El sueño eterno (1946, Howard Hawks)
La más famosa adaptación cinematográfica de Philip Marlowe es, y a estas alturas parece que lo será siempre, El sueño eterno. Las razones son varias. Está firmada por el mejor director que puso sus ojos en Chandler, el gran Howard Hawks. Entre los guionistas, figura nada menos que William Faulkner, en su cuarta colaboración para el director. La novela, de por sí, es estupenda: en ella ya está todo el mundo de Marlowe, toda su entidad dramática y psicológica, al servicio de una trama prototípica, pero que el escritor desgranaba por primera vez, y que además resulta especialmente sintética (es la más breve, en páginas, de todas las novelas importantes del personaje).
Pero todo lo anterior es desdeñable. El sueño eterno existe en la memoria cinéfila, ante todo, porque es el título primordial sobre el que se basa la mítica, por una vez completamente justificada, de la pareja que formaron Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Unidos por primera vez en la previa y excelente Tener y no tener (1944), del propio Hawks, que según leyenda reformó el guión a medida que iba surgiendo el amor de la pareja, y la subsiguiente química en pantalla, todavía rodarían dos películas más, otro noir estupendo como es Senda tenebrosa (1947, Delmer Daves) y la más irregular pero igualmente estimable Cayo Largo (1948, John Huston). Por supuesto, Hawks subordinó también aquí la novela de partida a Bogart y Bacall, inventando, de hecho, una historia de amor que en el libro no existe, convirtiendo en romance lo que en la novela es sólo, como era habitual en el Marlowe literario, una mera atracción física que siente el detective por la muchacha añadido al rechazo que le produce su casi completa falta de principios morales.