Tyrone Power, el galán ambiguo

La sonrisa gentil de Tyrone PowerEn el reparto de etiquetas entre los grandes intérpretes del ayer, a Tyrone Power parece haberle correspondido la de galán intrascendente que cargó con numerosos personajes de héroe noble y sin sustancia. Si hasta nuestras abuelas pensaban que tirone pover era un actor tan guapo como malillo… Yo mismo tardé mucho tiempo en apreciar el error de esta aseveración. Durante mi adolescencia, y quizá en buena medida porque es un intérprete que, aun teniendo magníficas películas en su haber, no está asociado a los títulos o a los directores de mayor renombre mítico, Power me producía, como mucho, indiferencia. Poco a poco, sin embargo, y a medida que completaba el conocimiento de su carrera y repasaba los films que ya conocía, iba encontrándome con la sorpresa de que sus interpretaciones no solo eran mucho mejores de lo que recordaba, sino que su trabajo aportaba inesperados matices a las historias, sin los cuales estas hubieran sido notoriamente unidimensionales. Tyrone Power, lo digo ya, es para mí un actor magnífico al que ha perjudicado mucho la falta de enfatismo de su estilo interpretativo (y el énfasis siempre ha vendido, y venderá, más que la sobriedad) y el error de pensar que su apariencia gentil indicaba carencia de registros. Todo lo contrario, esa gentileza es la raíz de la profunda ambigüedad que acaba envolviendo a sus mejores personajes en un halo de turbiedad verdaderamente inquietante. Los actores enfáticos gustan de llevar de la mano al espectador durante toda la película, para que no se «pierda»; los ambiguos nos dejan a nuestro aire, sugiriendo antes que demostrando, sembrando poco a poco la duda acerca de su verdadero fondo, obligándonos a reevaluar la aparente nobleza de que inicialmente parecía revestido. Tyrone Power pertenecía a esa raza de actores sutiles.

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Eisenstein, el genio que nos (re)hizo la Revolución

Estupendo cartel de El acorazado PotemkinOrwell nos dejó el mejor dibujo de esa vocación de los totalitarismos por rehacer la verdad de tal modo que el curso del pasado se corresponda con el diseño de quienes, en toda dictadura, se consideran sus dueños: los amos del presente. Nos demostró que el pasado es maleable, que el presente es la única instancia temporal omnímoda, y que desde él puede alterarse cualquier acontecimiento en el tiempo, superponiendo sobre él capas o estratos que cambian su forma como si esta nunca hubiera podido ser de otro modo. La URSS nos dejó sobrados documentos gráficos, por ejemplo, que muestran cómo los empleados del particular Ministerio de la Verdad soviético hicieron desaparecer incómodas presencias del ayer que revelaban que, en algún tiempo, los grandes líderes se «equivocaron», uniendo su suerte a la de enemigos del pueblo luego merecedores de execración. Hace años visité, en Almería, una exposición que demostraba lo chapuceras que, en el fondo, eran esas alteraciones fotográficas. Pero al servicio de la Unión Soviética también trabajaron grandes genios, cuya modificación de la realidad no operaba en vulgar papel de fotografía sino en el terreno de las ideas. El mayor de todos probablemente fue un cineasta, Sergei M. Eisenstein, al que se debe la definitiva formulación visual de la Revolución (o de las revoluciones: la de 1917 pero también ese ensayo general que vivió el país en 1905). Lo hizo a través de dos films que, en rigor, pertenecen a la categoría del panfleto. Pero del panfleto genial: a poco de cumplirse un siglo desde que se hicieron, ante esas maravillas que son El acorazado Potemkin (1925) y Octubre (1928), con la fabulosa capacidad que revelan sus imágenes para inflamar el ánimo del espectador, se comprende que quienes las contemplaron en su momento temieran su fuerza subversiva, su capacidad para incitar a los humildes del mundo (o a los que, sin serlo, soñaron ilusoriamente con la solidaridad universal) a coger un fusil y lanzarse a proclamar la definitiva liberación de los explotados.

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En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

Fotograma de la película Bird, de Clint Eastwood

En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

Acabo de publicar en la revista digital Homonosapiens un artículo en el que abordo dos películas muy próximas en el tiempo, con notables vasos comunicantes entre las dos, que terminaron de imponer en el cine la figura del músico de jazz como un artista «total» que no sabe distinguir entre vida y arte, y para quien resulta inevitable el exceso en todos los sentidos (alcohol, drogas, relaciones sentimentales…). La primera es Alrededor de la medianoche (1986). Está escrita y dirigida por un cineasta francés, Bertrand Tavernier, que siempre ha manifestado una considerable fascinación por la cultura estadounidense, y funde en el film dos de sus elementos matrices, el cine y el jazz, a través de la historia de un maduro músico (ficticio, pero construido a partir de jazzmen reales y reconocibles) que llega a París para tocar en un club, después de haber tocado prácticamente fondo, y allí conoce a un joven dibujante francés que siente verdadera idolatría por él. Tavernier recoge, así pues, dos tradiciones muy propias del cine clásico de Hollywood: el mito de la segunda oportunidad y el tema de la amistad viril, que articula en torno al tratamiento de jazz como esencia de la vida. La segunda película fue en su momento un considerable fracaso de crítica y público, pero ha acabado alcanzando un gran prestigio, debido al progresivo respeto que ha ido mereciendo un cineasta entonces todavía despreciado, el gran Clint Eastwood. Se trata de Bird (1988), biografía en este caso de una leyenda del jazz, como es Charlie Parker, conocido bajo el alias que da título al film, una figura de vida verdaderamente desgraciada, muerto a los 34 años con las energías totalmente consumidas hasta el punto de parecer un anciano. Eastwood reformula la tradición del biopic a su modo, mediante una perspectiva admirable en cuanto que se aleja de la fácil mitomanía (y él es un notorio mitómano del jazz y de Bird) para efectuar un tratamiento sobre su biografiado que desborda humanismo y comprensión emocional, pero que desde luego no intenta de ningún modo convertirlo en ejemplo moral: toda una lección de ecuanimidad y respeto (hacia el biografiado, al que a buen seguro habría indignado otra cosa, y hacia el espectador).

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El Doctor Muerte, némesis de la Primera Familia

ff039El Universo Marvel nació con una familia, la que formó el grupo conocido como Los 4 Fantásticos, cuyos miembros eran un eminente científico (Reed Richards, alias Mr. Fantástico), su prometida y con el tiempo esposa (Susan Richards, alias la Chica Invisible), el hermano adolescente de esta (Johnny Storm, alias la Antorcha Humana) y el amigo del alma del primero, padrino de boda y tío favorito de su retoño (Ben Grimm, alias La Cosa). Bajo la batuta de Stan Lee y Jack Kirby, los padres fundadores de Marvel —junto a Steve Ditko, el creador de Spiderman y del Doctor Extraño, que siempre fue por libre, hasta volar literalmente libre fuera de la compañía—, la colección Fantastic Four se convirtió en el emblema de una nueva forma de concebir el tebeo de superhéroes, haciendo honor al sobretítulo que recibió su revista: «El cómic más grande del mundo». Sus autores tuvieron claro una máxima de oro del género: unos buenos héroes necesitan un archienemigo a su altura. Y ese fue el papel que jugó el Doctor Muerte, por ende tal vez el villano mítico de Marvel por excelencia. Mítico y reconocible: es evidente que Jack Kirby sabía como diseñar una apariencia intrigante. ¿Y qué más intrigante que unir el aspecto ultratecnológico de una siniestra armadura gris, cuasi-robótica, con un rostro adecuadamente maligno para hacer honor al nombre, y unas ropas verdes propias de un peregrino medieval, con su jubón, capa y capucha? No en vano, desde el primer momento, Muerte unía en una sola persona al genio tenebroso de la ciencia y al seguidor de las artes mágicas. Tecnología y brujería, una combinación singular.

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Apunte II. Steve McQueen, el primer héroe de blockbuster

Steve McQueen y su moto en La gran evasiónLos expertos señalan que el blockbuster —ese tipo de película que ahora impera en Hollywood, concebida para atraer a públicos indiscriminados con el reclamo de actores estelares, una trama atractiva (y sobre todo, activa) y la promesa de un buen derroche de medios, cuya eficacia se mide únicamente por la respuesta de la taquilla— nació en los años 70 con los primeros éxitos de Spielberg (Tiburón) y Lucas (La guerra de las galaxias). Quizá sea ocioso hablar de origen, porque en los Estados Unidos siempre se ha hecho cine para arrasar taquillas, por mucho que cada época haya tenido sus propios estándares de éxito (y de la calidad necesaria para asegurarlo). Pero ciñéndonos a ese concepto hoy tan de moda, yo casi propondría como precedente indiscutible de blockbuster en sentido moderno una gran producción de principios de los 60, encuadrada en el cine bélico de evasiones, y que sigue siendo uno de los títulos más populares de aquella época. Me refiero a La gran evasión (1963), de John Sturges.

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Tom Sawyer, Huck Finn y el Padre de Todas las Aguas

Edición de Tom Sawyer en la Colección Laurín, de AnayaAl contrario que otros autores «devorados» por la fama de un personaje famoso, el nombre de Mark Twain ha sido recordado siempre por todas las generaciones de lectores que han crecido con sus novelas. Es más, para tratarse de un novelista cuyas obras suelen encontrarse en los catálogos de la llamada literatura juvenil, misteriosamente ha conseguido escapar a tan reductora etiqueta: Twain sigue siendo leído en la edad adulta. La clave, quizá, está en que es un escritor asociado a una etiqueta que, esta sí, otorga carta de naturaleza para mayores: la crítica acerada de la estupidez humana a través del humor. Y es irónico, porque su categoría narrativa es inferior a muchos otros autores que siguen encasillados, de Emilio Salgari a Julio Verne pasando por Henry Rider Haggard. Pongo un ejemplo: ninguno de los anteriores ha merecido una edición en la colección Letras Universales de Cátedra, que para mí, desde muy corta edad (y gracias a sus cuidados estudios previos y notas a pie de página), siempre ha sido la que otorga patentes de literatura seria; Twain sí, y en más de una ocasión. No es cuestión, sin embargo, de ponerse quisquillosos: aunque las relecturas suelen jugarle a Twain una mala pasada —y precisamente porque es un escritor que, en general, carece de aquello que distingue a los grandes de la literatura «juvenil»: el pulso narrativo—, sí es evidente que su literatura posee algo que obliga, precisamente, a releerlo. Tom Sawyer, Huckleberry Finn, el príncipe y el mendigo que intercambiaron sus posiciones o el yanqui que hizo realidad nuestro sueño de viajar a la corte del rey Arturo habitarán siempre nuestra memoria. De los primeros voy a hablar en este artículo.

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Breve recorrido por la saga Star Wars (II): las películas

Personajes            Películas            Ep. IV-VI        Ep. I-III       Star Wars Disney

Un cartel menos conocido de La guerra de las galaxiasUno de los elementos más llamativos de la saga Star Wars es que su principal creador, George Lucas, cediera los bártulos de la dirección en los hoy conocidos como Episodios V y VI. El Imperio contraataca fue firmada por Irvin Kershner; El retorno del Jedi, por Richard Marquand. En ambos casos se trataba de directores especializados en la ejecución de proyectos de encargo, que no habían revelado ninguna inquietud «artística» y que habían iniciado su carrera en la televisión. Siempre se ha señalado que, después del considerable gasto de energía que supuso La guerra de las galaxias, George Lucas decidió reservar esfuerzos para el control final de sus productos sin tener además que encargarse del más absorbente trabajo de realización. En cualquier caso, es significativo que su «ausencia» no se note en la narración, dejando bien claro tanto su falta de dotes especiales para la dirección (en todo caso, su mejor cualidad es la limpieza de su puesta en escena, clásica en el sentido de no haberse dejado llevar por las modernas modas de la planificación caótica para las escenas de acción) como que el atractivo de la saga radica en razones de concepto, argumento y estructura visual. Quince años después del cierre de la primera trilogía, Lucas inició la segunda, y ahora sí volvió a ocuparse de la dirección de todos los títulos que la componen… sin dejar ninguna huella en este cometido. Cabe, por tanto, hacer el mismo análisis: la mediocridad de los Episodios I a III, insisto, no se debe a su discreto trabajo de realización sino a su muy inferior interés en los campos antedichos. Hago a continuación un breve recorrido por todos los títulos.

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Breve recorrido por la saga Star Wars (I): los personajes

Personajes              Películas            Ep. IV-VI        Ep. I-III        Star Wars Disney

El inmortal trío formado por Luke Skywalker, la princesa Leia y Han SoloHace mucho mucho tiempo, no en una galaxia lejana sino en el planeta Tierra, una película de ciencia-ficción con el banal título (aunque estamos acostumbrados, hay que reconocer que tanto el original como el español son más bien infantiles) de Star Wars/La guerra de las galaxias se convertía en el más sorprendente éxito comercial, batiendo todos los registros de taquilla. Digo sorprendente porque el film iba a contracorriente de lo que se hacía en ese género en esos momentos: un cine serio, grave y adulto, cuyo pistoletazo de salida lo habían dado en la década anterior El planeta de los simios y 2001: una odisea del espacio (ambas de 1968) y que en esos años 70 ya contaba con títulos tan magníficos como Sucesos en la IV fase o Cuando el destino nos alcance, entre otros. La guerra de las galaxias era su reverso exacto: un film que en otro tiempo habría sido calificado como serie B, y al que caracterizaban la acción trepidante, la distensión y un sentido del espectáculo casi naif. Huelga decir que cambió el rumbo del género, y aunque éste siguió dando grandes obras de densidad adulta (por ejemplo, Blade Runner… que no olvidemos que en su momento constituyó un gran fracaso), el Hollywood del mainstream acabó prefiriendo, para ir configurando poco a poco eso que hoy llamamos blockbuster, la senda abierta por Lucas y por la que enseguida se internó Spielberg. En fin, la saga Star Wars ha estrenado hace muy poco su octavo capítulo, Rogue One, y aunque ya he comentado por extenso y en artículos individuales cada uno de los títulos que la componen, me dispongo a hacer una pequeña recapitulación de las dos trilogías controladas por su creador, George Lucas, a modo de breve recorrido dirigido tanto a quienes las conocen bien como para los que se han asomado poco a ellas, por el fastidio de tener que ver del tirón tantas películas para comprender la saga en su globalidad (me pasa a mí con los Harry Potter…) o porque no son santo de su devoción.

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Apunte I. Paterson, de Jim Jarmusch

Comienzo en el blog una nueva «sección» bajo el título, a falta de haberlo pensado mucho, de Apuntes (tal vez lo cambie en el futuro), cuyo propósito es realizar pequeñas entradas de breve extensión (me he propuesto que no excedan de los tres párrafos), como siempre de tema variado y con las que me propongo esbozar pequeñas impresiones, hacer modestas recomendaciones o comunicar sensaciones acerca de artistas y obras sobre las que, quién sabe, tal vez en el futuro me extienda.

Cartel anunciador de Paterson, de Jim JarmuschHe cerrado estas vacaciones de Navidad con una película espléndida, la de mayor calidad que he visto este año en salas de cine: Paterson, de Jim Jarmusch. Posiblemente sea, además, el film que mejor haya sabido «explicar» nunca, mediante imágenes, algo tan presuntamente literario como es la poesía (el arte más abstracto de todos cuantos componen la literatura). Y es lógico que lo firme Jarmusch, considerado por muchos (junto al finlandés Aki Kaurismäki, no por nada muy amigo suyo) un maestro del minimalismo y la abstracción. Jarmusch nos sitúa ante un poeta (amateur: no ha publicado nada e incluso se resiste a intentarlo siquiera) en su existencia diaria. Primer acierto: desmintiendo que los poetas deban tener vidas sublimes o estar rodeados de circunstancias turbulentas o ser gente atormentada (modelo Poe, Rimbaud o lord Byron), Paterson es conductor de autobús y su vida carece de cualquier particularidad llamativa. Pero es que el modelo elegido por Jarmusch es William Carlos Williams, quien tampoco fue nunca por la vida de «poeta» sino que trabajó como médico, que fue partidario de un lenguaje popular y sencillo, de abordar temas extraídos de la vida cotidiana y de liberar al verso de la obligatoria necesidad de la rima. Uno de sus libros más importantes lleva el título de Paterson, la localidad de Nueva Jersey (el estado donde nació) donde transcurre la acción y que da nombre al protagonista, quien lee una y otra vez un ya muy manoseado ejemplar de esa obra. Seguir leyendo

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Rogue One. Una historia de Star Wars: perder para ganar

Episodios IV-VI            Episodios I-III             Star Wars VII

Póster principal de Rogue One. Una historia de Star WarsLos niños que vimos en cine el estreno de La guerra de las galaxias (1977) —o al menos este antiguo niño que les habla— nunca nos planteamos lo incongruente que era el hecho de que una construcción tan formidable como la Estrella de la Muerte, cuyo diseño por lógica debía de haber sido extraordinariamente minucioso, presentara un punto débil tan concreto y sencillo que unas bombas bien dirigidas a él bastaban para destruirla. Rogue One: Una historia de Star Wars decide contestar a esta pregunta. No lo hace, claro, porque fuera una cuestión «candente» entre los aficionados, sino porque el buen sabor de boca dejado por el film que reanudaba la saga, El despertar de la Fuerza (2015), debió animar a la Disney a extraer un rápido beneficio de la expectación levantada sin tener que acelerar la continuación del Episodio VII. En cualquier caso, Rogue One es una precuela, y por tanto parte de entrada con una limitación: su final está rígidamente predeterminado por cuanto no puede apartarse de los hechos ya narrados. Es decir, lo que cuenta (la misión que acabará poniendo en manos de la princesa Leia los planos secretos de la Estrella de la Muerte) sabemos que acaba bien. A partir de esto, los guionistas realizan una inferencia también sencilla: los ejecutores de la misión, de los que nunca se hace la menor mención en el Episodio IV, no debieron sobrevivir en su empeño. La misión es una misión suicida. Los héroes de la Alianza dan su vida a cambio de salvar la galaxia. Perder para ganar: una idea que en la vida real puede dar pie a fanatismos de todo tipo, pero que, en la ficción ha probado muchas veces su efectividad: a los espectadores nos gusta sentirnos sublimes por un rato.

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Tres versiones de El Gato con Botas

El gato con botas, por Gustave DoréYa el psicoanálisis nos enseñó que los cuentos de hadas son como el famoso abismo de Nietzsche, o incluso peor: no se limitan a devolvernos la mirada, sino que desde ellos quienes nos observan son los demonios ancestrales de la humanidad. Proceden de la memoria popular, ese vasto magma que precede a la literatura escrita, pero nos han llegado, claro, cuando por fin alguien decidió dejarlos para el recuerdo definitivo de la posteridad. Aun así, la gracia de los cuentos clásicos es que, como todo patrimonio común, todos nos empeñamos en considerarnos un poco sus dueños, y son incontables las variaciones a que han sido sometidos. Hace tiempo dediqué un artículo a uno de ellos, La bella durmiente, registrando su evolución desde su primera manifestación escrita hasta su más reciente versión cinematográfica. Me propongo hacer algo parecido con otro estupendo cuento, El gato con botas, comentando especialmente las tres versiones que más me gustan del mismo. La primera es la más famosa de todas, la que el francés Charles Perrault hizo en sus Cuentos de antaño (1797), que hizo olvidar las anteriores y a la que hoy se remontan todas las demás. La segunda es su insólito paso por el teatro de la mano del escritor romántico alemán Ludwig Tieck, que la convirtió en una comedia bufa de revolucionaria modernidad. Por último, una de sus adaptaciones a la gran pantalla, realizada nada menos que en el seno del cine de animación japonés en el año 1969, y que yo mismo tuve ocasión de ver muy pequeño en su estreno español, dejándome un recuerdo imborrable que futuras revisiones, claro, no pudieron igualar pero que me reafirman en la consideración de que se trata de un título de gran encanto: no en vano en ella trabajó el luego consagradísimo Hayao Miyazaki. Seguir leyendo

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En Homonosapiens: En Navidad, siempre, ¡Qué bello es vivir!

Imagen emblemática de Qué bello es vivir, de Frank Capra

En Homonosapiens: En Navidad, siempre, ¡Qué bello es vivir!

En algún momento de estas fechas, y en alguno de los múltiples canales televisivos que hoy nos saturan, habrán emitido, o estarán a punto de hacerlo, el clásico navideño por excelencia, ¡Qué bello es vivir! (1946), la obra maestra de Frank Capra. Yo mismo la descubrí en una sesión navideña de los días de mi infancia que me dejó fascinado para toda la vida, no en vano contenía elementos sobrados para sugestionar a un niño: la ambientación en Navidad; el escenario de una de esas entrañables small towns que a los chavales urbanitas nos parecían el paraíso, con sus casitas unifamiliares con jardín y sus habitantes que se conocían de toda la vida; el elemento fantástico; el prestigio del blanco y negro (¡sí, aunque parezca mentira, a los niños de entonces el blanco y negro nos parecía propio de las buenas películas!); el encanto de Hollywood y… James Stewart. Encima, el principio de este film es de lo que te dejan clavados frente al televisor. Recuérdese: las imágenes de una ciudad bajo la nieve, deslizándose por calles, tabernas y casas, sin que veamos a uno solo de sus habitantes, pero escuchando sus plegarias, pidiendo ayuda para uno de ellos, para quien es amigo, hijo, marido o padre, un hombre llamado George Bailey, al que las cosas parecen irle muy mal. Y el cielo escucha: un cielo «galáctico» (yo ya había visto Star Wars, sabía reconocerlo) donde se iluminan unos astros y resuenan nada menos que las voces de Dios y de san José, dispuestos a atender a esas voces y ayudar al desesperado, enviando a un ángel… Pero un ángel al parecer no muy inteligente (tiene la inteligencia de un conejo, señala san José, añadiendo: la sana ingenuidad de un niño), que pese al tiempo que lleva en el Cielo, aún no se ha ganado sus alas, y ésta será su ocasión. De inmediato, la convertí en la primera película favorita de mi vida, y aunque otros títulos han venido a unirse a ella e incluso, aun por temporadas, a superarla, sigo siéndole incuestionablemente fiel.

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El hombre que escribía los cuentos más tristes

Retrato de Andersen de 1838 por H. A. JensenVarias ciudades del mundo (¡hasta la mía, Málaga!) comparten la presencia en sus calles de una estatua de bronce que reproduce la figura de un señor vestido con ropas antañonas, por lo común con un sombrero de copa, y que suele aparecer sentado, con un libro entre las manos y la mirada soñadora. No en vano, este caballero alimentó los sueños de muchas generaciones de niños desde que en 1835 publicara el primero de sus cuentos, poblándolos de figuras tan conocidas como el patito feo, el firme soldado de plomo, la niña cuyos zapatos rojos la obligan a bailar sin descanso contra su voluntad o la princesa capaz de no pegar ojo porque la reina que quiere probar su condición principesca depositó un guisante debajo de los veinte colchones sobre los que ha dormido. Se trata, claro, está de Hans Christian Andersen, que visitó Málaga en 1862, dedicándole palabras muy amables en su libro Viaje por España. Que el gran autor de cuentos haya acabado convirtiéndose en una figura familiar junto a la que uno pasa muchas veces en la vida, supone un símbolo que a él mismo —a quien tanto gustó la exposición pública— no le habría desagradado. Pero para desdicha suya, se ha convertido en una figura que todos creen conocer, preocupándose poco por conocerlo de verdad. Al igual que tantos escritores encasillados bajo la etiqueta de la literatura para niños, volver a sus páginas en la edad «adulta» (ay, él mismo se habría reído a carcajadas de la solemnidad con que solemos pronunciar o escribir esta palabra) supone descubrir que, también como todas las estatuas que creemos conocer demasiado, al concentrar la mirada en él, descubrimos que es sutilmente distinto. Andersen se complacía en parecer muy transparente: y desde luego, nunca fue opaco, pero es más cómodo creer antes que comprobar. Y quien lo asocia, como a todos los escritores infantiles, con la alegría y los finales felices, se llevará la sorpresa de que la característica principal de su obra es la honda melancolía que la envuelve, pues Andersen fue el escritor que escribió los cuentos más tristes del mundo.

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Resumen del cine superheroico 2016

Batman versus Superman, supuesto duelo en la cumbre

Los superhéroes han venido para quedarse pero… ¿no se están haciendo pesados? El año 2016 registra hasta cinco estrenos que se reparten los universos de las dos editoriales principales del mercado estadounidense, Marvel y DC, a su vez divididos en tres majors de Hollywood: Warner (Batman v. Superman: El amanecer de la justicia y Escuadrón suicida), Marvel Studios/Disney (Capitán América: Civil War y Doctor Extraño) y Fox (X-Men: Apocalipsis). En este artículo voy a hacer un pequeño esbozo de cuatro de ellos. El título que descarto, porque no lo he visto, es Escuadrón suicida: no siendo un incondicional de DC y no teniendo, de entrada, las referencias necesarias para acudir a las salas (todo lo contrario: sale Will Smith…), la he dejado para recuperarla en el futuro en formato doméstico. Los otros cuatro títulos ya me despiertan cierta sensación de inercia: hace tiempo que dejó de maravillarme el descubrir a mis héroes favoritos reproducidos en imagen real con inigualable verismo. La acumulación de películas del género amenaza con incurrir en la pura intoxicación: además, creo que todas abusan de minutos y de presunto dramatismo, olvidando el sentido de la distensión que era también parte imprescindible en su origen de papel. En cualquier caso, la cosecha ha sido irregular, abundando lo malo por encima de lo estimable. Voy a desgranarlo. Seguir leyendo

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El fin de la humanidad: La Tierra permanece y La nube púrpura

Ilustración de la edición norteamericana de La Tierra permanece, en Ballantyne-Del Rey

El ser humano siempre parece haber sentido un morboso placer por imaginar el fin de la humanidad: de la mitología (¿cómo olvidar la majestuosidad del Ragnarök nórdico?) a las religiones institucionales (el Apocalipsis, sin duda, es el más sugestivo de los libros que conforman la Biblia) y, por supuesto, el arte y la literatura. En concreto, es un tema recurrente dentro de la ciencia-ficción (literaria, cinematográfica, tebeística). Y un tema especialmente sugestivo, tanto por sus resonancias dramáticas como por sus posibilidades estéticas, narrativas y visuales. ¿Quién no recuerda la imagen de la Estatua de la Libertad medio enterrada en una playa solitaria, en el final de El planeta de los simios, versión Schaffner? La ciencia-ficción literaria cuenta con varios clásicos al respecto. Posiblemente, el más venerado por los aficionados sea el denso (y paradójicamente, muy sencillo) Soy leyenda, de Richard Matheson. Sin embargo, y aunque en una futura ocasión espero abordar esta novela y las películas inspiradas de ella, hoy voy a hablar de otros dos títulos, menos conocidos pero también de gran interés. No lo haré en orden cronológico, sino en el de lectura (y también en el de la calidad: si una de las dos novelas es muy estimable, la otra ya es directamente memorable). En fin, se trata de La Tierra permanece, del estadounidense George R. Stewart, y de La nube púrpura, del inglés M. P. Shiel.

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