El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos. Tolkien, descansa ya en paz

El Hobbit I      II      III

Poster de El hobbit. La batalla de los Cinco EjércitosEl error colosal que ha supuesto esta segunda trilogía tolkieniana es parecido al que ya cometieran otros cineastas antes que Peter Jackson. Es decir, se parte de un acierto previo que su autor intenta prorrogar buscando la repetición de lo ya hecho y que solo consigue abrir los ojos sobre los méritos reales de la anterior obra. El ejemplo más preclaro es el de George Lucas con su segunda trilogía Star Wars. Dicho de otro modo: con su insensato proyecto, Jackson solo ha conseguido trivializar los logros de su primera trilogía y hacer pensar que el interés indudable que ésta tiene no se debe a él… sino a Tolkien. Repito la misma idea que he difundido en mis comentarios sobre los previos capítulos. En la carrera del escritor, El hobbit es una obra de aprendizaje en la que el autor vuelca su cariño hacia los mitos medievales bajo la forma de un cuento para niños sin especial espesor dramático. El Señor de los Anillos es un gran libro de madurez, donde la materia que dio origen al primero ahora se baña del grandioso sentimiento al mismo tiempo ingenuo y crepuscular, fabuloso y cotidiano, lírico y épico, que prometía la historia inicial. Ahora bien, El hobbit, película, parte de una insoluble contradicción: querer convertir la novelita en otra explosión de «grandiosidad» dramática que suponga, al mismo tiempo, el precedente (argumental) y la consecuencia (cinematográfica) de la primera adaptación. El resultado es el lógico: incongruente, oportunista, aburrido.

Es incongruente por muchas razones. Un protagonista, el hobbit Bilbo, que conforma avanza la trilogía va perdiendo importancia, cuando es quien da nombre a la saga, y cuyo punto de vista tan pronto se mantiene como se abandona. Unos personajes (los que repiten) en teoría más jóvenes que, por mucho alisamiento digital de sus rostros que hayan recibido, son claramente mayores, y no hay sino que comprobar fotogramas de ambas trilogías: en el caso de Orlando Bloom, ni siquiera es necesario. Unas novedades argumentales que, o bien nada aportan a la historia (el amor interracial entre el enano Kili y la elfa Tauriel), o bien, pretendiendo convencernos de que están bien entrelazadas con cuanto luego sucederá en El Señor de los Anillos, solo restallan su condición de mero relleno (la inútil batallita de Gandalf, Saruman, Elrond y Galadriel contra el Nigromante). Un tono crepuscular que remeda sin más el de la trilogía previa y acaba pareciendo una mera fórmula.

Es oportunista porque no intenta realizar ninguna diferenciación (visual, argumental, dramática) con la obra previa, sino que al contrario busca remarcar todos sus vínculos, dejando bien claro que el propósito es antes crematístico que artístico: volver a reventar las taquillas sin que importe el sabor a hueca repetición que posee. Solo así tienen sentido las inserciones en la trama de personajes como Saruman, Galadriel o, sobre todo, Legolas. La intervención de los primeros, de eliminarse del montaje, nadie las hubiera echado en falta. La del segundo podía haberse encomendado a cualquier otro personaje y nadie lo habría notado. Jackson vuelve a tirar piedras contra su tejado: el recurso a ellos subraya la completa falta de carisma e interés de los personajes propios de esta historia, empezando por el mismo Bilbo Bolsón, pero también de los actores que los encarnan. Frente a Viggo Mortensen, Sean Astin, Sean Bean o John Rhys-Davies, nadie recordará a Richard Armitage (Thorin), Luke Evans (Bardo) o Lee Pace (Thranduil), y creo que tampoco a Martin Freeman, cuyo renombre es probable que se deba más a sus intervenciones televisivas (las series Sherlock y Fargo) que a su personaje aquí. La sombra de Ian Holm, en su caso, es más que alargada. Y queda claro que el mejor actor de El hobbit, de largo, es un Ian McKellen que tampoco da lo mejor de sí mismo, pues casi se percibe cierto hastío en su interpretación.

Martin Freeman, el hobbit menos carismáticoEs aburrido porque, hay que insistir, El hobbit es una novelita de trescientas y pico páginas dividida en tres capítulos de dos horas y media cada uno (cada uno con su correspondiente versión extendida: la gallina de los huevos de oro hay que exprimirla a fondo) para que parezca «igual» que El Señor de los Anillos, obra ésta sí formada en el original por tres volúmenes y más de mil páginas. Los guionistas se inventan algo que falta en Tolkien: un mega-enemigo que pueda competir en el recuerdo con Sauron (aunque no lo hace) como es el super-orco Azog el Profanador (lo recuerdo: en la novela solo se lo menciona y como referencia a un enemigo muerto). Temiendo que se eche en falta un elemento romántico, incluyen la historia entre el enano y la elfa (hasta la relación entre Aragorn y Arwen, cuya extensión en las películas no se corresponde con la de los libros, daba más juego). Hacen reaparecer a los personajes más poderosos por las razones mencionadas. Pero, sobre todo, estiran y estiran y estiran cada episodio del libro hasta llegar al despropósito decidido con la batalla de los Cinco Ejércitos.

Cincuenta páginas de El Hobbit restaban de historia cuando Peter Jackson, en la mesa de montaje, dio por terminado el metraje del segundo capítulo de su adaptación, que tituló La desolación de Smaug. En la última imagen, el dragón Smaug salía volando de su refugio en la Montaña Solitaria para marchar contra Esgaroth, la Ciudad del Lago, y el arranque del nuevo film, por tanto, narra su ataque y cómo Bardo el arquero, con la flecha que sabíamos destinada al monstruo, consigue abatirlo. En la narrativa clásica, a esto se le llama comenzar una historia in media res, o sea, a la mitad de las cosas. Y aquí supone un gravísimo error. Un año después de cerrar La desolación de Smaug cuesta mucho trabajo volver a entrar en un episodio en teoría tan intenso, cuya construcción argumental y dramática —el papel de Bardo, la presencia de algunos enanos en la ciudad, las intrigas del Gobernador— hay que recuperar en pocos minutos para que interese todo lo que se pretende… sin resultado alguno. Este prólogo acaba suponiendo un nuevo ejemplo de cómo los intereses económicos privan en Jackson sobre los artísticos. Su ciego propósito de hacer de la serialidad de los episodios un aliciente esencial para que el público del segundo reincida en el tercero aquí sólo proporciona un anticlímax: no se da tiempo para que ni Smaug ni Bardo vuelvan a interesarnos. La realidad es clara: esta batalla en los aires de la Ciudad del Lago tenía que haber sido el cierre de la película anterior, cuyo final también había quedado muy cojo.

Este latoso es Azog el Profanador

Otro episodio había quedado en el aire era el aprisionamiento de Gandalf por parte del Nigromante. También se resuelve en el inicio del film, y el mago es rescatado por el team formado por Saruman, Elrond y Galadriel. La supuesta gracia de esta batalla es que al final el Nigromante, expulsado quién sabe si a otra parte de la Tierra Madre, a otra dimensión o a dónde sea, es que acaba mostrando su identidad verdadera, por medio del famoso icono visual del Ojo de Sauron. Pero esto ya lo sabíamos de La desolación de Smaug, con lo cual el impacto es mínimo. En fin, lo más chusco es que, vía Ian McKellen, el mago gris y sus compañeros no parecen sino Magneto, el Profesor Xavier y los Hombres-X (hay un instante en que Galadriel parece sugerir que, obligada a extraer de sí la plenitud de su poder, encierra una doble oscura: vamos, como Fénix).

Tanto relleno para ir, después de un largo y estéril minutaje, al grano: por fin aparece el título de la película, y nos preparamos para la confrontación aludida en el mismo. Los guionistas del film, a partir de aquí, siguen de modo bastante fiel la narración de Tolkien en la novela, excluyendo las apariciones de Legolas y Tauriel, y la relevancia de Azog al frente del ejército de orcos (en la novela, de trasgos y lobos: el término orcos, que en realidad son los mismos trasgos, lo utilizó el autor sobre todo en El Señor de los Anillos). Solo que, como quedan dos horas de película, todos los hechos de armas, conversaciones, parlamentos, búsquedas o desplazamientos se alargan hasta la extenuación.

En buena medida, la culpa se encuentra en el empecinamiento en mantener para El hobbit cinematográfico ese tono crepuscular que era el gran atractivo de El Señor de los Anillos, tanto libro como película, pero que no existe en el original adaptado ahora. Creo que, sin necesidad de mantener la enorme ingenuidad del libro (que tampoco hubiera sido posible), podía haberse planteado un tono de aventura maravillosa en el que habrían tenido cabida también los rasgos sombríos sin necesidad de tenerlos todo el tiempo en primer plano. Se olvida que la clave de la historia de Tolkien está precisamente ahí: en el descubrimiento de un mundo de maravillas (peligrosas pero fascinantes) para un personaje sencillo y doméstico, el ser menos adecuado en teoría para marchar a enfrentarse con dragones, orcos y lobos gigantescos. O sea, el hobbit Bilbo Bolsón. Recuérdese la hermosa frase con que Gandalf, a las puertas de la Comarca, se despide de Bilbo: «Después de todo, no eres más que un hombre pequeño en un mundo enorme».

Thorin Escudo Roble, papel de Richard ArmitageEn El hobbit, libro, Thorin, el rey de los enanos, se deja tentar por la avaricia del oro largamente ansiado, y su negativa a compartir el tesoro con elfos y hombres provocaba el asedio de la Montaña Solitaria por parte de estos. La aparición de los trasgos y lobos resolvía el conflicto, puesto que los tres pueblos «civilizados» se aliaban contra el enemigo común para la batalla, en la cual, además, Thorin recibía heridas tan graves que (eso sí, después de recobrar su nobleza anterior) fallecía después de la misma. Los guionistas de la película deciden que era de gran interés dramático convertir esa tentación del libro en toda una caída en el lado oscuro, obligando al pobre Richard Armitage a incrementar el gesto hosco y a fingir ahora una locura tenebrosa a lo Anakin Skywalker (nueva filtración de sagas, por tanto), si bien, en el «momento de la verdad» recobrará la cordura justo a tiempo para liderar a su hueste e insuflar nuevo impulso en las filas de los campeones de la justicia cuando estos ya empezaban a ceder.

La prueba del fracaso de Peter Jackson estriba en el casi completo ridículo en que incurre cuando se centra en la locura tenebrosa de Thorin. En primer lugar, ya lo he dicho, por la falta de registros de Armitage, pero en segundo por la completa incompetencia del director para las escenas en que no se apoya en la acción o en la sugestión de los escenarios, en que no valen las majestuosas panorámicas o la cámara al ralentí. En que tiene que transmitir emociones interiores, vaya. La secuencia en que Thorin, solo en una enorme y vacía sala del interior de la Montaña —soledad, aislamiento, vacío en medio de la enormidad: sutil no es Jackson, precisamente— está a punto de dejarse caer en la locura definitiva pero acaba encontrando (se supone: en su interior) la fuerza para volver a ser el rey noble y enérgico de siempre, es posiblemente lo peor que haya rodado el director en las seis películas de la saga: ay de esas voces que repiten diálogos previos y que parecen arrojarse desde todas partes contra el pobre y atormentado Thorin…

En El Señor de los Anillos: El retorno del rey, Jackson conseguía que la batalla de los Campos del Pelennor, incluso en su dilatación (incluyendo los imprescindibles prolegómenos, imprescindibles para otorgarle su sabor), poseyera un magnífico sentido de la grandiosidad: en su curso, en efecto, conseguía transmitir la sensación de que en ese combate se decidía el destino de un mundo entero. El problema de querer impresionar más con la batalla de los Cinco Ejércitos es que, en primer lugar, provoca la contradicción de que una batalla de menor rango ostente un tratamiento más grandioso; y en segundo lugar, que solo lo consigue en cuanto a duración. Jackson se empeña en hacerlo todo en plan bigger than life. Los distintos rincones del combate se multiplican, así como las alternativas de la batalla —provocando infinitos clímax y anticlímax—, las luchas individuales paralelas, la inclusión de elementos de distensión (el intolerable personaje de Alfrid el Adulador y ese horrendo gag en que se disfraza de ancianita para rehuir la batalla y rellenar su pecho de monedas) y de emoción (la incertidumbre de Bardo acerca de la supervivencia de sus hijos) en medio del drama o la minuciosa dosificación de muertes de personajes importantes. Agota tanto como desinteresa.

Los enanos de Thorin prestos a defender la Montaña Solitaria

En particular, hay dos momentos que padecen una especial elefantiasis. Uno es el combate de Legolas contra Bolgo sobre una torre que se desmorona sobre el vacío: el salto final del elfo, tomando impulso sobre las piedras que caen (contraviniendo todas las leyes de la gravedad, claro), para abatir a su enemigo, constituye buena muestra de la vacuidad de la batalla: es espectacular, cierto, pero como lo es una enorme pompa de jabón que explota por hincharse demasiado. El segundo es el final que no acaba nunca del duelo personal entre Thorin y el cansino de Azog: cuando Jackson parece haber conseguido un buen momento (el enano consigue que el orco se hunda bajo el río helado y observa cómo su cuerpo se desliza, a sus pies, bajo la capa de hielo transparente), lo estropea haciendo que éste resucite de pronto y vuelva a la superficie.

Si la parte final de El Señor de los Anillos despertaba una lícita emoción, la conclusión de El hobbit carece de ella. La despedida de Bilbo y los enanos provoca la más completa indiferencia, como la de Gandalf y el hobbit a las puertas de la Comarca. Y no digamos el regreso del protagonista a su casa: el momento en que éste atraviesa su umbral, es decir, vuelve a la normalidad, debía haber comunicado el sentimiento de quien sabe que, para él, ya será imposible toda pretensión de volver a ser el tipo normal que era antes. ¿Qué hace Peter Jackson para dar a la escena el relieve emocional que no consiguen ni sus encuadres ni la labor de Martin Freeman? Hacer que en la banda sonora, al contemplar Bilbo su anillo mágico, aparezca el ominoso tema central de El Señor de los Anillos.

En fin, ojalá Peter Jackson y los señores de Hollywood dejen descansar ya a J. R. R. Tolkien y sus criaturas para siempre jamás. Su acercamiento al autor sin duda supuso en su momento no solo una inyección en su interés sino un avance en la demostración de que el cine es capaz de dar forma visual a cualquier historia que hasta ese momento se considerase inadaptable en imagen «real». Con sus defectos e irregularidades, es evidente que El Señor de los Anillos supo reproducir el aroma dramático y la fuerza épica del original, lo cual hace lastimoso que esos méritos los haya enterrado el mismo Jackson en El hobbit. No tiene más sentido intentar seguir explotando las fuentes —queda el fascinante conjunto de narraciones que el hijo del autor, Christopher, organizó en El Silmarillion— y ni siquiera bajo la argucia de ceder la realización a otras manos (reservándose, eso sí, la producción, o sea, la posibilidad de seguir llenando las arcas) sería aceptable que Jackson siguiera creyendo que J. R. R. Tolkien le pertenece.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos / The Hobbit: The Battle of the Five Armies. Año: 2014.

Dirección: Peter Jackson. Guión: Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson y Guillermo del Toro; novela de J.R.R. Tolkien. Fotografía: Andrew Lesnie. Música: Howard Shore. Reparto: Ian Mckellen (Gandalf), Martin Freeman (Bilbo Bolsón), Richard Armitage (Thorin Escudo de Roble), Orlando Bloom (Legolas), Evangeline Lilly (Tauriel), Luke Evans (Bardo), Benedict Cumberbatch (Smaug / Nigromante). Dur.: 144 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos. Tolkien, descansa ya en paz

  1. Renaissance dijo:

    Las trilogías hoy parecen una especie de plaga: toooda película taquillera debe ir debidamente serializada, sin ser poder una producción única. Después, cualquiera que sea su extensión, debe justificar un mínimo de dos horas y algo. Pensemos en la primera entrega de Harry Potter, un librito de doscientas cincuenta páginas que se convierte en un despliegue de medios técnicos y audiovisuales durante dos horas y media. Todo para que la trama principal se resuelva en un período muy breve.
    A Tolkien, sospecho que en el cine le va a pasar igual que en el papel: van a sacar de él todo lo que puedan, desde encontrar manuscritos hasta triplicar el Hobbit. La primera me sorprendió para bien, aún con toda su duración, me resultó entretenida. La segunda se me hizo demasiado larga (aunque Luke Evans me gustó en el papel y reconozco tener debilidad por Smaug) y esta…en unos meses descubriré si han seguido el mismo camino o si me resulta algo más dinámica. También es cierto que desde el sofá este tipo de películas se aprecian de una forma distinta que desde una butaca de cine.

    • Bueno, en los últimos tiempos se están inventando otro cargante recurso para estirar como sea la taquilla de una “franquicia”: el último capítulo de la serie de libros en que se basa se divide en dos, y así, se supone, salimos ganando todos (Harry Potter o Los juegos del hambre).

      A mí, en el recuerdo, la segunda es la película de Hobbit que menos me aburre, y en buena medida es por Smaug. En esta tercera, el problema es que sale solo diez minutos y luego es como si nunca hubiera aparecido. Y sí, lo del sofá es oportuno porque uno acaba creyendo que estas pelis serializadas se conciben como series de tv, para verlas una detrás de otra en casa y con amigos. Solo así se comprende la estupidez de dejar la lucha con el dragón para este film.

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