El fin de la humanidad: La Tierra permanece y La nube púrpura

Ilustración de la edición norteamericana de La Tierra permanece, en Ballantyne-Del Rey

El ser humano siempre parece haber sentido un morboso placer por imaginar el fin de la humanidad: de la mitología (¿cómo olvidar la majestuosidad del Ragnarök nórdico?) a las religiones institucionales (el Apocalipsis, sin duda, es el más sugestivo de los libros que conforman la Biblia) y, por supuesto, el arte y la literatura. En concreto, es un tema recurrente dentro de la ciencia-ficción (literaria, cinematográfica, tebeística). Y un tema especialmente sugestivo, tanto por sus resonancias dramáticas como por sus posibilidades estéticas, narrativas y visuales. ¿Quién no recuerda la imagen de la Estatua de la Libertad medio enterrada en una playa solitaria, en el final de El planeta de los simios, versión Schaffner? La ciencia-ficción literaria cuenta con varios clásicos al respecto. Posiblemente, el más venerado por los aficionados sea el denso (y paradójicamente, muy sencillo) Soy leyenda, de Richard Matheson. Sin embargo, y aunque en una futura ocasión espero abordar esta novela y las películas inspiradas de ella, hoy voy a hablar de otros dos títulos, menos conocidos pero también de gran interés. No lo haré en orden cronológico, sino en el de lectura (y también en el de la calidad: si una de las dos novelas es muy estimable, la otra ya es directamente memorable). En fin, se trata de La Tierra permanece, del estadounidense George R. Stewart, y de La nube púrpura, del inglés M. P. Shiel.

Ambas comparten el mismo planteamiento: una catástrofe inesperada —un virus desconocido en la primera, una nube tóxica en la segunda— acaba con la vida sobre la Tierra. Los dos escritores juegan a partir de entonces con similares elementos: el recorrido (perplejo, doliente, fascinado) de un superviviente por esa Tierra que, en principio, es la misma en su apariencia material y natural pero que se ha visto privada del elemento que la humanizaba, y por lo tanto de la posibilidad de progreso y renovación. Es decir, la Tierra se ha convertido en un gigantesco «cadáver» que todavía conserva los restos materiales suficientes como para que sus habitantes puedan sobrevivir sin producir, sabiendo que sobre ellos pende la amenaza del agotamiento de los recursos y la lenta pero inexorable llegada del reinado de la naturaleza.

A partir de aquí, el desarrollo argumental es muy diferente. En La Tierra permanece, su protagonista no tarda en descubrir que ha habido otros pocos supervivientes y, después de deambular por los Estados Unidos para hacerse una idea de la situación exacta, une a su alrededor una pequeña comunidad, cuyo devenir compone el resto de la novela. En La nube púrpura, el protagonista se descubre como el único superviviente, el rey absoluto de una creación sin semejantes, sobre la que se ha erigido en su único habitante y de la que, a ratos, llega a tomarse por su nuevo y único dios.

Un mismo motor argumental, dos desarrollos distintos… y dos obras por completo diferentes en tono, en atmósfera, en construcción dramática, en pasión. La Tierra permanece es un libro que hace compañía: sencillo y apacible, sin duda fatalista (no en vano el título está extraído del bíblico Eclesiastés, según los especialistas distinguido por un sereno aroma existencialista), con desigualdades en ritmo e interés, que pretende reflexionar sobre el rumbo que tomaría la humanidad en caso de que se viera privada de su bienestar tecnológico. La nube púrpura es un libro escrito con las entrañas, que provoca una profunda incomodidad en su forma de tratar la figura del hombre como ser al mismo tiempo destronado y entronizado de forma absoluta, que se devora antes que se lee, y que aunque también posee puntos muy discutibles, deja un recuerdo imborrable que obliga a volver a él.

La Tierra permanece (1949)

La Tierra permanece, en la edición de GigameshGeorge R. Stewart (1895-1980) fue profesor de inglés en la universidad californiana de Berkeley. Los escuetos datos que se tienen de él (y que figuran, por ejemplo, en la reciente edición de Gigamesh, con traducción de Lluís Delgado, en que he leído la novela) señalan sus intereses por la geografía y el estudio de la naturaleza, intereses todos que quedan bien reflejados en su título, del mismo modo que lo hace su afición a recorrer su país en coche. Es más, a partir de estos pequeños datos uno casi tiene la tentación de considerar que el protagonista de su libro (el honrado y modesto Isherwood Williams, que reduce el rimbombante nombre que no eligió a Ish) es una proyección de sí mismo. No en vano, hacia el final de su vida, Ish reflexiona en que, de no haber sucedido el Gran Desastre, seguramente se habría convertido en un tranquilo profesor de universidad, de vida apacible y apacible reputación… justo como el propio Stewart. Quizá la mayor curiosidad que se puede encontrar en la vida de éste es que parece ser el responsable de la costumbre de bautizar con nombres humanos ese rosario de huracanes que todos los años asola el mundo, y que procede de una de sus novelas, llamada Storm.

La Tierra permanece está escrita en 1949. En ese momento, la guerra fría ya había estallado, aunque todavía la paranoia nuclear no se hallaba en su apogeo: ese mismo año, la Unión Soviética probaría con éxito su propia bomba atómica y entonces se desencadenaría la alarma. Sin embargo, cuando Stewart escribe su libro, Estados Unidos sigue creyéndose el único dueño del Gran Juguete, y en todo caso, uno duda de que el novelista hubiera cambiado gran cosa su planteamiento: la humanidad perece no por un desastre nuclear, sino por una inesperada y del todo natural epidemia que se presenta de improviso y sin que pueda haber reacción. Una epidemia de la que, significativamente, Stewart no dará ningún dato más —Shiel sí desgranará con detalle los pormenores de la suya—, pues lo importante no es la causa, sino la consecuencia: la lenta desaparición de la antigua civilización tecnológica y, más aún, la creación de una nueva en la que el hombre se verá obligado a medirse de nuevo en igualdad con la naturaleza.

En el arranque de la novela, una serpiente de cascabel muerde al protagonista y esta acción salva su vida, pues le otorga algún tipo de anticuerpo para hacer frente a un virus insidioso que se le presenta mientras está combatiendo al veneno del ofidio. Días después, cuando Ish, ya restablecido, coge su vehículo para regresar a la civilización (ha pasado las dos últimas semanas haciendo trabajo de campo, aislado en mitad de la naturaleza) será para descubrir que la terrible conmoción. Después de hacer lo normal en todo hombre sencillo, regresar a casa para descubrir si queda algún rastro de su familia, Ish emprende un largo viaje por el país que lo llevará a la otra costa, a Nueva York. En su camino encuentra algunos supervivientes, pero estos, o bien han quedado completamente conmocionados por el Gran Desastre (incapacitados por tanto para cualquier tipo de nueva socialización), o se han recluido en su pequeño mundo, sin necesidad de nadie más.

Al mismo tiempo, Stewart alterna las andanzas de Ish con una serie de fragmentos, entre informativos y líricos, que narran el efecto de la desaparición del hombre sobre el resto de seres vivos, los animales (sobre todo los domésticos) y las plantas, consiguiendo algunas piezas espléndidas en su brevedad, como aquella que dedica a los perros cuya cómoda vida de mascotas muere con sus amos…

George R. Stewart, el autor de Earth Abides, o La Tierra permaneceEs en estas páginas, que conforman el primer tercio de la novela, donde La Tierra permanece ofrece lo mejor de ella. De acuerdo con el ya citado referente bíblico, la reacción del protagonista parece inicialmente una llamada a la aceptación de la fugacidad de la vida. Él mismo se sorprende de la facilidad con que ha recibido el desastre: su introversión, lo que antes consideraba insociabilidad, piensa, ahora es una virtud. La característica principal del personaje es, ante todo, el sentido de la observación y, por ende, la continua reflexión acerca de cuanto sucede: de hecho, si algún «drama» rodea al personaje, será la insatisfacción que le irá produciendo la progresiva constatación de la imposibilidad de salvar la cultura encerrada en esos libros que tanto venera (es buen símbolo que su empeño en preservar el legado de la biblioteca de la universidad de San Francisco para que la nueva humanidad se beneficie de ella quedará en nada cuando se vaya perdiendo el conocimiento de la lectura: acabarán siendo meros objetos que nadie leerá nunca).

Sin embargo, el libro no cuenta una mera exploración de un mundo marcado por la destrucción, sino la crónica de la lenta reconstrucción de la vida cotidiana por los pocos supervivientes que acaban uniéndose a Ish para formar una pequeña comunidad en torno a la calle del antiguo San Francisco en que él vivía. Una comunidad cuyo núcleo es la Familia, pues quienes la conforman son varias parejas con los múltiples hijos que van teniendo a lo largo de los años. Enseguida, la novela comienza a abarcar años mientras ese pequeño grupo se consolida e incluso se multiplica levemente, al emparejarse entre sí la segunda generación. El mismo Ish formará familia con una mujer, Em, la cual, a pesar de su piel blanca, le acaba confesando, al quedar embarazada, que es negra: teniendo en cuenta el año de publicación de la novela, cuando en muchos estados del país todavía se practicaba una abierta segregación, y aun a través de una representante de piel clara, es encomiable que Stewart incluyera a los afroamericanos entre la simiente de la futura humanidad; más aún, dentro del grupo, a Em le corresponderá el simbólico papel de sostén moral de la comunidad, al estilo de las madres de las películas de John Ford.

Primera edición de La Tierra permanece, ilustración de H. Lawrence HoffmanCon el paso de los años, la vida de ese pequeño grupo se revela sencilla y apacible: una vida parasitaria, en cuanto que siguen viviendo de los restos de la antigua civilización humana. Las pequeñas tragedias (el definitivo corte de la electricidad y del agua, por ejemplo) no tardan en perder su dramatismo a medida que se adaptan a las nuevas condiciones. Porque, ante todo, lo que cuenta La Tierra permanece es que el hombre es una criatura cuyo rasgo principal no es la inteligencia y ni siquiera la creatividad, sino la adaptación. La principal tribulación que padece Ish es, precisamente, su inexorable convencimiento de que lo primero (lo que él entiende, ante todo, por humano, y cuyo mayor logro es la cultura del conocimiento) está destinado a desaparecer irreversiblemente. En este sentido, es una buena idea que en uno de sus propios hijos, el pequeño Joey, reconozca la chispa del talento que él tanto ama, y que por tanto no solo sienta una especial afinidad hacia él sino que llegue a verlo como el necesario Mesías que permitirá la supervivencia del mundo. El profesor Stewart, sin embargo, no concede tan fácil oportunidad a la humanidad: Joey, más inteligente que sus coetáneos pero también más débil físicamente, morirá con la reaparición de una pequeña epidemia, en este caso de una vieja y conocida enfermedad, ahora casi letal, la fiebre aftosa.

Pero no se crea que la novela está marcada por el signo de la angustia. Al contrario: en todo momento, el estilo de Stewart es sencillo; el tono, desapasionado. Quien crea que encontrará en La Tierra permanece una crónica apasionada, claustrofóbica, existencial o violenta del ocaso de la humanidad… se tropezará con la mayor de las decepciones. El ritmo de la novela es tranquilo, incluso moroso; los personajes no dejan especial huella, salvo su protagonista, el cual, si acaba incluso conmoviendo, es por su normalidad. Y es que, a la medida de su tranquilo protagonista, Stewart cuenta el ocaso de la humanidad de modo nada solemne, como una sencilla crónica de lo inevitable.

[Quien no haya leído esta novela, debe dejar esta reseña aquí]

Pasan los años, pasan las generaciones: la tecnología comienza a convertirse en un recuerdo legendario, se pierde la antigua cuenta del tiempo y se revierte a una especie de era post-histórica que recuerda, en mucho, a los albores de la humanidad. Si el desarrollo de la novela revela indudables problemas de ritmo, en sus páginas finales adquiere una imborrable sustancia elegíaca al narrarnos los últimos tiempos de la vida de Ish, ya un anciano con grandes lagunas de memoria, al que los jóvenes que lo rodean, en su condición de último norteamericano, lo han convertido en una especie de oráculo, de hombre-medicina en el sentido de las civilizaciones indias, a quien simboliza, a modo de tótem, el viejo martillo que, desde las primeras páginas del libro, siempre le ha acompañado. En el que, tal vez, supone el rasgo más estremecedor de la historia, esa porosidad de la memoria del viejo Ish supone la mejor metáfora de ese olvido de los nuevos hombres por el glorioso pasado de la Tierra, su reversión —sin dolor: no se puede anhelar lo que no se ha conocido— a una civilización que para quien conoció la cúspide anterior es dolorosa: pero ese último representante del viejo mundo sabe declinar con la elegancia de quien sabe perder y se convence de que otros, no viciados por la nostalgia, sabrán mantener la antorcha. La Tierra permanece, sí, pero el hombre (aunque sea otro hombre), también.

La nube púrpura (1901)

Edición de bolsillo de la versión de La nube púrpura de Reino de RedondaMatthew Phipps Shiell, que luego reduciría su nombre a las iniciales e incluso quitaría una ele a su apellido, nacido en la isla antillana de Montserrat en 1865 y muerto en Londres en 1947, es un escritor en las antípodas de Stewart, en la vida y en la obra, de ahí la radical contraposición entre las dos novelas. Fue hijo de un predicador metodista y de ahí el conocimiento de la Biblia de que él mismo alardeaba: desde luego, quien se asome a las páginas de La nube púrpura reconocerá de inmediato un inconfundible tono de (paranoica) parábola religiosa. Aunque inicialmente trabajó como docente, labor que enseguida abandonó, Shiel fue un profesional de la literatura que escribió un poco de todo, incluso por encargo. El detalle tal vez más pintoresco de su vida, que conocerán bien los seguidores de Javier Marías, fue su coronación a los quince años y por su propio padre como primer Rey de Redonda (un peñasco deshabitado situado cerca de Montserrat), iniciando una dinastía de soberanos-literatos cuyo actual representante es precisamente el autor de Negra espalda del tiempo (estupendo ensayo novelesco donde pueden encontrarse pormenores del caso) bajo el nombre de Xavier I. Por cierto que en su editorial, del mismo nombre que el reino, y con traducción de Soledad Silió, puede encontrarse, claro, la novela.

La nube púrpura pasa por ser su obra maestra y, cuando menos, es el título más conocido y todavía hoy publicado de su carrera. Ante todo, lo que salta a la vista desde sus primeras páginas es el increíble grado de implicación personal que delata su tono narrativo: no he leído lo suficiente de Shiel como para asegurar cuánto hay de él mismo en la enfebrecida personalidad de su protagonista, pero la desnudez emocional con que el escritor lo dota de vida no puede deberse a una mera creación argumental.

En consonancia con esto, hay en la novela —y esto subraya la superioridad como escritor de Shiel con respecto a Stewart— una mayúscula obsesión por la atmósfera y la expresión de un tono dramático a través del estilo, comenzando por el magnífico uso de la primera persona. Pero es que además, y teniendo en cuenta el largo periodo de tiempo que abarcan las aventuras de su protagonista, Adam Jeffson (al menos un par de décadas), Shiel tiene el acierto de hacer que la narración no esté compuesta de una sola vez, al final de ese periplo y a modo de recapitulación, sino que haya sido redactada a tirones y en distintos momentos, con lo cual la novela gana en sentido de la inmediatez y permite que asistamos a la evolución psicológica del personaje: no es lo mismo el tono en que escribe sus andanzas por un mundo recién devastado que sus reflexiones muchos años después, convertido a la fuerza en un hombre distinto.

Portada de la primera edición de La nube púrpura, de M. P. Shiel, en 1901Por otro lado, el autor no abre la historia directamente con el fin de la humanidad, como Stewart, sino que (con magnífico sentido de la dramaturgia) elabora un largo preludio, casi operístico, de tensión y muerte, a modo de cadena de señales, que obliga a aceptar que el fin de la humanidad no es sino la consecuencia lógica de la alucinante cadena de hechos que rodean a Adam Jeffson. En esas largas páginas iniciales asistimos a la puesta en marcha de una expedición dispuesta a coronar el polo norte —cuestión que entonces apasionaba a la opinión pública, por cierto: pocos años después, el estadounidense Peary se adjudicaría semejante hito, en circunstancias discutibles que no han merecido nunca la unanimidad de los especialistas—, en la que Adam participa como médico… después de que el primer hombre elegido para el puesto muera envenenado a pocos días de la salida.

En pocas páginas, Shiel construye de forma implacable (un amigo de lo verosímil diría: excesiva) una considerable sucesión de presagios que acaban rodeando la empresa, y al protagonista, de signos de condenación a modo casi de imprecación bíblica: la sugestión que Adam siente por los inflamados sermones de un predicador que compara la expedición, en su propósito de desvelar un secreto impuesto por Dios, con el acto de los primeros padres en el paraíso de quebrantar la prohibición de comer el fruto del árbol de la ciencia (no es necesario subrayar la intencionalidad con que Shiel bautiza a su protagonista), de tal modo que la aparición de la nube púrpura podría interpretarse como un castigo divino a modo de nuevo y destructor diluvio universal; el reconocimiento del protagonista de que en su interior siempre han existido dos avatares (los llamará el Blanco y el Negro), uno que lo empuja a la destrucción, el otro a la salvación; y la participación en el envenenamiento de su propia prometida, la aristocrática Clodagh, imbuida por el deseo de que su prometido alcance la más alta gloria, y cuyo personaje histórico favorito, no por nada, es… Lucrecia Borgia.

La misma crónica de la aventura polar posee un tono enfebrecido que revela la influencia de Edgar Allan Poe y su Narración de Arthur Gordon Pym (por ejemplo, en la muy conseguida manera de hacer que el color blanco quede impregnado de insondable maldad…). En el curso de ella, Adam Jeffson ha de afrontar una nueva muerte (en duelo personal contra uno de sus compañeros, que le acusa abiertamente del envenenamiento de Peters) y la abierta hostilidad de sus compañeros de viaje, convencidos de su condición de asesino tanto por los abrumadores indicios como por la irritabilidad que en todos provocan los sufrimientos de un viaje en tan infernales condiciones climáticas. Adam acaba lanzándose él solo a la conquista del polo y consigue ser su primer hollador… circunstancia que le convertirá en el único superviviente de la catástrofe que está teniendo lugar en esos momentos en el resto de la Tierra, el envenenamiento masivo de la humanidad por una nube púrpura cuyo dulzón olor a melocotón encubre la inhalación de cianuro. Solo las bajas temperaturas del punto más extremo del planeta disuelven la nube y salvan a Adam, convirtiéndolo en the last man on Earth.

Si los hechos anteriores a la aparición de la nube son magistrales —insisto: su tono de progresiva maldición bíblica es inolvidable—, lo que sigue a continuación no lo es menos. En su regreso al sur, Adam va advirtiendo lentamente que algo terrible ha afectado al mundo, y una de sus primeras señales es el descubrimiento del Esperanza, el barco de la expedición, derivando por los mares árticos con todos los tripulantes convertidos en cadáveres. Erigido ahora en el indiscutido capitán del buque —a bordo del cual recorrerá el mundo entero durante los años siguientes—, Adam retorna a la civilización para descubrir que ésta ya no existe.

Ilustración para la edición de La nube púrpura en la revista Famous Fantastic Mysteries, de junio de 1949Ya he señalado lo muy sugestivo que es la mera idea de mostrar un recorrido por un mundo ya muerto, pero Shiel consigue ejecutar una verdadera sinfonía del horror sagrado (el adjetivo no es gratuito: Adam va dejándose dominar por ese sentido de lo místico que ya antes latía en él) en la descripción de la devastación que va descubriendo. Horror trenzado de modo indisoluble en belleza, y que revelan a un magnífico poeta del apocalipsis: su descripción de la pavorosa cualidad que ahora descubre en el silencio o el minucioso catálogo de posturas en que la muerte sorprende a la humanidad se bastan para seguir con admirada fascinación el paseo de Adam Jeffson por el mundo muerto.

Por otra parte, el relato de Shiel es pródigo en elementos malsanos. Quizá la culminación de todos sea el hallazgo del cadáver de Clodagh: la odiada Clodagh, en quien, sin necesidad de expresarlo abiertamente, Adam simboliza la culpa de la humanidad ante el inescrutable dios que la ha exterminado, a quien encuentra agarrada al balcón de su casa, con la cabeza descarnada mirando los cielos como en demanda de una airada explicación, reducida a los puros huesos pero con su salvaje y seductora melena roja todavía ondeando al viento.

Otra de las incómodas sensaciones que despierta la novela parte del descubrimiento de que la humanidad fue perfectamente consciente del inexorable avance de la nube y eso provocó una aterrada huida hacia delante de los habitantes de los continentes a donde llegó primero, esto es, Asia y África. Así, en suelo inglés, Adam encuentra que las montañas de cadáveres están pobladas, ante todo, de cuerpos de piel oscura, de vestimentas exóticas: el último hecho de la humanidad, por tanto, fue la tan temida invasión de los bárbaros, y mientras lo leemos, no podemos evitar sentir cierto escalofrío ante la duda de si esta revelación posee un fondo racista o sencillamente racionalista (la frenética avalancha es perfectamente razonable). Además, el protagonista descubre que, en el último estertor de sus condenadas vidas, el hombre se dejó llevar por sus más violentos instintos, dejando notables huellas de una inclinación final al crimen más rabioso. Eso sí, también encuentra serena aceptación del destino: en uno de los pasajes más bellos de la novela, llega a la casa de un conocido poeta, llamado Machen (en homenaje al gran escritor galés Arthur Machen), y descubre que la muerte le sorprendió escribiendo su último poema.

[Quien no conozca el final de esta estupenda novela, debe dejar de leer aquí]

Ilustración de J. J. Cameron para La nube púrpura

En medio de tanta destrucción, Adam Jeffson (¿podía ser de otro modo?) comienza a deslizarse por la pendiente del más exaltado nihilismo. Después de dedicar infructuosas semanas a buscar supervivientes (lo hace en el subsuelo, en las minas, el único lugar donde alguien pueda haber podido refugiarse el tiempo necesario para que la deletérea nube pasara), acaba consagrándose a la destrucción de la principal huella del paso del hombre por la Tierra: las ciudades. Su primera víctima es su propia urbe, Londres, cuyos preparativos para incendiarla describe con gran minuciosidad. Desde entonces, y a partir de aquí los años comienzan a pasar con rapidez, Jeffson dedica sus solitarios esfuerzos a dos magnas empresas: el arrasamiento del planeta (de sus ciudades, pero también de sus bosques) y la construcción, en una isla griega, de un insensato palacio de oro que rinda el adecuado homenaje al último habitante de la Tierra. Tomando ese lugar como centro de operaciones, bajo la apariencia de un moderno Sardanápalo (largas barbas y cabellos, notable panza, vestimenta de un nabab oriental, como se ve en la ilustración sobre el párrafo), los años pasan sobre Adam, dejándose mecer por la molicie o viéndose arrastrado a un nuevo frenesí destructor de un confín al otro del planeta.

En su parte final, es posible que Shiel se deje llevar demasiado por su propio sentido del parabolismo. El nombre de Adam ya dejaba entrever lo que sucederá a continuación: el hallazgo, tan robinsoniano, de una huella de pie humano en el suelo (después de casi veinte años de soledad absoluta) lo lleva al descubrimiento de su propia Eva. Este personaje, de entrada, debiera ser inverosímil: allí donde, en parecidas condiciones, el famoso niño salvaje inmortalizado por Truffaut fracasaba, esa muchacha que nunca ha tenido contacto con otro semejante consigue dominar el lenguaje y todas las habilidades humanas. A través de ella, además, Jeffson (¿Shiel?) manifiesta un notable grado de misoginia (no por nada, el primer nombre que le da a la muchacha es Clodagh) al tiempo que encarna la esperanza de redención del nihilismo masculino. La muchacha, por tanto, rompe el tono del relato y lo hace previsible, pero aun así, su inclusión no deja de ser coherente, por cuanto implica un giro de timón cuando el argumento parecía tender al inevitable encallamiento en la repetición. Por no hablar de que su aparición puede interpretarse como el sueño irreal o la alucinación final antes de iniciar el camino a la muerte, y a la definitiva extinción de la especie, de ese último superviviente de la humanidad reformulado en diosecillo sensual y megalómano (la relación de Shiel con el decadentismo que imperaba en la literatura inglesa del cambio de siglo es muy evidente en la parte final).

Ilustración de Yuko Shimizu para la portada de la edición Penguin de La nube púrpuraDos miradas sobre el fin de la humanidad. La Tierra permanece se lee con indolente serenidad; La nube púrpura, con febril tensión. La primera tiende a la contemplación, la segunda a la acción; la una se revela como una elegía contada en voz baja, la otra como una sinfonía de exaltada sensualidad. El autor de la primera es un ejecutante que nunca pierde el compás ni la armonía; el de la segunda es un músico al que trae sin cuidado el sentido de la medida. Distintos pero complementarios, el sencillo profesor universitario y el irreal soberano de un peñasco atlántico afrontan la mayor pesadilla del hombre —el miedo a perecer, a ser olvidado en la inmensidad del universo— mediante dos fábulas que, en su distinta forma de explorar el fin de nuestra cultura, proporcionan hondas reflexiones sobre la esencia de la humanidad.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a El fin de la humanidad: La Tierra permanece y La nube púrpura

  1. Renaissance dijo:

    Es interesante cómo ambas novelas plantean el fin de una civilización de maneras distintas, pero con un punto en común: el del final de una era y la pérdida de toda una cultura, lo que se enfoca como parte de la tragedia (en otras ficciones se hace más el hincapié en la supervivencia y la reconstrucción, con una visión pragmática más cercana al “a lo largo de la historia han desaparecido tantas civilizaciones que esto es otro bache”).
    Personalmente acabo centrándome en consecuencias que en estos libros parecen más secundarias (Ah, la mitad de los humanos han desaparecido…vale. pero, un mundo sin gatos? No gracias), y salvo la idea original de “el fin de algo” no me parecen tan catastrofistas. Salvo La carretera de MacArthy: su libro es muy lacónico y parco en palabras, pero el mensaje es mucho peor: no es el fin de la Humanidad lo que está narrando, sino la muerte de un planeta

    • Bueno, en “La Tierra permanece”, en uno de esos pequeños segmentos (en cursiva) donde el autor va explicando otras consecuencias del fin de la humanidad, deja bien claro que los gatos (que siempre habían aceptado la dominación humana “con reservas”) seguirán sobreviviendo aun perdiendo su condición de mascotas (eso sí, los gatos salvajes tendrán ventaja sobre los antiguos domésticos). Vamos, que ellos no necesitan tantas comodidades para sobrevivir (aunque, si se las dan, no le hagan ascos a ellas 🙂 ).

      No he leído “La carretera”, pero en efecto ya pertenece a otra variante del género: el fin no de la humanidad sino de la misma Tierra. En fin, ganas de los escritores de destruir nuestro cómodo status quo.

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