El buscavidas: Eddie Relámpago reta al Gordo de Minnesota

El Gordo de Minnesota contra Eddie Relámpago

El billar es un juego que, creo, despierta una extraña fascinación. Combina la precisión con el carácter, la estética visual con la sonora: la textura de la tela y el tacto de la madera de la mesa, el recogimiento que provocan las luces cenitales sobre el tapete y el sonido, al tiempo firme y grato, que hacen las bolas chocando unas con otras; todo ello envuelve los billares en una atmósfera que posee un alto poder de sugestión. Unamos a ello que, como todos los juegos, se presta de modo eminente como símbolo de la vida (más aún, como símbolo de un estilo de vida), y que su concentración en garitos que unen apuestas, alcohol y tipos turbios sugiere rápidamente el aire de un thriller. Pues bien, el cine cuenta con una obra maestra que extrae todo el partido posible a este ambiente para narrar una historia desesperanzada sobre la soledad y la degradación, la miseria y los sueños de triunfo, el dolor existencial y el borroso consuelo que es el amor, la dicotomía entre el triunfo social y el equilibrio moral, la culpa y la expiación. Un conjunto de sugerencias y matices que suele considerarse además, y con razón, como una de las más certeras aproximaciones a uno de los asuntos fundamentales que Hollywood ha aportado al cine: la mítica del fracaso, el tema del perdedor. Seguir leyendo

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La leyenda del Preste Juan

El Preste Juan en un mapa inglés de 1558

Eran malos tiempos para los estados que los caballeros cristianos habían fundado en Tierra Santa tras los éxitos fulgurantes de la Primera Cruzada (1096-1099). De los cuatro —el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía, el condado de Trípoli y el condado de Edesa—, el primero en fundarse había sido este último, el más norteño de todos, pero también fue el primero en caer, en 1144, a manos de Zengi, el atabeg de Mosul, que rápidamente fue proclamado por los creyentes muslimes como al-Malik al-Mansur, el Rey Vencedor. La voz de alarma llegó a occidente y volvió a escucharse la convocatoria de cruzada. Predicaron hombres de la talla de san Bernardo de Claraval y respondieron en persona el rey de Francia y el emperador alemán, pero todo fue en vano. La Segunda Cruzada (1147-1149) fue un fracaso que además provocó la disensión y la desconfianza entre los reyes de la cristiandad, que regresaron a sus tierras con el amargo sabor de la derrota en la boca, culpabilizando cada uno a sus mezquinos aliados. Se necesitaba una esperanza… y esa esperanza llegó. En esos años centrales del siglo XII y en las décadas siguientes se propagó por la Cristiandad una leyenda fabulosa: la de la existencia del Preste Juan, un soberano cristiano cuyo feraz reino se extendía más allá del Islam; un soberano tan poderoso como humilde, pues había renunciado a portar título regio para ser designado por una mera dignidad religiosa, la de preste (o sea, presbítero). Era preciso, por tanto, contactar con ese rey-sacerdote, para atrapar a los pérfidos musulmanes como entre el yunque y el martillo. Y allá que se fueron muchos sueños medievales que, claro, nada consiguieron en el plano de la realidad histórica, pero que germinaron con fuerza en el imaginario del medievo más fabuloso.

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Cartas a mi amada y Jennie: en busca de la mujer-espejismo

Cartel de Cartas a mi amadaEn aquella época (¿remota?) en que no había renunciado a formar a su público mediante el cine clásico, la televisión pública solía emitir (en horario de eso que, entonces con justicia, se llamaba de máxima audiencia) ciclos sobre grandes directores o intérpretes del pasado. Uno de ellos, allá por abril de 1987, lo dedicó a una actriz que entonces era para mí poco más que un nombre: se llamaba Jennifer Jones y había sido la esposa de uno de los grandes productores del Hollywood clásico, David O. Selznick. Pues bien, las dos películas que más me gustaron de aquel ciclo fueron dos films con numerosos vasos comunicantes entre ellos: el protagonismo al lado de la Jones de Joseph Cotten, la dirección de William Dieterle, el mismo director de fotografía e incluso un entrañable secundario (Cecil Kellaway). Pero sobre todo, su condición de ser dos melodramas de profundas resonancias románticas que, en el fondo, cuentan la misma historia. Es decir, un hombre busca a una mujer de la que se ha enamorado pero que se desvanece entre sus dedos, como si se tratara de un espejismo… y de hecho, en una de ellas es directamente un fantasma, una aparición, un ser que no debería existir pero que, por una de esas misteriosas conjunciones del espacio y del tiempo, se empeña en aparecerse en su vida de tiempo en tiempo, hechizándolo cada vez más. Este último film tiene su pequeño mito a cuestas, pues los surrealistas lo adoraron: se trata de Jennie (1948). El otro, bastante menos conocido, pero al que le tengo mucho cariño (porque para mí ha sido otro espejismo, pues después de aquella primera vez en el ciclo de Jennifer Jones, tardé más de 20 años en poder recuperarlo…), y que es anterior, se llama Cartas a mi amada (1945).

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El pulp de aventuras en el medievo oriental

El señor de Samarcanda, edición de La Biblioteca del LaberintoLos aficionados a la literatura de género suelen asociar la edad del oro del pulp norteamericano (años 20-40), ante todo, con dos variantes de aquélla, en función de los autores más conocidos o mitificados de esa escuela: el horror (al estilo de Howard Philips Lovecraft) o esa combinación de aventura y fantastique que, dependiendo de la preeminencia que se dé a lo noble o a lo descarnado, es llamada fantasía heroica o espada y brujería (al estilo de Robert E. Howard). Sin embargo, el pulp destacó por su diversidad y su apertura a todo tipo de palos, y de hecho sus principales escritores (el creador de Conan es un buen ejemplo) intentaron moverse en todos ellos, por mucho que hoy los relacionemos con uno en concreto: después de todo, tanto vivían para escribir como escribían para vivir, y el mercado siempre manda. Así, hubo pulp de ciencia-ficción, policiaco, boxístico, del Far West, «picante» (sí, erótico, aun cuando su lectura revele una desarmante ingenuidad) y, claro, de aventura en sus múltiples variantes, desde los muy populares relatos de piratas al subgénero al que voy a dedicar un comentario, la aventura oriental. Como ejemplo, me centraré en dos libros editados por las dos admirables editoriales madrileñas que llevan dedicándose varios años al rescate, difusión y dignificación del pulp, esto es, La Biblioteca del Laberinto y Barsoom. Se trata de El señor de Samarcanda, de Robert E. Howard y Los tres paladines, de Harold Lamb.

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Lawrence de Arabia: sueños de arena y gloria

Cartel español de Lawrence de ArabiaTuvo que ser David Lean, tras demostrar a los productores su capacidad para el espectáculo con pretensiones en El puente sobre el río Kwai (1957), quien terminara materializando un viejo proyecto del cine británico: llevar a la gran pantalla la vida de uno de los más controvertidos personajes patrios del siglo. Thomas Edward Lawrence, galés, nacido en 1888 y muerto en accidente de moto en 1935 (en circunstancias para muchos sospechosas), es una figura que ha escapado de las páginas de los libros de historia —en los que todavía figura, de modo quizá más secundario de lo que él pensó, en un pequeño párrafo de las crónicas de la Gran Guerra— para pasar a las de la cultura o el mito popular. Lo hizo, primero, labrándose una leyenda personal en los días de la primera guerra mundial basada, en buena medida, en un aspecto exterior chocante (su clásico atavío blanco de beduino, de hombre del desierto, que lució incluso en los salones de París a donde acudió para representar, a la vez, los intereses británicos y árabes en las negociaciones de los tratados de paz) y una imagen «mítica» que él ayudó en buena medida a construir y que escapaba de los márgenes habituales de las historias de heroísmo de los soldados en guerra. Pero también por un clásico de la literatura biográfica del siglo XX, las particulares memorias en las que cuenta sus gestas durante la revuelta árabe contra los turcos, Los siete pilares de la sabiduría (1924) y por la propia película de David Lean (1962). Y es que, para bien y para mal, la cultura popular siempre asociará a Lawrence de Arabia con los ojos azules de Peter O’Toole.

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El fin de una guerra y el principio de otra, por Alexander Lernet-Holenia

El estandarte, de Alexander Lernet HoleniaAlexander Lernet-Holenia (1897-1976) es el nombre de un escritor austriaco que gozó de un considerable éxito en su día (en España se publicaron bastantes obras suyas), que luego y poco a poco sufrió un gran eclipse. En los últimos años, de la mano de esa resurrección del interés por la cultura austro-húngara (y por tanto, austriaca), se está rescatando del armario a autores tan notables como Stefan Zweig, Joseph Roth y tantos otros. Al contrario que los más conocidos (por ejemplos, los antedichos), Lernet-Holenia no era judío y por tanto no tuvo que escapar con la llegada de los nazis a su país, sino que pudo seguir publicando con regularidad. Las novelas que nos han llegado a él, eso sí, revelan el tremendo impacto que para él supuso el finis Austriae, la oclusión del imperio en el que desarrolló su infancia y que tanto desubicó a los intelectuales de su generación. Lo vivió, además, en plena juventud, en la época en que las pasiones y los desengaños son más fuertes, y lo hizo además en su doble condición de aristócrata y de oficial del ejército. Sus novelas más famosas no dejan nunca de retrotraerse a ese mundo perdido, a las causas de su desaparición, a las secuelas de la misma. A dos de ellas, las más recientemente editadas, El estandarte (en Libros del Asteroide, traducción de Annie Renney y Elvira Martín) y Marte en Aries (en Minúscula, traducción del gran Adan Kovacsis), voy a dedicar unas breves líneas, aprovechando los vasos comunicantes que poseen, tanto argumental y dramáticamente como en cuanto al particular tratamiento, entre fantasmal y lejano, que dan de las dos diferentes guerras, la primera y segunda mundiales respectivamente, en que se ubican.

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True Detective: luz y oscuridad en el bayou

Estupendo poster de True DetectiveDos policías de muy diferentes personalidades investigan los asesinatos de un serial killer a lo largo de 17 años. A grandes rasgos, ésta es la trama que narra True Detective, una de las series más relevantes del año 2014. Una serie o una película en ocho capítulos, pues se trata de una historia de desenlace cerrado: la segunda temporada arrancará con otra pareja de policías y un caso distinto. True Detective, eso sí, no alardea de originalidad y no es ahí donde se encuentran sus valores. Su planteamiento, que consiste en impregnar un thriller con la atmósfera del terror del gótico americano, ambientado como es lógico en la América Profunda (en este caso en los muy fotogénicos y húmedos paisajes de Luisiana) se puso de moda en el cine norteamericano gracias al enorme éxito de El silencio de los corderos (1990, Jonathan Demme), y su punto álgido lo constituyó Seven (1995, David Fincher). Esta película añadió dos elementos al «paquete»: la conducción de la investigación por una dispar pareja de policías (es lo que los americanos, siempre amigos de las etiquetas, llaman buddy movie) y la presentación de cada uno de los espantosos crímenes del asesino bajo una parafernalia al tiempo sofisticada y sórdida que los hace aún más terribles. True Detective asume esta fórmula y ciertamente propone una historia de investigación de enorme interés (puesto que el interés nunca nunca dependerá de la originalidad) que encuentra su punto de apoyo en la estupenda estructura narrativa y en el no menos estupendo dibujo de sus dos personajes protagonistas, cuyo devenir emocional acaba siendo la razón de ser de la serie.

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Spiderman era uno de los nuestros

El más clásico Spiderman, el de John RomitaEn su maravillosa novela Lord Jim, su autor, el gran Joseph Conrad, para remarcar la característica básica de su protagonista —es decir, alguien que aun viéndose embarcado en una aventura en teoría fabulosa, no es sino un joven sencillo y comprensible, como tú y como yo—, utiliza, a modo de leit-motiv que repite varias veces el lúcido y desengañado narrador de la historia, esta expresión: «era uno de los nuestros». Esta frase, tan sencilla como expresiva, es la que puedo aplicar a uno de los personajes del cómic más célebre de todos los tiempos. Pues quienes lo leímos a la edad correspondiente lo tenemos claro: Spiderman es el superhéroe de nuestra vida. Y da igual que hace mucho que no lo leamos, o que la imagen que de él se ha dado en el cine no sea exactamente la que teníamos. Nunca se podrá borrar de nuestra memoria lo que significó para nosotros. Está claro: Spiderman, o quizá más bien su alter ego Peter Parker, era uno de los nuestros. Más bien, éramos nosotros. Nunca antes ni después un superhéroe ha conseguido que los chavales se identificaran de un modo tan rotundo con él, que se sintieran tan cómplices de sus aventuras y desventuras. Una complicidad que se demuestra de muchos modos y no es un ejemplo menor el que, en esta sociedad en la que no hablar idiomas al menos ahora supone un complejo, sigamos llamando a Spider-Man mediante el mucho más familiar Espíderman, así tan esdrújulo, sin importarnos un bledo la informal incorrección. Y así, cuando se empezaron a estrenar las películas, en la versión doblada al español nadie se atrevió a pronunciarlo de otra manera…

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Versátil Woody Allen: de Blue Jasmine a Magia a la luz de la luna

Cartel de Blue Jasmine, de Woody AllenSan Francisco, en la actualidad, escenario de la triste odisea de una mujer que no conseguirá remontar la caída social que para ella supone la pérdida de la elevada posición que tenía en Nueva York y que se desmoronó con la detención de su marido, un tiburón financiero, y el incautamiento de los bienes que ella misma poseía, pues figuraba como firmante de buena parte de las estafas de su esposo. La Costa Azul, en los años 20, espacio para el encuentro entre un mago que se jacta de desenmascarar a todo farsante que pretende que lo mágico, lo imposible, es real, y la joven y guapísima vidente que se empeña en turbar sus convicciones al hacer gala de unas capacidades sobrenaturales para las que aquél no encuentra explicación. Blue Jasmine y Magia a la luz de la luna. Dos películas magníficas, muy distintas en cuanto a argumento, ubicación y planteamiento dramático, en el fondo muy similares, pues las unifica aquello que es propio en un autor, y su principal creador (para lo bueno y para lo malo) lo es: un estilo narrativo y una postura sobre la vida. Dos películas que confirman lo que no dejo de repetir: el mejor Woody Allen es el de esta última década de su carrera cuando, ya septuagenario (este año cumplirá los 80), abandonó el confortable entorno de producción que tenía organizado en Estados Unidos, sobre todo en su amada Nueva York, y comenzó a desplazarse por el mundo, ambientando sus películas de Londres a Roma y París, pasando por Barcelona. Según muchos, para hacer turismo mercenario; según otros (entre los que me cuento), para desperezarse de la acomodación en que había incurrido su carrera.

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Moby Dick, de John Huston: el capitán Ahab desafía a Dios

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Gregory Peck en Moby Dick

Después de todo lo que he señalado en mi comentario sobre la novela, ¿puede pensarse que haya libro más inadaptable para el cine que Moby Dick, salvo haciendo lo mismo que las versiones para niños, es decir, amputando buena parte de su esencia y reduciéndola a la historia de la caza de una ballena por parte de un hombre obsesionado con el animal que lo mutiló? Durante años me refugié en esa presunta imposibilidad para eludir la adaptación que John Huston había rodado en 1956. Me apoyaba, además, en el regular aprecio que tengo por la obra de un director cuyas películas más famosas —de El tesoro de Sierra Madre a La Reina de África, pasando por El halcón maltés— me parecían peores a medida que las revisaba. Y también en la mala fama de la interpretación de su protagonista, un actor excelente, Gregory Peck, pero que no parecía a priori el intérprete más adecuado (las otras ocasiones en que lo había visto como villano no me había gustado: en la mítica Duelo al sol y en la muy posterior Los niños de Brasil, haciendo un inverosímil genio del mal nazi). Pues bien, la reciente recuperación de esta película, siguiendo un instinto, no solo me ha corregido de estos dos últimos errores —tanto Huston como Peck, en sus respectivas labores, están espléndidos—, sino que me ha revelado una de las mejores adaptaciones que he visto en mi vida. Una adaptación consciente de lo imposible de abarcar la totalidad del original, que por ello se centra en una dimensión muy concreta y que, teniendo muy claro, lo que quiere expresar, se concentra en ello de modo memorable.

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Moby Dick, antinovela de aventuras

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Moby Dick, en la edición de PenguinComo bien se sabe, Moby Dick es la historia de la caza de una ballena (en concreto, de un cachalote); pero como también se sabe, es mucho más. Su autor fue un escritor de 32 años llamado Herman Melville que había ganado cierta celebridad como autor de novelas ambientadas en las entonces muy exóticas islas de los Mares del Sur. Los lectores creyeron recibir la nueva historia como otra novela de aventuras, y se encontraron con la desagradable sorpresa de un libro de enorme volumen que contiene pocas páginas de acción y situaciones pintorescas en beneficio de un conjunto de digresiones, reflexiones y pretensiones alegóricas que eliminan de su lectura esa sensación de comodidad que se espera de la literatura de género. Por supuesto, eso era justo lo que Melville pretendía. Su propósito había sido crear la gran novela americana, algo que después se ha convertido en un tópico pero que entonces era un proyecto que podía parecer al alcance de un autor ambicioso de un país cuya tradición literaria era todavía pequeña. El fracaso fue total: en vida de Melville, la tirada inicial no llegó a venderse e incluso una parte se perdió en el incendio de los almacenes de la editorial, sin que nadie lo lamentara. Ahora bien, con el tiempo, en efecto, se convertiría en uno de los dos o tres clásicos incontestables de la literatura de su país, y un libro que ha generado tanta controversia como fascinación, tal es la multiplicidad de lecturas a que se presta. En cualquier caso, y es curioso, no es el clásico de la literatura de aventuras que podía haber sido: en todo caso, es el mayor clásico de la antinovela de aventuras jamás escrito.

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Un cuestionario literario para comenzar el año

Libros libros libros

Se dice (es un tópico, claro, pero sin los tópicos todo sería más difícil de definir) que el fin del año invita a la recapitulación sobre lo acontecido en ese espacio de tiempo que termina, del mismo modo —y es un concepto todavía más trillado— que la llegada del nuevo año obliga a plantearse nuevos proyectos, como si la vida necesitara cambiarse de modo cíclico. En cualquier caso, confieso que a mí sí me gusta echar la vista atrás y repasar las ficciones, las películas o los libros que me han acompañado durante esos 365 días. Soy metódico y lo apunto todo desde hace muchos años, no puedo evitarlo. Por eso me gustan las listas, las encuestas, los cuestionarios: en parte para dejarme claro a mí mismo mis preferencias. Soy tan caótico y tan ecléctico que muchas veces me dejo llevar por fascinaciones pasajeras y de ahí que, de tiempo en tiempo, necesite recuperar la perspectiva. Un ejemplo es que, por mucho que en determinadas épocas me haya dejado arrastrar por cines que ofrecían el sugestivo misterio de lo inexplorado, al final siempre vuelvo a mi adorado Hollywood clásico. O que si me dejo llevar por el tebeo europeo hasta un punto excesivo, al final me doy cuenta de que aquello de lo que nunca podré prescindir es de los superhéroes de Marvel. Toda esta introducción para justificar que empiezo el año con un cuestionario literario.

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El espectáculo y la Biblia: de Los diez mandamientosExodus

Cartel español de Los diez mandamientosA propósito del estreno de Exodus —subtitulada Dioses y reyes, supongo que para no confundirse con la de todos modos olvidada película de Paul Newman de 1960—, se viene a la memoria que, siempre, Navidad y Semana Santa han sido fechas propicias para las películas bíblicas, ya fuera el estreno en cine o la emisión por tv. Desde el cine mudo, Hollywood siempre consideró el Libro de los Libros como una fuente suculenta de historias con la que cubrir dos objetivos: la difusión de las enseñanzas verdaderas (en una época en que los rectores de Hollywood, ya fueran judíos, protestantes o católicos, eran firmes defensores de la religión) y la posibilidad de atraer a la taquilla con un espectáculo serio de alto presupuesto. La historia de Moisés, narrada en el Éxodo, el segundo de los libros de la Biblia, es un ejemplo eminente. Descontando una primera versión muda (o la chusca parodia que propuso Mel Brooks en un breve episodio de La loca historia del mundo, y que revelaba que los mandamientos de Dios eran quince en un primer momento, pero una tabla se le cayó al suelo al torpe Moisés y…), el cine sonoro la ha llevado en un par de ocasiones a la pantalla. De la versión de 1956, Los diez mandamientos, la más recordada, a la reactualización de Ridley Scott, en la superficie, hay pocas diferencias de planteamiento (argumentos parecidos, incluso en la parte que ambas inventan; derroche de medios; horror vacui: todos los planos están sobrecargados de gente, edificios, animales u objetos) y, antes de que se crea otra cosa, tampoco de resultados (la actual es muy mala, pero la antigua tampoco es una maravilla).

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El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos. Tolkien, descansa ya en paz

El Hobbit I      II      III

Poster de El hobbit. La batalla de los Cinco EjércitosEl error colosal que ha supuesto esta segunda trilogía tolkieniana es parecido al que ya cometieran otros cineastas antes que Peter Jackson. Es decir, se parte de un acierto previo que su autor intenta prorrogar buscando la repetición de lo ya hecho y que solo consigue abrir los ojos sobre los méritos reales de la anterior obra. El ejemplo más preclaro es el de George Lucas con su segunda trilogía Star Wars. Dicho de otro modo: con su insensato proyecto, Jackson solo ha conseguido trivializar los logros de su primera trilogía y hacer pensar que el interés indudable que ésta tiene no se debe a él… sino a Tolkien. Repito la misma idea que he difundido en mis comentarios sobre los previos capítulos. En la carrera del escritor, El hobbit es una obra de aprendizaje en la que el autor vuelca su cariño hacia los mitos medievales bajo la forma de un cuento para niños sin especial espesor dramático. El Señor de los Anillos es un gran libro de madurez, donde la materia que dio origen al primero ahora se baña del grandioso sentimiento al mismo tiempo ingenuo y crepuscular, fabuloso y cotidiano, lírico y épico, que prometía la historia inicial. Ahora bien, El hobbit, película, parte de una insoluble contradicción: querer convertir la novelita en otra explosión de «grandiosidad» dramática que suponga, al mismo tiempo, el precedente (argumental) y la consecuencia (cinematográfica) de la primera adaptación. El resultado es el lógico: incongruente, oportunista, aburrido.

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Odiada/amada Inglaterra en la obra de Julio Verne

Mapa antiguo de Gran BretañaPocas obras como los Viajes extraordinarios de Julio Verne constituyen un reflejo tan exacto de la época que las enmarcó. Verne fue testigo y cronista apasionado del que posiblemente fue el tiempo en que se registró una mayor fascinación por el progreso del conocimiento humano. El «paseo completo por el cosmos de un ciudadano del siglo XIX» —el orgulloso objetivo que se planteó el autor— es la respuesta a esa sed de saber, de desvelamiento de las tinieblas en un doble sentido, que Verne unió de modo admirable: el descubrimiento y dominio del mundo (o sea, la geografía) y su explicación y sujeción por la técnica (o sea, la ciencia). Verne fue a la vez el profeta de la ciencia y el hombre que exploró cualquier rincón de la Tierra, llevando a sus personajes allí donde no se había llegado antes, de las fuentes del Nilo a los dos polos; los puso en marcha hacia la luna —donde no los dejó aterrizar porque no quiso inventar ninguna argucia acientífica para devolverlos a su hogar terrestre—, e incluso los hizo pasear nada menos que por el Sistema Solar (en una de sus novelas menos conocidas, Hector Servadac). Pero, como sucedió en la realidad, en la que el político llegó a los mismos lugares que el explorador cómodamente subido a la espalda de éste para así poder mejor su soberanía, también en su obra se consigna la fiebre del imperialismo, de la mano del peor de sus síntomas: la rivalidad nacionalista, el rechazo al otro, sobre todo si en él se ve al mismo tiempo el espejo de las aspiraciones de nuestra madre patria. El gran símbolo fue para nuestro autor Inglaterra.

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