En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

Fotograma de la película Bird, de Clint Eastwood

En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

Acabo de publicar en la revista digital Homonosapiens un artículo en el que abordo dos películas muy próximas en el tiempo, con notables vasos comunicantes entre las dos, que terminaron de imponer en el cine la figura del músico de jazz como un artista «total» que no sabe distinguir entre vida y arte, y para quien resulta inevitable el exceso en todos los sentidos (alcohol, drogas, relaciones sentimentales…). La primera es Alrededor de la medianoche (1986). Está escrita y dirigida por un cineasta francés, Bertrand Tavernier, que siempre ha manifestado una considerable fascinación por la cultura estadounidense, y funde en el film dos de sus elementos matrices, el cine y el jazz, a través de la historia de un maduro músico (ficticio, pero construido a partir de jazzmen reales y reconocibles) que llega a París para tocar en un club, después de haber tocado prácticamente fondo, y allí conoce a un joven dibujante francés que siente verdadera idolatría por él. Tavernier recoge, así pues, dos tradiciones muy propias del cine clásico de Hollywood: el mito de la segunda oportunidad y el tema de la amistad viril, que articula en torno al tratamiento de jazz como esencia de la vida. La segunda película fue en su momento un considerable fracaso de crítica y público, pero ha acabado alcanzando un gran prestigio, debido al progresivo respeto que ha ido mereciendo un cineasta entonces todavía despreciado, el gran Clint Eastwood. Se trata de Bird (1988), biografía en este caso de una leyenda del jazz, como es Charlie Parker, conocido bajo el alias que da título al film, una figura de vida verdaderamente desgraciada, muerto a los 34 años con las energías totalmente consumidas hasta el punto de parecer un anciano. Eastwood reformula la tradición del biopic a su modo, mediante una perspectiva admirable en cuanto que se aleja de la fácil mitomanía (y él es un notorio mitómano del jazz y de Bird) para efectuar un tratamiento sobre su biografiado que desborda humanismo y comprensión emocional, pero que desde luego no intenta de ningún modo convertirlo en ejemplo moral: toda una lección de ecuanimidad y respeto (hacia el biografiado, al que a buen seguro habría indignado otra cosa, y hacia el espectador).

El cine ha ayudado a difundir la figura del artista como ser de vida atormentada como inevitable peaje de la genialidad, pero hasta estas dos películas había enfocado semejante premisa sobre escritores, pintores o músicos (pero compositores de vida clásica). Estos dos films, como he señalado líneas arriba, introdujeron un nuevo arquetipo (o estereotipo, depende de cómo se mire), que desde entonces se ha paseado por la pantalla en más de una ocasión. Ahora mismo triunfa en las pantallas de todo el mundo el film La La Land, rebautizado en España bajo el más convencional título de La ciudad de las estrellas, cuya relación con el jazz, aun en otro sentido, es evidente: el protagonista masculino es un músico igualmente obsesionado hasta la extenuación mental por esta música, cuyo gran objetivo es abrir un club que le sirva de templo en su concepto más puro. El director, Damien Chazelle, ya había destacado un par de temporadas atrás por una película, Whiplash que recibió cierta atención (uno de sus actores, J. K. Simmons, que también comparece en La La Land en un breve papel de colaboración, ganó el Oscar al mejor actor secundario), y que giraba, ahora ya por completo, en torno a un estudiante de música dispuesto a dejar huella como baterista de jazz.

Aprovecho la introducción a mi artículo en Homonosapiens para realizar una breve reseña de ambos films. Whiplash parte del principio de que el jazz no es solo una disciplina musical sino una forma de vivir que exige una entrega especial a la que hay que sacrificarlo todo, incluso la propia cordura. Para ello, la trama gira en torno a la relación entre el joven protagonista y el profesor encarnado por Simmons, un hombre carismático y exigente hasta el maltrato (de hecho, no duda en actuar como un auténtico hijo de puta) porque considera que es la única forma de conseguir que un músico extraiga de dentro toda la música que lleva. La apuesta debe ser absoluta: o el todo o la nada, aun cuando eso ponga en peligro, literalmente, la salud física y mental. Como educador, aun en otro ámbito, esta película consigue enervarme, pues exige aceptar esa premisa de absoluto vaciamiento del alumno y de completa justificación de la tiranía pedagógica. Por otro lado, Chazelle no termina de definir su postura acerca de su propia premisa, y esa ambigüedad no otorga al film riqueza tonal sino que, más bien, parece ciega admiración ante el atractivo de ese personaje que no deja de ser «hijo» suyo. En cualquier caso, es de reconocer la convicción con que plasma la historia, que se sigue con intensidad de principio a fin.

En cuanto a La La Land, en este caso la reflexión sobre el jazz es más tangencial, ya que, ante todo, en este caso lo que hace el director es realizar un personal homenaje tanto como una reformulación del concepto de cine musical, del clásico al coetáneo, incluso admitiendo referencias a películas que nada tienen que ver con el mismo (por ejemplo, y está muy bien traída, a la mítica Rebelde sin causa). Para ello, Chazelle aborda la relación sentimental que surge entre una joven aspirante a actriz y un músico de jazz sin suerte, que se encuentran y se estimulan mutuamente justo cuando, por llevar demasiado tiempo intentando hacer realidad sus sueños, ambos se encuentran en el delicado momento en que, si se dilata más el triunfo, van a abandonar sus sueños (en el caso de ella, para regresar al apacible hogar rural en que no existían los conflictos; en el de él, para dedicarse a una música menos comprometida y más comercial). Aunque el film posee diversos defectos y vaivenes de interés, La ciudad de las estrellas ha conseguido en mi caso que, reticente en principio, termine aceptando por completo esta resurrección de las viejas reglas del juego del musical clásico: la utilización de los números como expresión del estado de ánimo de sus personajes y como eje de la progresión del argumento. Muy bien interpretada por su pareja protagonista (sobre todo Emma Stone), y rematada por un final inolvidable en su delicada melancolía, La La Land, doy fe, mejora incluso en el recuerdo a medida que pasan los días y sus canciones se empeñan en seguir sonando en nuestra memoria, tentándonos incluso a dar unos pasos de baile en mitad de la calle. ¿Quién no cree, en ocasiones, la vida merece una buena escena musical?

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

  1. ALTAICA dijo:

    Espléndido artículo. Solo indicar sobre Whiplsh que es un artificio efectista y profundamente banal, pero a ritmo desenfrenado y virtuoso en la forma, y amoral e indecente en el fondo. Donde la superación a fuerza de oprobios, humillación, aullidos y agresividad tiene, de vez en vez, su premio en forma de genio. Muy propio de la obscena y desaprensiva sociedad competitiva en la que vivimos. En realidad, una fanfarronada muy efectista que hace que el circo aplauda y las fieras derramen sangre. Y, cómo no, los críticos rendidos ante semejante bluff. Otro Cisne negro. Un abrazo.

    • Defines bien “Whiplash”: es una película que se sigue con sumo interés pero con el ceño fruncido por la ambigüedad del mensaje… que en su efectista final ya pierde la ambigüedad y demuestra que el director se ha enamorado tanto de sus dos personajes que decide disculpar sus sombras. Eso sí, conforma pasa el tiempo desde su visionado lo que queda es lo segundo. En fin, en su momento la verdad es que no me enteré del estreno de esta película, ni siquiera por el hecho del premio a un Oscar de los “relevantes” (lo que es todo un síntoma de mi progresivo abandono de toda mitomanía). Y parece ser que el director primero hizo un corto con el mismo título, y creo que el mismo J. K. Simmons, lo cual indica su interés por el asunto…

      Un abrazo.

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