El proceso, un viaje al corazón de la culpa

La mirada triste de Franz KafkaSin necesidad de recurrir a vampiros, licántropos, invasiones alienígenas o monstruos con sangre ácida y doble mandíbula, Franz Kafka dio vida con El proceso al libro más aterrador que conoce la literatura. Aterrador porque hace realidad uno de los miedos por excelencia del hombre: verse atrapado en la tela de araña de una pesadilla razonable. La clave de la literatura de Kafka, lo que la hace tan inquietante, tan revulsiva, tan aterradora, es el modo en que el autor parte de unas premisas o bien absurdas o bien carentes de la debida explicación, y sin embargo ninguno de los seres afectados por ellas cuestionan su naturaleza, sino que, con su comportamiento, otorgan una inexplicable validez a lo que debería ser directamente intolerable. Kafka, así, construye lo que podríamos llamar una pesadilla lógica que se sustenta directamente en el realismo de su entramado. Realismo porque los personajes que la protagonizan le otorgan su realidad, su credibilidad. Kafka renuncia a ese subjetivismo tan propio de la literatura fantástica, cuyo objeto, siempre, es guiar y condicionar la mirada del lector. Por el contrario, no intenta mediatizar a éste: le expone una situación y deja bien claras cuáles son las reglas. El lector sólo puede hacer dos cosas: o dejar de leer a las pocas páginas, tomando por tedio y falta de progresión lo que es sin embargo una atmósfera dramática muy bien medida, o aceptar sin cuestionarlas —como hacen los personajes— esas reglas. El precio que se paga es que, incluso concluida la novela, ya no hay vuelta atrás a la inocencia. La inquietud que provocan las ficciones de Kafka no nos abandonará jamás. Es lo justo para alguien que vivió la vida como ese molesto intervalo que sucede más allá de la literatura.

Como casi toda su obra, El proceso no vio la luz en vida de su autor, sino que fue una de las publicaciones póstumas que se debe al celo admirable de su amigo Max Brod. (Pese a que la labor de edición de Brod a veces —como por ejemplo en sus diarios— incurrió abiertamente en la amputación y la manipulación, debemos eterna deuda a este hombre, cuya labor de escritor ha quedado casi por completo oscurecida por su papel subordinado a la gloria de su amigo.) Kafka la escribió, en sesiones intensas, entre agosto de 1914 y enero de 1915, y después su pluma enmudeció, dedicándose a otras cosas. Es una novela inacabada, como las otras del autor —El desaparecido, conocida durante mucho tiempo como América, que es anterior, y El castillo, que es posterior—, pero su estructura por medio de capítulos cerrados y la existencia de un capítulo que concluye la historia permite considerarla como su única obra «terminada».

La edición de El Proceso de AlianzaEl proceso es sin duda la obra más conocida de Kafka (junto con La metamorfosis), la más fascinante, la más misteriosa también y, por tanto, la que ha sido sometida a más interpretaciones. Una de las más notorias, claro, la convierte en una anticipación de los horrores del estado totalitario, en la cual el tribunal que encausa al protagonista sería la encarnación de la implacable maquinaria estalinista o nazi. Ahora bien, el contexto en que el autor redacta la novela es justo cuando acaba de romper su compromiso matrimonial con Felice Bauer. La ceremonia de compromiso había tenido lugar el 1 de junio de 1914, y sin embargo las múltiples dudas que ya habían embargado al escritor desde mucho antes, cuando la relación se había encarrilado —provocadas por el miedo a perder su «libertad», por la sensación opresiva que le provocaba la expectativa de una vida burguesa, común, al lado de una esposa—, concluyeron con la ruptura del mismo apenas seis semanas después, después de un encuentro entre las partes en Berlín, donde vivía Felice con su familia, en el hotel Askanischer Hof. Ese suceso conmocionó a Kafka: asistió al cúmulo de reproches de los familiares y amigos de la joven sin apenas argumentar nada, a lo largo de una opresiva jornada que luego él mismo calificó de sesión ante un «tribunal». Elias Canetti, en su espléndido ensayo El otro proceso (incluido en el libro La conciencia de las palabras), señala que la vergüenza que le produjo esa humillación tuvo su consecuencia directa en la redacción de la novela.

La historia es bien conocida. De hecho, El proceso en realidad casi no cuenta una historia, o es la historia de una eterna postergación: la de los intentos de Joseph K, joven apoderado de un banco, por poner fin al proceso que, sin saber por qué causa, se ha abierto en su contra. En este sentido, El proceso entronca bien con esa etapa de la literatura, coincidente con las primeras décadas del siglo XX, en que se asiste, progresivamente, a la destrucción de la literatura con argumento. (Destrucción sin éxito: pese al prestigio de los autores y obras de esa corriente, el argumento ha vuelto una y otra vez.) Una vez formulada su proposición principal, la historia no progresa hacia ninguna parte: el protagonista acude varias veces al tribunal, se entrevista con personas que, cree, pueden ayudarlo en su proceso (un abogado, Huld, amigo de su tío y padrino; un pintor, Titorelli, que pese a su destartalada apariencia es el retratista oficial de los tribunales; un modesto comerciante que, como él, es otro procesado, si bien de mayor antigüedad), va de aquí para allá, hasta que toda su existencia, antes tan ordenada, tan burguesa, acaba girando exclusivamente en torno a su proceso.

«Alguien debía de haber calumniado a Josef K porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana». Esta famosa frase inicial de la novela señala una primera toma de partido del escritor por su personaje. De entrada, el autor nos deja bien claro que K. es inocente del proceso que se le va a imputar. Lo hace con rotundidad y por dos veces: señalando que alguien ha debido de calumniarlo y recalcando que no ha hecho nada malo. Sin embargo, a partir de ese momento, el personaje va a ser dejado a merced de las olas. Ya no va a recibir la menor ayuda, y casi ni comprensión por parte del autor, aunque este reflejará escrupulosamente todas y cada una de las sensaciones y pensamientos del personaje. Josef K. es, sin duda, el personaje más desamparado de la literatura. Solo encuentro un caso igual, e igualmente patético, porque ambos coinciden en reflejar a dos personajes cuyos sueños y esperanzas (por vulgares y conformistas que sean en el fondo, que lo son) están destinados a verse truncados, a acabar de la misma manera: con la muerte. Ese otro personaje, claro, es el triste viajante Gregor Samsa, convertido en insecto desde la primera frase —en esto, la conducta de Kafka es idéntica: ambos personajes inician su odisea desde el mismo arranque de sus historias— de La metamorfosis.

Ilustración de Elke Rehder para una edición alemana de El procesoLo aterrador de El proceso, en buena medida, parte de que nunca llegaremos a saber de qué se acusa a K. y que esta cuestión acabará por perder cualquier importancia, lo primero para el mismo personaje. Y es que en esta novela nos hallamos, casi más que en ninguna otra historia del autor, en un universo dominado por la culpa. Una culpa que, muchas veces sin que sus personajes sean conscientes, mediatiza todos los actos de estos y acaba incluso conformando el sustrato de la realidad en la que se mueven. La relación de Kafka con la culpa —se aborde desde un punto de vista metafísico, religioso o, sencillamente, literario— es fascinante, pues hace que todas sus ficciones (no digamos ya su propia vida, como muestran sus cartas o sus diarios) parezcan transcurrir en un universo que, en apariencia, parece el nuestro, el del lector que tiene el libro entre sus manos, pero en realidad no es el mismo. Sutiles diferencias van imponiéndose poco a poco en el ánimo del lector: es una cuestión de texturas dramáticas, de la imposición de un sentido del espacio en el que la distancia siempre parece un concepto moral, de una psicología que lleva a los personajes a razonar y razonar de tal modo que lo irrazonable siempre acaba imponiéndose como lo más lógico.

Uno de los rasgos más inquietantes de El proceso es, claro, que el lector (sobre todo si lee la obra a una edad más ingenua) se siente francamente molesto porque sus nociones de la justicia, por vagas que sean, de sus actores (jueces, abogados) y de los lugares donde se imparte (los tribunales) se vean en todo momento conculcadas, sin que el protagonista parezca tan disgustado como nosotros. La primera citación que recibe K. lo lleva a un barrio humilde y a una casa de vecinos —sus ropas cuelgan a secar en los pasillos— en la que se encuentra la sede del tribunal, y más en concreto en su parte superior, en el desván. Más tarde, se nos hará saber que no es el único tribunal en hallarse en semejante enclave: el segundo de ellos al que K. accede —¡a través de la vivienda, humilde y sórdida, del pintor Titorelli!— también está en idéntica situación.

Y es que la «realidad» y el tribunal acaban siendo lo mismo; cualquier rincón de esa ciudad parece formar parte del tribunal, cualquier habitante también (¿cómo extrañarse de que el pintor Titorelli le diga a K. que las corrompidas niñas que lo han conducido hasta su casa también lo son?). De ahí que cualquier trámite del proceso pueda perseguir a K. hasta el rincón más íntimo, donde es más vulnerable, como en el banco. Allí tiene lugar uno de los episodios más terribles, la flagelación de los guardianes que detuvieron al protagonista en el primer capítulo, castigados por cuenta de las protestas que éste formuló ante el juez de instrucción. Podría señalarse que es una compensación justa: la humillación pública, en su propia casa, se corresponde con un castigo en otro lugar vinculado a K. Pero se ejecuta de noche, en un cuarto trastero y K. lo descubre —es decir, tiene lugar, en la medida en que puede serlo un castigo así— por puro azar, al quedarse hasta tarde en el trabajo una noche y pasar casualmente por ese lugar del banco.

Anthony Perkins, el K. de la versión de El proceso de Orson WellesK. nunca llegará a avanzar gran cosa en el conocimiento de los entresijos de su proceso, porque el método de Kafka consiste, cada vez que realiza alguna afirmación que parece llevar a alguna parte, en disminuir su efecto señalando alguna imposibilidad de que esa afirmación tenga alguna consecuencia positiva real, o remarcando alguna paradoja que la invalida. Así, por ejemplo, algún secreto que no tarda en revelarse que es público, un trámite fundamental que sin embargo no garantiza nada, la existencia de unos «grandes» jueces y abogados que, al contrario que los otros (los que conoce el público o el mismo K.), sí tienen la capacidad de resolver y cerrar un proceso… pero que, se añade rápidamente, son inaccesibles e incluso incognoscibles; incluso se llega a decir de ellos que son una leyenda.

De ahí la sensación, fundamental, de que la trama, el destino de K., incluso el estilo elegido por Kafka para contar esta atroz historia —una prosa fría, carente de adornos, tan implacable que subraya aún más la desvalidez del protagonista—, se hallan irremisiblemente atrapados en un bucle, en una cinta de Moebius sin principio ni final. Es correcto, así, pensar que lo importante no es la trama que discurre bajo la forma de ese bucle, sino el mismo bucle. En esto radica la clave de Kafka, y lo que hace tan angustiosa, tan kafkiana, su literatura.

Otra de las cuestiones que fascinan de El proceso es la consideración que nos merece Josef K. Lo que se nos cuenta de él, con ese estilo que al mismo tiempo distancia del personaje pero nos lo desnuda con implacable rigor, no incita a la identificación. K. no es que no despierte simpatía, es que difícilmente provoca empatía. Su jactancia, su atención por las convenciones, su falta de sentido del humor, su ausencia de la menor calidez, su excesiva susceptibilidad, son demasiado notorios. Sin embargo, es indudable que es un personaje que reacciona, que toma iniciativas, que intenta luchar contra ese mal que, se le muestra desde el principio, tarde o temprano acaba afectando a los procesados mediante dos síntomas: la degradación y la resignación. (Los patéticos individuos que esperan en los pasillos del tribunal son un buen ejemplo.) K. no, K. busca respuestas, pero las que encuentra lo llevan a un estado de confusión mayor. Y sin embargo, conforme la esperanza va abandonándolo, conforme el laberinto se revela demasiado complejo —laberinto dentro de un laberinto, y así de nuevo un bucle sin fin— K. va humanizándose a nuestros ojos.

El tránsito se produce en el que es mi capítulo favorito, el penúltimo, titulado «En la catedral». En él, K., creyendo que ha acudido a este lugar para enseñársela a un cliente del banco, en realidad ha vuelto a ser convocado por el tribunal. Allí, quien lo interpela es nada menos que el capellán de la prisión —el grito «¡Josef K.!» con que lo atrae en medio del silencio de las solitarias naves casi puede oírlo el lector—, y en su sermón o prédica o conversación es cuando Kafka pone en sus labios la famosa parábola Ante la Ley, uno de los fragmentos más famosos de la novela, y también el más enigmático. Recuérdese: es la breve historia de un hombre que, reclamado ante la ley, llega a su puerta, allí un guardián le cierra el paso pero le dice que puede más tarde lo deje entrar, se queda sentado a su vera durante múltiples años mientras envejece y cae en la enfermedad y la degradación, y al final, a punto de morir, el guardián (que mantiene la misma fortaleza inicial) le revela que esa puerta siempre estuvo reservada para él pero ahora la cierra.

Con independencia de las múltiples interpretaciones que ha generado, tanto esa parábola como la escena en que está insertada constituyen un episodio de evidente contenido alucinatorio que simboliza la pérdida por parte de K. de la esperanza de resolver su proceso. En ese templo (que, en pleno día, se va llenando de oscuridad, como si una noche eterna se cerniera al otro lado de sus vidrieras: y es significativa, el resto de la novela ya transcurrirá de noche), la parábola que escucha K. —y que todavía constituye un último intento de argumentación— no es sino una alegoría de su propio proceso, de lo indescifrable del comportamiento de las altas instancias del tribunal.

La tumba de Kafka en el cementerio de PragaLos últimos pensamientos de K. son inolvidables, poseen una belleza sobrecogedora y una impresión íntima de verdad final que, por increíble que parezca, casi provocan la impresión de hallarnos ante un final feliz. Conducido a una cantera abandonada, al pie sin embargo de un último y solitario edificio que recuerda la cercanía de la ciudad, mientras sus verdugos desnudan su torso y lo sitúan en la misma posición que un animal en el matadero, una ventana se abre por encima de él y unas manos surgen en la oscuridad de la noche. «¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Un hombre bueno? ¿Alguien que se compadecía? ¿Alguien que quería ayudar? ¿Era uno? ¿Eran todos?». No sé por que, cada vez que vuelvo a este final, esta pregunta —«¿Eran todos?»— se empeña en conmoverme. En parte, claro, porque su sentido, aquello a lo que K. se refiere, no queda claro. Pero encuentro en ella una lucidez iluminadora: en el mundo de culpas kafkianas, de causas ignotas y consecuencias perturbadoras, en el que el individuo único siempre está en indefensión, ese todos indica, tal vez, una comunión misteriosa con la humanidad entera y la superación de esa soledad cósmica que se cierne sobre el hombre en sus ficciones.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a El proceso, un viaje al corazón de la culpa

  1. Renaissance dijo:

    El proceso es un libro que impacta mucho más si se lee cuando todavía no se ha entrado en la edad adulta. Es mucho más fácil adentrarse en el sinsentido que rodea al protagonista, y que simplemente, acaba aceptando. Hay situaciones menores, mucho menos conocidas, que se me quedaron clavadas en la memoria, como cuando el protagonista encuentra el tribunal a base de preguntar en las casas “¿Vive aquí, por favor, el carpintero Lanz?”, tratándose de una idea que se le ocurrió de súbito.
    Hay un ensayo de James Hawes, Excavating Kafka, muy recomendable: principalmente consiste en una desmitificación del autor, demasiado ligado a su producción literaria y convertido casi en un personaje. Una vez pasada la sorpresa inicial, en la que se le queda a uno cara de “¿Pero este tipo me está diciendo que uno de mis escritores favoritos era un pijillo?” es una buena lectura, donde reconoce por completo el valor de sus novelas y relato pero pretende establecer claramente una separación entre Kafka como persona y los K´s que poblaron dos de sus novelas más importantes.

    • Kafka impacta de distinto modo a distintas edades. Ahora mismo, me resulta profundamente deprimente, pero cuando empiezo a leerlo no solo no puedo parar sino que, encima, incita a leer más de sus cosas. Precisamente acabo de encadenar “El proceso” con “El desaparecido” (antes “América”), que nunca había leído y que es anterior en unos años, y ahí ya está ese mundo en el que las culpas persiguen a los inocentes sin que estos, por puros que sean (y el personaje de esta novela sí lo es), puedan escapar a los castigos.

      En castellano hay un magnífico libro sobre Kafka (se titula así, sin más) del crítico italiano Pietro Citatli que está publicado en “Acantilado” y que hace magníficos comentarios de los principales libros del autor, con un sentido de la comprensión verdaderamente notable de la relación entre su vida y su obra.

  2. Mª Jesús ortega Torres dijo:

    Creo que la pluma maestra de KAFKA, supo transmitir su tormento. El “complejo o sentido de la culpa”, no deja ser libre al ser.

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