El hombre que escribía los cuentos más tristes

Retrato de Andersen de 1838 por H. A. JensenVarias ciudades del mundo (¡hasta la mía, Málaga!) comparten la presencia en sus calles de una estatua de bronce que reproduce la figura de un señor vestido con ropas antañonas, por lo común con un sombrero de copa, y que suele aparecer sentado, con un libro entre las manos y la mirada soñadora. No en vano, este caballero alimentó los sueños de muchas generaciones de niños desde que en 1835 publicara el primero de sus cuentos, poblándolos de figuras tan conocidas como el patito feo, el firme soldado de plomo, la niña cuyos zapatos rojos la obligan a bailar sin descanso contra su voluntad o la princesa capaz de no pegar ojo porque la reina que quiere probar su condición principesca depositó un guisante debajo de los veinte colchones sobre los que ha dormido. Se trata, claro, está de Hans Christian Andersen, que visitó Málaga en 1862, dedicándole palabras muy amables en su libro Viaje por España. Que el gran autor de cuentos haya acabado convirtiéndose en una figura familiar junto a la que uno pasa muchas veces en la vida, supone un símbolo que a él mismo —a quien tanto gustó la exposición pública— no habría desagradado. Pero para desdicha suya, se ha convertido en una figura que todos creen conocer, preocupándose poco por conocerlo de verdad. Al igual que tantos escritores encasillados bajo la etiqueta de la literatura para niños, volver a sus páginas en la edad «adulta» (ay, él mismo se habría reído a carcajadas de la solemnidad con que solemos pronunciar o escribir esta palabra) supone descubrir que, también como todas las estatuas que creemos conocer demasiado, al concentrar la mirada en él, descubrimos que es sutilmente distinto. Andersen se complacía en parecer muy transparente: y desde luego, nunca fue opaco, pero es más cómodo creer antes que comprobar. Ante todo, para quien lo asocia (como, en general, a todos los creadores de cuentos infantiles) con la alegría y los finales felices, el mero repaso de su obra descubre que su característica principal es la honda melancolía que los envuelve: pues Andersen fue el escritor que escribió los cuentos más tristes del mundo.

En el precioso prólogo que acompaña la ya añeja edición de La sombra y otros cuentos, en Alianza Editorial (un libro que me ha acompañado toda la vida), Ana María Matute definió a Andersen como Ala de Cisne, «el niño que se sentía diferente a todos los niños», utilizando con acierto un epíteto extraído de una de sus historias. Con ello, remarca la sensación de singularidad con que el genial escritor caminó por la vida y la misteriosa capacidad que tienen sus cuentos para parecer haber sido escritos, en efecto, por alguien que nunca perdió la capacidad para hablar el lenguaje de los niños. Sin querer entrar en las lecturas psicoanalíticas de que el autor, como tantos otros, ha sido objeto (sobreviviendo a ellas, menos mal), sí es verdad que, conociendo sus circunstancias biográficas, y en especial las del fallido tránsito de la infancia al estado adulto —que Ana María Matute evoca con especial destreza en su prólogo, casi haciendo un cuento (otro) de ello—, diríase que Andersen no pudo nunca dejar atrás la aureola de ser un niño grande con la forma de adulto desgarbado, que, como todos los niños, buscó la aprobación de los mayores y que nunca perdió el sentido del juego para reformular la realidad a la medida de sus propios deseos.

Edición de Alianza de La sombra y otros cuentos, de AndersenAndersen ha sido víctima de malentendidos y, claro, de tergiversaciones. Por ejemplo, su obra ha sufrido deformaciones destinadas a hacerlo todavía más infantil por parte de adultos cuyo concepto de la infancia es el mismo que se reserva a un objeto delicado que hay que mirar y tocar con mucho cuidado, anulando significativamente los elementos tristes de sus historias. Así, la inenarrable impostura de muchas versiones de su brevísima La pequeña cerillera, en que la niñita no solo no muere de frío sino que es adoptada por una buena familia, o el caso más sonrojante de La sirenita (por ejemplo, en la famosa película de la Disney… que yo siempre he creído que hubiera repelido al verdadero, y perverso, Walt Disney), donde el personaje protagonista no solo consigue el amor del príncipe sino que se le hurta un elemento que es clave en el trazado simbólico del personaje como encarnación del sufrimiento (tal vez porque sus implicaciones sado-eróticas ponen nerviosos a muchos adultos): además de la pérdida de la voz, el segundo tributo que la muchacha rinde a su deseo de convertirse en ser humano es que, cada vez que dé un paso, sentirá en sus delicados pies el mismo dolor que si pisara aguzados cuchillos, dejando incluso un pequeño rastro de sangre… Demasiado «duro» para un tierno infante, claro.

El hecho capital en la vida de Hans Christian Andersen fue, sin duda, su muy humilde origen. Su nacimiento (el 2 de abril de 1805, en Odense) tuvo lugar tan solo dos meses después de la boda de sus padres, lo cual, en aquellos tiempos, ya era un estigma en sí mismo. Su padre era un zapatero «libre», esto es, no admitido en el gremio de la ciudad, lo cual entonces era símbolo de desclasamiento. Intentó encontrar un puesto en la vida alistándose como voluntario en las tropas napoleónicas, pero solo logró regresar a casa con la salud y las esperanzas maltrechas: murió muy poco después. (Hay un eco de este gesto en el grito del soldadito de plomo del cuento La casa vieja, cuando grita: «¡Me voy a la guerra!»… para desaparecer en un agujero del suelo durante incontables años.) Él mismo, con apenas 14 años, lo dejó todo para irse a la capital, Copenhague, en busca de fortuna en las artes: cuántos de sus personajes, después, en los cuentos, se marcharían a recorrer el «ancho mundo»… Su formación fue casi inexistente: sería gracias a los protectores que consiguió tras su marcha a Copenhague, con catorce años (prácticamente sin saber leer ni escribir), cuando cursó los estudios básicos. Inevitablemente, esto tiene reflejo en su obra: en su profunda sensación de oralidad. La poética del escritor, es evidente, estaba dentro de él desde mucho antes de que adquiriera las capacidades para ponerlas por escrito: cuando uno lee sus cuentos, siente que alguien se los está recitando.

Pero las raíces de esa humilde infancia son mucho más profundas: marcan indeleblemente sus cuentos, ya sea de modo muy visible a través de sus argumentos o de forma tenue y soterrada, pero siempre latente. En primer lugar, todos los dibujos que tenemos de su personalidad nos sitúan ante un hombre con un enorme complejo de inferioridad que compensó toda su vida con una hinchada y pueril vanidad. (Fue uno de los primeros escritores en dejarse querer por el recién nacido arte de la fotografía, en «posar» de modo moderno.) Sus cuentos están recorridos por seres infatuados y mediocres que se creen mejores de lo que son, y también por otros humildes que luchan por alzar la cabeza o ignoran sus propias virtudes y acaban sacrificándose en beneficio de aquellos.

Los pequeños objetos cotidianos de tantos cuentos de AndersenY es que es irónico que este niño grande tan inmensamente vanidoso fuese, asimismo, el mejor retratista literario de la vanidad: la aguja de zurcir que se cree una aguja de coser (y, por tanto, mira por encima del hombro a cuantos le rodean), el tintero y la pluma que disputan cuál de ellos es el verdadero creador de los poemas que un anónimo artista canta sobre el papel o la estirada pelota que se niega a aceptar el amor de un sencillo trompo porque «mi papá y mi mamá fueron zapatillas de tafilete y mi alma es de corcho»; todos estos seres, digo, son buenos ejemplos, y además señalan bien la capacidad que tuvo el autor para dar vida a lo inanimado, para dotar de realidad a los objetos más simples de la existencia cotidiana. No en vano uno de sus cuentos (el último que escribió en su vida) comienza diciendo: «¿De dónde sacamos el cuento? Del barril de los papeles viejos». Andersen siempre soñó con lo más alto, pero desde luego, comprendió mejor que nadie lo que está más abajo.

Son muchos los cuentos del autor en los que se adivina una profunda implicación personal, que componen biografías simbólicas a través de las cuales el autor expresa lo que siente que siempre fue en realidad o lo que querría haber sido. El más evidente, claro, es El patito feo —no por nada, en más de una estatua (las de Nueva York o Málaga, por ejemplo), este personaje aparece junto a su creador—, en el que se encuentra esta frase que es, prácticamente, una reafirmación de sí mismo: «¡Nada importa haber nacido en el corral, cuando se ha salido de un huevo de cisne!». No, nada descaminada andaba Ana María Matute al dar al autor el epíteto de Ala de Cisne.

Otro cuento que suele ser descrito en los mismos términos es el inmortal El abeto. Sin embargo, y aun reconociendo este aspecto, estamos en realidad ante una evidente fábula existencial, digna de quien fuera coetáneo de Sören Kierkegaard, el escritor y filósofo danés que los existencialistas del siglo XX tomaron como su padre. El abeto narra la historia de un pequeño arbolillo del bosque cuya máxima ilusión en la vida es hallarse en el centro de la vida de ese ser al que tanto admira y que tanto le desconcierta: el hombre. Talado por fin para ser el árbol de una Navidad en una casa señorial, el abeto pasará por la vida casi sin tiempo para comprender nada, disfrutando de efímeros placeres (la noche en La liebre salta por encima del pequeño abeto, en el cuento de Andersen, dibujo de V. Pedersenque, abarrotado de adornos, estuvo en el corazón de las celebraciones de los hombres, los vio divertirse y los escuchó hablar y contarse cuentos: el de «Terrón Coscorrón, que se cayó por las escaleras, y sin embargo, se casó con la princesa», que se le quedará en la memoria y él mismo difundirá entre otros seres: como el autor, claro) pero también sufriendo espantosas soledades que no se explica (abandonado en el desván, reseco, cuando ya ha concluido el fin para el que lo talaron) y convertido, al fin, en leña para el fuego… y sus últimos pensamientos serán para el momento más feliz de su existencia, cuando participó de la alegría humana y escuchó el único cuento de su vida. Es difícil imaginar (¡y en un supuesto cuento para niños!) un relato más sombrío y deprimente (y bello). ¿Cómo no va a ser una metáfora del devenir del hombre a lo largo de una existencia que la mayor parte de las veces solo comprendemos en lo más instintivo?

La identidad como algo borroso y que depende en gran medida de las bambalinas entre las que nos movemos. La vida como un camino que transcurre en buena parte entre sombras que a veces confunden por su deslumbrante apariencia, y que nos mantienen en gran medida ignorantes de las circunstancias que se abren a nuestro paso. ¿Fue consciente Andersen de que sus cuentos son la descripción de un poeta con un fuerte desaliento existencial? ¡Cuántos personajes, además del abeto, y en buena medida porque ellos mismos son mucho más insignificantes de lo que creen, se pasan la vida zarandeados de un lugar a otro, sin comprender apenas nada de lo que les sucede!

Un buen ejemplo, y además nada conocido, figura en el cuento El cuello de la botella. Su protagonista nunca llegará a saber su condición de testigo esencial de la vida de los jóvenes prometidos que fueron los primeros en abrirla, en plena felicidad de su fiesta de compromiso. Más tarde, el mismo muchacho la arrojará al mar conteniendo en su interior su último mensaje de amor para su novia, antes de hundirse con su barco. La botella vagará años por los océanos y el escrito se perderá corroído finalmente por la sal. Finalmente, mucho tiempo después, y reducida ya a la parte de su figura que señala el título, la botella acaba como abrevadero del pajarillo de una anciana solterona… que, claro, es la novia que nunca supo qué fue de su prometido y nunca se casó. Un cuento tristísimo, cuyo tal vez más triste elemento es la frase con que el autor lo concluye: el cuello de la botella no reconoce a la antigua muchacha, pese a que la anciana cuenta una y otra vez su historia, porque «no oía […] ni pensaba más que en sí misma».

La sirenita, por el ilustrador francés Edmund DulacLa sirenita, ya mencionado, comparte con El abeto el protagonismo de una criatura a quien no contenta su ser, la esencia que le ha dado la naturaleza —en este caso, ser la más encantadora de las hijas del rey del mar—, añorando lo que en realidad solo conoce superficialmente: justamente eso (qué bien escogida la palabra), el mundo de la superficie, de los hombres. Ahora bien, en esta ocasión Andersen abandona la fábula existencial para recrear un bellísimo relato sobre el amor contrariado (en el que, una vez más, pueden encontrarse reflejos del propio autor, un hombre muy enamoradizo que tuvo notorios desengaños a lo largo de su vida). Como el abeto, la sirenita es víctima de una ilusión (en este caso, de su capacidad para enamorar a ese príncipe que es tan obtuso como suelen serlo los príncipes encantadores) que pagará con su vida, después de una última renuncia: la de retornar a su ser anterior a cambio (nuevo precio impuesto por la bruja del mar) del sacrificio de su amado durante el sueño en su noche de bodas. Finalmente lúcida (a diferencia del pequeño abeto), la sirenita comprenderá lo imposible de retornar a una edad de oro que hace mucho que se perdió. Riqueza simbólica inexpresable la de los cuentos de Andersen.

Como también puede deducirse de los cuentos anteriores, otro de los temas centrales de Andersen (unidos todos inextricablemente entre sí) es el de la sensibilidad que lucha por hacerse notar en medio de un mundo feo, mezquino o que, sencillamente, presume de su «normalidad». Hay muchos ejemplos espléndidos, como Pulgarcita (historia de una niñita diminuta de quien todos se prendan con egoísmo: un sapo, un abejorro, un topo…) o El ruiseñor (encantadora fábula sobre lo fácil que es confundir el artificio con la belleza, en detrimento de lo que es genuino, pero también corriente: el ruiseñor que pierde el favor del emperador de China en beneficio de un pajarillo mecánico que siempre canta la misma canción).

Uno de los mejores ejemplos es La reina de las nieves, que es al mismo tiempo una inolvidable historia de amor infantil: la pequeña Gerda «sale al ancho mundo» y lo recorre en busca de su vecino y compañero de juegos, el pequeño Kay, que ha sido seducido y raptado por la reina de las nieves —después de que un pequeño cristal del espejo de los demonios se le introdujera por los ojos hasta el corazón. Por supuesto, la reina de las nieves, simbolizada por las formas perfectas de los cristales de hielo y por su palacio frío y geométrico, es símbolo del orden, de la razón, de la perfección que ha perdido el encanto de la desmesura, de lo que no puede ni debe ser medido. Y Gerda es la pasión, y la inocencia, y el valor sin límite.

Ilustración para La reina de las nieves, de AndersenEs un cuento perfecto, además, para apreciar la sensibilidad narrativa del autor: su capacidad para hacer que cualquier personaje resulte imborrable, cualquier espacio dotado de misteriosa vida. En particular, el prólogo que encabeza la historia (que narra la historia de ese espejo que deforma cuanto se refleja en su superficie y que, cuando los traviesos demonios intentan llevarlo al cielo para hacer una señera gamberrada, estalla en mil pedazos, extendiendo así ese defecto que Andersen conoció bien: esa forma de mirar el mundo que distingue antes lo feo y malo que lo bello) desborda de ese encantador sentido de la oralidad que posee su estilo (y que el traductor del cuento, Alberto Adell, una vez más para Alianza, comprende con encanto sin igual). En determinado momento, la reina de las nieves promete al pequeño Kay el mundo entero «y un par de patines nuevos». ¡Además del dominio sobre el mundo, un par de patines nuevos! He aquí la clave de la desarmante capacidad de Andersen para el más inesperado juego poético, para la sorpresa verbal, para la asociación de ideas más descabellada. Quien no sea capaz de sonreír ante la promesa de la reina de las nieves, es que tiene ya el corazón por completo escarchado y ni siquiera interesará a la soberana del orden más seco y racional.

Andersen comprendió muy bien el concepto de la belleza asociada al paso del tiempo (lo cual, nueva paradoja, indica que tal vez no fura tan niño: recuérdese que son los niños quienes no poseen ese concepto), como indica el relato que parecer ser fue el preferido de Charles Dickens, amigo y anfitrión del autor: La casa vieja. Cada vez que leo este cuento, tal vez el más serenamente conmovedor de los suyos, en mi cabeza suena la maravillosa música que Bernard Herrmann compuso para ese film que, no teniendo nada que ver con aquél, en el fondo posee su misma sustancia, El fantasma y la señora Muir (1947, Joseph L. Mankiewicz). Sin apenas contar nada —otro de los grandes méritos del autor—, trazando sencillamente la mágica impresión que en un niño produce la casa más vieja de la calle en que vive (tan vieja como su dueño, de tal modo que será derribada cuando éste muere), símbolo de ese tránsito del tiempo, pero de un tiempo que no permite el olvido y cuya sustancia son los recuerdos. Henchido de rica nostalgia, nunca complaciente, el mejor símbolo de este cuento es ese soldado de plomo (¡cuánto debieron gustarle a Andersen estos entrañables juguetes!) que, como señalaba mucho más arriba, un día, aburrido de haber sido separado de sus camaradas y regalado por el niño al anciano, avisa que se va a la guerra… y muchos años después, en el jardín de la nueva casa que ese niño hecho hombre construyó sobre el solar de la antigua, es rescatado de la tierra que lo cubría por la joven esposa del protagonista.

Pero, además de un Andersen sensible, de un Andersen sentimental o de un Andersen melancólico, hay también un Andersen sombrío, incluso tenebroso, capaz de convocar con facilidad la atmósfera del cuento de miedo más clásico. Ejemplo eminente es el famoso Los zapatos rojos: puede que tenga mucho de sermón cristiano con esa niña cuya vanidad (¡otra vez!) la aparta de sus deberes filiales y religiosos, pero lo que se recuerda, ante todo, es su increíble hálito de cuento de terror, cuyo momento culminante es la conversión de Karen en un espectro errante que no puede parar de bailar de bosque en bosque, de pueblo en pueblo, hasta que le pide al verdugo del pueblo que le corte con su hacha esos pies que se han fundido con sus zapatos del color de la tentación… y de la sangre.

Estupenda ilustración de Vilhelm Pedersen para La sombra, de AndersenMenos conocido (aunque es el que da título a esa mencionada antología de Alianza) es La sombra, una fábula sobre el poder de las apariencias y sobre la indefensión de la sensibilidad ante la astucia que sabe revestirse de distinción. El sabio protagonista (cuyas obras sobre lo verdadero y lo bueno a nadie interesan) acabará siendo suplantado por su propia sombra, que cobró vida una noche mágica en una innominada y cálida ciudad del sur (¿tal vez Málaga?) y se separó de su dueño, ante quien vuelve tiempo después para hacer que sus respectivas posiciones se intercambien del modo más inquietante. El retrato de la sombra es uno de los más conseguidos de Andersen: porque el rasgo genial del autor es que nunca lo caracteriza explícitamente como el ser tenebroso que es, sino que, con sencillez, deja que esto se exprese a través de sus propias y floridas palabras, bajo las cuales es el lector el que debe vislumbrar su verdadero ser.

El cuento al que quiero referirme para acabar este artículo es tal vez el más sencillamente melancólico de todos cuantos escribió. Cierra la última antología de sus cuentos: por ello me gusta creer que fue el último que escribió, a modo de testamento literario. Y lo es en todos los sentidos: en el triste hálito, bañado en alegre ligereza, que lo envuelve; en su sencilla emotividad; en su estructura impresionista, que en apariencia no cuenta nada de particular pero que en realidad lo cuenta todo.

Se trata de Tía Dolor de Muelas, un cuento formado por apuntes sueltos —el narrador señala que proceden de un cuaderno encontrado en el cesto de los papeles viejos, como indiqué antes— de un estudiante, del que sabemos, desde el principio, que está muerto: por tanto, en plena juventud, lo cual ya es una declaración melancólica en sí misma. El estudiante tiene ciertas pretensiones de poeta, que estimula con entusiasmo la tía a la que da el cariñoso apodo que enuncia el título. El cuento no cuenta más que las pequeñas impresiones de ese estudiante sobre su tía, sobre la ruidosa casa en que vive, sobre la vida cotidiana, y por encima de ello nos encontramos, casi inadvertidamente, con un ensayo sobre la forma literaria (sobre la de Andersen, en realidad) y sobre la frustración que puede llegar a ser la literatura. Quién sabe si expresando en voz alta una sospecha, o un temor, Andersen pone en boca de su personaje una frase conmovedora: «Algo de poeta hay en mi, pero no lo bastante». ¿Es posible que, en el último cuento de su vida, el escritor se preguntara, con angustia o con melancólica lucidez, por eso que en el fondo se pregunta todo artista, incluso todo ser humano? Es decir, ¿soy lo que he creído ser?

Puede que Hans Christian Andersen no fuera un hombre modesto: padeció demasiado en su infancia como para no refugiarse, como acto de supervivencia, en la mayor estimación de sí mismo, en la conciencia de no ser como todos. En el crepúsculo de su vida, sin embargo, quién sabe si el inmortal escritor de Odense no sintió en primera persona lo que había hecho sentir a tantos de sus personajes: al abeto, a la sirenita, al pobre sabio cuya sombra acaba suplantándola. No en vano, las últimas líneas de esta última historia, con en su elegíaca sencillez, son tal vez las más tristes que escribió este creador de cuentos tristes: «La tía murió, el estudiante murió, aquel cuyos chispazos de ingenio fueron a parar al barril; es el final del cuento… el cuento de tía Dolor de Muelas». Ah, pero la clave está en ese barril y en los papeles viejos que atesora: pues bajo la más humilde de las apariencias es donde Andersen siempre supo que se encuentra la esencia de las cosas importantes.

Estatua de H. C. Andersen en Central Park, Nueva York

Ediciones recomendadas. Son incontables las versiones de Andersen en español, pero recomiendo ante todo dos, ambas perfectamente disponibles en la actualidad.

1) Las dos ya señaladas que Alianza Editorial publicó en su colección de bolsillo bajo los títulos de La sombra y otros cuentos (1973) y La reina de las nieves y otros cuentos (1989), ambas con selección, introducción y traducción de Alberto Adell. Descontando algunos laísmos, su capacidad para captar el “oído” que necesita Andersen y su ligerísimo ritmo narrativo es inolvidable, de tal modo que leídas una vez sus versiones cualesquiera otras a la fuerza resultan pobres. El primero de los dos libros contiene, además, el mencionado prólogo de Ana María Matute, también una pequeña obra maestra en sí mismo. La única lástima es que solo La sombra cuenta con las estupendas ilustraciones de Vilhelm Pedersen, el hombre que dio forma a los sueños de Andersen en las primeras ediciones danesas de sus cuentos.

2)  Los Cuentos completos que publicó Anaya en su añorada colección Laurín, en 1991. La traducción es de Enrique Bernárdez, también buena aunque algo seca cuando se comparan sus versiones con las de Adell. Eso sí, la colección de cuentos, si hace honor al título, es completa, y cuenta con joyas que Adell no incluyó en sus selecciones, amén de todas las ilustraciones de Pedersen más las de Lorenz Frolich, su sucesor. La colección Laurín se cerró hace muchos años, pero Cátedra ha reunido todos los cuentos en una edición en volumen único, fácil de encontrar.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a El hombre que escribía los cuentos más tristes

  1. Renaissance dijo:

    Efectivamente cualquier libro que incluya el título “cuentos de Andersen” se considera literatura infantil. Al margen de las piezas muy adaptadas y reversioneadas que pueden adquirirse en la sección de libros para niños muy pequeños, poco tiene que ver con la caracterizacion que le han dado. Bueno, al igual que Peter Pan, Pinocho, o piezas similares, la lectura en la edad adulta le da un matiz muy distinto: en su día sufrí mi primer trauma con el cuento de La vendedora de fósforos, incapaz de entender cómo alguien podía permitir que en una historia una niña muriera de frío. Años después la apreciación es muy distinta (e incluso considero razonable que un minilector se enfrente a ese choque emotivo en vez de darle la versión feliz), al igual que pasó con El soldadito de plomo, e incluso con La sirenita, cuya versión completa no pude leer hasta encontrar una edición donde se incluían sus cuentos íntegros pero por suerte, entonces las adaptadas no evitaban el final que esta sufría.
    En cambio, La caja de yesca siempre me pareció bastante más divertido, con su punto oscuro pero muy lejos de sus otras narraciones. E incluso hoy, La reina de las nieves, con su extensión y el viaje emprendido por Gerda, no desentonaría como saga infantil similar a una Narnia.

    • Al lado del Andersen triste hay un Andersen luminoso y lleno de júbilo; de hecho, lo razonables es decir que son indisociables, pues cuentos tan tristes como “El abeto” o “La sombra” están construidos con un inolvidable sentido de la ligereza y uno no advierte lo pesimistas que son hasta el final, pues tienen múltiples apuntes divertidos. Y luego están esos cuentos deliciosamente desprejuiciados, que cogen los tópicos del cuento de hadas y los retoman a su manera, y nada triste hay en ellos: “La caja de yesca” es uno de ellos (de hecho, es el cuento que abre su primera antología de cuentos, y siguiendo por analogía el razonamiento que hago en el artículo acerca de “Tía Dolor de Muelas”, bien podríamos considerarlo su primer relato en orden de escritura), pero también “El porquerizo” (genial vuelta de tuerca al tópico de la princesita en busca de su príncipe azul” o “Los chanclos de la felicidad”.

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