Paz en la tierra, fábulas de robots según Stanislaw Lem

Paz en la tierra, de S. Lem, edición de CátedraTengo al polaco Stanislaw Lem (1921-2006) por uno de los más grandes escritores que ha dado la literatura, en general, de todo el siglo XX. Sin embargo, su nombre es conocido, ante todo, por los aficionados al género al que pertenece la mayor parte de su obra literaria, la ciencia-ficción. Y aun así, con reservas, puesto que Lem —fuera del ámbito «natural» en que se desarrolló la mayor parte de su carrera, la Europa de la división en dos bloques, y en concreto en la Europa comunista— no ha sido nunca un autor excesivamente leído, aunque sí dueño de un prestigio imbatible. La formación científica del escritor se encuentra en la base de sus novelas, que ingresa en esa variante del género conocida como ciencia-ficción «dura», es decir, que hace honor literal al término que la clasifica, y al que pertenecen otras glorias como Isaac Asimov o Larry Niven. La ciencia y su posible devenir, las aplicaciones de la misma al ámbito de lo cotidiano, redefiniendo este concepto, la relatividad del concepto de lo humano al intentar entrar en contacto con lo que escapa a ese ámbito, la imposibilidad última de toda comunicación con lo otro, son elementos imprescindibles en todas y cada una de sus fábulas. Lem, eso sí, situó sus historias en escenarios del futuro pero, como los buenos autores del género, para mejor proyectar sus reflexiones sobre el ser humano del presente. Y qué mejor forma que otorgar un aspecto cotidiano, nada maravilloso, a esa ciencia creada/recreada, huyendo de cualquier fascinación por la tecnología diferente.

A lo largo de sus más de 50 años de carrera, Lem dio a la imprenta un vasto número de obras literarias, tanto en el campo de la ficción como en el menos conocido del ensayo (destacando sus «reseñas» sobre obras ficticias, en la que pudo dar rienda tanto a su vena satírica como a la filosófica) e incluso en el género memorialístico, la mayor parte de las cuales, por fortuna, han conocido edición en España desde los años 70 hasta la actualidad. A editoriales como Bruguera en los primeros tiempos, Alianza, Edhasa y Minotauro después y, en la actualidad, Impedimenta o Funambulista, hay que estarles eternamente agradecidos, así como a los nombres de traductoras como Jadwiga Maurizio o Joanna Orzechowska.

La editorial Cátedra, conocida por sus escrupulosas ediciones de bolsillo anotadas sobre clásicos (hispanos y universales), inició el año pasado una nueva colección titulada Letras Populares. Su intención, ofrecer el mismo tipo de edición pero especializándose en literatura fantástica. Para diferenciarse del diseño de sus otras dos colecciones señaladas, las portadas pierden esa clásica «severidad» que, sobre blanco (letras universales) o sobre negro (letras hispánicas), asociamos a la editorial. Los libros de la nueva colección son de tamaño más grande, el marbete es de un color marrón poco afortunado y en la portada se reproduce algún tipo de ilustración supongo que encasillable bajo el término de «popular». Ahora bien, por lo demás, responden al mismo espíritu: largas introducciones que analizan obra y autor, y notas explicativas.

Stanislaw LemUna de las primeras obras editadas en la nueva colección ha sido Paz en la tierra, la que parece ser la última novela del autor (digo parece porque es tan difuso lo que conocemos de Lem…), publicada en 1987. Es cierto que la edición es muy irregular. La traducción, firmada por Grzegorz Bak y Mabel Velis, es floja. Abundan las palabras «extrañas» y los errores de concordancia, y la conjugación de los verbos no siempre es acertada (de hecho, uno casi diría que es que el traductor de incontestable nombre polaco no domina del todo el idioma al que vierte el texto original). Además, su lectura se ve complicada por un defecto que empieza a extenderse entre los traductores: separar las frases mediante comas y no puntos (o ese signo ya al parecer tan «arcaico» que es el punto y coma), con lo cual el confusionismo o, sencillamente, el malestar lector es continuo. Que lo hagan James Joyce o Javier Marías es prerrogativa suya como autores responsables de cuanto escriben. Que lo haga un traductor, no: me recuerda al nada recomendable «estilo» de redacción de los alumnos actuales de secundaria, capaces de escribir un párrafo de treinta líneas sin incluir un solo punto. Por otra parte, la introducción (firmada ya por Bak en solitario) es bastante decepcionante. Aunque se agradece la información personal sobre Lem —más que nada, porque es la primera vez, creo, que alguna edición suya incluye tantos datos—, el análisis que efectúa sobre la novela es muy pobre.

Paz en la tierra atrae, de entrada, por el reencuentro del lector con uno de los personajes emblemáticos de Lem, con el viajero estelar Ijon Tichy. Tichy fue creado en 1957 para el libro de relatos Diarios de las estrellas (1957), luego ampliado en 1971, volvió a aparecer en Congreso de futurología (1971) y en Regreso a Entia (1982). Las aventuras consagradas a este personaje pertenecen a uno de los dos marcos en que suele dividirse la literatura de ficción de Lem: la sátira (frente a la ciencia-ficción más «seria»: no hagan excesivo caso de los términos). Los nombres de Voltaire y, sobre todo, de Jonathan Swift suelen salir a la luz cada vez que uno busca referencias sobre Ijon Tichy, pues en efecto, el personaje hace las veces casi de un nuevo Gulliver que va a parar a todo tipo de mundos extravagantes del cosmos, cuya rareza, en el fondo, no es sino la causa para organizar una profunda, incluso amarga, crítica de la propia civilización humana. Valga una muestra de ese humor, al mismo tiempo descacharrante y profundamente intelectual, de las aventuras de Tichy: el séptimo viaje incluido en los Diarios (que, en realidad, es el primero del libro), en el que, como consecuencia del choque con un meteorito «no mayor que una habichuela», la pequeña nave en la que viaja el astronauta va llenándose, a cada día que pasa, de sus diversos yoes, provocando un considerable sentimiento de otredad entre todos ellos.

Homenaje de google a la novela CiberiadaPues bien, Paz en la tierra, curiosamente, supone un punto de intersección entre los dos terrenos principales de la literatura de Lem, el de la sátira y el de la especulación científico-filosófico. Esa intersección, incluso, se refleja en la particular estructuración narrativa de la novela, dividida en dos tiempos cronológicos, cada uno de los cuales responde a uno de los dos marcos.

Para empezar, digamos que el argumento de Paz en la tierra es muy «clásico» del género: la posibilidad de un enfrentamiento entre los seres humanos y los robots, la inteligencia artificial creada por aquellos y que ha acabado siendo demasiado inteligente. Llevada la carrera armamentística a un punto de muerto sobre la faz de la Tierra, ya al borde prácticamente de la guerra, los países llegan al acuerdo de trasladar la fabricación de armas a la Luna, confiándosela a sus robots, prohibiendo la presencia humana en el satélite y haciendo imposible la información sobre los supuestos logros obtenidos en el avance de la investigación bélica. El objeto, claro, es que de este modo no se sepa a ciencia cierta cuál es el estado del desarrollo del rival ajeno y ese punto muerto provoque una paz perpetua que nadie se atreva a quebrantar.

El problema es cuando, desde la Tierra, y en concreto desde la institución encargada de la vigilancia exterior del satélite, la Agencia Lunar, empieza a concebirse la sospecha de que los robots están organizando una especie de rebelión que puede acabar desembocando en la invasión del propio planeta. Es entonces cuando, tras varios intentos fallidos de enviar exploradores a la Luna, la Agencia contacta con Ijon Tichy y lo envía allí.

La novela, como señalaba, se estructura en dos tiempos. En el presente, Tichy hace ya varias semanas que ha regresado a la Tierra, pero apenas tiene algún recuerdo de lo que sucedió porque, en el satélite, sufrió una callosotomía, una operación del cerebro que ha dividido los dos lóbulos que lo forman, provocando una delirante división de la personalidad dentro de sí mismo. No una doble personalidad, sino una coexistencia de personas, que lo lleva a él, a Tichy, dueño consciente de la parte izquierda (responsable de la comunicación con el exterior), a compartirse con la parte derecha, la cual, dominando su parte zurda, se comporta como otro ser distinto, que tiene reacciones completamente inesperadas (como ser agresivo con cualquiera que se pone a tiro u obligarle a comer platos que al Tichy diestro no le gustan). El problema es que esa parte izquierda del astronauta es probable que tenga el recuerdo de lo que sucedió realmente en la Luna, y son muchas las instancias de poder sobre la Tierra interesadas en lo que ocurrió, pues de la información albergada en su interior puede depender la reanudación de la escalada bélica sobre la Tierra o la unión de todos para conjurar la amenaza procedente de nuestro satélite.

El segundo tiempo narrativo, claro, está compuesto por los recuerdos de Tichy sobre la aventura lunar, bruscamente cercenada al final. Contratado por la propia Agencia Lunar, Tichy viaja hacia la Luna y la explora por «delegación», utilizando para ello unos robots teledirigidos, unos con forma androide, otros de más sofisticado diseño (una nube formada por organismos miniaturizados que pueden tomar cualquier forma), en los que él se proyecta, controlándolos sin peligro desde la nave pues puede volver, en cualquier momento, a su forma carnal. El guasón escritor polaco da el nombre de LEM a estos robots, o sea, Lunar Efficient Missionaries.

Estupenda ilustración de Óscar H. Chichoni para la edición Edhasa de SolariEl principal problema que tiene Paz en la tierra es el desequilibrio entre estas dos partes narrativas. La sección de las aventuras de Tichy sobre la Luna resulta mucho más interesante que sus peripecias terrestres, puesto que además este segundo segmento adolece de una indudable dispersión de tonos. Aunque siempre guarda un mínimo interés, la comparación con las aventuras lunares le perjudica: puesto que los capítulos de unas y otras van alternándose, es indudable que llega un momento en que está claro que el lector desea volver al espacio y abandonar las disquisiciones psicologistas en torno a esa divergencia de personalidad o las difusas intrigas que se van desarrollando en torno al protagonista para conseguir que éste se avenga a facilitar la información que se esconde en algún punto de su cerebro. Más interesante resulta, en cambio, la inserción por parte de Lem de presuntas obras ensayísticas que el protagonista lee y que analizan la situación de la carrera armamentística entre las potencias terrestres: hay en esos fragmentos buenas muestras de la capacidad del autor para la creación de sugestivas premisas científicas, como las que salpicaban los ejemplos de la «solarística» en la todavía hoy más conocida, y con justicia, novela del autor, Solaris (1961).

En cambio, las andanzas de Tichy (en realidad, dentro de sus teledirigidos) sobre la faz lunar nos devuelven al mejor Lem… aunque, curiosamente, parecen protagonizadas, más que por Ijon Tichy, por el inolvidable y modesto piloto Pirx, cuyos dos libros de relatos, publicados en 1968, son realmente memorables. El misterio cósmico, la capacidad para unir lo puramente aventurero con la reflexión trascendente y la atmósfera cotidiana de ese futuro en realidad bastante inquietante, que desprenden esas páginas están a la altura de lo mejor de su autor.

Paz en la tierra, como es evidente, es claramente deudora de su tiempo, de esa década de los ochenta en que, aunque la caída del comunismo estaba ya muy cerca, era difícil predecirlo puesto que la guerra fría parecía estar recrudeciéndose bajo los gobiernos occidentales de Reagan y Thatcher. Una guerra fría que se proyectó al espacio, dando origen a ese capítulo un tanto chusco que fue llamado precisamente «guerra de las galaxias» y que consistía en el establecimiento de una red de satélites militares en órbita para prevenir cualquier ataque enemigo. Es muy interesante descubrir, en las páginas de la novela, la importancia que para el futuro inmediato habría de tener el desastre ecológico que un desarrollo industrial incontrolado estaba ya teniendo sobre la Tierra. Como contraste, llama la atención que, en ese futuro hipertecnológico… el protagonista intente conseguirse una máquina de escribir. Es evidente que Lem no había previsto que esos poderosos ordenadores que él mismo describe acabaran siendo utilizados para tal función, e incluso desterraran para siempre los métodos artesanales (incluida la propia escritura manual).

[Quien desee conocer por sí mismo el final de esta novela, debe dejar de leer justo aquí]

Lem imagina que ese estado de hostilidad continua ha acabado por escapársele de las manos a los seres humanos, convirtiendo en un perpetuo estado de zozobra la incertidumbre acerca de los verdaderos avances en ese coto cerrado, la Luna, donde han recluido la industria bélica, puesta en manos de su inteligencia artificial. Así, la incógnita información que se encuentra en Tichy encierra una doble posibilidad: la reanudación, en la Tierra, de la carrera armamentística, o la unión de todos los países contra la posible amenaza de los robots. Sin embargo, la iniciativa dejará de estar en sus manos antes de que Tichy consiga comunicar, al fin, lo que realmente sucedió en la luna. En un final que recuerda al de la excelente película de John Carpenter 2013: rescate en L.A. (1996), los robots, en efecto coaligados contra el ser humano de acuerdo con su programa de preservarlos de toda amenaza, lanzan un virus contra la Tierra que acaba con todas las máquinas, con toda tecnología, retrotrayendo a la humanidad al fundamental momento en que se iniciaba la Revolución Industrial. Es decir, los robots otorgan a los hombres, muy a pesar de estos, una segunda oportunidad, la de volver a empezar y remediar los errores que, en la mediación de la década de los ochenta, para el veterano y escéptico escritor polaco, parecía conducir al mundo a una confrontación que ya no estaría en condiciones de superar.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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