Nicholas Ray, cineasta y poeta: Los amantes de la noche y La casa de las sombras

Nicholas Ray, poeta del cineNicholas Ray, hombre perpetuamente inquieto, que estudió arquitectura con Frank Lloyd Wright hasta pelearse con él, que descubrió el teatro independiente, en el que conoció a Elia Kazan y John Houseman, que recorrió el sur de los Estados Unidos grabando música folk para la Biblioteca del Congreso, que fue pionero en la realización de dramáticos en los tiempos heroicos de la televisión, se ganaría su puesto en la gloria ejecutando en Hollywood una filmografía tan breve en el tiempo (15 años, entre 1948 y 1963) e irregular en sus resultados como intensa y, sobre todo, percutante en el alma de varias generaciones de cinéfilos. Ray no necesitó firmar ninguna obra maestra absoluta para convertirse en uno de los directores más amados que ha habido nunca: porque casi todas sus películas revelan un grado de implicación absoluta por parte de un hombre que, es evidente, entendió que el cine era una pasión y no un mero oficio. En concreto, Ray fue uno de los grandes románticos del séptimo arte, uno de los realizadores que mejor supo retratar el amor en la pantalla. Y como no hay romanticismo sin poesía, su cine desborda de un muy particular sentido del lirismo, al tiempo bello y doliente (porque para Ray el amor también implicaba necesidad del dolor). Muchas parejas inolvidables de amantes recorren su cine, comenzando por la más famosa de todas, la compuesta por ese tipo que nunca daba la mano a un pistolero zurdo, Johnny Guitar, y la indomable Vienna. Pero siento especial debilidad por los protagonistas de dos de los primeros films que pude ver del autor: su ópera prima, Los amantes de la noche (1948), y en especial uno de los títulos menos conocidos pero más conseguidos de su filmografía, On Dangerous Ground (1951), visto en televisión como La casa de las sombras y comercializado en formato doméstico como La casa en la sombra.

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En Homonosapiens: John Ford, el tres veces mejor director de la historia del cine

Ethan sabe que nunca volverá a ver viva a Martha

Acabo de publicar en la revista digital Homonosapiens un artículo titulado Los tres mejores directores de la historia: John Ford, John Ford y John Ford. Como muchos reconocerán, el título está extraído de una famosa respuesta de Orson Welles cuando le preguntaron por sus tres directores favoritos. Bajo la apariencia de una boutade, se trata de una afirmación que muchos grandes autores de la historia del cine no han dudado en compartir, del mismo modo que lo hacen buena parte de los cinéfilos que cuentan de la treintena de años para arriba. En mi caso, por mucho que he atravesado a lo largo de mi vida diferentes etapas en las que descubría y redescubría distintos directores, géneros, países y épocas (y cuando me sucede, suelo hacer largas inmersiones: tal vez por eso luego debo volver a la superficie en busca de «aire»), al final siempre regreso al cine que más me gusta, el «cine de John Ford». En sus vastos salones sé que hay muchos rincones, mucha diversidad. Ford hizo algo más que westerns, que es el género por el que más se le recuerda: de hecho, sigue siendo el director galardonado con más Oscars al Mejor Director (cuatro)… y ninguno por un film del Oeste. Y hay mucho calor, mucha ternura: creo que ningún director (el único que se le acerca es un hombre de época más reciente, y curiosamente especializado en algo que en apariencia tiene tan poco que ver con Ford como la animación: el gran Hayao Miyazaki) desborda a lo largo de su obra tanta humanidad, tanta comprensión y respeto hacia el hombre con todas sus virtudes y todos sus defectos: toda su complejidad. Por tanto, coincido con Orson Welles: los tres mejores directores que ha dado el cine son John Ford, John Ford y John Ford.

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Los nuevos-viejos Hombres-X: Lobeznos varios, Primera generación y Días del futuro pasado

Trilogía inicial           Primera generación

Poster de X-Men días del futuro pasadoLa primera trilogía X-Men había concluido en 2006 con el capítulo subtitulado La decisión final, que denotaba una más bien alarmante ansiedad de los responsables de la franquicia por cerrar, casi de cualquier modo, esta saga inicial. Ya se rumoreaba entonces que no era por falta de proyectos: realizar nuevas películas bajo el marbete de «Orígenes» sobre algunos de los personajes más populares de la serie o incluso lanzar una nueva alineación, que bien podía marchar hacia atrás o hacia delante en el tiempo. De los primeros proyectos solo vio la luz el reservado al más emblemático de los Hombres-X, Lobezno. En cuanto a lo segundo, la Fox tardó tiempo en concretar lo que quería hacer, y de hecho parecer ser que varios de los guiones que el estudio manejó por aquellos años irían reciclándose para futuras producciones. En cualquier caso, al final, la opción elegida fue materializar una nueva alineación de mutantes pero que retrotrae al pasado de los principales personajes de la serie (es decir, Charles Xavier y Magneto) para contar el encuentro entre ambos, la revelación al mundo de la existencia de los mutantes y la formación de sus respectivas formaciones, la Patrulla-X y la Hermandad de Mutantes. Dicho de otro modo, la nueva saga de los X-Men, materializada ya en dos películas (Primera generación y Días del futuro pasado), más otra a punto de estrenarse (Apocalipsis) tira por la calle de en medio, entre el reboot y la precuela (y perdónenme tan horribles palabrejas —la segunda ya admitida por la RAE, es curioso— pero mejor no liarlos), es decir, entre el «nuevo comienzo», la crónica de lo que pasó antes de la saga centrada en los personajes y, por último, la fusión argumental entre ambas generaciones.

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Horizontes de grandeza: tragedia griega, superwestern y esbozo imperfecto de Atticus Finch

Cartel original de Horizontes de grandeza-The Big Country

Como bien saben los incondicionales del cine del Oeste, se trata de un género nada monolítico, que ha admitido en su historia toda clase de variantes y etiquetas (primitivo, crepuscular, dirty, spaghetti western, neowestern…). Pues bien, una de sus más particulares derivaciones es la que se conoce bajo el nombre de superwestern, que hace referencia a un conjunto de producciones del Hollywood clásico, siempre de gran presupuesto, dilatado metraje y enorme ambición (en los peores casos, más bien gusto por la ostentación). Es significativo, en cualquier caso, que al amante del género, cuando confecciona una lista de títulos emblemáticos, no suelan venírsele a la cabeza sus títulos más significados, quizá porque es consciente de que sus promotores no pretendían hacer exactamente un western, sino utilizar sus convenciones para crear otra cosa, desde la película-río (al estilo de Cimarrón) al melodrama pasional en estado puro (Duelo al sol), pasando por la crónica de pretensiones históricas (La conquista del Oeste). Pues bien, uno de los superwesterns más conocidos es Horizontes de grandeza (1958) —cuyas pretensiones traduce mucho mejor el título español que el original—, que intenta poner en pie un melodrama claramente lindante con la pura tragedia griega a partir del clásico argumento de confrontación entre dos pioneros antagónicos. Y que, para mayor desconcierto, sitúa en el medio a un personaje encarnado por Gregory Peck que bien puede considerarse un esbozo de su posterior e inmortal Atticus Finch, un individuo de sencilla nobleza que marca su propio camino sin atender a lo que esperan los demás y rehuyendo cualquier tipo de alarde. Situar este rol en un escenario bien distinto al pequeño y racista rincón sureño de Matar a un ruiseñor, es decir, en los espacios viriles del western, podía haber dado lugar a un film apasionante. Por desgracia, y aun lleno de virtudes, Horizontes de grandeza es víctima de su sentido de la desmesura, de un guión que no sabe acertar con el dibujo del excesivo número de personajes y, probablemente, de las sumisiones estelares del Hollywood clásico: Peck (junto al director William Wyler) era el mismo productor de la película.

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Matar a un ruiseñor: levantémonos, que Atticus Finch se marcha

Excelente poster americano de Matar a un ruiseñorMatar (a) un ruiseñor1 sigue siendo uno de los títulos más amados de la historia del cine. El mero enunciado del título enseguida nos trae una serie de imágenes sonoras y visuales: una música evanescente que obra el prodigio de evocar tanto el misterio como la magia, el recuerdo y la pérdida, de un tiempo que creemos irrepetible, la infancia; un hombre de aspecto mayor cuyo mínimo gesto irradia una integridad excelsa; una vieja caja de cigarros que esconde un pequeño tesoro que, lo sabremos al final de la historia, vinculan a unos niños que están creciendo y a un niño crecido pero anclado irremediablemente en la infancia y que, siendo tenido por el ogro de la pequeña ciudad, acabará resultando ser su genio bueno, su gigante nada egoísta… Es evidente que el gran acierto de la película estriba en la armónica manera en que compagina dos niveles narrativos: el dibujo de la infancia y el retrato costumbrista de una comunidad que parece idílica pero bajo cuya plácida indolencia también se esconde el mal, el mal que se disimula mejor por ser un mal cotidiano: el racismo. Un juicio que encarna todos los prejuicios de ese Profundo Sur donde transcurre la acción —el que conoció Harper Lee, la autora del espléndido libro en que se basa la película— es el eje que une ambos niveles con notable inteligencia estructural. Matar a un ruiseñor, así, es muchas cosas: una reflexión sobre la infancia, un excelente film judicial, una fábula antirracista, un sencillo melodrama sobre el paso del tiempo, un cuento de hadas a ratos onírico y a ratos ominoso…

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La trilogía X-Men: y el Universo Marvel vio la luz en el cine…

Trilogía inicial           Primera generación

Confía en alguno, teme al resto, o sea, X-Men 1El cine de superhéroes supone, ahora mismo, una de las fuentes de ingresos más segura del cine comercial norteamericano. En concreto, los héroes Marvel han ido componiendo un complicado tejido de referencias con el propósito de recrear en el cine un equivalente al denso universo que lleva existiendo ya más de medio siglo en el papel, y quienes pertenecemos a la generación que creció leyendo sus tebeos en los 70 y 80 supongo que todavía nos frotamos los ojos. En España, era esta editorial la que casi monopolizaba el mercado superheroico (DC, es decir, la casa de Superman y Batman, nunca terminó de arraigar con la fuerza de los personajes marvelitas). Y sin embargo, eran los héroes de la genialmente bautizada como la Distinguida Competencia quienes dominaban la gran pantalla con películas que hacían creíbles a sus personajes mediante el sencillo recurso de aplicar el presupuesto necesario para sacarlos del reducto cutre de la tele de antes, del serial o de las películas directas a video. De pronto, nos llegaron rumores de que en Estados Unidos se iba a estrenar una adaptación de la que entonces era la colección más vendida de Marvel (también en España), La Patrulla-X. Nos echamos a temblar, claro: otra ocasión para que el mundo se riera de esos pobres héroes que fuera del papel no tenían consistencia (y para que los padres ceñudos volvieran a dar la lata a sus hijos con la pérdida de tiempo que suponía leer estupideces, esperando a que se dieran la vuelta para tirar los tebeos a la basura… y no la reciclable). Cuando por fin llegó el resultado, X-Men (2000), un suspiro de alivio unió a todos los Marvel zombies: la película era digna, los personajes no eran caricaturas de los originales, podíamos mirar a la cara a esos seguidores de DC que presumían de Christopher Reeve o Jack Nicholson. Y era solo el comienzo de lo que ahora se llama Universo Cinemático Marvel, que está alcanzado unas cotas de sofisticación y de realismo visual increíbles… y que ahora nos obliga a preguntarnos si no acabará muriendo de éxito ante la avalancha de películas de superhéroes que inunda cada temporada las carteleras.

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Dana Andrews o la tensión latente

Foto de estudio del gran Dana AndrewsEs probable que el rostro de Dana Andrews no sea el primero que le venga a la memoria al cinéfilo cuando recuerda a los grandes actores de Hollywood: pero cuando uno se asoma a sus grandes películas, se asombra de que no esté considerado entre ellos. La imborrable gestualidad de Andrews —esa forma de fruncir el alma por medio de una mirada reconcentrada, en la que se adivina la profunda turbulencia interior de alguien que, sin embargo, prefiere reprimir el gesto para no delatar vulnerabilidad alguna— es la propia de esos actores que no necesitaron métodos de interiorización del personaje para aportar una absoluta credibilidad a sus interpretaciones. Andrews (como Gary Cooper, o Cary Grant, o John Wayne) fue un actor que se expresó mediante miradas y movimientos, y también mediante la construcción de un tipo que el espectador reconocía de película en película, con las aportaciones adecuadas de cada personaje particular para no repetirse estérilmente. En su caso, ese personaje consistió en un hombre acostumbrado a valerse a sí mismo, al que la vida ha llevado más bien por rincones en penumbra y que, cuando reconoce la posibilidad de la felicidad, no tiene muy claro cómo alcanzarla. Un hombre, además, profundamente escéptico, al que no puede rendir la credulidad fácil. Si añadimos que nadie lució como él un sombrero en las calles oscuras del cine negro, y que atesora varias obras maestras en su filmografía (teniendo en cuenta que sus años estelares se reducen a poco más de una década), nos encontramos con un actor espléndido, posiblemente el que mejor supo expresar algo tan ambiguo, tan indefinible, tan sugestivo, como la tensión latente: el gesto que indica que ese tipo que te mira con intensidad bien puede derribarte de un puñetazo en un segundo… o sacar un juguete del bolsillo y ponerse a jugar para mejor dejar que el sospechoso se ponga nervioso.

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Atrapado en el tiempo: un día en Punxsutawney y otro y otro y otro…

Poster español de Atrapado en el tiempoAtrapado en el tiempo es un buen ejemplo de película que, desde el momento de su estreno, cae «bien» y mantiene esa aureola de simpatía que permite recordarla con agrado, con el mérito de hacerlo sin necesidad de otorgarle la manoseada etiqueta de «film de culto». Ahora bien, tanta simpatía no debe esconder el profundo fracaso que supone una película que partía de una premisa tan sencilla como fascinante para componer un cuento de infinitas posibilidades (en registros como el dramático, el fantástico, el existencial, el satírico, el romántico, etcétera) y cuyo peor problema es que, después de ir tanteando casi todas ellas, acaba decantándose por la opción más convencional y menos arriesgada, sin más objeto que hacer que el público concluya su visionado con una ancha sonrisa en la boca y la falsa sensación de que todos los problemas del mundo tienen solución con solo tener la actitud necesaria y saber rectificar a tiempo. Y es que, por mucho que algunos críticos despistados citaran en su momento a Borges y al fantástico más metafísico, en realidad lo que hace Atrapado en el tiempo es proponer una versión de la dickensiana Canción de Navidad, donde de nuevo un individuo egoísta e insolidario se ve sometido a unas circunstancias extraordinarias que lo obligan a hacer examen de conciencia y le ofrecen la segunda oportunidad, a la que se aferrará con afán y entusiasmo. No en vano su protagonista, Bill Murray, ya había interpretado unos pocos años atrás una versión directa de ese relato, y también en ambiente coetáneo, titulada originalmente Scrooged y en España, con la oportunista intención de asociarla a las películas más populares del actor, Los fantasmas atacan al jefe (1988, Richard Donner).

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En Homonosapiens: Wakefield y otros hombres que se perdieron

Buen dibujo para la portada de la reciente edición de Wakefield, en Nórdica

Publico mi segundo artículo en esta excelente revista digital que generosamente me ha abierto sus puertas, Homonosapiens. El título, Wakefield y otros hombres que se perdieron. El nombre propio se corresponde con un relato de Nathaniel Hawthorne que me fascinó desde la primera vez que supe de él, por boca (como con tantos autores) de Jorge Luis Borges, que le dedica un artículo al autor en su libro de ensayos Otras inquisiciones. De hecho, Borges se centra en este relato, hasta el punto de parafrasearlo por completo, inquietado por la historia de ese hombre, Wakefield, burgués satisfecho y sin especial imaginación, que gusta de guardarle caprichosos misterios a su esposa, y que un buen día decide darle un pequeño susto marchando de su hogar un breve tiempo sin dejarle indicación de cuándo volverá. El plan es alojarse en una habitación a un par de calles de su casa y pasar unos días regocijándose de la impresión que va a provocar en ella. Sin embargo, y sin ningún motivo objetivo, sin una sola explicación plausible, Wakefield pasará más de veinte años fuera del hogar, a esa breve pero al tiempo lejanísima distancia, como si una brecha impalpable pero infranqueable se hubiera abierto entre él y su vida normal… hasta que otro buen día, y debido una circunstancia del todo trivial (camina errante, como el fantasma sin vida que sin duda es, y de pronto le sorprende una lluvia inesperada, justo cuando pasa frente a la puerta de su casa; ¿no es de tontos mojarse cuando al otro lado de la ventana observa que hay un acogedor fuego encendido?…).

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El cuento de la princesa Kaguya, del anónimo del siglo IX a Isao Takahata

Poster español de El cuento de la princesa KaguyaDesde 1985, buena parte de los amantes de la animación hemos tenido a la compañía japonesa Studio Ghibli como la más segura suministradora de maravillas del medio, por encima de los occidentales Disney o Pixar. El estudio fue, ante todo, una iniciativa de dos contrastados realizadores del medio que en estos treinta años de trayectoria han sido los firmantes de la mayor parte de sus películas. Uno es Hayao Miyazaki, a quien más de una vez he definido desde este blog como el más grande creador del cine (en general y sin etiquetas) de las últimas décadas, y que por el calado y repercusión comercial de sus obras es sin duda quien ha permitido la extraordinaria repercusión de Ghibli. El otro es Isao Takahata, autor de tan solo cinco películas en ese mismo periodo (por diez de su colega) y de muy inferior relevancia crítica y comercial, entre otras razones por su constante propósito de renovación personal que hace que, al contrario que su compañero, no posea un aire identificable a la primera, algo que en este terreno suele ser contraproducente: el aficionado sí parece necesitar etiquetas. Eso sí, todos los admiradores de Miyazaki sabemos que a Takahata le debemos un agradecimiento incalculable: fue él quien dio sus primeras oportunidades en la animación al director de Porco Rosso y quien acudió a su llamada cuando éste necesitó un hombre de confianza que, desde las bambalinas (o sea, en la sombra) supiera supervisar y proteger su proyecto de un nuevo estudio donde poder desarrollar sus proyectos con completa libertad.

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La madre optimista del filósofo pesimista

El anciano Schopenhauer, porLa historia de la literatura —y para mí la filosofía es una rama de la literatura (Borges añadiría: de la literatura fantástica)— solo reconoce a un Schopenhauer. Se trata del gran filósofo alemán Arthur Schopenhauer, uno de los más influyentes escritores de ese fecundo siglo germano del pensamiento que fue el diecinueve. Schopenhauer creó un sistema de interpretación del mundo que culminaba a los para él más grandes pensadores de la historia, Platón y Kant, y que ha difundido del autor la imagen de uno de los mayores pesimistas que la humanidad ha contenido. El escritor consagró toda su vida a su obra, pero su gran frustración es que el reconocimiento que él creyó merecer, a los 31 años, con la publicación de El mundo como representación y voluntad (1819), tuvo que esperar más de tres décadas, hasta los años de su vejez (que, eso sí, le compensaron con creces de tanto silencio). Ahora bien, durante todo ese tiempo el apellido Schopenhauer sí fue sobradamente leído y reconocido… pues el filósofo tenía una madre, Johanna, a la que le unió una tortuosa relación en sus años de juventud y con la que había roto toda relación en 1814. Y Johanna Schopenhauer, hoy completamente olvidada, fue una escritora muy apreciada en la época biedermeier —los años que en Alemania comprenden entre las guerras napoleónicas y la unificación: años de plácido sentimentalismo burgués— como novelista y autora de libros de viajes, en los cuales difundió una imagen totalmente opuesta a la de su vástago. Es así que hoy la madre es un personaje fundamental en las biografías del hijo pero no en las historias de la literatura, y aquéllas se complacen en presentarla como… la madre optimista del filósofo pesimista.

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Nunca olvidaré el fin de semana en que murió Laura

El estupendo poster de Laura, de Otto PremingerCon ese inmortal parlamento se inicia una de las películas más fascinantes que dio el Hollywood clásico, justificado objeto de mito para muchos cinéfilos que encierra en sí mismo todo un compendio de lo que significó aquel cine en la formación emocional y artística de tantos. Como indican esas palabras, la mujer que da título al film está muerta en el inicio de la historia: la magia de la película comienza porque tanto el espectador como el detective que investiga su muerte (y a través del cual nosotros nos proyectamos dentro de la historia), al ir sabiendo más sobre ella —al contemplarla: el detective gracias al retrato que de sí misma ella tiene en su casa; el espectador gracias a los flash-backs que nos la muestran—, con más intensidad deseamos que no esté muerta: que vuelva. Y como bien se sabe, a media película ese deseo se hace realidad. Así, Laura (1944) supondría un film noir impregnado del fantastique más onírico (la bisagra entre uno y otro sería la famosa escena en que el detective se duerme frente al cuadro… y acto seguido la muerta abre la puerta y penetra en la realidad): una elegante fábula necrófila que, sin embargo, nunca pierde su muy tangible sentido de lo real. Como sucede con tantos títulos míticos, creemos saberlo todo sobre él pero cada vez que la revisamos se descubre algo nuevo a la vez que queda en el aire un nuevo misterio, quizá porque, como sus personajes masculinos con respecto al femenino, a distintas edades proyectamos nuestros propios anhelos y obsesiones sobre esta película.

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Buenas adaptaciones de Henry James: ¿Qué hacemos con Maisie? y Las alas de la paloma

Las novelas          Las películas

Poster español de Qué hacemos con MaisieComo corresponde a un escritor tan prolífico y que lleva tanto tiempo bien situado en la bolsa crítica de la literatura, son muchas las películas que han adaptado la obra de Henry James. La primera vez que su nombre apareció en la gran pantalla fue en 1933, si bien de modo indirecto: La plaza de Berkeley (1933) era la adaptación de una obra de teatro muy popular en su momento que escenificaba (dándole una conclusión) una novela inacabada del escritor, El sentido del pasado. Todavía tardaría más de una década en «regularizar» sus estancias en el cine —abrió el fuego la magnífica Viviendo el pasado (1947), según Los papeles de Aspern—, pero ya no pasarían muchos años entre cada nueva película, con hitos como La heredera (1949), ¡Suspense! (1961) o La habitación verde (1978). En las últimas décadas del siglo XX, cuando se puso de moda el melodrama de época según clásicos literarios como Jane Austen, Edith Wharton o E. M. Forster, el nombre de James no pudo faltar, incluso sobrecargando (como los anteriores, por otra parte: fue un verdadero virus) las carteleras durante varios años. Entre las películas surgidas de su literatura ha habido de todo. Al hilo de las nuevas y recientes traducciones de dos de sus mejores novelas, que recogía en un comentario muy reciente, voy a hablar hoy de dos buenas adaptaciones, cada una muy distinta. ¿Qué hacemos con Maisie? (2012) pertenece a ese tipo de adaptaciones que traslada la intriga original a la época coetánea, con unos resultados inesperadamente atractivos. Las alas de la paloma (1997), en cambio, se asienta en el habitual despliegue de medios para reconstruir el entorno original y sin alterar casi nada la novela de partida destaca por la inteligente forma en que consigue singularizarla para que el resultado no quede en una hueca repetición. Ambas películas, por tanto, y cada una a su manera, son muy recomendables… aunque no figuren precisamente entre lo más conocido de su género.

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Vida, pasión y muerte del Capitán Marvel

El número 29 de Captain Marvel, por Stalin y una jugosa colaboración de John RomitaLos más veteranos aficionados al tebeo (si son veteranos no pueden llamarlo «cómic»), al leer el nombre del Capitán Marvel, lo asociarán de inmediato a un popular superhéroe nacido a mediados del siglo XX, de cierto parecido gráfico con Superman (traje vistoso con capa y el rostro al descubierto sin máscara encubridora alguna), publicado por la editorial Fawcett. Más tarde, Marvel sería el nombre adoptado en los años 60 por una editorial antes llamada Timely o Atlas, que acababa de revolucionar el género con la invención de su celebérrimo universo superheroico. Aprovechando el vacío legal en torno al original, Stan Lee, su gran patriarca, decidió que la Casa de las Ideas debía contar con un personaje que portara su nombre: es más, creó un personaje que fue llamado igual (irónicamente, años después el original debió cederlo por entero, ya legalmente y para siempre, pasando a ser conocido como Shazam, en origen el grito que provocaba su transformación). La trayectoria del nuevo Capitán Marvel no abarcó mucho más de una década en una editorial que ha cumplido ya más de medio siglo. Y sin embargo, los clásicos más incondicionales de la casa lo reverencian porque fue objeto de la atención de un creador completo, Jim Starlin, que tuvo la suerte (y la libertad) de encontrar en él al personaje con el cual dar pie a una de las más fascinantes sagas de la historia de la editorial, que concluyó con su muerte en una aventura de una inolvidable fuerza elegíaca. Y que, al contrario que otros muertos famosos de la casa (Jean Grey o Gwen Stacy) no ha resucitado, aunque otros personajes distintos heredaron el nombre. A su vida, pasión y muerte voy a dedicar el siguiente artículo.

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Nuevas ediciones de Henry James: Lo que sabía Maisie y Las alas de la paloma

Las novelas          Las películas

Portada de Las alas de la paloma en Alba, con dibujo de John Singer SargentCelebramos este año de 2016 el centenario de la muerte del gran escritor Henry James y la industria editorial española —de la que hay que reconocer con júbilo que lleva muchos años de idilio con este autor— se está volcando especialmente. James ha sido un autor muy publicado en nuestro país, pero por desgracia muchas de sus ediciones lo han sido con traducciones francamente malas, que hicieron creer a muchos abrumados lectores que se las tenían que ver con un autor abstruso en el plano formal (alguno de esos traductores, divertidamente, utilizó las introducciones de sus ediciones para despotricar contra sus predecesores, señalando que él mejoraba con creces los malos resultados anteriores). En fin, entre las diversas publicaciones que están llegando a las librerías sobre el escritor, destaco dos nuevas ediciones de obras ya conocidas en España pero cuyas traducciones por fin permiten admirar debidamente su genialidad. Porque se trata de dos obras maestras del vasto universo jamesiano. La primera, Lo que sabía Maisie (1897) es un turbador relato en el que James se adentra (un año antes que en su celebérrima Otra vuelta de tuerca) en el sencillo y a la vez tortuoso punto de vista infantil. La segunda, Las alas de la paloma (1902), considerada desde siempre una de sus obras culminantes, demuestra por fin el por qué de esa aseveración: en ella se encuentra, probablemente, la exposición más fascinante de las claves de su literatura.

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