La segunda trilogía Star Wars (I): La amenaza fantasma

La amenaza fantasmaLa guerra de las galaxias se iniciaba con un mítico rótulo que dice: «Episodio IV». Por supuesto, esto no era sino un guiño a los amantes del tipo de historia encarnado por el film (o sea, los seriales, los comics y la ópera espacial), y no que Lucas tuviera en mente tres capítulos previos y hubiera «preferido» empezar por el cuarto. (Aunque hay quien lo cree, pero es absurdo: ¿por qué no empezar directamente por el primero?). Concluida la trilogía, Lucas se embarcó en otros proyectos, de los cuales el de mayor éxito fue el de la saga Indiana Jones, compartido con su amigo Spielberg, y una serie de películas —de muy diverso tipo, incluyendo proyectos «serios» de Francis Ford Coppola o Paul Schrader— que, en mayor o menor medida, no llegaron a tener el éxito de su saga galáctica. En algún momento empezó a rumiar la reanudación de la serie. Lo lógico habría sido, claro, contar lo que pasa después. Sin embargo, cuando por fin empezaron a llegar las noticias del proyecto cundió el desconcierto: Lucas hacía realidad lo del «episodio IV» y se disponía a contar lo que pasaba antes, es decir, la precuela. No sé si Lucas ha explicado con detalle tal decisión, no me he puesto a investigarlo. Pero el disparate siempre me pareció evidente. ¿Qué sentido tiene hacer hasta ¡tres! películas para contar una historia que ya sabemos cómo acabará?

Es decir, no es que tal proyecto no pudiera tener interés. Todo lo contrario. Manejar una historia que tiene que acabar de determinada manera es, evidentemente, un reto muy seductor. Pero un reto para un tipo de cineasta muy distinto a Lucas. Un reto para un cineasta atraído por el desafío intelectual y artístico de proponer una historia apoyada, ante todo, en un sentido del fatalismo extremo, puesto que su protagonista, Anakin Skywalker, por muy heroico y noble que pueda aparecer, debe convertirse en la encarnación del mal supremo, en Darth Vader. Para que ese sentido del fatalismo funcionara, se requería un sentido especial del lirismo, una narrativa que atendiera antes a la introspección psicológica que al juego de las escenas de espectáculo digital. Requería, pienso, crear una superproducción de ciencia-ficción intelectual, algo que se ha hecho más de una vez —el referente supremo siempre será, aunque a mí no me gusta mucho, 2001, una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick—, pero que no era, ni de lejos, lo que George Lucas tenía en mente. No voy a decir que no tuviera ninguna ambición artística, pero lo cierto es que, vista la trilogía, el cineasta se dejó devorar (sospecho que con mucho gusto) por la tentación del espectáculo fácil, que permitiera además la explotación de una potente mercadotecnia: de hacer la mayor caja posible, vamos.

George Lucas y sus creacionesYa había exprimido al máximo sus previos títulos, eso sí. En 1997, los había reestrenado en «Edición Especial», mejorando el color y los efectos especiales, iniciando un imposible combate contra el futuro. Pero también alterando planos, cambiando escenas e incluso incurriendo en la pura indignidad: la famosa escena en que Han Solo, en la taberna de Mos Eisley, ejecuta sin vacilar a un sicario que lo amenaza con pistola vio ahora cómo, para que ninguna conciencia pacata se escandalizara (en primer lugar la suya, supongo), era el sicario quien disparaba primero. Como la cosa quedaba fatal y fue, claro, muy criticada, cuando las películas llegaron al dvd en 2004 volvió a modificar la escena, haciendo que los dos contendientes dispararan a la vez. Delirante. Hay que señalar, además, que la creación de la segunda secuela lo llevó también a realizar otras alteraciones no menos discutidas. Por ejemplo, los cambios ya comentados en el final de El retorno del Jedi. Pero, además, los títulos «oficiales» de las tres primeras películas (que ahora pasaban, al mismo tiempo, a ser los episodios posteriores). El film que lo empezó todo, así, recibió el incómodo rebautizo de Star Wars, episodio IV: Una nueva esperanza. Po vale, para mí y para quienes amamos esa película nunca dejará de ser La guerra de las galaxias.

Recapitulemos. Antes de ir a ver la primera película, todos sabíamos que, como mínimo, se nos contaría cómo se conocen Obi Wan Kenobi y Anakin Skywalker, y cómo éste tendrá alguna relación sentimental de la cual nacerán los hermanos (buff, no consigo escribirlo sin que se me altere la sangre…) Luke y Leia. Historias individuales que, al mismo tiempo, deberían tener como fondo las intrigas que suponen el fin de la República y la aparición del Imperio de la mano del tenebroso emperador Palpatine.

La moda japonesa sigue arrasando en el futuroPocas películas habrán sido estrenadas con más expectación que La amenaza fantasma. Sólo recuerdo, por comparar, el Parque Jurásico (1993) de Spielberg. Dos películas unidas por la tremenda decepción que me produjeron. En el caso del film de Lucas, terrible, desoladora. Pues La amenaza fantasma es un bodrio sin perdón de Dios, una película tediosa, sin un solo punto de interés, que no parece preocuparse por otra cosa que en apabullar mediante una andanada de efectos especiales, de criaturas digitales que, por sobrecarga, distancian una enormidad y no consiguen revestirse de la menor carnalidad (el personaje de Jar Jar Binks se ganó tanto el odio de todo el mundo que, prudente por una vez, Lucas lo «retiró» de los capítulos siguientes) y que, sobre todo, no sólo no aportan nada a la saga sino que encima la perjudica notablemente. Lo más carcajeante es que, de pronto, resulta que la Fuerza se debe a unos bichejos microscópicos, llamados midiclorianos, que se encuentran dentro de las células de todo ser vivo, pero que en algunos se manifiestan con notable intensidad, los llamados a ser caballeros Jedi. Vale que el concepto de la Fuerza siempre me pareció de lo peor de la saga (sobre todo por el misticismo barato que acarreaba), pero de ahí a darle una explicación «científica»… Porque entonces, ¿la caída en el Lado Oscuro no sería una enfermedad?

George Lucas dirige y escribe en solitario, pone el dinero y la empresa encargada de los efectos digitales, que son, ya lo he dicho, los grandes protagonistas del film. Cine de autor, sin duda alguna. Responsabilidad máxima. Leña al mono.

La amenaza fantasma cuenta, en dos horas y pico que parecen el doble, cómo un experimentado caballero Jedi llamado Qui-Gon Jinn (sí, nombre pseudo-japonés y ropas para el desierto de Tatooine: estos guiños son de lo poco que me hace gracia) y su discípulo, que no es otro que Obi-Wan Kenobi, mientras rescatan a una reina llamada Amidala, van a parar al remoto Tatooine y allí conocen a un niño, Anakin, en quien la Fuerza refulge con una intensidad no conocida (o dicho en la jerga del film: que tiene un índice de midiclorianos altísimo). Como excusa que justifique la acción, una abstrusa intriga bélica que lleva a que unos malos, dirigidos por un tipo con capucha que sabemos pero no sabemos que tiene que ser Palpatine, a disputarse el planeta de la reina Amidala, aunque no se nos explica nunca para qué.

Es difícil comenzar la lista de defectos del film. El primero, para mí, es la extrema fealdad visual de la película. Vale que era el inicio de la digitalización absoluta de los escenarios en el cine fantástico, pero es que ni la ciudad de Amidala ni la ciudad submarina de los gungans ni el en teoría sugestivo planeta-ciudad de Coruscant ni los interiores de palacios, naves espaciales o el famoso Senado republicano atraen por su belleza o por su sugestión. Son enormes mamotretos marcados por un horror vacui que incluso llega a ser desagradable. El trabajo de iluminación, uno de los elementos fundamentales de toda película, nunca recibió por parte de Lucas la atención que merecía a lo largo de la saga, salvo quizá en El Imperio contraataca, y en la segunda saga hasta la luz parece digital.

Una buena imagen, Anakin y su sombra futura, VaderSegundo, pocas veces han desfilado por la pantalla personajes menos interesantes. Ese Jedi de larga melena que interpreta Liam Neeson con risible gravedad no deja la menor huella en el recuerdo: ni se sabrá nada de él ni importará no saberlo. El joven Obi-Wan parece haber perdido toda la personalidad que tendrá en su vejez, pero es que además en este film permanece casi todo el tiempo en segundo plano, cediendo el protagonismo a su maestro. Sabremos que la reina Amidala lo es por elección de su pueblo; la pregunta acuciante es: ¿qué diablos ha podido ver ese pueblo en esa niña pavisosa, qué personalidad, qué cualidades políticas? Natalie Portman no parece comprender de qué va un personaje de ese tipo: incluso la mediocre Carrie Fisher parecía Meryl Streep a su lado. El niño Jake Lloyd no molesta, pero está mal elegido y peor dirigido por George Lucas (ambas tareas ya sabemos que no son su fuerte), por cuanto sólo parece un adorable querubín que en ningún momento denota el monstruo que acabará saliendo de su anterior. Y los secundarios carecen de relieve: ni el teóricamente maquiavélico Palpatine/Ian McDiarmid, ni un Samuel L. Jackson desaprovechado (y con cara de no saber qué diablos está haciendo en ese embolado), ni un Yoda que en el momento de su estreno era todavía un muñeco y en las posteriores ediciones en formato doméstico fue digitalizado (total para qué: sigue siendo el personaje más cargante de la saga).

Encima, al lado de ese villano en la sombra figura un sicario, un Sith (recuérdese que Vader era el Señor de los Sith) llamado Darth Maul que parece prometer maldades sin cuento, cuando menos por un sugestivo maquillaje que le otorga una notable ferocidad, a lo que hay que añadir una doble espada láser. Pues bien, tras una fallida entrada en la acción a mitad de película, por fin Maul tiene ocasión de lucir su ferocidad guerrera en la doble batalla final contra Qui-Gon (al que mata con desconcertante facilidad) y Obi-Wan (que se lo carga con no menos fácil rapidez). Ya está: ¿tanta expectativa para tan poco?

Ahora bien, y como ya he indicado, la palma se la lleva el presuntamente carismático y gracioso Jar Jar Binks. Su diseño no puede ser más feo (igual que no hay escenario bonito, tampoco hay criatura digital de diseño grato), con esas orejazas y, sobre todo, esos aspavientos al moverse. Pero es que, encima, Lucas lo hace expresarse de modo todavía más insufrible que el de Yoda. Por increíble que parezca, no hay un solo momento en toda la película que este ser haga algo que merezca siquiera una sonrisa: creo que Lucas intentaba crear un personaje a lo cartoon, cuya torpeza despierte continuas carcajadas, pero el resultado es lamentable.

La doble espada laser no le sirve a Darth Maul al final para nadaUnos invitados inesperados son los robots C3PO y R2 D2. Recuérdese que, en La guerra de las galaxias, cuando Luke se los presenta a Ben Kenobi, éste niega conocerlos o haber tenido antes robots. O Lucas lo olvidó o prescindió de toda coherencia. La presencia de los droides es una de las mayores inconsecuencias de la segunda trilogía. Además, es inútil que se impliquen a fondo en la intriga, cuando al final todos sabemos que la única solución para mantener una mínima continuidad es que les borren la memoria. Claro, justo lo que pasará. Encima, Lucas brinda un momento inolvidablemente ridículo cuando la reina Amidala, después de que R2 D2 salve la nave en que viaja con una acción personal, hace que lo llevan a su presencia para ¡darle las gracias! a un robot que cumple una programación. Esto es ser una reina nada clasista.

Brilla también con luz propia el misticismo fácil que había ido contaminando la saga inicial. Las sentencias Jedi son para escribir un regocijante libro de autoayuda new age. Y eso sí, Lucas no se priva de establecer un paralelismo cristológico con su Anakin. Cuando Qui-Gon le pregunta a la madre por el padre… la respuesta es que el niño llegó sin ninguna participación externa. Si Lucas fuera otro tipo de director, este giro podría defenderse como una malsana sugerencia blasfema. Pero siendo él, es otra estupidez más.

Por no funcionar, en esta película incluso John Williams brinda un trabajo horrible. Labor peliaguda la suya, pues tenía que procurar un equilibrio entre los viejos temas, ineludibles (pero que debía racionar a momentos que, más o menos, evocaran la antigua saga), y los nuevos. Pues bien, estos últimos son francamente malos, con menciones negativas para el coro que acompaña la lucha final de los dos jedis contra Darth Maul o la música de celebración final en Naboo. Por cierto, que esta conclusión supone otro guiño al pasado: es el mismo tipo de final que cerraba La guerra de la galaxias, unos héroes recibiendo un agasajo público sobre una escalinata y girándose para recibir la ovación del pueblo. Ahora bien, su valor simbólico también es significativo. Si en 1977 la secuencia era bastante modesta, en 1999 es tan ostentosa que sus imágenes se convierten en una empalagosa estampa kitsch nada más nacer.

El único valor que tiene La amenaza fantasma es que es tan mala que resultaba difícil que las siguientes películas no mejoraran la nueva saga. Y así sucede, claro. Es el único aliciente para quien, como yo, decide repasar en su casa las tres películas teniendo el mal recuerdo que tenía de cuando las vi en cine hace ya más de una década.

Demasiada importancia se da a Darth Maul en este cartel

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Star Wars, episodio 1 – La amenaza fantasma / Star Wars, Episode 1 – The Ghost Menace. Año: 1999.

Dirección y guión: George Lucas. Fotografía: David Tattersall. Música: John Williams. Reparto: Liam Neeson (Qui-Gon Jinn), Ewan McGregor (Obi-Wan Kenobi), Natalie Portman (Padmé Amidala), Jake Lloyd (Anakin Skywalker), Pernilla August (Shmi Skywalker). Dur.: 136 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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