El Doctor Muerte, némesis de la Primera Familia

ff039El Universo Marvel nació con una familia, la que formó el grupo conocido como Los 4 Fantásticos, cuyos miembros eran un eminente científico (Reed Richards, alias Mr. Fantástico), su prometida y con el tiempo esposa (Susan Richards, alias la Chica Invisible), el hermano adolescente de esta (Johnny Storm, alias la Antorcha Humana) y el amigo del alma del primero, padrino de boda y tío favorito de su retoño (Ben Grimm, alias La Cosa). Bajo la batuta de Stan Lee y Jack Kirby, los padres fundadores de Marvel —junto a Steve Ditko, el creador de Spiderman y del Doctor Extraño, que siempre fue por libre, hasta volar literalmente libre fuera de la compañía—, la colección Fantastic Four se convirtió en el emblema de una nueva forma de concebir el tebeo de superhéroes, haciendo honor al sobretítulo que recibió su revista: «El cómic más grande del mundo». Sus autores tuvieron claro una máxima de oro del género: unos buenos héroes necesitan un archienemigo a su altura. Y ese fue el papel que jugó el Doctor Muerte, por ende tal vez el villano mítico de Marvel por excelencia. Mítico y reconocible: es evidente que Jack Kirby sabía como diseñar una apariencia intrigante. ¿Y qué más intrigante que unir el aspecto ultratecnológico de una siniestra armadura gris, cuasi-robótica, con un rostro adecuadamente maligno para hacer honor al nombre, y unas ropas verdes propias de un peregrino medieval, con su jubón, capa y capucha? No en vano, desde el primer momento, Muerte unía en una sola persona al genio tenebroso de la ciencia y al seguidor de las artes mágicas. Tecnología y brujería, una combinación singular.

Por cierto que Muerte no es un apelativo: es literalmente el apellido del villano, Victor von Muerte (esa filiación germánica tiene la fortuna de evocar al mad doctor por excelencia, el doctor Frankenstein), en el original Victor von Doom. El término inglés reúne toda clase de polisémicas connotaciones en torno al concepto de destino como maldición, pero el primer traductor de Marvel en España (al servicio de la entrañable editorial Vértice, donde fue responsable de otras afortunadas adaptaciones, como Estela Plateada, que mejoraba el original Silver Surfer), Fernando Sesén, optó por una palabra más contundente. El resultado no puede sonar mejor.

ff005El Doctor Muerte tardó varios meses en llegar a las páginas de Fantastic Four: en concreto, lo hizo en el número 5 de la colección, con fecha de portada de julio de 1962 (lo cual quiere decir que el episodio se publicó al menos tres meses antes: cosas de la edición norteamericana). El personaje no tiene su apariencia definitiva: todavía no porta la capa y su indumentaria verde recuerda más bien a un verdugo, a un esbirro surgido de una fantasía medieval. En su primer enfrentamiento, Muerte secuestra al grupo y los conduce a un castillo (de ubicación indeterminada) donde, por el procedimiento de tomar como rehén a la Chica Invisible —las primeras heroínas marvelitas no parecían tener más función que ser fuente continua de preocupación para sus protectores masculinos—, los obliga a viajar al pasado, en busca del famoso tesoro del pirata Barbanegra, que ambiciona debido a que las gemas que contiene fueron propiedad nada menos que de Merlín el mago, que les dio indeterminados poderes místicos.

En el episodio, y por boca de Reed Richards, se dan varios de los datos básicos que conformarán la identidad del personaje: Victor von Muerte fue un brillante estudiante de sus días universitarios, un científico fascinado por la brujería que probó consigo mismo una misteriosa máquina (los diálogos parecen sugerir que su propósito es conducir a «mundos oscuros», lo que más tarde se habría llamado abrir puertas dimensionales) que le explotó en pleno rostro, desfigurándolo horriblemente. El amargado estudiante abandonaría entonces la compañía de sus semejantes, marchando al Tibet, tierra de místicos por excelencia (poco tiempo después, otro personaje emblemático de la casa, el Doctor Extraño, también marcharía allí tras sufrir otro accidente traumático), deteniéndose ahí el flash-back evocado por Richards.

El episodio (autoconclusivo, como la práctica totalidad de los primeros números de la colección) es simple pero delicioso, en buena medida gracias a las texturas que al dibujo de Kirby (pródigo en intensidad pero todavía bastante tosco) le aporta Joe Sinnott, un embellecedor más que un entintador, en un único trabajo que entonces no tuvo continuidad, pero que anticipa el maravilloso resultado que conseguiría a su regreso, más de tres años después, para reunirse con el dúo de creadores de la serie y deparar su época dorada.

Por otro lado, el tebeo introduce uno de los míticos artilugios del Universo Marvel: la máquina del tiempo de Muerte, genial diseño de Kirby que consiste, lisa y llanamente, en un mero rectángulo que, subiendo o descendiendo en el aire, traslada de época. Siguiendo con sus habilidades para la creación tecnológica, la aventura ya manifiesta por primera vez una de las facetas que más juego darán del personaje en el futuro: su facilidad para engañar a sus antagonistas mediante una perfecta réplica robótica que es la que vive las situaciones de peligro mientras él supervisa la acción a distancia.

Portada de Los 4 Fantásticos, en Vértice, por López EspíLos autores comprendieron bien el enorme potencial del personaje, y lo convertirían enseguida en el enemigo recurrente del cuarteto, corriendo incluso el riesgo de saturar al lector con sus continuas apariciones (y consiguientes derrotas), pues en los dos primeros años de la colección es el antagonista de seis números y todo un especial, el Anual nº 2. En casi todos ellos, y de modo progresivamente delirante, Muerte no solo es vencido sino que queda en una situación que no parece tener más salida que (seamos redundantes) la muerte: perdiéndose en el espacio agarrado a un asteroide, empequeñeciéndose hasta prácticamente disolverse en la nada, cayendo al vacío desde una enorme altura o perdiéndose en medio del espacio.

Por supuesto, este Muerte carece todavía de la poderosa personalidad que revelará más adelante. Y es que, aunque pueda entenderse el impacto que produjo esta colección en niño y el adolescente de la época, es justo reconocer que (tal vez con la excepción de las colecciones donde participaba Ditko… cuya estética irónicamente envejeció más rápido que la de Kirby) el interés de esos primeros años es una cuestión de nostalgia personal. Se entiende que quienes no han accedido al tebeo de superhéroes en sus años infantiles tienen bastante difícil franquear su puerta de entrada, sobre todo si se quiere comenzar una lectura cronológica de Marvel. Durante sus dos o tres primeros años, Fantastic Four es una serie que carece de la menor densidad, que es en verdad una lectura para niños. La clave está en que la creatividad de sus autores y, por ende, la complejidad artística y psicológica de las series Marvel crecieron al par que esos niños, ganándose unos lectores adictos para toda la vida, fenómeno que se reprodujo en España, con diez años de diferencia: los Marvel zombies hispanos son los niños de los 70.

Es por ello que el primer Doctor Muerte no pasa de ser, inicialmente, un villano rimbombante y de guardarropía. Incluso Lee y Kirby todavía no terminan de creerse la grandeza maligna contenida bajo su máscara, y no tienen el menor empacho en hacerle objeto del humor metalingüístico que baña los primeros tiempos de la llamada Casa de las Ideas. Por ejemplo, en el descacharrante inicio del nº 10, el Doctor Muerte decide tenderle una trampa a Mr. Fantástico ¡¡obligando a los mismísimos Lee y Kirby a convocarlo a una cita en las oficinas de Marvel para discutir el argumento de un nuevo episodio de su serie!! En una sola página, Lee y Kirby crean tantos meta-niveles que, de hallarnos ante otro medio y no el despreciado cómic de superhéroes, su ocurrencia se habría saludado como una genial innovación. Y es que, de pronto, quienes firman la serie se presentan a sí mismos dentro de ella como encargados de convertir las aventuras del grupo «real» en materia de «ficción», estrujándose la cabeza porque no consiguen encontrar un enemigo para el nuevo episodio: es más, se quejan de que el Doctor Muerte («todos los días no damos con amenazas como él») se perdiera en el espacio (en efecto, en el final de su anterior aparición) y por ello no pueden recurrir a él, justo una viñeta antes de que aparezca para obligarles a llamar a Reed Richards, el cual, si se extraña de algo es porque justamente el día anterior ya habló con ellos de un argumento nuevo (a todo esto, La Cosa le dice a Reed, retorciendo las pesas que está levantando, que les dé un «mensaje» acerca de lo que pasará si siguen dibujándole más feo de la cuenta).

Ilustración inicial del  anual 2 de Fantastic Four, con el origen definitivo del Doctor MuerteConvertido ya en el principal villano de la serie (de su importancia da fe su puntual «traslado» a otras colecciones de la Casa, como prueba de la interacción entre todos los personajes marvelitas), el definitivo trazado del personaje tiene lugar en el Anual 2 de FF, que contiene una historia corta de 12 páginas que termina de contar su origen, que ya será el canónico para los restos. En ella, Lee y Kirby introducen dos ideas estupendas. La primera era lógica: Reed Richards conoció directamente a Muerte en sus días universitarios e incluso le propuso compartir habitación, pero este se negó a cualquier colaboración científica con nadie; es más, Richards trató de avisarle del pequeño error de unos decimales en la ecuación de la cual dependía el éxito de la máquina que lo desfiguró. Este detalle es espléndido, porque añade un matiz de resentimiento a la evidente relación especular que ya queda entablada entre ambos: Muerte no solo es el doble oscuro de Richards, sino que no puede perdonarle que este sea el único ser humano consciente de que el episodio que terminó por provocar su apartamiento de la humanidad pudo ser evitado de no haberle obcecado la soberbia.

La otra idea complementa de modo muy afortunado la dimensión brujeril, incluso medieval, del personaje. Y es que, de pronto, se revela que Muerte es nada menos que el monarca absoluto de un pequeño estado enclavado en los Alpes Bávaros, Latveria, en la tradición de los reinos de opereta de la tradición centroeuropea (los aficionados a El prisionero de Zenda, en literatura y en cine, los llamamos «reinos ruritanos» en honor del enclave ficticio donde transcurre la acción de esta inolvidable aventura). Es más, se cuenta que Muerte es de ascendencia gitana: su padre fue el noble curandero de su tribu y su madre (a la que no conoció) una poderosa bruja cuya herencia impregna todo su ser. Muerto su progenitor por causa del tiránico rey de Latveria, el Muerte adulto se apodera de su país natal, ya con su identidad final, como previo paso para apoderarse del mundo entero.

Doce páginas de una historia que constituye una pequeña obra maestra, en la que Lee y Kirby (más el entintador Chic Stone) dan lo mejor de sí mismos para crear la definitiva e imborrable imagen personal de Muerte. Al mad doctor de aspecto a la vez siniestro y grotesco de los números anteriores sucede ahora un genio de la ciencia amargado por una infancia arrasada por el dolor y por una juventud lastrada por sus propios errores, de tal modo que solo mediante la reformulación personal, la emergencia literal de las cenizas, podrá Victor von Muerte volver a enfrentarse a ese mundo que primero rechazó por desmedido orgullo y ahora por sombrío encono. No en vano, en el mismo episodio se concreta el modo en que, en el Tibet, después de aprehender los secretos últimos del control de las necesidades del cuerpo, se incrusta en la armadura que él mismo fabrica, operación que concluye —George Lucas, siempre astuto reciclador, tomaría buena nota para su Darth Vader, cuyo diseño visual es claramente deudor del marvelita— con la aplicación sobre su rostro de la máscara de hierro… todavía candente: el gesto final que simboliza su renuncia a volver a considerarse un ser humano.

En la segunda mitad de ese anual, Muerte vuelve a enfrentarse a los 4F, enfrentamiento que termina con una curiosa resolución: Reed Richards lo hipnotiza para hacerle creer que lo ha matado, de tal modo que el villano vuelve a su Latveria exultante por haber concluido su venganza contra su antiguo condiscípulo, perdonando con condescendencia la vida a sus compañeros. Y Lee y Kirby lo dejaron descansar un buen puñado de meses: cuando lo retomaron sería para crear un punto y aparte en la trayectoria de los personajes, iniciando así, significativamente, su periodo dorado.

Ilustración de López Espí para La batalla del edificio Baxter, en VérticeEsa llegada a la madurez se desarrolla en dos números, FF 39 y 40 (julio y agosto 1965), y se conoce como la Batalla del Edificio Baxter. Se trata, sin discusión, de una de las aventuras más populares del grupo y, para mí, una de las tres o cuatro más imborrables de toda la historia de Marvel, cuya concentrada densidad resulta admirable teniendo en cuenta de que se trata de un episodio de eso que se llama pega-y-corre, es decir, un enfrentamiento entre los héroes y el villano que no ofrece el menor respiro.

De entrada, hay una afortunada decisión de guion que singulariza el retorno de un Doctor Muerte más rabioso que nunca tras descubrir la burla de la hipnosis a que lo sometió su odiado antagonista. Y es que, en el final del episodio anterior, los 4F han perdido sus poderes: se han convertido en personas «normales» (incluso Ben Grimm ha conseguido lo que más ansiaba, recuperar su aspecto humano), lo cual los pone a merced de sus enemigos. Pues bien, aprovechando que el cuarteto está probando en un almacén cercano algunos inventos con los que Reed quiere engañar a aquellos mientras se realimenta un estimulador cósmico con el que espera reactivar sus poderes, el Doctor Muerte se apodera de su cuartel general, el Edificio Baxter, y desde allí, tras localizarlos, lanza contra ellos cuanto artilugio de Richards queda a su alcance, ignorando al principio la indefensión del cuarteto, disfrutando después de esta condición tan pronto la adivina.

Así pues, Lee y Kirby consiguen revestir el enésimo enfrentamiento entre estos enemigos mortales de un dramatismo que nunca existió antes, a lo que contribuye el hecho de que, por fin, el Doctor Muerte se revela dueño de una grandiosa terribilidad: nunca su máscara de hierro pareció más expresiva (¡en algún momento incluso se llega a la imposibilidad de mostrarlo sonriendo!), nunca su ciega sed de venganza crea tal atmósfera de destrucción, nunca antes Los 4 Fantásticos habrán estado tan cerca de la derrota como en estos dos fabulosos números.

Nueva idea genial, los autores introducen un personaje invitado: Daredevil, el superhéroe ciego cuyos sentidos quedaron multiplicados por la exposición a un isótopo radiactivo. El héroe más original de los primeros tiempos de la casa, al tiempo que uno de los menos poderosos por cuanto es poco más que un gimnasta con un infalible sentido de la precisión espacial que compensa la pérdida de la visión y lo hace merecedor de su apelativo de El Hombre sin Miedo. Daredevil (quien, bajo su identidad secreta, es el abogado del cuarteto) es quien atrae sobre sí la atención de Muerte, mientras da tiempo al grupo a regresar a su cuartel general y recuperar el estimulador. El contraste entre el megalómano soberano de Latveria y ese héroe de tan modesto aliento da pie a momentos memorables: es más, una decisión editorial que en el ámbito europeo se consideraría un atentado a la dignidad artística de Jack Kirby (todas las figuras de Daredevil están redibujadas, sobre el original kirbyano, por Wally Wood, el hombre que se encargaba de su propia colección) singulariza de modo extraño la aparición del personaje.

Mítica viñeta de Fantastic Four 40 con Ben Grimm volviendo a ser La CosaEn fin, la aventura alcanza su cénit dramático cuando Richards baña a su viejo amigo Ben Grimm, contra su voluntad, con el estimulador cósmico que le devolverá su rocoso aspecto de La Cosa (las tres viñetas con que Kirby muestra el proceso bastarían para acreditar por qué este autor es hoy considerado el Rey). El amargado monstruo se lanza en solitario contra Muerte, quien lo somete a un castigo con todos los artilugios tecnológicos de su armadura, tensando hasta el límite su resistencia, haciendo inolvidable el modo en que La Cosa se sobrepone a todo el dolor que le inflige su rival hasta desmantelar sus ingenios, destrozándole de paso las manos en el ataque de rabia subsiguiente. La conclusión deja sin aliento: el drama de Ben Grimm, el desgarro interior que siente mientras se comporta como un héroe y el uso revulsivo de la violencia (¡en un cómic teóricamente infantil!) deparan una densidad nueva que ya no se perdería: Los 4 Fantásticos entraría en la etapa que todos reverencian con justicia como la mejor del grupo en toda su historia (y por extensión, una de las más grandiosas de la colección, del género y del tebeo en general).

No hay espacio aquí para desgranar sus virtudes con la extensión debida, que retomaré en otro momento. Baste señalar que, en media docena de números, Kirby y Lee (de nuevo con Joe Sinnott en las tintas) potenciarían la grandiosidad cósmica que siempre estuvo presente en la serie, al menos en potencia, mediante la creación de la raza incógnita de Los Inhumanos, la formidable entidad conocida como Galactus, el Devorador de Mundos, o el reino africano de Wakanda, cuyo soberano, Pantera Negra, ha fundido la esencia inmemorial del África negra con la tecnología más avanzada. Este conjunto de números encabalga, literalmente, las aventuras sin dar casi tiempo al espectador para asimilarlas, pero al mismo tiempo sin crear la menor sensación de atropellamiento, gracias a la serena belleza con que Sinnott remansa la increíble fuerza épica de los dibujos de Kirby (perfectamente complementadas por ese famoso aire shakesperiano de los diálogos de Stan Lee). A continuación, los autores se disponen a saborear sus innovadores creaciones, y a hacerlas interactuar entre sí y con sus anteriores personajes. Es entonces cuando es recuperado el personaje del Doctor Muerte, dando pie a la saga que culmina esta edad de oro.

Esta se desarrolla entre los números 57 a 60, y parte de un planteamiento tan sencillo como prometedor: el Doctor Muerte consigue arrebatar sus poderes cósmicos a Estela Plateada —personaje introducido como heraldo espacial del mencionado Galactus, genial invención personal de Jack Kirby cuya apariencia queda expresada por el nombre original del personaje, Silver Surfer— y se convierte, por fin, en un ser capaz de sojuzgar a la humanidad casi en un parpadeo, convirtiendo por comparación a sus odiados enemigos, Los 4 Fantásticos, en meros insectos incapaces de provocarle el menor daño.

Se trata de la vuelta de tuerca definitiva de Lee y Kirby al que, en el fondo, es el tema central de su serie (y casi de todo el Universo Marvel): la reflexión en torno a las consecuencias y responsabilidades del poder, ya sea en su nivel más modesto (el de un Spider-Man) o en su dimensión más sobrecogedora. Aunque quienes no han entrado nunca en el tebeo de superhéroes difícilmente lo creerán, las habilidades sobrehumanas de sus protagonistas no son sino una afortunada metáfora de las insuperables contradicciones que, por naturaleza, siempre hostigan a ese ser imperfecto que es el hombre, y que son provocadas por ser eternas víctimas del espejismo de la trascendencia.

El Doctor Muerte se apropia del poder cósmico de Estela PlateadaEl Doctor Muerte, como he intentado señalar en las líneas precedentes, es el hombre que no se conforma con ser cualquiera y que, arrastrado por la convicción de que es distinto a todos, acaba siéndolo literalmente. Su ansia de singularidad, encarnada en su propósito de dominar todos los secretos de la ciencia y de la magia, encuentra ahora una última puerta que franquear: la de la fuerza cósmica, la esencia del universo. El secreto de la vida, en suma (que en sus manos se convierte, claro, en el secreto de la muerte).

Con desarmante naturalidad, Kirby y Lee funden a su viejo personaje en la grandiosidad cósmica de los conceptos que habían manejado en las sagas previas, atendiendo a la fuerza dramática de la idea y obviando cualquier lógica. Por genial que sea Muerte, no parece explicable que exista un método científico mediante el cual pueda vampirizar el poder de Estela Plateada, pero la genial fuerza del dibujo de Kirby hace innecesaria cualquier explicación: la splash-page (viñeta a toda página) que muestra a Muerte exultante de su nuevo poder (que rezuma por todo su cuerpo), con el desvitalizado Estela a sus pies, es otra imagen mítica de la serie, imposible de transmitir con palabras.

Ay, pero esa soberbia sin límite, sobrehumana, será también el germen de su perdición, cuando por dejar bien claro a sus abatidos enemigos que su nuevo estado lo convierte en un dios sin parangón (es decir, que pese a todo siguen pesando sobre él todas las humillantes derrotas previas), Muerte no tendrá en cuenta que Estela Plateada tenía una limitación contra la que no podía luchar: su antiguo amo, Galactus, al ver cómo lo traicionaba para ayudar a esa humanidad cuyo planeta debía devorar para garantizar su propia supervivencia, lo condenó a la reclusión en la Tierra. Cuando el orgulloso, e insensato, Muerte intenta quebrantar esa prohibición, se produce su caída. La última viñeta de la saga, simple, lacónica, genial, muestra la tabla de surf cósmico volando de nuevo hacia el castillo de Latveria donde espera su dueño, al que ha vuelto el poder que tan temerariamente quiso llevar a su límite el hombre que lo había robado.

Jack Kirby conduce al lector a través de la aventura en perpetuo estado de arrebato, otorgando una alucinante verosimilitud a la sucesión de prodigios, máquinas imposibles, combates más grandes que la vida y terribilidad en su grado máximo. El resultado es, sin la menor duda, el canto del cisne de la colección. Dentro de una maquinaria en la que no se concibe la posibilidad de detenerse, mientras siga rindiendo económicamente, era impensable que la serie clausurara su andadura: en el mundo del cómic de superhéroes no existe el The End sino el continuará. Fantastic Four ha seguido su andadura hasta nuestros días, cumpliendo ya más de cinco décadas de vida, que han acabado con la mágica credibilidad de que las vidas de sus héroes de papel seguían una trayectoria coherente. El enfrentamiento con el enemigo definitivo que era el Doctor Muerte cósmico podía haber sido un inmejorable punto final. No lo fue y tampoco hay que lamentarlo mucho, porque todavía vendrían muchas historias memorables, de los mismos Lee y Kirby hasta el más relevante de sus sucesores, John Byrne. Pero si yo no hubiera leído ninguna aventura posterior a esta genial saga, pensaría que no se pudo encontrar mejor conclusión a la saga de la Primera Familia marvelita y el hombre que quiso ser dios pero era demasiado humano.

El rostro siniestro del Doctor Muerte, por Jack Kirby

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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