Pantera Negra en los años 70: ¿espejo deforme o héroe inmaculado?

Fantastic Four 52, nace la Pantera Negra¿Habrá algún plan para llevar al cine al que en su momento fuera el primer superhéroe negro de los tebeos norteamericanos? Stan Lee y Jack Kirby crearon a Pantera Negra en el número 52 (julio de 1966) de la colección Fantastic Four, extendiendo esta primera aparición hasta el número siguiente. En esos dos tebeos, el tándem creador de la mayor parte de los mitos marvelitas estableció las características centrales del personaje y de su entorno. T’Challa es rey de un perdido (y escondido) enclave africano llamado Wakanda, un reino que mezcla de modo desconcertante los tópicos habituales de los escenarios indígenas del continente negro con el entorno más moderno y tecnológico. La explicación se halla en que en Wakanda existe un mineral único en la Tierra, el vibranium, proveniente de un meteorito caído sobre su seno y que conforma una enorme y misteriosa montaña que lo domina. El dinero procedente de las (limitadas) ventas del vibranium ha permitido a los gobernantes del reino crear tal paraíso tecnológico en medio de la jungla, cuya familia reinante, además, y para proteger ese mineral del mal uso creó desde tiempos ancestrales el llamado Culto de la Pantera, cuya jefatura se pasan de padres a hijos, de tal modo que el soberano reinante es al mismo tiempo el mejor guerrero del reino. De ahí que el magnífico uniforme de Pantera Negra no fuera meramente un típico traje de superhéroe enmascarado para encubrir una personalidad, sino la ropa ceremonial del líder del Culto.

Surgido durante el mágico frenesí creativo de los mejores años de Fantastic Four, Pantera Negra sin embargo no volvió a tener protagonismo, salvo circunstancial, en la serie que lo vio nacer. En cambio, se convirtió en uno de los miembros de Los Vengadores, aunque tampoco nunca alcanzó el rango que su atractivo merecía. Sin lugar a dudas, el personaje pasó a formar parte del bagaje de creaciones desaprovechadas de la compañía (anécdota: a los jerarcas marvelitas les desazonó mucho que el nombre de su héroe fuera escogido para denominar a aquel movimiento reivindicativo de los derechos civiles para los negros que todavía hoy asociamos a los atletas que ganaron varias medallas de oro en la olimpiada de México de 1969; de ahí que, durante un tiempo, cambiaran su nombre por el —estúpido— de Leopardo Negro).

Por fin, a mediados de los 70, alguien decidió darle una serie propia. O no tanto, pues sus aventuras fueron situadas en el seno de una colección previa titulada Jungle Action, nacida en 1972. A partir del número 5, Pantera Negra se convirtió en su único titular, y así fue hasta el último ejemplar de la serie, el número 24, de noviembre de 1976, siempre bajo periodicidad bimestral. Si bien ese mencionado número 5 reeditaba un cómic de la serie The Avengers, a partir del siguiente se empezaron a publicar episodios originales, escritos por el guionista Don McGregor, quien en poco tiempo consiguió levantar un conjunto de aventuras que, por fin, supieron extraer todo el potencial que encerraba el personaje y, en especial, su entorno de Wakanda.

Jungle Action 18, portada de Jack KirbyEl dibujante que acompañó a McGregor en casi todo el periplo fue Billy Graham, otro autor que ha trascendido en el tiempo tan poco como el guionista, pero con el que formó un tándem memorable, sobre todo hasta el número 18 (con entintado del siempre fiable Klaus Janson), elaborando una saga conocida como La furia de la pantera, que destaca por la magnífica reflexión que realiza sobre lo repulsivo, lo pútrido, mediante una aventura que pone a Pantera Negra al borde mismo de la destrucción (en todos los sentidos, del físico al psicólógico, pasando por su propia condición de monarca), enfrentado a una galería de personajes a cuál más grotesco.

En primer lugar, McGregor se olvidó de la trayectoria previa del personaje asociada a los Vengadores y a los 4 Fantásticos: por fin, algo que el aficionado llevaba esperando una década, el guión se centra exclusivamente en el personaje a partir de su entorno, ese atractivo Wakanda donde conviven las tradiciones africanas más ancestrales y la más avanzada tecnología. Nadie lo había aprovechado hasta ese momento, con lo que McGregor podía explorar y definir a sus anchas un territorio casi completamente virgen. En consecuencia, la acción no saldrá del reducto de Wakanda y su más inmediato hinterland (que revela una diversidad geográfica de lo más notable, eso sí: los hielos perennes y los valles perdidos donde aún sobreviven reliquias del Jurásico aparecen al lado del más esperable escenario de las junglas y las sabanas africanas).

Esta saga constituye uno de los episodios más singulares de una época ya de por sí singular en el seno de Marvel. Desde luego, no es una mera saga aventurera que relata sin más la lucha entre el héroe y su némesis de turno, más los sicarios que lo ayudan. Mucho antes de que con Frank Miller y su Daredevil los aficionados al cómic de superhéroes empezáramos a conocer el lado oscuro de los aventureros con disfraz ya McGregor propuso el primer descensus ad inferos de uno de ellos. La furia de la pantera narra algo más que el enfrentamiento entre un guerrero noble y otro oscuro. Es también una aguda reflexión sobre el Poder y la Autoridad. T’Challa se siente escandalizado porque Killmonger basa su pretensión al trono sencillamente en el Miedo, en la imposición mediante el Terror: es la ruptura del pacto primero sagrado (la tradición) y luego ganado en batalla (los méritos) entre un rey y sus súbditos.

Pero, en especial, es una mirada nada complaciente sobre un elemento tan consustancial al género superheroico sobre la asociación entre lo perfecto y lo noble, por un lado, y lo deforme y lo malvado, por otro. En principio, diríase que McGregor realiza la misma mirada maniquea de siempre: el héroe de físico inmaculado es el bueno y sus grotescos enemigos no pueden ser sino malvados, pues la deformidad exterior es reflejo de la interior. Pero, de un modo al mismo tiempo francamente brutal y ambiguamente sutil, director y guionista, al oponer al héroe semejante conjunto de grotescos engendros —que a ratos parecen anticipar el famoso concepto de la Nueva Carne popularizado en los años 80 por autores de terror como David Cronenberg o Clive Barker— no puede sino sentir que él también es una Rareza parangonable a aquellas a las que está combatiendo.

Porque, como ya decía más arriba, siendo fiel al principio de toda aventura catártica, T’Challa no sale indemne de su guerra contra Killmonger. Esa guerra, esa suicida entrega de su enemigo al Miedo y al Dolor, le obligan a replantearse lo falsamente inmaculada que es la ostentación del Poder, y más cuando éste oscila peligrosamente entre lo sagrado y lo moderno, entre el pasado y el futuro. Killmonger, indudablemente, es la última prueba iniciática que T’Challa ignoraba que tenía que superar para merecer definitivamente el Trono de la Pantera.

Una página de Billy Graham¿Y la resolución gráfica? Los primeros números son realizados por Rich Buckler (con su habitual impersonalidad) y por un fugaz Gil Kane. En el número 9 entra el dibujante asociado indisociablemente con la saga, Billy Graham, casualmente (¿o no?) de raza negra como su protagonista. Graham inicia su trabajo de modo de modo ostensiblemente dubitativo. No tiene un dominio de la representación anatómica y sus rostros tampoco están bien trabajados. Realmente, es el entintado del siempre fiable Klaus Janson el que salva la función durante bastantes páginas. Graham evoluciona con rapidez, enmascarando sus defectos y apoyándose en un saludable sentido del riesgo que sin duda McGregor supo estimular. No tarda en apoyarse en una atractiva planificación, muy cinematográfica (eran los años en que Paul Gulacy marcaba estilo desde las páginas de Shang Chi), jugando con el tamaño de las viñetas y con la cinética a que se presta un héroe de habilidades felinas. Pero sobre todo, lo que señala el triunfo de Graham es que pronto revela cuál es su gran virtud: el trabajo de atmósfera, algo muy útil precisamente ante una historia de aires terriblemente enrarecidos. Graham crea páginas de inolvidable suciedad, recreándose en el retrato de la galería de freaks, jugando siempre con la estilización, muchas veces al borde de la caricatura, pero sin caer en ella. Janson le ayuda sobremanera pero el dibujante demuestra su madurez cuando en los números culminantes de la saga se responsabiliza igualmente del entintado. Sus cuerpos entonces adquieren cierto eco de Frank Robbins, retorciéndose y alargándose imposiblemente, contrayéndose los rostros en arrogantes muecas de contorsionada expresividad.

Con el listón de calidad muy alto tras la finalización de la saga, McGregor podía dejar al personaje o intentar algo distinto. Optó por esta segunda alternativa, sacando a Pantera Negra de Wakanda (ya suficientemente explorada) y enviándolo a la América de los estados racistas del Sur. Es la saga conocida como La Pantera contra el Klan, que se desarrolló entre los números 19 y 24 (con excepción del 23, que reeditaba una aventura del personaje en las páginas de Daredevil) y que fue bruscamente cancelada sin que se cerrara el arco argumental.

Pantera Negra crucificado por el Klan, portada de John Romita¿Motivos? Puede argüirse la falta de ventas (esa es una de las razones de que el trabajo de McGregor no fuera más conocido), pero la razón final probablemente tenga que ver con las consabidas «presiones desde arriba». El cómic se había vuelto demasiado adulto, tocaba terrenos resbaladizos, y cuando esto ocurre en la industria del entretenimiento americano (cine, tebeo) tiene que ser bajo las reglas del paternalismo ideológico (ya se sabe: el sistema no es malo, sino que contiene a algunos tipos corruptos). Es imposible saber si McGregor pretendía ir al fondo de la cuestión del racismo: no se le dejó. Por otro lado, este ciclo es inferior al anterior. El dibujo baja bastante de calidad, e incluso Graham fue sustituido por su mismo antecesor, Buckler, antes del final. En todo caso, lo más llamativo de la aventura es la continua agresión que, en la América Profunda, va a sufrir T’Challa, culminación de lo cual será uno de los momentos cumbre del dibujo superheroico de todos los tiempos: Pantera Negra es atado a una cruz ardiente por los encapuchados del Klan.

Jack Kirby, el co-creador de la mayor parte de héroes clásicos de Marvel (del mismo Pantera, como hemos visto), había manifestado interés por su antiguo personaje en su regreso, ese mismo año, a su casa madre. Volvía en unas condiciones de independencia creativa como nunca antes había disfrutado en Marvel. Y aunque llevaba un año ocupándose de otro personaje creado por él, Captain America, incansable como siempre, su bulliciosa creatividad necesitaba más de una serie en la que explotar. Así, pidió ocuparse de Pantera y se le concedió.

Esta vez bajo cabecera propia, Black Panther, desde luego. Y empezando de cero: Kirby prescinde olímpicamente de la aventura en curso e incluso de toda la etapa de McGregor (yo diría, incluso, que hace como si fuesen las primeras aventuras del héroe desde su nacimiento, a cargo de él mismo, en las páginas de Fantastic Four). Como estaba haciendo al mismo tiempo con el Capitán América, convirtió a Pantera Negra en el emblema de su concepto de aventurero total.

Pantera Negra de Jack Kirby, en Biblioteca Marvel de PlanetaPues bien, Pantera Negra es probablemente la obra maestra de la segunda etapa marvelita de su autor, o por lo menos la más equilibrada en interés (Capitán América y Los Eternos contienen muchos números a su misma altura, pero, quizá por la mayor duración de esas colecciones, acaban resintiéndose de la habitual falta de progresión dramática y narrativa de Kirby, y tarde o temprano van atenuando el asombro que provocan sus primeros números). Nada de eso sucede aquí. Los doce números que Kirby tuvo tiempo de realizar dejan con la boca abierta, por ritmo narrativo, por atractivo gráfico, por el acierto en el diseño de personajes y enemigos, por saber contagiar al espectador del espíritu de la aventura en su estado más puro, sin digresiones ni tiempos muertos ni tentaciones de revestir sus incidencias de ningún débil psicologismo ni de pretensión alguna que no sea la de narrar, narrar y narrar. Que, evidentemente, Pantera Negra rezuma una evidente ingenuidad, que en el contexto de la apasionante Marvel en que se realizó no puede evitar desprender cierto aroma antiguo, es cierto. Pero poco importa: en cuanto uno se sumerge en la saga sin fin de sus aventuras (porque, debido a esa completa ausencia de la menor estructura narrativa o dramática, los doce números diríanse uno solo de incontables páginas), cualquier tipo de juicio se detiene, y triunfa la famosa suspensión de la credulidad que es el triunfo de los grandes contadores de historias.

De entrada, y me parece un rasgo de una modernidad arrebatadora, Kirby sitúa a su personaje en el seno de una aventura que ya ha comenzado y junto a unos tipos, los Coleccionistas, con los que no sabemos, ni casi se nos contará, cómo y en qué circunstancias se ha encontrado. La planificación del número (de todos los números, en realidad) es la propia del Kirby autor total, para DC y para Marvel. Tras una primera página introductoria, una espectacular y doble splash-page que inicia la acción a lo grande: en una habitación cuyas paredes bullen de panoplias con toda clase de raros objetos, Pantera y un elegantón y diminuto personaje encuentran el cadáver de un tipo que sostenía en la palma de la mano una rana, sin ver (todavía) que en un rincón de esa abigarrada sala se esconde un tipo con una armadura y una espectacular espada presto a saltar sobre ellos. Desde este momento da inicio una aventura de acción desenfrenada que Kirby narrará sin sentido de la medida ni de la estructura narrativa, cortándola cuando se cumplen las 17 páginas de rigor por número.

Los Coleccionistas no son una banda de supervillanos y ni siquiera hacen equipo. El nombre los define de modo literal: son un conjunto de millonarios, reyezuelos o tipos pintorescos que se dedican a coleccionar no objetos comunes, claro, sino toda clase de fantásticas extravagancias, en cuyo obtención, claro, unas veces chocarán, enfrentándose entre sí sin piedad y otras veces se convertirán en aliados circunstanciales, dispuestos a traicionarse sin escrúpulo en cuanto deje de existir la mutua utilidad. El más relevante de todos ellos, el que comparte con T’Challa todas las aventuras en que aparecen, es ese tipo diminuto que responde al muy descriptivo nombre de Abner Little (Míster Pequeño en la literal y deliciosa traducción al español realizada por la editorial Vértice en los años 70). En su corta aparición en el Universo Marvel, Kirby convierte a Míster Pequeño en un personaje realmente entrañable, de aspecto tan digno (es genial su atildamiento, que incluye un monóculo del que nunca prescinde) como marrulleras atenciones, por el que Pantera Negra no podrá evitar sentir una indudable simpatía, aunque acabe retratándolo como el individuo egoísta y sin principios que es: un Coleccionista como los otros, aunque la cercanía de su dibujo lo distinga de entre ellos.

Kirby traza dos búsquedas fabulosas que unen a Pantera Negra con los Coleccionistas. En la primera, el objeto de deseo es una máquina del tiempo… con la descacharrante apariencia de dos ranas. En la segunda, la vieja fuente de la juventud. Ambas búsquedas llevan a los protagonistas a unos escenarios no menos fabulosos. La primera, a la tumba del rey Salomón, por supuesto llena de riquezas misteriosas, y en donde deben combatir a un ser procedente nada menos que de seis millones de años en el futuro, con un cerebro hipertrofiado que lo convierte en un enemigo terrible capaz de destruirlos con un mero parpadeo. La segunda los conduce a una ciudad subterránea habitada por samuráis, con lo cual Kirby funde mitos y culturas procedentes de ámbitos geográficos muy diferentes, con ese desparpajo y naturalidad que le eran tan consustanciales.

Una splash-page de Jack Kirby

Mientras va concluyendo la aventura con los Coleccionistas, en el número 7, Kirby reintroduce Wakanda en la historia, narrando el inicio de una crisis que amenaza con destruir su amado reino (incluso, al final, el mundo entero). Jakarra, miembro secundario de la familia real, acomplejado por su endeble constitución física, organiza un golpe de estado para hacerse con el poder, pero antes de ellos acude a la montaña de vibranium y se deja empapar por las radiaciones que levanta el misterioso elemento. Por supuesto, esto tiene unas consecuencias y Jakarra va mutando hasta convertirse en un monstruo de enormes poderes que se dirige al corazón de la montaña para fundirse con la energía que lo ha creado y provocar una explosión interna en el planeta. La nueva aventura, posiblemente la mejor de toda la colección, añade, a la enérgica narración kirbyana, un memorable sentido del suspense. El acierto estriba en la narración paralela escogida por el autor. Por un lado, los dramáticos episodios que tienen lugar en Wakanda (y que llevan a que otros miembros de la familia real se invistan con el traje ceremonial de la Pantera para hacer frente a Jakarra: estos episodios, en concreto los 9 y 10, son para mí inolvidables porque fueron una de mis puertas de acceso, en mi infancia, al Universo Marvel). Por otro, las peripecias por la que pasa T’Challa mientras regresa a Wakanda (es estupendo que Kirby haga que el hasta entonces despreocupado Pantera Negra se vea investido de una enorme prisa, como si intuyera la enorme crisis que está teniendo lugar en su ausencia).

Kirby se despidió con una aventura que dejó inconclusa y que acabó otro equipo artístico. En ella, Pantera Negra se enfrenta a un misterioso ser, Kiber el Cruel, que vive en una inaccesible base (que descubriremos se encuentra en un peñón aislado en medio del Atlántico) a la que sólo se llega mediante la teleportación, y que envía a unos siniestros esbirros sin mente en busca de humanos a los que convertir en energía pura con la que se alimenta. En el curso de esta nueva peripecia, Pantera descubre que su contacto con Jakarra y las radiaciones del vibranium le han otorgado unas misteriosas cualidades psíquicas que le permiten anticipar acontecimientos y comunicarse a distancia. Estos nuevos poderes de Pantera, sin embargo, serían olvidados con posterioridad: desde luego, Kirby no tuvo oportunidad de definirlos mejor. Esta aventura de cierre resulta interesante, aunque lo mejor de ella ya no fuera dibujado directamente por el Rey (ignoro si sus sucesores en el guión del número 13, Jim Shooter y Ed Hannigan, retomaron una idea suya, lo cual es probable). Es la splash page del mencionado cómic, que revela la verdadera apariencia de Kiber: un ser convertido prácticamente en gelatina por sus experimentos con la transmisión de materia, extendido sobre el suelo de una gigantesca sala, que mantiene a duras penas cierta solidez con la ayuda de sus máquinas, y que aun así resulta letalmente peligroso.

La entrañable edición de Ed. VérticeBlack Panther aguantó sólo tres números la marcha de Kirby. Ed Hannigan escribió en solitario los 14 y 15, pero tuvo la suerte de contar con un excelente equipo gráfico: el desaprovechado dibujante Jerry Bingham y el estupendo entintador Gene Day, uno de esos «embellecedores» que verdaderamente podían cambiar la personalidad del dibujo cuyas tintas cubrían y otorgarle una atmósfera diferente. Esos dos últimos números terminaron de devolver a Pantera Negra al Universo Marvel «normal», situándolo en Nueva York y luchando al lado de los Vengadores contra el archienemigo particular del rey de los wakandas: Klaw, el Amo del Sonido.

El buen resultado de esos dos episodios (que, claro, carecen de la grandeza particular que Kirby dio al resto de la serie) no impidió su cierre. Todavía hubo tiempo para enviar al personaje a las páginas de otra revista, Marvel Premiere, para, en los números 51 a 53 de dicha colección, concluir la saga pendiente del enfrentamiento contra el Klan. Se ocupó de ella el mismo equipo que cerró la colección, aunque es lástima que no se le diera a Don McGregor la oportunidad de hacerlo. Y el personaje, que McGregor y Kirby habían demostrado tan lleno de posibilidades, volvió a ser enviado al limbo de los personajes sin colección propia, a rellenar páginas de miniseries o de invitado en series ajenas, hasta que alguien volviera a acordarse de él…

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Pantera Negra en los años 70: ¿espejo deforme o héroe inmaculado?

  1. Jose Lagos A. dijo:

    Muy buen articulo, yo de Black Panther solo he leido la historia de los coleccionistas y Kiber el cruel, me interesa toda esa etapa previa que describes, saludos.

    • Supongo que con el estreno de la película (¡cuando lo escribí era solo una especulación 🙂 !) se reeditarán aventuras antiguas de Pantera Negra, y eso significa, seguro, la etapa McGregor-Graham (la de Kirby ya fue editada en color hace unos años). De modo, que a felicitarnos porque el éxito del cine esté arrastrando la realización de tantas versiones buenas de viejos cómics que tan solo se recordaban en blanco y negro.

      Un saludo, y gracias por tus palabras.

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