Nuevas ediciones de Henry James: Lo que sabía Maisie y Las alas de la paloma

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Portada de Las alas de la paloma en Alba, con dibujo de John Singer SargentCelebramos este año de 2016 el centenario de la muerte del gran escritor Henry James y la industria editorial española —de la que hay que reconocer con júbilo que lleva muchos años de idilio con este autor— se está volcando especialmente. James ha sido un autor muy publicado en nuestro país, pero por desgracia muchas de sus ediciones lo han sido con traducciones francamente malas, que hicieron creer a muchos abrumados lectores que se las tenían que ver con un autor abstruso en el plano formal (alguno de esos traductores, divertidamente, utilizó las introducciones de sus ediciones para despotricar contra sus predecesores, señalando que él mejoraba con creces los malos resultados anteriores). En fin, entre las diversas publicaciones que están llegando a las librerías sobre el escritor, destaco dos nuevas ediciones de obras ya conocidas en España pero cuyas traducciones por fin permiten admirar debidamente su genialidad. Porque se trata de dos obras maestras del vasto universo jamesiano. La primera, Lo que sabía Maisie (1897) es un turbador relato en el que James se adentra (un año antes que en su celebérrima Otra vuelta de tuerca) en el sencillo y a la vez tortuoso punto de vista infantil. La segunda, Las alas de la paloma (1902), considerada desde siempre una de sus obras culminantes, demuestra por fin el por qué de esa aseveración: en ella se encuentra, probablemente, la exposición más fascinante de las claves de su literatura.

Son dos novelas emblemáticas para acceder al particular mundo de este gran autor. Dos obras que, de un primer vistazo, parecen estar dirigidas a señoras y caballeros muy formales para leer después del té, cuyo tono es en todo momento mesurado —pese a que, a poco que se piense, acaban contando cosas desmesuradas—, que parecen compuestas por un conjunto de escenas y diálogos en los que reina la trivialidad… y que, cuando queremos advertirlo, nos han envenenado de modo admirable, pues ya no conseguiremos escapar de la red deletérea que han tejido en torno al lector.

La editorial Cátedra acaba de sacar, en su colección Letras Universales, una espléndida edición de Lo que sabía Maisie, con una traducción excelentemente fluida de Miguel Ángel Pérez Pérez y un estudio previo a cargo del especialista José Antonio Álvarez Amorós  que, en mi opinión, es el mejor que he leído nunca sobre este autor, que analiza magníficamente tanto las claves de esta novela como las de la etapa de madurez que se inicia en ese momento de su carrera en que acababa de cerrar para siempre su pretensión de triunfar sobre las tablas.

Edición de Lo que sabía Maisie, en CátedraLa trama de Maisie es de una modernidad asombrosa, no en vano lo que cuenta es, primero, cómo una niña pequeña es utilizada por sus padres divorciados para volcar el odio que cada uno siente por el otro después del tormentoso proceso de separación (cuya sentencia final ha consistido en que la niña debe pasar seis meses con el uno y luego otros seis con el otro) y, segundo, cómo finalmente acaba convirtiéndose en una molestia para esos progenitores que intentan rehacer sus vidas y para los cuales es un fastidioso recuerdo del pasado que preferirían ignorar. Sin embargo, en su admirable decurso, Lo que sabía Maisie acaba abandonando el mero retrato de esa hostilidad conyugal entre dos ex esposos para acabar proporcionando una sugestiva, y considerablemente turbia, vuelta de tuerca —tratándose de James, ¿cómo resistirnos a utilizar esta expresión?— sobre esa creación social, sin duda necesaria pero también incómodamente castrante, que es el concepto de familia. Todo ello a través de esa zarandeada niña que, al tiempo que es rechazada por sus padres naturales, encuentra, y en demasía, candidatos para reemplazarlos

De hecho, de los seis personajes centrales que protagonizan el devenir de la historia, los dos progenitores de Maisie, Beale e Ida Farange, terminan siendo los más secundarios y acaban haciendo mutis por el foro —es decir, abandonando literalmente a su pequeña— mucho antes de que aquélla llegue a su final. Es más, el conflicto central de la novela acaba siendo la elección que Maisie habrá de hacer sobre la persona o personas que van a hacerse cargo de su cuidado. Son tres, en concreto: por un lado, las nuevas parejas de sus padres (el encantador sir Claude, en el caso de Ida; la atractiva señorita Overbrooke, después Beale, en el de su progenitor, que inicialmente la había contratado como niñera); por otro, la señora Wix, la niñera contratada a su vez por su madre, que le toma un extraordinario cariño a la pequeña por cuanto le recuerda a su propia hija fallecida con muy corta edad. El maquiavélico James, por supuesto, enreda entre sí a estos otros personajes. Sir Claude y la señorita Beale (a quienes ha unido el afecto por la propia Maisie), se convierten en amantes, en buena medida porque sus dos cónyuges diríanse que si volvieron a contraer matrimonio es por fastidiar al otro pues enseguida recuperan la promiscuidad sexual (decir sentimental, en dos seres como ellos, es un eufemismo). Por otra parte, la señora Wix intenta mantener a Maisie dentro del lado correcto de la moral teniendo en cuenta el ambiente inficionado en que vive y los malos ejemplos que recibe por todas partes, labor en que considera su aliado al mismo sir Claude, por quien concibe un gran afecto, que puede, es evidente, entenderse (aunque ni ella ni la narración lo reconozcan nunca abiertamente) por amor.

Maisie salta de la compañía de unos a la de otros, de casa de su madre a la de su padre, hasta que sus dos progenitores —en un par de escenas en que James traza con tal maestría su cruel egoísmo que estos se hacen creer a sí mismos que han dado a la pequeña la opción de irse para siempre con uno u otro, y es «ella» la que los ha rechazado— la dejan literalmente en manos de sus dos nuevas parejas (de las que ya se han separado). La resolución del conflicto da pie a unos capítulos finales de huida hacia delante (están situados en dos localidades costeras del canal, primero en la inglesa Folkestone y después en la francesa Boulougne-sur-Mer, donde el mismo James había pasado estancias) que son literalmente embriagadores en su atmósfera de turbiedad emocional y gracia sensual, al cabo de los cuales es Maisie quien deberá tomar la decisión definitiva.

Edición inglesa de Lo que sabía Maisie, con inquietantes ilustraciones de Edward GoreyUn año antes que Otra vuelta de tuerca, ese relato universalmente alabado por la increíble percepción que en él demuestra James de la mente infantil, de su razonamiento al mismo tiempo sencillo y tortuoso, Lo que sabía Maisie contiene los mismos méritos pero incluso los supera, y de qué modo, puesto que si en aquella historia la narradora es una persona adulta, en este caso todo el desarrollo psicológico y narrativo está centrado y mediatizado por su pequeña protagonista. Maisie entra en la historia con seis años y los concluye (de esto nos informa Álvarez Amorós, minucioso consignador de los estudios más importantes que existen sobre el libro) con poco más de once. Cinco años en los que, es evidente, hay una evolución en el personaje, de tal modo que algunos de esos críticos consideran que al final de la historia Maisie puede ser una preadolescente cuyo propio descubrimiento de la sexualidad influye en los acontecimientos de cierre. A mí en particular, esto último me parece aventurado, pero no desentona en cuanto que la principal característica de la novela es su muy inquietante ambigüedad tanto sentimental como erótica.

Henry James narra esta historia mediante una audaz decisión narrativa: el eje central de los acontecimientos es siempre Maisie, de tal modo que obliga al lector a discriminar las impresiones que la niña va recibiendo a lo largo de su devenir (es decir: la construcción de lo que sabe Maisie) de lo que él mismo cree saber ante los acontecimientos narrados. La pequeña, por tanto, siempre está presente, de tal modo que es el imprescindible elemento mediador, cuando no desencadenador, de toda la trama… pese a que en apariencia sea el eslabón obligadamente menos activo en su condición de niña pequeña obligadamente sujeta a los vaivenes de los adultos.

¿Cómo es Maisie? De su condición de niña adorada por casi todos no cabe dudar (el casi, claro, se refiere a los padres). Todos quieren a Maisie: todos quieren cuidarla, todos quieren ser queridos por ella. Pero, ¿sabemos lo que quiere ella? Desde su más tierna edad, y aunque sea como mínimo instinto defensivo al descubrir que vive en un perpetuo campo de batalla, Maisie es una conciliadora sempiterna, una personita impulsada a querer que todos se lleven bien y todos sean felices. Ahora bien, tal vez por la típica inconstancia o volubilidad infantil, tal vez por estrategia que nunca se hará explícita, Maisie siempre parece del lado de quien tiene frente a sí en ese momento.

Esta capacidad para estar siempre bien avenida con otros que entre sí no pueden estarlo pero de cuya actitud con respecto a ella en el fondo depende su propia tranquilidad, en una persona adulta nos haría hablar, indudablemente, de hipocresía o de manipulación. Pero en las páginas de la historia, en el peor de los casos solo parece, como he dicho, un instinto de supervivencia: muy pequeña, Maisie advierte que, para esquivar la inquisición de cada progenitor sobre lo que hace el otro durante los seis meses que la comparten, lo mejor es fingir estupidez. La admirable grandeza de la novela estriba en que, conforme la niña crece y su situación se complica, cuando por fin es ella la que debe elegir una solución que es imposible que sea al gusto de todos los adultos que de verdad la quieren, el lector se da cuenta de que está recibiendo un soplo de aire frío en pleno rostro: hace mucho que ha dejado de comprender con plena diafanidad todas las motivaciones de la niña. En palabras de la especialista Susan Honeyman, citada en la introducción, es cuando advertimos que «vemos lo que ve Maisie, pero no podemos saber lo que sabe Maisie».

Es evidente, claro, que el tema de la inocencia y su posible corrupción (es decir, uno de los temas fundamentales del autor) late bajo casi cada imagen de la novela, y llega un momento en que nos esforzamos por rastrearlo bajo cada palabra de Maisie. No se puede leer Lo que sabía Maisie con la guardia baja, y en especial sus imborrables capítulos finales, pues corremos el riesgo de perdernos (y no solo moralmente) en ese mar de cuitas que hostiga a los personajes mientras dan vueltas y más vueltas, físicas por el bello pueblecito donde han ido a parar, emocionales por el curso de sus sentimientos, de sus expectativas, de lo que cada uno quiere pero no sabe si los demás quieren también. Ahí está la clave de la inmarchitable perversidad de la novela.

El Gran Canal de Venecia, por Monet

Las alas de la paloma es un título con el cual Alba Editorial ennoblece todavía más si cabe su extraordinario catálogo de grandes novelas del siglo XIX (siglo que, en literatura, y en casi todo, finaliza con la Primera Guerra Mundial), mediante una mayúscula traducción de Miguel Temprano que eclipsa por completo lo que podía encontrarse hasta ahora en español y que demuestra que, si es una obra de enorme complejidad, lo es por la sutilísima dramaturgia compuesta por el escritor y no por la complicación de su estructura.

La novela cuenta un muy particular triángulo sentimental entre tres jóvenes, una modesta pareja inglesa de enamorados y la riquísima joven norteamericana, presa de una enfermedad mortal, que aparece en sus vidas, y a la que se refiere el título. Si hay una «paloma», ¿hay dos aves de presa? En principio, hay una conspiración de la primera pareja para hacerse con el dinero de la segunda y así poder alcanzar la libertad que desean para contraer matrimonio sin las sórdidas estrecheces y la oposición familiar que detesta Kate Croy, la verdadera inspiradora del plan. Su enamorado Merton Densher, periodista sin especial futuro en su profesión, acepta por amor pero con gran escepticismo llevar a cabo los designios de su prometida: aprovechar el amor que por él siente la joven norteamericana y casarse con ella, para heredar (en breve tiempo…) todo su dinero. Y entre medias, Milly Theale parece convertirse en la víctima propiciatoria de dos intrigantes.

Las alas de la paloma exhibe con gran felicidad el arte del meandro y de la elipsis que fue propiedad tan exclusiva de su autor. La trama, como puede verse, es muy sencilla y sin embargo, a lo largo de las casi 500 páginas a través de las cuales se desarrolla, desprende una profunda sensación de opacidad en torno a los personajes y sus motivaciones. Haciendo honor a su muy moderno concepto de la novela, que lo llevó a ir despreciando al clásico narrador omnisciente que reinaba cuando inició su carrera, James utiliza la famosa corriente de conciencia, que consiste en reducir el punto de vista del relato al del personaje que lo conduce (y sin necesidad de que éste narre en primera persona). Así, en la primera parte del relato es, sobre todo, Kate Croy quien dirige la historia en cuanto que son las circunstancias personales de ella las que precipitan el plan en que envuelve a su enamorado y a su amiga. En la segunda mitad, cuando la historia ya se marcha a Venecia (con un regreso final a Londres), es Densher quien la preside y el lector conoce y siente lo que éste, y se ve envuelto en las zozobras interiores que el joven sufre cuando advierte que, por una mera cuestión de tiempo, debe estrechar el cerco sobre Milly, cuya enfermedad la dirige de modo cada vez más rápido e inexorable hacia la muerte.

Es muy evidente que, con Milly Theale, el autor retornó al concepto literario que marcó su primera etapa literaria, la que los especialistas llaman de la novela internacional y cuyo ejemplo máximo es Retrato de una dama (1881). Es decir, el choque entre la ingenua América y la demasiado compleja Europa a través del encuentro entre un personaje de aquella procedencia cuya inocencia se ve puesta a prueba por las refinadas maniobras de los demasiado sofisticados habitantes del Viejo Continente. De acuerdo con la metáfora animal que James escogió para ella, Milly, la «paloma», es el símbolo de la pureza, de la inocencia, cuyas alas se ven en trance de ser atrapadas y perder su capacidad de vuelo. Sin embargo, ¿es así de modo tan rotundo y hay que hablar, por tanto, de una historia con una heroína sufriente —y en mayor grado aún, por su enfermedad— y unos villanos que la acechan para utilizarla a su antojo?

Henry James, pintado por Jacques-Emile BlancheComo siempre en James, es el lector el que debe ordenar, incluso interpretar, el cúmulo de episodios y sensaciones que se ponen a su alcance. Por ejemplo, si en principio parece Kate Croy el personaje más frío y reprobable de la intriga, hay que convenir en que James, con ecuanimidad, se encarga de hacérnosla muy comprensible comenzando la historia por el minucioso dibujo de su deprimente entorno familiar. Un padre de considerable encanto personal pero cuya reputación quedó degradada por algún turbio asunto que, por supuesto, nunca se hace explícito; una madre que se vio obligada a separarse de él con gran infelicidad; una hermana mayor que hizo una boda muy humilde y que, ahora viuda y resentida por las circunstancias de su vida, se empeña en aleccionar a la menor sobre lo que de ningún modo debe hacer; y una tía, también viuda, pero rica y muy clasista, que la ha tomado bajo su tutela pero que le deja bien claro que es bajo sus condiciones, entre las cuales, por supuesto, no está entregarla a un pelagatos como Densher, por agradables que sean sus dones personales.

La mezquindad familiar que rodea a Kate y su convencimiento de que, en buena medida, es la falta de dinero lo que acaba degradando la posibilidad de huir de ella es lo que la mueve a organizar todo su plan. Ahora bien, tratándose en apariencia de un personaje tan frío y calculador, que nunca dice una palabra de más ni estalla de ira ante los obstáculos que la vida pone en su camino, Henry James consigue impregnarlo de una incontenible pasión. En ese dibujo, James acaba denotando una gran admiración por su criatura (lo cual se aprecia en el final de la historia, al que luego iré), lo cual no quiere decir que la disculpe ni mucho menos que se lo ponga fácil, sino bien al contrario. Sin la menor duda, Kate es el auténtico motor de la novela… aun cuando todas sus acciones parezcan tenues y, a partir de determinado momento, ya deba contentarse con esperar, en la distancia, a que todo salga bien. Por otro lado, de ningún modo es un personaje perverso: es lícito que el lector piense que ella quiere de verdad a Milly; que, en el fondo, al cederle temporalmente a su amado, le está rindiendo un servicio.

Por su parte, Merton Densher es, en efecto, un joven agradable y con principios morales pero cuya característica principal es la debilidad de su voluntad. Así, perdidamente enamorado de Kate, aceptará, pese a su escaso entusiasmo, participar en el engaño que ésta le transmite a Milly: que, si es cierto que el joven la ha pretendido, ella de ninguna manera lo ama. En la segunda mitad de la novela, a partir del momento en que la «acción» pasa a Venecia y Densher se convierte en el foco central de la historia, el lector advierte el tremendo sufrimiento que le produce esa situación, cuyo único momento de consuelo es la concesión por parte de Kate —pues prácticamente la somete al chantaje de que si no le da esa garantía de su completa entrega no seguirá con el cerco de Milly— de un encuentro sexual en sus habitaciones personales. (El maduro y pudoroso Henry James se muestra especialmente admirable en la narración de este episodio que es el lector el que debe comprender en todas sus implicaciones, pues de su prosa no sale la menor puntualización concreta de su exacta naturaleza.)

Todas las personas que rodean a Milly —y aun intrigando a sus espaldas— la califican todo el tiempo de «extraordinaria», y no hay que llamarse a engaño: la estiman, la quieren, les rinde la luminosidad de su carácter. Ahora bien, ni siquiera sobre este símbolo de la inocencia y la claridad renuncia James a ejercer su opción hermética. Cuando los acontecimientos están ya próximos a acelerarse, en Venecia, el autor ejerce su opción de llamar a escena al personaje que estime oportuno, y Milly dejará de aparecer personalmente cuando todavía quedan más de cien páginas de novela. Y sin embargo —esto solo los grandes son capaces de hacerlo—, nunca como entonces la muchacha es un personaje más vívido, más presente en cada uno de los rincones del libro, con consecuencias que solo en el final comprenderemos del todo.

[Quien no conozca el final de esta magnífica novela debe dejar de leer justo aquí]

Los protagonistas de la versión cinematográfica de Las alas de la paloma

La parte final transcurre en una Venecia de atmósfera terriblemente mortuoria —en este aspecto coincide con otro gran relato de James, Los papeles de Aspern, que delata el significado moral que para el autor tenía, a esas alturas de su vida, esa ciudad de los canales que durante mucho tiempo había amado tanto. Pues ahora la asociaba a la muerte en extrañas circunstancias (seguramente, suicidio) de su amiga la escritora norteamericana Constance Fenimore Woolson, la cual, según los biógrafos del escritor, estaba enamorada de él y sobre cuyo solitario destino parece que él sintió alguna responsabilidad, por pensar que la había dejado a su suerte. Las idas y venidas de Densher por las húmedas calles, sus desalentadores paseos por la piazza de San Marcos, su anhelo de Kate y, sin embargo, su necesidad de saber de Milly, conforman algunas de las páginas más bellas que James nunca escribió y que traducen el mismo estado de ánimo del escritor ante esa ciudad antes tan amada y ahora asociada a sensaciones tan deprimentes.

Como era de temer, el final es desolador. ¿Acaso podía esperarse que los personajes no salieran irremediablemente tocados de su audaz apuesta? La escena final es una tristísima conversación entre Kate y Densher, en Londres, cuando ya hace meses que Milly ha muerto… sin que el joven la hubiera vuelto a ver después de que, por fin, la muchacha norteamericana fuese informada de la verdad. Y sin embargo, «extraordinaria» hasta el final, en su fabulosa herencia ha dejado a Densher una cantidad suficiente para garantizar la completa y anhelada independencia de la pareja. ¿Qué se opone a su felicidad? El obstáculo es la misma muchacha que parece haber permitido su definitiva unión. Sin que él tenga que decir nada, es más, afirmando él de modo tajante que se casará de inmediato con Kate —la única condición la impone su conciencia, firme por fin y decidida a no permitir que parezca demasiado tarde, como sin duda es: renunciar al dinero de Milly—, la joven advierte que lo ha perdido: que en la muerte, Milly ha conseguido lo que en vida fue un mero espejismo, una ficción, una (hay que decirlo con claridad) trampa más o menos bienintencionada. Las alas de la paloma han envuelto irremisiblemente a Densher y Kate descubre cómo se lo llevan con él, aunque el honor del muchacho lo impulse a querer cumplir su palabra de boda. Solo que el orgullo de Kate le impide aceptarlo así: y en la renuncia final (una vez más, no es el joven quien decide, sino Kate) hay un sublime gesto de pasión irrenunciable que hace aún más admirable a este personaje que lo juega todo, incluso parecer un ser abominable, y lo pierde todo.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Nuevas ediciones de Henry James: Lo que sabía Maisie y Las alas de la paloma

  1. miguelito666 dijo:

    La traducción de “Lo que sabía Maisie” es de Miguel Ángel Pérez Pérez. Saludos.

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