El Hombre de Hierro en el cine: recorrido por los tres Iron Man

El Hombre de Hierro en cineIron Man —qué lástima que la sonora y sencilla traducción del término, El Hombre de Hierro, fuera arrinconada primero por la editorial Planeta y luego por las películas— siempre me ha parecido un personaje tan interesante en la forma como anodino en el contenido, y no me parece casualidad que cuando ha sido llevado al cine, con todo lujo de medios, la impresión sea justamente la misma. Es decir, fuera de toda duda, su diseño gráfico es uno de los más atractivos de entre los personajes clásicos de Marvel: su diseño y, como revelarían enseguida sus progresivos cambios de imagen en las viñetas, sus posibilidades de reformularse continuamente (y además del modo más coherente: es lógico que un creador intente mejorar continuamente su propia creación), mediante la aparición de nuevas armaduras. Sin embargo, y al contrario que otras creaciones clásicas de Marvel, rara vez se consiguió crear un personaje (ni un trasfondo cotidiano, lo cual quiere decir también una galería de villanos) a la altura de su sugestiva apariencia y poderes. Tony Stark es uno de los alter egos más insípidos creados por Marvel. En su momento, además, muy tópico: un genio de la ciencia que al mismo tiempo es un irresistible millonario play-boy y dueño de una formidable fábrica de armas, en un momento en que era políticamente incorrecto serlo. Tal vez por ello, y aun cuando dentro de la colección Los Vengadores, en la que sólo era necesario lucir al personaje en su identidad heroica, siempre fue uno de sus pesos fuertes, en sus propias series, el Hombre de Hierro nunca dejó ninguna etapa de gloria, al menos hasta mediados de los años 90, que es cuando dejé de leer los tebeos de una editorial, Marvel, que a esas alturas sólo funcionaba por estrategias comerciales.

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Cuentos de Stanislaw Lem (II): el viajero estelar Ijon Tichy

Edición de EdhasaLa presentación del viajero estelar Ijon Tichy tiene lugar en el libro Diarios de las estrellas, publicado en 1957, y del cual sin duda Lem quedó muy satisfecho, pues catorce años después, en 1971, los amplió, de tal modo que hoy la obra se edita en dos volúmenes, recibiendo la primera el subtítulo de «Viajes» y la segunda el de «Viajes y memorias». El personaje, como es sabido, fue recuperado por Lem en tres novelas, Congreso de futurología (1971), Regreso a Entia (1982) y Paz en la tierra (1987), libro éste que es el último de ficción publicado por su autor y del que realicé una reseña hace varias semanas. Es una pena que apenas existan en español datos sobre el gran escritor polaco más allá de las generalidades que se pueden encontrar en Internet, pues sería interesante conocer los propósitos de Lem a la hora de organizar los relatos, más allá de lo que permite su lectura. ¿Fueron publicados previamente en revistas, se concibieron tal cual en las dos entregas que conocemos, los concibió el autor de acuerdo con un plan evolutivo? Se señala como fuente de inspiración de estos Diarios los relatos satíricos de un Voltaire o de un Jonathan Swift (éste, de hecho, es citado en el mencionado viaje vigésimo como un terrestre que en su Gulliver revela hechos proporcionados por los oficiales al servicio de Tichy). También, claro, se reconoce la impronta de otros grandes escritores de viajes a lugares maravillosos que encierran una mirada ácida sobre el hombre o la humanidad: un Cyrano de Bergerac o un Luciano de Samósata.

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Cuentos de Stanislaw Lem (I): Fábulas de robots y Ciberíada

Fábulas de robots, edición del Club Amigo de BrugueraLa longeva carrera del escritor polaco Stanislaw Lem —desde la segunda mitad de los años 40 hasta finales de los 80— permite una división en, al menos, tres tipos de obras: la novela, el ensayo y el relato breve. En el primer campo se encuentran sus títulos más afamados, comenzando por el emblemático Solaris (1961). En el segundo, menos conocido, se encuentran algunas de sus propuestas más brillantes, pero al mismo tiempo menos accesibles: ensayos o reseñas sobre libros inventados por el propio Lem, y que se encuadran en títulos como Vacío perfecto (1971), Magnitud imaginaria (1973) o Golem XIV (1981). Tanto en un caso como en el otro, la impresión que dan sobre su autor es de hallarnos ante un escritor de una densidad incomparable, muy amigo de jugar con las ideas, con los conceptos —en el caso de las falsas críticas, con el hándicap, además, de no ofrecer al lector el consuelo de la acción. Un autor que utiliza un género que para el que lo menosprecia parece inferior, o como mucho distendido, esto es, la ciencia-ficción, en su sentido más «duro», o sea, para reflexionar sobre los grandes problemas del hombre del presente. Quizá por ello las cifras de ventas de Lem nunca serán impresionantes (cualquier best-seller del género es fácil que iguale el conjunto de todas ellas en nuestro país), pero, por lo mismo, el gran escritor polaco ha sabido convocar un conjunto (más o menos amplio, y eso sí, repartido por muchos países) de incondicionales que devoran con fascinada admiración todo lo que de él se edita, encantados además de que su obra sea tan numerosa que siempre quedará algo por leer.

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El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald a Baz Luhrmann

El gran Gatsby 2013Acaba de ser estrenada, primero en el festival de Cannes y después ya en las pantallas de toda España, y con considerable polémica, la nueva adaptación de la gran novela de F. Scott Fitzgerald El gran Gatsby. Digo polémica porque la lectura apresurada que he hecho estos días en prensa e Internet, ciertamente, parece dividir el público de la película en dos tipos antagónicos: quienes han ido a ver la historia de Fitzgerald, y quienes han ido a ver una película de Luhrmann. ¿No era posible, acaso, disfrutar de ambas cosas a la vez? Tomo partido antes de iniciar un comentario sobre las claves de esta película, precisamente desde el punto de vista de la adaptación. Yo soy de los que se han acercado al cine atraídos por la posibilidad de volver a recrearme con las claves dramáticas de una novela que siempre me ha parecido muy especial; pero, al mismo tiempo, tenía muy claro que en ningún caso se iba a producir un regreso, a secas, a Fitzgerald, sino que la «personalidad» de Luhrmann, sin duda, iba a mediatizar considerablemente mi acceso a aquél. Señalo, de entrada, que no he podido terminar nunca las otras dos películas famosas del director, Romeo + Julieta (1996) y Moulin Rouge (2001); ya ni lo intenté con la última, Australia (2008). Aun así, estaba dispuesto a asistir al previsible carrusel visual del director, tanta era la curiosidad que suelen producirme las adaptaciones de las obras que me gustan. Y la sorpresa es que, cierto, El gran Gatsby es, no podía no serlo, una película que ofrece el mareante aparato de excesos esperable de su director, pero, al mismo tiempo, un film que no traiciona a Fitzgerald y que, a su modo, se esfuerza en traducir a imágenes (desatadísimas, incluso francamente horteras) la impronta dramática de la novela.

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Dos viajes en cine al centro de la Tierra, desde Hollywood y… España

La versión de Heny LevinEs una lástima, pero el cine, en general, ha prescindido del poderoso aliento mítico y de los componentes más sombríos de la literatura de Verne para utilizar ésta como mera excusa para facturar eso que se llama «cine para toda la familia». Cuidado: es indiscutible que una parte fundamental de las novelas de Verne tiene ese componente, tan propio de la aventura doméstica, y por tanto, familiar. No en vano fueron concebidas para formar jóvenes: lo que sucede es que no es sólo eso. En cualquier caso, no hay remedio. Verne, en cine, siempre ha servido para tranquilas fantasías aventureras, más o menos convencionales según la época. Vayamos a las dos mejores adaptaciones que ha conocido la magnífica novela a la que recientemente he dedicado un comentario. Dos adaptaciones que, hay que aclararlo rápido, ni de lejos están a la altura del original, pero que sí proponen dos buenas fábulas aventureras. Por supuesto, completamente traidoras a la letra y al espíritu de Verne, pero francamente disfrutables en sí mismas: lo que siempre se ha llamado un entretenimiento. Una filmada en Hollywood con todos los medios del mundo, en 1959; otra, inauditamente rodada en España con más entusiasmo que posibilidades, a rato, eso sí, con verdadero ingenio, y por ello, pese a que en rigor es peor película, casi resulta más atractiva la hispana que la norteamericana.

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Clint Eastwood, el humanista: Poder absoluto, Million Dollar Baby y Gran Torino

Clint EastwoodHubo un tiempo en que la imagen de Clint Eastwood —y en buena medida, con razón— se asociaba casi únicamente a un tipo de cine caracterizado por la violencia, la exaltación de la virilidad, el conservadurismo ideológico y el narcisismo personal, rasgos que nunca han cotizado muy bien en la Bolsa de la crítica, y que llevaron a menospreciar la carrera como realizador (y en gran parte, también como actor) de Harry el Sucio. El cambio de valoración se produjo casi por pertinacia de Eastwood: en torno a él, el cine de Hollywood fue cambiando, y de pronto, casi sin saber cómo, fue convirtiéndose en el último clásico. Y sus películas también empezaron a recibir buenas críticas: la primera en ser bien acogida fue la magnífica El jinete pálido (1986), pero su consagración vendría de la mano de Sin perdón (1992), a partir de la cual, además, el director encadenaría una continuidad en la dirección de películas notables que acabó por convertirlo en uno de los cineastas más valorados del cambio de siglo. Y lo que es más curioso: ese actor/director machista, violentista, pagado de sí mismo, acabó dejando entrever algo más que ese universo masculino tan tenazmente defendido durante al menos las tres primeras décadas de su carrera.

Sus películas del cambio siglo han acabado revelando, quién lo iba decir ante Harry el Sucio (1971, Don Siegel) o Ruta suicida (1978), a un humanista. Los tres títulos que voy a destacar en este comentario son buena prueba de ello: Poder absoluto (1998), Million Dollar Baby (2004) y Gran Torino (2008), que además son en mi opinión las mejores películas salidas en todo este periodo de sus manos (junto a Mystic River, de 2003, pero la destructora desolación de esta última obliga a mirarla bajo otros parámetros). Estos tres films constatan la entidad personal de un hombre que, tras haber estado asociado (con plena conciencia y estímulo) a un tipo de cine, a una visión del mundo, pródigos en violencia, en el umbral de la vejez advierte cómo otro tipo de preocupaciones concitan antes su atención. Un humanismo, eso sí, muy particular, como no podía ser de otro modo, y que no puede evitar teñirse de un fuerte pesimismo (nunca derrotismo, como apunta muy bien Carlos Aguilar en el excelente estudio publicado en Cátedra), como remarca la honda melancolía que cubre las dos últimas películas, y que se sellan en dos finales tan tristes como inolvidables.

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Pantera Negra en los años 70: ¿espejo deforme o héroe inmaculado?

Fantastic Four 52, nace la Pantera Negra¿Habrá algún plan para llevar al cine al que en su momento fuera el primer superhéroe negro de los tebeos norteamericanos? Stan Lee y Jack Kirby crearon a Pantera Negra en el número 52 (julio de 1966) de la colección Fantastic Four, extendiendo esta primera aparición hasta el número siguiente. En esos dos tebeos, el tándem creador de la mayor parte de los mitos marvelitas estableció las características centrales del personaje y de su entorno. T’Challa es rey de un perdido (y escondido) enclave africano llamado Wakanda, un reino que mezcla de modo desconcertante los tópicos habituales de los escenarios indígenas del continente negro con el entorno más moderno y tecnológico. La explicación se halla en que en Wakanda existe un mineral único en la Tierra, el vibranium, proveniente de un meteorito caído sobre su seno y que conforma una enorme y misteriosa montaña que lo domina. El dinero procedente de las (limitadas) ventas del vibranium ha permitido a los gobernantes del reino crear tal paraíso tecnológico en medio de la jungla, cuya familia reinante, además, y para proteger ese mineral del mal uso creó desde tiempos ancestrales el llamado Culto de la Pantera, cuya jefatura se pasan de padres a hijos, de tal modo que el soberano reinante es al mismo tiempo el mejor guerrero del reino. De ahí que el magnífico uniforme de Pantera Negra no fuera meramente un típico traje de superhéroe enmascarado para encubrir una personalidad, sino la ropa ceremonial del líder del Culto.

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Dos fábulas berlanguianas: Novio a la vista y Los jueves, milagro

Luis G. BerlangaAunque de esa década data uno de sus títulos emblemáticos, Bienvenido, mister Marshall (1952), en general me parece que las películas que el cineasta valenciano rodó en los años 50 suelen ser valoradas con demasiada condescendencia, cuando no directamente menosprecio. No sé por qué, pero siempre se intenta convencernos de que fue a partir del encuentro —en 1961, con Plácido— de Berlanga con el guionista (para mí, sobrevaloradísimo) Rafael Azcona, las películas de aquél adquirieron ya su completa identidad. Es decir, Berlanga pasó a ser ya el director con una actitud social que denuncia la hipocresía humana por medio de un regusto por el sainete más negro, expresado sobre todo por medio del relato coral y del gusto estilístico por el plano-secuencia. A falta de revisar El verdugo (1963), de la que guardo un recuerdo muy borroso, yo creo que, en realidad, sus mejores películas las había realizado antes de que Azcona apareciera en su horizonte. Son precisamente esas cinco películas previas: Esa pareja feliz (1951, co-dirigida con Juan Antonio Bardem), Bienvenido, mister Marshall, Calabuch (1955), y los que me parecen los dos mejores trabajos de toda su carrera, sobre los que voy a hablar ahora: Novio a la vista (1953) y Los jueves, milagro (1957).

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Ivanhoe, el más noble caballero del mundo, en la Metro Goldwyn Mayer

IvanhoeEn 1952, la MGM inició un pequeño ciclo de películas de aventuras caballerescas, rodadas en Inglaterra bajo producción de Pandro S. Berman, cuya principal carta de presentación fue el protagonismo de un ya otoñal Robert Taylor siempre en el papel de paladín de causas nobles. Dos adaptaron al venerable Walter Scott: Ivanhoe (1952) y Las aventuras de Quintín Durward (1955); la tercera recurría a la leyenda artúrica: Los caballeros del rey Arturo (1953). Eran días en los que el estudio del león apostaba por la aventura en Technicolor (en ese formato que hoy llamamos «cine para toda la familia»), con Taylor y Stewart Granger como grandes estrellas, y Richard Thorpe como director de la mayor parte de los films. Los tres unirían nombres solamente en una producción, la película de aventuras marinas Todos los hermanos eran valientes (1953), donde los dos actores además interpretaban papeles antagónicos, dando pie a un sugerente duelo estelar. Y hay que recordar, eso sí, que las obras maestras del género en tal formato bajo la égida de la Metro no fueron ninguna de las antecitadas, sino las estupendas y románticas El prisionero de Zenda (1952), dirigida también por Thorpe, y Scaramouche (1952), ídem por George Sidney, las dos no con Taylor al frente del reparto sino con Granger, más dinámico, más divertido, más hábil con la espada y más ambiguo también. Si hablamos de aventura, Technicolor, Metro y Stewart Granger tenemos que concluir con la maravillosa Los contrabandistas de Moonfleet (1955), una película que, sin embargo, muchos no incluimos en el ciclo porque en su día no fue estrenada en nuestro país y, por ello, no fue doblada, como las otras, en los inolvidables estudios de la Metro de Barcelona, bajo la dirección del gran José María Ovies (la voz de Groucho Marx, por ejemplo), con el mismo reparto de voces siempre.

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La Atlántida en medio del Sahara, según Pierre Benoit

La Atlántida, versión muda de Jacques  FeyderLa Atlántida no se hundió en el mar, según reza la interpretación clásica a partir del Critias de Platón, sino que alrededor de la isla erigida por Neptuno, con sus círculos concéntricos de islas, murallas y canales, emergió la tierra: es así que la Atlántida se localiza en el macizo del Ahaggar, en medio del Sahara, rodeada por océanos de arena, y allí reina todavía una descendiente de la dinastía atlante, la reina Antinea (nombre cuya etimología significa: «la nueva atlante»).

Ésta es la fabulosa premisa a partir de la cual se construye una magnífica novela, La Atlántida (1919), tan popular durante muchas décadas del siglo XX como hoy casi olvidada. Tanto como su autor, el francés Pierre Benoit (1886-1962), quien fuera uno de los escritores más leídos de su momento, sobre todo en el periodo de entreguerras. A su eclipse contribuyó la acusación de colaboracionismo durante la ocupación nazi del país, que le hizo pasar seis meses en la cárcel en el año 1946, y ver la inclusión de su obra en las listas negras en la inmediata posguerra. Entre las obras conocidas más de su producción figuran novelas muy famosas en su día como Koenigsmark (1918), La castellana del Líbano (1924), pero la más popular de todas ellas siempre fue la segunda que publicó: La Atlántida. Fe de esa popularidad la da el hecho de que entre los años 20 y 60 fuera llevada al cine hasta en cuatro ocasiones (1921, 1932, 1948 y 1961), además en distintos países (Francia, Alemania, Estados Unidos e Italia), siendo las dos primeras, dirigidas por Jacques Feyder y G.W. Pabst, respectivamente, dos películas soberbias.

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Robin y Marian o los héroes cansados de la Alegre Inglaterra

Robin and MarianSurgido en plena Edad Media en baladas y leyendas que contaron ya la historia del ladrón de ricos en beneficio de pobres, seguramente ha habido pocos personajes más amados por la imaginación popular que el de Robin Hood. Importan poco las bases más o menos reales (difusas, en cualquier caso) de donde surgió. Importa mucho la tenacidad con que su imaginería —ética, mítica, visual— ha arraigado en los hombres desde hace muchos siglos. Recuérdese que el venerable Walter Scott, inventor él casi solo de la novela histórica, ya lo convirtió en uno de los personajes centrales de su inolvidable Ivanhoe. Pero, sin duda, es el cine y no la literatura el medio en el que el personaje reina desde hace ya más de un siglo. Cada generación ha tenido su propio Robin Hood. Los espectadores del cine mudo lo tuvieron en el acrobático actor Douglas Fairbanks. Los del Hollywood clásico —que muchos compartimos, gracias a las innumerables sesiones televisivas de nuestra niñez— en el sonriente Errol Flynn. Los más jóvenes, en Kevin Costner o Russell Crowe.

Y este registro supone sólo la punta del iceberg. Ha habido Robin Hoods épicos, realistas, fantásticos, «históricos», románticos, guasones: normalmente, uno mismo encarnaba varios de estos matices a la vez. Pero sólo uno crepuscular: es decir, un Robin Hood maduro, rodeado de camaradas y enemigos no menos maduros, azotado por la decadencia física, por los achaques de la edad, con el rostro lleno de orgullosas arrugas, los cabellos ya escasos y la barba canosa. Un Robin Hood, sin embargo, capaz todavía de enarbolar el arco en defensa del débil, de congregar de nuevo a los desamparados en el acogedor bosque de Sherwood, de plantar cara al sheriff de Nottingham y al mezquino Juan sin Tierra. De amar a una Lady Marian tan madura como él, pero más lúcida aún que él, capaz de advertir que los héroes como Robin ya son un anacronismo sobre una Inglaterra ya poco mítica, capaz, pese a todo, de seguir sacrificándose por amor. Son la pareja de amantes del que, sin duda, no es el mejor film sobre el personaje de la historia, pero quizá sí el más emotivo: los protagonistas de Robin y Marian (1976), dirigida por Richard Lester.

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Paz en la tierra, fábulas de robots según Stanislaw Lem

Paz en la tierra, de S. Lem, edición de CátedraTengo al polaco Stanislaw Lem (1921-2006) por uno de los más grandes escritores que ha dado la literatura, en general, de todo el siglo XX. Sin embargo, su nombre es conocido, ante todo, por los aficionados al género al que pertenece la mayor parte de su obra literaria, la ciencia-ficción. Y aun así, con reservas, puesto que Lem —fuera del ámbito «natural» en que se desarrolló la mayor parte de su carrera, la Europa de la división en dos bloques, y en concreto en la Europa comunista— no ha sido nunca un autor excesivamente leído, aunque sí dueño de un prestigio imbatible. La formación científica del escritor se encuentra en la base de sus novelas, que ingresa en esa variante del género conocida como ciencia-ficción «dura», es decir, que hace honor literal al término que la clasifica, y al que pertenecen otras glorias como Isaac Asimov o Larry Niven. La ciencia y su posible devenir, las aplicaciones de la misma al ámbito de lo cotidiano, redefiniendo este concepto, la relatividad del concepto de lo humano al intentar entrar en contacto con lo que escapa a ese ámbito, la imposibilidad última de toda comunicación con lo otro, son elementos imprescindibles en todas y cada una de sus fábulas. Lem, eso sí, situó sus historias en escenarios del futuro pero, como los buenos autores del género, para mejor proyectar sus reflexiones sobre el ser humano del presente. Y qué mejor forma que otorgar un aspecto cotidiano, nada maravilloso, a esa ciencia creada/recreada, huyendo de cualquier fascinación por la tecnología diferente.

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Semilla de maldad. Cómo dar clase en la jungla de pizarras

The Blackboard JungleA mediados de los 50, Hollywood se hizo eco de una nueva cuestión social que estaba teniendo lugar en las grandes ciudades norteamericanas: el problema de los adolescentes en los barrios populares, la aparición de la violencia juvenil, un hecho hoy cotidiano en el así llamado mundo del bienestar pero que entonces era relativamente nuevo. Las dos películas más reseñables de esta corriente son, sin duda, Rebelde sin causa (1955, Nicholas Ray) y esta Semilla de maldad (rebautizo hispano del mucho más atractivo título original: «La selva de pizarras») que dirigió Richard Brooks en el mismo año. Ambas presentan una misma característica: son dos películas que manifiestan una honda y genuina preocupación social, que poseen una fuerte carga humanista y que no buscan saciar el morbo fácil del público ávido de sensacionalismo sobre adolescentes conflictivos. Pero su diagnóstico resulta claramente insuficiente.

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Enemigo a las puertas: duelo de totalitarismos en Stalingrado

Enemigo a las puertasProbablemente, es difícil encontrar una sorpresa mayor en la historia política del siglo XX que la que supuso el anuncio, en el mes de agosto de 1939, del Pacto de No Agresión Germano-soviético. De la noche a la mañana, las dos ideologías antagónicas por excelencia del mundo de entreguerras, el fascismo y el comunismo, cuya propaganda se construía, en buena medida, sobre la demonización mutua, forjaban una alianza. Los miembros de los partidos comunistas occidentales (que, ya se sabe, debían obediencia máxima al Partido Comunista de la Unión Soviética) vieron cómo su ingenuo idealismo se veía muy duramente puesto a prueba. Menos de un año después, por ejemplo, los comunistas franceses tuvieron que elegir, ante la invasión de sus «amigos» alemanes, entre ser traidores a su país o ser traidores al partido que era su vida. Ese pacto tan difícilmente vendible, además, escondía cláusulas secretas que aseguraban a Stalin el reparto de Polonia y la absorción de las pequeñas repúblicas bálticas: imperialismo puro y duro, vamos. A Stalin debió de parecerle una ganga… hasta que dos años después, en el verano de 1941, se vio completamente sorprendido por la traición de su nuevo amigo, que invadió el país y estuvo a punto de acabar con la utopía comunista. El símbolo de la resistencia soviética lo hemos estudiado en los libros de Historia: fue la batalla por el control de una ciudad hasta entonces desconocida, relevante por llevar un nombre en honor del máximo mandatario de la URSS: Stalingrado.

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Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos, dos fantasías distópicas de Jeunet y Caro

Portada del nº 1 de Métal HurlantLa imagen que, en general, posee el aficionado al cine (y la literatura) fantásticos, en cualquiera de sus variantes, incluidos el terror y la ciencia-ficción, es que Francia ha sido un país poco dado a su cultivo. Por supuesto, existen importantes excepciones, desde el inmortal personaje literario del Fantasma de la Ópera a espléndidas películas como La chute de la maison Usher (1927, Jean Epstein), una de las mejores adaptaciones cinematográficas de Poe, u Ojos sin rostro (1959, Georges Franju), no por olvidada menos influyente en su día en determinada variante del cine de terror. Sin embargo, es cierto que, de cara a eso que se llama «mítica», la cosecha francesa parece menos relevante que la de otros países, aunque quien escarbe se encontrará con muchas y sabrosas sorpresas. Y una de ellas es que del país galo, y en concreto desde el durante mucho tiempo menospreciado campo del cómic, surgió, en los años 70 y 80, la mayor influencia estética, visual y argumental del cine de ciencia-ficción del mainstream mundial. Un conjunto de autores (el más conocido, el famoso Moebius) cuyo eje fue la influyente revista Métal Hurlant, que empezó a publicarse en 1974, fueron quienes dieron pie visual a las más famosas películas seminales de la ciencia-ficción moderna, de La guerra de las galaxias (1977) a Alien, el octavo pasajero (1979), pasando por la fundamental Blade Runner (1982).

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