Philip Marlowe en el cine negro de los 40 (I)

El sueño eterno, novelaSin lugar a dudas, el más emblemático de todos los personajes asociados al género negro, en literatura y en cine, es el detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler. Su acta de nacimiento se produjo en la novela El sueño eterno, publicada en 1939. El éxito del libro animó a su autor a escribir con gran rapidez otras aventuras del personaje, que fueron publicadas de modo casi consecutivo: Adiós, muñeca (1940), La ventana alta (1942) y La dama del lago (1943). Al año siguiente, Hollywood adaptaría por primera vez el personaje, eligiendo la segunda de las novelas señaladas, y enseguida vendrían las otras tres, de tal modo que entre 1944 y 1947 las cuatro ya tenían su correspondiente adaptación cinematográfica. Sin duda, son ellas las que cimentarían la popularidad del personaje y el arraigo del mismo en la memoria cinéfila y en la mitomanía del amante de la novela negra: es claro que buena parte de los lectores que acceden a las soberbias historias de Chandler lo hacen después de haber visto algunas de sus películas. Es, por lo tanto, importante tener en cuenta qué visión del personaje dio el cine de los años 40, precisamente la época que vio nacer la etapa clásica del cine policiaco norteamericano, en Francia llamado el noir: qué correspondencia existe, sobre todo, entre el personaje, tal como lo formuló su creador, y la imagen que ha dado el cine y que es la que, en el fondo, lo ha popularizado.

De toda la literatura de género —aunque yo siempre me he preguntado, ¿hay alguna obra, en literatura, en cine o en lo que sea, que no pertenezca a algún género?—, sin lugar a dudas es la policiaca la que ha conseguido «escapar», en el prestigio crítico, a la condición de literatura de evasión que, con lógicas excepciones, posee el resto (terror, aventura, ciencia-ficción, histórica, etc.). El motivo de esta evasión no deja de indicar la mala conciencia de sus «salvadores»: la literatura policiaca se presta, como pocas, a la denuncia social, a la mirada-de-entomólogo sobre las imperfecciones de nuestro sistema capitalista. Da igual. Lo ha conseguido, y hay que congratularse de ello. En cualquier caso, si el policiaco ha sido siempre un género con gran éxito es, indudablemente, por su condición de literatura en la que pasan muchas cosas. La trama básica, la investigación sobre alguna intriga criminal, es evidente, permite la caracterización de personajes muy activos que siempre están haciendo algo, eludiendo el fantasma de la inactividad que los malos lectores parecen temer tanto, ya sea bajo la forma de descripciones, de dibujos psicológicos o de tramas cuyas peripecias son mínimas.

Las novelas de Raymond Chandler encajan de manera prototípica en ese dibujo: su protagonista es un detective privado de personalidad atractiva, que va de un lado para otro metiéndose en problemas y cuyas andanzas le permiten entrar en continuo contacto con un conjunto de tipos y escenarios que crean un muy diverso caleidoscopio social y argumental. Por supuesto, no es ahí, en eso que Borges, no sin malicia, llamaba la mera variedad sucesiva, donde se encuentra el profundo interés de su literatura. De hecho, lo peor de las películas basadas en el ciclo de Philip Marlowe muchas veces es, precisamente, el exceso de peripecias, y no en vano, en casi todas ellas, la primera mitad de su metraje suele ser más interesante que la segunda, cuando ya cansa tanto ir y venir, tanto encuentro y desencuentro (al menos a mí me cansa). Cosa que no sucede en las novelas. ¿El motivo? En los libros, toda la acción viene tamizada por la mirada personal, subjetiva, de su inolvidable protagonista, y es ella la que hace que todo cuanto le sucede posea el mismo interés. En las películas, por mucho que algunas ensayen, de diversas maneras, la narración subjetiva, en el fondo siempre está la objetividad de la imagen, que encara la realidad «desde fuera» del personaje. Si el director, por lo tanto, no acierta siempre con el tono o la atmósfera, el exceso de peripecias puede acabar por dejar de llamar la atención.

Raymond ChandlerNo hay que olvidar que Philip Marlowe es la creación de un hombre que, en el momento de hacerlo nacer, tenía ya 50 años. En su personaje, Chandler volcó el conocimiento de la vida que posee un hombre ya en la madurez, y consiguió crear un ser de ficción en el que resalta su entidad humana. Pues sin duda hay novelistas del género capaces de crear intrigas más interesantes o retratos sociales más penetrantes, pero pocos poseen la densidad psicológica de Chandler, su capacidad para penetrar en las claves morales de una sociedad, para dibujar, y con magníficos recursos literarios, personajes de la más variada pelambre, de los más infelices lumpen a los más implacables plutócratas, de los tipos más desengañados a los más idealistas, de las mujeres más venenosas a los galanes más decadentes. Y todo ello bajo el prisma de un hombre, Marlowe, que, por mucho que en su primera aparición, sea retratado como alguien de 33 años, posee una sabiduría de la vida y una capacidad de comprensión del otro propia de quien, a los 50 años, y con solo seis de dedicación profesional e íntegra en la literatura, encontró por fin el camino en el que afirmar su inmensa personalidad.

La primera riqueza de Marlowe estriba en su aparente condición paradójica. Un individuo que se mueve por la vida haciendo gala de un lúcido escepticismo y cuyo verbo rápido y fácil derrocha un cínico sentido de la ironía. Pero al mismo tiempo un hombre cuyas acciones no dejan de manifestar un concepto romántico de la vida y un desembozado sentido del idealismo, que por mucho que entre en constante colisión con su conocimiento sobre la debilidad de la naturaleza humana, termina siempre por guiar sus actos. Y un héroe cuyo teórico cinismo acaba siempre rendido por la compasión, por su capacidad para comprender al vasto cúmulo de infelices que siempre se cruza en su camino. De tal modo que incluso es capaz de dejar impune a un asesino porque así salvaguarda a los seres débiles pero dignos de estima que rodean a aquél, y sólo si esa impunidad, por supuesto, no tiene el coste del sacrificio de algún inocente. Un personaje de notable madurez pero cuyo sentido del humor, e incapacidad para permanecer callado, le otorgan un cierto aire, si no infantil (aunque así se le ha calificado en más de una ocasión), sí intemporalmente juvenil. Y además, última paradoja, alguien con una cultura inesperada para un ex policía que ahora se gana la vida como detective (¡un detective capaz de citar, y con sentido, a Samuel Pepys!), lo cual no hace sino delatar una contradicción aún mayor: que un hombre como Raymond Chandler, americano pero criado en Inglaterra, de exquisita formación literaria, y que se sentía más cómodo entre ingleses que entre norteamericanos, acabara vinculándose a un género que entonces era publicado en revistas pulp.

Con Philip Marlowe se selló el más imborrable icono de la literatura hardboiled, un detective privado que se maneja bajo un código ético propio e insobornable que le proporciona la perspectiva necesaria para poder moverse por un mundo al que caracteriza la corrupción moral y social, el móvil material, las pasiones del instinto, bajo las formas del alcohol, el sexo y la violencia. En sus mejores novelas, el escritor consigue que el lector abandone su escritura con la sensación de saber algo más de la psicología humana, por la hondura con que sabe describir personajes que van más allá del mero prototipo. Por otra parte, Chandler consiguió el mérito incuestionable de que un personaje semejante, y moviéndose en un marco social semejante, no sea un antihéroe —un concepto al que el tiempo, y la continua recurrencia, ha convertido en algo ya muy sobado— sino, en puridad, un héroe. Un héroe que se mueve por un mundo oscuro y que no puede evitar que algo de esa oscuridad se le pegue: pero cuyas acciones, e inmaculado sentido del honor, no pueden ocultar su verdadera condición.

Black Mask, revista pulp donde empezó a publicar Chandler¿Son realistas las novelas de Marlowe? Hacer semejante pregunta puede parecer una tontería, teniendo en cuenta lo evidente del sustrato real de los ambientes de esas historias. Pero confieso que mi conocimiento del mundo de los detectives privados del hardboiled, de esas ciudades donde sólo parece importar el dinero, llenas de corrupción y suciedad moral, se debe exclusivamente a las películas y a las novelas que las aborden. ¿Acaso el Los Angeles por el que se mueve Marlowe no es un universo tan ficticio como puedan serlo, en otro orden, el Arkham de Lovecraft o la Praga de Meyrink y Perutz? En casi ninguna de las novelas del personaje faltan esas mansiones de lujo, recostadas por las colinas que rodean la ciudad, y cuyos altos muros esconden pasiones, más depravadas cuanto más caro cuesta saciarlas; clubs dirigidos por gángsters que se aprovechan bien de su conocimiento de las debilidades de los ricos; apartamentos mugrientos que parecen existir sólo para que en ellos mueran de modo aún más sórdido los pobres diablos que han querido jugar a un juego para el que no estaban preparados; comisarías plagadas de policías de puño rápido y cuyo concepto de la ley siempre parece estar al servicio de alguien con la billetera repleta… Existieran o no tal y como Chandler los retrata, esos lugares poseen eso que se llama una completa verosimilitud dramática, que al fin y al cabo es lo que hace funcionar una historia, lo que vuelve creíble los personajes y los ambientes que las pueblan, transcurran en el mundo moderno, a años luz de distancia o en países cuyo mero nombre ya es fantástico.

La indudable importancia del punto de vista subjetivo en las historias de Marlowe —mayor incluso que en otros personajes del género que también están narrados en primera persona, sean los relatos de Sherlock Holmes o la novelas de Poirot contadas por su amigo el capitán Hastings— hizo que en su paso al cine más de una película lo tuviera en cuenta. De las cuatro que voy a tratar en este comentario, en dos de ellas, sus directores compusieron, uno en mayor medida que el otro, la puesta en escena en función de ese respeto al recurso subjetivo. El primer adaptador de Chandler, Edward Dmytrik, buscó correlatos visuales a las sensaciones que Marlowe transmite (eso sí, en aquellos momentos —siempre muy numerosos en sus aventuras: hay pocos personajes en el género más apaleados y accidentados— en que sufre algún traspié físico) por medio de ilustraciones literales de la palabra escrita. O sea, allá donde Marlowe habla de que todo se volvió negro, el plano se va llenando de una especie de tinta negra, y así todo el rato. Robert Montgomery, en La dama del lago (1947), llegó al extremo de resolver toda la película con el recurso de la cámara subjetiva, es decir, que lo que el espectador ve en todo momento es lo que el mismo Marlowe ve. Significativamente, Howard Hawks y John Brahm en sus respectivas películas, tal vez por estar más seguros de sí mismos, por ser mejores directores o por importarles un rábano el respeto a la literalidad, construyen sus historias de modo literal y sin manierismo alguno del tipo de los anteriores.

En general, las cuatro películas que la década de los 40 registra sobre Marlowe suelen tomarse numerosas libertades con las tramas (lo cual, por supuesto, nunca me parece un problema: para ser literales, no hace falta adaptar nada). Ahora bien, también por lo general suavizan considerablemente la dureza del original, remitiendo considerablemente su mensaje anti-institucional, dejando bien claro que los elementos corruptos siempre son contados, y se deben a errores individuales y no a un sistema que favorece su germinación. Por otro lado, y no falla en ninguna de las cuatro películas, todas acaban haciendo que su héroe se enamore de alguna de las chicas que aparecen en las tramas, típico toque hollywoodiense donde los haya, y que no sale bien en ninguna salvo, claro, en la de Hawks, y ello porque es evidente que es lo que al director le importaba más, y echa el resto en el buen dibujo de la historia sentimental.

Historia de un detective (1944, Edward Dmytrik)

Adiós, muñecaLa primera adaptación de Chandler se hizo sobre Adiós, muñeca, pero, curiosamente, para su estreno le fue cambiado el título por el de Murder, My Sweet, lo cual indica, quizá, que todavía el nombre del escritor no bastaba, en opinión del estudio, para atraer al público a las salas, sino su adscripción a un prototipo (el thriller con detective privado) en boga desde el éxito reciente de El halcón maltés (1941, John Huston). En España, recibió un rebautizo más, y del todo rimbombante: Historia de un detective (1944), que parece más propio de un film biográfíco y no de un caso policial concreto.

A la RKO, el estudio productor del film, le correspondió la decisión de encontrar al primer actor que iba a personificar en cine a un personaje destinado a ser mítico. El elegido fue, curiosamente, un intérprete cuya imagen en nada se correspondía, en ese momento, a la desenvuelta dureza que hoy asociamos a Marlowe. Dick Powell había sido (era) un actor y cantante de musicales y comedias, hoy en su mayoría bastante olvidadas: las fotos que pueden encontrarse delatan a un actor de presencia juvenil, siempre con una sonrisa melosa en la boca. Tal vez la elección fuera obra de un buen lector de Chandler y al tiempo meticuloso director de casting. Pues la imagen previa de Powell otorgaba al personaje ese aire juvenil que, ya hemos dicho, denotan los libros, sobre todo al expresar esos diálogos de ingenio muchas veces parvulario. Pero al mismo tiempo la apariencia, ya no tan joven, de un Powell que había rebasado los 40, le permitía aportar la viril estampa que, también, es otro signo del personaje. Dick Powell, así, supo encarnar un buen Marlowe, nada indigno de lo que el lector de Adiós, muñeca puede esperar, y su interpretación debió de gustar bastante, pues a partir de entonces el actor se consagraría a esa nueva imagen de duro —por mucho que, a veces, se intuye que es una dureza al borde del cliché—, que desgranaría en una serie de películas policiacas, normalmente de serie B, entre las cuales se encuentran títulos tan estimables como Venganza (1945), del mismo director Dmytrik que le dirigió aquí, Pitfall (1948, Andre de Toth) o Cry Terror (1951, Robert Parrish).

Adiós, muñeca es una de las mejores novelas de la «saga» de Philip Marlowe, posiblemente sólo superada por la obra maestra del autor, El largo adiós (1953). Su magnífica trama destaca, en primer lugar, por la picardía narrativa con que Chandler —quien, recuérdese, escribió sus primeras novelas largas a partir de la «canibalización», o combinación, de diferentes relatos previos— comienza narrando una historia (la de la búsqueda de Velma Valento, la perdida chica del gigantón Moose Malloy) y, de pronto, pasa a otro argumento (el relacionado con los riquísimos Grayle y el robo de un collar de jade), que, claro, acabarán trabándose.

El guión respeta en buena medida la novela original, si bien, claro, suavizando los componentes más duros de la historia. Ahora bien, de entrada parte de una decisión equivocada: todo es relatado por el mismo Philip Marlowe a modo de declaración policial, con el chocante aspecto que le da tener los ojos vendados (esto último se explicará al final). El propósito, creo, no tiene otro objeto que permitir que, aquí y allá, la voz del detective vaya narrando diversos aspectos del relato, en un innecesario intento de reproducir la narración en primera persona propia del libro.

Dick Powell como MarloweEdward Dmytrik no era un director inexperto, porque su filmografía ya casi alcanzaba los veinte títulos, si bien concentrados en los cinco años previos, y sumidos en la serie B. Aunque había ido subiendo de categoría profesional desde los primeros a los últimos. Historia de un detective, es evidente, tuvo que ser un reto profesional que prometía ser un nuevo escalón en su promoción profesional (que hay que recordar que estuvo a punto de ser cercenada al ser incluido en los famosos Diez de Hollywood, las primeras víctimas de la caza de brujas: otro de los diez fue el productor de esta película, Adrian Scott). De ahí el evidente propósito de hacer notar la presencia de un director tras la cámara, bien consciente de los recursos narrativos con que trasladar a la pantalla el relato subjetivo de la novela original, y de los que hablaba líneas arriba.

El tiempo, claro, ha dejado al desnudo la extrema ingenuidad de los usos de Dmytrik. Por ejemplo, cuando Marlowe es golpeado y comienza a perder la consciencia, mientras la voz over del personaje señala que «a mis pies se abrió un abismo negro y me sumergí en él», el plano se va llenado de «tinta» hasta tapar el cuerpo desplomado del detective. Este elemento lo repite un par de veces, la segunda vez añadiendo un desenfoque para subrayar que el golpe es más fuerte que la vez anterior. Otro recurso no menos simple es, en la escena que muestra a Marlowe bajo el efecto de las drogas que le han inyectado en la clínica del curandero Amthor, interponer entre la cámara y el detective un cristal sucio que traduce visualmente esa turbia humareda que aquél cree ver, y que desaparece en el momento en que se repone del todo. La sesión de drogas permite al director, también, añadir una escena onírica compuesta por imágenes deformadas del actor gritando y caminando por un oscuro vacío con rostro angustiado, más la aparición culminante de una serie de puertas que debe ir abriendo con dificultad mientras, a sus espaldas, un hombre con una bata blanca y una ominosa jeringuilla en las manos se va acercando a él, atravesando inmaterialmente todos los obstáculos.

Es simple, es tosco, de acuerdo, pero hay que reconocer que acaba resultando simpático, y al menos denota un esfuerzo de traducción de lo literario a lo visual que no debe desdeñarse. Por lo demás, el mayor problema de Historia de un detective estriba en que ni Dmytrik ni Powell ni sus guionistas consiguen sostener la tensión y el interés de la historia en el mismo y excelente nivel de su primera mitad, en la que se concentran los mejores momentos de la película. Con todo, este primer Marlowe del cine resulta un título de lo más estimable, en buena medida por el interés incontestable de la trama urdida por Chandler. La presencia de excelentes actores también refuerza la solidez del trabajo, destacando Claire Trevor en uno de sus habituales mujeres de vulgar vampiresa (esa forma de enseñar las piernas y de insinuarse al detective…), el siempre turbio y elegante Otto Kruger, y la entrañable y descontrolada humanidad que Mike Mazurki otorga a su papel del gigantón Malloy. Una buena apertura, por tanto, para el paso por el celuloide de un personaje, que no tardará en dar origen ya a un título memorable, El sueño eterno (1946), de Howard Hawks.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Murder, My Sweet / Historia de un detective. Año: 1944

Director: Edward Dmytrik. Guión: John Paxton; novela Adiós, muñeca, de Raymond Chandler. Fotografía: Harry J. Wild. Música: Roy Webb. Reparto: Dick Powell (Philip Marlowe), Claire Trevor (Señora Grayle), Anne Shirley (Ann Grayle), Otto Kruger (Jules Amthor), Mike Mazurki (Moose Malloy). Dur.: 95 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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