Apunte I. Paterson, de Jim Jarmusch

Comienzo en el blog una nueva «sección» bajo el título, a falta de haberlo pensado mucho, de Apuntes (tal vez lo cambie en el futuro), cuyo propósito es realizar pequeñas entradas de breve extensión (me he propuesto que no excedan de los tres párrafos), como siempre de tema variado y con las que me propongo esbozar pequeñas impresiones, hacer modestas recomendaciones o comunicar sensaciones acerca de artistas y obras sobre las que, quién sabe, tal vez en el futuro me extienda.

Cartel anunciador de Paterson, de Jim JarmuschHe cerrado estas vacaciones de Navidad con una película espléndida, la de mayor calidad que he visto este año en salas de cine: Paterson, de Jim Jarmusch. Posiblemente sea, además, el film que mejor haya sabido «explicar» nunca, mediante imágenes, algo tan presuntamente literario como es la poesía (el arte más abstracto de todos cuantos componen la literatura). Y es lógico que lo firme Jarmusch, considerado por muchos (junto al finlandés Aki Kaurismäki, no por nada muy amigo suyo) un maestro del minimalismo y la abstracción. Jarmusch nos sitúa ante un poeta (amateur: no ha publicado nada e incluso se resiste a intentarlo siquiera) en su existencia diaria. Primer acierto: desmintiendo que los poetas deban tener vidas sublimes o estar rodeados de circunstancias turbulentas o ser gente atormentada (modelo Poe, Rimbaud o lord Byron), Paterson es conductor de autobús y su vida carece de cualquier particularidad llamativa. Pero es que el modelo elegido por Jarmusch es William Carlos Williams, quien tampoco fue nunca por la vida de «poeta» sino que trabajó como médico, que fue partidario de un lenguaje popular y sencillo, de abordar temas extraídos de la vida cotidiana y de liberar al verso de la obligatoria necesidad de la rima. Uno de sus libros más importantes lleva el título de Paterson, la localidad de Nueva Jersey (el estado donde nació) donde transcurre la acción y que da nombre al protagonista, quien lee una y otra vez un ya muy manoseado ejemplar de esa obra.

Paterson defiende, por ello, que la poesía no necesita sublimidad: que es cuestión de mirada y sensibilidad. Jarmusch narra siete días en la vida de su protagonista, compuestos cada uno de ellos por las mismas acciones, por la misma disposición del día: levantarse, ir al trabajo, escribir algunos versos poco antes de arrancar el autobús y luego en la hora de la comida, conducir el vehículo y escuchar a los pasajeros, volver a casa y escuchar lo que su pareja ha hecho durante el día, sacar el perro a pasear y terminar la jornada tomando una cerveza en el bar. Una suma de rutinas, puede parecer, pero Jarmusch —amante de los rituales en lo que tienen de poesía de lo cotidiano— nos convence de que lo excitante de la vida no es que cada día sea distinto al anterior, sino en el encanto que posee la infinita variedad que se produce en la cadena de actos confortablemente habituales que constituyen las vidas comunes: lo excitante se encuentra en los matices. Pero, además, Paterson es una historia de amor, la del intenso amor que se tienen ese hombre tranquilo y gentil que es Paterson y su pareja, Laura, una muchacha también llena de inquietudes, pero mucho más dispersa en su forma de cambiar cada día, casi, de objeto y de vocación, y sobre la que podría pensarse que se intenta hacer un dibujo del artista vano y caprichoso, en el fondo insustancial (pero sería no entender ni a Jarmusch ni a su Paterson).

Siete días en las vidas de Paterson (y de Laura), expuestos a lo largo de casi dos horas… y uno siente que desearía asistir a otros siete, y luego tal vez a otros siete. La magia del detalle, de las conversaciones al tiempo sencillas y profundas, serias e intensamente divertidas (pocos poseen el oído de Jarmusch para las conversaciones), de la elección de un encuadre, de la manera de hacer que dos personajes se encuentren y entre ellos surja una instantánea corriente de simpatía (Paterson tiene una especial habilidad para hacerlo, como demuestran las escenas con la niña que también escribe poesía, como él, en un cuaderno «secreto», o con el turista japonés que aparece al final de la película —su papel es fundamental, aunque no daré detalles— y que también viaja con un cuaderno para escribir poesía y lleva el mismo libro de William Carlos Williams que él tanto lee y que lleva su mismo nombre). Paterson, en fin, es una de estas películas cuya mera existencia enriquece el mundo, y lo hace sin necesidad de recurrir ni al drama ni a la tragedia ni a la sublimidad.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Apunte I. Paterson, de Jim Jarmusch

  1. Celebes dijo:

    Por lo que he podido leer tiene los elementos necesarios para interesarme. Felicidades. Buen artículo.

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