El Hombre de Hierro en el cine: recorrido por los tres Iron Man

El Hombre de Hierro en cineIron Man —qué lástima que la sonora y sencilla traducción del término, El Hombre de Hierro, fuera arrinconada primero por la editorial Planeta y luego por las películas— siempre me ha parecido un personaje tan interesante en la forma como anodino en el contenido, y no me parece casualidad que cuando ha sido llevado al cine, con todo lujo de medios, la impresión sea justamente la misma. Es decir, fuera de toda duda, su diseño gráfico es uno de los más atractivos de entre los personajes clásicos de Marvel: su diseño y, como revelarían enseguida sus progresivos cambios de imagen en las viñetas, sus posibilidades de reformularse continuamente (y además del modo más coherente: es lógico que un creador intente mejorar continuamente su propia creación), mediante la aparición de nuevas armaduras. Sin embargo, y al contrario que otras creaciones clásicas de Marvel, rara vez se consiguió crear un personaje (ni un trasfondo cotidiano, lo cual quiere decir también una galería de villanos) a la altura de su sugestiva apariencia y poderes. Tony Stark es uno de los alter egos más insípidos creados por Marvel. En su momento, además, muy tópico: un genio de la ciencia que al mismo tiempo es un irresistible millonario play-boy y dueño de una formidable fábrica de armas, en un momento en que era políticamente incorrecto serlo. Tal vez por ello, y aun cuando dentro de la colección Los Vengadores, en la que sólo era necesario lucir al personaje en su identidad heroica, siempre fue uno de sus pesos fuertes, en sus propias series, el Hombre de Hierro nunca dejó ninguna etapa de gloria, al menos hasta mediados de los años 90, que es cuando dejé de leer los tebeos de una editorial, Marvel, que a esas alturas sólo funcionaba por estrategias comerciales.

Acaba de estrenarse hace unas pocas semanas, con gran éxito, el tercer film que al Cabeza de Lata ha dedicado Marvel Studios, que contiene la cuarta aparición del personaje, pues la tercera se encuentra en Los Vengadores (2012), de la cual era uno de sus protagonistas, y cuya historia tiene un notable peso dramático en este capítulo número tres, remarcando la condición de serial que se está tejiendo entre todas las películas que están explotando la franquicia superheroica de la Casa de las Ideas. Puede hacerse ya, por tanto, un balance del recorrido cinematográfico del héroe.

Y la impresión es más bien desoladora: las tres películas del ciclo Iron Man despiertan una profunda antipatía. La primera razón, lo digo ya de entrada, radica en un elemento fundamental: la insoportable creación que Robert Downey jr hace de Tony Stark. De entrada, ya el personaje resulta muy poco grato, y si otro actor hubiera sido el escogido ya habría tenido que hacer encaje de bolillosIron Man: Tony Stark es un tipo arrogante, que va de cínico por la vida (pero que, peor, es un falso cínico, es alguien con una pose), que opina que cada palabra que salga de su boca debe ser cortante y/o ingeniosa. Downey jr convierte esa arrogancia en un tic que destroza cualquier intento de estimar al personaje, sobre todo porque su interpretación encierra los peores recursos del Método de toda la vida: hacer que cada gesto, cada entonación, cada mirada, pretenda esconder una miriada de matices. Y lo siento, porque Downey jr era un actor por el que sentía gran estima, gracias a films como Chaplin (1992), Sólo tú (1994) o Jóvenes prodigiosos (2000). Su acceso a la categoría de gran estrella con las dos franquicias coetáneas de Iron Man y la aún peor de Sherlock Holmes no sé si han destrozado al buen actor que era… o han revelado su auténtica naturaleza.

Pero la baja calidad del ciclo Iron Man tampoco es culpa entera de Downey jr. Ni Jon Favreau (director de los dos primeros títulos, amén de intérprete de uno de los personajes secundarios de la saga, el guardaespaldas Happy Hogan) ni Shane Black han conseguido que el trabajo de realización de las tres películas posea algún punto de interés más allá de las lógicamente espectaculares escenas de acción. De paso, su por completo intercambiable labor revela que, en este tipo de grandes producciones del mainstream, el margen de iniciativa del director es mínimo: más que dirigir, lo que hacen aquí Favreau y Black es coordinar el considerable equipo reunido y la fusión entre lo real y lo virtual. Pues los tres Iron Man, como los otros films de Marvel Studios, son un buen ejemplo de la pérdida definitiva de una frontera clara entre el cine de acción real y el de animación.

Un actor inaguantable y unos directores sin personalidad. Pero, aun así, los tres Iron Man podían haber sido películas atractivas, como es el caso de los hasta ahora mejores films, en mi opinión de Marvel Studios, como son Capitán América: el primer vengador (2011, Joe Johnston) y Los Vengadores (2012, Joss Whedon). Lo que hunde el ciclo es la incapacidad de dotar de tensión a las historias que cuentan, o de personalidad a los villanos que se enfrentan al héroe. ¿Tiene que ver en ello la falta de interés, que señalaba líneas arriba, del entorno cotidiano del personaje?

Num. 1 de la colección Iron ManEl Hombre de Hierro fue creado en marzo de 1963 dentro de la colección Tales of Suspense, nº 39, con guión de Larry Lieber y dibujo de Don Heck, a partir de una idea del gran patrón de Marvel, Stan Lee, y un diseño de la armadura a cargo del no menos emblemático Jack Kirby. La idea de Lee desmarcaba al nuevo personaje del resto de superhéroes creados en esos años: no iba a ser un individuo que adquiriese poderes por culpa de algún accidente (Spider Man, La Masa, Daredevil, Los 4 Fantásticos) ni que los contuviese por herencia genética (La Patrulla-X), sino un tipo normal embutido en una sofisticada armadura que es la que lo convierte realmente en un ser por encima de los demás. El sencillo punto de partida sitúa a Anthony Stark, millonario, play-boy y el mayor inventor de armas de los Estados Unidos, herido mortalmente en Vietnam cuando probaba una de sus creaciones. Con un trozo de metralla que avanza progresivamente hacia su corazón, y atrapado por un cruel señor de la guerra comunista, Wong-Chu, éste le ofrece un «trato»: construir un arma para él a cambio de la operación salvadora. Por supuesto, Stark construye una poderosa armadura de hierro (¡¿por qué no se le ocurrió tal cosa mucho antes?!), que primero permite seguir latiendo su corazón gracias a la electricidad que genera y después lo convierte en una fabulosa máquina de combate.

Iron Man (2008) cuenta, de entrada, con el lastre que estas operaciones tiene para quien ha sido lector usual del personaje: tener que contar su génesis desde el principio, lo cual obliga a verse atrapado por la rigidez de un esquema dibujado muchas décadas atrás (ha sucedido con todas las primeras películas de héroes como Superman, Batman, Spider-Man, etcétera: sólo se libró, con inteligencia, la saga de los X-Men, que es de las pocas que no controla Marvel Studios).

Eso sí, los guionistas procedieron a una mínima modernización: el añejo conflicto de Vietnam es sustituido por el más reciente de Afganistán. En cuanto al entorno del personaje, obraron con gran eclecticismo a la hora de seleccionar el elenco de personajes secundarios que rodearía a Stark. Es verdad que la falta de secundarios carismáticos —nada que ver, por ejemplo, con la serie Spider-Man— permitía obrar con mayor libertad. Así, se rescata como fiel colaboradora (y, con el avance de las películas, se convierte en su amada) a la secretaria Pepper Potts, nacida en los primeros y muy muy anticuados números de la serie, que además fue el primer amor del protagonista: es interpretada por una Gwyneth Paltrow sin duda bella pero, al menos durante los dos primeros films, utilizada como poco más que un florero. Por cierto, en la serie Pepper acababa casándose con el chófer y hombre para todo de Stark, el fortachón Happy Hogan, el personaje que, como he señalado, encarna el mismo Jon Favreau.

Junto a Pepper, también se recurre a James Rhodes, «Rhodey», amigo y piloto de Stark, creado precisamente por uno de los más alabados guionistas del personaje, David Michelinie, más de una década después del nacimiento de la colección: aquí, Rhodes no trabaja para Stark sino para el ejército de los USA, si bien sigue siendo el amigo más fiel del protagonista. Un detalle, éste más curioso, es que el ordenador que controla su lujosa mansión frente al mar reciba el nombre de Jarvis, quien en los cómics es el mayordomo, de carne y hueso, a quien Stark confía la mansión de los Vengadores. En las películas, se nos presenta como una voz, en el original la del actor Paul Bettany.

Pepper Potts, por Gwyneth PaltrowLa ausencia de un gran villano en la historia del Hombre de Hierro hizo que el elegido, de modo desconcertante, fuera un personaje nacido un par de décadas después que el Vengador Dorado: el magnate y traficante de armas Obadiah Stane, un personaje que a muchos seguidores del cómic, desde luego, no pareció la elección más lógica para el primer film de Iron Man. Los guionistas alteran la biografía de Stane y lo convierten en el socio del padre de Stark y, por tanto, en principio, en su colaborador y amigo. Por supuesto, es el traicionero villano de la función y el responsable de la emboscada que sufre el protagonista en Afganistán. Al igual que en los cómics, llegado el momento Stane también se embute en su propia armadura para el duelo de colosos final. Confieso que en su día me produjo perplejidad encontrarme al excelente actor Jeff Bridges dando vida a un villano de tan evidente cartón-piedra.

Iron Man es un film pesado, sin tensión, aburrido, que cree resultar más adulto de lo usual al descargar buena parte de la acción en Tony Stark. Con una copa siempre en la mano (en el cómic, Stark pasa varias etapas hundido en el alcoholismo) y dispuesto a ligarse a todo cuanto tiene faldas, el momento más bochornoso se vive cuando, junto a su amigo Rhodey, tan borracho, o más, como él, ambos se corren una juerga aérea con las azafatas del avión privado del protagonista que es un momento digno de las películas de Ozores con Pajares y Esteso pero con algo más de sofisticación y sin que las chicas se quiten toda la ropa.

Pero lo peor es lo que cualquier marvelómano podía temerse. Como inevitable concesión a la corrección política reinante en la actualidad, Stark acaba renegando de su condición de fabricante de armas, jurando consagrar su existencia a tratar de enmendar sus terribles faltas previas al servicio de la humanidad. Es irónico, como le señala su rival Stane, que lo haga construyendo la más formidable de las armas que se ha ideado. Este proceso de transformación moral es penoso, y tiene lugar sólo porque se siente muy impresionado del sacrificio del científico que le ha puesto como ayudante el grupo terrorista en cuyas manos ha caído en Afganistán. Alucinante que un personaje que hasta poco antes nos había sido mostrado como un cínico y un vividor (incomprensible también, desde luego, que además fuera un brillantísimo científico, se supone consagrado a su trabajo), acabe queriéndonos convencer de que ha sido iluminado por la Verdad.

El único atractivo de Iron Man, por ello, y como no podía ser de otro modo en una producción en la que se invierte tanto dinero, es el diseño de las armaduras y la ilustración de sus hazañas sobrehumanas. Pero, eso sí, y aunque la aparición del traje dorado y escarlata resulta impactante, mucha mayor belleza posee la primera armadura diseñada por Stark, cuya apariencia medieval (esa excelente máscara, que despierta ecos primordiales) resulta magnífica. No es suficiente, desde luego, para impedir el bostezo continuo que provoca la película.

En el recuerdo, Iron Man 2 (2010) se confunde bastante con su precedente: como el film anterior, consume dos interminables horas para contar una trama que incluso podía haberse reducido a la mitad, y que no consigue interesar nunca. Se supone que el guión intenta «profundizar» en los personajes, pero precisamente cuando intenta hacerlo es cuando peor se pone.

Scarlett Johansson, la Viuda NegraEso sí, hay el imprescindible cambio de villanos, y la introducción del personaje de una espía llamada Natasha Romanoff, que, aunque en el film no llega a recibir tal nombre, está destinada a ser la Viuda Negra de Los Vengadores. La actriz elegida es Scarlett Johansson, quien, como es usual en ella, se limita a posar cada vez que sale en pantalla, con expresión presuntamente misteriosa (sin que su personaje, en ningún momento, aporte nada a la historia). Otro cambio es el del actor que interpreta a Rhodey: sale de escena Terrence Howard y entra el excelente Don Cheadle.

La historia gira en torno a dos centros argumentales. Por un lado, el núcleo de paladio inventado por Stark para salvar su vida en el episodio en Afganistán y que hizo nacer al Hombre de Hierro, ahora le está envenenando la sangre y, por lo tanto, matando. De ahí que el personaje se deje llevar por un nihilismo autodestructivo de pacotilla (se empeña en pilotar personalmente un coche de Fórmula 1 en una peligrosa carrera por las calles de Mónaco; se emborracha públicamente en una fiesta en la que aparece ataviado, y luciendo sus armas, con el traje de hierro…). Por otro lado, parece plantearse una supuesta crítica contra el militarismo, justo como la primera entrega: Tony Stark se niega a entregar al ejército el secreto de su traje, lo cual desencadena una intriga paralela a modo de carrera armamentística que hace aparecer como villano a un personaje en apariencia extraído de los cómics, el fabricante de armas Justin Hammer. El retrato que se hace de éste no puede ser más lamentable, en especial su modo de conducirse como un niñato a base de frasecitas de teleserie y rabietas de diseño: un buen actor, Sam Rockwell, se ve reducido al ridículo, como ya le sucedió a Jeff Bridges en el título anterior.

Lo cierto es que con tanta pretensión dramática, se olvidan de construir un villano a la medida del protagonista. El elegido es, divertidamente, uno de los malos de tercera división del Universo Marvel, Latigazo (aunque tampoco se lo mencione nunca por ese nombre: es una curiosa costumbre de muchos films marvelitas), por mucho que los efectos especiales consigan hacerlo más amenazador que en los tebeos. Para tratar de dotarlo de más relieve, se contrata a un actor revalorizado por el reciente éxito de la (pésima) El luchador (2008, Darren Aronofsky), el inefable Mickey Rourke. A su ya lamentable pinta física, se le unen cicatrices y tatuajes por doquier, sospecho que para crear una confrontación visual entre su personaje, un «perdedor» ruso en busca de venganza, y el aparente triunfador Tony Stark, pero puede que se trate, sencillamente, de querer aprovechar la imagen patética del recuperado intérprete.

En cualquier caso, es posible que se trate del villano menos interesante aparecido en cualquiera de los film del esplendor coetáneo de las películas de superhéroes, y la prueba está en que no da ni para dos minutos de combate: el plato fuerte del clímax final está en el enfrentamiento del Hombre de Hierro contra un ejército de robots controlados a distancia por el ruso, entre ellos su propio amigo Rhodey. Todo muy aburrido: lo cierto es que la única escena medianamente graciosa es la de la incursión de Natasha Romanoff en el cuartel general de Hammer, donde se esconde Latigazo, en el curso de la cual la espía revela, por fin, sus particulares habilidades para la lucha, dentro de una secuencia bien coreografiada y filmada.

Iron Man 3

Iron Man 3 se las arregla para ser tan antipática y desangelada como las anteriores, por mucho que cambie de director. El elegido, Shane Black, es un hombre que hace un par de décadas atrajo una efímera repercusión porque, por un tiempo, fue el guionista mejor pagado del mundo, nada menos que por el libreto de todo un «clásico»: El último boy scout (1992, Tony Scott). Con tal carta de presentación…

Ahora bien, lo cierto es que, en esta ocasión, la historia al menos sí contaba con varios puntos de interés. En parte porque, es lógico, en su condición de tercer film de la saga, los guionistas hacen que el personaje se plantee las típicas dudas acerca del sentido de su consagración a una vida de héroe y comience a añorar la normalidad perdida. La estupenda saga del Caballero Oscuro, de Christopher Nolan, es el modelo. Desgraciadamente, Iron Man 3 cuenta con el inconveniente de que resulta difícil que al espectador le interesen las cuitas existenciales de Stark/Downey jr, y su intento de humanización (¡incluso se incluye un elemento tan de manual como hacerlo amigo de un niño que lo ayuda en su aventura!) fracasa porque no podía ser de otro modo.

Sin embargo, los guionistas consiguen, de modo muy atractivo, que esas dudas posean un correlato físico, al hacer que el Hombre de Hierro resulte más vulnerable que nunca. Vulnerable en el aspecto psicológico: Stark se ve atacado por repentinas crisis de ansiedad (en parte, se señala, porque la aventura vivida en Los Vengadores, con la invasión extraterrestre de Nueva York, le ha hecho darse cuenta de que el asunto de los superhéroes empieza a rebasar el mero concepto de humanidad). Y vulnerable en el aspecto físico: por razones no del todo bien explicadas, las armaduras de Stark empiezan a fallar en los momentos culminantes, y eso hace que el protagonista corra una serie de considerables riesgos físicos. Es decir, más que nunca, el Hombre de Hierro cede el heroísmo a Tony Stark.

[Quien todavía no haya visto la película no debe leer lo siguiente, pues se estropearía lo mejor del film]

Ben Kingsley, el MandarínOtro punto de interés es que durante la mayor parte de la película el villano parece ser uno (El Mandarín, quizá el más clásico de los archienemigos del Hombre de Hierro de los tebeos) y acaba siendo otro, quien, manejándose entre las sombras, resulta que ha utilizado la figura del primero como una mera pantalla de humo. En cuanto al Mandarín, tal vez el viejo aficionado podía haber imaginado que había gato encerrado, tanto por la caracterización de este individuo (físicamente no parece chino sino un talibán afgano o el mismísimo Osama bin Laden, y lo que hace es organizar una campaña terrorista con referencias a Al Qaeda cuyo objetivo final es el mismísimo presidente de los EE.UU.) como por la ausencia de cualquier referencia a los rasgos básicos del personaje en el cómic (donde es un mandarín chino de verdad y su fuente de poder son unos fabulosos anillos). En el momento presuntamente culminante de la trama —el asalto al cuartel general del supervillano—, Tony Stark descubrirá, asombrado (y el público, regocijado) que ese Mandarín no es sino un actor inglés de tercera, adicto al alcohol y a las drogas, que está representando un papel para las grabaciones que se lanzan al país entero y lo mantienen en vilo. Este detalle, casi genial —remarcado por la hilarante interpretación del gran Ben Kingsley— concita de pronto una simpatía inédita sobre el ciclo y hace que, desde ahí hasta el final, remonte mucho el interés.

El villano real es un tal Aldrich Killian (fugaz personaje de los cómics más recientes) que resulta ser un científico capaz de alterar la estructura genética de los individuos y convertirlos en una especie de supersoldados cuyo cuerpo es capaz de alcanzar tremendas temperaturas, hasta convertirse casi en émulos de la Antorcha Humana de los Cuatro Fantásticos. Por su condición de científico creador de armas (humanas), Killian juega el papel de espejo deformado del héroe. Lástima que lo estropee Guy Pearce, con sus tópicas poses de villano total, que la excusa para justificar su odio hacia Stark sea tan infantil (¡años atrás lo ninguneó, dejándolo horas y horas en lo alto de una azotea, en plena Nochevieja invernal!) y que los guionistas hagan que Pepper se convierta en una de las mutadas de Killian, todo para hacerle protagonizar un combate final en que viene a demostrar que ella puede estar a la altura de los héroes y villanos masculinos.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Iron Man / Iron Man. Año: 2008

Director: Jon Favreau. Guión: Mark Fergus & Hawk Ostby, Art Marcum & Matt Holloway. Fotografía: Matthew Libatique. Música: Ramin Djawadi. Reparto: Robert Downey jr (Tony Stark), Gwyneth Paltrow (Pepper Potts), Jeff Bridges (Obadiah Stane), Terrence Howard (Rhodey). Dur.: 126 min.

Título: Iron Man 2 / Iron Man 2. Año: 2010

Director: Jon Favreau. Guión: Justin Theroux. Fotografía: Matthew Libatique. Música: John Debney. Reparto: Robert Downey jr (Tony Stark), Gwyneth Paltrow (Pepper Potts), Don Cheadle (Rhodey), Mickey Rourke (Ivan Vanko), Scarlett Johannsson (Natasha Romanoff), Sam Rockwell (Justin Hammer). Dur.: 124 min.

Título: Iron Man 3 / Iron Man 3. Año: 2013

Director: Shane Black. Guión: Drew Pearce y Shane Black. Fotografía: John Toll. Música: Brian Tyler. Reparto: Robert Downey jr (Tony Stark), Gwyneth Paltrow (Pepper Potts), Don Cheadle (Rhodey), Guy Pearce (Aldrich Killian), Ben Kingsley (El Mandarín). Dur.: 130 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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