Woody Allen y la nostalgia: La rosa púrpura del Cairo y Días de radio

La rosa púrpura de El CairoEl nombre de Woody Allen se asocia a un tipo de cine «inteligente», plasmado en una serie de comedias de alto contenido satírico, que refleja a una fauna de personajes que son o pretenden ser intelectuales y artistas, urbanitas (con preferencia neoyorquinos) sorprendidos siempre en tránsito entre diversas cuitas existenciales, culturales, profesionales y, sobre todo, sentimentales, que se expresan ante todo mediante la palabra, y cuyo portavoz físico ha sido habitualmente el mismo Allen. Pues bien, reducir su cine a este modelo (el de Annie Hall o Manhattan), como señalé hace tiempo en otro comentario, es empobrecer una carrera que contempla, a día de hoy, más de 40 títulos, lo cual hace una media de casi una película por año desde el lejano 1969 de su debut. Y es que, en realidad, Allen siempre ha sido un cineasta con tendencia a diversificar sus propuestas, por mucho que todas ellas, claro, posean un background común: un tipo de humor o una forma de ver la vida. Pero desde que en Zelig (1983) nos sorprendiera con la estructura de un falso documental a partir de un presunto hombre-camaleón, periódicamente Allen ha gustado de abordar historias y planteamientos caracterizados por alguna inesperada singularidad: fábulas que mimetizan el cine expresionista alemán, musicales a partir de clásicos de la canción ligera, reconstrucciones del pulp policiaco de los años 30, biografías de un falso jazzman… Este tipo de películas, por otro lado, no es sino un modo de brindar un homenaje nostálgico a todos aquellos referentes cinéfilos, musicales, literarios o vitales que conforman su memoria sentimental. En este marco se encuadran dos de sus más entrañables películas, La rosa púrpura del Cairo y Días de radio, a las que voy a dedicar unas líneas tras haberlas revisado después de muchos años.

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Siempre se vuelve a Casablanca

Cartel de Casablanca

No puede negarse: todo cuanto sucede en Casablanca resulta demasiado obvio. Desde la evidencia de que el cinismo redomado del protagonista no esconde sino a un noble idealista hasta la circunstancia, no menos clara, de que el corrupto policía solo está esperando la más mínima ocasión para pasarse al bando de los buenos. Su intriga romántica tampoco es la más atractiva que recogen las crónicas del melodrama, empezando por el claro desequilibrio de ese triángulo, uno de cuyos vértices, el líder de la resistencia Victor Laszlo, es poco más que un estereotipo sin sustancia, que interpreta además un actor que no le aguanta un round a Bogart. El desarrollo del argumento tampoco es que posea una fluidez aguda: los personajes van de aquí para allí, o sobre todo se limitan a encontrarse una y otra vez en el Café Americano de Rick, conspirando abiertamente ante las fauces de unos malvados nazis que no parecen enterarse mucho de nada. Y sin embargo, no importa, porque Casablanca no es un film que hable al cerebro, sino al corazón. Y a éste los argumentos lógicos le importan bien poco, porque valora antes las sensaciones que las razones. Basta una mera prueba: ese momento sensacional en que el noble Victor Laszlo, enfadado al ver cómo los oficiales nazis, como conquistadores del mundo que se sienten, cantan a pleno pulmón una canción alemana, se dirige a la orquesta del café y les manda que toquen la Marsellesa. Hay un inserto fundamental: el leve plano en que, en respuesta a las miradas de sus músicos, Rick hace una inclinación de cabeza, y el himno francés inunda el local, contagiando a todos (¡incluso a la chica que poco antes había despreciado a sus compatriotas bebiendo ostentosamente con los alemanes!) no ya en el café sino fuera de él, fuera de las pantallas, a nosotros mismos. Si uno, al contemplar esta escena, no lamenta no conocer la letra de la Marsellesa para poder unirse a ellos en el cántico… es que no ha nacido para entender Casablanca.

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Venecia, un escenario para la muerte

Venecia y las dos faucesAcabo de regresar de una breve, incluso brevísima, estancia en Venecia. Ha sido en compañía de un grupo de estudiantes de bachillerato, en el marco por tanto de un viaje festivo. Sin embargo, con la ciudad invadida además por decenas de miles de turistas atraídos por el fulgor del famoso carnaval veneciano, no he podido sino preguntarme, como suele pasarme cada vez que visito alguna ciudad emblemática de la cultura europea, dónde estaba esa Venecia que yo conozco a través del cine y de la literatura. ¿Existió alguna vez, o también es una creación de la todopoderosa imaginación del hombre, en todo a caso a partir de un escenario que siempre poseerá un enorme atractivo visual para cualquier ser con una mínima sensibilidad? La Venecia histórica también empieza a ser un vago recuerdo. Las naves venecianas nunca volverán a surcar el Mediterráneo y los palacios se han convertido en museos o languidecen ruinosos hasta que alguien los convierta en otro «espacio» cultural. Aun reducida a las referencias de una guía turística, esa Venecia todavía puede encontrarse. Pero la que a mí me interesa (porque es la que luego regresa conmigo) es la que descubrí en las páginas de Henry James o de Thomas Mann, en películas que adaptan a estos autores, o que narran historias de terror y suspense, o melodramas perversos. La Venecia que transpira un intenso olor a muerte, y a la que voy a dedicar las siguientes líneas, recordando alguno de los mejores ejemplos de la ficción que conozco.

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Los westerns de Anthony Mann y James Stewart

James Stewart, el hombre del Oeste«Trilogía», «saga» o «ciclo» son términos que encantan a los cinéfilos, porque implican la multiplicación del placer obtenido por separado con una película, una historia o la colaboración entre un director y un intérprete. El western registra unos cuantos de aquellos: de la Trilogía de la Caballería de John Ford a la Trilogía del Dólar de Sergio Leone con Clint Eastwood, pasando por el conjunto de modestos títulos de serie B rodados por el director Budd Boetticher y el actor Randolph Scott en la segunda mitad de los 50. Pues bien, uno de los ciclos más venerados por los aficionados al género lo constituye un ciclo de cinco películas dirigidas por Anthony Mann con el gran actor James Stewart como protagonista. Son Winchester 73 (1950), Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), Tierras lejanas (1954) y El hombre de Laramie (1955), cinco westerns espléndidos, sin discordancias de calidad o complejidad entre ellos, aunque cada uno a su manera ofrece algo diferente. El primero, el segundo y el cuarto fueron producidos por la Universal y comparten muchos nombres en su equipo además de los dos reseñados: por ejemplo, el productor Aaron Rosenberg y el genial guionista Borden Chase. El tercero es un film de la Metro, y el último, de la Warner.

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La escisión de personalidad en El increíble Hulk

El increíble Hulk. La EncrucijadaDentro del aluvión creativo de los primeros personajes de Marvel a cargo de Stan Lee y Jack Kirby, al increíble Hulk —La Masa en la entrañable traducción elegida por Vértice, primera editorial española en publicar los personajes de Marvel— le tocó en suerte el ser una versión, bastante tosca, del mito clásico del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Es decir, un brillante científico que intenta abrir puertas de la ciencia «que no se deben abrir» y acaba pagándolo caro. Víctima de las radiaciones provocadas por la explosión de una bomba gamma de su propia creación, el doctor Bruce Banner sufre una escisión de personalidad que, en momentos de fuerte excitación, lo convierte en un monstruo de fuerza incontrolable. Esa fuerza incontenible lo convierte en un peligro para la sociedad, que se empeña en perseguirlo y hostigarlo una vez más, por medio de los militares que inicialmente financiaron su bomba. Sin embargo, ese ser, al que los mismos soldados bautizan como una mera «Masa» (de ahí la necesidad de la traducción), es en realidad dueño de una gran nobleza interior, químicamente pura en función de su condición de niño grande. En cualquier caso, esa escisión de personalidad —dos personalidades diferentes compartiendo, aun transformado, un mismo cuerpo— es la base sobre la que se construiría el personaje durante las décadas siguientes, y a este aspecto voy a dedicar las siguientes líneas, aprovechando la reciente publicación a cargo de Panini de un estupendo tomo titulado «El increíble Hulk. La Encrucijada», que recoge uno de los momentos más significativos de esa trayectoria escindida.

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La caída del imperio romano: ¿una superproducción intimista?

Cartel americano de La caída del imperio romanoAntes de que la eclosión del video doméstico acabara con la entrañable tradición de los reestrenos, todavía tuve tiempo de ver en el cine La caída del imperio romano, uno de los clásicos ejemplos de la producción histórico-mastodóntica de Hollywood. (Que un grupo de chavales consideráramos natural ir a ver una película que ya tenía un par de décadas de edad —aunque luego nos aburriéramos un montón— da buena idea de cómo ha cambiado el concepto que tienen hoy los adolescentes del cine: su fecha de caducidad, más o menos, se encuentra como a cinco años atrás con respecto al momento que viven.) La caída del imperio romano es el último ejemplo de la fiebre por la antigüedad clásica que se desató a comienzos de los 50 —su gran impulsora fue Quo Vadis? (1951, Mervy LeRoy)—, en un momento de especial convulsión para la industria (la aparición de la televisión cambió el concepto de entretenimiento familiar) que aquélla intentó contrarrestar aumentando la espectacularidad de lo que podía verse en pantalla (por ejemplo, con la aparición del formato súper-ancho o los efectos en tres dimensiones, efímeros en ese momento). Estas películas nunca tuvieron buena prensa entre la crítica (que les endosó la peyorativa etiqueta de kolossals), y el tiempo parece empeñado en enterrarlas aún más. La película que hoy me ocupa fue en su momento un fracaso comercial, y sin embargo al revisarla casi treinta años después de verla por primera vez, me he encontrado con la monumental sorpresa de hallarme ante un film de lo más interesante, a ratos incluso apasionante (también irregular), pero, sobre todo, intrigante, pues, en el balance final (y puede que eso provocara en su día su fracaso en taquilla) me he encontrado con una historia que tiene más de intimista que de espectacularista.

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Alan Davis y su obra maestra truncada, ClanDestine

El primer número de ClanDestineAcaba de ver la luz, bajo el vulgar y engañoso título de Relatos Marvel de Alan Davis la última entrega de la que debió ser una de las sagas fundamentales del tebeo contemporáneo de superhéroes, las aventuras del grupo conocido como ClanDestine, creado y dibujado por el artista británico señalado. Aventuras que comenzaron hace precisamente veinte años, en 1994, pero que por el inconformismo del autor con respecto a la situación del mainstream editorial actual se vieron cercenadas en su primer arranque, bajo título propio —o sea, ClanDestine: en España, para seguir el juego de palabras, debió llamarse ClanDestino, pero, ay, los editores de tebeos siempre han creído que en inglés todo queda más chulo— y desde entonces, han sido retomadas, como diríamos aquí, a salto de mata, bien dentro de colecciones ajenas o en alguna miniserie. Es posible que el nombre de Alan Davis, al hacer recuento del cómic de superhéroes de los últimos 25 años, no sea el que se venga a la memoria a más gente: y en gran parte se debe a la propia modestia de la forma de trabajar de Davis, quien gusta presentarse a sí mismo no como un genio sino casi como un artesano en el término más digno de la palabra. Pero algún día (espero) los árboles dejarán de tapar el bosque y resplandecerá, por fin, que este autor, pese a que su carrera se ha visto abortada en gran medida por las peculiares condiciones del tebeo comercial en el que el autor gusta moverse, ha ofrecido varios de los mejores cómics de ese periodo.

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De Mary Poppins a Al encuentro de Mr. Banks

Excelente cartel de Mary PoppiinsEntre las inquietudes básicas que recorren mi blog, entre mis aficiones predilectas, se encuentra la de pensar acerca de las líneas que unen una obra literaria con su adaptación cinematográfica. Eso sí, me refiero al caso en que ésta última entiende ese trabajo desde un punto de vista creativo, lo cual supone, o bien una reinterpretación o bien una lectura diferente, aun cuando ambas deban respetar un cordón umbilical con la obra de partida, sin el cual tampoco tiene sentido que se coja una creación ajena: me desagrada la mera apropiación sin más. Pues bien, hace nada se ha estrenado en nuestro país —creo que con poca repercusión, eso sí— una película que se presta de modo especialmente interesante a esta tarea. Se trata de Al encuentro de Mr. Banks, film que bajo ese título esconde una recreación de las circunstancias del rodaje de la famosa película de Walt Disney Mary Poppins (su productor es uno de los personajes principales, claro) pero también sobre el trasfondo personal que esconde su propia obra para quien, ahora mismo, es el eslabón menos conocido de esa historia: la autora de los cuentos originales, la australiana P. L. Travers. Es decir, estamos ante una clásica película de cine dentro del cine, al mismo tiempo que ante una obra que profundiza en las relaciones entre la creación literaria y las circunstancias autobiográficas, entrelazándose ambas dimensiones con notable convicción.

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Diez actores de cabecera

Uno de los papeles más famosos de Gary Cooper, el de Solo ante el peligro

Siempre me han gustado las listas. De películas favoritas, de libros predilectos, de superhéroes favoritos, de nombres de lugar más curiosos. Es un juego, no una necesidad, ni mucho menos un intento de sellar una ortodoxia. Lo bueno de hacer una lista es que nunca es igual a la que uno hará la siguiente vez, y la comparación con la que se hizo mucho tiempo atrás no puede ser más reveladora. Revela, claro, que en el curso del tiempo cambiamos como lectores, como espectadores, como personas. Hoy propongo una lista de diez actores que considero de cabecera. Sus miembros han ido madurando en mi memoria a lo largo de una vida viendo películas y no es sorpresa que todos, sin excepción, pertenezcan al cine hablado en inglés: ocho norteamericanos y dos británicos, aunque de estos uno solo se dedicó casi en exclusiva al cine de las islas. Es evidente que a Hollywood pertenece el mayor número de películas que pueblan mis sueños cinéfilos. Sus representantes no son los mejores del mundo entero, aclaro: son los que más amo. También podrían estar perfectamente el sueco Max Von Sydow, el japonés Toshiro Mifune, el francés Lino Ventura o el español Fernando Fernán Gómez. En cualquier caso, repasando a los diez actores elegidos, compruebo que en ellos coinciden tres cualidades (en algunos destaca una en especial, en otros —no mejores ni peores— se combinan las tres) que a mí me parece que forjan el mejor cine y las mejores actuaciones: la autenticidad, la versatilidad y la ambigüedad.

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Caballo de batalla, una fábula sobre la guerra

P1.43 (110284_A - Payoff)El cine bélico ocupa un puesto importante en la filmografía de Steven Spielberg, desde ya la lejana (y piadosamente olvidada) 1941, dirigida en 1979. Después de varias películas de ambiente bélico pero acotadas al escenario de los campos de concentración (El imperio del sol, de 1987 y La lista de Schindler, de 1993), sería con Salvar al soldado Ryan (1998) cuando por fin ingresaría plenamente en el género, y además con la ambición de dar vida a «la» película definitiva sobre la guerra: desde luego, y al menos, en su momento no se habían visto reconstrucciones tan realistas de batallas como en ella. Su éxito lo animó a producir —en esas labores también participó Tom Hanks, el protagonista de la anterior— una miniserie para televisión sobre la campaña del Pacífico, Hermanos de sangre (2001). Pues bien, en el campo del cine bélico, la mejor propuesta que ha salido de las manos de Spielberg, al menos hasta el momento, me parece que es Caballo de batalla (2011), un film quizá todavía muy reciente para poder valorarlo en su justa medida y que en su momento no tuvo ni el éxito ni la repercusión habituales en su director. Y si bien la película del soldado Ryan me parece bastante buena, encuentro en la última una coherencia que le falta a aquella. En el film de 1998, Spielberg se enredaba entre la denuncia hiperrealista de la guerra y el canto a la participación americana en el conflicto. En 2011 sigue existiendo la mirada acerca de la inhumanidad de la guerra, pero la pretensión primera es, sencillamente, y nada menos, que contar una historia de acuerdo con un modelo, el melo-drama clásico con espacio para la emoción, muy propio del Hollywood que el cineasta tanto ama. Y que si sale bien es por la convicción con que lo aborda.

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El truco final y Origen: dos viajes en la montaña rusa con Christopher Nolan

Estupendo poster de El truco finalSuele usarse a menudo la imagen de la montaña rusa para definir el cine de Christopher Nolan: da idea del vertiginoso carrusel en que el autor nos embarca en cada una de sus películas. Un carrusel argumental, caracterizado por los continuos giros de guión, pero también por la espectacularidad visual. La imagen de la montaña rusa, sin embargo, tiene una connotación de superficialidad —después de bajarse de ella, el efecto de conmoción que produce se va aminorando a medida que pasa el tiempo, claro— que no se corresponde con los efectos reales del cine de Nolan. Lo cierto es que asomarse, más o menos cada dos años, a la nueva historia que nos propone Nolan es saber que nos espera una sensación de vértigo, producida —y he aquí lo que lo convierte en un excelente cineasta— tanto por la sofisticación argumental y la espectacularidad técnica como por el propósito de densidad psicológica. Sin esta última, sus películas no resistirían más de un visionado: si solo ofrecieran un ejercicio de intriga virtuosa que se agotara una vez concluido.

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Furia de titanes, o el Kraken siempre ataca dos veces

Furia de titanes, de 1981Llevado por mi afición a comparar distintas versiones de una misma historia, quiero comentar dos películas de fantasía mitológica que abordan uno de los más atractivos mitos griegos, el de Perseo. La primera versión, Furia de titanes, es de 1981; la segunda, con el mismo título, de 2010. Ambas representan, además, dos modos muy distintos de concebir la fantasía, en las antípodas uno del otro. Ninguna de las dos películas, adelanto, es una maravilla, si bien prefiero con mucho la primera versión: esta Furia de titanes es una película consciente de su condición ya de anacronismo viviente —la asumida ingenuidad de sus trucos nada podían hacer ya frente al realismo de los nuevos efectos especiales—, pero aun así intenta, de modo endeble pero con encomiable convicción, volver a plantear una aventura al modo clásico. Furia de titanes 2010 se pavonea como el nuevo rico que intenta lucir su traje a la última —los efectos de CGI o Imágenes Generadas por Ordenador— que cree que lo dota de lujosa prestancia pero que no hace sino desnudar su pobreza de ideas. Los efectos especiales de la primera no engañan a nadie con su condición de ilusión artesanal; los de la segunda intentan apabullar creyendo que pueden dar vida a cualquier cosa, y no solo no lo consiguen (no es Avatar, precisamente), sino que confunde el ingenio con la aparatosidad y la elefantiasis. La primera mueve a la simpatía; la segunda, en apariencia inocua, acaba encerrando una alarmante lectura ideológica que quiere colarse, de modo inicuo, entre los renglones de su presunto canto a la fantasía.

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Máscara, antología de relatos inéditos de Stanislaw Lem

Portada de Máscara, de Impedimenta, con una ilustración de Ernst HaeckelLa editorial Impedimenta sigue haciendo de Stanislaw Lem uno de los pilares de su línea de publicaciones. Lo está haciendo en tres frentes: recuperando traducciones ya publicadas pero ahora difíciles de encontrar (por ejemplo, las procedentes de la antigua Bruguera), volviendo a traducir obras ya existentes en español pero en ediciones discutibles (por ejemplo, la emblemática Solaris, cuya traducción en Mondadori —con independencia de su alta calidad— no se había realizado procedente del polaco original sino del francés) y, todavía mejor, publicando obras absolutamente inéditas. El último regalo que nos ofrece es un libro que recopila un conjunto de relatos que ya en su Polonia natal eran difíciles de encontrar (según se nos cuenta en la nota a la edición), puesto que los mismos editores polacos, fuera del volumen que los contenía en origen, los habían ido descartando en posteriores recopilaciones. El título elegido es el de Máscara, la excelente traducción es de Joanna Orzechowska —responsable de buena parte de las versiones de Impedimenta— y la atractiva cubierta contiene una ilustración del filósofo, naturalista e ilustrador alemán Ernst Haeckel, extraída de su obra Formas artísticas de la naturaleza (por cierto, hace unos meses, una editorial muy diferente, pero igualmente admirable, La Biblioteca del Laberinto, también recurrió al mismo autor para su edición de El habitante del lago, de Ramsey Campbell). En fin, un libro dotado del interés y la belleza a que nos tiene acostumbrados Impedimenta.

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Sherlock, segunda temporada: el Canon revitalizado

Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, los Holmes y Watson del siglo XXIDespués de vista la segunda temporada de la serie Sherlock —compuesta, al igual que la primera, por tres episodios de 90 minutos cada uno—, admiro todavía más la espléndida reelaboración que del mito holmesiano realizan sus autores y la magnífica traducción de sus principales elementos para situar a los personajes en la época contemporánea. Está claro que cualquiera, tenga mayor o menor (incluso ningún) conocimiento sobre el personaje creado por Arthur Conan Doyle, podrá disfrutarla a la perfección, pero quienes amamos al personaje desde el mismo Canon tenemos la ocasión de admirar dos notables triunfos. Primero, el respeto al personaje, a los elementos que componen su historia y circunstancias, por tanto el respeto por quienes, de entrada, no acuden de vacío a los episodios. Segundo, la riqueza de su adaptación, que permite tomar nuevos rumbos, explorar diferentes caminos a los ya conocidos, sin traicionar lo anterior pero sin remedar de modo mecánico los relatos. Del mismo modo que la franquicia cinematográfica encabezada por Robert Downey jr no solo hace lo que le da la gana con el personaje sino que, encima, lo convierte en un monigote para dar brincos aquí y allá, otras series (por ejemplo, la famosa de los años ochenta con Jeremy Brett, que aquí se vio tardíamente), se contentaban con reproducir lo más fielmente posible el sabor original. Lo cual, inicialmente, puede complacer pero acaba por cansar por insípido. Sherlock es una adaptación que desborda, en todos los sentidos, de enorme riqueza, por no hablar de que ofrece en Benedict Cumberbatch a uno de los mejores Holmes jamás vistos.

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La vida secreta de Walter Mitty, o los sueños que hay que vivir

La vida secreta de Walter Mitty

En psicología, se denomina síndrome de Walter Mitty a la predisposición de determinados individuos a pasarse el día soñando despiertos, en especial sueños que reflejan una visión heroica de sí mismos, para evadirse de la gris realidad. El nombre está tomado del personaje protagonista de un relato bastante célebre en la literatura norteamericana, obra del periodista, dibujante y humorista James Thurber, que lo publicó el 18 de marzo de 1939 en el prestigioso semanario The New Yorker. En las apenas ocho páginas del relato, Thurber se basta para realizar un agudo retrato de este tipo de individuo, cuya vida cotidiana, en efecto, parece muy poco confortable (zarandeado por una esposa dominante que lo trata como a un niño y no le permite un resquicio de autonomía) y que, a la primera de cambio, y con cualquier excusa que le proporciona el mundo circundante (un anuncio de periódico, una fotografía, un edificio público ante el que está pasando) se convierte en un heroico piloto de guerra, en un médico capaz de realizar la operación más difícil mientras repara, con tan solo una estilográfica, la máquina anestesiadora o en un insolente ganapán que reta a todo un fiscal en el estrado de los acusados. El espléndido relato es tan popular en Estados Unidos como para haber merecido dos adaptaciones al cine, al servicio de dos actores especializados en papeles cómicos: la primera en 1947 con Danny Kaye y la segunda de reciente estreno navideño con Ben Stiller en el papel titular. Con la excusa de esta muy simpática nueva versión voy a hacer un pequeño recorrido por el personaje.

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