La saga Alien (IV). Prometheus, o los dioses salvajes

PrometheusA Prometheus hay que reconocerle, antes que nada, el indiscutible mérito de haberle devuelto el interés a la saga Alien; incluso el haber concitado una enorme expectación entre los aficionados en general a la ciencia-ficción. Pocas películas, en los últimos tiempos, y a medida que íbamos recibiendo información y los primeros tráilers, han despertado semejante deseo porque se produjera, por fin, su estreno. Y aunque, es claro, no pueda hablarse en ningún caso de obra maestra, Prometheus consigue, con facilidad, superar claramente a todas las secuelas, compitiendo únicamente en resultados con la primera de ellas, Aliens. El regreso, de la que es claramente deudora en determinados extremos y a la que supera, completamente, en otros.

Lo primero es lo primero: Prometheus, por fin, se encarga de despejar una parte de los interrogantes abiertos por la primera y ya mítica película, algo que ningún film, ni siquiera el de James Cameron, se había preocupado por hacer. Se puede decir que es lógico teniendo en cuenta que se trata de eso que se llama precuela: una secuela (un film rodado después de un título de referencia) que pretende narrar lo que sucedió antes de los hechos contados en esa película. Y lo hace del modo más «seguro» y a la vez ingenioso: consiguiendo que el aficionado se sienta claramente en un film «Alien», a base de ofrecer buena parte de los ingredientes principales de los films previos (en especial los dos mejores, los primeros), al tiempo que siente que le están contando algo nuevo.

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La saga Alien (III). Del cómic al videojuego

Alien: Resurrección (1997, Jean-Pierre Jeunet)

Cartel alternativo de Alien ResurrecciónSupongo que más de uno acudió a los cines a ver la tercera secuela del ciclo con notable curiosidad. Y ello debido a que su director era el francés Jean-Pierre Jeunet, revelado unos años antes por dos simpáticas películas de fantasía siniestra, más o menos antiutópica, firmadas al alimón con Marc Caro (aunque la función de éste era más bien todo lo relativo al diseño artístico): Delicatessen (1991) y La ciudad de los niños perdidos (1995). El propósito, tal vez, era que Jeunet arrimara, ya sin complejos, el film a la cualidad de ciencia-ficción tebeística, siguiendo la escuela surgida de la famosa revista de cómics Métal-Hurlant (o en su versión norteamericana, Heavy Metal), eslabón de todos modos presente ya desde el título matriz a través de autores como Moebius o Giger.

Ahora bien, una vez iniciada la proyección, tuvimos que admitir que poco importaba quién firmara la película. A esas alturas de la serie, era evidente que sus impulsores se movían ya casi únicamente por la inercia comercial, repitiendo las fórmulas estéticas y narrativas de ya probado éxito y sin muchas ganas de hacer adelantar la historia (ambición que, por otra parte, tampoco había interesado mucho a los implicados en cualquiera de las secuelas anteriores). Esto se observa, antes que nada, en el hecho de que, si la previa Alien 3 suponía prácticamente un remedo del original título de Ridley Scott, Alien: Resurrección se «inspira» de modo descarado en el Aliens. El regreso (1985) de James Cameron. Es decir, de nuevo hay un match no contra uno sino contra muchos aliens y sus rivales humanos, además, componen un cohesionado grupo de profesionales interestelares a los que se une, para acabar liderándolos, la incombustible teniente Ellen Ripley. Que este grupo esté compuesto por piratas del espacio en vez de por marines importa poco: aquí se repiten el diseño de caracteres, el humor viril con que se tratan en todo momento (incluidos los miembros femeninos) y el intento de dotarlos de la suficiente simpatía e interés como para que el espectador se preocupe por quién será el siguiente en caer, realizando su quiniela de favoritos para la supervivencia final.

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El último emperador o la más banal pompa y circunstancia

El último emperadorA El último emperador se le debe como mínimo el haber «descubierto», a nivel popular, una de las historias más singulares que dio el singular siglo XX: la de Pu Yi, coronado último emperador de China a los tres años, destronado a los seis pero que siguió viviendo dentro de la Ciudad Prohibida, manteniendo el mismo ceremonial imperial, hasta ser definitivamente desalojado a los dieciocho, situado por los japoneses como emperador del reino-títere de Manchukuo (Manchuria), apresado por los soviéticos al final de la II Guerra Mundial y entregado en 1949 a la China comunista, «reeducado» tras un periodo de encarcelamiento de diez años, y que fue a acabar sus días tranquilamente como jardinero en Pekín. La película fue concebida como una superproducción «trascendente», para lo cual se entregó su máxima responsabilidad a un cineasta de prestigio (al menos entonces) como Bernardo Bertolucci que, supuestamente, ya acreditaba al menos un trabajo en este sentido, el en su día muy famoso pero cada vez más olvidado Novecento (1976). Bertolucci y su coguionista, Mark Peploe, construyeron su guión a partir de la autobiografía escrita por el propio Pu Yi en los días (ocultados en la película, por cierto) en que la República Popular China acabó utilizándolo como figura emblemática de la capacidad reeducadora del comunismo.

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La saga Alien (II). Solos en el inmenso espacio exterior

Aliens. El regreso (1986, James Cameron)

Aliens, el regresoLa secuela de Alien, como es lógico, sitúa a sus personajes en el lugar donde, después del primer título, quedaba concitada toda la atención: en el planeta al que, en infortunado momento, había sido atraída la Nostromo. El planeta de los aliens, un mundo que ya sabemos poseído por un dantesco clima, cubierto por una noche perpetua: el lugar más infernal del universo. Por supuesto, recuperaba al personaje superviviente de la masacre anterior, la teniente Ripley, situándola con una excusa más o menos consistente en el camino, de nuevo, de los seres de doble mandíbula. A partir de esta premisa, Aliens. El regreso juega las cartas que, ya en los años ochenta, parecían obligadas en las secuelas: por un lado, ofrecer más que su predecesora, para justificar la operación; por otro, ofrecer buena parte de lo mismo, hasta casi convertirla en un remake. Sobre los aliens, nada más hay que decir: queda bien sentado que ese terrible planeta es el lógico hogar de unos seres continuamente definidos como los «supervivientes» perfectos. Más de dos décadas después, la precuela que marcó el regreso de Ridley Scott a la saga, situada también en ese mismo planeta, modificaría considerablemente nuestras expectativas sobre la historia de los aliens, resultando que en absoluto puede hablarse de una raza autóctona, y ni siquiera de una raza original… aunque ya hablaremos de ello en la correspondiente entrega de estos comentarios.

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La saga Alien (I). En el espacio nadie puede oír tus gritos

El ciclo de Alien

A la saga Alien le debemos, en buena medida, la creación de esa imagen «realista» que hoy asociamos a un escenario tan fantástico como el de los viajes espaciales del futuro. Por supuesto, no es la única responsable de un proceso que se inicia con 2001, una odisea del espacio (1968), el film que por primera vez consiguió que la escenografía de una película de ciencia-ficción no estuviera marcada por la inocencia artesanal más naif. Pero sobre todo fue la época posterior, la de los 70, la que terminó por delimitar ese aspecto de verosímil credibilidad de los escenarios futuristas asociados a naves y colonias espaciales, a expedicionarios del infinito, a seres imposibles y a los asentamientos en lugares muy alejados de la Tierra. Es obra, ante todo, de dos sagas prácticamente coetáneas, la que nos va a ocupar a lo largo de varios comentarios y la primera trilogía Star Wars (1977-1983). Ellas recogieron el legado del film de Kubrick —el único aprovechable, por otra parte, y en mi opinión de tan sobrevalorado título— y nos enseñaron cómo deberán ser los escenarios cotidianos en los que se desenvolverá la vida de la humanidad tan pronto alcance, por fin, el espacio, y los viajes a las estrellas y la colonización de otros planetas se convierta en un hecho que no llame la atención.

El film que inicia el ciclo nunca oculta su condición de producto de diseño —imposible con el aluvión de nombres asociado a él, empezando por el creador del alien, el gran H.R. Giger, o el dibujante francés Moebius—, pero su fortuna es trascenderlo hasta convertirlo en una extenuadora odisea sobre cómo, al final, entre tanta tecnología, en mundos tan alejados del que ha dado origen a la especie humana, lo que le resta al ser humano es sobreponerse al miedo ancestral a levantar la cabeza y mirar con firmeza a la oscuridad. El título inaugural lo consiguió con creces, y ninguna de sus secuelas volvió a repetir esa misma sensación, al menos con tanta intensidad. Pero siguió ofreciendo múltiples momentos memorables, que convierten al ciclo en uno de los más afortunados de la ciencia-ficción moderna, más, por ejemplo, que el progresivamente decepcionante de George Lucas, u otros con más rápida fecha de caducidad, como el más reciente de Matrix.

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Los vikingos: tragedia griega en los mares nórdicos

Los vikingos, de Richard FleischerLos vikingos pertenece a una época en que Hollywood era capaz de unir bajo el ropaje del gran espectáculo las dos dimensiones que debiera tener toda película con ambición: el entretenimiento y la profundidad dramática; esta combinación es lo que hace que una película no se agote en un único visionado y apetezca volver a verla, a revisarla, a esperar encontrar algún matiz nuevo que la primera o primeras veces se nos escapara (o sencillamente, porque deseemos disfrutar otra vez el mismo placer que nos produjo). Los vikingos, producida por Bryna, es decir, por el mismo Kirk Douglas, no es sólo un clásico del cine de aventuras: es un clásico de la historia del cine en general, un film memorable dueño de una complejidad y una densidad que exigen más de un visionado para ser captadas en su totalidad. Resumiendo antes de empezar a hablar de ella. Lo que hace tan estupenda esta película, ante todo, son un par de elementos. Uno de orden genérico, visual, incluso histórico: a ella debemos, en buena medida y con un rigor histórico difícil de creer en un film de Hollywood, la imagen que hoy tenemos sobre ese mítico pueblo medieval de piratas y navegantes, de portadores de civilización, una civilización en principio tal vez brutal, primitiva, pero que hoy forma parte indisociable del legado europeo. Y otro de orden dramático, pues Los vikingos se construye a partir de un fabuloso juego de antagonismos, de paralelismos, de contrastes entre mundos y personajes, que es capaz de fundir la saga nórdica con la tragedia griega, el aliento viril con la sensibilidad femenina, la leyenda con la más cercana realidad.

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Retorno apasionado a la isla de Morel

Este comentario complementa el anterior sobre la novela de Bioy y su segunda adaptación, que se puede encontrar en este enlace:

L'invention de Morel, de J.C.Leí La invención de Morel por primera vez cerca de los veinte años y desde entonces me ha acompañado siempre como una de las narraciones más sugestivas que me ha sido dado conocer. Borges dijo que no le parecía «una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta». Yo, menos capaz de síntesis poéticas, sólo señalo que su mezcla de apasionado romanticismo y distanciado racionalismo es inolvidable. La he releído varias veces en mi vida, me he asomado a otras ficciones del autor, encontrando al menos una de naturaleza pareja, la siguiente que escribió, en 1945, con el título de Plan de evasión, que transcurre asimismo en una isla en la que ocurren extraños sucesos que tardan en presentarse, en el orden adecuado, al alucinado narrador de la historia. Hasta hace dos semanas ignoraba que podía prorrogar los placeres de La invención de Morel bajo la forma de una adaptación en imágenes. Y descubrí que existen dos: una para la televisión, rodada en 1967 por Claude-Jean Bonnardot, L’invention de Morel; otra para el cine, ejecutada en 1974 por Emidio Greco, L’invenzione di Morel, inéditas ambas, hasta donde puedo saber, en nuestro país. Pude ver entonces la segunda, con un placer enorme que me condujo, no podía ser de otra forma, a la novela original, para jugar a ese juego que me apasiona y que es establecer los vasos comunicantes y las diferencias entre un original y su adaptación. Y ahora acabo de concluir la primera, la francesa, y el placer ha sido aún mayor.

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Carlos Aguilar publica Mario Bava

Mario Bava,  por Carlos AguilarCátedra acaba de publicar, dentro de su muy manejable colección Signo e imagen: cineastas, un volumen consagrado al director italiano, especializado en cine de género (terror, aventura, ciencia-ficción, incluso western), Mario Bava. Es el número 94 de la colección, y se da la circunstancia de que, rastreando hasta veinte números atrás, hasta el 75, hasta junio del 2009, nos encontramos con que el autor del libro, Carlos Aguilar, ha tenido cabida otras tres veces dentro de la misma colección, publicando monografías sobre Clint Eastwood, Sergio Leone (en realidad, una reelaboración de la publicada por el mismo autor en el número 2 de la serie, en 1990) y Jesús Franco. Lo cual indica, a buen seguro, la excelente acogida que, en un mercado en principio tan restringido (en España) como el de la crítica o la crónica cinematográfica, está teniendo la obra de este escritor, al que conviene llamarlo así más que crítico, puesto que también es un notable historiador (especializado en el cine de género) y novelista. El acontecimiento, por tanto, posee un interés doble. Por la figura abordada, un cineasta todavía nada valorado fuera de determinados ámbitos cinéfilos —donde, desde luego, sí se le venera con pasión—. Y por el propio escritor, uno de nuestros mejores autores de cine, cuyas obras y análisis, como el que nos ocupa, siempre escapan de los tópicos y encasillamientos fáciles, y que lleva muchos años demostrando una completa independencia con respecto a modas y ortodoxias críticas.

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Viajes al reino del fabuloso mago de Oz (II)

Oz, un mundo de fantasía

El reciente estreno del último film basado en L. Frank Baum, con el tiempo, va a provocar más de una confusión entre los buscadores de películas. La película de Sam Raimi se titula, en el original, Oz the Great and Powerful, esto es, Oz el Grande y Poderoso, que es el tratamiento que se da a sí mismo el charlatán mago en la novela original. En España, en un alarde de convencionalismo, ha sido rebautizada como Oz, un mundo de fantasía. El problema es que, hace veinte años, en 1985, ya se estrenó con casi el mismo título otro film basado en los personajes de Baum. Fue Oz, un mundo fantástico, a su vez un alarde de imaginación con respecto al original de Return to Oz.

Pues bien, ambos títulos, con sus defectos a cuestas, me parecen mucho mejores que el famoso film de la Metro, analizado en el comentario anterior, pues precisamente destilan una imaginación que falta en aquél (y en la novela en que se basa). Ambas encierran, además, la curiosidad de que, sin haber sido concebidas en modo alguno como parte de un ciclo con respecto al libro/film seminal, suponen, respectivamente una secuela y precuela de éste, con el que guardan una relación de notable coherencia. Es decir, Return to Oz prorroga de modo harto sugestivo la primera estancia de Dorothy en el reino mágico, imaginando una segunda venida llena de conexiones con aquélla. Y Oz the Great and Powerful ha sido escrita, es muy evidente, con un gran respeto hacia la historia matriz del ciclo, y en especial con respecto al film de Victor Fleming, pensando que éste es mucho más referencial que el libro, en todo el mundo.

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Viajes al reino del fabuloso mago de Oz (I)

La novela de L. Frank Baum

Portada de la edición original de El mago de Oz, por W.W. DenslowThe Wonderful Wizard of Oz, que en su pase casi inmediato a la escena perdió el adjetivo y así se convirtió en El mago de Oz, es el título del tal vez más famoso libro de fantasía escrito en Estados Unidos, al menos durante la edad de oro de la fantasía literaria, ese periodo que se extiende, más o menos, entre la publicación del que es el modelo de la mayoría, Alicia en el País de las Maravillas (1865) y el inicio de la Primera Guerra Mundial, y en el curso del cual vieron la luz los grandes mitos del género, como Las aventuras de Pinocho (1882) de Carlo Collodi, Winny de Puh (1882) de A. A. Milne, Peter Pan o el niño que no quería crecer (1904), de J. M. Barrie, en la forma teatral en que vio la luz este gran mito, o El viento en los sauces (1908) de Kenneth Grahame. Ese tercio final del siglo XIX y el arranque del XX vio nacer un puñado de obras, en principio escritas para ser disfrutadas por los niños, pero cuya enorme complejidad las convierten en misteriosas fábulas para adultos. Obras, en suma, que conviene disfrutar a distintas edades porque en cada una de ellas ofrecen algo diferente: la sucesión de maravillas, en la edad infantil; el contenido iniciático, para el adolescente; la secreta entraña simbólica, para el adulto. Obras a modo de muñecas rusas, que poseen muchas capas, todas ellas igualmente disfrutables, pero que obligan a mirar con lástima al lector que se queda solo con una de ellas, ya sea su condición de relato sólo para niños o de narración plagada de símbolos para amantes de las lecturas que pueden traducirse a términos banalmente psicoanalíticos.

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La invención de Morel o la eternidad rotativa

Morel en la literatura

Portada de Norah Borges para La invención de MorelPara muchos, supongo, Adolfo Bioy Casares es ante todo ese fiel amigo que acompañó toda su vida a Jorge Luis Borges, del cual fue además su gran discípulo (1). Sin embargo, bastaría sólo este inolvidable relato que es La invención de Morel (y el siguiente que escribió, como mínimo: Plan de evasión) para acreditar que Bioy fue un hombre con una voz propia en el campo de la literatura. Pues La invención de Morel es una gema tan resplandeciente como fascinadora, que se mueve además en un terreno en el que, como sabemos, Borges no quiso transitar: la novela (aun corta, como es en este caso). Bioy tenía sólo 26 años cuando envió a la imprenta esta alegoría perfecta de la soledad del ser humano, de la imposibilidad de la comunicación auténtica entre los hombres y, sin embargo, de la absoluta necesidad que tiene el ser humano de intentar llegar al otro, aun cuando sea una empresa destinada, cual maldición de Sísifo, al fracaso. Y para ello escogió un tema que, pese a que el nombre de su autor no se asocie, de entrada, con él, no es sino propio de la ciencia-ficción: la existencia de universos paralelos que sólo ocasionalmente consiguen solaparse y permitir el paso de uno a otro para quien es testigo, normalmente involuntario, del prodigio.

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El mundo en sus manos: un barco, una chica y el mar infinito

El mundo en susEl nombre de Raoul Walsh merece un respeto particular entre los críticos y amantes del Hollywood dorado: no fue un autor en el sentido cahierista del término, pero la palabra «artesano» parece quedársele corta. Por ello suele aplicársele la definición de cineasta aventurero, en función no tanto de sus numerosas aportaciones al cine de aventuras (que también) como del eminente sentido narrativo de su cine, por no hablar de los ecos de su fuerte personalidad, que visualmente parece corroborar el hecho de ser uno de los famosos cineastas tuertos, que lucían parche por tanto, del cine norteamericano clásico: menuda cofradía que formaron los John Ford, Nicholas Ray, Walsh o Andre de Toth). Pues bien, sin la menor duda, si hay una película que justifica por sí sola, sin necesidad de saber nada más de su filmografía, la justicia de esa definición es El mundo en sus manos, uno de esos films que han amado generaciones muy distintas de cinéfilos y que pertenece a esa categoría de grandes títulos, que no deben ser obras maestras a la fuerza (incluso casi es obligado que no lo sean), que justifican el amor por el cine. En concreto, los 50 primeros minutos de la película, o sea, su primera mitad, constituyen un prodigioso himno a la progresión narrativa, al encanto genuino y al amor por unos personajes y unos escenarios, al amor por la libertad (en todos los sentidos, dentro y fuera de la película), a la maravilla de saber contar una historia, esto es, dejando al espectador con la atención en continuo suspenso, complaciéndose únicamente por lo que le están contando en ese preciso momento… y deseando que no termine nunca.

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Make and Remake: de La jetée a Doce monos

Distintos DráculasMake and Remake. Hacer y rehacer. El cine, desde su nacimiento, siempre ha sido un ejercicio de vampirismo. Lo fue, de entrada, cuando las primeras películas, por impedimentos técnicos, no pudieron ser sino pequeñas piezas de teatro filmado, sin sonido. Pero sobre todo por su enorme capacidad para tomar, asimilar, reciclar, fundir, rehacer, capturar, en suma, convertir en suyo, como si nunca hubiera sido de otro modo, cualquier objeto, elemento o ejemplo de cualquiera de las demás artes, de la literatura a la música, de la fotografía a la pintura: de cualquier efecto de la ficción o de la realidad. Por ello, no debe extrañar que buena parte de los films que se han hecho, se hacen y se harán, sean nuevas versiones de películas previas. Suele considerarse, de modo injusto, que la razón de ser de un remake, de una nueva versión de una historia previa, sólo es económica: ganar dinero —algo «despreciable» en arte, ya se sabe— volviendo a contar algo que ya funcionó antes. Y aunque, claro, hay también innumerables ejemplos de esto, en general en la historia del cine brillan multitud de ejemplos creativos de «hacer y rehacer», incluso hasta el infinito, desde series sobre los personajes clásicos de la ficción (Drácula, Sherlock Holmes, Fausto o Peter Pan) hasta muy diferentes formas de entender a Shakespeare o a Cervantes, de acercarse a un personaje histórico (de Lincoln a Gandhi) o de volver a plantear una película previa, por muy bien que ya quedara la primera vez (así, los Nosferatu de Murnau y de Herzog, o El pueblo de los malditos, de Rilla y Carpenter). Particularmente, me parece una operación intelectual apasionante comparar dos versiones de una misma historia, del mismo modo que —y tengo en el blog una sección dedicado a ello— una novela y la adaptación en cine a que ha dado lugar.

Inicio una nueva sección ahora que titulo, precisamente, Make and Remake (ah, que snob pensar que en inglés todo suena mejor…). Y la inicio con la comparación entre dos películas que, de entrada, no pueden parecer más disímiles, aunque la segunda procede de la primera: La jetée (1962, Chris Marker) y Doce monos (1995, Terry Gilliam). Disímiles, pues, de entrada, una es un corto francés de media hora, compuesto por una sucesión de fotos fijas, y la segunda una espectacular superproducción de ciencia-ficción del mainstream de Hollywood con Bruce Willis como protagonista.

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Nicolás y Alejandra: la Revolución vista por los zares

Nicolás y Alejandra, de F. SchaffnerEl 2 de marzo de 1917, Nicolas II Romanov, zar de todas las Rusias, en su nombre y en el de su hijo, el hemofílico zarevich Alexis, abdicó el trono que Dios había confiado sobre sus hombros. Se cumplen estos días, por lo tanto, 96 años desde el triunfo de la Revolución de Febrero en Rusia. Se cumplen más o menos: Rusia, tan antigua en todo, todavía mantenía el calendario juliano, de tal modo que ese 2 de marzo se corresponde en realidad con nuestro 15 de marzo. Es así que las famosas revoluciones de Febrero y Octubre, en realidad, tuvieron lugar en marzo y noviembre.

Pues bien, entre las sorpresas que revela la recuperación de films pretéritos de esos que han quedado «olvidados» por la historia del cine, una de las mayores singularidades la proporciona Nicolás y Alejandra, una superproducción histórica filmada en 1971 por Franklin J. Schaffner, que tiene la singularidad de afrontar esa convulsa etapa de la historia de Rusia (y del mundo, por las consecuencias que tuvo) desde el punto de vista de la familia que, después de tener todo el poder en sus manos, fue despojada del mismo y acabó siendo exterminada (con su personal doméstico e incluso su perro) en un sórdido sótano, en una ciudad perdida, como demostración de los revolucionarios bolcheviques de que no había vuelta atrás posible.

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