Cuentos de Stanislaw Lem (II): el viajero estelar Ijon Tichy

Edición de EdhasaLa presentación del viajero estelar Ijon Tichy tiene lugar en el libro Diarios de las estrellas, publicado en 1957, y del cual sin duda Lem quedó muy satisfecho, pues catorce años después, en 1971, los amplió, de tal modo que hoy la obra se edita en dos volúmenes, recibiendo la primera el subtítulo de «Viajes» y la segunda el de «Viajes y memorias». El personaje, como es sabido, fue recuperado por Lem en tres novelas, Congreso de futurología (1971), Regreso a Entia (1982) y Paz en la tierra (1987), libro éste que es el último de ficción publicado por su autor y del que realicé una reseña hace varias semanas. Es una pena que apenas existan en español datos sobre el gran escritor polaco más allá de las generalidades que se pueden encontrar en Internet, pues sería interesante conocer los propósitos de Lem a la hora de organizar los relatos, más allá de lo que permite su lectura. ¿Fueron publicados previamente en revistas, se concibieron tal cual en las dos entregas que conocemos, los concibió el autor de acuerdo con un plan evolutivo? Se señala como fuente de inspiración de estos Diarios los relatos satíricos de un Voltaire o de un Jonathan Swift (éste, de hecho, es citado en el mencionado viaje vigésimo como un terrestre que en su Gulliver revela hechos proporcionados por los oficiales al servicio de Tichy). También, claro, se reconoce la impronta de otros grandes escritores de viajes a lugares maravillosos que encierran una mirada ácida sobre el hombre o la humanidad: un Cyrano de Bergerac o un Luciano de Samósata.

¿Qué podemos decir de Tichy? En uno de sus viajes, el Vigésimo octavo, él mismo nos da una genealogía de su familia, que lo sitúa en la culminación de una estirpe harto singular: un «finalizador» de obras literarias (es decir, alguien que por encargo reescribe los finales de famosas muestras de la literatura universal), un fabricante de máquinas religiosas (un anatematizador, un excomulgador, etc.), un pirata espacial, el creador de la gastronáutica (o sea, de naves espaciales comestibles)… De Ijon, en concreto, nada sabremos salvo su consagración a los viajes en todos los cursos del espacio (y del tiempo: a este respecto, y gracias a la teoría de la relatividad de Einstein, su vida se ha extendido a lo largo de muchos más años de los usuales en quien nunca se haya movido de la Tierra).

Ijon Tichy es el clásico personaje hueco que tanto abunda en la historia de las ficciones. Aclaro rápidamente para quien crea que es un término denigratorio: por personaje hueco se entiende (al menos yo entiendo) aquél cuyo creador lo dota, de una vez y para siempre, de una serie de rasgos personales y psicológicos, incluso «históricos», que prácticamente no van a variar a lo largo de toda su vida de ficción. El propósito es que sirva como vehículo conductor de una acción, la que interesa a su creador, que hace precisa un ancla, tanto para autor como lector, a partir de la cual fluya la narración: es el caso, digamos, de personajes como los clásicos de la aventura (de Phileas Fogg y el capitán Nemo a Sandokán o de multitud de héroes del cómic, como Tintín, Superman o Astérix). El rasgo esencial, en el caso de Tichy, es una voraz curiosidad, un ansia de saber enciclopédico, que lo hace arrastrarse del uno al otro confín del universo y que le impide resistirse siquiera a abrir la puerta a cualquier entrometido que venga a contarle alguna historia curiosa y extraña.

Nada más comenzar las páginas de los Diarios, lo primero que llama la atención es que el primer cuento lleve por título Viaje séptimo, y los siete cuentos (ocho en total, por tanto) del primer libro que siguen a aquél llevan una numeración que tan pronto es correlativa como da un salto, y de hecho el último relato es el Viaje vigésimo. El propio Tichy se encargará de explicar la ausencia de los otros viajes afirmando que, al tratarse unas de expediciones en el espacio y otras en el tiempo, en realidad ni siquiera se puede hablar de una primera, ya que siempre cabe la posibilidad de retroceder hasta donde no hubo ninguna.

Dibujo de Daniel MroszEs algo más que una ingeniosa paradoja por parte de Lem: es una declaración de intenciones. Los viajes de Ijon Tichy son al mismo tiempo una parodia de la ciencia-ficción clásica y una sinfonía que rinde homenaje a muchos de sus temas clásicos, empezando por el de los viajes en el tiempo. No en vano, el relato que inaugura la serie (o sea, el octavo) ya es una brillante demostración de virtuosismo: un accidente en el espacio provoca que Tichy penetre en una zona de perturbaciones temporales que hace aparecer en la nave a nuevos Tichys por cada uno de los días que transcurren antes de poder arreglar la nave y escapar de allí.

No será el único relato en que haya más de un Ijon Tichy, pues el último del libro de 1957, otra obra maestra de la paradoja temporal, se inicia cuando el viajero estelar recibe la visita, en su propia biblioteca, de un yo procedente del siglo XXVIII que viene a ofrecerle, precisamente, un puesto al frente de un gigantesco proyecto de alteraciones temporales cuyo objeto es corregir los defectos de la creación cósmica y de la historia terrestre. En el primer aspecto, cada intervención del equipo liderado por Tichy provoca una catástrofe cósmica que, hilarantemente, lo que hace es dejar las cosas del espacio tal como las conocemos (o sea, un Marte árido, una Luna cuya superficie está acribillada por cráteres, un cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter… además de una serie de catástrofes que acaban con los dinosaurios sobre la Tierra o provocan las glaciaciones sobre su seno). En el segundo terreno, la chifla lemiana es todavía más divertida, puesto que los intentos de Tichy por organizar la historia de la humanidad se ven continuamente destrozados por la vanidosa incompetencia de sus subordinados, con el resultado histórico… que todos conocemos. Entre esos incompetentes hay unos tales Nardeau de Vince, Harry S. Tottles o P. Latton, a los que, como castigo, dejará aprisionados en determinadas épocas históricas: no cuesta trabajo imaginar cuáles a la vista de los nombrecitos de esos caballeros.

Sin embargo, y por memorable que es este Viaje Vigésimo, incluso mejor, en su condición de deslumbrante miniatura, es el número Dieciocho, que parte de una premisa parecida. Tichy se implica en un delirante proyecto para reformular la historia cósmica, sólo que en este caso el objetivo es mucho más ambicioso, pues se trata de reorientar nada menos que el Big Bang creando un formidable electrón primigenio en el que se rediseña, en especial, la potencialidad del futuro ser humano para hacerlo mejor (y ya puestos, vegetal). Por supuesto, los colaboradores de Tichy —cuyos nombres, en este caso, esconden la figura entrañable del Diablo: son nada menos que Ast A. Roth y Boels E. Bu— se encargarán de «destrozar» el encomiable proyecto. El electrón será lanzado hacia atrás, el Big Bang se producirá… y el resultado será el hombre tal como lo conocemos.

En el fondo, debajo de tan hilarantes historias (bañadas siempre en un intelectualismo que mueve a la sonrisa, pero no a la carcajada), a poco que uno se piense, esa sonrisa queda congelada. Pues los proyectos reformuladores de Tichy, está claro, esconden a un individuo que, bajo la reivindicación de las más nobles intenciones, posee un evidente deseo de parangonarse a Dios, y no es más tranquilizador el que no sea el único, pues las ciclópeas empresas temporales en que se ve implicado siempre son labor de equipo. Lem, por tanto, lanza sus dardos contra la manía del hombre por considerarse no un producto más de la naturaleza, sino el único con derechos a recomponerla, sea cual sea su resultado.

Edición norteamericana de S. LemEste primer tomo de los Diarios contiene también pequeñas obras maestras del más sarcástico humor. El Viaje octavo, por ejemplo, sirve para que Lem dé a los humanos su propia medicina (o sea, la de medirlo todo por los parámetros humanos). Cuando Ijon Tichy es comisionado por la Tierra ante la Asamblea Planetaria, o sea, una especie de ONU cósmica, se tropieza con los prejuicios del resto de pueblos que habitan el universo, para los cuales los terrestres no son sino un peligroso mundo periférico al que es mejor no hacer caso. Tichy llega arrastrando su visión antropomórfica —que da pie a un momento genial, cuando no advierte que lo que parece una máquina expendedora de bebidas, que encuentra a su llegada al espacio-puerto, no es sino el diplomático que debe apadrinarlos ante la Asamblea—, pero tan pronto pone el pie en la reunión comienza a recibir por todos lados acusaciones de las transgresiones de la Tierra a las convenciones de la civilización, empezando por la condición de carnívoros de sus habitantes o por tratarse de una raza asesina (su víctima, nada menos que el hombre de Neanderthal). Lástima que Lem acabe abandonándose al fácil recurso de que todo no era sino un sueño.

También es muy divertido el Viaje undécimo, en el que Lem es enviado a un planeta en el que se ha instalado el computador de a bordo de una nave espacial que se rebeló contra sus dueños humanos y ha creado una civilización robótica que preocupa porque la consigna principal es el odio a los viscosones, o sea, a los hombres. Tichy, una vez más enviado por sus congéneres, trata de infiltrarse en ese mundo incrustado en una armadura cibernética. Después de diversas aventuras, acabará descubriendo que todos los habitantes de ese mundo, como él, son humanos que, ignorantes de serlo, disimulan su condición bajo trajes de robot y que, para pasar mejor desapercibidos, no dudan en hostigar, torturar e incitar al odio contra cualquiera de su propia especie que tiene la mala suerte de caer allí.

La segunda entrega de los Diarios presenta algunas diferencias con respecto a la primera. En este segundo volumen la ligereza humorística del anterior cede el paso a una mayor densidad reflexiva. Aunque no se abandona la sátira, lo cierto es que Lem, casi anticipándose a esos ensayos sobre libros inexistentes que no iba a tardar en publicar, aprovecha las nuevas aventuras de Ijon Tichy para lanzar diversas reflexiones filosóficas y religiosas.

Stanislaw LemEn particular, el Viaje vigésimo primero, aprovechando la estancia de Tichy entre unos monjes robots que viven su entrega a la fe en obligado secreto, traza una historia de la religión desarrollada en el hipotético planeta donde transcurre la acción que, sin duda alguna, no es sino una crítica del fenómeno religioso en nuestro propio mundo. De hecho, las reflexiones son tan densas que el relato acaba siendo, seguramente, el de lectura más difícil de todo el ciclo. Para compensar, el siguiente viaje, el Vigésimo segundo, mucho más breve, contiene una de las más ácidas y sangrantes parodias que se han escrito nunca sobre uno de los componentes básicos de la religiosidad (y en concreto, claro, del cristianismo): el celo misionero. Todo ello mediante la historia de un apóstol que, en otro lejano planeta, tiene tanto éxito que sus habitantes, llevados del ejemplar propósito de no defraudar al santo varón que les ha revelado la «verdad», acaban matándolo, después de tremendas torturas, para que mediante esa palma del martirio que él les ha enseñado como la mayor fortuna del cristiano, alcance el puesto de honor que le corresponde en el cielo.

Este segundo volumen, además de seis nuevos viajes contiene un apartado titulado Memorias de Ijon Tichy, compuesto por unos relatos en los que esta vez el gran expedicionario no viaja, sino que las aventuras o los tipos singulares que prometen un nuevo y extraordinario conocimiento vienen hasta él.

El primero de ellos es un inolvidable relato filosófico acerca de un sabio, el profesor Corcorán —nombre que remite a una deliciosa novela de aventuras fabulosas, las Aventuras del capitán Corcorán, de Alfred Assollant, hoy más olvidada de lo que debiera—, que cuestiona la realidad del mundo, y por lo tanto la veracidad de cuanto nos transmiten nuestros sentidos. Así pues, crea unas conciencias artificiales (encerradas en unos cofres) a las que hace creer la existencia de un mundo cuyos parámetros ha creado él. El relato no sólo recoge/satiriza, de modo magnífico, los presupuestos de la escuela de filosofía empírica británica (sobre todo Berkeley y Hume), sino que aporta una nueva y estremecedora mirada sobre la muy humana ambición de ser Dios. Sus párrafos finales, en concreto, en los que Tichy habla con ecuánime y elegíaca comprensión del científico creador, constan entre lo más bello y humano ejecutado por Lem.

Mundos estelares para Ijon TichyEl segundo y el tercero ahondan en el carácter siniestro del primero: como en éste, Tichy se enfrenta a un nuevo genio responsable de algún tipo de terrible creación. El primero se presenta como un «inventor de alma», siendo, en realidad, el creador de un recipiente capaz de encerrar la esencia de la personalidad, y otorgando así la inmortalidad a su dueño… en un estado de perpetua ceguera, sordera e inmovilidad. El otro cuento presenta una atmósfera de cuento de hadas «oscuro» (una noche tormentosa que sorprende a Tichy sin refugio a la vista, una casa solitaria y de tejados muy inclinados cuyo dueño es un receloso enano jorobado) y supone otra vuelta de tuerca al mismo concepto de reformador de la obra de Dios o la naturaleza.

El cuarto es una irónica variante del tema de la máquina del tiempo. Otra vez un extravagante inventor se presenta ante Tichy pidiéndole su ayuda para desarrollar un proyecto, el señalado, y acto seguido parte hacia el futuro gracias a su invención. Sin embargo, señala Tichy, como seguirá viajando en la corriente del tiempo (y no fuera de ella, porque no existe un fuera a donde ir), en realidad lo que hace es acelerar su propia vida, condenándose a un envejecimiento acelerado.

El quinto relato se subdivide a su vez en tres cuentos, cada uno de ellos provisto, al contrario que los anteriores, de título. El que lleva el de Tragedia lavadoriana es, posiblemente, el más extravagante del autor. Comienza como una aparente sátira de la cultura occidental del consumismo al servicio del confort doméstico (sofisticadas lavadoras que van evolucionando hasta convertirse en seres cibernéticos independientes con múltiples programas accesorios, que hace que algunos se conviertan en gángsters y otros en galanes libidinosos). Prosigue como una parodia, muy kafkiana, sobre la forma como la ley puede/debe retorcerse ante la imparable aparición de nuevas situaciones a-legales. Y concluye con un nuevo ingreso en el conocido terreno lemiano de la parábola sobre la humanidad a partir de una fábula robótica: en concreto, sobre un hombre que se transforma en una gigantesca entidad pluri-robótica del tamaño de un planetoide. El final es impagable: en el congreso convocado para decidir si ese ente es humano o robot, a fin de decidir su estatus legal, la sala de reunión va siendo progresivamente desalojada a medida que se va comprobando cuántos de sus asistentes son artificiales… hasta que Tichy queda solo.

 

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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