construcción, unas enormes torres prismáticas de arena con un orificio cercano a su cúspide cuyo afortunado diseño los hace semejar a enormes tubos de órgano creados por la propia naturaleza.

El tono objetivo y desapasionado sigue presidiendo la narrativa pero con la entrada en escena de Lesko se introduce una variante. Lesko es la variable humana de la investigación. Después de que los científicos rechacen un primer ataque de las hormigas mediante un veneno amarillo, los dos salen del domo (embutidos en sus trajes herméticos que, claro, les convierten en figuras fantásticas, tan articuladas como las propias hormigas, pero plateadas) para descubrir los cadáveres de los ancianos granjeros que se negaron a abandonar su casa como ellos les habían indicado. Lesko contempla los cuerpos con horror, pero más lo impresiona la indiferencia con que Hobbs pasa ante ellos para llamarlo alborozado, fascinado al descubrir el modo en que las hormigas se sacrificaron para hacer volar el camión que les servía de generador. Desde ese momento comienzan las desavenencias entre los dos científicos, con lo cual se remarca un nuevo contraste con esa comunidad altamente socializada que forman los insectos, cuya capacidad de sacrificio además no conoce límites, como muestra la impresionante secuencia en que distintos miembros de aquélla van arrastrando una bola del veneno amarillo (mueren después de haberla conseguido trasladar un trecho, pero enseguida llega otro para relevarlo) hasta la reina, quien, tras devorarla, comienza a engendrar una especie de larvas amarillas inmunes al veneno.

La mirada de Lynne FrederickLa fase III introduce un nuevo elemento. Una chica, Kendra, nieta de los granjeros fallecidos, ha sobrevivido a la masacre y los científicos la llevan al domo (donde se quedará más de lo que Lesko pretendía pues Hobbs, sabiendo que un informe sobre las muertes acabará con su misión, no ha dado parte de lo sucedido… antes de que las hormigas definitivamente los aíslen del mundo exterior). Kendra —interpretada por una actriz, Lynne Frederick, cuya inexpresiva belleza se aviene bastante bien, en términos visuales, a lo que luego será su personaje— parece concebida para introducir el elemento erótico o romántico tan propio de las monster movies, pero una vez más Saul Bass y su guionista Mayo Simon contradicen las expectativas del espectador. Mediante inteligentes planos, Bass se preocupa en sugerir lo que será la revelación final, planos que asocian a la muchacha con las hormigas que penetran en el domo, compartiendo encuadre.

[El lector que quiera conocer por sí mismo el final de esta espléndida película deberá dejar de leer a partir de aquí]

Planos que pueden sugerir la amenaza de los insectos con la que ahora parece el eslabón más débil del grupo de humanos, pero que el giro final revelará ser otra cosa: Kendra es la hormiga reina a la que Hobbs consagrará sus últimos y delirantes esfuerzos —mordido por algunas hormigas, tras un incidente provocado, claro, por la chica, su brazo comienza a hincharse (monstruosamente: el hombre es aquí quien se convierte en monstruo) y la fiebre a apoderarse de sus actos. Otros detalles, recordados a posteriori, sugerían tal condición: por ejemplo, que siempre camina descalza, es decir, sus pies están en continuo contacto con la tierra, lo que sugiere una condición primordial con respecto a sus compañeros. No en vano (y gracias a la gestualidad de la actriz) en todo momento parece un animalillo y de hecho lo primero que sabemos del personaje es su vínculo con los animales, en concreto con su caballo.

La conclusión, por tanto, es impactante, cuando el superviviente Lesko (que ha tratado de comunicarse una y otra vez con las hormigas, agarrándose a la idea de que es posible un entendimiento de igual a igual) penetra en/es atraído al sancta sanctorum de la reina, la cual emerge de entre la arena (como antes vimos a las hormigas obreras cuando la muchacha abandonó el domo). Comienza la fase IV: las hormigas, en efecto, dominarán el planeta pero no destruyendo al hombre, sino convirtiéndolo en una fase más avanzada de su propia especie. La escena del engendramiento de las larvas amarillas había sido, pues, un aterrador presagio de lo que sucederá.

Phase IV

Sucesos en la IV fase es un film cuyo rigor asombra en todo momento: es una de las ocasiones en que el cine ha conseguido levantar una narrativa de pura abstracción más allá de la atmósfera en que se sustenta. Por supuesto, para ello son imprescindibles tanto la música de sones eléctricos que acompasa las acciones de las hormigas (de Brian Gascoigne) como las comentadas secuencias con los insectos: es difícil olvidar la grandeza elegíaca que posee la escena en que las obreras negras, «vulgares», rinden homenaje a las hormigas amarillas que han caído con la destrucción de las torres que reflejaban los rayos solares hacia el domo. Una película fascinante, irrepetible: una verdadera isla, cuya senda por desgracia rara vez sería retomada.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Sucesos en la IV fase / Phase IV. Año: 1974

Director: Saul Bass. Guión: Mayo Simon. Fotografía: Dick Bush. Música: Brian Gascoigne. Reparto: Nigel Davenport (Hobbs), Michael Murphy (Lesko), Lynne Frederick (Kendra). Dur.: 93 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Sucesos en la IV fase: …y las hormigas dominarán al hombre

  1. benariasg dijo:

    ¡Me has convencido! Buscaré la peli, y luego terminaré de leer tu reseña. Eso de la “ominosa inteligencia” me ha encantado, jaja.

    • johncobble dijo:

      ¡Qué suerte no haberla visto nunca! Magnífica película, que no podía haber sido hecha en Hollywood sino en los 70. Década cinematográfica que durante muchos años desprecié con suficiencia (me parecían tan feas visualmente sus películas…) y que ahora descubro con asombro, película tras película. La última década en que existieron en el cine comercial americano esas cosas ahora tan raras que son: densidad, sentido crítico, cuestionamiento de las convenciones, inconformismo estilístico…

  2. benariasg dijo:

    Ya la he visto. Me ha gustado mucho, todos los detalles que comentas, especialmente los monolitos, las imágenes de las hormigas al principio y en general siempre que aparecen son al mismo tiempo temibles y respetables. Un tanto inverosímil el destacamento, la aparición repentina de la estación científica, los ordenadores… Bueno, eso es propio de la época y los pocos medios, pero la imaginación y la frialdad del relato compensan esos detalles. El final es ambiguo y abierto. Buena película de género.

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