En Homonosapiens: Wakefield y otros hombres que se perdieron

Buen dibujo para la portada de la reciente edición de Wakefield, en Nórdica

Publico mi segundo artículo en esta excelente revista digital que generosamente me ha abierto sus puertas, Homonosapiens. El título, Wakefield y otros hombres que se perdieron. El nombre propio se corresponde con un relato de Nathaniel Hawthorne que me fascinó desde la primera vez que supe de él, por boca (como con tantos autores) de Jorge Luis Borges, que le dedica un artículo al autor en su libro de ensayos Otras inquisiciones. De hecho, Borges se centra en este relato, hasta el punto de parafrasearlo por completo, inquietado por la historia de ese hombre, Wakefield, burgués satisfecho y sin especial imaginación, que gusta de guardarle caprichosos misterios a su esposa, y que un buen día decide darle un pequeño susto marchando de su hogar un breve tiempo sin dejarle indicación de cuándo volverá. El plan es alojarse en una habitación a un par de calles de su casa y pasar unos días regocijándose de la impresión que va a provocar en ella. Sin embargo, y sin ningún motivo objetivo, sin una sola explicación plausible, Wakefield pasará más de veinte años fuera del hogar, a esa breve pero al tiempo lejanísima distancia, como si una brecha impalpable pero infranqueable se hubiera abierto entre él y su vida normal… hasta que otro buen día, y debido una circunstancia del todo trivial (camina errante, como el fantasma sin vida que sin duda es, y de pronto le sorprende una lluvia inesperada, justo cuando pasa frente a la puerta de su casa; ¿no es de tontos mojarse cuando al otro lado de la ventana observa que hay un acogedor fuego encendido?…).

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El cuento de la princesa Kaguya, del anónimo del siglo IX a Isao Takahata

Poster español de El cuento de la princesa KaguyaDesde 1985, buena parte de los amantes de la animación hemos tenido a la compañía japonesa Studio Ghibli como la más segura suministradora de maravillas del medio, por encima de los occidentales Disney o Pixar. El estudio fue, ante todo, una iniciativa de dos contrastados realizadores del medio que en estos treinta años de trayectoria han sido los firmantes de la mayor parte de sus películas. Uno es Hayao Miyazaki, a quien más de una vez he definido desde este blog como el más grande creador del cine (en general y sin etiquetas) de las últimas décadas, y que por el calado y repercusión comercial de sus obras es sin duda quien ha permitido la extraordinaria repercusión de Ghibli. El otro es Isao Takahata, autor de tan solo cinco películas en ese mismo periodo (por diez de su colega) y de muy inferior relevancia crítica y comercial, entre otras razones por su constante propósito de renovación personal que hace que, al contrario que su compañero, no posea un aire identificable a la primera, algo que en este terreno suele ser contraproducente: el aficionado sí parece necesitar etiquetas. Eso sí, todos los admiradores de Miyazaki sabemos que a Takahata le debemos un agradecimiento incalculable: fue él quien dio sus primeras oportunidades en la animación al director de Porco Rosso y quien acudió a su llamada cuando éste necesitó un hombre de confianza que, desde las bambalinas (o sea, en la sombra) supiera supervisar y proteger su proyecto de un nuevo estudio donde poder desarrollar sus proyectos con completa libertad.

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La madre optimista del filósofo pesimista

El anciano Schopenhauer, porLa historia de la literatura —y para mí la filosofía es una rama de la literatura (Borges añadiría: de la literatura fantástica)— solo reconoce a un Schopenhauer. Se trata del gran filósofo alemán Arthur Schopenhauer, uno de los más influyentes escritores de ese fecundo siglo germano del pensamiento que fue el diecinueve. Schopenhauer creó un sistema de interpretación del mundo que culminaba a los para él más grandes pensadores de la historia, Platón y Kant, y que ha difundido del autor la imagen de uno de los mayores pesimistas que la humanidad ha contenido. El escritor consagró toda su vida a su obra, pero su gran frustración es que el reconocimiento que él creyó merecer, a los 31 años, con la publicación de El mundo como representación y voluntad (1819), tuvo que esperar más de tres décadas, hasta los años de su vejez (que, eso sí, le compensaron con creces de tanto silencio). Ahora bien, durante todo ese tiempo el apellido Schopenhauer sí fue sobradamente leído y reconocido… pues el filósofo tenía una madre, Johanna, a la que le unió una tortuosa relación en sus años de juventud y con la que había roto toda relación en 1814. Y Johanna Schopenhauer, hoy completamente olvidada, fue una escritora muy apreciada en la época biedermeier —los años que en Alemania comprenden entre las guerras napoleónicas y la unificación: años de plácido sentimentalismo burgués— como novelista y autora de libros de viajes, en los cuales difundió una imagen totalmente opuesta a la de su vástago. Es así que hoy la madre es un personaje fundamental en las biografías del hijo pero no en las historias de la literatura, y aquéllas se complacen en presentarla como… la madre optimista del filósofo pesimista.

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Nunca olvidaré el fin de semana en que murió Laura

El estupendo poster de Laura, de Otto PremingerCon ese inmortal parlamento se inicia una de las películas más fascinantes que dio el Hollywood clásico, justificado objeto de mito para muchos cinéfilos que encierra en sí mismo todo un compendio de lo que significó aquel cine en la formación emocional y artística de tantos. Como indican esas palabras, la mujer que da título al film está muerta en el inicio de la historia: la magia de la película comienza porque tanto el espectador como el detective que investiga su muerte (y a través del cual nosotros nos proyectamos dentro de la historia), al ir sabiendo más sobre ella —al contemplarla: el detective gracias al retrato que de sí misma ella tiene en su casa; el espectador gracias a los flash-backs que nos la muestran—, con más intensidad deseamos que no esté muerta: que vuelva. Y como bien se sabe, a media película ese deseo se hace realidad. Así, Laura (1944) supondría un film noir impregnado del fantastique más onírico (la bisagra entre uno y otro sería la famosa escena en que el detective se duerme frente al cuadro… y acto seguido la muerta abre la puerta y penetra en la realidad): una elegante fábula necrófila que, sin embargo, nunca pierde su muy tangible sentido de lo real. Como sucede con tantos títulos míticos, creemos saberlo todo sobre él pero cada vez que la revisamos se descubre algo nuevo a la vez que queda en el aire un nuevo misterio, quizá porque, como sus personajes masculinos con respecto al femenino, a distintas edades proyectamos nuestros propios anhelos y obsesiones sobre esta película.

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Buenas adaptaciones de Henry James: ¿Qué hacemos con Maisie? y Las alas de la paloma

Las novelas          Las películas

Poster español de Qué hacemos con MaisieComo corresponde a un escritor tan prolífico y que lleva tanto tiempo bien situado en la bolsa crítica de la literatura, son muchas las películas que han adaptado la obra de Henry James. La primera vez que su nombre apareció en la gran pantalla fue en 1933, si bien de modo indirecto: La plaza de Berkeley (1933) era la adaptación de una obra de teatro muy popular en su momento que escenificaba (dándole una conclusión) una novela inacabada del escritor, El sentido del pasado. Todavía tardaría más de una década en «regularizar» sus estancias en el cine —abrió el fuego la magnífica Viviendo el pasado (1947), según Los papeles de Aspern—, pero ya no pasarían muchos años entre cada nueva película, con hitos como La heredera (1949), ¡Suspense! (1961) o La habitación verde (1978). En las últimas décadas del siglo XX, cuando se puso de moda el melodrama de época según clásicos literarios como Jane Austen, Edith Wharton o E. M. Forster, el nombre de James no pudo faltar, incluso sobrecargando (como los anteriores, por otra parte: fue un verdadero virus) las carteleras durante varios años. Entre las películas surgidas de su literatura ha habido de todo. Al hilo de las nuevas y recientes traducciones de dos de sus mejores novelas, que recogía en un comentario muy reciente, voy a hablar hoy de dos buenas adaptaciones, cada una muy distinta. ¿Qué hacemos con Maisie? (2012) pertenece a ese tipo de adaptaciones que traslada la intriga original a la época coetánea, con unos resultados inesperadamente atractivos. Las alas de la paloma (1997), en cambio, se asienta en el habitual despliegue de medios para reconstruir el entorno original y sin alterar casi nada la novela de partida destaca por la inteligente forma en que consigue singularizarla para que el resultado no quede en una hueca repetición. Ambas películas, por tanto, y cada una a su manera, son muy recomendables… aunque no figuren precisamente entre lo más conocido de su género.

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Vida, pasión y muerte del Capitán Marvel

El número 29 de Captain Marvel, por Stalin y una jugosa colaboración de John RomitaLos más veteranos aficionados al tebeo (si son veteranos no pueden llamarlo «cómic»), al leer el nombre del Capitán Marvel, lo asociarán de inmediato a un popular superhéroe nacido a mediados del siglo XX, de cierto parecido gráfico con Superman (traje vistoso con capa y el rostro al descubierto sin máscara encubridora alguna), publicado por la editorial Fawcett. Más tarde, Marvel sería el nombre adoptado en los años 60 por una editorial antes llamada Timely o Atlas, que acababa de revolucionar el género con la invención de su celebérrimo universo superheroico. Aprovechando el vacío legal en torno al original, Stan Lee, su gran patriarca, decidió que la Casa de las Ideas debía contar con un personaje que portara su nombre: es más, creó un personaje que fue llamado igual (irónicamente, años después el original debió cederlo por entero, ya legalmente y para siempre, pasando a ser conocido como Shazam, en origen el grito que provocaba su transformación). La trayectoria del nuevo Capitán Marvel no abarcó mucho más de una década en una editorial que ha cumplido ya más de medio siglo. Y sin embargo, los clásicos más incondicionales de la casa lo reverencian porque fue objeto de la atención de un creador completo, Jim Starlin, que tuvo la suerte (y la libertad) de encontrar en él al personaje con el cual dar pie a una de las más fascinantes sagas de la historia de la editorial, que concluyó con su muerte en una aventura de una inolvidable fuerza elegíaca. Y que, al contrario que otros muertos famosos de la casa (Jean Grey o Gwen Stacy) no ha resucitado, aunque otros personajes distintos heredaron el nombre. A su vida, pasión y muerte voy a dedicar el siguiente artículo.

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Nuevas ediciones de Henry James: Lo que sabía Maisie y Las alas de la paloma

Las novelas          Las películas

Portada de Las alas de la paloma en Alba, con dibujo de John Singer SargentCelebramos este año de 2016 el centenario de la muerte del gran escritor Henry James y la industria editorial española —de la que hay que reconocer con júbilo que lleva muchos años de idilio con este autor— se está volcando especialmente. James ha sido un autor muy publicado en nuestro país, pero por desgracia muchas de sus ediciones lo han sido con traducciones francamente malas, que hicieron creer a muchos abrumados lectores que se las tenían que ver con un autor abstruso en el plano formal (alguno de esos traductores, divertidamente, utilizó las introducciones de sus ediciones para despotricar contra sus predecesores, señalando que él mejoraba con creces los malos resultados anteriores). En fin, entre las diversas publicaciones que están llegando a las librerías sobre el escritor, destaco dos nuevas ediciones de obras ya conocidas en España pero cuyas traducciones por fin permiten admirar debidamente su genialidad. Porque se trata de dos obras maestras del vasto universo jamesiano. La primera, Lo que sabía Maisie (1897) es un turbador relato en el que James se adentra (un año antes que en su celebérrima Otra vuelta de tuerca) en el sencillo y a la vez tortuoso punto de vista infantil. La segunda, Las alas de la paloma (1902), considerada desde siempre una de sus obras culminantes, demuestra por fin el por qué de esa aseveración: en ella se encuentra, probablemente, la exposición más fascinante de las claves de su literatura.

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Nota: colaboro con Homonosapiens

Kevin Costner como el maquiavélico Francis Underwood, en House of Cards

Comienzo desde hoy mismo una colaboración mensual en la excelente revista digital Homonosapiens, cuyo principio matriz, como indican sus responsables en su declaración de  intenciones, es «aspirar a proporcionar un entretenimiento consciente a sus lectores» a través de una «temática diversa a través de la cual se intentará lanzar la pregunta: ¿somos realmente Homo Sapiens?». Ayudar a la reflexión a través del entretenimiento y la divulgación, dos máximas con las que me identifico plenamente, como atestigua mi blog. La revista se divide en una serie de secciones cuyos nombres son sobradamente expresivos: Actualmente, Filosóficamente, Culturalmente, Humanamente… Y tal vez en recuerdo del famoso adagio de Kant Sapere aude (Atrévete a pensar), la revista ostenta como lema Incitar a pensar. Por cierto, que el formato de la revista exige entradas de mucha menor extensión que la que estoy acostumbrado a ocupar, lo cual va a suponer, como es lógico, un reto en la búsqueda de concisión y síntesis.

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La isla del tesoro: el botín era la aventura

Portada de La isla del tesoro en la entrañable versión de Daniel Gil para Alianza BolsilloComo se sabe, dos de los grandes clásicos de eso que con gran condescendencia se llama «literatura juvenil» fueron concebidos para entretener a un pequeño a cargo del hombre que se ganaría la inmortalidad con su invención. Uno es Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll; el otro, La isla del tesoro (1881), de Robert Louis Stevenson. Alicia nació a lo largo de un perezoso paseo en barca por el Támesis; La isla del tesoro es producto de la pertinaz lluvia escocesa. Una tarde de un húmedo mes de agosto, al observar que su hijastro, Lloyd Osbourne, aburrido por el obligado encierro, había comenzado a dibujar una isla, Stevenson comenzó a llenarla de nombres sugestivos: la Colina del Catalejo, la Isla del Esqueleto… El niño vio enseguida que esa isla encerraba una buena historia y se la pidió a su padrastro: solo puso una condición, que en ella no hubiera mujeres. Al ritmo febril de un capítulo por día, Stevenson dio nacimiento a la historia de Jim Hawkins, del cocinero de a bordo John Silver el Largo y del tesoro escondido del capitán Flint. Cada noche lo leía a la concurrencia, y el continuará la tuvo en vilo durante aquellos días estivales. El resultado se conoce bien: un clásico imperecedero de la literatura (sin etiquetas) de todos los tiempos, cuyo atractivo, como saben muy bien quienes lo aman sin reservas, estriba en la mágica fusión entre la narración pura y sin coartadas con la densidad moral que proporciona su ambigua atmósfera de iniciación. Asumiendo como propias las palabras de Fernando Savater, es «la historia más hermosa que jamás me han contado».

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Metrópolis frente a Metrópolis: de Fritz Lang a Thea von Harbou (II)

Maravilloso poster de Boris Bilinsky para la película Metrópolis

Una parábola de misticismo cristiano

La fascinación que sigue despertando Metrópolis, de Fritz Lang, no solo no se ha agotado todavía sino que sigue creciendo, gracias a su imperecedera estampa visual, tan influyente en la historia del cine, tan homenajeada, tan plagiada o tan bien absorbida por determinadas obras. De la no menos imprescindible Blade Runner (1982) al diseño del entrañable androide C3PO de la saga Star Wars (que masculiniza sin mayores variantes la forma del robot del inventor Rotwang) o el dibujo de múltiples ciudades futuristas del cómic, empezando por la saga de El Incal, de Jodorowsky y Moebius, podríamos citar una verdadera ristra de referencias. Los numerosos artistas de talento que unieron fuerzas tuvieron muy claro que para dar vida a ese mundo distópico debían hacer convivir en paradójica armonía lo ultratecnológico (ese famoso plano de la ciudad futurista, con sus enormes rascacielos y sus carreteras aéreas) con lo arcaizante (los aeroplanos muy años 20 que surcan el cielo de ese mismo plano o los múltiples elementos medievales que recorren su entraña).

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Metrópolis frente a Metrópolis: de Fritz Lang a Thea von Harbou (I)

Este artículo, ahora mínimamente reelaborado, fue publicado en el nº 15 de la revista Delirio.

Portada de la edición inglesa de la novela Metrópolis, de Thea von Harbou

Habrá quien no haya visto Metrópolis (1927), pero creo que existen pocos aficionados al cine que no conozcan su renombre, que no hayan contemplado alguna de sus imágenes o visto alguna de las películas que existen porque una vez existió Metrópolis. Se trata, por lo tanto, de uno de los films más conocidos de la historia, y sin embargo parte de su sugestión radica en que se trata también de los más misteriosos. En primer lugar, muy pocos espectadores han podido disfrutar la versión inicialmente estrenada en enero de 1927: el fracaso de los primeros pases hizo que el film fuera retirado de las salas y, a partir de entonces, iniciara una carrera de remontajes, en especial para su exhibición extranjera. La principal la realizó la Paramount —que había participado en la financiación del film— para el estreno norteamericano, amputándola en un tercio de su metraje. Esta versión es la que volvió a Europa y se exhibió en cines. Con el paso de los años, y convertido el film en uno de esos títulos de referencia que todos conocen pero pocos han podido ver, llegó la hora de la restauración. Abrió la veda un músico pop con inquietudes cinéfilas, Giorgio Moroder, que impulsó en 1983 un muy discutible trabajo (metraje muy reducido, horrendas cancioncillas a cargo de ídolos del momento en la banda sonora) que sin embargo tuvo la virtud de redescubrir el film. Dos décadas después, el especialista Enno Patalas, comparando copias depositadas en distintos archivos repartidos por el mundo, consiguió montar la versión más fiel posible al original, con una duración cercana a las dos horas. Por último, en 2008 apareció una copia completa del negativo original en el Museo del Cine de Buenos Aires. La copia estaba en muy mal estado y además, en los años 70, el negativo había sido pasado a 16 mm, con lo cual los nuevos empalmes muestran claramente su deficiencia frente al resto del metraje, pero ha permitido disponer por fin de una versión razonablemente fiel a la que concibió su director Fritz Lang.

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Volverás a Región: el lugar donde se acumula la entropía

Portada de Volverás a Región, de Juan Benet, en DestinolibroEn 1968, un escritor colombiano por entonces afincado en Barcelona, sorprendió al mundo literario con una novela que enseguida reclamó el marchamo de genial con su mera evocación: Cien años de soledad. Como escenario de la jubilosa vastedad narrativa que Gabriel García Márquez proponía en sus páginas figuraba uno de los lugares ficticios más famosos de la literatura: Macondo. No era, claro, el primer espacio inventado «como si fuera real» por un autor. Descontando, claro, las tierras fantásticas al estilo de la isla de Utopía, el País de las Maravillas o la Tierra Media, más de un escritor ya había propuesto lugares moldeados sobre la realidad pero lo suficientemente personales como para poder obrar sobre ellos con absoluta independencia. El más famoso antes de Macondo (y resulta muy adecuado evocarlo pues el autor que nos va a ocupar durante las siguientes líneas siempre lo tuvo un poco como su gran maestro) es el condado de Yoknapatawpha inventado por el norteamericano William Faulkner. En España también contamos con unos cuantos del estilo: la Celama de Luis Mateo Díez o la Obaba de Bernardo Atxaga. Pero es posible que el territorio mítico de nuestras letras por excelencia —aunque tengo la sensación de que muy pocos han sido capaces de internarse por él— es el que lleva el muy afortunado, por sugestivamente reiterativo (lo cual ya es una clave de su entraña), nombre de Región. Y aunque había nacido algunos pocos años atrás en un relato corto, el libro en que realmente alcanzó carta de naturaleza lo publicó su autor, el madrileño Juan Benet, en el mismo año que García Márquez el suyo (aunque la fecha de la edición es de 1967, llegó a las librerías realmente en enero del 68). Se trata de uno de los libros más difíciles, incómodos e irritantes, de nuestra literatura: Volverás a Región. Paradójicamente, o quizá por ello mismo, también de los más fascinantes.

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Caspar David Friedrich, el pintor de lo sublime

El viajero contemplando el mar de nubes, de Caspar David FriedrichEn las últimas dos décadas, Caspar David Friedrich ha sido el pintor desconocido más visible para los lectores españoles, y desde luego, el más manoseado. Y ello por una circunstancia curiosa: por haber sido una especie de moda, si se quiere un recurso cómodo, para los diseñadores de portadas de libros en nuestro país. La lista de publicaciones que han llevado un cuadro de Friedrich en la cubierta es incontable: solamente del que acompaña este párrafo de apertura, el maravilloso El viajero contemplando el mar de nubes, yo mismo tengo en mi casa cuatro o cinco (y he registrado en las librerías españolas unos cuantos más, hasta llegar al menos a la decena). El motivo es evidente: hay pocos pintores como él cuyos cuadros desprendan ese conjunto de sentimientos que asociamos a lo sublime: la serenidad, la melancolía, la soledad en su grado más inmensurable. Y lo hizo mediante obras de gran belleza, que desprenden un sentido de la armonía que parece hacerlas especialmente adecuadas como ilustración de portada para vender un libro. No en vano, Friedrich ha sido calificado muchas veces como el pintor de la calma, en cuanto que, en efecto, su obra parece sumergida en una perenne quietud. Una quietud polisémica, porque puede traducirse de distintos modos, y ello porque sus cuadros, una vez ejecutados y expuestos, parecen abandonar al autor —llevándose, eso sí, una expresión de sí mismo— para buscar al espectador e incluirlo en un juego participativo que no es unívoco ni determina siempre idéntica respuesta. Este es uno de los rasgos esenciales de la escuela pictórica (y, en general, del movimiento intelectual) que hoy llamamos Romanticismo, y de la cual Friedrich es una de sus máximas figuras.

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El corazón del ángel o la sombra que se perseguía a sí misma

Poster español de El corazón del ángelEs una pena que haya obras que nos fascinaran absolutamente la primera vez que nos tropezamos con ellas y que revisadas a una edad con mayor sentido crítico (o, y tal vez ahí está la tristeza, menos ingenua) no ya es que reduzcan su impacto, sino que quedan despojadas de todo su valor. El caso emblemático para mí es una película titulada El corazón del ángel (1987), que todavía hoy posee bastante eco entre mucha gente (sobre todo quienes la disfrutaron en su momento). Y lo puedo entender, porque —si las obras se redujeran a su esqueleto argumental o al cúmulo de las ideas que contiene su planteamiento, sobre el papel— existen pocas historias más atractivas, en especial para aquellos a quienes nos han interesado siempre las intrigas que cuestionan el concepto de la realidad, que siguen un camino y de pronto revelan otro muy distinto (aunque ya se había ido advirtiendo a lo largo de su curso), y que además, es una debilidad personal, tienen en la amnesia un elemento fundamental. El corazón del ángel narra la búsqueda que realiza un detective de medio pelo sobre un antiguo cantante de moda en los años 40 (la acción se ambienta una década después) del que lo último que se sabe es que quedó amnésico tras haber sufrido un brutal traumatismo de guerra. Su investigación no tarda en dar con aquellos que lo conocieron en sus días de apogeo y que, seguramente, saben mucho más de lo que dicen, pero cada uno de los hombres y mujeres que interroga acaba apareciendo después terriblemente asesinado, de tal modo que él se convierte en el primer sospechoso. Y la verdad, desde luego, superará cuanto él podía haber imaginado…

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La brillantez según Mankiewicz: Eva al desnudo y De repente, el último verano

El trío estelar de Eva al desnudo... con la fugaz Marilyn Monroe en medio

El nombre de Joseph L. Mankiewicz viene asociado, de inmediato, a un término: brillantez. Mankiewicz fue uno de los pocos autores completos del Hollywood clásico en el sentido francés del término, es decir, director de sus propios guiones. Esto le convirtió en un hombre con un mundo propio, con un cine reconocible al instante. Así, cuando uno piensa en sus películas inevitablemente desfilan por la mente determinados elementos: estructuras narrativas sofisticadas que alternan los puntos de vista de varios personajes, personajes enclaustrados en universos absolutistas que toleran mal la intrusión, la concepción del Juego como una de las bellas artes, un sentido del cinismo que no es tanto una defensa contra el mundo como una mejor forma de entenderlo, el manierismo como atributo expresivo de la complejidad… Brillantez intelectual, dramática y estética, en suma. Un conjunto sin duda atractivo que, sin embargo, revela a un autor contradictorio (¿cómo no serlo, en realidad, con esas señas de identidad?) que cuenta con magníficas películas pero también con tropiezos… quizá por no saber superar el mayor peligro que ronda en estos casos, la autocomplacencia. Voy a ilustrar mi premisa hablando de dos de sus títulos más famosos, Eva al desnudo (1950) y De repente, el último verano (1959), advirtiendo de entrada que, para mí, el verdaderamente conseguido (incluso tensando los límites de lo conveniente) es el segundo, mientras que el primero me parece un título sobrevalorado, que se refugia cómodamente en su aparente brillantez (repito el término más de lo defendible, lo sé) para ser una obra más blanda y convencional de lo que parece.

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