El último emperador o la más banal pompa y circunstancia

El último emperadorA El último emperador se le debe como mínimo el haber «descubierto», a nivel popular, una de las historias más singulares que dio el singular siglo XX: la de Pu Yi, coronado último emperador de China a los tres años, destronado a los seis pero que siguió viviendo dentro de la Ciudad Prohibida, manteniendo el mismo ceremonial imperial, hasta ser definitivamente desalojado a los dieciocho, situado por los japoneses como emperador del reino-títere de Manchukuo (Manchuria), apresado por los soviéticos al final de la II Guerra Mundial y entregado en 1949 a la China comunista, «reeducado» tras un periodo de encarcelamiento de diez años, y que fue a acabar sus días tranquilamente como jardinero en Pekín. La película fue concebida como una superproducción «trascendente», para lo cual se entregó su máxima responsabilidad a un cineasta de prestigio (al menos entonces) como Bernardo Bertolucci que, supuestamente, ya acreditaba al menos un trabajo en este sentido, el en su día muy famoso pero cada vez más olvidado Novecento (1976). Bertolucci y su coguionista, Mark Peploe, construyeron su guión a partir de la autobiografía escrita por el propio Pu Yi en los días (ocultados en la película, por cierto) en que la República Popular China acabó utilizándolo como figura emblemática de la capacidad reeducadora del comunismo.

Consultando los datos, aun superficialmente, que están hoy día a disposición de todo el mundo, el guión parece resumir con habilidad la vida de Pu Yi, actuando con concisión en unos hechos —por ejemplo, sus varias esposas reducidas a dos— y omitiendo otros (su efímera restauración en 1917, su periodo como prisionero en la Unión Soviética y su declaración ante el Tribunal de Criminales de Guerra en Tokio), sencillamente para no hacer en exceso prolija la exposición de su vida. El guión final estructura esta historia, de forma quizá demasiado tópica y mecánica, mediante una narración paralela que muestra el periodo de reeducación del protagonista en la cárcel china donde es recluido en 1949 y la crónica, lógicamente más extensa, de su vida hasta caer prisionero, que se supone va repasando desde su madurez.

El verdadero Pu YiEn cualquier caso, y por mucho atractivo que tenga siempre lo que se está relatando, hay que señalar que El último emperador es un tremendo canto a la banalidad, a la trivialidad dramática a la hora de contar una «gran vida». Es decir, las elecciones realizadas por los guionistas frente al inmenso material disponible optan la mayor parte de las veces por lo más tópico, por lo más simple, hasta acabar construyendo una especie de digest que, por muchas pretensiones intelectuales, históricas y, sobre todo, estéticas que tenga, lo que acaba es proponiendo una vulgarización de la vida del personaje y de las circunstancias socio-políticas por las que atravesó. Si Bertolucci y sus promotores pretendían dar pie a un gran fresco histórico el fracaso es casi absoluto: y el casi no se debe a ellos sino al mayúsculo interés de la historia elegida, que termina resplandeciendo por encima de la banalización a que es sometida. Lo que mejor simboliza este fracaso es que lo que se recuerda del film, ante todo, una vez pasado el tiempo desde su visionado, son las imágenes del niño Pu Yi, en su ceremonia de coronación, tratando de alcanzar la enorme tela amarilla que se desliza sobre la escalinata del Palacio de la Suprema Armonía y recorriendo luego el enorme espacio de los patios de la Ciudad Prohibida mientras centenares de súbditos se arrodillan a su paso.

Por otra parte, ¿cómo se puede esperar profundidad en un tratamiento que concluye con una escena propia de cualquier estudiante de guión de primer curso? Me refiero a la visita final a su palacio, ahora convertido en fantasmal espacio museístico, donde es sorprendido, de modo muy oportuno, por un niño al que demuestra que fue el emperador porque sólo él puede saber lo que hay bajo el trono, un pequeño objeto de sus días de infancia: una caja donde guardaba un grillo que, mágicamente, sigue vivo tan pronto el pequeño la abre. Al final de casi tres horas de metraje, la conclusión que parece querer inculcársenos es que, después de una vida harto compleja, lo que le resta a su protagonista (y a todos, supongo que se nos quiere decir) es la nostalgia por un momento de inconsciente felicidad infantil. Para esto, no hacían falta tantas (y tan caras) alforjas.

¿A qué se debe este fracaso? En primer lugar tiene mucho que ver, ay, con lo que en su momento fuera publicitado como su gran aliciente: precisamente, que era la primera vez que las autoridades chinas permitían a cineastas occidentales rodar en la mismísima Ciudad Prohibida. Los palacios, patios, escalinatas, murallones, tejados y puertas de la Ciudad, de tantísimas imágenes vacuas que se enseñan al espectador, acaban sobrecargándolo, empalagándolo (encima, teniendo en cuenta que el responsable de iluminarlas, de darles color, es el siempre peligrosísimo Vittorio Storaro, colaborador en múltiples operaciones culturalistas que nada aportan a la cultura de verdad, como los films «musicales» de Carlos Saura).

La Ciudad Prohibida

Es evidente lo difícil que para Bertolucci o para cualquier otro al que se le hubiera encomendado la película era mantener el equilibrio entre las dos dimensiones que demandaba el proyecto (por la enorme cantidad de dinero invertida en él): el intimismo de un planteamiento que atendía a lo denso y lo profundo, y el carácter de superproducción destinada a un consumo de masas a las que muy probablemente la densidad y la profundidad de la propuesta no iba a ser lo que las llevaría al cine. Pero no es culpa de nadie más sino de ellos la minuciosidad con que se retrata no tanto la vida del emperador niño en la Ciudad Prohibida, sino los rincones, iluminados de distinta manera, de la misma. El desequilibrio dramático es evidente, puesto que la vida de Pu Yi casi acaba reduciéndose a esos años que pasa en su jaula dorada de puertas rojas que no puede traspasar, dedicándose mucho menor espacio al resto, de tal modo que el episodio de Manchukuo, fundamental para entender la trayectoria del personaje, queda reducido a una serie de alicortas estampas sobre la degradación de sus sueños imperiales, impregnadas además de un penoso y muy envejecido aire de decadentismo estético. Por otro lado, y esto es achacable tanto a la narración de Bertolucci como al sentido del montaje, la película se hace larguísima.

El reino títere de ManchukuoEs decir: no existe la menor profundización en la psicología de un hombre educado para ser lo que nunca le permitieron ser, el Hijo del Cielo, el elegido sobre la tierra para gobernar sobre todos los hombres, porque enseguida se le arrebató cualquier responsabilidad (incluyendo el paradójico hecho de que, aun cuando no hubiera sido destronado, es casi seguro que su vida, debido a la asfixiante etiqueta de la corte imperial china, habría transcurrido bajo parámetros muy similares a los de los años que pasó en la Ciudad Prohibida). Un hombre complejo que dedicó sus años de juventud y madurez a intentar reconstruir (con resultados patéticos) esa vida para la que había nacido y que acabó convirtiéndola en una patética farsa. Un hombre que pasó su infancia y adolescencia como prisionero en una jaula dorada, que cuando creyó haber alcanzado por fin ese sueño descubrió que había ido a parar a otra jaula, en la que aún tenía menos libertad, y que aún conocería otra tercera prisión, en la que se tuvo que enfrentar, por fin, a la terrible verdad de que nunca fue responsable de su vida.

Puesto que el guión de Bertolucci y Peploe se centra en la reeducación del protagonista (en la que es fundamental la acusación que le hacen sus carceleros comunistas de haber sido un traidor a su país), entiendo que sus años como títere de los japoneses debían haber recibido un tratamiento menos superficial: prácticamente se reducen a mostrar a los nipones como villanos totales y a pasear la belleza indolente de Joan Chen por escenarios casi del soft-core lujoso de los 70, tipo Emmanuelle (1974) o Historia de O (1978), como ejemplifica la penosa secuencia en que, bajo los efectos del opio, tiene un escarceo erótico con la pérfida espía de los japoneses.

Por otra parte, el segmento dedicado a la reeducación en el centro penitenciario es muy tópico: tal como se narra, Pu Yi se conciencia de sus errores sencillamente al contemplar un noticiario en el que se muestran escenas de las atrocidades cometidas por los japoneses en China (la matanza de Nankín, los experimentos con cobayas humanas en Manchuria). Hay una escena significativa: el noble carcelero a quien encarna Ruocheng Yin, al leer cómo, tras ese visionado acosado por el sentimiento de culpabilidad, ha confesado cuanto le han puesto por delante, le reprocha que, al igual que antes se consideraba lo mejor de la humanidad, ahora quiere considerarse lo peor. Bertolucci y Peploe debieran haber explorado, con verdadera profundidad, esta dimensión básica del personaje, es decir, su necesidad de ser sublime incluso en su degradación, pero no lo hacen, de tal modo que este diálogo de la película lo que ejemplifica es la impotencia de los responsables de la película para dotar de verdadera densidad a su retrato de tan particular personaje.

Peter O'Toole como el preceptor de Pu YiAhora bien, no es que El último emperador no posea también elementos para el recuerdo. Su meticulosa elaboración escenográfica y estética, aun dando pie a la simplicidad dramática, como he referido, sin lugar a dudas resulta atractiva, sobre todo bajo los sones de una magnífica partitura compuesta a seis manos pero cuyas piezas más irresistibles pertenecen al gran compositor japonés revelado en occidente por este trabajo, el gran Ryûichi Sakamoto. Las interpretaciones también son excelentes, empezando por la joven pareja John Lone-Joan Chen y prosiguiendo por los veteranos Peter O’Toole (que convoca, en cada escena en que aparece, el fantasma de David Lean, algo que sin duda perseguían los reponsables del proyecto) y Ruocheng Yin, capaz de otorgar un peso y una dignidad que en realidad su personaje no puede poseer, por lo simple de su trazado.

Y, claro, también cuenta con buenas escenas: la presentación del niño de tres años Pu Yi ante la sobrecogedora emperatriz viuda, que está a punto de morir, en una enorme sala donde el niño, sin saberlo, descubre la irrealidad fundamental que para él será la Ciudad Prohibida, pues se mezclan estatuas de tamaño real y cortesanos que viven de verdad (vidas mutiladas como la que él vivirá, aun de otro modo: son eunucos); la aparición del ejército republicano que acabará liberando a Pu Yi de su encierro en la Ciudad Prohibida, mientras están jugando un partido de tenis; la despedida del tutor inglés, que alcanza cierta emoción sin duda por la buena química que a lo largo de su relación han ido desarrollando Peter O’Toole y John Lone; el momento en que el reeducador le dice a Pu Yi «¿tan terrible es ser útil?», porque casi sin querer resume el drama de la vida del personaje.

La mejor escena de la película, sin embargo, la que mejor expresa la tragedia de ese hombre que pasa casi todo su vida aprisionado por las circunstancias es aquella, en el frío palacio manchuriano, en que corre detrás del coche que aleja a su esposa, hasta ver cómo una vez más se cierran ante él las puertas (otra vez rojas) que remarcan su condición de prisionero, lo que mueve a Pu Yi a exclamar, para sí mismo, y advirtiendo el déja vu del momento, la misma expresión («Abrid las puertas») con que inútilmente intentó ser obedecido cuando, siendo niño, quiso abandonar la Ciudad Prohibida ante la noticia de la muerte de su madre.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El último emperador / The Last Emperor. Año: 1987

Director: Bernardo Bertolucci. Guión: Bernardo Bertolucci y Mark Peploe; colaboración inicial de Enzo Ungari; basado en la autobiografía de Pu-Yi. Fotografía: Vittorio Storaro. Música: David Byrne, Ryûichi Sakamoto y Cong Su. Reparto: John Lone (Pu Yi), Joan Chen (Wan Jung), Peter O’Toole (R.J. Johnston), Ruocheng Ying (El carcelero). Dur.: 163 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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