Star Wars: El despertar de la Fuerza. Una nueva esperanza

Ep. IV-VI     Ep. I-III

Póster español de El despertar de la FuerzaEl reinicio de la saga de Star Wars, como corresponde a todo producto con pretensiones de convertirse en un blockbuster que rompa taquillas, va dirigido a toda clase de públicos, pero yo pertenezco a la generación que se asombró en los cines, a edad muy temprana, con la primera y por tanto ha crecido con la saga. No voy a insistir (lo he hecho en otro artículo) en cómo La guerra de las galaxias (1977) fue la película de mi niñez. El impacto se prolongó con El Imperio contraataca (1980) que, con todos sus defectos, que también los tiene, sigue pareciéndome una de las mejores continuaciones de una película con propósito serial que se haya hecho nunca, por la forma en que supo profundizar en el desarrollo de todos los personajes. Lástima que el tono adulto de este título fuera rebajado indeciblemente en la conclusión de lo que entonces era una única trilogía, El retorno del Jedi (1983), que destruye el encanto y convicción del trío Luke-Leia-Han, por ejemplo convirtiendo a los dos primeros ¡en hermanos! sin que a estas alturas todavía nadie pueda explicarse qué aporta a la trama este «hermanamiento». Pasaron los años y, por fortuna, mi cariño por la saga Star Wars no me convirtió en un mitómano acrítico, de tal modo que recibí la segunda trilogía (los episodios I a III) como lo que era: un engaño para los amantes de la saga original sin interés dramático ni mucho menos narrativo (había que ser un genio para dotar de interés a la historia de cómo Anakin Skywalker se convierte en Darth Vader, y Lucas nunca lo fue). Ahora vuelve la saga (fuera ya del control de su creador), para hacer lo que creo que siempre debió hacer: contar lo que pasa después de los acontecimientos de la primera saga, a partir de esos héroes envejecidos que, arrastrando achaques y arrugas, siguen embargados por el deber de vencer al Mal. ¿Está a tiempo? Star Wars: El despertar de la Fuerza supone un muy buen arranque, no solo por los buenos resultados que obtiene como por las promesas que encierra para el futuro.

George Lucas vendió en 2012 su empresa y los derechos sobre su saga a la voraz Disney (cuyos tentáculos han atrapado en los últimos tiempos a Pixar y Marvel), de tal modo que nada ha tenido que ver con la nueva película. El hombre elegido por Disney para pilotar la nave es un hombre, J. J. Abrams, que en la última década se ha ganado un prestigio como eficiente orquestador de series televisivas y ambiciosos proyectos cinematográficos: antes de Star Wars se encargó de revitalizar la franquicia Star Trek e, incluso, de reencarrilar la de Misión Imposible. No tengo claro que Abrams sea lo que se entiende como director a la manera clásica (ante todo, porque las películas —me refiero a las que se conciben dentro del mainstream, claro— ya no lo son: buena parte de ellas se conciben dentro de grandes ordenadores que permiten modificarlo todo), de ahí que utilice el término de orquestador, que creo que define mejor su responsabilidad global dentro de este tipo de proyectos, incluido el guión. Eso sí, como realizador posee una indudable virtud: su apuesta por la inteligibilidad de lo que se está viendo en pantalla.

El casting original de La guerra de las galaxiasNo soy nada original si señalo que, para «entrar» en Star Wars VII hay que aceptar el propósito nostálgico de tomar la trilogía original como modelo absoluto en todos los terrenos: el argumental, por supuesto (no en vano se está diciendo que esta película es un remake de La guerra de las galaxias), el dramático (la misma atmósfera preside las relaciones entre personajes) y visual (la apariencia de la primera trilogía está recreada de modo casi absoluto e incluso las recreaciones digitales diríase que poseen un toque «artesanal» para no desentonar), por no hablar del sonoro, que se daba por descontado con la continuidad de John Williams (y aquí la nostalgia funciona por completo: la mera aparición de los sones de alguno de los viejos temas de la saga de inmediato eriza la piel).

Es como si los responsables de El despertar de la Fuerza se hubieran propuesto hacer realidad el sueño dorado de muchos fans, empezando por los niños de mi generación: volver a situar la historia en las coordenadas de arranque de La guerra de las galaxias para darnos ocasión a re-vivir esas aventuras por mediación de unos avatares que son y no son los mismos Luke, Leia y Han de antaño. Es apasionante… y peligroso. Primero porque al que nunca haya entrado en Star Wars le parecerá, con toda razón, una soberana estupidez. Y segundo porque se corría el riesgo de quedarse tan solo en la operación nostálgica, algo que suele agotarse en un único visionado. Por fortuna, El despertar de la Fuerza consigue que los obligados elementos novedosos interesen en sí mismos y así escapar de la mera mímesis. Las buenas películas (como los buenos libros, o los buenos tebeos) ya sabemos que son las que apetece recuperar cada cierto tiempo: las obras que nos esperan como una casa acogedora. Y eso es para mí, en sus mejores capítulos, Star Wars.

¿Cómo no compartir la opinión de que los guionistas trabajaron con el borrador de Star Wars I a la vista? No en vano el motor argumental es un ataque inicial de los villanos cuyo objeto es recuperar una valiosa información que acaba en los circuitos de un pequeño robot que se pierde en un planeta desértico (ahora llamado Jakku, pero que parece el Tattooine de toda la vida), donde acaba en manos de un joven (ahora es chica) capaz de pilotar cualquier nave y que languidece en espera de un futuro mejor. Pero hay más. La estética de los soldados, el interior de los cruceros imperiales, los hangares rebeldes o las cantinas espaciales (incluyendo a las orquestas que las amenizan) es la misma. Unas cortinillas barren la pantalla para dar par paso de una secuencia a otra (recurso tomado del film japonés La fortaleza escondida, que Lucas homenajeó/saqueó a fondo para su Star Wars). El principal cuartel general de los villanos es un enorme planetoide capaz de lanzar rayos que destruyen mundos, del que los protagonistas entran y salen y sobre el cual tendrá lugar la batalla final.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana… Así comenzaba el mítico capítulo inicial de la saga —lo de Episodio IV fue una simpática boutade de Lucas que, tristemente, años después se tomó en serio—, seguido a continuación de unos letras que iban empequeñeciéndose a medida que se deslizaban por la pantalla hacia el horizonte, y que daban al espectador la información básica para ponerlo en situación. Y así es ahora también: incluso la primera imagen tras la disolución de los letreros es la progresiva aparición de un enorme crucero espacial que va tapando el fondo de estrellas.

El entrañable Halcón MilenarioDesde ese momento, y con evidente mimo, la película va introduciendo los iconos más reconocibles de la primera trilogía mediante un conjunto que podríamos llamar de «instantes de reencuentro»: los soldados imperiales (magníficos esos planos que nos muestran el pelotón de tropas de asalto, en el interior de las naves que los conducen a Jakku, inmóviles y terribles gracias a la famosa mueca siniestra de su casco), las naves de guerra (los cazas Tie imperiales o los Alas-X rebeldes), los personajes emblemáticos, el casco deformado de Darth Vader… Ahora bien, ninguno como el que hace reaparecer nuestro cacharro favorito, que además es muy divertido: los jóvenes Rey y Finn, en pleno ataque de los villanos, buscan una nave donde huir; Finn señala una en off visual, a lo cual Rey señala que «es basura»; un momento después, el vehículo al que se dirigían es destruido por un disparo, lo que les obliga a encaminarse al otro… que resulta ser el inigualable Halcón Milenario. Y el vuelo del Halcón Milenario siempre será para mí la imagen más bella e intensa que pueda proporcionar esta saga.

Eso sí, el guión no se va a preocupar nunca por aclarar en detalle qué ha sucedido en esa lejana galaxia desde la muerte del emperador al final de El retorno del Jedi y el arranque de la nueva historia. Desde luego, los espectadores originales, en la versión del estreno, tampoco supimos más que eso: el emperador moría a manos de su principal siervo, el tenebroso Darth Vader, revertido al bien mediante una de las redenciones más raudas e inverosímiles de la historia del cine. Con los sucesivos cambios que la tecnología permitió hacer a George Lucas, en posteriores estrenos (para el cine o para los formatos domésticos), éste incorporó unos planos posteriores que mostraban el júbilo de múltiples planetas que celebraban idéntica muerte, supuestamente porque con ella caía el Imperio: uno de ellos tenía lugar en la capital galáctica que se inventó para la segunda trilogía, el hiperurbanizado Coruscant.

En El despertar de la Fuerza no se aclara mucho más. Tan solo que sigue habiendo un bando totalitario y un bando heroico, sólo que ya no se llaman el Imperio y la Alianza Rebelde, sino (y no me pregunten por qué) la Primera Orden y la Resistencia. Ha aparecido un nuevo líder supremo, Snoke, que se comunica con sus siervos mediante un holograma (que lo vuelve gigantesco y que revela, cómo no, un rostro horrible, maligno).

Desde los rótulos iniciales, se informa al espectador de que siguen existiendo Luke Skywalker y Leia Organa. El primero, se nos cuenta, desapareció muchos años atrás y es buscado por todos: por la Primera Orden, para asegurarse de que el último caballero jedi perece para siempre y con él los suyos; por la Resistencia, para encontrar al líder carismático que necesitan y que ya una vez venció al mal absoluto. Ahora bien, durante la hora inicial de película, y contraviniendo las expectativas del público, ninguno de los viejos personajes aparece en pantalla, siendo sustituidos por una especie de «joven generación» que parece proponer un triángulo parecido al original, formado por dos hombres y una mujer, si bien no reproducen de modo absoluto las características de Luke-Leia-Han, sino que los entremezclan. Pues bien, el gran acierto de la película es el interés propio que llegan a tener estos nuevos personajes.

120781.alfabetajuega-star-wars-poster-02-04092015El primero en aparecer es un aventurero cuya desenvoltura y sentido del humor recuerdan a Han —cuando es conducido a la presencia del nuevo villano aterrador, ante el silencio con que éste lo recibe, supuestamente para impresionarle, no puede evitar exclamar con insolencia: «¿Quién va a hablar primero? ¿Tú? ¿Yo?» y luego se queja de no entender su voz a través del casco, incluso la apostura y el físico moreno, pero que esta vez pertenece, de entrada, a la Resistencia. Se trata de un experimentado piloto llamado Poe Dameron el cual, en el prólogo, llega al planeta Jakku para recibir (de manos de un anciano al que interpreta nada menos que Max Von Sydow, en un efímero rol casi de cameo) una grabación con un mapa que indica en qué punto estelar está Luke Skywalker. Por desgracia, la Primera Orden llega enseguida y atrapa al piloto, pero éste ha tenido tiempo de insertar el mapa en los circuitos de su pequeño droide, en quien, por lo tanto, la Resistencia pone su «última esperanza». ¿Nos suena? Por cierto que el nuevo robotijo, BB-8, si bien es un claro calco de R2 D2 (solo que en vez de cilíndrico es redondo), se hace entrañable enseguida y su expresividad depara varios de los mejores momentos del film: hay instantes en que recuerda al inolvidable Wall-E de Pixar.

Los guionistas del film —entre los cuales, además del propio Abrams, se encuentra el también director Lawrence Kasdan, que fue uno de los escritores de los episodios V y VI, y que es presumible que fuera convocado para mantener el tono «clásico»—, por fortuna, mantienen una de las virtudes de La guerra de las galaxias: una estructura narrativa que nos va conduciendo por orden de un personaje a otro, con buen sentido de la progresión. Así, Poe nos lleva al segundo hombre de la historia, que en principio resulta de lo más original. Se trata de un joven soldado de asalto cuyo bautismo de fuego es el ataque al pequeño puesto de Jakku, y en él descubre que le horroriza su condición y se niega a matar. No tiene más nombre que su número de identificación, FN-2187, pero enseguida Poe lo rebautiza como Finn, en el curso del rescate que aquél hace para conseguir un piloto con el que huir del crucero imperial donde está destinado y al que el primero ha sido conducido como prisionero. Por cierto, que una vez que ambos regresan de nuevo a Jakku, Poe desaparece de escena hasta la parte final, abortando (por el momento) la posibilidad de ese triángulo.

El personaje de Finn, sin duda, no llega a presentar una definición coherente del todo: no es tanto un pacifista como un joven aterrado por la perspectiva de actos violentos en que habrá de participar por su condición de soldado. Pero que eso sí, no tendrá el menor embozo en hacerlo contra sus antiguos camaradas cuando Dameron y él huyen del crucero (demostrando que los años de entrenamiento —él mismo señala que los soldados de asalto son arrancados de sus familias siendo niños— le han enseñado a combatir). Es excelente la idea visual mediante la cual se nos distingue a ese soldado «rebelde» que porta la familiar coraza blanca: el compañero que muere ante sus ojos le deja la señal ensangrentada de sus dedos sobre el casco. Así, el soldado queda identificado, marcado, y enseguida veremos que su comportamiento es francamente inhabitual: duda de hacia dónde dirigirse, no dispara su blaster contra los indefensos lugareños a los que se les ordena ejecutar y tan pronto regresa a su nave se despoja del casco, respirando afanosamente como si se sintiera asfixiado. Finn, por lo tanto, es un atractivo individuo escindido entre la necesidad instintiva de huir del peligro y la obligación moral de enfrentarse a él tan pronto conoce al tercer vértice del triángulo, la joven Rey, de quien se erige (ante el estupor de ésta, habituada a valerse por sí misma) en su caballero protector.

Este tercer personaje, Rey, es el más interesante de todos, del mismo que la actriz Daisy Ridley supone el principal hallazgo interpretativo del film, pese a lo incómodo que resulte advertir que su rostro es un cruce entre Keira Knightley y Natalie Portman. Abrams consigue los mejores momentos de toda la película al dedicar unos buenos minutos a la detalla descripción de su vida cotidiana, dotándola de una entidad humana que predispone a querer saber más de ella. Rey se gana la vida como chatarrera, mas al borde de la mera El Caminante caído en el que vive Reysubsistencia (cambia los herrumbrosos repuestos que encuentra a cambio de magras raciones alimentarias, la preparación de una de las cuales se muestra con mimo). El lugar de donde consigue la chatarra da pie a otro memorable «instante de reencuentro»: un viejo crucero imperial estrellado en la arena (más adelante veremos que en Jakku hay todo un cementerio de ellos). Rey lleva una vida solitaria, sin que aparente tener un solo amigo en el mundo, habitando uno de los amasijos metálicos en los que busca su sustento: un magnífico plano revela que es uno de los inolvidables caminantes que en El Imperio contraataca eran utilizados por las tropas de Vader para atacar la base rebelde en el desierto helado: ahora yace inerte sobre un desierto de arena. Por cierto que, mientras consume su exigua cena a la sombra de una de las patas del caminante, para protegerse del sol del crepúsculo se coloca un casco herrumbroso, un despojo del pasado que sin embargo los fans de la serie reconocen con emoción como uno de los viejos cascos de los pilotos de la Alianza. Luke lució uno de ellos para destruir la Estrella de la Muerte.

Ahora bien, a nadie se le oculta que el interés previo de los amantes de la trilogía madre era ver a Luke, Han y Leia, y saber lo que ha sido de ellos en todo este tiempo. En su cierre en 1983, Mark Hamill contaba con 32 años, Harrison Ford con 41 y Carrie Fisher con 27, por ceñirnos al trío protagonista. Star Wars: El despertar de la Fuerza los retoma 33 años después. Como es sabido, las carreras de Hamill y Fisher se difuminaron por completo tras la saga, pero Harrison Ford se convirtió en una de las estrellas del Hollywood finisecular. Teniendo en cuenta esto y que, en rigor, Han Solo siempre fue el personaje más atractivo de los tres, va a ser quien más atención reciba en la película, asumiendo la cabecera de cartel: aparece a la hora de película para recuperar su vieja nave perdida, el Halcón Milenario (es el momento del famoso plano del tráiler en que le dice a su inseparable wookie: «Chewie, estamos en casa»).

Como si volviéramos al principio de todo, Han sigue siendo un aventurero del espacio, un mercenario, un contrabandista mezclado en toda clase de líos cuya cabeza está puesta a precio por antiguos contratantes que se sienten engañados por él. A los guionistas parece importarle poco la incongruencia de que el general de la Alianza Rebelde y esposo de su principal líder haya regresado a su oficio de antaño:. Además, los 74 años de Harrison Ford —y su endeblez interpretativa: es un hombre que nunca recuperó la frescura perdida con sus dos primeras películas galácticas— son indisimulables, por mucho que los guionistas se esfuercen en hacerlo hablar y moverse como siempre. Aun así, justo es señalar que, a ratos, se impone el espejismo de creernos que las cosas pueden volver a ser lo que fueron: curiosamente, lo que salva a este Han es su complicidad con Chewbacca, que resulta entrañable en todo momento, y de hecho el wookie acaba convertido en el mejor secundario del film.

[Quien no desee conocer un número ya excesivo de spoilers debe dejar de leer aquí]

Kylo Ren, el nuevo Vader de Star WarsLo menos convincente de El despertar de la Fuerza es el personaje con que se intenta recrear a Darth Vader, puesto que su dibujo resulta demasiado obvio. En primer lugar, es un villano nuevamente embutido en amplias vestiduras negras que oculta su rostro tras una máscara que deforma su voz. En segundo, guarda una relación de parentesco con los personajes conocidos que se explica a media película: es Ben, el hijo de Han y Leia (la revelación se hace a media película), si bien ha adoptado el nombre de lord Kylo Ren. De modo en exceso mecánico, se repite con él lo que ya pasó con Anakin: su rebelión contra su maestro jedi y su inclinación hacia el Lado Oscuro de las manos del nuevo líder del antiguo Imperio. Ese maestro, claro, era Luke Skywalker, y su violenta traición es el trauma que provocó la huida del mundo por parte de éste.

Es cierto que hay elementos de interés en el personaje que puede que le permitan aumentar su relieve en capítulos futuros. Me parece una idea visual sugestiva que su máscara presente pequeñas estrías a modo de cicatrices que indican que tan poderoso personaje —¡su primer alarde es detener en el aire un disparo láser a bocajarro!— ha tenido algún momento de vulnerabilidad. Además, si esa máscara hace pensar que, como Vader, debe esconder un rostro deforme, en un rasgo de ingenio, cuando la aprisionada Rey le pide que se la quite… revela que esconde el rostro de un hombre joven y de inmaculada belleza (de hecho, Adam Driver parece sacado de algún cuadro prerrafaelita… o de algún capítulo de la saga Crepúsculo). La evocación del Señor del Sith y las estrías de la máscara acabarán revelándose como un presagio: Kylo Ren acaba recibiendo un enorme tajo en la cara en su combate final.

El casco deformado de Darth VaderLo más interesante del personaje, al contrario de lo que sucedía con Vader, es su vulnerabilidad. Pese a esos mencionados alardes con que se presenta en la historia, es todavía un jovenzuelo cuyo entrenamiento no ha concluido: de hecho, cuando recibe la información de algún contratiempo, estalla furioso destrozando todo cuanto le rodea con su espada (que no es el clásico sable láser, pues tiene un mango cruciforme, quizá como sello personal para distinguirse de su abuelo). Su inseguridad es manifiesta, como indica la notable secuencia en que revela las dudas acerca de su firmeza en el camino del Lado Oscuro que ha escogido… ante el casco deformado de Darth Vader, su modelo y al mismo tiempo la sombra que lo persigue. De ahí que la prueba para demostrar la irreversibilidad de su decisión no sea otra que el asesinato de su propio padre.

Es una pena que esta secuencia no consiga ni de lejos acercarse al impacto de la famosa escena de El Imperio contraataca que plagia sin rubor (también tiene lugar sobre una delgada plataforma al borde de un abismo que conduce al espacio exterior, por donde se pierde el cuerpo de Han), también en buena medida por las discretas interpretaciones tanto de Ford como del joven Driver, cuya expresión atormentada no llega a convencer.

En la hora final, todas las piezas, todos los personajes, terminan de unirse, permitiendo de paso la reintroducción de Leia —o eso nos aseguran el resto de personajes al llamar a esa señora con cuya apariencia física se ha sido muy cruel en la Red: pero es que (acredito a mi propio hermano como autor del chiste) diríase una creación digital. Resulta imposible sentir una mínima emoción ante la aparición de Carrie Fisher, incapaz de la menor expresión, y es especialmente alarmante la falta de feeling entre ella y el mismo Ford, algo doloroso para quienes tenemos a Leia-Han como la pareja de nuestra niñez.

En cualquier caso, la segunda hora de película baja un tanto el notable interés de la primera, entre otras razones porque si el remake camuflado de La guerra de las galaxias se hacía con ingenio, ahora se recurre a combinar de modo mecánico los finales de El Imperio contraataca (la muerte de Han) y de El retorno del Jedi (la batalla aérea para destruir la nueva Estrella de la Muerte, por supuesto todavía mayor y más letal, mientras en la superficie los héroes tratan de minar sus defensas). Al menos, todo está narrado con convicción, en especial el descubrimiento de los poderes latentes de Rey (a ella se refiere el despertar del título) y el excelente combate que, sobre la superficie del planetoide que comienza a destruirse, enfrentan a Kylo Ren primero con Finn y luego con Rey, estos últimos portando la espada láser del mismísimo Luke Skywalker.

En conclusión, Star Wars: El despertar de la Fuerza supone una magnífica aventura galáctica, que retoma el puro espíritu de la ópera espacial pulp que dio origen al primer capítulo de la saga salvándola del riesgo de la mera operación cerebral gracias a un notable equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre la nostalgia y la progresión en nuevas direcciones. Y la aparición final de Luke Skywalker, espléndida, con que se cierra el film muestra en un solo plano del rostro de Mark Hamill un expresivo dolor por el paso del tiempo que resulta genuino. Así, El despertar de la Fuerza siembra una semilla inmejorable para los siguientes capítulos. La semilla de una nueva esperanza, cierto.

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FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Star Wars: El despertar de la Fuerza / Star Wars: The Force Awakens. Año: 2015.

Dirección: J. J. Abrams. Guión: Lawrence Kasdan, J. J. Abrams y Michael Arndt. Fotografía: Dan Mindel. Música: John Williams. Reparto: Harrison Ford (Han Solo), Daisy Ridley (Rey), John Boyega (Finn), Adam Driver (Kylo Ren), Oscar Isaac (Poe Dameron), Carrie Fisher (Leia Organa), Mark Hamill (Luke Skywalker). Dur.: 135 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Star Wars: El despertar de la Fuerza. Una nueva esperanza

  1. Renaissance dijo:

    A Abrahams, viendo como desempeña su trabajo a la hora de dirigir estas franquicias, más que como un director, lo veo como un gestor, o un profesional: el sabe lo que le gusta al público en ese momento, cómo integrarlo en el proyecto y que su cinta sea exactamente algo que pueda atraer al mayor número de espectadores posibles. Bueno en su trabajo, pero no alguien que tenga características creativas específicas (aunque dicen que determinado tipo de personajes femeninos son su marca de la casa).

    Respecto El despertar de la Fuerza, en principio he tenido sentimientos encontrados. Por un lado, me divirtió un montón. Me recordó a cuando vi en televisión la primera trilogía, antes de sus reediciones digitales y manipulaciones. Me interesó la historia, y sobre todo, me encariñe con sus personajes, me pareció muy bien planteada para presentar a los que toman el relevo y que a los clásicos se integran perfectamente, haciendo ver al espectador que pese a su presencia, esta es la historia de otros. Incluso el uso de los efectos especiales, donde aquí toda la parafernalia infográfica procura convivir con los más artesanales…También reconozco que no soy capaz de encontrarle ni un punto positivo a las precuelas de Lucas: ni personajes, ni historia, ni trasfondo. Es como si el hombre hubiera tenido que traspasar el negocio para que otro se lo gestionara.

    Por otro lado, me di cuenta que me estaban contando algo que había visto. A ratos parece que han cogido el guión de La guerra de las galaxias y le han introducido unas modificaciones más acordes con los intereses actuales. Como decía una de las personas que venía conmigo: “Pero hombre, por favor, ¿otra estrella de la muerte? Claro, como no les reventaron dos seguidas. Al menos que prueben otra cosa, Un Dodecaedro del terror o algo, pero que se esfuercen..”. El personaje de Kylo Ren también dio para sus chascarrillos, comentando que vamos a tener una trilogía con muchas fangirls por ahí (aunque, más que prerrafaelita, la opinión general es que el representante de los sith parece un cruce entre Kit Harington y un puerro).

    En fin, que en general, opino lo mismo: es una aventura espacial, muy pulp y space opera, donde quizá quieren ir tan a lo seguro que repiten esquemas, pero que, pese a esa parte objetiva que me recuerda todos estos defectos, me ha divertido como pocas veces y me ha hecho mantener la ilusión por la próxima entrega.

    • Me gusta la expresión con que defines a Abrams: es un gestor; yo lo llamaba orquestador. En cualquier caso, no es un director del que se recuerden sus recursos como director (no recuerdo una escena de ninguna película que me llegara en el sentido que me llegan las escenas de John Ford, Alfred Hitchcock o Hayao Miyazaki), pero al menos se preocupa por narrar de modo que se sepa siempre lo que pasa en pantalla, que no es poco en estos tiempos de Michael Bay y otros que mueven la cámara como una coctelera.

      Es claro que la película tiene sabor a repetición. Yo he ido a verla dos veces con una semana de separación, y la segunda, puesto que ya sabía lo que me iban a contar aprecié mejor la forma en que lo contaban y las novedades, que creo que es por donde se salva. Rey y Finn me han gustado, y lo poco que aparece Poe también le da atractivo. Kylo Ren no, pero al menos creo que hay margen para la mejora. La conclusión es que este séptimo capítulo despierta la ilusión de nuevo en los personajes, que George Lucas había hundido con su nefasta trilogía-precuela.

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