El último Woody Allen: ¿un vendido a las subvenciones europeas o un pesimista sin remisión?

Woody AllenEn general, creo que tanto la Crítica como los cinéfilos hemos tenido siempre una idea tan equivocada como cómoda acerca de Woody Allen. El lugar común, por supuesto con su gran parte de verdad, señala que Allen es un cineasta «urbanita», devoto de su Nueva York natal y retratista satírico de la fauna que mejor conoce de ella, las clases medias con aspiraciones intelectuales. Pero ya no me parece tan cierto el tópico de que siempre esté contando la misma historia, las cuitas sentimentales de esa misma fauna, de la que él se ha declarado portavoz protagonizando buena parte de sus propias películas, incluso (al hacerse mayor) introduciéndose en ellas por actor interpuesto, ya alguien verosímilmente más joven (por ejemplo, Kenneth Branagh en Celebrity). Según las épocas, la figura de Allen ha inspirado simpatía, devoción o cansancio, y es fácil que cualquiera de quienes lo seguimos desde hace ya muchos años hayamos pasado alternativamente por cada una de esas fases, no en vano hay que recordar que lleva dirigiendo películas desde 1969 y que en todo ese periodo le ha dado tiempo a acumular hasta 48 realizaciones, casi a película por año.

Ahora bien, el nuevo lugar común que se ha venido a añadir a los anteriores es que, de un tiempo a esta parte, Woody Allen está «acabado», que sus películas han pasado a ser las típicas batallitas de un abuelo muy mayor que se ha traicionado a sí mismo (!!) al abandonar su amada Nueva York (parece ser que, por narices, otras ciudades le estaban vedadas) y aceptar las suculentas ofertas de grandes urbes europeas como Londres, Barcelona, París o Roma por la vía de la subvención, a cambio de la publicidad que supone verse retratadas en un título de su autor: promoción, turismo. En nuestro país, por ejemplo, cayó especialmente mal su Vicky Cristina Barcelona, acerbamente calificada como la mayor claudicación de su autor. Ignoro si ha pasado lo mismo con la crítica nacional de los otros países en cuyas ciudades ha ambientado sus últimas realizaciones, pero lo sospecho.

Pues bien, francamente, yo sostengo que:

1) El cine de Woody Allen nunca fue tan monolítico como se ha dicho, ni siquiera en sus tiempos de mayor luna de miel crítica.

2) Su etapa actual no sólo nada tiene de acomodaticia sino que encierra el cine más valiente y crítico que ha hecho nunca. Aunque es cierto que en muchas de sus películas anteriores ya existe una mirada más bien sombría sobre la condición humana, en general creo que en ellas hay un intento demasiado evidente de buscar el reconocimiento del espectador. De ahí que muchas veces sus películas lo que revelaran es a un autor más amable que crítico (aun pareciéndolo: pero era una crítica cómplice, en la que, significativamente, él mismo se ofrendaba como blanco de las risas).

Annie HallVoy rápidamente a lo primero. En particular, creo que las dos películas más famosas con las que impuso su nombre entre críticos y cinéfilos, o sea, Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), que sí son dos calcomanías la una de la otra, son como esos árboles que no han dejado ver el bosque (incluso lo es Sueños de un seductor, dirigida no por Allen sino por Herbert Ross en 1973, pero escrita por él mismo sobre su propia obra teatral). Las amables crónicas sentimentales e intelectuales que protagonizaba Allen en ellas (siempre detrás de Diane Keaton, dios…) tuvieron tal éxito, se convirtieron de tal modo en memoria sentimental de una generación (sobre todo para quienes, es fácil imaginarlo, se sintieron identificados con su protagonista) que el mero hecho de que gran parte de su aroma se siguiera respirando en sus siguientes películas ha hecho creer que también eran meras reproducciones de aquéllas.

Sin embargo, a poco que se repase su filmografía, desde el mismo momento en que la cosecha de Oscars de Annie Hall consolidó definitivamente el puesto profesional de Allen, éste se rebeló contra las expectativas de ese público fácil. ¿Se olvida que a esta película le sucedió otra tan distinta, tan decepcionante para quienes querían seguir con las entregas del «manual Allen», como Interiores, ese presunto homenaje a Ingmar Bergman? ¿O que, después de respirar cuando Allen volvió por donde debía, o sea, después de hacer Manhattan, volvió a desconcertar a todo el mundo con su particular «Fellini Ocho y Medio», esto es, Recuerdos? Sinceramente, creo que el primero en temer repetirse una y otra vez ad nauseam ha sido siempre el mismo Allen.

Una cosa es que, de modo inevitable, de una a otra película se transmita la misma visión del mundo, el mismo sentido del humor y toda una serie de elementos (lógico, en un hombre que es claramente «autor» en el sentido más completo del término), y otra que todas sus películas sean iguales. De hecho, Annie Hall y Manhattan han acabado siendo la excepción. La regla: los continuos cambios tonales, argumentales, la constante variación del planteamiento narrativo, que denotan títulos como Zelig, La rosa púrpura del Cairo, Días de radio, Sombras y niebla, Balas sobre Broadway, Todos dicen I love you o La maldición del escorpión de jade… unos, por supuesto, más logrados, otros más discretos, incluso mediocres. En todo caso, lo que se repite es la mera presencia de Allen, en cuanto que claramente no es un actor sino un personaje, que lógicamente sí suele ser el mismo de un film a otro.

Match PointMatch Point (2005) cambió, de pronto, nuestra perspectiva sobre Allen. Y se debió a dos razones: al cambio de ciudad, Londres (y bajo producción exclusivamente británica), y también a un planteamiento en principio más bien insólito en el cineasta, un melodrama social sobre un ambicioso arribista que acaba asesinando sin escrúpulos a la amante que amenaza con derrumbar la cómoda posición que tanto le ha costado alcanzar. En su momento se aceptó la novedad que suponía, sobre todo el hecho de ver que el director no parecía nada incómodo paseando su cámara por esa ciudad «ajena», eso sí sin que nadie, todavía, hablara de concesiones turísticas, más que nada porque no las hay. El siguiente film, Scoop (2006), ya no despertó los mismos aplausos, pero se consideró el clásico film menor con el que un autor «descansa» entre proyectos más ambiciosos. Dejando de lado la tontería que me parece pensar siquiera eso, es verdad que esta película parece devolvernos al mundo más familiar del director, pero sobre todo porque él vuelve a aparecer como actor y con él se recupera ese sentido del humor, basado en el ingenio verbal, tan reconocible. Incluso no faltan esos toques cariñosamente satíricos con que suele retratarse: ese mago de poca monta que en su vida social y profesional repite una y otra vez los mismos chistes, las mismas gracias y argucias, ¿no remite al mismo Allen contándonos lo mismo desde mucho tiempo atrás, con escasas variantes, gracias a la complicidad —y también a un mínimo de inteligencia por su parte, desde luego— de los cinéfilos de todo el mundo?

El film que sí desconcertó a todo el mundo, saldándose con un notable fracaso crítico (se habló de agotamiento e incluso se citó el viejo dicho «zapatero a tus zapatos») fue El sueño de Casandra (2007), el tercer y último título, en ese momento, de su periplo inglés. A partir de la historia de dos hermanos que, por encargo de su tío, matan al individuo que puede sacar a la luz los asuntos sucios de aquél, Allen retoma de Match Point el propósito de derivar una trama social hacia lo criminal, e incluso uno de sus personajes protagonistas (el encarnado por Ewan McGregor) es una variante del de Rhys-Meyers, por cuanto es el arribismo lo que guía sus actos. Pero el pesimismo de que hacía gala aquélla ya resulta atroz, pues en el presente film nada hay de la elegancia, finura o distinción de los ambientes en que se movía el señalado personaje, sino que hace gala de una sordidez nunca vista hasta entonces en la filmografía de Allen. Los protagonistas son dos proletarios, por mucho que uno de ellos se dé unos patéticos aires del gran hombre de negocios que no es, Los dos hermanos asesinos de El sueño de Casandrados tipos normales que acaban componiendo dos asesinos de lo más reconocible. Son dos asesinos no por lo que se entiende habitualmente por maldad —y de ahí que la maldad sea más espantosa— sino por falta de carácter, y sobre todo, por oportunidad. Si la premisa de Allen era mostrar cómo, en el fondo, muchos de nosotros, la «gente corriente», no somos asesinos sencillamente porque no hemos tenido motivo ni, sobre todo, ocasión, lo consigue con creces. En otro contexto, Hannah Arendt selló el término de la banalidad del mal, y creo que aquí encaja de modo sobrecogedor. Porque, además, es fundamental que el espectador tarde en aceptar cuanto sucede, porque estas cosas «no pasan» en las películas de Woody Allen. Inclusive, la falta de énfasis con que parece narrarse todo acaba deparando una atmósfera de atroz inocuidad que deja un poso de enorme amargor en el fondo del estómago. Nadie lo hubiera dicho antes en un cineasta tan ligero.

Allen volvería todavía una vez más a Londres, para ambientar allí Conocerás al hombre de tus sueños (2010), un film caleidoscópico sobre historias que se cruzan (esto sí es muy alleniano) que parece proponer, por tanto, un espacio más familiar y reconocible. Sin embargo, el film lo que contiene es una de las galerías de personajes más mezquina y antipática vista en mucho tiempo en un film que «parece» una comedia sentimental sin más complicaciones. Desde el escritor sin inspiración (Josh Brolin) que le roba la novela al amigo que está en coma, al hombre maduro (Anthony Hopkins) que, por aferrarse a una juventud que ya no volverá, abandona a su mujer de toda la vida, se busca una amiguita joven y repelente y se pone a hacer ejercicio como un loco, pasando por la esposa del primero e hija del segundo (Naomi Watts) que se enamora de su jefe, el sofisticado director de la galería de arte donde trabaja, nada hay en ellos que inspire la menor simpatía, la menor compasión. Se desea que todo les salga mal, pero cuando esto sucede así, tampoco obtenemos el menor consuelo. ¿Es posible que Londres convierta a Woody Allen en un misántropo de mucho cuidado?

Echemos un vistazo, sin embargo, a la trilogía de films «turísticos» que ha entregado casi correlativamente, y veremos que no es cuestión de la ciudad sino del director. Los tres responden a un mismo motor argumental: viajeros norteamericanos que se mueven por metrópolis emblemáticas de la Vieja Europa, para enfrentarse con su (teórica) pátina de cultura y su compleja sofisticación moral. Un viejo planteamiento que puede encontrarse en muchos autores, desde escritores como Henry James a directores como James Ivory, norteamericanos todos ellos como Allen. Y que éste funde dentro de su clásica historia en torno a personajes inseguros e inmaduros con ínfulas artísticas y que tratan de afirmarse a sí mismos a través de sus cambiantes relaciones sentimentales

PrintEn el caso de Vicky Cristina Barcelona (2008) es completamente cierto que la mirada que se efectúa de la llamada Ciudad Condal es banalmente turística, por cuanto no falta uno solo de sus iconos, en especial los gaudianos, pero sin que los momentos en que se muestran posean un solo matiz que no sea el de exhibirlos con vacuidad. Ahora bien, a poco que se piense, lo que hace Allen al tratar estos escenarios es ser coherente, en términos dramáticos, con sus muy vulgares personajes, esas chicas que pretenden ir por la vida como viajeras culturales pero que no pueden evitar quedarse solamente en turistas que buscan sensaciones «diferentes» (y que, en realidad, son las mismas que existen en su tierra: sexo, a veces disfrazado de amor, y ganas de eludir el aburrimiento de la vida). Esas jóvenes, por mucho que aparenten gusto y sensibilidad, carecen de una mirada personal, de modo que su acercamiento a los atractivos barceloneses son justo los mismos que ese vulgo del que a ellas les horrorizaría pensar que forman parte. Confieso que a mí esta película me gusta (al menos mientras Penélope Cruz no centra la acción…), porque encuentro en ella una mala baba notable.

Y por si quedaran dudas de la escasa fiabilidad que merece la sumisión de Allen a las subvenciones, no hay que olvidar cómo, en la posterior A Roma con amor, se toma abiertamente a chacota la «arquitectura sexy de Gaudí» (es un diálogo literal de esta película).

Lo mismo puede decirse de Midnight in Paris (2011), donde esta vez Allen se ríe de la mítica literaria de los escritores norteamericanos que intentan vivir experiencias intensas porque, se supone, la literatura y la vida deben fundirse. Es el mito de la famosa Generación Perdida, tan vinculada precisamente a la capital francesa. El protagonista es un joven guionista de cine con ambiciones literarias (Owen Wilson), quien ha ido a París a pasar unos días con su prometida, a costa de los padres de ella, y que una vez en sus calles descubre que esa atmósfera es la que él necesita para probarse a sí mismo si de verdad tiene madera de escritor «serio». Lo que, por encima de todo, tienen en común Midnight in Paris y Vicky Cristina Barcelona es que sus dos protagonistas, los personajes encarnados por Scarlett Johansson y Owen Wilson, encuentran la ciudad que quieren encontrar: la ciudad de tópicos que se han fabricado, cada uno por diferentes razones.

Eso sí, ésta es una película más amable, pues se nota que Allen acaba enamorado de la atractiva idea central que justifica la historia: como indica el título, a medianoche el protagonista, en determinado rincón de París, encuentra el modo de transportarse (literalmente) al París de los años 20, donde convivieron los Hemingway y Fitzgerald con los Picasso, Buñuel y Dalí. Es decir, Midnight in Paris acaba trasladándose al terreno de la fábula onírica que Allen ya había transitado en films tan simpáticos como Zelig o La rosa púrpura del Cairo, rebajando bastante su acidez a cambio de entregar una plácida y disfrutable aventura de viaje en el tiempo. La conclusión final después de tanto contacto con los genios de la Edad de Oro será sencilla: cada uno debe buscar su propio camino, pero la felicidad ante todo está en saber encontrar el amor. Tópico pero narrado con encanto.

A Roma con amorA Roma con amor (2012) se articula por medio de cuatro historias —la novedad es que dos son a cargo de personajes norteamericanos y dos de italianos, o sea, de indígenas—, que tienen un claro nexo común: en todas ellas, uno o más personajes se ven sometidos transitoriamente a una obcecación que altera su vida por unos momentos. No voy a entrar en detalles de esas historias, pero en todas ellas se observa la misma mirada pesimista destinada a mostrar las debilidades humanas, la falta de equilibrio y, sobre todo, de generosidad cuando de lo que se trata es de satisfacer, del modo más rápido posible, las necesidades personales, sobre todo si la vanidad anda por medio. Sin duda, el episodio más divertido y ácido es el protagonizado por el propio Allen, un hombre de teatro que cree encontrar en su futuro consuegro a un talento desconocido para la ópera, sólo que tiene una pega: este talento sólo florece cuanto canta en la ducha. Pero no hay problema: Allen monta una representación de I pagliacci en que aquél aparece todo el rato, pues eso, bajo una ducha…

La visión del mundo, por tanto, que denotan las películas que Woody Allen lleva rodando desde 2005, por lo tanto, me parece mucho más sombría que la que se deducía de sus films previos, y sobre todo de la imagen que de su cine había atesorado la cinefilia mundial. Repito: nunca los personajes que pueblan las historias de Allen habían sido tan mezquinos; mediocres, probablemente sí (aunque bajo la forma de una aurea mediocritas), pero no abiertamente mezquinos. Presuntuosas turistas que viajan para mirar el mundo del mismo modo que hacen con el que dejaron atrás, arribistas dispuestos al crimen para no perder su cómodo estatus, artistas que advierten que nada de arte hay en ellos pero están bien dispuestos a disimularlo, seres que creen buscar el amor pero que sólo se quieren a sí mismos, fatuos cuyo concepto del arte y de la cultura es como el de un suplemento dominical… Incluso, tengo una teoría —que seguramente es del todo descabellada, puesto que se basa en valoraciones muy personales— y es que las elecciones que Allen ha hecho para sus repartos en ese tiempo ajustan la calidad del intérprete a la del personaje que han de interpretar. Así me explico la reiteración de Scarlett Johansson (hasta tres veces, y con la actriz en cada película peor que en la anterior), Penélope Cruz (¡dos!) o actores tan insípidos como Owen Wilson, Rachel McAdams, Alec Baldwin, el Anthony Hopkins de saldo de los últimos tiempos o una Naomi Watts para quien Allen reserva las mayores humillaciones vistas a un personaje en toda su filmografía.

¿Cineasta acabado? ¿Vendido a cómodos retiros vacacionales en Europa a cambio de un poco de promoción? ¿Abuelito que sigue contándonos la misma batalla desde hace décadas? Todo lo contrario: un cineasta con inquietudes palpitantes y que no renuncia a demostrar la confianza cada vez menor que le merece el género humano, eso sí, sin renunciar al que tal vez sea el principio más irrenunciable de su cine. El amor puede ser un espejismo, el arte o lo que nosotros tomamos por arte una excusa, pero una vida encarada mediante el sentido del humor adecuado siempre nos ayudará a defendernos mejor de sus embates… (O casi siempre: que ahí está El sueño de Casandra para congelar todo intento de sonrisa.)

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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