Tres versiones siniestras de Caperucita y el lobo: de El cebo a El juramento

El cebo (1958), de Ladislao VajdaEn las historias del cine español figura con especial relieve una película que, sin embargo, a nivel popular, carece de renombre. Se trata de El cebo (1958), una coproducción con Suiza cuyo prestigio crítico es alto, y que en su día dirigiera el mismo director de Marcelino Pan y Vino, o sea, el húngaro afincado en España Ladislao Vajda. La trama de El cebo, para quien no la conozca, resultará insólita para una película de aquella época, justo anterior al famoso desarrollismo de la etapa franquista: un policía a la caza de un asesino de niñas pequeñas, esto es, de lo que hoy llamaríamos (y en inglés, que queda mejor) un serial killer, lo cual hará contra viento y marea, y en especial contra la opinión de sus superiores, que ya creían haber cerrado el caso con la detención (y muerte posterior, por suicidio) de un sospechoso para ellos «ideal». Lo insólito, claro, radica en que ese tipo de tramas eran completamente imposibles de encontrar en un régimen donde «esas cosas no pasaban», y de hecho hay algo de trampa, pues la acción, los personajes y, las cosas como son, la identidad general de la película se corresponden con el otro país coproductor, Suiza, y más en concreto con la tradición y formas del cine germano (el original se sitúa en la parte alemana de la confederación y está interpretado en alemán). En cualquier caso, ahondar en las circunstancias de El cebo es una cuestión de lo más interesante porque enseguida se descubre que el autor de la historia original fue el relevante novelista y autor dramático Friedrich Dürrenmatt, quien rápidamente la convirtió en un relato no muy extenso (pero con importantes modificaciones sobre la película), La promesa, que a su vez acabó siendo llevado otra vez al cine, con mayor literalidad: en Hollywood, constituyendo curiosamente una de las ocasiones en que el actor Sean Penn se ha puesto detrás de las cámaras, El juramento (2001). Como siento un especial interés por las relaciones entre cine y literatura a través de las adaptaciones que se hacen de un medio al otro, voy a comentar este caso, de especial interés por cuanto no es exactamente un relato literario previo lo que se lleva al cine, sino que el autor de la historia original realiza una «corrección» literaria a una obra cinematográfica con la que, parece evidente, no debió de quedar muy satisfecho.

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El dios del trueno en el cine: Thor y Thor. El mundo oscuro

Thor. El mundo oscuroLas películas de Marvel Studios obligan a quedarse después de los títulos de crédito —esos aburridos letreritos que antes salían al inicio de la película y ahora, para no molestar, lo hacen al final—, porque encierran una sorpresa: una secuencia extra que, más que rematar la historia ya concluida, lo que hace es anticipar alguno de los siguientes proyectos del estudio, ofreciendo un simpático guiño a los aficionados que refuerza la noción de continuidad que, a imagen de los tebeos, se está intentando ofrecer con las películas desde que, en 2008, con el primer Iron Man, la editorial consiguió por fin dotarse de su propia línea cinematográfica. Pues bien, sin duda el más impactante de estos anticipos finales lo contenía Iron Man 2 (2010). En el fondo de un cráter, provocado sin duda por un tremendo impacto contra la superficie, aparece nada menos que un martillo enhiesto sobre la tierra. Un martillo muy reconocible, por su encordadura y su macizo aspecto rectangular: Mjolnir, el martillo de Thor, el dios del trueno.

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Mundos virtuales más allá de Matrix

Matrix y otros mundos formados por númerosPertenezco a una generación que ha asistido con asombro al increíble desarrollo de los efectos especiales, desde su creación del modo más artesanal al triunfo de los efectos digitales. En cine, llegué a ver la última película del mago Ray Harryhausen, el genio de la stop motion, con sus entrañables criaturas animadas paso a paso, o sea, Furia de titanes (1981). Enseguida, las maquetas que daban vida a las naves espaciales de la primera trilogía de La guerra de las galaxias ya me parecieron el colmo de la magia. La hiperrealista ambientación del Los Angeles de un futuro que ya casi pronto lo convertiremos en pasado, en Blade Runner (1982) me dejó pegado primero a la televisión, la primera vez que vi esta película, y después a la sala de cine cuando se reestrenó. Pero sin duda ha sido la aparición de la CGI (Imagen Generada por Computador), o animación digital, lo que ha producido la definitiva revolución, acabando casi con el término «efectos especiales»… porque su realismo ya es completo. Esto sucedió con dos sagas estrenadas con el cambio de siglo. Una, la de El Señor de los Anillos, de Peter Jackson, que cambió el concepto de escenario, haciendo parecer real cualquier paisaje o ciudad. La otra, la saga Matrix, de los hermanos Wachowski, con esa increíble manipulación del tiempo y el espacio en las escenas de acción.

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Tiburón: no confundir el clasicismo con los tópicos

Tiburón, de Steven SpielbergSomos muchos los amantes del mar que compartimos un momento muy delicado de nuestro pasado acuático: el verano en que, siendo pequeños, vimos Tiburón… y bañarse en «lo hondo» ya no pudo ser lo mismo. Las estadísticas y los artículos de prensa de la época lo confirman: el impacto de la película de Spielberg fue grande entre los bañistas. Yo vi la película en una sesión organizada en mi colegio y, como es lógico, la chavalería que abarrotaba la sala jaleó todas y cada una de las apariciones en pantalla del enorme escualo. Ah ese calorcillo humano que nos damos todas las multitudes cuando compartimos una experiencia gregaria. Pero después, en la playa, sin los compañeros, la cosa ya no era tan divertida… En fin, sirva toda esta introducción en plan batallita para asegurar que Tiburón es una película a la que le guardo un inmenso cariño. Sin embargo, su revisión reciente me ha desmontado muchísimo el recuerdo que yo le tenía como un film excelente. En general, es una película que suele valorarse bastante dentro de la filmografía de Steven Spielberg, de quien constituyó su primer gran éxito, y de hecho he leído más de una crítica que la alaba como un ejemplo perfecto de película moderna de digno aroma clásico. Pues bien, y como digo en el título del comentario, no debemos confundir el clasicismo de verdad, incluso el noble concepto de arquetipo, con el de tópico puro y duro… que, desgraciadamente, es lo que, a mi juicio, compone este Tiburón. Con todo, eso no impide que le siga teniendo cariño a esta película, como se lo debemos tener a todas aquellas historias que una vez fueron importantes en nuestra vida, sobre todo en esos años más inocentes que son los de la infancia o la adolescencia.

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Charlton Heston, labrado en piedra

Charlton Heston, el inolvidable Ben-HurLeí en alguna ocasión que el rostro de Charlton Heston parecía labrado en piedra: esa mandíbula poderosa, tremenda, esa frente alta, vigorosa, esos pómulos cincelados. La fuerza en estado bruto. Pero unos ojos azules en mitad del rostro que, de pronto, dulcifican unos rasgos que pareciera que su estado natural es la furia, contenida o arrebatada. No era extraña esa imagen del rostro en piedra. Bien al contrario, suponía una metáfora acerca del tipo de personajes que le hicieron popular: personajes extraídos de las páginas de la Historia o de la Biblia, nunca de la vida cotidiana (¿se imagina alguien a Heston haciendo de honrado padre de familia que tiene que ir todos los días a un trabajo vulgar y luego se desahoga tomando una cerveza con los amigotes en el feo bar de la esquina?). Por supuesto, ese encasillamiento acabó forjando sobre él la imagen de un actor unidimensional, nada cercano, la clásica estrella artificial que solo tiene sentido en determinado momento y en determinadas películas, que en su momento todo el mundo ve pero que años después casi todos desprecian. Sin embargo, yo tengo a Charlton Heston por uno de los grandes actores del Hollywood clásico. Un actor bien incrustado en un modelo interpretativo, para mí el genuino del cine norteamericano, el que dio forma a los más grandes. Un actor que basa su fuerza dramática ante todo en la presencia, en su capacidad para llenar el plano de tal modo que su personaje, cualquier personaje, no puede evitar verse moldeado por esa presencia, por ese carisma.

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En las montañas de la locura, de Lovecraft: el horror se esconde en la Antártida

La revista pulp donde se publicó En las montañas de la locuraEscribió Michel Houellebecq que los escritos de Howard Phillips Lovecraft persiguen un único objetivo: llevar al lector a un estado de fascinación. No sé si En las montañas de la locura es el mejor relato de Lovecraft, pero a mí sí me parece el más fascinante. El solitario de Providence escribió varias veces el mismo tipo de planteamiento que mueve la presente historia: el espantoso descubrimiento de la existencia, insospechada hasta entonces pero no obstante sugerida por viejos y espantosos libros desechados como horrores ocultistas, de que la vida en la Tierra posee un pasado mucho más remoto del que se cree, cuyo protagonismo correspondió a increíbles seres procedentes del espacio, que tendrían que haber desaparecido hace eones del planeta pero que están todavía agazapados, esperando en algún momento su reaparición. Es el planteamiento de relatos como La llamada de Cthulhu o La sombra de otro tiempo. Pero En las montañas de la locura posee algo que no poseen los otros, y que es lo que le proporciona esa sensación de horror sagrado, de misterio preternatural que, verdaderamente, descorre un velo que no debiera haber sido descorrido: una ambientación absolutamente genial en las vastas soledades de la Antártida.

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Un juvenil pastiche lovecraftiano: El habitante del lago, de Ramsey Campbell

El habitante del lago, por Ramsey CampbellInfinita es la progenie desatada por la obra de Howard Phillips Lovecraft, sin duda el escritor de terror más influyente del siglo XX, que murió sin que su nombre fuera conocido más allá de un círculo de entusiastas amigos y discípulos que lo veneraban y que, sin embargo, si ya en vida había conseguido que sus creaciones de ficción fueran adoptadas por aquellos, tras la muerte daría origen a un verdadero culto sin cuya influencia es difícil entender el devenir del género, no sólo en la literatura sino también en el cine. Lovecraft es uno de los pocos autores de terror que ha dado origen a un adjetivo que encierra una descripción literaria, lo lovecraftiano, del mismo modo que existen lo dantesco, lo dickensiano o lo kafkiano. Tuvo la suerte de tener un discípulo que asumió la labor de difusión de la obra del Maestro como si del sumo sacerdote de un culto esotérico se tratara: August Derleth, que creó una editorial con el propósito de poder dedicarse a esa propagación, Arkham House, y que no solo revitalizó las ediciones de Lovecraft sino que animó a sus seguidores a continuar aportando historias al universo urdido por el escritor. De hecho, él mismo daría ejemplo elaborando un vasto cúmulo de ficciones (algunas de ellas a partir de argumentos o esbozos que Lovecraft dejó inconclusos) y organizando incluso la particular «monsteriología» ideada por éste (de modo excesivamente clarificador, en mi opinión).

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Mujeres de carácter en el western: Encubridora y Johnny Guitar

Curioso y trepidante cartel de Johnny Guitar¿Hay un papel para la mujer en el western? El gran Sergio Leone, el hombre que reformuló el género en Italia, señalaba que solo eran un estorbo, pero incluso él dejó en cine al menos un personaje femenino inmortal, el que encarna Claudia Cardinale en Hasta que llegó su hora (1968). Es cierto, sin embargo, que en el western clásico, el que simboliza Hollywood entre los años 30 y los inicios de los 60, la mujer apenas si juega otro papel que el de descanso del guerrero, el de prostituta (o chica de mala reputación) o el de víctima inerme de continuos peligros (indios o pistoleros, qué más da). Siempre hay excepciones, por supuesto, y quiero hablar de dos de ellas. De dos estupendos personajes de mujeres a contracorriente en el western, de dos fantasías femeninas concebidas, claro, por hombres y para hombres. Se trata de Altar Keane y de Vienna, las dos protagonistas de esos dos raros westerns que son Encubridora (1952), un poco conocido trabajo del gran Fritz Lang, y Johnny Guitar (1954), éste por el contrario un film legendario del que parece imposible poder decir algo que no esté trillado. Dos mujeres que reinan sobre universos masculinos, o que creen reinar cuando resulta más fácil destronarlas de lo que ellas, tristemente, pensaban. Dos mujeres diferentes, cuya independencia acaba deviniendo trágica, que sin pretenderlo arrastran la muerte consigo y que, por tanto, son símbolos eminentes del eterno femenino en su sentido más fatalista.

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Las memorias de Elias Canetti

Elias CanettiUna de las primeras hazañas literarias de las que me sentí orgulloso fue la lectura de la espléndida novela de Elias Canetti Auto de fe, descubierta en la selección de clásicos del siglo XX que Mario Vargas Llosa realizó para el Círculo de Lectores bajo el título de Biblioteca de Plata. No pude resistirme: Auto de fe es uno de estos libros a que me refería en uno de mis primeros comentarios en este blog, que contienen un inicio tan deslumbrante que obliga a ir más allá de su primera frase o de su primera página. La lectura, eso sí, fue trabajosa: para alguien todavía acostumbrado a historias de argumento muy delimitado, esta entraba de lleno en la categoría de lo «difícil». Cuando fui en busca de su siguiente novela, descubrí sorprendido… que no existía. ¿Era Canetti autor de un solo libro? No, pero no volvió a escribir ninguna otra ficción novelesca. Escribió obras de teatro (tres), apuntes y aforismos y, en especial, soñó con la inmortalidad en el campo del pensamiento gracias a Masa y poder, a la que dedicó más de tres décadas y que él consideró siempre el gran trabajo de su vida, aquél por el que verdaderamente sería recordado. Sin embargo, si no existieran esos dos libros centrales de su obra, todavía tendríamos derecho a considerarlo uno de los grandes escritores del siglo XX gracias a sus inolvidables memorias.

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Taxi Driver: presunto viaje al corazón del infierno urbano

Cartel español de Taxi DriverAnte Taxi Driver, creo, no caben posturas intermedias: es una película que se ama o se detesta, o se sucumbe a su fascinación o fastidia profundamente, en especial si alguna vez uno también se ha dejado enredar por sus claves hipnóticas (que es indiscutible que tiene). Sólo por ello ya destacaría en la filmografía de Martin Scorsese, para mi gusto uno de los directores más sobrevalorados del cine moderno. Si en otros títulos me cansa la evidente pretensión del autor de querer decirnos en casi cada plano lo genial que se considera, en Taxi Driver, incluso en sus peores momentos, se advierte todavía una espontánea sensación de que el cineasta está desbrozando un camino, su camino, aunque se equivoque en la senda. Se advierte todavía a un director que no ha encontrado una fórmula (aplaudida además), sino que se esfuerza en buscarla, en afirmar su propia personalidad. Es una película, sin duda, torpe y balbuceante, por mucho que la aparente seguridad de su dirección enmascare tales defectos. Y que se beneficia de varios elementos, el primero de los cuales es, sin duda, esa atmósfera de sordidez nihilista que bañaba el cine policiaco de la época, al que, en gran medida pertenece la película. La coetánea urbe sucia y malsana que retrata con complacencia la cámara de Scorsese responde al mismo aroma estético y moral que muestran films como Contra el imperio de la droga (1971, William Friedkin) o San Francisco, ciudad desnuda (1975, Stuart Rosenberg), trátese de la megalópolis que se trate: es una cuestión de mirada, y el thriller americano de los setenta tuvo una mirada intensamente crítica y personal. Ahora bien, el problema es: ¿qué quiere contarnos Taxi Driver?

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El poderoso Thor: los dioses nórdicos convertidos en superhéroes

El Thor de Lee-Kirby, en PaniniEl enorme interés que siempre he sentido por la mitología nórdica no me lo transmitió la lectura directa de las sagas vikingas, ni la activa difusión que Borges siempre hizo de la literatura escandinava, ni siquiera el descubrimiento del gran escritor islandés Snorri Sturlusson, gran difusor de sus mitos. No; se lo debo a un tebeo de superhéroes. Un tebeo de la Marvel, que supongo que también fue la puerta de entrada a Asgard y sus habitantes para muchos otros de mi generación. Me refiero a The Mighty Thor, o sea, El poderoso Thor, serie y personaje creados por el gran dúo generador de la mayor parte de los personajes más reconocibles de la editorial, el guionista Stan Lee y el dibujante Jack Kirby. Está a punto de estrenarse el segundo film que a dicho personaje está dedicando el estudio de cine de la editorial, Thor. El mundo oscuro (2013), y con este motivo Panini, la editorial que posee los derechos españoles de Marvel, ha comenzado ya una ofensiva de publicaciones destinada a exprimir en lo posible el acontecimiento. Lo cual hay que celebrar, porque se anuncian nuevas ediciones, con mejor calidad, de algunas de las mejores etapas de la colección del dios del trueno, empezando precisamente por la inaugural. Un precioso tomo, compuesto por casi 700 páginas de tebeo, hace ya un par de semanas que se encuentra en las librerías, bajo el sugerente título de «En mis manos… este martillo». De su mano, vamos a repasar las circunstancias de la creación de Thor.

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Las dos muertes en Venecia, de Thomas Mann a Luchino Visconti

Muerte en Venecia, de Luchino ViscontiHay que reconocer que el cine es, entre otras muchas cosas, una puerta de acceso a la literatura. Y lo es en razón de su mayor accesibilidad, de que se consume de modo más rápido una película que un libro (salvo que sea un relato), de que es una rápida enciclopedia de datos culturales que permite saber sobre literatura sin tener necesidad de haber leído mucho (¿cuántos hablan con familiaridad sobre un libro porque han visto en cine su adaptación?). Debo al cine haber conocido a muchos autores, haber sentido curiosidad por muchas obras, con independencia de que en unos casos luego prefiriera la película a la novela, siempre con la esperanza de que ambas tuvieran su propia personalidad y se complementaran. Caso que, por desgracia, se produce pocas veces: que no solo estén a la misma altura artística sino que la adaptación se proponga hacer algo más que avanzar por la senda ya propuesta del original; pongo por ejemplo los dos inmortales Solaris, la novela de Stanislaw Lem y la película de Andrei Tarkovski. Pero un lugar común de quienes comparan cine y literatura es decir, normalmente con gesto de suficiencia, que «el libro, por supuesto, es mucho mejor». Disiento de esto porque hay de todo, pero, en fin (y de ahí tanta enojosa justificación previa…), ahora voy a hablar de un caso en que es así: que la novela es espléndida y la película, todo lo contrario, una mediocridad, pese a que, en general, esta última tenga la reputación de obra maestra. Me refiero a Muerte en Venecia, primero del gran novelista alemán Thomas Mann y después del sobrevalorado director italiano Luchino Visconti.

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Salvar al soldado Ryan: ¿denuncia del absurdo de la guerra o apología del buen soldado?

Salvar al soldado RyanDesde sus primeras imágenes, Steven Spielberg se encarga de dejar bien claro que su propósito con Salvar al soldado Ryan es el mismo que el que emprendió en el film que le sirve de referente más directo, La lista de Schindler (1993). Si este título pretendía ser la película del Holocausto, aquél aspira a ser la película de la Guerra. Y lo cierto es que parte de un planteamiento estupendo. No por original, pues ya se había hecho sobradas veces: la guerra es un escenario en el que acaban dando igual las motivaciones nobles o las razones superiores de un bando sobre otro; al final, solo queda espacio para la inhumanidad, para la barbarie, para la muerte. Sino porque el argumento escogido subraya aún más esta condición, dejando bien claro que, en esas condiciones, el intento de invocar el humanitarismo —ya sea por calculada propaganda o por ingenua buena intención— no es sino un modo absurdo de recalcar esa completa deshumanización. En este caso, un comando de hombres que acaban de jugarse la vida en las playas de Normandía (sobreviviendo a una masacre dantesca: particularmente, esta película abre los ojos acerca de la pura condición de carne de cañón que tienen los combatientes de a pie en toda guerra) es enviado al rescate de un soldado que está perdido al otro lado de las líneas, pues es el único superviviente (o se espera que lo sea) de cuatro hermanos, tres de los cuales ya han perdido la vida. El alto mando, así, quiere devolvérselo sano y salvo a su madre, asumiendo que la familia ya ha pagado sobradamente el «tributo de sangre», para remarcar así de este modo que los hombres que luchan por América son algo más que números de una estadística.

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El doblaje: ¿arte o mímesis?

Realidad y polémica del doblaje

El puesto de trabajo de un actor de doblajePara la inmensa mayoría de espectadores de cine o series de televisión, el doblaje es la labor técnica imprescindible para poder consumir en su propio idioma las producciones habladas originalmente en lengua extranjera; para una descompensada minoría, es una poética. Para los primeros, sería el equivalente a la traducción literaria. Para mí, el doblaje es la entrada a un territorio mágico, que permite la existencia de dos películas. Una es la original, claro, en su propio idioma; otra, la recreada por unas voces españolas que no era únicas para cada actor y personaje, sino que pasaban de unos a otros, despertando unas evocaciones en la memoria, unas expectativas, unas asociaciones, que creaban un universo de indescriptible belleza sonora (hay que añadir el trabajo de unos traductores que no maltrataban el idioma). Ese universo hoy casi me parece una burbuja que, claro, acabó estallando en la mediocridad actual, más que nada porque era irrepetible: porque respondió a un estilo interpretativo perdido, a unas condiciones de trabajo que valoraban la calidad a la rapidez, a una generación de actores que, desde la oscuridad, derramaron sueños sobre generaciones de españoles a los que su vida cotidiana no debía parecerles, en lo peor del franquismo, precisamente ensoñadora.

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Vencedores o vencidos: jueces que aceptan ser verdugos

Vencedores o vencidos, o El juicio de Nuremberg

¿Dónde se encuentran los límites del patriotismo debido, de la lealtad institucional, y dónde los de la pura humanidad? Esa es la pregunta que plantea Vencedores o vencidos, título sin duda imponente pero un tanto tendencioso que tapa el original que, sencilla y explícitamente, es El juicio de Nuremberg. Pues este episodio es el que aborda esta excelente película, que en mi opinión es uno de los mejores ejemplares de cine histórico realizado en Hollywood: porque, sin renunciar a la capacidad narrativa del buen cine comercial norteamericano, plantea una interesante mirada sobre el proceso a unas ideas, unos hombres y una época que nunca, por desgracia, perderán actualidad. Lo hizo, además, bajo una apasionante mezcla de cine-espectáculo y cine-documento, que comienza por una impresionante reunión de grandes estrellas de su época, cada una en un papel espléndido —¡aunque quien ganó el Oscar al Mejor Actor fue el menos conocido de todos, el joven actor austriaco Maximilian Schell!—, pero todos impecablemente sujetos a las necesidades de su personaje, que a unos los obliga a un lucimiento extravertido y a otros a una notable contención expresiva. Por encima de todo, Vencedores o vencidos es un buen ejemplo de ese concepto del cine que tuvieron cineastas como su gran impulsor, el productor y director Stanley Kramer, impulsados por un sentido de la responsabilidad moral que no tuvo por qué claudicar (casi) nunca al mero sermón para buenas conciencias.

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