La saga Alien (II). Solos en el inmenso espacio exterior

Aliens. El regreso (1986, James Cameron)

Aliens, el regresoLa secuela de Alien, como es lógico, sitúa a sus personajes en el lugar donde, después del primer título, quedaba concitada toda la atención: en el planeta al que, en infortunado momento, había sido atraída la Nostromo. El planeta de los aliens, un mundo que ya sabemos poseído por un dantesco clima, cubierto por una noche perpetua: el lugar más infernal del universo. Por supuesto, recuperaba al personaje superviviente de la masacre anterior, la teniente Ripley, situándola con una excusa más o menos consistente en el camino, de nuevo, de los seres de doble mandíbula. A partir de esta premisa, Aliens. El regreso juega las cartas que, ya en los años ochenta, parecían obligadas en las secuelas: por un lado, ofrecer más que su predecesora, para justificar la operación; por otro, ofrecer buena parte de lo mismo, hasta casi convertirla en un remake. Sobre los aliens, nada más hay que decir: queda bien sentado que ese terrible planeta es el lógico hogar de unos seres continuamente definidos como los «supervivientes» perfectos. Más de dos décadas después, la precuela que marcó el regreso de Ridley Scott a la saga, situada también en ese mismo planeta, modificaría considerablemente nuestras expectativas sobre la historia de los aliens, resultando que en absoluto puede hablarse de una raza autóctona, y ni siquiera de una raza original… aunque ya hablaremos de ello en la correspondiente entrega de estos comentarios.

En cuanto a la amplificación de la oferta que supone la secuela, consiste en que, en vez de enfrentarse a un solo alien, Ripley y los pobres a los que toca esta vez unirse a la viajera interplanetaria más gafe de todos los tiempos… se tropiezan con una colmena entera de bichos. Confieso que la primera secuencia en que dichos personajes se enfrentan a todo un grupo de aliens, en su momento me provocó un considerable impacto. Con el tiempo, claro, ha desaparecido ese escalofrío de la espina dorsal: los aliens han pasado a ser un icono demasiado cotidiano, demasiado cómodo. Pero revisar las imágenes de Aliens. El regreso sigue levantando cierto cosquilleo en sus momentos de mayor tensión. Ahora bien, como el elemento sorpresa del film ya no podía existir, y la morfología y características del monstruo eran sobradamente conocidas, se opta por la opción contraria a la seguida en Alien: si en ésta, el monstruo aparece en contadas ocasiones (jugándose con el hecho de que, a cada nueva aparición, ha cambiado un poco de apariencia y es más grande), en Aliens el terror consiste en sus continuas apariciones, y además multiplicado por docenas. Así, Aliens, el regreso es ante todo una trepidante aventura bélica en la que el horror no nace de la conversión de un espacio hipertecnificado en un viejo escenario gótico, sino en la multiplicación de una amenaza que ya conocemos.

Asimismo, en vez de un escenario pequeño y cerrado como era la nave Nostromo, la nueva película ofrece un lugar mucho más grande donde desarrollar el enfrentamiento: una colonia espacial instalada por la maquiavélica Compañía con el objeto de obtener los dichosos engendros de la doble mandíbula. Uno de los atractivos del film es recorrer tan excitante espacio —vuelvo a insistir en esa construcción de un imaginario realista a la hora de caracterizar los escenarios de la futura era espacial—, que en el momento oportuno, sin embargo, resultará igual de exiguo y opresivo que lo era la Nostromo.

Lance Henriksen - BishopEl hombre a quien fue enco- mendado el proyecto, con un notable grado de implicación (dirección y guión, a partir del argumento servido por los productores de la primera película, David Giler y el también director Walter Hill) fue James Cameron, «the king of the world», de quien en ese momento constituía su tercera película, tras, precisamente, una secuela que nadie recuerda, Piraña II: los vampiros del mar (1981) y un film destinado a dar origen a otra franquicia, la sobredimensionada Terminator (1984). Su «mano» se nota en la contratación de actores de sus previas películas para papeles importantes: Michael Biehn, el co-protagonista de Terminator, encarnando a Hicks, el marine guapo con quien se juega (aunque poco) a sugerir cierta atracción romántica con Ripley, y Lance Henriksen, quien aquí interpreta a Bishop, un androide que supone el reverso positivo de Ash (Ian Holm), por cuanto su pertinaz lealtad al servicio de los humanos de la expedición, acaba convirtiéndolo en el personaje más simpático de toda la función. Uno de los planos más recordables de la película lo tiene de protagonista: el cerrado primer plano sobre su rostro concentrado en el esfuerzo de reptar por un angosto túnel, con una linterna en la boca, camino de la antena que debe reparar para traer la nave de auxilio.

Siete años después (en la ficción, Ripley ha estado viajando más de 50 años en estado de éxtasis), sin embargo, la actriz revelación de Alien, Sigourney Weaver, se había convertido en una de las estrellas del Hollywood de su época, y Aliens, por lo tanto, se pone a su servicio. Eso significa que, aunque la trama la sitúa junto a un pelotón de marines del espacio enviados a esa colonia espacial, la historia acaba sirviendo a su lucimiento: no sólo se gana pronto el respeto de los endurecidos marines, sino que, tan pronto se concreta la naturaleza de la crisis, acaba convertida en su líder (tras el desmoronamiento de quien portaba el mando) y, en cuanto se pone en sus manos una de esas tremendas armas que son marca de la película, se transmuta en una temible guerrera espacial con la que mejor es no cruzarse en su camino.

La temible reina madre de los aliensAsí, en su parte final, Aliens muestra nada menos que a una reina alien —ese es el progreso argumental que incluye Cameron—, un bicharraco tres o cuatro veces mayor que un alien estándar y con un exoesqueleto espectacular, con la que Ripley repite el duelo singular, pero bigger, del primer título. Ahora bien (y esto supone uno de los elementos más fastidiosos de la película), todavía hay tiempo para mostrar que Ripley no es solo una mujer capaz de igualar, y superar, a cualquiera de los machos hipervitaminados que componen el grupo de marines, sino que además es sensible y posee un instinto maternal que la hace muy femenina. Para ello se sitúa en la colonia espacial a una única superviviente, una niña de diez años llamado Newt por quien Ripley se enfrentará a todos los aliens con uñas y dientes (la versión extendida añade un dato que hace que hace más pertinente esta fijación de la protagonista por la niña: se nos cuenta que Ripley había dejado una niña de once años en la Tierra… que tuvo tiempo de envejecer y morir mientras su madre vagaba por el espacio en un sueño de eterna juventud).

La película comienza de modo memorable. La pequeña cápsula en que Ripley se había refugiado tras la destrucción de la Nostromo es interceptada por una enorme nave espacial, y Cameron narra el rescate de la mujer como una operación abstracta y deshumanizada: el pequeño filamento de luz que penetra primero por la rendija que el rayo láser va abriendo en la puerta y el fino haz que despide el brazo mecánico que, con precaución, penetra en primer lugar en el caza, se posan sobre la superficie escarchada del compartimento en el cual duermen Ripley y el gato Jonesy, y el efecto resulta misteriosamente agresivo, como si a la mujer debiera escatimársele ese contacto con sus semejantes que sin duda tanto debe ansiar un náufrago estelar.

El despertar de Ripley da pie también a un buen número de escenas, destinadas a remarcar la soledad de un personaje que, primero, ha vuelto a la vida en un mundo que ya no puede reconocer, de tanto tiempo como ha pasado —un planteamiento similar anima la espléndida novela de Stanislaw Lem Retorno de las estrellas (1961)—, que se encuentra con el recibimiento escéptico por parte de los hombres de la Compañía, quienes escuchan con suspicacia el relato de cómo «perdió» una carísima nave espacial y, en vez de rehabilitarla en su puesto, la obligan a malvivir en un trabajo muy inferior. Desde entonces, Ripley vive torturada por el recuerdo de su terrible aventura a bordo de la Nostromo, con el trastorno de sueño y de carácter subsiguiente (su único amigo es, precisamente, el gato que compartió con ella su odisea final). La oferta del artero Carter Burke (Paul Reiser) resulta irónica, pues su tabla de salvación, de reingreso en el orden de la vida, es regresar al lugar donde todo empezó, al planeta donde sus compañeros encontraron al alien y, por lo tanto, a la posibilidad de reiniciar de nuevo la pesadilla, lo cual, claro, sucederá.

Los marines del espacioEn este sentido, ese retrato de los marines del espacio como un conjunto de hombres y mujeres que gozan de un sentido de la amistad viril —se añade una mujer-soldado tan viril (o incluso más) como sus camaradas masculinos, y además hispana: la soldado Vasquez— supone para Ripley un revulsivo moral, en cuanto que encuentra por fin una comunidad con la que sentirse cómoda, en parte por su inevitable carácter outsider, en parte porque con ellos le toca compartir una situación en la que sabe manejarse con la soltura adecuada, ganándose su respeto. Cameron se toma todo el tiempo para que el espectador se familiarice con ese grupo, lo cual permite que cuando se produce el acelerón de la acción y la progresiva caída de sus miembros, éstos no sean meros números anónimos sino que importan al espectador, aun cuando su descripción, justo es reconocerlo, se basa en unos pocos detalles pintorescos o superficiales, más la prestancia física de los principales actores que los interpretan. (Alguno de esos detalles resulta genial: el sargento Apone despierta del sueño y lo primero que hace es llevarse un enorme cigarro a la boca, que diríase ha tenido en la mano ya mientras dormía.)

En cualquier caso, por medio de esa tropa Cameron consigue evocar el espíritu de los viejos films bélicos tan propios de Hollywood, ya fueran los rodados en la II Guerra Mundial o en los años 50 y 60 sobre reducidos pelotones hostigados por un contrario muy superior en número o aguerridos comandos infiltrados en territorio enemigo. Es cierto que, signo coyuntural de los tiempos, con ellos se cuela en la película, asimismo, el toque militarista —con gracia, pero con más discernimiento de lo que parece una mera boutade, Carlos Aguilar, en su breve comentario de la Guía del Cine, también habla de la subsiguiente xenofobia— tan propio de ese Hollywood marcado por el reaganismo, y de hecho Ripley acaba pareciendo una Rambo interplanetaria, como bien remarca esa escena en que se prepara para volver al corazón de la colonia en busca de Newt y se arma hasta los dientes, lo cual Cameron muestra con un mimoso conjunto de planos de detalle que subrayan la inventiva de esa neo-soldado al fabricarse un arma doble con un fusil y un lanzallamas que luego manejará con notable destreza.

Ripley contra todoLa labor de James Cameron tras la cámara es ciertamente eficaz en todo momento. Todavía no había surgido la moda de rodar las escenas de acción del modo más caótico posible y su nitidez aquí es envidiable. Bien al contrario, cuando hay que mostrar ese caos es porque el argumento lo exige, cuando los marines se ven desarbolados por el inesperado ataque de los aliens: Cameron lo muestra de modo magnífico a través de los planos de las cámaras subjetivas que cada marine lleva en el casco y que van apagándose, ante el desconcierto de su superior (que sigue la batalla a resguardo), a medida que van cayendo. El sentimiento de constante tensión de que está dotada la parte central de Aliens está punteado por buenas ideas de guión, como ese detector de movimiento que va indica la proximidad de los monstruos (aterrador el plano en que Hicks abre el techo del centro de mando y descubre que es por allí por donde están invadiendo el complejo), o por secuencias tan conseguidas como el acoso de los dos parásitos artrópodos a Ripley y Newt, encerradas en el laboratorio por cortesía de Burke.

Aun cuando sobren la parte final y el exceso al servicio de Sigourney Weaver (quien, por otra parte, está muy convincente en un papel que se nota que domina), Aliens. El regreso constituye una excelente cinta de acción y aventuras con su adecuado poso de angustia liminar. Y quede el detalle de que el film de Cameron concluye como el de Scott: una vez más, la teniente Ripley, después de sobrevivir a tan tremenda odisea (aunque esta vez acompañada), vuelve a sumergirse en el sueño de una cabina de éxtasis mientras la nave que la porta se entrega a un majestuoso viaje estelar.

Alien 3 (1992, David Fincher)

Alien 3, de David FincherLa segunda secuela de la saga (entonces todavía no se utilizaba la fea palabra «franquicia») de Alien fue en su día recibida con notable hostilidad, amén de con una respuesta comercial más bien tibia para las expectativas que se habían puesto en ella, pero con el tiempo parece haberse revalorizado un tanto, aun cuando sea porque David Fincher, el hombre que debutaba tras la cámara con ella —y al que en su momento se vilipendió por su puesta en escena videoclipera— hoy día posee un buen, aunque no unánime, crédito entre críticos y cinéfilos.

Como siempre, la distancia ayuda conside-rablemente a atemperar pasiones en un sentido o en otro: revisada, Alien 3 es un film a notable distancia con respecto a los dos primeros títulos del ciclo, pero desde luego posee al menos la debida solidez. Su mayor problema sigue pareciéndome que por un lado parece conformarse con repetir la ya probada fórmula del título de Ridley Scott —el enfrentamiento con un solo alien, en un espacio cerrado, aun cuando de extensión muy superior a la de la nave Nostromo— y por otro propone un planteamiento que va mucho más allá de la mera confrontación entre lóbregos túneles y pasillos. Y sin embargo, tras una primera hora sugerente y en la que hay un buen trabajo atmosférico, sin necesidad de que pase nada especialmente relevante (es decir, que todavía el alien es una amenaza latente antes que declarada), la película acaba deslizándose por el sendero de lo convencional y lo previsible, desperdiciando casi todo el desarrollo anterior y terminando por ser justamente eso que se temía: una confrontación entre lóbregos túneles y pasillos con el casi invulnerable alienígena de la sangre ácida.

Las virtudes de ese planteamiento original suelen achacarse (aunque no sé en qué grado puede comprobarse) al argumento servido por el singular cineasta australiano Vincent Ward. En cualquier caso, hay que reconocer que el escenario donde se replantea el enfrentamiento entre el ejemplar de la temible raza alienígena y la indomable teniente Ripley es de lo más atractivo: Fury 161, una perdida instalación minera que sirve de instalación penal para un conjunto de reclusos (de escoria) que, abandonados prácticamente en el último rincón del universo, se han convertido a un particular milenarismo cristiano. Un buen lugar donde resucitar pues al símbolo del mal en su sentido más abstracto (en cuanto que ese alien revestido de múltiples connotaciones inevitablemente malignas en realidad sólo es un animal en cuyo instinto está grabada la sed de destrucción absoluta). Un escenario de desolación, donde se refugian representantes de la humanidad en su estadio más bajo (violadores, asesinos múltiples), que prácticamente han sido olvidados por sus semejantes y que no han encontrado otro modo para afrontar esa condición de parias que entregarse (de modo bastante quebradizo, como prueba la inesperada llegada de una mujer) a un rigorismo de corte apocalíptico, que pronto demostrará que poco puede consolar cuando llega el Apocalipsis de verdad. El correlato visual de ese planteamiento se plasma de modo espléndido en las imágenes iniciales del film (en la versión llamada del director’s cut), que muestran un desolado trozo de costa bajo un cielo negro al borde del cual se yerguen abandonadas instalaciones de carga; por esa playa sucia se ve caminar a un hombre cuya indumentaria recuerda a un monje y que enseguida verá llamada su atención por la aparición de un cuerpo cubierto de alquitrán.

El mundo muerto de Fury 121

El dibujo interior de la colonia penal Fury 161 luego ya será más tópico, pues utiliza el muy reconocible diseño de producción de las previas películas de la saga (a esas alturas, de la práctica totalidad de films ambientados en el espacio), es decir, una escenografía degradada y sucia (pero con una degradación y una suciedad ya más convencionales, más tópicas) a la medida de los hombres sucios y degradados hasta el exceso que viven en ella. David Fincher no conseguirá convertir ese espacio en tan necesario, tan bien integrado en la dramaturgia como sí consiguieron Ridley Scott y James Cameron con la nave Nostromo y la colonia espacial de sus respectivas películas. Aun así, durante la primera mitad de la película el descubrimiento de sus distintos espacios concita el interés necesario; luego, cuando ya son el lugar por donde el alien corretea a sus anchas, se despersonaliza bastante.

Desde la primera vez que vi Alien 3 me irritó que la aventura se iniciara con la muerte de quienes habían sobrevivido en Aliens. El regreso junto con Ripley: el cabo Hicks, la niña Newt y el androide Bishop, pues me parecía que así quedaba trivializada la tremenda odisea compartida en la película de Cameron. Una vez acostumbrados a su ausencia, insisto, esa primera hora de película posee un estimable interés, y se debe ante todo a la buena labor de atmósfera que desprenden sus elementos dramáticos. En especial, resulta muy interesante el personaje del único ser «civilizado» (esto es, no embrutecido ni directamente siniestro) que encuentra Ripley: el doctor Clemens (contribuye a ella la buena interpretación de Charles Dance). Por otro lado, esta vez no puede señalarse entre lo más afortunado del film la actuación de su protagonista: en el tiempo transcurrido, no ya desde 1979, sino incluso desde la anterior secuela, Sigourney Weaver perdió una notable frescura, y resulta demasiado rígida a la hora de expresar el terrible pesimismo que rodea su personaje. Por no hablar de que, aunque en teoría el tiempo apenas pasa para Ripley, para ella sí, y se nota.

Los reclusos de Fury 161Al menos, el guión consigue narrar bien la progresiva reaparición de la amenaza, lo cual da pie a varios buenos momentos: ese plano inesperado en que uno de los presos, en el matadero donde acaban de dejar el buey donde todos sospechamos que debe estar incubándose el alien, descubre, sin saber qué es, la carcasa ya muerta del bicho en su primer estadio; el momento en que Ripley consigue conectar al entrañable Bishop (una punzada de nostalgia se apodera del admirador del film de Cameron) y éste, tras darle la precaria información de que es capaz, le pide que lo desconecte, que lo mate, pues en su penoso estado actual no sólo no sirve para nada sino que además siente dolor (hay que recordar la humanidad que el actor Lance Henriksen había conseguido otorgar a su personaje en el mencionado título); y, desde luego, la mejor secuencia de toda la película: el montaje paralelo que muestra la incineración de los cuerpos de Hicks y Newt y el nacimiento del nuevo alien, abriéndose paso desde el interior del cuerpo del buey colgado en el matadero: el rezo que pronuncia en alta voz Dillon (Charles S. Dutton), el líder de los presos, con sus referencias a la semillas de una nueva vida, resulta especialmente irónico.

Es una lástima que todo este ejercicio de densidad (no del todo conseguida, por la tendencia a la pomposidad de Fincher) dé paso a una hora final que se hace cansina y plomiza. La idea central que la anima —la contraposición entre la tentación hacia el mal por parte de ese ser primario y quebradizo que es el hombre y el mal absoluto y abstracto— resulta más bien simple, por no decir banal, al menos tal como se plasma. La desaparición de escena del doctor Clemens, una de las primeras víctimas del alien, resulta contraproducente porque ningún otro de los habitantes del penal posee ni de lejos personalidad suficiente como para hacer que nos interesemos por su destino. Y muy fastidioso acaba resultando el continuo recurso a esos travellings subjetivos (con la imagen distorsionada) con steady-cam desde el punto de vista del alien mientras persigue a los reclusos, que intentan tenderle de nuevo una trampa.

El misterioso vínculo entre Ripley y el alienAl menos, la secuencia final —[atención: spoiler] recupera un poco el tono sombrío y nihilista de la primera hora (importa poco, a estas alturas, la famosa decisión que tomaron los productores de cambiar la primera conclusión prevista, por haberse filtrado). Superviviente una vez más, junto a solo dos de los habitantes de Fury 161, uno de los cuales además será acribillado todavía antes del final definitivo, la teniente Ripley decide quitarse la vida antes que dejarse atrapar por los hombres de la siempre tenebrosa Compañía, dispuestos a extraerle la reina alien que, desde el primer momento, lleva incubando en su interior, y obtener por fin la bio-arma definitiva. Es todo un hallazgo recurrir de nuevo a Lance Henriksen, pero para interpretar al representante de la Compañía, quien asegura a Ripley que es un hombre (a partir del cual se creó el físico de la serie de androides a la que pertenecía Bishop) y cuyas palabras presuntamente cálidas intentan convencer a la teniente de que se entregue a los «cuidados» que se le prometen. Es estupendo que el rostro confiable de Bishop ahora encierre las más taimadas intenciones, porque es evidente el juego que se traba con las expectativas del espectador ante la reaparición de Henriksen. Aun así, Ripley no se deja engañar, y su decisión final de arrojarse al horno al rojo vivo antes que permitir la supervivencia de la reina alien posee un hálito de intensidad pesimista que hace añorar lo que pudo haber sido de asumir hasta el final el buen planteamiento inicial.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Aliens. El regreso / Aliens. Año: 1986

Director: James Cameron. Guión: James Cameron; historia de James Cameron, David Giler y Walter Hill. Fotografía: Adrian Biddle. Música: James Horner. Reparto: Sigourney Weaver (Ripley), Michael Biehn (Hicks), Paul Reiser (Burke), Lance Henriksen (Bishop). Dur.: 137 min.

Título: Alien 3 / Alien3. Año: 1992

Director: David Fincher. Guión: David Giler, Walter Hill y Larry Ferguson; historia de Vincent Ward. Fotografía: Alex Thomson. Música: Elliot Goldenthal. Reparto: Sigourney Weaver (Ripley), Charles Dance (Clemens), Charles S. Dutton (Dillon). Dur.: 114 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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