V de Vendetta, de Alan Moore: anarquía contra fascismo

Este artículo es una revisión exhaustiva, tras la oportuna relectura, del publicado anteriormente en el blog.

V de VendettaSegún los libros de Historia, Guy Fawkes fue la cabeza visible de una conspiración católica, llamada «de la pólvora», cuyo objeto era volar el 5 de noviembre de 1605 el Parlamento inglés, con el rey y todo su gobierno en plena sesión. Detenido y ejecutado, enseguida sería objeto de execración o burla, bajo la forma de maniquí destinado al fuego, en esa conmemoración del acontecimiento que tiene lugar cada año, en ese día, que en España nos recuerda mucho a la Noche de San Juan. El rostro de Fawkes, convertido en máscara, es un poderoso icono de los tiempos actuales, y su forma definitiva procede de un espléndido cómic titulado V de Vendetta, cuyos responsables fueron el guionista Alan Moore y el dibujante Dave Lloyd. A este último se le debió la sugerencia de utilizar a Fawkes como reconocible avatar del protagonista del tebeo, el tal V, idea que fue adoptada con entusiasmo por Moore al encontrar así la piedra miliar sobre la que construir su carismático personaje. En su ficción, Moore utilizó elementos del cómic adulto y del cómic popular para situarnos ante una denuncia de la amenaza del totalitarismo —la cual siempre comienza con un resurgimiento del autoritarismo que cuestiona algunos de los valores de la democracia con la excusa del peligro de las esencias nacionales— bajo el formato de clásica antiutopía. El resultado, la primera de esa serie consecutiva de obras maestras (Miracleman, Watchmen, La Cosa del Pantano…) con las que el guionista revolucionó el panorama del cómic y que lo convirtió, junto a Frank Miller, en el artista más influyente del final del siglo XX.

La historia de V de Vendetta ya es de por sí agitada. En marzo de 1982 había nacido en las Islas Británicas una revista de cómics, Warrior, cuyo formato se basaba en la inclusión de distintas historias que se irían continuando de número en número a modo de serial. El guionista Alan Moore —fogueado en otra revista, la mítica 2000 A. D., donde había desarrollado diversas historietas en formato corto, aunque algunas de ellas contaran con personajes recurrentes— se hizo cargo de dos de las series que la componían, las cuales enseguida se convirtieron en el buque insignia de la publicación.

Alan Moore, el genial guionistaEn una de ellas, Marvelman, Moore retomaba un viejo personaje del tebeo británico, un sucedáneo de Superman, en lo que parecía una operación de nostalgia vintage que acabó dando paso a una estremecedora reflexión sobre el concepto de superhéroe. La segunda sería V de Vendetta, realizada en colaboración con el dibujante Lloyd en capítulos de ocho páginas de longitud y en blanco y negro. Ambas series se vieron interrumpidas en febrero de 1985, cuando la revista de cabecera cerró sus puertas en su número 26. Varios años después, en 1988, y debido al ascenso de Moore a la condición de guionista estelar del mainstream norteamericano tras sus grandes éxitos de La Cosa del Pantano y, sobre todo, Watchmen, la editorial DC le ofreció la posibilidad de continuar V de Vendetta allí donde había quedado suspendida, del mismo modo que otra editorial, más modesta, Eclipse, le propuso lo mismo, pero con Marvelman, rebautizada ahora como Miracleman para evitar posibles litigios con la casa madre de Spider-Man y Hulk. Alan Moore pudo cerrar así sus dos obras truncadas.

La editorial americana decidió variar el formato original al publicar la serie en solitario, reeditando los capítulos previos y añadiendo los nuevos mediante una serie limitada de 10 números. Para conformar el material de acuerdo con el nuevo formato, se mantuvo la división en capítulos, añadiendo viñetas con tamaño de página, a modo de flashes que congelaban el fin del capítulo precedente. También se le añadió color, si bien a base de tonos apagados, manteniendo así cierta reminiscencia del blanco y negro original que permitió mantener la peculiar atmósfera de los dibujos de Lloyd, dibujos al tiempo muy realistas y muy estilizados, en apariencia poco llamativos pero muy expresivos. Unos dibujos muy apropiados para un guionista que por la minuciosidad de las indicaciones que da a sus artistas gráficos siempre se maneja mejor con ilustradores con gusto por el detalle y el trazo miniaturista.

Ultima pagina del numero uno de la edicion DC de V de VendettaV de Vendetta es, como ya he señalado, una obra política, un grito de denuncia del autor ante la, para él muy alarmante, deriva autoritaria que Gran Bretaña estaba viviendo bajo el gobierno de Margaret Thatcher. Moore imagina una Inglaterra en la que, a causa de la incertidumbre provocada por una guerra nuclear a nivel mundial de la que han quedado considerables secuelas, se ha asentado un régimen fascista cuyas características básicas están bastante inspiradas en el 1984 orwelliano. Hay un partido único que controla todas las instancias del poder, aquí llamado el Nuevo Orden. En su cúspide hay un Líder con apellido femenino, Adam Susan, quien pasa los días, hora tras hora, absorto en una estúpida fascinación que ya se ha convertido en puro fetichismo frente a un omnividente computador llamado Destino, que le permite espiar los hogares, las calles y la intimidad de todos los habitantes de Londres. El aparato represor a través del cual el régimen controla a sus ciudadanos se divide en una serie de departamentos bautizados con el nombre de los cinco sentidos: la Oreja (a cargo de las escuchas), el Ojo (las cámaras-espía), la Nariz (los investigadores), los Dedos (la policía en su función más directamente represora) y la Voz del Destino (la radio a través de la cual se difunden las consignas del régimen). Por cierto que es curioso que la televisión, salvo para cuestiones de vigilancia, tenga poca importancia. Moore sigue la convención genérica de que, en un tiempo de regresión post-bélica la tecnología también da un pequeño paso atrás.

El tranquilo control que el régimen detenta sobre los ingleses (y más en concreto sobre los londinenses: Inglaterra se reduce en el cómic, a efectos del drama, a la capital) es puesto en cuestión por la aparición de un misterioso individuo, que se presenta bajo el nombre de V y que esconde sus rasgos bajo la máscara de Guy Fawkes. Su primera aparición es espectacular, puesto que hace realidad el propósito del conspirador original: volar por los aires el tradicional símbolo del poder legislativo en Inglaterra. Siguiendo trazas de caracterización muy propias de la literatura de género, con inspiración obvia en el Fantasma de la Ópera, otro enmascarado clásico, V habita una guarida subterránea, la Galería de las Sombras, que ha convertido en un reducto de objetos, libros y obras de arte del pasado (la Cultura ha sido abolida en el nuevo régimen).

La Galeria De las Sombras, el sancta sanctorum subterráneo de V

V de Vendetta es la crónica de cómo el misterioso V dinamita el régimen fascista atacando directamente a su núcleo represivo pero, en especial, estimulando una catarsis psicológica y social que haga reaccionar a esas masas inglesas convertidas en borregos. Es un trabajo físico, cuya materialización más espectacular es la voladura de concretos símbolos del pasado (del pasado pervertido por el Nuevo Orden), pero ante todo conceptual, pues pretende la reeducación de esos seres humanos desgraciadamente siempre proclives a seguir órdenes sin cuestionar su integridad ética. Su objetivo, fuera del cual no parece tener ya ningún plan, es provocar una revolución que alumbre un periodo de anarquía (en cuyo albor finaliza el cómic) que permita la reaparición de la libertad. Es cierto que el dibujo político no puede sino considerarse, precisamente, un tanto anárquico. El carácter intermedio de ese periodo de caos que ha de anteceder, en teoría, a la recuperación de los valores democráticos evoca la misma consideración temporal que, supuestamente, había de tener la «dictadura del proletariado» en el edificio político del marxismo que, como bien se sabe, habría de convertirse en permanente en los países que adoptaron la dictadura comunista.

La historia concluye, por tanto, en una nueva encrucijada, sin garantía de que el sistema vaya a regenerarse de verdad. Sin embargo, es evidente, que ese era el propósito de Alan Moore, y así es como postula ante Evey, la jovencita que simboliza el futuro, el núcleo central de su ideario, un concepto que puede ser interpretado como anarquista pero que, en el fondo, es profundamente ético y moral: el hombre es dueño de su libertad y, por tanto, de elegir un camino u otro. Es una responsabilidad terrible, eso V lo sabe bien, y por ello se debe saber sin duda alguna (y ese es el núcleo de las enseñanzas que transmite a Evey) a dónde conduce cada dirección.

El desarrollo de la historia está dividido en tres «libros». El primero gira en torno a la venganza que V efectúa contra los últimos supervivientes del campo de concentración donde «nació». El segundo se centra sobre todo en el mencionado personaje de Evey, la muchacha a la que V recogía en las primeras páginas de la historia, y su proceso de renacimiento como ser humano moralmente autónomo. Por último, el tercer libro se centra en la caída final del régimen bajo los arreglos finales del protagonista.

La Cosa del Pantano, otra maravilla de Alan MooreUna de las más arduas cuestiones que se nos plantea a quienes nos asomamos a su desarrollo es saber de qué modo cambió la perspectiva con que había sido iniciada la obra por culpa del obligado parón. A su segunda etapa de elaboración corresponden los dos últimos capítulos del libro II y el resto: es decir, la publicación en Warrior se suspendió justo en el momento en que Evey descubría que la terrible odisea de tortura e iluminación que creía haber sufrido en manos de los «dedos» ha sido una representación orquestada por V. Conociendo los minuciosos métodos de Alan Moore, es lógico pensar que el plan general de la obra ya estaba trazado desde el primer momento y que por ello hay poco espacio para los cambios. Pero también es cierto que hay una diferencia entre el Moore de 1984 y el de 1988, marcada por la redacción de esas obras fundamentales en las que dinamitó el género superheroico, La Cosa del Pantano y Watchmen.

Lo más llamativo, tanto en Miracleman como en la serie que nos ocupa es que, en los episodios ingleses, las dos historias se construyen, ante todo, en torno a la resolución de diversos enigmas (¿quién es V y por qué está emprendiendo esa venganza?, ¿qué le pasó a Miracleman para olvidar su identidad y quién está detrás de todo?). Sin embargo, en la reanudación en tierras norteamericanas, las disquisiciones filosóficas, políticas y morales pasan a primer plano, abandonándose ese absolutismo narrativo tan propio del serial. Es evidente que, frente al conseguido suspense de las páginas inglesas, la continuación resulta más irregular y discutible, pero también más arriesgada y más reflexiva.

El primer libro tiene por hilo conductor la revelación pública de V a través de la venganza que lleva contra todos aquellos que tuvieron que ver con el campo de concentración de Larkhill, en los días todavía de la guerra. En Larkhill, el hombre que fue V fue sometido, como varias decenas de prisioneros (tomados entre la hez de la población para el Nuevo Orden: homosexuales, negros, antiguos miembros o simpatizantes de partidos de izquierda…), a un experimento biológico en El portador de la anarquíael curso del cual sus cuerpos fueron sometidos a diversas sustancias. Sólo cinco sobrevivieron hasta la fase final: el nombre del protagonista puede provenir del número de su celda, el cinco (en la numeración romana utilizada en el campo: V). La venganza, se nos dirá, lleva años ejecutándose pero V se ha reservado para su final a los principales responsables del campo: su director, Lewis Prothero (convertido, por su voz bien timbrada y persuasiva, en el emblema sonoro del régimen: la Voz del Destino); su párroco, Lilliman (convertido ahora en obispo pedófilo), y la directora del experimento, Delia Surridge, a quien V reserva la muerte más compasiva por la superior condición moral de la mujer, quien vive mortificada por los recuerdos de aquel experimento. Junto a V, Moore introduce a los otros dos personajes centrales de la intriga: Evey, la joven de 16 años llamada Evey a la que salva de la violación y muerte a cargo de varios «dedos» y a quien conduce a su sancta sanctorum subterráneo; y el eficiente investigador del caso, el policía Finch, que es quien acaba deduciendo las claves básicas de la intriga.

Como indicaba, este primer libro es sin duda el segmento más narrativo de toda la historia. Su trabazón es tan perfecta, sus elementos tan atractivos y sus personajes están tan bien presentados que se deja leer de un tirón y el lector vuelve página tras página con auténtica ansiedad, llevado siempre del deseo de saber más cosas sobre V. Por cierto, que todo lo que vamos a saber sobre este personaje está trazado en esta primera parte: ya no habrá más información sobre él.

La edición española en cómic¿Qué es V? El atractivo del personaje, en un nivel primario, por supuesto radica en todos esos elementos que lo emparentan con el acervo de personajes, unos justicieros, otros criminales (de hecho, es una combinación de ambos), que hacen de las sombras su patria natural, tanto para moverse por ella (la noche, los subterráneos) como para caracterizarse (el «uniforme», es decir, el conjunto de características físicas o de indumentaria que los define). En el caso de V, esto empieza por la Máscara. Moore aprovechó hasta el fondo las polisémicas implicaciones del concepto. La máscara como objeto que oculta una identidad, especialmente la de quien se ha situado al margen de la ley coetánea. Pero también como objeto que otorga una nueva identidad, una identidad abstracta y por tanto simbólica, que para quien la porta simboliza la ruptura con su ser anterior (del cual, sin embargo, nadie puede escapar del todo: y más V, condicionado por su atroz pasado). Los rasgos concretos de esta máscara, la de Guy Fawkes —la melena corta isabelina, el bigote y la perilla bien dibujados, la permanente sonrisa jovial y los ojos consiguientemente rasgados—, a la vez que lo presentan siempre con un rostro invariable, sin la menor inflexión de expresividad, sin embargo resaltan como rasgo principal, precisamente, el humor que transmite esa sonrisa (aunque este sea terrible cuando actúa como vengador o como destructor).

Como los héroes enmascarados del cómic (como los superhéroes, vamos, y en alguna ocasión se dice que el experimento que lo transformó le otorgó una condición sobrehumana), V porta un uniforme, compuesto por la máscara, la capa y el traje. Siempre atento a todo simbolismo, es significativo que Moore nos muestre su renacimiento en el campo de concentración, cuando lo destruye para poder escapar, completamente desnudo (con el rostro en las sombras) y que luego no deje exponer un solo centímetro de su cuerpo al roce del aire. ¿Subraya así su acceso a otro estadio de la humanidad, su ruptura definitiva con esta o, por el contrario, la demostración de que nuestro exterior, aun sin ropajes, no es sino un disfraz, una máscara, de la verdadera identidad, que se halla dentro de nosotros? Moore, como siempre, deja que se formule la pregunta pero nos deja a los lectores la facultad de responder a ella.

Por otra parte, Moore se esfuerza en definir a V como el espejo en el que se reflejan los demás. De hecho, la estructura dramática de V de Vendetta se construye en torno a un juego concéntrico de evocaciones especulares, en las que V actúa siempre como modelo, en ocasiones invertido, en ocasiones suplementario, de los personajes principales.

Evey, la joven discipula de VEs el caso, primero, del otro personaje principal, Evey. La muchacha es tanto una víctima del sistema (sus padres, activistas de izquierda, desaparecieron y ella es carne de cañón en ese mundo devorado por el machismo) como una creación del mismo, que hace que su filosofía vital sea simple: todo tiene un precio y cualquier acto, incluso los aparentemente desinteresados de V, han de esconder, a la fuerza, una motivación interesada. Evey responde a la «programación» media del ser humano, es decir, está preparada para obedecer sin cuestionar y, en todo caso, para protestar y buscar reparación en la superficie y no en el fondo. Evey carece, por tanto, de la moral de la transgresión y es lo que V tendrá que enseñarle, para lo cual la somete a una terrible terapia, que incluye el mismo proceso de destrucción psicológica que se empleó con él para así poder ofrecerle la misma cura, tras la cual la muchacha Evey estará dispuesta para suceder a V en la guía de la revolución anárquica que debe destruir el Nuevo Orden. Y es que V es consciente que ni siquiera él tiene lugar en esa nueva aurora, que debe desaparecer para que esta nazca.

[Quien no conozca el final de este magnífico tebeo —perdón, novela gráfica— debe dejar de leer aquí]

En apariencia, Evey es capturada por los «dedos» y sometida a brutales interrogatorios por quienes la consideran una cómplice de V, que puede conducirlos hasta este. Evey se salva de la locura y la rendición al encontrar en una rendija una carta introducida por otra prisionera: una carta de afirmación personal de alguien que fue sometido a pruebas aún más duras que ella. El mensaje de la prisionera (que es real, solo que fue V el que lo recibió de la compañera de la celda de al lado) transmite una mensaje final de esperanza al defender, aun al borde de la muerte, la irreductibilidad de la integridad propia, ese «pequeño y frágil rincón» de nosotros que es lo único por lo que vale la pena luchar. Es difícil narrar con palabras la intensa emoción que produce ese momento en que, tras la lectura de la carta, la muchacha encuentra por fin el valor para desprenderse de todas las ataduras morales que la antigua Evey empleaba como motivación de todos sus miedos y bajezas, como justificación de su cómodo y perenne papel de víctima. Es decir, para recuperar su libertad interior, con la cual somos invulnerables.

Finch, perseguidor de VV también actúa como espejo del detective Finch, el clásico escéptico que hay en todo sistema coercitivo al cual se tolera por la eficacia de sus acciones. Finch es otro hombre solitario que sigue su propia senda, aunque para ello deba mantenerse en un precario equilibrio: ha pactado con el sistema (es un policía, después de todo) para poder mantener su independencia moral. La paradoja, lógicamente, es tan inestable que cuando Finch se tropieza con un ser como V, a quien no puede encajar en ningún modelo, acaba viéndose arrastrado al desequilibrio. Obsesionado progresivamente por el caso, asustado por sus propias conclusiones —para enfrentarse a alguien tan distinto como V, tendrá que entrar en su mente y pensar como él—, Finch es el hombre que no encaja en ningún marco, ni en el opresivo Nuevo Orden ni en la anárquica promesa de regeneración que encarna V, condenado al supremo aislamiento interior. Es la contrapartida de Evey, por tanto.

Posiblemente, ni Alan Moore tenía completamente clara la base metafísica y dramática de esa revolución que estalla en las últimas páginas de la historia. La excesiva ambición, en todos los órdenes, acaba provocando una inconveniente dispersión de ideas, que arrastra a los personajes, sobre todo a V y a Finch. La deriva final de este último (que acude a los fantasmales vestigios del campo de concentración donde nació su oponente para vivir allí una experiencia con drogas que, supuestamente, lo iluminará y conducirá hasta él) resulta más bien arbitraria, pero a la vez muy sugestiva en cuanto que Moore abandona al personaje por un muy personal sendero de abstracción, que es el lugar natural para alguien en el fondo tan poco ligado a la realidad que lo circunda. Eso sí, se tiene la fastidiosa sensación de que su función principal es la de permitir la muerte (el sacrificio) de V y poco más.

A la vez, el final resulta demasiado cerrado en un sentido argumental (que no metafísico o político, como ya he señalado) por cuanto que el pequeño conjunto de personajes secundarios creados por Moore —a muchos de los cuales es fácil confundir entre sí, lo cual, por otro lado, es significativo: el régimen solo alienta la mediocridad— se basta para condensar el destino del régimen. Aun así, el final es muy bello, con Evey asumiendo la identidad simbólica de V (al que concede, como era su designio postrero, un entierro vikingo: el tren cargado de dinamita que porta su cuerpo estalla bajo otro símbolo, Downing Street) e iniciando la rueda de la reeducación con su propio discípulo, el joven Dominic, el ayudante de Finch. Un Finch que cierra la última viñeta de la serie, abandonando ese Londres que bulle de excitación ante el futuro, sellando su condición de hombre ajeno al presente a la vez que encarnación de la mínima dignidad de ese pasado que ha de quedar definitivamente atrás. Un hombre al que le está vedada la paz. Un hombre muerto en vida: el espejo, una vez más, del hombre de la máscara de Guy Fawkes.

La edición DC de V de Vendetta

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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