Volverás a Región: el lugar donde se acumula la entropía

Portada de Volverás a Región, de Juan Benet, en DestinolibroEn 1968, un escritor colombiano por entonces afincado en Barcelona, sorprendió al mundo literario con una novela que enseguida reclamó el marchamo de genial con su mera evocación: Cien años de soledad. Como escenario de la jubilosa vastedad narrativa que Gabriel García Márquez proponía en sus páginas figuraba uno de los lugares ficticios más famosos de la literatura: Macondo. No era, claro, el primer espacio inventado «como si fuera real» por un autor. Descontando, claro, las tierras fantásticas al estilo de la isla de Utopía, el País de las Maravillas o la Tierra Media, más de un escritor ya había propuesto lugares moldeados sobre la realidad pero lo suficientemente personales como para poder obrar sobre ellos con absoluta independencia. El más famoso antes de Macondo (y resulta muy adecuado evocarlo pues el autor que nos va a ocupar durante las siguientes líneas siempre lo tuvo un poco como su gran maestro) es el condado de Yoknapatawpha inventado por el norteamericano William Faulkner. En España también contamos con unos cuantos del estilo: la Celama de Luis Mateo Díez o la Obaba de Bernardo Atxaga. Pero es posible que el territorio mítico de nuestras letras por excelencia —aunque tengo la sensación de que muy pocos han sido capaces de internarse por él— es el que lleva el muy afortunado, por sugestivamente reiterativo (lo cual ya es una clave de su entraña), nombre de Región. Y aunque había nacido algunos pocos años atrás en un relato corto, el libro en que realmente alcanzó carta de naturaleza lo publicó su autor, el madrileño Juan Benet, en el mismo año que García Márquez el suyo (aunque la fecha de la edición es de 1967, llegó a las librerías realmente en enero del 68). Se trata de uno de los libros más difíciles, incómodos e irritantes, de nuestra literatura: Volverás a Región. Paradójicamente, o quizá por ello mismo, también de los más fascinantes.

En 1962, una novela que durante mucho tiempo conocimos a la fuerza todos los alumnos del antiguo COU por ser lectura obligatoria, Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, había pasado por derribar las siempre firmes barreras del realismo hispano. Como ya me dije en mis días de estudiante, esta novela no era en realidad sino otra vuelta de tuerca a ese idilio con la realidad de la literatura española «culta» de siempre, solo que contado de otra manera. Tiempo de silencio, con franqueza, es una novela que los críticos (o los manuales de literatura, si a eso vamos) siempre nos han vendido muy mal, porque la califican de cumbre absoluta de la novelística española del siglo XX por su carácter «revolucionario»… cuando esa pretendida revolución consiste, sencillamente, en introducir unas técnicas narrativas que habían sido inventadas medio siglo atrás por el irlandés James Joyce en su celebérrimo Ulises (1922). Que a España todo llegaba tarde en aquellos días ya lo sabíamos; que alguien decida introducir unas novedades, me parece meritorio. Pero no revolucionario.

En cualquier caso, Tiempo de silencio mostró el camino a los escritores españoles (dudo que a los lectores, eso sí), que dejaron atrás jaramas, zanjas, caciques, días de setiembre y demás para lanzarse a una vertiginosa exploración de los límites de la sintaxis y la morfología. Lo hicieron autores jóvenes, claro. Pero también viejos maestros consagrados, tal vez por el prurito de sentirse en la onda de los tiempos. Por ejemplo, quienes asocian a Miguel Delibes con un tipo de costumbrismo crítico de prosa sencilla y vocabulario clásico, difícilmente lo reconocerán en las páginas de la Parábola del náufrago (1969). El autor veterano que quizá lo hizo con mayor fortuna, con el punto justo de sentido del humor autocrítico pero también con capacidad de integración en la obra que contiene esas innovaciones, tal vez sea el gallego Gonzalo Torrente Ballester, cuyo «libraco» La saga/fuga de J. B. (1973) sigue pareciéndome, esta sí, una de las cimas de la novela española del siglo XX.

Juan BenetSignificativamente, Juan Benet fue buen amigo de Luis Martín Santos. Sin embargo, considero que Volverás a Región sí es una obra verdaderamente rupturista (vamos a dejar de lado el término «revolucionario», del que tan pomposamente se abusa), que propone un tipo de narrativa inédita no solo en el aspecto formal sino también en el tratamiento temático. Es decir, Benet adecúa forma y fondo, convirtiéndolos en un todo inextricablemente vinculado, de tal modo que el uno no puede concebirse sin la otra. No en vano Benet era un hombre que había reflexionado concienzudamente sobre el estilo —de hecho, en 1966 había publicado en la Revista de Occidente un largo ensayo que tituló La inspiración y el estilo—, y los autores que siempre reivindicó fueron, no por casualidad, figuras como Henry James o Marcel Proust, por no hablar de su reverenciado Faulkner, escritores también cuestionados en su momento por la forma alambicada en que desarrollaban narraciones que, argumentalmente, podían resumirse en unas cuantas líneas.

El estilo de Benet es, ciertamente, complejo, y a ratos se vuelve árido (sobre todo cuando, de tanto dar vueltas a una frase o a una idea, el espectador tiene la sensación de que la historia no progresa nada: lo cual es cierto, y este es uno de los elementos esenciales de la obra). Benet hace uso de frases largas, eternas, casi inacabables, ante las cuales muchas veces se tiene la tentación de saltarse renglones y dirigirse hacia el siguiente punto. De hecho, dentro de una misma oración el escritor incluye aclaraciones o excursos separados por guiones, que alargan todavía más el periodo y hacen correr el riesgo de que, cuando se retorne a la frase principal, ya hayamos perdido totalmente el rumbo. Repito que no es un alarde formal gratuito, sino una decisión coherente con el propósito de consciente imprecisión que gobierna toda la atmósfera dramática y narrativa del libro. El lector, desde luego, puede irritarse, pero entonces se puede decir que Benet ha triunfado; pues uno de los propósitos evidentes de su narrativa es no dejarlo indiferente. Puede hacerlo abandonar; pero no leer de modo aséptico.

Es más, en las siguientes entregas del ciclo de Región, Benet va a tensar todavía más las cuerdas de la tolerancia del lector. En su siguiente novela, Una meditación (1969), no incluye ni un solo punto y aparte, haciendo por tanto que el cuerpo de la narración sea continua: según cuentan, para verse forzado a escribir sin volver atrás a corregir lo ya hecho (al menos, claro, en la primera redacción), se las arregló para colocar en su máquina de escribir un rollo de papel continuo que no permitiera la revisión sin desmontar todo el artilugio. En Un viaje de invierno (1972), en apariencia un regreso a la ortodoxia narrativa, con su división en capítulos y sus párrafos bien delimitados, vuelve a destruir las expectativas, insertando al margen del cuerpo central del relato una serie de apuntes o sentencias marginales que puntúan, explican o complican el segmento a cuyo lado aparecen. Además, en este relato la longitud de los periodos llega a provocar verdadera claustrofobia, al incluir, por ejemplo, paréntesis dentro de paréntesis.

Javier Marías, un escritor muy vinculado a Juan Benet¿Merece entonces la pena leer a Juan Benet, y en especial la obra que nos ocupa, Volverás a Región? Mi respuesta es que sí, que de hecho es comprensible tanto su reputación de autor para minorías muy minoritarias como el culto que hacia su obra profesa un círculo no tan reducido como parece (cuyo miembro más conocido es el escritor Javier Marías, que lo trató personalmente durante muchos años y que siempre se consideró una especie de hijo espiritual suyo). Ahora bien, que es una lectura que requiere paciencia, que no se puede devorar en un viaje en tren o avión, y ni siquiera en una playa (espacios, aclaro, donde han tenido lugar algunas de mis lecturas más recordables), pues requiere periódicos reposos. No es para digerir de un tirón, e incluso es recomendable buscar «ayuda» en otros textos, o en la misma Red. Incluso puede dejarse a un lado, abrir algo más ligero y luego retornarlo. Y aunque parezca excesivo, volver a releer de inmediato (al menos, alguna de sus partes) una vez concluido, alumbra ahora numerosas incógnitas de la primera lectura.

Conviene hacer una recensión de su trama, cuestión ciertamente difícil. Pero que es importante, para indicar que, contra lo que pueda parecer, en Volverás a Región sí se cuentan «cosas», que no sólo es importante el estilo sino la trama (me parece imposible interesar a nadie en la lectura de una novela sin un mínimo sostén argumental: y el propósito central de este blog siempre es estimular al conocimiento —o a la revisión— de las obras comentadas). Lo que ocurre, sencillamente, es que las acciones que narra la novela están siempre como difuminadas por las sensaciones que despierta la manera de abordarlas.

Región es una región ficticia, como he dicho, pero que se corresponde con un lugar concreto de la geografía española: el noroeste de la actual comunidad autónoma de Castilla-León, y en concreto de la misma provincia leonesa, territorio donde Benet trabajó varios años en la construcción del Pantano del Porma (lugar donde data el inicio de la redacción de la obra, en 1962, como indica la nota final, y que hoy lleva su nombre). Benet fue ingeniero que ejerció su profesión durante muchos años (desde luego, no extraña que no viviera de su literatura), y esta circunstancia deja una huella indeleble en el libro. Y es que el autor dedica páginas y más páginas a la minuciosa descripción topográfica y geológica del espacio regionato (el gentilicio que inventa es magnífico), utilizando un rico y muy especializado vocabulario, que ya es la primera muesca en la desorientación del lector, sobre todo porque muchas de esas páginas se encuentran justo en el arranque de la novela. En un soberano alarde de ironía (o de actitud retadora, según se tome), el primer párrafo de la novela habla del desaliento que ha de sentir, por fuerza, cualquier viajero que intente internarse en la inhóspita orografía del territorio, y desde luego esa misma sensación se transmite acto seguido y con notable exactitud al lector que también pretenda internarse en su lectura. En cualquier caso, hay que recordar que casi veinte años después, el mismo autor elaboró un minucioso mapa topográfico de su territorio, que incluyó, a gran escala, en el primer volumen de una de las obras que dedicó a dicho espacio, Herrumbrosas lanzas (1983).

El mapa de Región que Juan Benet incluyó en Herrumbrosas lanzas

Dos son los elementos que hay que tener en cuenta antes de hacer la incursión en tierras regionatas, pues son los que sustentan toda la atmósfera (narrativa y estilística) de la obra. Por un lado, su ubicación en un presente estancado, que a ratos parece reordenar los acontecimientos (o las reflexiones de los personajes sobre esos acontecimientos) en una sucesión distinta, incluso alterando y confundiendo las identidades: donde el tiempo no transcurre, los sucesos permanecen en una constante suspensión.

Por otro, la consideración de que todas las páginas —las descripciones de personajes, los estados de ánimo que formulan, el devenir de ese espacio— están atravesadas por la ruina como concepto a la vez dramático y descriptivo (no soy original, pues ya lo proclama el redactor de la solapa en la vieja edición de Destino en que tengo el libro). Región es un lugar no ya en decadencia, sino directamente dominado por la degradación, pero una degradación que, por obra de esa ubicación antedicha en un presente estancado, ofrece la sensación, por paradójico que parezca, de haber existido siempre: un depósito acumulador de entropía. Este concepto, tan difícil de explicar en su sentido simbólico (y en el que no lo es, claro), y que alude, en lo que creo entender, a la tendencia al desorden y a la incertidumbre en cualquier sistema, es para mí el que mejor define (o sugiere) la atmósfera del libro.

La trama de Volverás a Región tiene como eje vertebrador la guerra civil, episodio durante el cual el territorio se mantuvo fiel a la República: muchas de las páginas narran la estrategia del ejército nacional para hacerse con su control, y la resistencia de las milicias republicanas para impedirlo. (Benet fue un experto, incluso obsesivo, en el tema de las estrategias militares durante nuestro conflicto civil, al que dedicó varios libros.) Son los pasajes curiosamente más «clásicos» de la novela, en cuanto aquí sí hay una descripción precisa de hechos. Ahora bien, la guerra opera como una abierta metáfora de la concreción de la ruina regionata: el fulminante que llevaba siendo anunciado por distintos presagios, en el curso de la cual esa ruina, esa degradación, se aceleran por razones evidentes, en que la destrucción, por una vez, posee causas tangibles.

La novela está estructurada en cuatro capítulos (o al menos, en cuatro secciones encabezadas por números romanos), de los cuales el primero, en su mayor parte, está dedicado a registrar ese curso bélico. Los otros tres componen un diálogo que tiene lugar a lo largo de una noche entre dos personajes, en el curso del cual se realiza una evocación, personal y personalista, de sucesos y habitantes de Región antes, durante y después de la guerra civil. El primero es el doctor Sebastián, dueño de una clínica que, en la actualidad, solo tiene un inquilino: un joven enfermo, perturbado por la ausencia de su madre, que en las páginas finales tendrá un relevante papel; y la mujer que se presenta de improviso, la hija del coronel Gamallo —el hombre que dirigió la campaña de los nacionales durante la guerra (que era oriundo también de allí), durante la cual ella fue rehén de las milicias republicanas y se convirtió en amante de uno de sus combatientes—, y que esa noche ha regresado después de muchos años de ausencia, tal vez para recuperar noticias de ese amor perdido o porque, para quienes vivieron allí, Región actúa como un imán irresistible a cuya malsana atracción no se puede escapar.

Edición de Un viaje de invierno, de Juan Benet, en Alianza BolsilloAl hilo de ese diálogo, cada uno de los dos personajes reconstruye (a su modo vago y difuso) dos episodios del pasado que los atañen especialmente. La mujer, sus avatares durante los últimos días de la guerra y su relación con el amante perdido. El doctor, un suceso que dentro de la historia de Región parece constituir una especie de hito a partir del cual la degradación, en todos los órdenes, se aceleró: un minero, protegido por una moneda de oro con el poder de un talismán, ganó en el casino a la prometida del mismo coronel Gamallo —la imagen central del episodio es imborrable: la mano del militar unida a la mesa de juego por un puñal que le atraviesa la palma—, y su fuga con ella provocó una persecución de las fuerzas vivas de la ciudad, decididos a considerar que la protección del honor del entonces joven militar era el suyo propio. El mismo doctor Sebastián estaba perdidamente enamorado de esa mujer, María Timoner, con la que había concertado, de modo simultáneo a los hechos anteriores, una cita para huir juntos a la que ella no se presentó, y ante la cual reaccionó casándose con la primera mujer insignificante que tuvo a mano, y con quien jamás llegó a consumar el matrimonio. (El muchacho que se alberga en el hospital parece ser el hijo de María Timoner y aquel otro amante.) Los perseguidores de ambos los siguieron hasta el misterioso Lugar Prohibido que corona Región, el bosque de Mantua, donde hallaron en su mayoría la muerte a manos del extraño guardián de ese espacio, cuyo tiro infalible, sin atender a explicación alguna, está reservado a todo aquel que trata de quebrantar sus límites y que se llama Numa.

Señala el especialista Jose-Carlos Mainer, uno de los buenos admiradores del libro, que si bien su trama ha intentado ser desentrañada por muchos exégetas (invocando interpretaciones muy diferentes, como debe ser), en el fondo la única conclusión razonable tal vez sea que importa poco establecerla. La sugestión que despierta Volverás a Región radica, precisamente, en su determinante indeterminación: en que los distintos episodios y personajes (en especial, los femeninos), en apariencia situados en épocas distintas, o las varias casas que se habitan, acaban superponiéndose unos sobre otros, componiendo una especie de interfaz (por usar un término propio de la ciencia-ficción: ¿y quién dice que la novela no lo sea?) que, dependiendo de la página, nos arroja a un lugar o a otro, nos sitúa ante un personaje que tal vez repite o no repite algo que ya se ha dicho y hecho. Repeticiones, rituales, presagios, tiempo suspendido: mitología.

Y es que Región es, ante todo, un laberinto sobre el que operan claves puramente mitológicas: juzgar la novela desde el punto de vista del viejo realismo literario español solo puede conducir a un callejón sin salida. Es un laberinto físico (en el fondo, la minuciosidad en la descripción de las campañas militares que se ejecutan en su seno constituye una metáfora del estéril intento de sus personajes por hallar su clave), y al mismo tiempo un laberinto metafísico, cuyos personajes diríanse atrapados en una pegajosa tela de araña que les impide moverse o progresar hacia cualquier dirección que no sea el círculo, el bucle, la cinta de Moebius (incluso quienes alguna vez se fueron: por ejemplo, los dos Gamallo, padre e hija).

En ese espacio mítico por excelencia que es el laberinto, sus habitantes viven atravesados por la inevitable sensación de ser marionetas de un implacable demiurgo que los ha marcado para la infelicidad (que es el más poderoso sentimiento que trasudan sus páginas) y, en su incapacidad para huir de ella, por el más feroz determinismo. La libertad parece proscrita para los regionatos: son actores de un guión en cuya elaboración no han participado y que los condena a repetir eternamente la función.

La rama dorada, una de las fuentes de inspiración de Juan BenetInclusive, no faltan los personajes de aura directamente sobrenatural (todo laberinto ha de tener su propio minotauro, claro), papel reservado aquí a ese extraño guardián de Mantua. El propio Benet, en el prólogo que escribió para una fantasmal edición en Alianza Editorial de 1974, se encargó de dar pistas, señalando la importancia, para la primera redacción del libro (allá por los años 50), de La rama dorada, el voluminoso estudio comparativo entre religión y mitología al que el antropólogo escocés James George Frazer dedicó media vida, desde su primera versión de 1890 hasta la definitiva de 1922. De esta obra entresacó el mito del bosque sagrado de Nemi, relacionado con el mito latino de la diosa Diana, lugar mágico y prohibido en el que todo extranjero que traspasara sus límites debía ser sacrificado a la entidad divina. Benet lo transmuta en una finca boscosa cercada y con un letrero lacónico (Se prohíbe el paso. Propiedad privada) que avisa de la presencia de ese guardián de origen incierto, anciano al que caracteriza su atavío lanar, «tártaro», que pasea sobre todo de noche, con oído infalible para cualquier transgresión de la prohibición, y que no necesita sino un disparo para acabar con el intruso, de quien nunca se sabrá más. Los lugareños, de hecho, han acabado convirtiendo el sonido en la noche de ese disparo en uno de sus ritos, esperándolo con expectación —incluso reuniéndose en las ruinas de una iglesia desde donde se domina la masa boscosa— tan pronto saben, o intuyen, de la presencia de alguien dispuesto a probar suerte.

Lo increíble de Volverás a Región es que, estando poblada de habitantes en principio tan difusos, muchos de ellos dejan en la memoria un recuerdo imborrable (en buena medida por el evanescente misterio que los envuelve). Esos mineros que, se nos dice, son los segundones de las familias acomodadas de lugar para quienes esa faena (que más que trabajar es la mina es jugar a juegos viriles en la naturaleza hostil que los envuelve) parece suponer un rito de iniciación. Esa barquera que revierte al Caronte sobre el que es evidente que está construida (nuevo eco mitológico) y que será la que dé la moneda-talismán al minero que huirá con María Timoner. Ese anciano intelectual cuyo apellido puede ser Rumbal, Rombal, Rombás «o algo así» y que se convierte en el primer líder del Comité de Defensa republicano, sin que nunca parezca más que otro títere. Ese cuerpo de alemanes que quebranta asimismo nuestras expectativas pues forma parte de las milicias republicanas de Región, entre los cuales estará el amante de la mujer que muchos años después irá a buscarlo…

Precisamente, en la crónica de la guerra civil se nos había contado cómo, acorralados por los nacionales, los últimos resistentes acabaron buscando el refugio del Lugar Prohibido y allí puede que sigan todavía, convertidos en un ejército fantasmal que se une a los otros seres legendarios que los regionatos sitúan en esos andurriales, cuyo máximo avatar es Numa. En el inolvidable final de la novela, la mujer abandona el sanatorio —donde, a sus espaldas, el doctor se ve enfrentado al destino más abrupto— y se interna en la montaña, dirigiéndose hacia el bosque de Mantua… «Hasta que con las luces del día, entre dos ladridos de un perro solitario, el eco de un disparo lejano vino a restablecer el silencio habitual del lugar».

La edición más reciente de Volverás a Región, en DeBolsillo

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Volverás a Región: el lugar donde se acumula la entropía

  1. Albergo las más acerbas reticencias con respecto a exégetas, panegiristas y, en general, hacia todo ese cuerpo de forenses de la literatura que al amparo del funesto signo pedagógico de los tiempos sustancian con sus inanes despieces un cuerpo de doctrina que da fundamento al que ya se puede considerar como el único género literario que estos tiempos, modernos y envejecidos a la par, han producido: la didáctica infantil.

    Es por eso por lo que agradezco su artículo, libre de intención edificante, y por lo que miro con no poco recelo un nuevo libro que viene, según confesión de la autora, a explicarnos cómo leer a Juan Benet. No se trata pues de un ensayo sobre la prolija obra del escritor, ni de la publicación del sedimento que la lectura de sus libros ha dejado en ella, ni siquiera de una refutación de los postulados estilísticos benetianos. Afirma, con el natural descaro propio del que se cree investido de una ciencia que a los demás solo puede sernos ajena, que nos va a enseñar cómo leer al escritor regionato.

    Es esa y no otra la razón por la que no voy a comprar el libro de Nora Catelli (1). Como mucho, esperaré cinco o diez años a que un amigo me informe en confianza de que todo el aparato pedagógico con el que la obra viene precedida era poco más que un artefacto publicitario y que en realidad cometí un error de juicio que, gracias a alguna librería de lance o a la compra de una copia de su quinta edición, aun puedo subsanar.

    Item más, el propósito didáctico de la autora quizá disuada al lector habitual de Benet, autor de quien cuesta creer que hubiera sido complaciente con ese imperativo pedagógico del que hoy en día cualquier hijo de vecino se cree investido. Nada se hubiera agradecido más que la lectura matinal (en esa hoja de periódico macilenta y par que acoge anuncios de fontanería, la muerte de un torero lucense y la presentación de una dudosa belleza patronal) de uno de aquellos artículos benetianos que partiendo de una observación aparentemente provinciana y anodina acababan por sustanciarse en una elegante pedrada a la cabeza de un tótem de la cultura, a un politicastro ambicioso, a un literato amanerado, o, así lo quisiéramos, a una legión entera de pedagogos de cuarta que transforman la lectura de libros en un anquilosado y soporífero ejercicio de “comprensión lectora”, de aquellos que uno detestaba porque el análisis sintáctico se la daba tan mal como evitar que la mirada se perdiera hacia el escote de la profesora.

    ———————————————–
    (1) Juan Benet. Guerra y literatura
    Nora Catelli
    Formato: 13,5x21cm.
    160 Páginas
    Colección Paralajes 9
    1ª edición: Octubre de 2015
    ISBN: 978-84-15766-22-3
    ———————————————-
    Véase:
    http://cultura.elpais.com/cultura/2016/08/08/babelia/1470662594_933811.html

    • Muchas gracias por su aportación y por el enlace. Ese libro sobre Benet en principio puede interesarme, pero no desde luego si está escrito no con la intención de ofrecer una posible mirada sobre el novelista (que es lo que yo intento, con respecto a la novela, en mi artículo), sino cogernos de la manita y guiarnos bajo una única mirada posible, la de la autora. Por desgracia, la literatura española abunda en propósito absolutistas de este tipo, que hacen comprensible el recelo con que lectores que no dudan en zambullirse en sus equivalentes en otros idiomas se resistan a hacerlo con los nacionales (conozcos varios casos de buenos lectores). La crítica española, además, ha conseguido que la etiqueta de literatura “seria” tenga mala prensa en España. Es más, casi ha conseguido que se crea que en España no ha habido un equivalente a la literatura popular de otros países (parece que solo Baroja es un ejemplo de esta, y desde luego para “dignificarla”), enterrando cualquier acercamiento a las letras hispanas que no sea el propugnado por los numerosos pontífices que rondan por periódicos y revistas.

      Un abrazo y gracias una vez más por el aviso.

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