El pulp de aventuras en el medievo oriental

El señor de Samarcanda, edición de La Biblioteca del LaberintoLos aficionados a la literatura de género suelen asociar la edad del oro del pulp norteamericano (años 20-40), ante todo, con dos variantes de aquélla, en función de los autores más conocidos o mitificados de esa escuela: el horror (al estilo de Howard Philips Lovecraft) o esa combinación de aventura y fantastique que, dependiendo de la preeminencia que se dé a lo noble o a lo descarnado, es llamada fantasía heroica o espada y brujería (al estilo de Robert E. Howard). Sin embargo, el pulp destacó por su diversidad y su apertura a todo tipo de palos, y de hecho sus principales escritores (el creador de Conan es un buen ejemplo) intentaron moverse en todos ellos, por mucho que hoy los relacionemos con uno en concreto: después de todo, tanto vivían para escribir como escribían para vivir, y el mercado siempre manda. Así, hubo pulp de ciencia-ficción, policiaco, boxístico, del Far West, «picante» (sí, erótico, aun cuando su lectura revele una desarmante ingenuidad) y, claro, de aventura en sus múltiples variantes, desde los muy populares relatos de piratas al subgénero al que voy a dedicar un comentario, la aventura oriental. Como ejemplo, me centraré en dos libros editados por las dos admirables editoriales madrileñas que llevan dedicándose varios años al rescate, difusión y dignificación del pulp, esto es, La Biblioteca del Laberinto y Barsoom. Se trata de El señor de Samarcanda, de Robert E. Howard y Los tres paladines, de Harold Lamb.

La palabra pulp se asocia con un tipo de relato que prima la acción desatada sobre la reflexión, lo directo sobre lo sugerido, la trepidación sobre la serenidad, la tosquedad expresiva sobre el estilismo. Como siempre en todo tópico, es inevitable que haya un fondo de verdad. El pulp, es cierto, difícilmente podía aspirar a la sofisticación cuando sus escritores fueron, ante todo, artesanos de la palabra casi en un sentido medieval: antes que un arte (muy amado, eso sí), la literatura fue para ellos un oficio, y la supervivencia se entendía en términos de eficacia, como bien les recordaban los editores que les malpagaban en la mayoría de los casos. Pero en sus mayores talentos, y de modo inevitable, la acción sin límite no puede evitar provocar hondas sugerencias, incluso reflexiones de honda densidad dramática: la violencia, el terror absoluto o el éxtasis de la aventura por la aventura son emociones humanas puras que, al mismo tiempo que se paladean, dejan un poso en el alma que exige regresar a ellas para intentar comprender por qué a nosotros, seres civilizados a los que nos caracteriza nuestra inactividad, nuestra «normalidad», nos emocionan tanto. En este sentido, hay pocos autores tan perturbadores como Robert E. Howard: sin pretenderlo, consigue crear una línea de sombra en torno a todos sus personajes (en teoría, toscos, simples, comprensibles) que desazona por la profunda ambigüedad que sus acciones desatan en nosotros, sus observadores.

Por «aventura en el Medievo oriental» entiendo un tipo de relato que fue muy querido por los magazines donde publicaron los autores que nos ocupan (ejemplos: Adventure, Oriental Stories, Golden Fleece…), y que toma como escenario histórico o bien el mundo de las Cruzadas o bien Asia Central en tiempos de los turcos o de los mongoles. Ambos espacios tenían en común que fueron objeto de violentos cataclismos bélicos que enfrentaron a pueblos muy diversos, y que prestaban, por tanto, el contexto de violencia primitiva que tanto gustaba a los autores del pulp.

El talismán, de Walter Scott, en Anaya Tus LibrosEn general, el pulp de aventuras procede de la edad de oro clásica de ese género en el siglo XIX, la que representan los Walter Scott (gran referente en el caso que nos ocupa por su predilección por la Edad Media: por cierto, que su maravillosa novela El talismán transcurre en los Reinos Cruzados y sus protagonistas son nada menos que Saladino y Ricardo Corazón de León), R. L. Stevenson, Henry Rider Haggard o Julio Verne, y cuyo eslabón intermedio, para mí, como ya razoné en otro artículo, es el gran Emilio Salgari, autor pulp antes del pulp.

A los temas y personajes prototípicos de esa edad dorada, el pulp los somete a lo que un crítico pretencioso llamaría «revisionismo»: un tratamiento parecido al que hizo el apasionante, y claro, menospreciado, western mediterráneo de los 60 (despectivamente llamado spaghetti western) con respecto al cine clásico del Oeste de Hollywood. Es decir, les da un baño de crudeza, de presunto hiperrealismo, incrementando la violencia y la crueldad, dejando aparentemente a un lado la nobleza químicamente pura de los Ivanhoe, Sandokán o Allan Quatermain para dar protagonismo al cinismo y el desengaño. Pero en realidad, sus (anti)héroes siguen manifestando en el fondo la misma nobleza, solo que es una nobleza cínica y desengañada, que les permite apreciar en su justa realidad un mundo que solo entiende de valores materiales. Y desde luego, más de uno de sus protagonistas (verbigracia, en Howard) son seres de una brutalidad primordial, que desatan sin remordimiento, si bien aún manifiestan la mínima dignidad para no ser meros monstruos encallecidos. Un buen ejemplo es el protagonista del relato El señor de Samarcanda, guerrero puro al estilo berserker, que no dudará incluso en matar, en un acceso de vengativa rabia, al mismísimo Tamerlán, ya de por sí encarnación eminente de la brutalidad en la Historia…

Otro tópico, esta vez del todo injustificado, que se asocia a los autores que lo practicaban es el de que estos se contentaban con asumir un muy superficial barniz escenográfico, con personajes y utillería extraídos de cualquier enciclopedia, sin mayor preocupación por el rigor documental, no en vano se presume que el público lector de sus obras era ignorante en grado sumo. Craso error. Los autores del pulp amaban la erudición histórica y era un placer para ellos, amén de suponer un admirable grado de compromiso ético con sus lectores, el documentarse con escrupulosidad. Los mejores, y entre ellos cuento a Lamb y Howard, consiguen un notable grado de verosimilitud histórica que encuentra su mayor reto en el uso como figuras protagonistas de personajes de la relevancia de Gengis Kan, Tamerlán o el califa loco Hakim, los cuales, en sus manos, poseen psicologías y comportamientos totalmente creíbles.

El primer autor de que me voy a ocupar es buen ejemplo. De hecho, grande ha sido mi sorpresa al descubrir que Harold Lamb (1892-1962) —a quien conocí en mis días de estudiante de Historia (medieval, precisamente) como autor de renombradas biografías de grandes personajes, de Gengis Khan a Tamerlán: en español, su Carlomagno todavía puede encontrarse, en Edhasa—, antes de historiador fue autor pulp. Lamb, de hecho, comenzó su carrera profesional en este ámbito, al que consagró los primeros veinte años de su vida adulta, hasta que su gran éxito en el campo de la biografía histórica y el propio declive de los magazines en que publicaba acabó alejándolo del campo de la ficción.

Los tres paladines, edición de BarsoomIgnoro si en España se había publicado antes algo del Lamb novelista. Los tres paladines y otras historias es un libro muy típico de esta entusiasta y muy modesta —de hecho, creo que fuera de Madrid sus libros son casi inencontrables, al menos en librerías convencionales— editorial madrileña, Barsoom: edición material muy sencilla, traducciones mejorables (en caso de tener tiempo o dinero para un corrector: laísmos, repeticiones, cambio de traducciones en los nombres propios…), conocimiento de causa, propósito formativo (por medio de sus excelentes introducciones) y un evidente y contagioso cariño por el material editado.

Cuatro son los cuentos que incluye, todos ellos relacionados por su ambientación en tierras mongolas, espacio por el que Lamb sentía verdadera debilidad. Los cuatro desprenden la misma excelencia ambiental que denota al hombre que sabe bien lo que describe, el ritmo narrativo, el atractivo de los personajes secundarios (los fornidos guerreros protagonistas, en cambio, son intercambiables) y el sabroso alarde de erudición que no se convierte en un fin en sí mismo. También, por desgracia, el embarullamiento del desarrollo argumental, muy propio del pulp, que parece hacer realidad la leyenda de que los autores de narrativa «popular» redactaban de un tirón y sin revisar las más de las veces lo que escribían antes de mandarlo a la revista.

El primero, El gran Cham, toma como centro argumental el enfrentamiento entre el sultán otomano Bayaceto (que arrasó a la flor de la caballería cristiana, reunida en Cruzada contra él, en la batalla de Nicópolis, en 1396) y Tamerlán, conquistador de origen turco que se proclamó descendiente directo de Gengis Khan, quien derrotó al primero en la batalla de Angora (1402), salvando así, sin propónerselo, a Europa del ataque otomano que de todos modos tendría lugar varias décadas después. Ahora bien, y como eminente ejemplo de su sabrosa brillantez erudita, Lamb propone también una particular versión de la embajada que el rey castellano Enrique III envió nada menos que a Tamerlán con el objeto de trabar una alianza común contra los turcos, capitaneada por el caballero Ruy González de Clavijo. La Embajada a Tamorlán que éste escribió a su regreso es una de las joyas de los libros de viajes medievales, poco conocida fuera de España (e incluso dentro de ella).

El relato es de 1921, y en él Lamb directamente convierte a Clavijo en un charlatán que alardea de unos viajes que nunca ha hecho —históricamente, no hay confirmación de que fuera Clavijo el verdadero autor del libro, pero eso sí, no hay duda de que el viaje narrado es real—, pero que acabará haciendo, por cuenta de Venecia, y que dará pie a la aventura. El protagonista, por supuesto, no es él sino el clásico aventurero de pocas palabras y hábil con la espada, el bretón Michael Bearn, éste sí un avezado conocedor del Oriente, quien jura odio eterno al sultán Bayaceto después de ser torturado atrozmente por él y de contemplar los horrores de Nicópolis. Si convincente es el relato de refinada crueldad con que Lamb dibuja al otomano, aún mejor es el de Timur-i-Lang, o Timur el Cojo, o sea, Tamerlán, tan cruel como su rival pero mucho más templado y maquiavélico (de ahí lo oportuno que sea el detalle de que sea un avezado jugador de ajedrez).

Portada de Adventure con El guardián de la puerta, de Howard LambLos dos siguientes relatos están protagonizados por el mismo personaje, el joven inglés Nial O’Gordon, al que sitúa asimismo en el mundo de las estepas de Asia Central. El primero, La Horda Dorada (1933) vuelve a centrarse en las luchas entre musulmanes y mongoles en la capital situada en el Volga, Sarai, del reino mongol que da título al relato. El segundo, El Guardián de la Puerta (1936), se hace eco de uno de los argumentos más propios del género (Howard le dedicó varios relatos), cual es la ubicación en una inexpugnable ciudad perdida entre las montañas (en este caso, en el llamado Techo del Mundo, las altas cordilleras que constituyen el nudo montuoso de Asia Central, en plena Ruta de la Seda). Lo mejor de ambos, para mí, es el modo en que Lamb contraviene las expectativas del lector acerca de los personajes femeninos que se cruzan en el camino del protagonista (y se enamoran de él, claro): en ninguno de los casos éste obtiene el clásico premio de «descanso del guerrero» tras el éxito de la aventura, sino que las pierde a ambas, por distintas razones. En el segundo relato, en concreto, esto da pie a un bello y melancólico final, inesperado en el género.

El último relato, Los tres paladines, defendido por los editores como el mejor del volumen (y el más largo), me parece sin embargo el más irregular, sobre todo porque la discreta estructuración que manifiestan los anteriores aquí ya fastidia, al dispersar buena parte de su interés dramático. Lo que cuenta este relato es nada menos que el ascenso al dominio sobre los mongoles del joven Temujin y su conversión en Gengis Khan: así pues, Lamb encara desde la ficción, en 1923, al hombre al que muy poco después dedicaría una famosa biografía (publicada en 1927). De hecho, los tres paladines del título son otros tantos de los compañeros que ayudarían a aquél en su campaña por la dominación de toda Asia: sus dos famosos generales Jebe (aquí Chepe Noyon) y Subotai, y el yeh-lü Ch’u-ts’ai, el principal consejero de Gengis en la administración civil de los territorios conquistados (sabido es que el mongol no fue un mero saqueador de las estepas sino también el constructor de un eficiente imperio que, nacido a sangre y fuego, sin embargo trajo la paz al continente durante al menos un siglo, permitiendo una fluidez sin precedentes en las comunicaciones entre sus extremos, que entre otras cosas permitió el famoso viaje de Marco Polo a la corte de su nieto, Kubilai Khan). El tercero de los paladines es, en realidad, el personaje bajo cuyo punto de vista se cuenta la historia, en su condición de hombre sin patria, bárbaro sinizado que debe escapar de la intrigante corte de Pekín para acabar convertido en simbólico hermano de sangre de Gengis.

La mayor curiosidad del relato es la aparición como personaje secundario del mítico Preste Juan, el protagonista de una de las más famosas leyendas medievales: un rey-sacerdote cristiano cuyo feracísimo país estaba al otro lado del dominio musulmán y con el que los soberanos europeos soñaron con contactar para coger al Islam entre dos frentes. Lamb, una vez más, hace uso de la erudición: su Preste Juan combina el de la leyenda original con el que recreó Marco Polo en su famoso libro. Esto es, y de acuerdo con aquella, el anciano y aquí ciego rey a cuyo castillo llega el protagonista del relato es el último descendiente de uno de los tres reyes magos que rindieron homenaje a Cristo. Marco Polo lo funde con el personaje real del Wang Khan, uno de los primeros aliados de Gengis, jefe de los keraítas, uno de los pueblos de las estepas cuya particularidad es que se había convertido en masa al nestorianismo, una de las herejías del cristianismo primitivo: esta condición cristiana es lo que permitió al joven veneciano la refundición. En fin, como villano del relato figura Jamuka, otro inicial hermano de sangre del joven Temujin, con quien en la realidad histórica también acabó enfrentándose. ¿Traspasaría Lamb material del relato a la biografía, o al revés? Sería curioso saberlo.

El Preste Juan en un mapa medieval

Hablar de Robert E. Howard ya es utilizar palabras mayores. La editorial española La Biblioteca del Laberinto, con su alma máter y principal traductor, Francisco Arellano, al frente del empeño, se ha propuesto editar sus «obras completas» (lo cual, con este autor, supone una labor ingente) y lleva varios años entresacando todo tipo de joyas que revelan que, desde luego, el talento que revelan sus famosos relatos de Conan no se agota únicamente en el cimerio. El señor de Samarcanda y otros relatos históricos es un buen ejemplo de sus magníficas ediciones, en mi opinión superiores a las de Barsoom: traducciones mucho mejores, un magnífico aparato ilustrativo (en este caso, se recurre nada menos que a Gustave Doré y sus grabados sobre las Cruzadas), amén del encanto que desprende su evocación de las antiguas ediciones de Molino y otras casas especializadas en literatura popular entre los años 30 y 60, y que tiene su mejor carta de presentación en las estupendas portadas.

Howard tuvo como uno de sus maestros del relato de aventuras precisamente a Lamb, empezando por el protagonismo clásico del guerrero que es todo fuerza e instinto. No extraña, sin embargo, que parezca que es Howard quien inventó este prototipo, del cual Conan es su personaje culminante. En cualquier caso, y para no extender lo que ya señalé en el principio de este ya largo comentario, añadiré únicamente que una de las claves del fascinante atractivo de los cuentos y de los personajes de Howard se encuentra en que no son lo que parecen bajo una mirada superficial, o sea, una vulgar ostentación de la masculinidad bruta. Por el contrario, y como indiqué una vez en un artículo sobre Conan, el escritor supo proponer con sus guerreros una visión que resulta a la vez ingenuamente celebratoria y melancólicamente crepuscular de la virilidad en estado puro. Que este prodigio intelectual lo hiciera con increíble facilidad un escritor tan alejado del intelectualismo como Robert E. Howard supone todo un gozo.

Grabado de Gustave Doré, historia de las CruzadasEl libro reúne seis relatos. El primero, Delenda est, en rigor no se relaciona con los otros, pues se sitúa en el siglo V: su protagonista es nada menos que el caudillo vándalo Genserico en su travesía del año 455 que lo condujo desde Cartago, capital de su conquistado reino en África, a la toma y saqueo de Roma. Cuento sencillo y de lo más agradable, ofrece un ingenioso deus ex machina tan delirante como divertido: el vándalo desenmascara una conspiración a bordo gracias a la ayuda que le presta el fantasma de otro enemigo de Roma originario de la tierra de donde él parte en su expedición, esto es, el cartaginés Aníbal, de quien en cierta manera, pues, se convierte en su vengador.

El segundo y también muy estimable, Tras las huellas de Bohemundo, ya nos conduce al mundo de las Cruzadas y en concreto a la primera, narra una aventura nocturna que lleva a su protagonista a desenmascarar otra conspiración, esta vez de los bizantinos contra los caballeros normandos. Un tercero, El camino de las espadas, no transcurre lejos del anterior, pues su escenario es en Asia Menor, si bien escapa del marco medieval, al transcurrir en 1595. Es un relato discreto, vulgarmente acumulativo (esta vez sí), cuyas peripecias (intrigas políticas y sentimentales, venganzas tremendas y saqueos sangrientos) poco interesan pero que, inesperadamente, concluye con una apoteosis final de fatalismo que resulta de lo más lograda, y cuyo punto culminante es el reconocimiento de los dos implacables rivales que se han hostigado todo el relato, justo cuando uno acaba con el otro, como antiguos amigos de su infancia al otro lado del continente, en la mismísima Inglaterra.

Los otros tres relatos son sendas obras maestras, donde brillan de modo notable el uso por parte del autor de los reconocibles personajes históricos, la perspicacia a la hora de comprender las mentalidades guerreras de antaño y la perfecta disposición narrativa de los argumentos, aspecto este último que demuestra que en la comparación con su maestro Lamb, el texano gana por goleada.

Mapa del imperio timúrida, en 1405Valdría solo El señor de Samarcanda para remarcar esto, pues este relato es una variante de El gran Cham: otra historia de venganza por parte de un guerrero europeo que se alía con Tamerlán para dar buena cuenta de Bayaceto. Ahora bien, si ya el tono épico basta para que se lea de un tirón, lo que lo hace imborrable es su componente reflexivo. El señor de Samarcanda es ante todo una descripción de la mentalidad de los hombres que hacen del combate una vida. Para el escocés Donald McDeesa, pasan las batallas de Nicópolis y Angora, pasa la vida de Bayaceto, pasan las campañas timúridas, y de pronto, en su parte final, Howard acaba revelando, de modo inesperado que para un guerrero tan indomable e invencible como él, los verdaderos enemigos no son sino el tiempo y la imposibilidad del descanso.

Al compás de la existencia del escocés protagonista, Howard también hace envejecer a Tamerlán. El final del relato es espléndido, dotado otra vez de una insuperable melancolía fatalista: incapaces de superar el componente violento de sus vidas, que impide a Timur descansar de sus conquistas aun cuando la edad haya restado vigor y mente despierta a sus condiciones de guerrero, los dos personajes mueren juntos porque dos seres como ellos no pueden hacerlo de otro modo, el turco a manos del europeo, y sin embargo, aquél todavía tiene tiempo de ordenar que tan poco honroso destino sea silenciado, en beneficio de la leyenda. Muchos años después, en El hombre que mató a Liberty Valance, el gran John Ford ya dejaría bien claro que, en los espacios donde la civilización se ha construido a golpes de violencia, «cuando la leyenda se convierte en hecho, se imprime la leyenda».

En Halcones sobre Egipto, Howard posa su mirada ahora sobre un personaje histórico tan enigmático como interesante, Hakim, el famoso califa loco fatimí que desapareció de modo misterioso en el año 1021, desaparición que dio origen a la famosa secta de los drusos del Líbano, que sigue existiendo en nuestros días. Howard, precisamente, inventa una causa para esta desaparición, haciendo que se deba a la muerte como consecuencia de una intriga palaciega en la que se mezclan la lujuria y los celos de varias favoritas, las rivalidades provocadas por las diversas razas que medran a la sombra del califa y los desvelos de Diego de Guzmán, un caballero hispano llegado a El Cairo para abortar los planes de este califa de llevar la yihad hasta la mismísima península Ibérica y acabar para siempre con los sueños de Reconquista de los cristianos (!!)

Otra de las historias orientales de Howard, Espadas rojas de CatayUn argumento, como se deduce de su recensión, completamente delirante, que sin embargo Howard narra con una convicción tan plena que el lector acaba aceptando cuanto le proponen sus líneas ,y además el personaje de Guzmán está bien caracterizado, siguiendo el clásico patrón howardiano del guerrero casi sobrehumano. En especial, resulta memorable la ambientación de El Cairo como una ciudad cosmopolita en la que cada sombra esconde un peligro y donde la supervivencia requiere de una astucia, una inteligencia o un valor sin límites. En fin, se trata de un cuento espléndido, cuyo crescendo de violencia nihilista es sobrecogedor y en el que, además, destaca sobremanera el fetichismo sado-erótico relacionado con sus personajes femeninos, por cierto otro de los fuertes de Howard.

Aunque no puedo decir que sea el mejor relato del volumen, siempre sentiré un cariño especial por el que lo cierra, El camino de Azrael y eso por el bellísimo uso que hace de una figura histórica tal vez no muy relevante pero que por ello se presta muy bien a la casi sobrenatural aparición que hace. El cuento está ambientado en tierra de cruzados. Sus protagonistas son un guerrero turco chagatai y un caballero cristiano unidos por una deuda de sangre —el cristiano salvó la vida del musulmán en la masacre que siguió a la toma de Jerusalén por las tropas de Godofredo de Bouillon—, por causa de la cual ahora el segundo ayuda al primero a escapar, junto a su amada, de la persecución implacable de un feroz caudillo persa que se ha fijado en la muchacha y está dispuesta a todo por obtenerla, incluso a poner en peligro sus muy justificadas aspiraciones a liderar al Islam con éxito contra los reinos cruzados.

El relato es magnífico por su ritmo y sentido aventurero durante todas las páginas dedicadas a narrar las aventuras de los dos guerreros en su huida por el desierto, justificando la reputación de Howard como descriptor de la épica en su sentido más fiero y salvaje. Pero lo que lo vuelve inolvidable es su genial giro argumental final. Prácticamente acorralados a orillas del golfo Pérsico, los protagonistas reciben el inesperado auxilio de una banda errante de vikingos cuyo ya anciano líder es el más inesperado personaje histórico que pudiera esperarse. Se trata nada menos que del rey sajón Harold Godwinson, el monarca que perdió Inglaterra a manos de los normandos dirigidos por Guillermo el Conquistador, y que murió en esa famosa batalla de Hastings donde se decidió el destino de la isla. ¿Murió? Según Howard, Harold fue rescatado medio moribundo de entre los caídos por un grupo de fieles sajones y escandinavos con los que lleva navegando medio siglo, convertido en una especie de Holandés Errante. Es difícil explicar el imborrable hálito fantastique que posee la aparición del rey que perdió un reino y que se ha convertido en un verdadero fantasma, o el aliento elegíaco que posee la batalla final de los vikingos contra los musulmanes, en el curso de la cual perecen casi todos sus combatientes.

Pero así son los mejores relatos de Robert E. Howard: en el corazón de la pura trepidación aventurera, en el seno de la apología de la virilidad más desembozada que pueda haber, ráfagas de insólito lirismo y chispazos de insospechada densidad detienen el pulso desbocado del lector y lo obligan a reflexionar sobre la esencia de la narración, sobre lo que se esconde en el corazón de la aventura más violenta. Es lo que diferencia al genio del artesano, por mucho que el texano fuera un artesano de la palabra en el más noble sentido del término.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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7 respuestas a El pulp de aventuras en el medievo oriental

  1. Renaissance dijo:

    Aparte de Conan, los relatos “históricos” de Howard son lo más interesante, por lo lejano de los escenarios. Es cierto que tenía un estilo un poco limitado y que casi todos sus secundarios tenían “rostro de halcón” (habría que plantearse en hacer algún juego de bebida; un chupito por cada vez que Robert utilice esa frase. Melopea a los dos relatos), pero por algún motivo…funciona, es fascinante y suscribo al cien por cien tus últimas palabras. Y todo mi respeto para el género pulp, al que a día de hoy se le va reconociendo su valía como artesanos del relato.
    Eso sí, lo que hizo Sprague de Camp reconvirtiendo relatos históricos a aventuras de Conan no tiene perdón de dios.

    • Y hablando de Sprague de Camp, todavía peor que la edición supuestamente canónica de Timun Mas de hace unos años, que iba a darnos al Howard auténtico, la cagara en sus dos primeros volúmenes, volviendo a los relatos “barnizados”. En fin, siento verdadera debilidad por Howard, y en el caso de los relatos históricos porque reúne dos de mis aficiones favoritas, la Aventura y la Historia, de modo estupendo.

  2. Alfredo dijo:

    Lion Sprague de Camp hizo algo peor que reescribir relatos de Howard. Fue el principal responsable de la degradación y ridiculización de los héroes howardianos. En los tomos que publicó de Conan, escritos tanto por REH como por otros, no dejó de repetir que el tejano era un desequilibrado que se suicidó por su complejo de Edipo (cosa de la que hay bastantes dudas) y que Conan era un mero bruto dedicado a romper cráneos y a fornicar con bellas mujeres. En suma, que aquellos relatos eran buenos para pasar un rato y querer ver algo más era absurdo.

    Por cierto, la editorial Renacimiento ha publicado una biografía de Alejandro Magno de Harold Lamb que aún se puede conseguir en el mercado.

    • Vaya, pues tengo en casa y pendiente de lectura la biografía que Sprague de Camp (en colaboración, eso sí) hizo sobre Howard y que publicó Dolmen hace unos años. No sé si me la recomiendas… En cualquier caso, la que tiene sobre Lovecraft me gusta bastante… aunque también es verdad que es la única fuente de conocimiento que tengo sobre este autor, y que no coincido con él en la valoración que tiene de muchos de sus relatos, para bien o para mal. Es una pena que Timun Mas desperdiciara el primer volumen de su edición “definitiva” con esos refritos y que luego no rectificara.

      Gracias por el aviso sobre Lamb. Sé que tiene otra sobre Gengis Khan, que lo mismo reedita Alianza cualquier día, y que me hubiera venido al pelo ahora que, de la mano de esos relatos pulp, estoy repasando mis lecturas sobre los mongoles.

  3. Alfredo dijo:

    La biografía “Dark Valley Destiny” es interesante porque expone una buena cantidad de datos de la vida de Robert E. Howard, así como del contexto histórico y geográfico en el que se desenvolvió. Quizá el mayor error del libro es querer hacer un análisis psicológico de alguien que llevaba cuarenta años muerto, por lo que tuvo que hacerlo mediante noticias y rumores.
    Te recomiendo complementar la lectura del libro de Sprague de Camp con la de “Conan. La imagen de un mito” de Manuel Barrero, que aunque no se trata de una biografía del tejano, discute algunas de las tesis tradicionales que hay sobre él (aparte de ser un buen estudio de la evolución de un icono de la cultura popular a lo largo de los años)

    Acerca del Solitario de Providence tienes una obra de lo más curiosa “H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida” del polémico Michel Houellebecq, que tampoco es una biografía al uso, sino más bien una cartografía de su universo creativo (aún se puede conseguir en la Casa del Libro).

  4. Alfredo dijo:

    Y ya para terminar de dar el peñazo con mis recomendaciones de libros. Sobre el tema de los mongoles, quizá pueda gustarte la biografía “Gengis Kan. El conquistador de Asia” escrita por Michael Prawdin, con un estilo que me recordó al de Lamb (mezcla de erudición y pulso narrativo). La editorial Juventud acaba de reeditarla aunque con otro título

    http://editorialjuventud.es/4185.html

    Un saludo cordial.

    • Muchas gracias por esas recomendaciones, Alfredo. El libro de Barrero lo compré en su día y es excelente, cierto: ya me arrepentí en su día de dejar escapar la monografía que le dedicó a otro autor “howardiano” como Barry Windsor Smith. La recomendación del libro de Prawdin me ha devuelto a mis días de universidad. ¡Ese libro fue precisamente mi acceso al mundo de Gengis Khan! Mi padre, entusiasta del tema y la persona que me inoculó el virus de la Historia, se lo compró y me lo pasó. Anoto el de Houellebecq sobre Lovecraft, que aquí en Málaga supongo que será fácil de encontrar.

      Es una pena que haya poca bibliografía sobre autores de literatura “popular”. Como Valdemar no publique algo, como la biografía de Lovecraft por Joshi (hace años que tengo muchas ganas de echarle un ojo), poco creo que vamos a tener…

      Un abrazo y gracias de nuevo.

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