El día en que Gwen Stacy murió

La portada del 122 de Amazing Spiderman, con Gwen muerta y Spidey jurando venganzaUn mal día de 1973 Gwen Stacy murió. Fue arrojada desde lo alto del puente de Brooklyn por el Duende Verde, archienemigo de Spiderman. Murió sin llegar a saber que el trepamuros era la personalidad secreta de su novio, Peter Parker, la explicación a tantas incógnitas de la vida de éste: sus repetidas ausencias, sus misteriosas huidas en medio de alguna situación peligrosa, que le habían dado fama de cobardica entre sus amigos y conocidos. (¿O llegó a decírselo el mismo Duende en esas horas, silenciadas por la crónica, que median entre su secuestro y su hora final, no en vano, si éste era el archienemigo del Hombre Araña, es porque era el único que conocía su verdadera identidad?) Gwen Stacy no tenía ningún rasgo llamativo de su personalidad: pero era rubia, era guapa, era la chica de Peter Parker, o sea, era nuestra chica. Y con eso bastaba. La muerte de Gwen nos reveló de pronto, en plena adolescencia, que la vida también es eso que de pronto se acaba o que a la vuelta de la esquina y sin mediar aviso (es fama que parte de la leyenda de este deceso es que no se lo esperaba nadie) nos puede estar aguardando la pérdida, el olvido, el fin. Los adultos fruncían el ceño al vernos leer tebeos (y encima de superhéroes), porque eso no era la vida. Cómo se equivocaban: de acuerdo en que eso no era toda la vida —¿por qué hay quienes quieren creer que los contagiados por las ficciones corremos el riesgo de no distinguir entre realidad y fantasía?—, pero sí una parte importante de ella, que en esa época nos definía. Gracias a la magia de sus creadores, todos éramos Peter Parker, todos éramos Spiderman. Por eso, Gwen Stacy también se nos murió a nosotros, a un océano de distancia de Nueva York, en otro universo si no de papel, sí también de sueños.

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Los duelos morales en los westerns de John Sturges

Wyatt Earp y Doc Holliday, Burt Lancaster y Kirk DouglasLa gran década del western, en mi opinión, es la de los 50. El número de grandes títulos estrenados y de espléndidos directores que a él se consagraron es ciertamente notable. En concreto, y aparte de las obras de los maestros más venerables —por ejemplo, John Ford con Centauros del desierto o Howard Hawks con Río Bravo—, el aficionado asocia esos años a la dedicación intensiva de varios directores que filmaron consecutivamente un buen puñado de títulos irrepetibles a modo de ciclo, algo que siempre estiman mucho los cinéfilos y mitómanos en general. Los nombres más conocidos son los de Anthony Mann, Budd Boetticher y Delmer Daves, que merecieron (en especial los dos primeros) los favores de la crítica para revaluar su obra bajo la etiqueta de «autores». A su lado, en un peldaño no discuto que inferior, también se desarrolló la obra de otro director que no mereció semejante atención pero que también brindó espléndidas películas. Se trata de John Sturges, un realizador cuyo nombre dice poco pese a firmar uno de los títulos más famosos del género, Los siete magníficos (que irónicamente no figura entre sus grandes aportaciones), y que dirigió en la segunda mitad de los 50 cuatro excelentes westerns que giran en torno a un rasgo dramático y argumental común, el duelo, moral tanto como físico, entre dos personajes de equivalente peso carismático, que dirimen en él mucho más que sus vidas: la rúbrica de que la decisión que tomaron en cierto momento (y que los alejó del otro) fue la correcta

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Las películas de Waldemar Daninsky (II)

El personaje         Películas I         Películas II

Doctor Jekyll y el hombre loboEl título de la película Doctor Jekyll y el hombre lobo (1972, León Klimovsky) parece indicar sobradamente que, con esta historia, Jacinto Molina rizó el rizo de lo admisible en su afición a los cócteles de monstruos, hasta incurrir por exceso en la parodia involuntaria. Y aunque la película es de las más mediocres de todo el ciclo, lo cierto es que no lo es por la idea: es delirante, cierto, pero no tan descabellada como puede parecer a simple vista. No en vano el mito creado por el gran novelista R. L. Stevenson y el hombre lobo poseen numerosos vasos comunicantes. En ambos casos, existe la transformación de un hombre bueno, «normal», en un monstruo feroz y violento, y aunque en el caso de Jekyll & Hyde es más evidente, también el licántropo podría considerarse un caso agudo de doble personalidad, que supone la incontrolable liberación de todo ese poso instintivo, por tanto descontrolado, que anida en el alma humana. No en vano hay un precedente, y muy notable (aunque injustamente menospreciado): el primer film de hombres lobo del cine, El lobo humano (1935), de la Universal, es claramente una variante de la historia de Stevenson. Molina inventa que el nieto del famoso doctor Jekyll (recuérdese que, como casi siempre, la ambientación es contemporánea), al que Waldemar Daninsky ha recurrido para hallar una curación, le inocule el suero de su abuelo justo en el momento de la transformación en licántropo, para que en quien se convierta sea en Mr. Hyde, y justo entonces inyectarle el antídoto que este descendiente aventajado ha conseguido inventar. Claro, nada sucederá como estaba pensado.

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Miguel Strogoff o el elogio de la tenacidad

Portada de Miguel Strogoff, en Editorial MolinoEs probable que Miguel Strogoff no sea un ejemplar emblemático de los Viajes extraordinarios de Julio Verne, y que por ello (y pese a ser una novela considerablemente popular) no suela figurar entre los libros del autor que uno recomendaría para conocer bien sus principales características. Es decir, aun siendo en efecto la historia de un viaje no hay ninguna aparición de elementos científicos ni mucho menos anticipatorios; no hay una crónica del dominio de la naturaleza por el hombre; no se establece la minuciosa reseña de los viajeros que han precedido a los protagonistas en el descubrimiento del espacio que atraviesan y que, por tanto, vinculan a todos ellos en la cadena del progreso humano; y ni siquiera existe el simbolismo iniciático y casi esotérico que permitió a algunos la revalorización del escritor en las últimas décadas del siglo XX. Miguel Strogoff es, sencillamente, una aventura en estado puro que, eso sí, está atravesada por los magníficos resortes narrativos que hacen de Julio Verne uno de los más grandes cultivadores del género (y por tanto, para mí, de la literatura). Un libro quizá por ello, en el fondo más depurado que otros, menos digresivo, más directo, a la medida de su formidable personaje protagonista. Un personaje inolvidable no por la riqueza de rasgos con que se lo dibuja, sino sencillamente por la maravillosa convicción con que, de su suma de virtudes, Julio Verne lo convierte en símbolo de la tenacidad. Porque, antes que otra cosa, eso es lo que es esta novela: una apología de la tenacidad, la propia del hombre que debe atravesar un espacio lleno de peligros porque, una vez que ha aceptado hacerlo, se ajusta a su lema irrenunciable: «¡Llegaré!»

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Los westmen alemanes de Karl May

La montaña de oro, de Karl May, en MolinoDe todos los géneros literarios populares quizá el más olvidado en la actualidad sea el western, que parece haber existido solo en la gran pantalla. Sin embargo, hubo épocas en que la novela del Oeste fue muy célebre, incluso en nuestro país, como demuestra el boom del bolsilibro de los años 50 a 70: muchos lectores veteranos todavía veneran a Marcial Lafuente Estefanía por las incontables horas de entretenimiento que les deparó. Es más, la lectura atenta de los créditos de la mayor parte de los clásicos del western de Hollywood revela que están basados en cuentos y novelas de autores que fueron muy populares en la era dorada del pulp (el sello Frontera de la editorial Valdemar, bajo la dirección del especialista Alfredo Lara —dueño de la estupenda librería madrileña Opar, especializada precisamente en toda clase de literatura de género— está rescatando a los mejores: Dorothy M. Johnson, James Warner Bellah o Jack Schaefer). Pues bien, para mí, y sospecho que para muchos, el western literario descansa ante todo en un nombre… el de un escritor alemán que apenas pisó Estados Unidos, y que cuando lo hizo ya acreditaba incontables novelas del Oeste. Se trata de Karl May, un hombre olvidado por la edición española en los últimos años pero que fue muy editado en las décadas centrales del siglo XX: yo leí en mi infancia varias de sus obras sobre las aventuras compartidas por el blanco Old Shatterhand y el jefe apache Winnetou, y confieso sin rubor que buena parte del «profundo» conocimiento que tengo de la vida en el Far West se lo debo a él.

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Río Conchos o los cuatro jinetes del Apocalipsis

Poster de Río ConchosMedio escondido en las historias del género, con suficiente prestigio crítico e incluso cinéfilo pero nada conocido en el terreno de la mítica, figura el que me parece uno de los westerns más importantes de todos los tiempos, Río Conchos (1964). Pasan los años, reviso los títulos que más veces he visto en mi vida, descubro otros nuevos porque nunca se llega a conocer del todo un género, por favorito que sea, y mientras que otros pasan o disminuye la intensidad que una vez despertaron, el film que nos ocupa se engrandece. Quizá no extrañe su opacamiento, pues se trata sin duda de uno de los westerns más extraños e incómodos que nunca saliera de la factoría de Hollywood. Es un film que ofrece pocos asideros al espectador: no hay héroes nobles con los que identificarse (incluso el en principio personaje bueno, el capitán de caballería, es harto antipático), destila una notable sordidez moral y, aunque está rodado casi íntegramente en exteriores naturales, su hálito existencial provoca una considerable claustrofobia, en un género que siempre necesita respirar. Su trama narra las andanzas de cuatro personajes muy dispares (dos militares y dos outsiders) que, por cuenta del ejército, marchan en busca de un cargamento robado de armas, y su trayectoria acaba impregnándose de una sustancia cuasi bíblica por cuanto el halo de destrucción que desencadenan a su paso parece convertirlos en instrumentos de un dios enigmático e implacable que se alimentara del sufrimiento de los seres que una vez creó. Son, verdaderamente, los cuatro jinetes del Apocalipsis.

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Star Wars: El despertar de la Fuerza. Una nueva esperanza

Ep. IV-VI     Ep. I-III

Póster español de El despertar de la FuerzaEl reinicio de la saga de Star Wars, como corresponde a todo producto con pretensiones de convertirse en un blockbuster que rompa taquillas, va dirigido a toda clase de públicos, pero yo pertenezco a la generación que se asombró en los cines, a edad muy temprana, con la primera y por tanto ha crecido con la saga. No voy a insistir (lo he hecho en otro artículo) en cómo La guerra de las galaxias (1977) fue la película de mi niñez. El impacto se prolongó con El Imperio contraataca (1980) que, con todos sus defectos, que también los tiene, sigue pareciéndome una de las mejores continuaciones de una película con propósito serial que se haya hecho nunca, por la forma en que supo profundizar en el desarrollo de todos los personajes. Lástima que el tono adulto de este título fuera rebajado indeciblemente en la conclusión de lo que entonces era una única trilogía, El retorno del Jedi (1983), que destruye el encanto y convicción del trío Luke-Leia-Han, por ejemplo convirtiendo a los dos primeros ¡en hermanos! sin que a estas alturas todavía nadie pueda explicarse qué aporta a la trama este «hermanamiento». Pasaron los años y, por fortuna, mi cariño por la saga Star Wars no me convirtió en un mitómano acrítico, de tal modo que recibí la segunda trilogía (los episodios I a III) como lo que era: un engaño para los amantes de la saga original sin interés dramático ni mucho menos narrativo (había que ser un genio para dotar de interés a la historia de cómo Anakin Skywalker se convierte en Darth Vader, y Lucas nunca lo fue). Ahora vuelve la saga (fuera ya del control de su creador), para hacer lo que creo que siempre debió hacer: contar lo que pasa después de los acontecimientos de la primera saga, a partir de esos héroes envejecidos que, arrastrando achaques y arrugas, siguen embargados por el deber de vencer al Mal. ¿Está a tiempo? Star Wars: El despertar de la Fuerza supone un muy buen arranque, no solo por los buenos resultados que obtiene como por las promesas que encierra para el futuro.

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El Señor de los Anillos, de Ralph Bakshi: la primera Tierra Media fue de dibujos

Cartel original de El Señor de los Anillos, versión 1978El éxito refulgente de la trilogía de Peter Jackson ha hecho caer en un considerable olvido la primera y meritoria versión de la maravillosa novela de J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos (1978), estrenada en su momento con considerable repercusión y que para muchos fuera la puerta de entrada al mundo de su autor, entre ellos al mismo director neozelandés (aunque inicialmente negara haberla visto). Desde luego, tampoco era la primera materialización visual de su mundo, puesto que esta corresponde a los ilustradores de la obra, el primero de todos los cuales fue el mismo Tolkien, buen dibujante y, por tanto, el mejor traductor posible de sus propios escenarios. Pero tuvo el mérito de conjuntar esas previas visiones, fundirlas con conceptos procedentes de otros ámbitos (por ejemplo, aunque parezca mentira, de la Disney) y establecer un molde que, sin la menor duda, habría de seguir el mismo Jackson, cuyos diseñadores visuales ni mucho menos trabajaron desde el vacío. El logro de Ralph Bakshi, director y alma mater del proyecto, merece por ello una reivindicación, sin que sea necesario tampoco sobreestimar su trabajo. Pero la revisión de la película, incluso para quienes ya estamos más familiarizados con la trilogía de Jackson, revela un trabajo muy destacable, con una magnífica atmósfera visual, logrados aciertos a la hora de establecer el tono fantástico (a la cabeza de todos ellos, la animación sobre escenas filmadas con actores de carne y hueso) y un buen sentido de la síntesis a la hora de abordar una novela tan vasta.

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Cine para Navidad: La mujer del obispo y Muchas gracias, Mr. Scrooge

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Cualquiera que haya crecido con el cine clásico en televisión, antes de que hubiera la sobrecarga de oferta audiovisual que caracteriza estos tiempos actuales, aprendió a esperar que en fechas navideñas los canales (y con esto, sobre todo, me refiero a Televisión Española) programaran una serie de clásicos, con frecuencia de Hollywood , de tema navideño. El más emblemático es el inolvidable ¡Qué bello es vivir! (1946, Frank Capra), tal vez la primera película «favorita» de mi vida, y a la que dediqué, en otra Navidad de mi blog, un comentario entusiasmado. Hoy me apetece recordar dos títulos de alcance mucho más modesto, pero que me resultan entrañables por pertenecer a esos días navideños de mi infancia (y porque, sin alcanzar la grandeza de la fábula capriana, son muy simpáticos). Uno es La mujer del obispo (1947), un clásico de la temática en su país pero poco conocido fuera de él, que en España no se estrenó en su día y sólo décadas después fue cuando por fin lo recuperó TVE. Y no extraña esta postergación: ¿cómo iba a pasar la Censura de los años 40 una película que proponía a un ángel con rostro de galán sofisticado —o sea, Cary Grant— que se dedicaba a enamorar a la esposa del obispo (encima un obispo casado, o sea, hereje) al que el Cielo ha enviado a ayudar? El otro es una de las múltiples versiones de la famosa Canción de Navidad dickensiana: Muchas gracias, Mr. Scrooge (1970), que reelabora el cuento bajo la forma del cine musical, de modo tal vez discutible pero sin dejar de ser fiel y coherente con el espíritu y la letra del original. Un programa doble, por tanto, que invito a contemplar en estos días. Seguir leyendo →

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John Stuart Mill o la paradoja del reformador programado

Edición de la Autobiografía de J. S. Mill, en la imprescindible Alianza Bolsillo¿Puede programarse un reformador? El pensador James Mill, uno de los prohombres del radicalismo inglés de principios del siglo XIX, defendió que sí y decidió probarlo en las carnes de su hijo primogénito. Era amigo y colaborador íntimo de Jeremy Bentham, el primer radical de la historia británica, y como él, firme partidario de la famosa doctrina utilitaria que pretendió hacer triunfar el racionalismo más extremo en la configuración política y moral de su país. Las ideas dieciochescas que otorgaban una completa preeminencia a la razón sobre las pasiones humanas estaban muy arraigadas en él —no en vano el hijo lo definió como «el último hombre del siglo XVIII»—, y decidió llevar a la práctica el eminente convencimiento de los ilustrados de que la clave tanto de la personalidad como del comportamiento constructivo al servicio de la comunidad, en la edad adulta, se encuentra en la formación. Fue así que sometió a su hijo a un proceso de formación inédito en ese momento, con el objeto de demostrar la verdad de sus creencias. Lo apartó de toda tutela que no fuera la suya, de la compañía de otros niños, de cualquier entretenimiento catalogado de infantil, y lo sometió desde la más tierna edad a una educación que hoy no puede sino resultarnos chocante, y que comenzó por la enseñanza del griego a los tres años. ¿Fue un éxito? El vástago, John Stuart Mill (1806-1873), es hoy una figura de la historia del pensamiento por su importante papel en la configuración del liberalismo inglés y un caso preclaro de individuo absorbido por su vocación de reformista puro. Pero, ¿a qué precio?

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El puente de los espías: ¿apología de los derechos civiles… o de Tom Hanks?

Tom Hanks reina en el cartel de El puente de los espíasUna sección especialmente interesante del thriller, en cine y en literatura, está formada por aquellas historias que giran en torno al mundo del espionaje durante la la guerra fría. El nombre de John le Carré seguramente es el primero que se nos viene a la memoria, y enseguida llegan un buen puñado de películas memorables, tanto adaptaciones suyas (El espía que surgió del frío, Llamada para el muerto) como de otras fuentes (siento especial debilidad por La carta del Kremlin o Scorpio). Su época dorada fueron los años 60-70, es decir, ese tiempo en que la amenaza de guerra inminente fue desapareciendo y eso hizo posible el surgimiento de voces críticas que cuestionaron el presunto idealismo que querían personificar de modo absoluto ambos bloques. En concreto, el cine de espías supo expresar muy bien el mundo de seca deshumanización en que degeneró la guerra fría (cuando cada uno de los dos sistemas enfrentados se proponía como el edén para la humanidad) y que sus mejores películas expresaron a partir de una atmósfera de gélida abstracción cuyos actuantes acaban reducidos a la condición de marionetas sin identidad. En principio, El puente de los espías intenta remontarse noblemente a esta filiación. Es por ello una lástima que, cuando lo tenía todo para haber sido una magnífica película y una de las grandes de la filmografía de Spielberg, no termine de superar el estadio de lo meramente estimable por culpa de su indefinición y su completa dispersión de ideas. Y es que a lo largo de su muy desmesurada duración (un defecto habitual en el cine de su autor), se intenta: 1) reconstruir un episodio real de la crónica de espionaje de la guerra fría, amén de ilustrar uno de sus momentos emblemáticos (la erección del muro de Berlín); 2) efectuar una apología de los derechos civiles en cualquier caso y circunstancia; y 3) ofrecer un thriller de suspense protagonizado por un hombre «corriente» enfrentado a unos hechos «excepcionales». Por desgracia, los elementos más interesantes de la historia (los dos primeros) acaban viéndose rebajados a medida que cobra importancia el tercero de ellos, que además acaba subordinado en exceso al lucimiento del actor Tom Hanks… como bien delata el cartel de la película.

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El planeta de los simios o el mudo reproche de la Estatua de la Libertad

El mítico plano de Charlton Heston frente a la Estatuaa de la Libertad

Un hombre en una playa solitaria horrorizado al descubrir los restos varados sobre la arena de la Estatua de la Libertad, que identifica el desconocido planeta en el que se encuentra como la Tierra. Existen pocas imágenes más emblemáticas, más conocidas, no ya en la historia del cine de ciencia-ficción, sino del cine a secas. Es el famoso final de El planeta de los simios (1968). Descontando a los que tuvieron la suerte de ver la película en el momento de su estreno —y acudir a la sala de cine sin que nadie se la destripara—, ¿habrá algún espectador que haya emprendido su visionado por primera vez sin tener ni idea de él? Se me antoja casi imposible, pero por fortuna la película es muchísimo más que ese genial momento shock, todo lo contrario que otros títulos que, una vez superado el impacto de un final pierden bastante (se me ocurre, por ejemplo, El sexto sentido). Es ciencia-ficción perteneciente a ese noble bloque de obras que utilizan el género para especular acerca del concepto de humanidad, pero no del futuro sino del presente: en este sentido, pertenece a la estirpe de joyas como El increíble hombre menguante (1957), Sucesos en la IV fase (1974), Gattaca (1997) o, por mencionar un film que no proceda del ámbito anglosajón, la modesta pero espléndida película argentina Moebius (1996). Las aventuras de ese viajero estelar en un mundo en el que parecen haberse invertido las leyes de la evolución encierran un evidente propósito parabólico, que no por ingenuo deja de ser sugestivo. Ahora bien, y como suele suceder, lo mejor de la película no se encuentra en la premisa que le sirve de «escaparate», sino en aquellas ideas que sugiere sin necesidad de subrayarlas (esto último supone el principal defecto del film), así como en su magnífica elaboración visual y sonora, responsables de que, por encima de cierto envejecimiento, todavía mantenga un indudable encanto.

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Las películas de Waldemar Daninsky (I)

El personaje         Películas I         Películas II

La marca del hombre lobo, posterAcercarse a la filmografía de Waldemar Daninsky ofrece el mismo problema que el resto del cine de horror español en el espacio comprendido entre 1968 y 1983 —la etapa «clásica» del fantaterror, enmarcada precisamente por el primer film del licántropo y el último antes de su resurrección ya fuera de época—, es decir, la imposibilidad, para quien conoce y ama el cine al que pretendía remitirse (de los terrores góticos de la Universal a los de la Hammer y la escuela italiana, pasando por los horrores contemporáneos de los años 70, con zombis, exorcismos y demás), de aceptar la miseria presupuestaria, la falta de atmósfera, la inconsistencia de los intérpretes, la nulidad de los directores y, en general, la ausencia de la necesaria convicción en sus creadores para creerse lo que le están contando, algo básico en todos los géneros, pero fundamental en el terror de bajo presupuesto. Es evidente que el único que creía en lo que quería contar era el mismo Paul Naschy, y es cierto que eso otorga a su figura un cierto aire quijotesco. Pero también lo es que él mismo minó el suelo que pisaba, primero con su incapacidad como guionista y su falta de la necesaria presencia para ser un «rey del terror» al estilo de sus venerados Boris Karloff o Bela Lugosi, por no hablar de Christopher Lee, y después con las antipáticas debilidades de su cine: la egolatría sexual, el machismo que no la misoginia, la simplicidad ideológica o la falta de una concepción verdaderamente personal del género. Aun así, el ciclo Daninsky, con sus grandes desaciertos y sus pequeñas virtudes, sobre todo cuando se consume de un tirón y permite apreciar la corriente subterránea que mana debajo de la zafiedad visual de la mayoría de sus películas, posee el atractivo de los universos absolutistas organizados por un demiurgo tan convencido de su capacidad divina que acaba contagiando cuando menos una pequeña chispa a quien se asoma a ellos. En la medida de lo posible, es por aquí por donde intentaré explorar la serie.

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Bearn o la sala de las muñecas, mucho más que el Gatopardo español

Portada de la edición de Bearn en Alianza BolsilloA la emisión en televisión, hace muchos años, de una película sin duda imperfecta pero cuya historia me pareció sobradamente atractiva, debo el conocimiento de una de las mejores y al mismo tiempo más desconocidas obras de la literatura española del siglo XX: Bearn o la sala de las muñecas (1956), del escritor mallorquín Llorenç (o Lorenzo) Villalonga. Ni había visto por entonces la película El Gatopardo (1963), de Luchino Visconti, ni leído la novela de Lampedusa, pero la edición de Alianza Editorial en que adquirí el libro ya remarcaba las coincidencias entre ambas. En efecto, ambas constituyen la crónica de un mundo que desaparece, el de la aristocracia rural de dos comarcas apartadas del corazón de la vida de sus respectivos países (Sicilia en un caso, Mallorca en el otro), a partir de la sabia, o resignada, aceptación de quien se considera su último representante, un hombre ya maduro, poseedores los dos de una vasta cultura que trasluce en cualquiera de sus gestos. Sancionado el aire de familia entre ambas obras, es ciertamente asombroso que se publicaran muy cerca en el tiempo, pero sin tener conciencia la una de la otra: de hecho, El Gatopardo se publicó después, en 1958. Y significativo, además, que el traductor de la novela de Lampedusa al catalán fuera el mismo Llorenç Villalonga.

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Carretera perdida y Mulholland Drive: ¿quién entiende a David Lynch?

David Lynch y sus cortinajes rojosDesde el mismo inicio de su carrera, el nombre de David Lynch se ha visto asociado al concepto de delirio. Se lo ha ganado a pulso, desde luego. A pesar de que su filmografía incluye un par de títulos «accesibles» para todo el mundo —El hombre elefante (1980) y Una historia verdadera (1999), que a día de hoy y tal vez por ello son los que concitan mayores acuerdos sobre su calidad—, el resto (cuidado, no digo que estos no) parece conformar un muy particular universo, absoluto y absolutista, que diría Carlos Aguilar, y que exige un esfuerzo especial para entrar en él. Quien lo consigue, es evidente, encuentra notables gratificaciones, la menor de las cuales no es la de sentirse uno de los «elegidos» para apreciar a un cineasta exigente que, sin duda, es de los más personales del cine moderno. Quien no lo consigue, inevitablemente, pensará que han intentado darle gato por liebre con la excusa del juguete que intenta parecer muy sofisticado para encubrir el puro vacío. Lo más descorazonador es que es probable que ambos tengan razón: las películas de Lynch pueden proporcionar una experiencia tan fascinante como pegajosa, pero cuando uno se detiene a reflexionar sobre ellas encuentra que tiene que aceptar más gratuidades de la cuenta para no cuestionar de raíz lo que han intentado contarle. Y aun así, repite… Tal vez las películas que mejor puedan servir de ejemplo son dos que realizó a partir de conceptos muy similares: Carretera perdida (1997), que en su día pasó bastante desapercibida, y Mulholland Drive (2001), que en cambio fue un gran éxito. Seguir leyendo →

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