Alan Davis y su obra maestra truncada, ClanDestine

El primer número de ClanDestineAcaba de ver la luz, bajo el vulgar y engañoso título de Relatos Marvel de Alan Davis la última entrega de la que debió ser una de las sagas fundamentales del tebeo contemporáneo de superhéroes, las aventuras del grupo conocido como ClanDestine, creado y dibujado por el artista británico señalado. Aventuras que comenzaron hace precisamente veinte años, en 1994, pero que por el inconformismo del autor con respecto a la situación del mainstream editorial actual se vieron cercenadas en su primer arranque, bajo título propio —o sea, ClanDestine: en España, para seguir el juego de palabras, debió llamarse ClanDestino, pero, ay, los editores de tebeos siempre han creído que en inglés todo queda más chulo— y desde entonces, han sido retomadas, como diríamos aquí, a salto de mata, bien dentro de colecciones ajenas o en alguna miniserie. Es posible que el nombre de Alan Davis, al hacer recuento del cómic de superhéroes de los últimos 25 años, no sea el que se venga a la memoria a más gente: y en gran parte se debe a la propia modestia de la forma de trabajar de Davis, quien gusta presentarse a sí mismo no como un genio sino casi como un artesano en el término más digno de la palabra. Pero algún día (espero) los árboles dejarán de tapar el bosque y resplandecerá, por fin, que este autor, pese a que su carrera se ha visto abortada en gran medida por las peculiares condiciones del tebeo comercial en el que el autor gusta moverse, ha ofrecido varios de los mejores cómics de ese periodo.

No exagero si señalo que, para mí, Alan Davis es el equivalente exacto, en tebeo, a Robert Louis Stevenson. Es decir, un narrador puro, un contador de historias de deslumbrante limpieza, pero a la vez mucho más que un mero relator ingenioso. Como Stevenson, las criaturas y las aventuras urdidas por Davis, en apariencia tan diáfanas y lúdicas, en realidad esconden una especial perspicacia psicológica, una riqueza de matices que los envuelve en una mágica densidad. Alan Davis posee la doble capacidad de divertir profundamente —no de despertar la carcajada, lo que es más fácil pero se olvida antes, sino la sonrisa cómplice— y de replantearnos los términos de la humanidad. Pocos como él han comprendido que el buen tebeo de superhéroes habla sobre el hombre y no sobre tipos con poderes extraordinarios que visten indumentarias coloristas. Como Stevenson, además, el arte de Davis para componer personajes de gran credibilidad comienza por algo tan difícil para cualquier autor como es la intensa ecuanimidad con que los retrata. Lejos del fácil maniqueísmo a que se presta el género, ni sus héroes son tan luminosos ni sus villanos tan unidimensionales: con frecuencia, estos son seres que han equivocado el camino, ya sea por un momento o, a veces y por desgracia, para siempre. Pero nunca malvados de caricatura. En este sentido, Davis comparte la misma cualidad que otro gran genio de la narración gráfica (solo que en este caso, animada), el maestro japonés Hayao Miyazaki. Ambos son dos humanistas por convicción.

Los inicios profesionales de Davis están ligados desde el primer momento al cómic de superhéroes y a la Marvel, dentro de su filial inglesa. Su primer trabajo, de hecho, fue dibujando un serial por entregas (de 5 páginas como media) sobre un personaje creado por dicha sección británica de la Casa de las Ideas, el Capitán Britania. Aunque el primer guionista cuyo trabajo ilustró era Dave Thorpe, unos pocos meses después fue reemplazado por el gran Alan Moore, también en uno de sus primeros trabajos. Poco conocido en la trayectoria de ambos genios, Capitán Britania no sólo refleja ya muy bien las cualidades de los dos artistas, cada uno en su campo, sino que supone un tebeo excepcional, que se lee con un increíble sentimiento de delicia al tiempo que de estremecimiento, y que no solo no ha envejecido nada sino que debiera reinvidicarse como merece. Ambos, por cierto, volverían a colaborar (si bien Davis solo en sus primeros números) en Miracleman, un cómic del que ya he dicho alguna vez que ofrece la reflexión más realista que se ha hecho nunca acerca de cómo sería un mundo en el que de verdad existieran los superhéroes.

El primer  número de Excalibur escrito por Alan Davis... y su genial villanoEn cualquier caso, y aunque pasó por muchas colecciones durante el pequeño esplendor que la industria del cómic británico tuvo en estos años 80, Alan Davis no tardó en ser reclamado desde el otro lado del Atlántico. Curiosamente, no por Marvel sino por su rival, DC, para la serie Batman and the Outsiders. De la mano de Chris Claremont, entonces el alma mater de la sección de mayor éxito de la editorial, el llamado Universo Mutante, Davis por fin desembarcaría en su espacio natural, colaborando con el primero (también británico, a todo esto) en diversos números de La Patrulla-X hasta que se avino a participar para él en el proyecto de una nueva serie de mutantes: Excalibur.

La serie, en realidad, fundía los ambientes y personajes de Capitán Britania (que, en buena medida, Claremont ya había ido integrando en La Patrulla-X) con algunos de los mutantes de este grupo que, por sobrecarga, el guionista había ido «descargando» de su serie central. Por supuesto, el grupo tendría su base en Inglaterra. Presentados en un especial de 48 páginas en 1987, al año siguiente se lanzaría la colección regular, en la cual Davis permanecería (con pequeñas ausencias) durante dos años, hasta el número 24. En el aspecto gráfico cristalizó de modo definitivo el estilo del todavía solo dibujante. Sin embargo, el tebeo, con ser de lo más estimable, no llega a funcionar del todo por la clara divergencia entre el dibujo y el guión: por mucho que intenta jugar una carta «lúdica», a esas alturas el antes estupendo Claremont estaba estropeado casi del todo por un molestísimo sentido de la trascendencia, que mostraba, en especial, a través de unos diálogos muy pomposos y artificiales.

Los dos hombres separaron sus caminos, pero en octubre de 1991 Davis volvió a las páginas de Excalibur, ahora ya como autor también de los guiones (y con el entintado del hombre que lo acompaña en estas lides desde entonces, Mark Farmer). Ya había hecho sus pinitos como guionista —su primer libreto, el de un especial de Lobezno titulado Bloodlust, se publica también en el Relatos Marvel indicado en el primer párrafo—, pero es ahora cuando demostró su capacidad como artista completo. ¡Y qué capacidad! En solo nueve números, desde el 42 hasta el 50, Davis organizó una saga no solo genial en sí misma sino que tenía la virtud de cerrar todos los cabos sueltos que el siempre descuidado Claremont había ido sembrando no sólo en su paso por esta serie sino en todo el Universo Mutante y que afectaba a los personajes incluidos en Excalibur. Son tan sólo nueve números, repito, pero en el recuerdo encierran tal cantidad de peripecias como si abarcaran varios años de aventura. Humor, emoción, inventiva, y sobre todo un sentido de la progresión increíble marcan el sello de la que me parece, todavía hoy, una de las mejores aventuras de superhéroes de todos los tiempos, sin exageración.

Concluida la saga, Davis se las prometía muy felices, puesto que tenía múltiples proyectos para sus personajes. Se lo arruinaría la situación de Marvel en aquellos años. Tras la marcha de los espectaculares, y superficiales, dibujantes-estrella de aquel momento (los Todd McFarlane, Rob Liefeld, Jim Lee y demás artistas especializados en dibujos a lo pin-up), la editorial decidió quitar toda libertad creativa a sus autores —para evitar promocionar a quienes luego pudieran convertirse en «traidores»— y dirigir desde los despachos el rumbo de las colecciones primando antes las expectativas comerciales que la independencia artística. El Universo Mutante era el buque insignia de Marvel y se obligó a que todas las colecciones parecieran una sola (cada año se organizaba una hiper-mega-saga, en teoría súper trascendente —hasta la siguiente—, que obligaba a unir todas las tramas con el objeto de obligar al lector a comprar todas las series, que llegaron hasta la decena; lo digo por experiencia).

Foto de familia de los DestineAsí constreñida por las imposiciones de arriba, Davis renunció a su querido proyecto, a la altura del número 67 (julio de 1993). Sin embargo, con deportividad, no renegó en absoluto de Marvel, presentando un nuevo proyecto que debutó poco más de un año después, el mencionado ClanDestine. Una vez más, una colección protagonizada por un grupo de superhéroes que residen en las islas británicas. La serie, parece ser, fue muy bien acogida… pero el autor se marchó de ella en el número 8. Las explicaciones oficiales incidían en el desacuerdo de Davis con cuestiones editoriales acerca de detalles técnicos (el color) o de apoyo publicitario. Una forma deportiva, creo, de ocultar la verdad: que, una vez más, la independencia del autor fue excesiva para los jefes de Marvel, quienes probablemente empezarían a pedirle una mayor integración con las restantes colecciones de la editorial (es de suponer: otra vez con sus hiper-mega-sagas).

¿Por qué permitió Alan Davis que le sucediera una segunda vez? Esto es, que sus planes para una colección se vieran abortados por presiones desde arriba. (El mismo autor, en la entrevista realizada por Eric Nolen-Weathington y publicada en España en núm. 3 de la colección Monográficos Dolmen cuenta que tenía pensada una historia larga de 24 a 30 números. O sea, que esos ocho publicados conforman poco más que un prólogo.) La respuesta, sencilla, es la fe del mismo Davis en que su arte tiene sentido dentro del Universo Marvel y no fuera de él.

¿Qué quiero decir? Alan Davis no es un creador de mundos: no es un Jack Kirby, un Stan Lee o un Alan Moore, para entendernos. En la entrevista señala que «no creo que sea posible crear algo verdaderamente original, porque el género fantástico es una evolución que deriva de los antiguos mitos». Es decir, donde Davis se encuentra cómodo, donde verdaderamente su genio tiene el campo que necesita para germinar, es en un espacio con unas reglas ya delimitadas, que él acepta para, desde dentro, usarlas no para ir hacia una nueva dirección sino para probar que pueden hacerse nuevos viajes dentro de las rutas antiguas. La clave de su poética no es la invención: es la reinvención. Sin duda, podía haber llevado sus personajes a una editorial que le garantizara mayor independencia, y yo no dudo que el resultado hubiera sido genial… pero no el que quería Davis, para quien las infinitas posibilidades del Universo Marvel —aunque también podría haber sido el Universo DC, nadie lo dude— son para él un estímulo siempre presente, lo utilice más o menos, de cara a sus creaciones.

El estupendo y detallista diseño de Dominic DestineLa consecuencia es la que es: una obra maestra frustrada, que ha ido avanzando a golpes de machete, viendo cómo se cerraba un camino en medio de la jungla para abrir otro y enseguida ver taponada la nueva abertura. En fin, la ordenación de todo el material ClanDestine es tal como sigue. De entrada, los ocho números de la serie así bautizada, que abarcan desde octubre de 1994 hasta mayo de 1995. Su siguiente aparición fue en la miniserie de dos números X-Men: ClanDestine, de octubre y noviembre de 1996, cruzándose pues con el Universo Mutante. El recogimiento de sus aventuras sin «apoyos» ajenos volvió en la miniserie que compone el llamado volumen 2 de ClanDestine, formado por cinco números publicados entre abril y agosto de 2008. La reaparición del grupo, que recoge el presente tomo publicado por Panini, vuelve a unirlos con colecciones ajenas: en concreto, es una saga dividida en tres números de lo que en Estados Unidos llaman Annuals, o sea, un especial de una colección con más páginas. Las agraciadas han sido, por este orden, Fantastic Four, Daredevil y Wolverine (septiembre y octubre de 2012).

¿De qué trata ClanDestine? En el fondo, lo que hace Alan Davis no es sino reelaborar su previa Excalibur, en particular —cada uno de los personajes centrales del grupo tiene su equivalente en el grupo de mutantes que realizaba, o mezcla reconocibles características de varios—, y el Universo Mutante, en general. El atractivo de este último (recuérdese, el de mayor tirón comercial durante varias décadas de Marvel) se debe a que sus miembros, unidos por ese impredecible «factor X» que los distingue, se comportan como una gran familia. Pues bien, Davis hizo que su supergrupo estuviera ya directamente unido por vínculos familiares consanguíneos. El fundador del Clan es Adam Destine, un joven cruzado inglés del siglo XII que en Palestina encuentra a una bellísima criatura mágica, que lo transforma, convirtiéndolo en un hombre invulnerable y dotado de la eterna juventud. Del fruto de su amor nacen unos cuantos hijos, dotados de grandes (y distintos) poderes y dueños asimismo de una considerable longevidad, desde varios siglos a los pocos años que tienen sus benjamines, los hermanos gemelos Rory y Pandora que son quienes, al aflorar sus poderes, provocan la reunión del clan y el inicio de las aventuras ilustradas por la serie.

Los Destine, de entrada, no son un grupo de superhéroes sino que, bien al contrario, han procurado permanecer escondidos de una humanidad que, es lógico pensar, los debería temer. Lo cual no quita para que sus vidas se hayan integrado, incluso con fruición, en la corriente histórica: diversos flash-backs, a cuál más sugerente, nos muestran las peripecias de varios de ellos en el curso del tiempo. Cuando Rory y Pandora descubren sus poderes —creyéndose, sabrosa ironía muy propia de Davis, mutantes— se dejan fascinar por la idea de pertenecer a la honrosa cofradía de los superhéroes, adoptando nombres «impactantes» como Cruzado Carmesí y Duende, y dedicándose a luchar contra el Mal… lo que atraerá la atención sobre el clan. Así, los dos niños descubrirán que, creyéndose miembros de un grupo familiar «normal», su tío Wally y su ancianita abuela son, en realidad, hermanos con poderes tan notables como ellos.

Así pues, Davis aborda en su serie la clásica figura del supergrupo desde la perspectiva de una familia bastante heterodoxa, lo que le permite explorar los vínculos familiares de un modo harto sugerente. Así, el padre, supuesta figura central del grupo, en realidad, ha visto cómo su invulnerabilidad física se ha transformado en distancia emocional, convirtiéndose en un extraño incapaz de la menor ternura: varios de sus hijos, además, no le perdonan que unas décadas atrás matara con sus propias manos a otro de ellos, Vincent, por razones misteriosas que, por lo que se sugiere, iba a constituir uno de los platos fuertes del futuro de la serie. La clásica ambigüedad davisiana no falta: otro de los Destine, la prepotente Cuco, tiene la capacidad de renovarse periódicamente mediante la apropiación de otros cuerpos, haciendo honor a su nombre.

Newton, el genio científicoEso sí, el autor no se priva de ese sentido del humor tan suyo, al tiempo irónico e ingenuo, surreal e irreal. De tal modo, Wally, el clásico fortachón que no puede faltar en ningún supergrupo, se gana la vida escribiendo novelas románticas… bajo el femenino seudónimo de Sabrina Bentley. Y el genio científico de la familia, Newton, además de ser un sosias de Woody Allen, vive en un edén galáctico, atendido por turgentes féminas, ocupando el cuerpo hipermusculado de un adonis rubio que se ha creado para estar a la altura debida ante aquéllas.

En fin, la primera colección, realmente, cuenta bien poco en términos argumentales. Su atractivo, por ello, radica en todo lo demás: desde el ambiente a los personajes, pasando por sus relaciones, el sentido del humor, el exquisito dibujo o la promesa de los futuros desarrollos argumentales. El posterior cruce con la Patrulla-X sabe a poco, aunque sirve para presentar a otro miembro del clan, la mística Gracie —cuya apariencia es la de una ancianita fumadora de puros que recuerda mucho a la bruja Yubaba de El viaje de Chihiro. La siguiente serie de cinco números, deliciosa, cruza a los Destine, de modo significativo, con el mismísimo Excalibur.

La última saga, novedad en estos momentos en las librerías, presenta, por fin, lo que sucedió con Vincent y la amenaza de su regreso al mundo de los vivos. El poder de Vincent resulta ser la capacidad de viajar por el tiempo, un poder que lo lleva a aparecer y desaparecer del ámbito familiar, hasta retornar convertido en una terrible amenaza para el mundo, lo que fuerza a su padre, Adam, a matarlo, con gran escándalo para varios de sus otros hijos. Tanta demora en presentar a Vincent tiene su premio: resulta un personaje inolvidable, y además inolvidablemente davisiano. Es decir, un ser adornado por la ambigüedad. En el curso de sus viajes temporales, ¿ha sido poseído por un terrible demonio que intenta ingresar en nuestra dimensión por medio suyo… o es un villano de increíble perversidad que intenta manipular a su familia? Como es usual, Davis no responde tajantemente a ninguna pregunta, dejando que sea el lector quien intente rellenar huecos. Eso sí, en la aventura de su presentación —el primer anual, el de los 4 Fantásticos—, que narra mediante una sofisticada estructura de saltos temporales la historia del personaje, Vincent aparece caracterizado como un ser impredecible, a ratos embargado por una notable pureza de intenciones, a ratos por una indefinible sensación de amenaza.

El principal problema que presenta esta saga, claro, es la dispersión que supone tener que integrar la aventura con la de los distintos héroes de las colecciones que la albergan. (A los que hay que añadir otro invitado especial, el Doctor Extraño, aún más importante que los 4F, Daredevil o Lobezno, en función de la naturaleza mística que parece suponer la amenaza de Vincent, por lo que comparte con el Clan Destine los tres episodios.) El mejor, y una verdadera obra maestra, es el primero, el de los 4 Fantásticos (en realidad, solo dos aquí, la Cosa y la Antorcha Humana), debido a la soberbia complejidad narrativa, y dramática, de esa estructura de saltos. El segundo, el de Daredevil, es el menos logrado, no sé si porque el Hombre Sin Miedo es un superhéroe que exige una resolución gráfica —la que crearon sus mejores dibujantes, de Frank Miller a John Romita jr— muy distinta a la que propone el británico. El tercero utiliza de modo espléndido a Lobezno para concluir el enfrentamiento, con un triunfo que tiene mucho de postergación, de final abierto.

No sé cuándo volverán a ver la luz los miembros del Clan Destine. 18 escasos tebeos en más de diez años dejan una sensación frustrante, al tiempo que vuelve cada vez más gozosa la recuperación de las anteriores aventuras cada vez que una nueva nos obliga a refrescarnos las anteriores. Porque Alan Davis es de estos autores cuya revisión incluso los mejora, convirtiéndolo en un amigo entrañable que no impresiona por su genio, sino por su capacidad para convertirse en una figura familiar dentro de nuestros sueños. No es poco para un «artesano» del cómic.

Las tres portadas unidas que componen la última saga de Clan Destine

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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