Las memorias de Elias Canetti

Elias CanettiUna de las primeras hazañas literarias de las que me sentí orgulloso fue la lectura de la espléndida novela de Elias Canetti Auto de fe, descubierta en la selección de clásicos del siglo XX que Mario Vargas Llosa realizó para el Círculo de Lectores bajo el título de Biblioteca de Plata. No pude resistirme: Auto de fe es uno de estos libros a que me refería en uno de mis primeros comentarios en este blog, que contienen un inicio tan deslumbrante que obliga a ir más allá de su primera frase o de su primera página. La lectura, eso sí, fue trabajosa: para alguien todavía acostumbrado a historias de argumento muy delimitado, la novela de Elias Canetti entraba de lleno en la categoría de lo «difícil». Cuando fui en busca de la siguiente novela de Canetti, descubrí sorprendido… que no existía. ¿Era Canetti autor de un solo libro? No, pero no volvió a escribir ninguna otra ficción novelesca. Canetti escribió obras de teatro (tres), apuntes y aforismos y, en especial, soñó con la inmortalidad en el campo del pensamiento gracias a Masa y poder, a la que dedicó más de tres décadas y que él consideró siempre el gran trabajo de su vida, aquél por el que verdaderamente sería recordado. Sin embargo, si no existieran esos dos libros centrales de su obra, todavía tendríamos derecho a considerarlo uno de los grandes escritores del siglo XX gracias a sus inolvidables memorias.

Bajo el subtítulo de Historia de una vida, se dividen en tres libros, publicados en el espacio de ocho años, en medio de los cuales obtuvo el Nobel. Se llaman La lengua salvada (1977), La antorcha al oído (1980) y El juego de ojos (1985)1. Hay un cuarto volumen, publicado hace unos pocos años bajo el título de Fiesta bajo las bombas, ya con el autor trasladado a la ciudad donde viviría casi todo el resto de su existencia, Londres, pero al que no dio forma definitiva, de tal modo que es un conjunto de apuntes, fragmentos y notas. Hay que señalar, además, que Canetti dejó dispuesto, a su muerte, que sus diarios, guardados en Zúrich, no pudieran salir a la luz hasta el año 2024.

En el prólogo a la edición de Galaxia Gutenberg, el crítico Ignacio Echevarría señala que el origen de la obra estuvo en su deseo de ofrendar a su hermano menor Georges, médico en París, una crónica familiar. Muerto el hermano sin llegar a ver siquiera el primer libro, Canetti lo convirtió en un apasionante análisis-espejo de la memoria, de su memoria, de la formación de su personalidad, de su concepto del mundo y de su propia misión intelectual, cuestión esta última que impregna el libro casi desde sus páginas iniciales, y que revela, bien claro, el elevado concepto que el autor tenía de sí mismo.

La trilogía canettiana, en su edición alemana

Cuando uno busca información sobre Canetti, se encuentra con un primer problema: ¿bajo qué identidad debemos encuadrarlo? Canetti nació en una ciudad de la que nunca habría sabido de no ser su cuna: Rustschuk, ahora Ruse, una población búlgara situada sobre el Danubio (desde su orilla, se podía ver Rumania, justo al otro lado del río). ¿Fue Canetti búlgaro? En realidad, su primera identidad —si podemos hablar de identidad en un hombre que vivió en tantos sitios y que escribió en una lengua adquirida a los ocho años, el alemán— fue la que recibió en el seno familiar: Canetti pertenecía a la minoría sefardí, siendo su lengua materna el ladino, por tanto, una variante arcaica del español, conservada por los judíos expulsados de España en 1492 (parece ser que Canetti es una transformación del apellido Cañete). Por otro lado, la familia mantenía el pasaporte turco que señalaba la protección que la Sublime Puerta había ejercido sobre las familias judías durante los largos años del imperio otomano.

Sus padres se trasladaron a Inglaterra en 1911 y allí el pequeño Elias aprendió un nuevo idioma, el inglés, en el que haría las siempre fundamentales lecturas de la niñez. La muerte inesperada del padre, dos años después, hizo que la madre decidiera trasladarse a Viena, la ciudad donde la pareja se había conocido y que para ella era el centro del mundo. Para asegurarse de que su hijo iniciaba la nueva vida con todas las ventajas, lo obligó a aprender el alemán, en unas breves semanas y bajo un método cuya incomprensible dureza todavía afectaba al autor en su ancianidad, como indica el relato del episodio. Este sería ya el idioma del resto de su existencia, y el que lo haría ingresar en el olimpo de las letras. Lo cual no quiere decir que ahí acabaran las vueltas de su vida: de Viena a Suiza, durante la Gran Guerra, de ahí a la alemana Francfort, donde vivió la tristemente célebre crisis de la devaluación del marco, y luego de regreso a Viena, a los 19 años, de donde ya se vería obligado a irse definitivamente en 1938, con los nazis dueños del país. Marchó a Londres, donde fijaría su residencia más alargada, hasta que en 1988 regresó a Zúrich, la amada ciudad de su adolescencia. Allí moriría en 1994. Trece años antes, en 1981, había obtenido el Premio Nobel de Literatura.

La lengua salvada aborda el periodo comprendido entre 1905 y 1921, es decir, los fundamentales años de su infancia y su juventud, sus años de formación personal, que en Canetti también se corresponden con la intelectual. Y ello por una razón asombrosa: el niño y adolescente Canetti de este libro razona y se comporta como un hombre de una madurez muy superior a la que, en teoría, debió de tener. Es claro que el Canetti sexagenario que redacta y publica estas primeras memorias se traslada, gracias a la magia combinada de los recuerdos y de la retrospección literaria, al mundo de su infancia con la voz del lúcido anciano que entonces es. Pero el efecto, si es extraordinario, lo es porque en ningún momento creemos que haya dos Canettis: el que crece entre Bulgaria y Suiza, pasando por Inglaterra y Austria, y el muchas décadas mayor que se hispotasía en su antigua encarnación. No: en todo momento, estamos ante el niño Canetti, porque la suprema convicción literaria del autor hace creíble a ese niño que parece adulto antes de tiempo.

Edición alemana de Auto de feUn detalle muy significativo de estas memorias, que resplandece desde la primera entrega, es que Canetti nunca intenta inspirar simpatía sobre sí mismo, ni siquiera de niño. Es evidente que el autor debió tener bien claro, desde muy pronto, que no era hombre capaz de agradar porque sí a los demás, ni debió intentarlo mucho. Cuando narra las ásperas conversaciones con su madre, las duras reprensiones que le formula (¡siendo un mocoso de once años!), Canetti no ignora que lo más probable es que el lector se identifique con ella y no con él. Es más, cuando aborda el primer caso de antisemitismo que padece en su vida, en su etapa escolar en Zúrich, reconoce que en buena medida se debió a la antipatía personal que despertaba su actitud de escolar sabihondo entre profesores y compañeros.

La lengua salvada, más aún que los otros libros, se deja leer como una novela, la historia de la formación de un hombre desde su edad temprana, de acuerdo con ese género que los alemanes llaman Bildungsroman, o novela de aprendizaje. El autor narra con minuciosa escrupulosidad su nacimiento a la literatura, de la mano de su padre y los libros juveniles en lengua inglesa que éste le regalaba semanalmente, pero sobre todo la aparición de una conciencia profundamente crítica en la que resulta fundamental el episodio de la muerte de su progenitor: más de sesenta años después de haberse producido, las páginas denotan la profunda tristeza y conmoción que le produjo la pérdida del ser que más amaba en el mundo.

Pérdida que, sin embargo, para el lector es fortuna: pues hace que pase a un primer plano el que sin duda es el personaje más inolvidable de las memorias. La madre, Mathilda Canetti, de soltera Arditti, tomada bajo la protección del hijo desde el primer momento (y de modo literal, ya que impide que, en el momento culminante de su desesperación, se arroje por la ventana), y con la que mantendrá una fascinante relación a lo largo de todos esos años, hasta el momento en que, con la llegada de la juventud y los años de universidad, se libre de la cadena emocional que había trazado desde la muerte del padre.

La relación madre-hijo es difícil de describir en unas pocas palabras. Canetti se tropezó, en la Viena de sus años jóvenes, con el reinado de Freud en el terreno del pensamiento, y señala el profundo fastidio que le producía la vulgarización de sus hallazgos y de sus términos. Sin embargo, el lector no puede sino tenerlo muy en cuenta ante la particular crónica de esa relación madre-hijo, que posee, en su infancia, unas profundas connotaciones edípicas que no intenta ocultar: de hecho, Canetti señala abiertamente el odio que siente hacia todo aquel presunto pretendiente que se acerca a ella, así como su fiera oposición a todo proyecto familiar de volver a casarla. Pero, sobre todo, nos hallamos ante un singular duelo de personalidades entre dos seres con profunda inclinación hacia el dominio, con una insobornable independencia moral y crítica que los lleva a chocar de modo muy duro pero también a estimularse mutuamente con su confrontación. Desde luego, si algo indican las páginas de La lengua salvada es que, sin la presencia de Mathilda, el rico juego intelectual que caracteriza la personalidad de Canetti difícilmente habría podido desarrollarse.

La antorcha al oído aborda el periodo de juventud de Canetti, comprendido entre 1921 y 1931, es decir, entre sus dieciséis y sus veintiséis años de edad, aquellos en los que, de modo definitivo, adquiere su identidad intelectual y comienza a construir el mundo mental y literario por el que será conocido. Es una década que transcurre principalmente en Viena, con tres años iniciales en Frankfurt y unos meses en Berlín (en 1928, donde conoció a gente tan fundamental como Bertolt Brecht o Isaak Bábel). Años en los que inicia estudios universitarios de química que luego abandonará y que vienen marcados por la influencia de Karl Kraus, uno de las más eminentes figuras austriacas del primer tercio del siglo, y director, redactor y escritor único de una revista, Die Fackel (La Antorcha) a la que se refiere el título del libro.

El incendio del Palacio de Justicia, conmoción para Canetti del efecto de la masaEn este volumen, el autor ya hace centro de su atención la fascinación que siente por el concepto de masa, «el enigma de todos los enigmas». Canetti, coetáneo de esos grandes fenómenos que tuvieron a la masa como protagonista, la Revolución Rusa y el ascenso de los totalitarismos, convertirá el análisis de la masa en el gran tema de su vida, entrega absoluta que se encargará de remarcar una y otra vez. Le dedicará, como ya he dicho, una obra enorme en ambición y en extensión, Masa y poder, que comienza a concebir en 1925, el año que él mismo convierte en bisagra de su existencia. En ese año comienza su relación con quien será su primera esposa, Veza Tauber-Calderón, de origen asimismo sefardí, y se distancia definitivamente de su madre, proceso que en sus palabras, significativamente, resulta tan doloroso como lo había sido su relación en su época de plenitud. Las connotaciones sexuales siguen presentes en este caso: en las delicadas semanas previas al alejamiento definitivo de su vida (de modo literal, pues se marcha a París con sus hermanos), Canetti siente un profundo miedo a que todavía sea capaz de apartarlo de Veza, por quien ella ha concebido un odio maniático.

Los capítulos centrales del libro narran todo esto, y Canetti baña los episodios de esas semanas bajo misteriosos signos que parecen preludiar la venida de algo innombrable, signos revestidos de un extraño misterio, de una sustancia de indefinible horror sacro, que comienza con la terrible descripción del padrastro de Veza (que parece un personaje surgido de su Auto de fe) y prosigue con las fundamentales semanas de agosto en que realiza una excursión con su amigo de la infancia Hans Asriel a las montañas austriacas, con el doble objetivo de alejarse del opresivo hogar y comenzar a poner en orden sus ideas sobre la masa. Hay un instante genial, un momento de catarsis que posee la sustancia de un episodio kafkiano: inexplicable al tiempo que lógico, malsano al tiempo que banal. Y es esa mirada de odio que Hans arroja sobre él, solos ambos frente a un lago en la montaña, mirada que supone el preludio a la separación de ambos amigos, que se despiden sin mediar una sola palabra más. Ese profundo odio que Canetti advierte en dicha mirada resulta inesperado, no se nos ha preparado para ello, y por eso perturba hasta lo más hondo nuestra atención. Diríase que es el rito de paso obligado en alguien de tan intensa vida interior hacia su desprendimiento completo de ese pasado de formación. Cuando el joven regresa ese verano de 1925 a Viena ya podemos sentir que estamos ante el Elias Canetti pleno.

De hecho, desde ese momento del libro, y ya a lo largo de todo el siguiente, El juego de ojos, las memorias ya pasan a narrar la vida del Canetti escritor en busca de un nombre intelectual. Primero, una estancia de unos pocos meses en Berlín que lo llevan a conocer a Georg Grosz, Bertolt Brecht o Isaak Babel. Después, su regreso a Viena donde, ya concluida la carrera, concibe el proyecto literario que llama la Comedia humana de la locura, consistente en ocho novelas centradas en otros tantos personajes llevados al límite de una monomanía particular. No en vano, el lugar donde escribe es una habitación desde cuyas ventanas tiene una vista de Steinhof, la Ciudad de los Locos vienesa, y en cuyas paredes cuelga enormes reproducciones de la famosa Crucifixión de Grunewald, pintura de principios del siglo XVI considerada hoy un precedente del expresionismo, y cuya contemplación unos meses antes, en Colmar, le había conmocionado.

La Crucifixión, de Grunewald

De todas esas novelas sólo acabará cobrando vida una, su emblemática Auto de fe, inicialmente titulada Kant se prende fuego y a la que dedica el año íntegro de 1930. Con el proceso de escritura cierra su segundo libro de memorias. El tercero, El juego de ojos, ya nos presenta a un Canetti que, al principio sin haber conseguido todavía publicar nada, va haciéndose un pequeño nombre en los círculos intelectuales de Viena, tanto por su amistad con diversos escritores de la talla de Hermann Broch o Robert Musil, como por el impacto que provoca la lectura pública de capítulos de su novela o del par de obras teatrales que a continuación escribe, La boda y La comedia de la vanidad. La descripción que da de todos aquellos resulta ambigua, incluso cuando, en teoría, se trata de alguien a quien admira: Canetti siempre se las arregla para observar en ellos alguna falla de su carácter que rebaja la supuesta admiración. Así, por ejemplo, Musil es dibujado como un hombre que no admite ningún igual literario, aferrado como un crío a las faldas de su mujer y capaz de enormes arbitrariedades. De hecho, el lector casi sospecha que el mismo Canetti se reconoce en el autor de El hombre sin atributos, y cuando es él mismo quien se ve víctima del súbito y arbitrario rechazo de aquél, no podemos sentirlo mucho.

Es más, incluso cuando habla de alguien a quien toma por modelo moral e intelectual inapelable, Avraham Sonne, el «doctor Sonne» siempre para él, el lector no consigue compartir esa admiración, pues del dibujo de este poeta e intelectual judío se desprende una inconfortable atmósfera de distanciamiento casi inhumano, como si entráramos en una habitación fría donde, por mucho que se suba la calefacción, nunca conseguimos calentarnos. Eso sí, Canetti no deja de contarnos la opinión que su esposa Veza tiene de Sonne: «un muerto viviente». En todas sus memorias sólo he encontrado un retrato humano en el que Canetti se muestra generoso sin la menor reticencia, y hay que reconocer que es uno de los fragmentos más bellos de El juego de ojos: el del músico Alban Berg.

El juego de ojosAl contrario que en los libros previos, Canetti apenas habla de sí mismo fuera de su vida intelectual. Por ejemplo, no cuenta su boda con Veza (menciona que se casaron cuando va a devolver el protagonismo a su madre, la cual se había opuesto a esas relaciones). Quizá por ello, El juego de ojos puede parecer una entrega más distanciada. Sin embargo, Canetti sigue siendo inmisericorde consigo mismo: la exigencia absolutista con que se enfrenta a la maduración intelectual puede provocar en el lector justo eso, admiración intelectual, pero desde luego no entrega emocional. Las páginas exhudan un sentido de la exigencia personal que linda muchas veces con el puritanismo.

Contra lo que pueda parecer a quien conozca, en líneas generales, la trayectoria vital de Canetti, sus memorias no concluyen en 1938, cuando abandonó definitivamente Viena (tras la Noche de los Cristales Rotos) en busca de un refugio que acabó siendo Londres. No: terminan, de modo significativo, con el episodio de la muerte de la madre, en París, un año antes, a cuyos momentos finales asistió, reclamado por su hermano Georges, con quien ella vivía. Lo cual acaba por sellar el verdadero hilo conductor de estas memorias, el ser más importante en la vida del escritor.

La intensidad de ese último fragmento es al tiempo admirable y desoladora. Admirable, por la belleza con que Canetti narra el vacío que provoca la muerte. Desoladora, por el implacable discernimiento con que el hijo analiza su papel en la existencia de la madre, al advertir que su hermano Georges es quien ha acabado viviendo la vida que aquélla tenía reservada para él. El sentimiento que inspiran esas páginas finales simboliza bien el efecto que nos producen las memorias en su conjunto: fascinación ante la complejidad interior de un individuo que, como su única novela, encierra dentro de sí un universo hermético hasta la exasperación pero que expone con desnuda crudeza, sin importarle mucho que su habitante absolutista nos resulte una persona a la que, si es difícil no admirar, resulta imposible estimar.

1 Las traducciones son de Genoveva Dieterich, Juan José del Solar y Andrés Sánchez Pascual, bajo la supervisión todas ellas del segundo de los citados.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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