Spiderman era uno de los nuestros

El más clásico Spiderman, el de John RomitaEn su maravillosa novela Lord Jim, su autor, el gran Joseph Conrad, para remarcar la característica básica de su protagonista —es decir, alguien que aun viéndose embarcado en una aventura en teoría fabulosa, no es sino un joven sencillo y comprensible, como tú y como yo—, utiliza, a modo de leit-motiv que repite varias veces el lúcido y desengañado narrador de la historia, esta expresión: «era uno de los nuestros». Esta frase, tan sencilla como expresiva, es la que puedo aplicar a uno de los personajes del cómic más célebre de todos los tiempos. Pues quienes lo leímos a la edad correspondiente lo tenemos claro: Spiderman es el superhéroe de nuestra vida. Y da igual que hace mucho que no lo leamos, o que la imagen que de él se ha dado en el cine no sea exactamente la que teníamos. Nunca se podrá borrar de nuestra memoria lo que significó para nosotros. Está claro: Spiderman, o quizá más bien su alter ego Peter Parker, era uno de los nuestros. Más bien, éramos nosotros. Nunca antes ni después un superhéroe ha conseguido que los chavales se identificaran de un modo tan rotundo con él, que se sintieran tan cómplices de sus aventuras y desventuras. Una complicidad que se demuestra de muchos modos y no es un ejemplo menor el que, en esta sociedad en la que no hablar idiomas al menos ahora supone un complejo, sigamos llamando a Spider-Man mediante el mucho más familiar Espíderman, así tan esdrújulo, sin importarnos un bledo la informal incorrección. Y así, cuando se empezaron a estrenar las películas, en la versión doblada al español nadie se atrevió a pronunciarlo de otra manera…

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Versátil Woody Allen: de Blue Jasmine a Magia a la luz de la luna

Cartel de Blue Jasmine, de Woody AllenSan Francisco, en la actualidad, escenario de la triste odisea de una mujer que no conseguirá remontar la caída social que para ella supone la pérdida de la elevada posición que tenía en Nueva York y que se desmoronó con la detención de su marido, un tiburón financiero, y el incautamiento de los bienes que ella misma poseía, pues figuraba como firmante de buena parte de las estafas de su esposo. La Costa Azul, en los años 20, espacio para el encuentro entre un mago que se jacta de desenmascarar a todo farsante que pretende que lo mágico, lo imposible, es real, y la joven y guapísima vidente que se empeña en turbar sus convicciones al hacer gala de unas capacidades sobrenaturales para las que aquél no encuentra explicación. Blue Jasmine y Magia a la luz de la luna. Dos películas magníficas, muy distintas en cuanto a argumento, ubicación y planteamiento dramático, en el fondo muy similares, pues las unifica aquello que es propio en un autor, y su principal creador (para lo bueno y para lo malo) lo es: un estilo narrativo y una postura sobre la vida. Dos películas que confirman lo que no dejo de repetir: el mejor Woody Allen es el de esta última década de su carrera cuando, ya septuagenario (este año cumplirá los 80), abandonó el confortable entorno de producción que tenía organizado en Estados Unidos, sobre todo en su amada Nueva York, y comenzó a desplazarse por el mundo, ambientando sus películas de Londres a Roma y París, pasando por Barcelona. Según muchos, para hacer turismo mercenario; según otros (entre los que me cuento), para desperezarse de la acomodación en que había incurrido su carrera.

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Moby Dick, de John Huston: el capitán Ahab desafía a Dios

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Gregory Peck en Moby Dick

Después de todo lo que he señalado en mi comentario sobre la novela, ¿puede pensarse que haya libro más inadaptable para el cine que Moby Dick, salvo haciendo lo mismo que las versiones para niños, es decir, amputando buena parte de su esencia y reduciéndola a la historia de la caza de una ballena por parte de un hombre obsesionado con el animal que lo mutiló? Durante años me refugié en esa presunta imposibilidad para eludir la adaptación que John Huston había rodado en 1956. Me apoyaba, además, en el regular aprecio que tengo por la obra de un director cuyas películas más famosas —de El tesoro de Sierra Madre a La Reina de África, pasando por El halcón maltés— me parecían peores a medida que las revisaba. Y también en la mala fama de la interpretación de su protagonista, un actor excelente, Gregory Peck, pero que no parecía a priori el intérprete más adecuado (las otras ocasiones en que lo había visto como villano no me había gustado: en la mítica Duelo al sol y en la muy posterior Los niños de Brasil, haciendo un inverosímil genio del mal nazi). Pues bien, la reciente recuperación de esta película, siguiendo un instinto, no solo me ha corregido de estos dos últimos errores —tanto Huston como Peck, en sus respectivas labores, están espléndidos—, sino que me ha revelado una de las mejores adaptaciones que he visto en mi vida. Una adaptación consciente de lo imposible de abarcar la totalidad del original, que por ello se centra en una dimensión muy concreta y que, teniendo muy claro, lo que quiere expresar, se concentra en ello de modo memorable.

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Moby Dick, antinovela de aventuras

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Moby Dick, en la edición de PenguinComo bien se sabe, Moby Dick es la historia de la caza de una ballena (en concreto, de un cachalote); pero como también se sabe, es mucho más. Su autor fue un escritor de 32 años llamado Herman Melville que había ganado cierta celebridad como autor de novelas ambientadas en las entonces muy exóticas islas de los Mares del Sur. Los lectores creyeron recibir la nueva historia como otra novela de aventuras, y se encontraron con la desagradable sorpresa de un libro de enorme volumen que contiene pocas páginas de acción y situaciones pintorescas en beneficio de un conjunto de digresiones, reflexiones y pretensiones alegóricas que eliminan de su lectura esa sensación de comodidad que se espera de la literatura de género. Por supuesto, eso era justo lo que Melville pretendía. Su propósito había sido crear la gran novela americana, algo que después se ha convertido en un tópico pero que entonces era un proyecto que podía parecer al alcance de un autor ambicioso de un país cuya tradición literaria era todavía pequeña. El fracaso fue total: en vida de Melville, la tirada inicial no llegó a venderse e incluso una parte se perdió en el incendio de los almacenes de la editorial, sin que nadie lo lamentara. Ahora bien, con el tiempo, en efecto, se convertiría en uno de los dos o tres clásicos incontestables de la literatura de su país, y un libro que ha generado tanta controversia como fascinación, tal es la multiplicidad de lecturas a que se presta. En cualquier caso, y es curioso, no es el clásico de la literatura de aventuras que podía haber sido: en todo caso, es el mayor clásico de la antinovela de aventuras jamás escrito.

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Un cuestionario literario para comenzar el año

Libros libros libros

Se dice (es un tópico, claro, pero sin los tópicos todo sería más difícil de definir) que el fin del año invita a la recapitulación sobre lo acontecido en ese espacio de tiempo que termina, del mismo modo —y es un concepto todavía más trillado— que la llegada del nuevo año obliga a plantearse nuevos proyectos, como si la vida necesitara cambiarse de modo cíclico. En cualquier caso, confieso que a mí sí me gusta echar la vista atrás y repasar las ficciones, las películas o los libros que me han acompañado durante esos 365 días. Soy metódico y lo apunto todo desde hace muchos años, no puedo evitarlo. Por eso me gustan las listas, las encuestas, los cuestionarios: en parte para dejarme claro a mí mismo mis preferencias. Soy tan caótico y tan ecléctico que muchas veces me dejo llevar por fascinaciones pasajeras y de ahí que, de tiempo en tiempo, necesite recuperar la perspectiva. Un ejemplo es que, por mucho que en determinadas épocas me haya dejado arrastrar por cines que ofrecían el sugestivo misterio de lo inexplorado, al final siempre vuelvo a mi adorado Hollywood clásico. O que si me dejo llevar por el tebeo europeo hasta un punto excesivo, al final me doy cuenta de que aquello de lo que nunca podré prescindir es de los superhéroes de Marvel. Toda esta introducción para justificar que empiezo el año con un cuestionario literario.

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El espectáculo y la Biblia: de Los diez mandamientos a Exodus

Cartel español de Los diez mandamientosA propósito del estreno de Exodus —subtitulada Dioses y reyes, supongo que para no confundirse con la de todos modos olvidada película de Paul Newman de 1960—, se viene a la memoria que, siempre, Navidad y Semana Santa han sido fechas propicias para las películas bíblicas, ya fuera el estreno en cine o la emisión por tv. Desde el cine mudo, Hollywood siempre consideró el Libro de los Libros como una fuente suculenta de historias con la que cubrir dos objetivos: la difusión de las enseñanzas verdaderas (en una época en que los rectores de Hollywood, ya fueran judíos, protestantes o católicos, eran firmes defensores de la religión) y la posibilidad de atraer a la taquilla con un espectáculo serio de alto presupuesto. La historia de Moisés, narrada en el Éxodo, el segundo de los libros de la Biblia, es un ejemplo eminente. Descontando una primera versión muda (o la chusca parodia que propuso Mel Brooks en un breve episodio de La loca historia del mundo, y que revelaba que los mandamientos de Dios eran quince en un primer momento, pero una tabla se le cayó al suelo al torpe Moisés y…), el cine sonoro la ha llevado en un par de ocasiones a la pantalla. De la versión de 1956, Los diez mandamientos, la más recordada, a la reactualización de Ridley Scott, en la superficie, hay pocas diferencias de planteamiento (argumentos parecidos, incluso en la parte que ambas inventan; derroche de medios; horror vacui: todos los planos están sobrecargados de gente, edificios, animales u objetos) y, antes de que se crea otra cosa, tampoco de resultados (la actual es muy mala, pero la antigua tampoco es una maravilla).

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El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos. Tolkien, descansa ya en paz

El Hobbit I      II      III

Poster de El hobbit. La batalla de los Cinco EjércitosEl error colosal que ha supuesto esta segunda trilogía tolkieniana es parecido al que ya cometieran otros cineastas antes que Peter Jackson. Es decir, se parte de un acierto previo que su autor intenta prorrogar buscando la repetición de lo ya hecho y que solo consigue abrir los ojos sobre los méritos reales de la anterior obra. El ejemplo más preclaro es el de George Lucas con su segunda trilogía Star Wars. Dicho de otro modo: con su insensato proyecto, Jackson solo ha conseguido trivializar los logros de su primera trilogía y hacer pensar que el interés indudable que ésta tiene no se debe a él… sino a Tolkien. Repito la misma idea que he difundido en mis comentarios sobre los previos capítulos. En la carrera del escritor, El hobbit es una obra de aprendizaje en la que el autor vuelca su cariño hacia los mitos medievales bajo la forma de un cuento para niños sin especial espesor dramático. El Señor de los Anillos es un gran libro de madurez, donde la materia que dio origen al primero ahora se baña del grandioso sentimiento al mismo tiempo ingenuo y crepuscular, fabuloso y cotidiano, lírico y épico, que prometía la historia inicial. Ahora bien, El hobbit, película, parte de una insoluble contradicción: querer convertir la novelita en otra explosión de «grandiosidad» dramática que suponga, al mismo tiempo, el precedente (argumental) y la consecuencia (cinematográfica) de la primera adaptación. El resultado es el lógico: incongruente, oportunista, aburrido.

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Odiada/amada Inglaterra en la obra de Julio Verne

Mapa antiguo de Gran BretañaPocas obras como los Viajes extraordinarios de Julio Verne constituyen un reflejo tan exacto de la época que las enmarcó. Verne fue testigo y cronista apasionado del que posiblemente fue el tiempo en que se registró una mayor fascinación por el progreso del conocimiento humano. El «paseo completo por el cosmos de un ciudadano del siglo XIX» —el orgulloso objetivo que se planteó el autor— es la respuesta a esa sed de saber, de desvelamiento de las tinieblas en un doble sentido, que Verne unió de modo admirable: el descubrimiento y dominio del mundo (o sea, la geografía) y su explicación y sujeción por la técnica (o sea, la ciencia). Verne fue a la vez el profeta de la ciencia y el hombre que exploró cualquier rincón de la Tierra, llevando a sus personajes allí donde no se había llegado antes, de las fuentes del Nilo a los dos polos; los puso en marcha hacia la luna —donde no los dejó aterrizar porque no quiso inventar ninguna argucia acientífica para devolverlos a su hogar terrestre—, e incluso los hizo pasear nada menos que por el Sistema Solar (en una de sus novelas menos conocidas, Hector Servadac). Pero, como sucedió en la realidad, en la que el político llegó a los mismos lugares que el explorador cómodamente subido a la espalda de éste para así poder mejor su soberanía, también en su obra se consigna la fiebre del imperialismo, de la mano del peor de sus síntomas: la rivalidad nacionalista, el rechazo al otro, sobre todo si en él se ve al mismo tiempo el espejo de las aspiraciones de nuestra madre patria. El gran símbolo fue para nuestro autor Inglaterra.

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Sherlock, año tres

Sherlock I      II      III     IV

Sherlock, temporada tres

En el Canon, Sherlock Holmes se precipitaba hacia su aparente muerte, bien abrazado a su némesis el profesor Moriarty, por las cataratas de Reichenbach, en Suiza, un lunes 4 de mayo de 1891, desde las páginas de la popular revista The Strand Magazine, donde se publicaban sus aventuras. Sus lectores y admiradores —esos que al día siguiente fueron a sus trabajos en la City con brazaletes de luto en sus impecables trajes— tuvieron que esperar más de diez años (hasta septiembre de 1903) para confirmar, con satisfacción, lo que ellos ya sabían: que el gran detective no podía morir así como así. Bien es verdad que Conan Doyle, el hombre que decía ser su creador, había otorgado a sus fieles, un par de años atrás, un aperitivo (¡y qué aperitivo!) con la que acabaría siendo la más famosa aventura de Holmes, El sabueso de los Baskerville. Pero era una aventura que el mismo escritor situaba antes de la fecha oficial de su muerte, lo cual no podía ser satisfactorio, porque no aseguraba un nuevo y continuo suministro de aventuras. Pues bien, la estupenda serie de la BBC Sherlock ha dejado transcurrir mucho menos tiempo, poco más de un año, desde que en el último episodio de la segunda temporada hacía que el detective —siguiendo el último y siniestro designio de Moriarty (que yacía a sus espaldas tras haberse disparado a sí mismo un tiro para que no hubiera modo de forzarse a alterar su plan maestro)— se arrojara desde lo alto de un edificio, ante los atónitos ojos de su fiel Watson, para contarnos su come back.

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Minority Report y La guerra de los mundos: Spielberg y Cruise no combinan bien

Cartel americano de Minority ReportEn general, creo que la carrera de Steven Spielberg ha entrado en un periodo de especial interés con el cambio de siglo, justo a raíz de que entregara su película más inesperada, Inteligencia Artificial (2001). Su filmografía sigue siendo irregular, cierto, pero al menos me parece más curiosa y menos previsible: tampoco me esperaba Atrápame si puedes (2002), otra película donde le daba una caña inesperada a la institución familiar (y que tiene uno de los pocos papeles donde Leonardo DiCaprio no está inadecuado), o Munich (2005), con su toque de policiaco setentero. Incluso prefiero su Tintín (2011) a los Indiana Jones, aunque aquél no existiría sin estos. Es más, una película que tenía todas las papeletas para haber sido insufrible, pues partía de esos elementos que uno ha aprendido a temer en Spielberg (el sentimentalismo, el panegírico de la familia, la evocación del cine clásico, el tratamiento de la historia como un gran espectáculo), resulta ser una de las mejores de su filmografía, la estupenda y, sí, conmovedora Caballo de batalla (2011). Pero en esta etapa también hay películas muy malas. Pues bien, las dos peores tienen algo en común: ¡Tom Cruise! Se trata del film que rodó justo a continuación de A. I., esto es, Minority Report (2002), que en principio parecía seguir su misma senda (la ciencia-ficción adulta), y de La guerra de los mundos (2005), también en el mismo género pero en su variante de invasiones extraterrestres. La segunda no me gustó nada ni en el momento del estreno, pero de la primera no guardaba mal recuerdo.

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Tres (cuatro) magos de la animación en La Casa Encendida: Starewitch, Svankmajer y los hermanos Quay

Cartel de Metamorfosis, la exposición de La Casa EncendidaLa Casa Encendida es el sugerente nombre que ostenta un estupendo centro cultural que se encuentra en Madrid, a dos pasos del Museo Reina Sofía y de la estación de Atocha, y que suele albergar exposiciones de lo más interesante. Ahora mismo, y hasta el 11 de enero del año próximo, puede contemplarse una de las más singulares que he visto en mucho tiempo. Se titula Metamorfosis. Visiones fantásticas de Starewitch, Svankmajer y los hermanos Quay. Es posible que esos nombres sean desconocidos para buena parte del público, pero la mera contemplación de las maravillas que la exposición vincula a estos nombres sin duda moverá a corregir ese hecho. Se trata de tres (cuatro) magos de la animación cinematográfica —de todos los tiempos, pues la suma de sus carreras nos lleva desde el cine mudo hasta la misma actualidad— que han desarrollado su carrera en la vieja Europa (no todo ha sido Estados Unidos o Japón) y mediante la práctica de la entrañable y fascinadora stop motion o animación movimiento a movimiento. Precisamente Svankmajer y los Quay siguen siendo resistencia viva, con su filiación por la animación artesana, al abrumador dominio del dibujo animado por ordenador. La presente exposición no solo incluye muestras de su cine sino, sobre todo, una selección de marionetas, muñecos, dibujos, decorados, carteles y utillería varia absolutamente fascinante, que compone por sí misma una poética que obliga a lanzarse de bruces al descubrimiento de estos tres (cuatro) talentos.

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Los monstruos del Id estaban en el planeta prohibido

Engañoso poster de Planeta Prohibido, con Robby en plan amenazador

Aunque las discusiones sobre los orígenes no me parecen tan importantes, parece ser que la ópera espacial —ese subgénero de la ciencia-ficción que no hace sino transportar al espacio la aventura de toda la vida— nació de la mano de Edgar Rice Burroughs y su famosa saga marciana, iniciada con la publicación de Una princesa de Marte en 1912. Desde entonces, la space opera (en inglés todo parece quedar siempre mejor) se desarrolló con el complejo de ser más «cultura popular» que ningún otro género, permaneciendo en la literatura pulp, el cómic o el cine de serie B más B (o sea, el serial por episodios). En estos dos últimos campos, el ejemplar más famoso fue Flash Gordon, el héroe creado por Alex Raymond. Pues bien, para los amantes de dicho género, el estreno en 1956 de Planeta prohibido tuvo que ser un acontecimiento, pues ante todo consistió en la puesta de largo, por fin, de su género predilecto con el presupuesto adecuado y el apoyo de la major más rutilante de Hollywood, la Metro Goldwyn Mayer. Fue un gran éxito y, desde entonces, ha ocupado una cómoda posición en el escalón de películas que, sin tener un prestigio incuestionable, siempre se recuerdan con la mayor de las simpatías. Y no es para menos, puesto que no sólo es una delicia desde el mero punto de vista argumental y escenográfico, sino que hasta se han rastreado en su planteamiento elementos de alta densidad dramática. Es más, para algunos no es sino una versión encubierta de la obra de Shakespeare La tempestad.

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De robots de cine y otras inteligencias artificiales

Cartel anunciador de la obra R.U.R. de Karel CapekComo bien saben los amantes de la ciencia-ficción, la primera mención de la palabra robot en su sentido actual figura en la obra teatral R.U.R: Robots Universales Rossum (1920), del escritor checo Karel Capek, si bien parece ser que por sugerencia de su hermano, el pintor Josef Capek. El término fue urdido a partir de la palabra checa «robota», cuyo significado es «siervo» en el sentido medieval, y que aplicó a los seres artificiales (si bien no metálicos, sino derivados de la carne humana) que en la obra, esclavizados por ser creados y no nacidos, se rebelan contra sus creadores. Aunque esos robots de Capek son una evidente metáfora del proletariado, es significativo que la primera aparición de los robots ya gire en torno al tema de su ambigua consideración como objetos (por tanto propiedad de alguien y sin derecho ninguno) y su reivindicación de cualidades humanas (y por tanto de la humanidad en sí), en este caso la libertad. Desde entonces, los robots llegaron para quedarse y se han convertido en un icono fundamental no ya de la ciencia-ficción sino de la cultura en general. Este comentario —que no pretende ser más que una cata superficial en un tema fascinante— intenta recorrer algunas de las películas y criaturas artificiales más famosas o significativas del cine (dejando para otro rato la literatura, aunque eso suponga omitir de momento la fundamental aportación al tema del entrañable escritor Isaac Asimov).

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Retorno al pasado o el hombre que no podía escapar

Cartel español de Retorno al pasadoEl hombre que regenta la gasolinera y el taller de reparaciones de un pequeño pueblecito no siempre se dedicó a vender gasolina y arreglar coches. Tiempo atrás fue un detective privado al que no le importaba meterse en asuntos turbios. Y qué más turbio, y peligroso, que aceptar ir en busca de la amante de un gángster, enamorarse de ella e incumplir el encargo… solo para descubrir que la chica es una araña venenosa, cruel e implacable cuando se siente en peligro, y a quien es mejor abandonar. Pero ya demasiado tarde como para no tener que pasarse la vida escondido… aunque sea en un pequeño pueblecito y vendiendo gasolina. Ahora bien, nadie puede escapar siempre de lo que hizo, sobre todo si ha dejado cuentas pendientes con un tipo peligroso, y el título de este film es suficientemente explícito. Retorno al pasado no solo es un clásico indiscutible del cine negro de Hollywood sino que, en mi opinión, es el más bello thriller jamás rodado. Y lo es por muchas razones: porque su historia parece situada en el impreciso terreno entre el sueño y la vigilia, porque ningún héroe como el protagonista —pese a parecer tan fuerte— ha sido tan zarandeado por el destino (bajo la forma de una mujer) como él, porque tras las imágenes se hallaba un poeta de la sutileza llamado Jacques Tourneur, uno de estos directores que bajo la reductora etiqueta de «artesano» esconde a uno de los grandes narradores de toda la historia del cine.

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El melancólico adiós de Stefan Zweig

El mundo de ayer, de Stefan Zweig, en edición de AcantiladoEl 22 de febrero de 1942, hacia el mediodía, extrañada del exceso de sueño a que ese día parecía entregada la pareja a la que servía, la criada entró en la habitación donde dormía el matrimonio europeo que había alquilado esa casa en las alturas de la ciudad brasileña de Petrópolis, a 68 km de Río de Janeiro. Y comprobó que ya dormían para siempre: enseguida se difundió la noticia de que el insigne escritor austriaco Stefan Zweig y su joven esposa Lotte habían ingerido una dosis mortal de veronal, poniendo fin a su amargo exilio de su país natal, al que no habían vuelto desde el Anschluss (la anexión de Austria por Hitler) de marzo de 1938. Petrópolis fue la última parada, y la más alejada, que encontró en su periplo como exiliado, siempre bajo la angustia de saber que su huida era la peor de las huidas: una huida hacia delante, hacia ningún lugar, con el temor a que la siniestra garra de Hitler llegara a cualquier sitio donde intentaran refugiarse. Zweig dejaba una obra por publicar, una obra póstuma. Y qué obra: se trata de El mundo de ayer —cuyo subtítulo, significativo, es Memorias de un europeo—, una de las más conmovedoras autobiografías que se han escrito, el libro en el que, probablemente sabiendo que era su última obra, vertió su nostalgia por su mundo desaparecido, su anhelo de ser querido y comprendido, su sueño de una fraternidad de la cultura paneuropea, su miedo a la incertidumbre y a la ignominia que provocan los fascismos. Por lo que escribió, y también por lo que no escribió, El mundo de ayer es algo más que un testamento o una confesión: es una opción de vida, un universo que su dueño advertía que se convertía en ceniza, en melancólica ceniza.

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