Lawrence de Arabia: sueños de arena y gloria

Cartel español de Lawrence de ArabiaTuvo que ser David Lean, tras demostrar a los productores su capacidad para el espectáculo con pretensiones en El puente sobre el río Kwai (1957), quien terminara materializando un viejo proyecto del cine británico: llevar a la gran pantalla la vida de uno de los más controvertidos personajes patrios del siglo. Thomas Edward Lawrence, galés, nacido en 1888 y muerto en accidente de moto en 1935 (en circunstancias para muchos sospechosas), es una figura que ha escapado de las páginas de los libros de historia —en los que todavía figura, de modo quizá más secundario de lo que él pensó, en un pequeño párrafo de las crónicas de la Gran Guerra— para pasar a las de la cultura o el mito popular. Lo hizo, primero, labrándose una leyenda personal en los días de la primera guerra mundial basada, en buena medida, en un aspecto exterior chocante (su clásico atavío blanco de beduino, de hombre del desierto, que lució incluso en los salones de París a donde acudió para representar, a la vez, los intereses británicos y árabes en las negociaciones de los tratados de paz) y una imagen «mítica» que él ayudó en buena medida a construir y que escapaba de los márgenes habituales de las historias de heroísmo de los soldados en guerra. Pero también por un clásico de la literatura biográfica del siglo XX, las particulares memorias en las que cuenta sus gestas durante la revuelta árabe contra los turcos, Los siete pilares de la sabiduría (1924) y por la propia película de David Lean (1962). Y es que, para bien y para mal, la cultura popular siempre asociará a Lawrence de Arabia con los ojos azules de Peter O’Toole.

El objeto central de este artículo, aviso, va a ser ante todo la excelente película de Lean: en sí, lo que he leído sobre el personaje real —lo pongo en cursiva con toda intención— no ha conseguido atraerme demasiado, y mucho menos la lectura de su famosa obra, que me ha supuesto una rotunda decepción. En primer lugar, encuentro que Lawrence, personaje de película, tiene un componente de ficción novelesca que le falta al personaje del libro, demasiado contenido para la imagen turbulenta que se da tanto en el film como en las referencias biográficas que pueden encontrarse sobre su persona. Las expectativas con las que abrí el libro, es decir, la idea de encontrarme con una confesión, más o menos abierta, más o menos desnuda, con las que prolongar, aclarar o, por el contrario, enturbiar aún más (la cursiva en esta ocasión tiene un matiz positivo, tanto intelectual como moral) la impresión que crea Lawrence de la gran pantalla… se vienen abajo casi desde las primeras páginas.

El auténtico T. E. LawrenceCerca de mil páginas tiene la edición de bolsillo que obra en mi poder: en su momento, la escasa acogida que tuvo la primera edición llevó al autor, tan solo tres años después, a realizar por sí mismo un compendio mucho más reducido en páginas que, bajo el título de Rebelión en el desierto, fue ahora sí un gran éxito. No he leído ésta, pero en cualquier caso la «versión extendida» de Los siete pilares de la sabiduría es un monumento a la prolijidad más innecesaria. Esta crónica minuciosa de los 18 meses que duró la Rebelión Árabe contra los turcos de la que él fue pieza imprescindible (o así nos lo cuenta) se toma todo el tiempo del mundo para describir una y otra vez la vida y los paisajes del desierto (aviso: es un libro que necesita una edición bien anotada, con listado explicativo de nombres, índice onomástico y buen acompañamiento cartográfico). Pues bien, aunque no me gustan las comparaciones entre medios narrativos diferentes, David Lean y su director de fotografía Freddie Young superan con mucho la capacidad de Lawrence para transmitir la idea de que ese espacio es el más sugestivo del mundo, y no lo digo por el tópico sobado de que «una imagen vale más que mil palabras»: es cuestión de tener capacidad evocativa y de hacer respirar un espacio.

El resultado del film es apasionante. Lawrence de Arabia, aun asumiendo las irregularidades inevitables en un film tan mastodóntico y de duración tan larga (que se va más allá de las tres horas y media), es una película espléndida en todos los aspectos, comenzando por su formidable sugestión visual y concluyendo con el magnífico retrato que consigue ofrecer de su personaje. Si la primera «superproducción trascendente» de Lean, la mencionada El puente sobre el río Kwai, es todavía un film muy discutible, las otras cuatro que asociamos al nombre de este director —la presente más Doctor Zhivago (1965), La hija de Ryan (1970, y tal vez su obra maestra), más la ya muy posterior Pasaje a la India (1984)— justifican plenamente el enorme prestigio que ha poseído siempre en el mundo del cine, por encima de pequeñas oscilaciones críticas, que han hecho que unas películas de su filmografía fueran en determinado enormemente valoradas y luego reducidas a términos más modestos, verbigracia el título que impuso su nombre fuera de su país, Breve encuentro (1945).

Lawrence de Arabia se inicia con un prólogo situado en 1935 y que narra la muerte del hombre cuya historia va a ser narrada a continuación. Su presentación es significativa: el individuo que se sube a la motocicleta es observado mediante un encuadre en picado, casi cenital, como si la luz divina estuviera muy pendiente de lo que ese hombre todavía no sabe que son sus últimos momentos. No es exageración (ni blasfemia), pues vamos a asistir a la historia de un hombre con un profundo complejo mesiánico, que se acabará creyendo distinto a todos (si bien, en el fondo, y como también se dejará entrever, con miedo a ser tan ordinario como cualquiera). Después de ese magnífico plano de las gafas que quedan colgando de una rama, se pasa al funeral en la catedral de San Pablo, a cuya conclusión un periodista trata de recabar impresiones a modo de titulares sobre el hombre que ha muerto, lo cual supone una buena forma de advertir las opiniones encontradas sobre él. De hecho, el personaje encarnado por Arthur Kennedy (luego sabremos que es el reportero que ayudó a difundir su leyenda en el mundo entero), declara que «era un poeta, un erudito y un valiente guerrero…», añadiendo para sus acompañantes, cuando el otro se ha ido, «… y el mayor exhibicionista que he conocido nunca». Es una forma sencilla, por tanto, de crear un breve dibujo, caracterizado por su diversidad, sobre el hombre que a partir de ahora será el protagonista absoluto del relato.

Los ojos azules de Peter O'Toole 2Antes de nada, por tanto, debe hablarse de ese actor que obtenía, y de qué modo, su primer papel estelar. ¿Quién no ha caído víctima de esa ambigua y fascinante fotogenia que aporta Peter O’Toole contemplando la inmensidad del desierto, como si fuera un espejismo más surgido de la arena? No hay duda de que el joven irlandés convence plenamente de esa sed interior que devora a su personaje, y que mana de demasiados manantiales interiores no bien colmados (y que nunca podrán serlo). Cierto que su tendencia a la sobreactuación se controla mejor durante su primera mitad (justo es decirlo, donde el dibujo del personaje está más conseguido) y luego está a punto de incurrir en un exceso de tics. Pero la convicción que transmite es notable: de entrada, el actor acierta al combinar cierto aire decadente, casi wildeano —como de hombre que ha experimentado demasiado y que se desliza por la vida con indolencia—, con la inocencia propia del niño que abre los ojos con intensidad para mejor captar las maravillas que la vida le va descubriendo momento a momento. Al avanzar la película, ambos registros van siendo sustituidos, poco a poco, por un aire torturado, conforme el personaje va descubriendo lo que descubren tarde o temprano todos los niños, que no son invulnerables, y la atmósfera de cansancio existencial va impregnando todos sus gestos. En cualquier caso, es de admirar también el modo en que O’Toole sostiene perfectamente la performance de intérpretes mucho más avezados que él, como Anthony Quinn, Arthur Kennedy o Alec Guinness, éste último uno de los nombres más prestigiosos del cine de su país, y cuya diversidad de registros podía haberlo acomplejado. Nada de eso sucede, y de hecho las pocas escenas que ambos hombres comparten son una delicia por el estupendo duelo entre iguales que denotan.

Son muchas las caras que presentó el Lawrence real, y que la película se esfuerza en integrar. El verdadero Lawrence era homosexual, cuestión que la película alude/elude de modo bastante sutil —en el libro, en cambio, y sin referirse a sí mismo, el autor es muy franco con las prácticas homosexuales de los árabes: por ejemplo, del jerife Ali (en la película, Omar Sharif), de quien parece ser que fue amante en la llamada vida real. El verdadero Lawrence fue acusado por muchos coetáneos de masoquismo, y en su primera aparición en pantalla, más allá del prólogo, exhibe su habilidad para sujetar impertérrito una cerilla con la mano y apagar la llama con el dedo; cuando otro lo intenta imitar y acaba aullando de dolor, él le responderá a su mirada perpleja: «La clave está en que no te importe que te duela». (Ese masoquismo llega a presentar una faceta más oscura, al devenir también en atracción por practicar la violencia: cuando confiesa ante el general Allenby que disfrutó lo que pareció ser un momento de intenso dolor, cuando tuvo que ejecutar al hombre al que previamente había salvado la vida en el desierto.)

Peter O'Toole y Anthony Quinn, Lawrence y Auda, el falso y el auténtico hombre del desiertoEl verdadero Lawrence fue un hombre que buscó su propia estrella, lo cual lo convirtió en el perfecto ejemplo de desarraigado: ni inglés ni árabe, y quizá los demás no lo vieron como un epítome de lo mejor de ambos mundos, sino que consideraron con desagrado la parte que contaminaba a la que compartía con ellos. En la película, esa estrella lo convierte en un ingenuo que prefiere no ver que ni los ingleses desean dar la independencia prometida a los árabes, ni los árabes son capaces de dejar atrás sus divisiones tribales para formar un país unido. En este sentido, destaca el contraste de Lawrence con el personaje que tan estupendamente encarna Anthony Quinn (con una notable prótesis nasal), Auda Abu Tayi, símbolo del pragmatismo del hombre del desierto que precisamente por la dureza de su vida valora antes que nada el aquí y el ahora, y por tanto, aunque es capaz de admirarlo, desconfía profundamente de seres tan angélicos como ese europeo que viste a lo beduino y quiere creerse así uno de ellos.

El motor dramático de Lawrence de Arabia es, como no podía ser de otro modo, la exposición de las contradicciones entre un individuo que posee un concepto mesiánico de sí mismo, y que en determinado momento llegará a creerse, prácticamente, un mesías, y el crudo choque con la realidad, que poco a poco irá imponiendo su yugo sobre su persona. Este proceso de construcción y destrucción está magníficamente plasmado a lo largo de la trayectoria personal que describe la película, y que se centra exclusivamente en los años de la guerra, desde el momento en que Lawrence recibe el encargo de entrar en contacto con el príncipe Feisal, precario líder de las tribus árabes, y el fracaso del intento de afirmar su gobierno independiente sobre el territorio arrancado a los turcos otomanos.

Se ha dicho, con razón, que ninguna película ha sabido retratar el desierto como la que nos ocupa. No sé si es verdad —no he visto todos los films con desierto que existen—, pero parece difícil que alguna otra pueda hacer otra cosa que igualarla. No es solo que la fotografía de Freddie Young sea maravillosa, sino que el tratamiento que hace David Lean de su trabajo es excepcional en términos dramáticos: el desierto llega a convertirse en una expresión del estado de ánimo de ese ser que se cree capaz de dominarlo (que, por momentos, incluso llega a hacerlo). Un espacio a ratos exultante, a ratos terrible, a ratos sucio y hostil (en la parte final, cuando el personaje empieza a sentir la degradación: recuérdese que cuando le preguntaron por qué le gustaba el desierto, había dicho: «es limpio»).

1083_RS2589_037903.tifDe entrada, su presentación posee un aire de ensoñación imborrable. En El Cairo, y recién confiada a él la misión, Lawrence enciende un fósforo y cuando parece que va a repetir el numerito masoquista, sopla sobre la llama, momento que el director utiliza para cortar a un inolvidable plano del desierto justo cuando el sol aparece tras el horizonte, como si el soplido, al estilo de un genio de la lámpara de las 1.001 noches, hubiera bastado para trasladar al protagonista allí donde tanto ansía estar. A continuación, suena por primera vez en su esplendor el inolvidable tema musical de Maurice Jarre, perfecta banda sonora de un sueño del desierto. El verdadero Lawrence ya conocía sobradamente ese escenario, que había recorrido antes y durante la guerra. Sin embargo, Lean acierta al presentar sus primeros pasos como un descubrimiento (para él y para el espectador que se identifica con su aventura): así, aprendemos con él a montar correctamente el camello, o a admirar la filosofía sencilla y práctica de los hombres del desierto. ¿Quién, en esos primeros momentos, no desearía unirse al personaje en su aventura?

Pero ese lugar no es un edén. Los árabes, le dicen ellos mismos, no lo aman porque saben bien que es terrible: lo que aman es el agua y los oasis. Para Lawrence, por tanto, es algo más que un espacio bello: es el lugar donde espera alcanzar la apoteosis que necesita su vida, que necesita sobre todo la imagen que posee de sí mismo. El desierto, además, es un lugar habitado por seres que los ingleses contemplan como niños grandes —y tal vez lo sean: el retrato de Auda Abu Tayi se ajusta a esa descripción—, y en cualquier caso como seres de psicología particular, que Lawrence deberá aprender a saber juzgar.

El mejor ejemplo lo tendrá en el personaje que a continuación encontrará (en otro de los grandes momentos del film, aquél en que su figura va tomando forma desde el fondo del paisaje, como un espejismo que reverbera sobre el horizonte), el jerife Alí, cuyo primer acto es matar de un certero disparo a su primer guía, porque había bebido del manantial que le pertenece. Este acto de aparente barbarie escandaliza a Lawrence: todavía no ha aprendido a conocer a esos hombres a los que enseguida liderará (los hombres del desierto saben que deben hacerse respetar en todo momento), pues lo juzga desde el punto de vista del civilizado occidental. El personaje de Ali —magníficamente interpretado por Omar Sharif, en su debut en el cine internacional: el actor nunca estuvo mejor que en las dos películas que filmó para Lean, ésta y Doctor Zhivago— no tardará en convertirse en su amigo fiel y también en su espejo moral y voz de la conciencia, puesto que a medida que Lawrence va degradándose, dejándose arrastrar por la violencia y por el culto a sí mismo, él parece resplandecer cada vez más de lúcida humanidad, notable cuestión que resulta de lo más coherente pese a que esa primera vez en que se encuentran la impresión que reciben tanto el protagonista como el espectador es la contraria.

Famosa y estupenda imagen de Peter O'Toole y Omar Sharif

El contacto con los árabes termina por sellar el instinto mesiánico del personaje. Mesianismo que lo lleva a convertirse en el líder espiritual que necesita el muy dividido mundo tribal árabe y que le permite ganar el definitivo ascendiente con su éxito en un proyecto que parecía irrealizable: la conquista del puerto turco de Aqaba, en el mar Rojo, inexpugnable por mar pero vulnerable por tierra, para lo cual, sin embargo, debe llegarse a ella atravesando uno de los más terribles desiertos del mundo, el Nefud. El éxito en esa empresa, sin embargo, ya conlleva una primera apología de su invulnerabilidad, de su arrogante oposición al fatalista concepto árabe de destino: «Nada está escrito», proclama orgulloso cuando rescata de la muerte al árabe que se ha perdido en el trayecto, pese a que todos le indican que es una locura ir a por un hombre cuya suerte está marcada.

Ese primer cuestionamiento sucede de dos formas. Primero, cuando él mismo, para evitar un enfrentamiento, a las puertas de Aqaba, entras las dos tribus, los Harith y los Howeitat, con los que debe efectuar el ataque, se ve obligado a ejecutar al hombre perteneciente a los primeros que ha puesto en peligro la concordia al matar a uno de los segundos: ese árabe es el mismo al que rescató. Segundo, cuando en el viaje de regreso a El Cairo para dar noticia (vanidosa) de su victoria, cruzando ahora el desierto del Sinaí, asiste impotente a la muerte de uno de sus dos jóvenes criados, atrapado por las arenas movedizas. Una travesía que sus aliados le desaconsejaron. «Moisés lo hizo», replicó Lawrence, haciendo caso omiso de ellos. «Moisés era profeta; un amado de Dios», replica Auda Abu Tayi, siempre el más desarmante portavoz de la realidad para Lawrence.

Este doble episodio marca el punto de inflexión dramática del personaje: el inicio de su transformación, espléndidamente trazado, tanto a sus propios ojos como a los de los demás, en la escena de su llegada al club de oficiales de El Cairo, con sus ropas de beduino —sucias, si bien cuando se las dieron, como signo de aceptación tras el rescate del árabe en el Nefud, resplandecían de blancura— y con el muchacho, no menos sucio, al que se empeña en hacer pasar al lugar donde ningún árabe puede entrar. Lawrence actúa con decisión, con carácter, reaccionando con rabia cuando alguien intenta oponerse a su voluntad de que el muchacho pueda saciar su sed con una limonada. Pero una vez conseguido su objetivo, él mismo se siente incómodo y escrutado por demasiados ojos: en determinado momento, rodeado por todos los oficiales del club, cuando se cree a punto de sufrir una hostil reprobación, su sorpresa es que todos lo que hacen en estallar a felicitaciones, pero en cualquier caso no puede evitar la incomodidad que esa reacción le produce, apresurándose a salir de allí.

Aquí tiene lugar el final de la primera parte de la película, sin duda la más atractiva y equilibrada, por mucho que el resto del film todavía sea excelente, si bien no puede evitar incurrir, en determinados momentos, en la tentación de la dispersión.

Rebelión en el desiertoLa segunda mitad narra la guerra de guerrillas que Lawrence encabeza contra los turcos, atacando sobre todo sus convoyes ferroviarios y por tanto sus líneas de aprovisionamiento, con el objetivo de encauzar el ataque hacia Damasco. El curso argumental se centra, en especial, en dos elementos. Uno es la definitiva construcción del mito de Lawrence, en buena medida por la proyección que de él hace el periodista norteamericano Jackson Bentley (el ya mencionado Arthur Kennedy), y la zozobra que va sintiendo el hombre objeto de esa mitificación (que él, eso sí, acepta con notable exhibicionismo, como puede verse en su lucimiento mientras salta del techo de un vagón a otro después de una de sus hazañas: recordemos las palabras de Bentley en el funeral del principio) cuando descubre que no es tan invulnerable e infalible como creía. El segundo es el cúmulo de intrigas que impiden la culminación del sueño de Lawrence de dar a los árabes un país libre e independiente de las grandes potencias.

El primer elemento adolece de diversos defectos. Uno de ellos es la escasa fuerza que posee el personaje de Bentley, y no por el estupendo actor que lo encarna, sino porque diríase que aparece solo por su relevancia real en la historia de Lawrence y por necesidad argumental, pues no deja de ser tan sólo una cáscara vacía. Otro debe achacarse al mismo Lean y es el exceso de subordinación interior al divismo del personaje: como si el director perdiera el horizonte crítico y se dejara, en parte, atrapar por él, aunque al mismo tiempo sin dejar nunca de tener en cuenta su vulnerabilidad.

En cualquier caso, el desequilibrio resta fuerza a las consecuencias psicológicas que el personaje va a padecer después del importante episodio en que es humillado por el gobernador turco al que encarna José Ferrer, sometido a flagelación y tal vez violación por parte del sodomita bey. Este episodio, que el Lawrence real cuenta con detalle en su libro, cuentan sus biógrafos que fue un punto de inflexión en su vida, y de hecho él mismo había dejado escrito que, al sucederle, «la ciudadela de mi integridad se había perdido irrevocablemente». En el film, tal como se cuenta, él mismo es en buena medida responsable de la humillación al sobrevalorar su invulnerabilidad, esa suerte especial que él cree que lo protege de todo daño, arriesgándose de modo innecesario para examinar con sus propios ojos el pueblo que piensa atacar.

SIJA031 EC282En cuanto a su fracaso político y a la manipulación que de él se hizo, queda a juicio del espectador (o del estudioso de la figura del Lawrence real). En el film, la doblez de los ingleses resulta poco sutil; lo es, en grado sumo, el retrato de Feisal (bien ayudado por la genialidad de Alec Guinness), de quien se dibuja muy bien un maquiavelismo casi occidental. Por ejemplo, la respuesta que da al periodista Bentley cuando éste le dice de cómo, al contrario que sus enemigos turcos, que no respetan la convención de Ginebra, Lawrence sí trata con la caballerosidad debida a sus prisioneros: «En Lawrence, la merced es su pasión; en mí, es buena educación». Manipulado por los ingleses y por Feisal, obcecado por la confianza en su propia ingenuidad, desalentado por la incapacidad de los mismos árabes por remar juntos en la misma dirección (es ejemplar la demostración de tribalismo que refleja la sesión en el ayuntamiento de Damasco, tras su conquista), el cansado Lawrence decide, ahora ya sí de modo irrevocable, volver a su hogar en Inglaterra. El jeep que lo conduce se cruza con una compañía de árabes montados a camello a los que contempla con nostalgia; pero enseguida una motocicleta lo adelantará, como un presagio de su muerte…

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Lawrence de Arabia / Lawrence of Arabia. Año: 1962.

Dirección: David Lean. Guión: Robert Bolt y Michael Wilson. Fotografía: Freddie Young. Música: Maurice Jarre. Reparto: Peter O’Toole (Lawrence), Alec Guinness (Feisal), Anthony Quinn (Auda), Omar Sharif (Jerife Alí), Jack Hawkins (General Allenby). Dur.: 216 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Lawrence de Arabia: sueños de arena y gloria

  1. Regí dijo:

    Muy completo, ameno e interesante como todo lo que escribes. El libro no lo he leíso, pero la peli sí que la ha visto varias veces. Es de las buenas. Excelentes los actores, sobre todo O’Toole y Anthony Quinn. Lo que no se cuenta por ningún sitio es lo que sucedió después y las repercusiones que tuvo. En la peli queda clara la traición a los árabes. No recuerdo si se hace alusión al “reparto” entre franceses e ingleses. El desierto para Faisán, un tirano traidor a su pueblo como todos sus descendientes hasta ahora mismo. Los franceses se quedaron con Siria y el Líbano. Los ingleses con Iraq, Jordania y Palestina, que luego entregarían a los judíos. Esa fue la causa de que el pueblo árabe, harto del colonialismo franco-británico, se aliaran con Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Hay libros sobre los árabes del III Reich. Lo estoy leyendo para mi blog. Pues bien, hay fotos – te pongo una del mandamás árabe de Jerusalen con Hitler. En Europa oriental este señor dirigió a soldados musulmanes bosnios y albaneses a la batalla y participó en matanzas de judíos entre otros grupos humanos. Y la cosa llega hasta hoy. Los “occidentales” no aprenden, machacan a los árabes y luego se les rebotan. El “Mein Kampf” es uno de los libros con más predicamento entre los extremistas. Por algo será. Se me olvidaba. En las SS había todo un batalló árabe. Aquí tienes un enlaces con las fotos:

    http://search.yahoo.com/search?ei=utf-8&fr=tightropetb&type=10859&p=foto+hitler+jerusalem

    • En la película sí se menciona el Acuerdo Pykes-Sicot, mediante el cual el gobierno inglés, midiendo muy bien las palabras (o así creían), «contempla favorablemente la instauración en Palestina de un hogar nacional para los judíos». La película dibuja un Lawrence más ingenuo, pero el del libro menciona continuamente sus remordimientos por el doble juego a que se presta con sus amigos árabes. El destino de Feisal fue curioso: su familia perdió Arabia a manos de los saudíes, tribu wahabí (por tanto, integristas musulmanes) que hoy siguen teniendo las riendas del país en sus manos, como revela el nombre completo de la nación. Feisal fue coronado rey de Irak y su hermano Abdullah, de Jordania (sus descendientes siguen reinando allí, como sabes).

      Como siempre, gracias por tus palabras y tus enlaces. Un abrazo.

  2. Regí dijo:

    Si te apetece practicar inglés, aquí tienes una conversación entre Hitler y el líder árabe, el Gran Mufti de Jerusalem foto incluida.
    http://www.worldfuturefund.org/wffmaster/Reading/Total/hitler.mufti.htm

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